Los saludadores y su actividad en España – Pedro Poza Tejedor

Los saludadores y su actividad en España
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Pedro Poza Tejedor
Veterinario.
Asociación Española de Historia de La Veterinaria

Fueron los saludadores unos peculiares personajes conocidos en España desde finales de la Edad Media y cuya dedicación era la de sanar, supuestamente, a los afectados por la rabia, ya fueran animales o personas. La actividad de los saludadores se desarrolló durante siglos por la práctica totalidad de la geografía española, llegando a disfrutar del beneplácito de la sociedad, incluidas las autoridades, hasta fechas no tan lejanas en el tiempo.

Santa Catalina de Alejandria, de quien los saludadores decian ser su patrona junto con Santa Quiteria, abogada contra la rabia.

Santa Catalina de Alejandria, de quien los saludadores decian ser su patrona junto con Santa Quiteria, abogada contra la rabia.

El término saludador, lo primero que sugiere es que debe tratarse de alguien muy simpático y cordial que vaya saludando a todo aquel que se encuentre en su camino.

Sin embargo el vocablo saludador, hoy en desuso, fue muy utilizado en España para designar a ciertos personajes asimilados a curanderos que, aplicando saliva, usando determinadas preces y echando el aliento sanaban o daban salud, “saludaban”, supuestamente a los afectados por la enfermedad de la rabia o hidrofobia, ya fueran personas o animales. Los saludadores no solo proclamaban sus habilidades para sanar a los mordidos por animales rabiosos sino que ampliaban sus servicios a luchar contra otros padecimientos o contagios e incluso a preservar las cosechas y librar las poblaciones y sus ganados de las alimañas.

De los saludadores se tiene constancia ya desde el siglo XV. Así, el último día de agosto de 1456 el Concejo de Nájera pago 100 maravedís a un saludador que había llegado a la ciudad a sanar[i]. Asimismo la villa de Madrid pagaba en 1495 a Juan Rodríguez de Palacio, saludador de Getafe, un cahiz de trigo como salario por estar obligado a ir a la villa cada vez que fuera llamado[ii].

Lo curioso y diferenciador en el caso de los saludadores con relación a otros curanderos o sanadores es que de alguna manera estaban admitidos o fueron consentidos por la Iglesia, al menos durante ciertas épocas. De modo que en ocasiones eran los propios obispos o incluso el Santo Tribunal quienes se encargaban de examinarlos, determinando que los poderes del saludador no procedían de pacto con el diablo. Tan es así, que por parte de algunos obispados, el de Pamplona en 1581[iii], el de Osma en 1584, el de Cuenca en 1626[iv] o el de Oviedo a comienzos del siglo XVII, se determinaba que no se consintiesen saludadores sin la propia licencia eclesiástica y que esta no se concediera si no era previo examen. En caso contrario se mandaba castigarlos con todo rigor conforme al delito de actuar sin la preceptiva aprobación. En las Constituciones Sinodales de 1584 de la diócesis soriana de Osma se recogía el proceder para con los saludadores, estableciéndose que ningún cura, concejo ni persona debían recibir saludador alguno sin que primero mostrara licencia eclesiástica o inscripción del provisor y juez, so pena de excomunión y de mil maravedís. Seguido se ordenaba y mandaba que ningún saludador usara ensalmos, santiguos, ni nombres de cosas supersticiosas y reprobadas por la Iglesia, bajo pena de excomunión y de dos ducados a dedicar para la fábrica de la iglesia donde fuera parroquiano el saludador en cuestión. Castigo que se hacía extensivo a quien permitiera ensalmos y acudiese a ensalmadores o saludadores que los utilizaran.

De este modo quedaba regulado por la Iglesia y en todo ámbito el quehacer de aquellos especiales profesionales[v].

En una sociedad fuertemente sacralizada y ante la proliferación de todo tipo de embaucadores y farsantes dedicados al lucro mediante supuestas dotes curadoras, no era infrecuente que Tribunales de la Inquisición iniciaran procesos de fe por honor de oficio contra saludadores y suplantadores. Así en Valladolid en 1771 seria procesado José Ignacio del Castillo, saludador natural de Fuensanta. En Cuenca, lo fueron también Antonio Llorens, saludador de Utiel en 1771 y José Ruiz, saludador de Sigüenza en 1765. Por esos años, y en Logroño, el procesado por el Tribunal de la Inquisición por saludador y pacto con el demonio fue Pablo González, labrador originario de Alfaro[vi].

También se sabe que en algunas ocasiones los propios concejos examinaban o tanteaban a los saludadores para desechar a los impostores. Así, en Valencia durante el siglo XVI y parte del XVII llego a existir un examinador de saludadores, encargado por el gobierno de la ciudad para establecer, mediante un examen, la capacidad de los que aspiraban a ejercer legalmente como tales. Durante algunos años detento el cargo Domingo Moreno, artesano dedicado a la fabricación de agujas y saludador de mal de rabia y examinador de saludadores.

Moreno realizaba el examen a todo aquel que lo solicitaba y en presencia de las autoridades municipales. Consistían las pruebas en curar a perros enfermos de rabia con el uso único de la saliva. Además, aparte de demostrar sus virtudes curativas, los examinandos debían apagar una barra de hierro y un trozo de plata candentes poniendo la lengua sobre ellos. Si superaban estas definitivas pruebas con gracia y pericia de saludador y tras realizar un juramento, la ciudad les otorgaba licencia legal de ejercicio. Ejemplo de ello fue Joan Sans de Ayala, nombrado saludador de Valencia, sin salario, aunque con el privilegio de llevar y tener en su casa las armas de la ciudad[vii].

Los saludadores, para ser considerados como tales y poderse habilitar para el ejercicio de sus cometidos, tenían que cumplir determinados requisitos de nacimiento, a la vez que superar diversas pruebas. Entre los primeros estarían el haber nacido en Jueves o Viernes Santo, ser el séptimo varón de siete hermanos, ser el mayor de dos hermanos gemelos etc. Algunas de las pruebas eran, la de pisar con los pies desnudos una barra de hierro al rojo o apagar con la lengua un ascua encendida sin que hicieran mella en el aspirante. Se desconoce si esta peliaguda revalida debía ser superada en todos los casos o mas bien si los poderes y la gracia eran heredados de padres saludadores a sus hijos, siguiendo asi la tradición dentro de las familias, circunstancia esta que debía ser la mas habitual.

Constituciones Sinodales del Obispado de Osma de 1584

Constituciones Sinodales del Obispado de Osma de 1584

No obstante, el oficio de saludador no era exclusivo de los hombres sino que por el contrario abundaban las saludadoras. En Enguera, pequeña población de la Valencia interior, la actividad era ejercida en 1631 por una mujer, Josefa Medina, a la que se le exigió previamente una licencia que confirmara sus poderes concedida por el Arzobispo

de Valencia. Otra mujer, de nombre María Almarza y saludadora de oficio, fue durante la primera mitad del siglo XVII llamada y contratada en repetidas ocasiones por la localidad Navarra de Viana para saludar a la gente y los ganados. Finalmente incluso llego a disfrutar hasta 1634 de una pensión anual concedida por la villa[viii].

El prestigio y la fama del saludador irían precedidos de la propagación de rumores, de la habilidad de su palabra y de la atracción y captación de los incautos por la necesidad ante sus desgracias. Los saludadores se autoproclamaban y daban a entender que tenían cualidades especiales, gracia y virtud extra naturales. Como ejemplo, el Memorial presentado en 1730 ante el Concejo de la ciudad de Murcia por el saludador Antonio Catalán pidiendo licencia “para saludar del mal de rabia en atención a la grazia que Dios le a dado[ix].

Antes, en 1630, el Cabildo municipal de Jaen pago al saludador Juan de las Penas veinticuatro reales “por el beneficio público que hace con la gracia que Dios le dio y salud de los ganados, el qual a de asistir todo este ano…[x].

Existió una relación directa entre los saludadores y la enfermedad de la rabia y los animales. En muchos casos eran los ganados y los perros el objeto principal de sus prácticas. En esos casos, el saludador daba bocados de pan cortados con su boca y mojados en su saliva como método para sanar a los animales rabiosos[xi].

En otras ocasiones se requería la participación de los saludadores ante otro tipo de enfermedades, como por ejemplo durante una epidemia de viruela ovina que ataco en 1654 a un rebano de carneros destinado al abasto de la ciudad de Soria. También en el verano de aquel mismo año se mandó llamar al saludador de Herreros para que saludara al ganado vacuno de las carnicerías de aquella ciudad que había empezado a morir del mal de lobado[xii].

Para los menesteres señalados y en puntuales momentos de necesidad, los saludadores eran requeridos, contratados y satisfechos económicamente por parte de los Concejos o Ayuntamientos, llegando en ocasiones a consignarse una cantidad permanente o retribución anual, a la par que se destinaban al médico, boticario, albéitar, cirujano sangrador, sacristán, guarda de campo o a la renta del toro semental, etc.

Como ejemplo, el saludador contratado por el Ayuntamiento de Hernani entre los años de 1635 a 1643 percibía 50 reales anuales por visitar la villa una vez en marzo y otra en septiembre[xiii].

La ciudad de Valencia en 1661 abogaba ante el Consejo de Aragón para el nombramiento de un saludador y sugería su salario. En 1670 pedía licencia para dar asimismo un estipendio al saludador de la ciudad[xiv].

En 1741 y en público Concejo, la localidad segoviana de Cuevas de Ayllon aprobó la contratación del saludador Jerónimo Romano, vecino de Valderroman, para que saludara a las gentes y ganados del lugar, con la obligación de acudir tres veces al año y siempre que fuera mandado llamar.

La asignación estipulada por sus servicios era de una fanega de trigo por cada ano, comenzando a servir desde el día 8 de julio de aquel 1741.

El tantas veces recurrido Catastro de Ensenada de mediados del siglo XVIII recoge como una profesión más la de saludador, a la vez que nos proporciona referencias sobre múltiples localidades, así, la burgalesa de Valdeande, por medio de su Concejo tenia consignada por entonces para el saludador la dotación de 2 fanegas de trigo o cebada.

En 1752 y en el lugar de Maello, jurisdicción de Segovia, el gasto anual del Común considerado para el saludador era de 69 reales.

En la provincia de Soria fueron registrados como tales en el Catastro cinco saludadores repartidos en cuatro localidades; Berlanga, San Esteban de Gormaz, Castilfrio y Deza, villa que tenia avecindados dos saludadores.

Por otro lado, otras poblaciones como Torrubia, Sauquillo de Alcazar, Recuerda, Covaleda, etc. tenían recogidos entre los gastos del Común una asignación anual para el saludador.

Pese a todo y aun en tiempos de auge de estos personajes, los saludadores también tuvieron sus críticos y detractores, encontrándose entre ellos varios clérigos y religiosos y hasta el propio Francisco de Quevedo.

Pese a que ya desde mediados del siglo XVIII se promulgaron por parte de autoridades políticas y religiosas ciertas ordenes indicando no recurrir ni contratar a saludadores, la arraigada tradición popular y social de estos personajes hacia que siguieran prodigándose, sobre todo cada vez que irrumpía la enfermedad de la rabia o bien cuando simplemente algún perro sospechoso merodeaba o mordía a personas o animales. En ocasiones la función de saludador llego entonces a ser asumida por religiosos, ejemplo de lo cual tenemos el caso de un fraile del Priorato de Bliecos, dependiente del Monasterio de Santa María de Huerta, que en 1777 fue mandado llamar para saludar al ganado vacuno y lanar del abasto de la ciudad de Soria, al parecer atacado de rabia en el Monte de Valonsadero tras que anduviese por allí un perro rabioso[xv]. Asimismo, y en la villa de Mendavia desde 1787 y hasta 1826 fueron varios los monjes que arribaron a la localidad navarra a conjurar la rabia y bendecir toda clase de ganados[xvi].

Pero fue a partir de mediados del siglo XIX, con el inicio de la época bacteriana y el descubrimiento del virus rábico por parte de Pasteur, cuando se empezó a producir un giro en el concepto de las enfermedades y en la práctica médica, tanto humana como veterinaria.

De este modo, durante los numerosos brotes de rabia sucedidos a lo largo de la geografía nacional en la segunda mitad del siglo XIX, se iba ya dejando de recurrir a los servicios de los saludadores, al menos oficialmente.

Calle dedicada al saludador en la localidad turolense de Sarrion

Calle dedicada al saludador en la localidad turolense de Sarrion

Las autoridades gubernativas disponían ahora normas y protocolos que, entre otros, daban protagonismo a la intervención de médicos y veterinarios, según los afectados por la rabia fueran humanos o animales. Incluso se llegaba a aconsejar a las personas mordidas el recurrir de inmediato al auxilio del veterinario en caso de falta de médico o cirujano. En definitiva, se trataba así de “evitar el oportunismo y la superchería de saludadores y adivinos y las supuestas virtudes de los propinados por el charlatanismo”[xvii].

Pese a todo, la actividad de los saludadores todavía se prolongaría durante todo el siglo XIX y buena parte del siglo XX, incluso a veces con la aprobación de las autoridades.

Así el Ayuntamiento cacereño de Ibahernando acordó en 1894 animar a los Ayuntamientos vecinos para costear en mancomunidad la sustitución del servicio militar al saludador Felipe Cancho, según se decía, “por ser de gran utilidad a aquellos Pueblos[xviii].

En el caso de mujeres saludadoras, solían coincidir en su persona las actividades de partera y curandera de todo tipo de males, llegando algunas de aquellas a cobrar gran fama en comarcas o provincias enteras.

Durante los dos últimos siglos la prensa nos ha informado con cierta asiduidad sobre las andanzas, beneficios o embauques de los llamados saludadores y otros curanderos que ejercían su industria ocasionando el que infelices mordidos por perros murieran sin asistencia facultativa o cuando esta era ya ineficaz por el tiempo perdido. Un caso concreto fue el ocurrido en el alicantino pueblo de Agost, donde dos desdichados niños fueron mordidos por un perro rabioso el día 29 de enero de 1907. Los padres de las criaturas, en vez de llamar al medico de la localidad, acudieron para que curase a los heridos a una mujer saludadora de gran crédito en la comarca, la tía Tomata. Al parecer la curandera empleo con los pobres zagales las supercherías que usaban tales embaucadoras.

Cobraba por cada sesión o visita la muy cuantiosa cifra para la época de cinco pesetas. A pesar de los exorcismos de la saludadora, uno de los niños falleció el día 14 de marzo bajo los síntomas hidrofóbicos de la terrible enfermedad. En vista del fatal desenlace, los padres del otro niño avisaron al medico de la localidad, quien inmediatamente dispuso que el pequeño fuese trasladado a Madrid, con objeto de que ingresara en el Instituto Nacional de Higiene Alfonso XIII, dirigido por Santiago Ramón y Cajal. El chico, una vez en el centro médico, relataba las artimañas de que se valía la tía Tomata para lograr la curación.

No sabemos si en definitiva el niño pudo salvar su vida, aunque en el Instituto se confiaba en ello[xix].

Finalmente en 1907 en el pueblo soriano de Valdanzo, ocurrió que el Alcalde dio cuenta, el primero de marzo de ese año y ante el Gobierno civil de Soria, de haberse presentado un caso de rabia en un pollino de la localidad. El asno rabioso en cuestión, era propiedad del vecino José Lobo, de oficio molinero. Previamente, la Junta local de Sanidad de Valdanzo había hecho constar estos pormenores en acta levantada el 27 de febrero anterior, adoptando como medidas la cremación del burro afectado y el aislamiento de los otros animales, tanto asnales como de cerda, propiedad del susodicho molinero.

Al parecer, José Lobo, hizo caso omiso de los acuerdos de la Junta de Sanidad, habiéndose por el contrario echado en manos de un saludador ambulante que lo presento en la villa el día 5 de marzo de aquel 1907. Al poco, José Novor, licenciado en Medicina, Manuel Gómara, licenciado en Farmacia y Mariano Hergueta Pascual, subdelegado de Veterinaria del partido de El Burgo de Osma, con residencia y ejercicio los tres en el mencionado Valdanzo, presentaron ante el Gobernador civil de Soria un escrito denunciatorio contra el saludador Alejo Sacristán, por intrusismo y faltas graves contra la salud pública, al ejercer en ese pueblo y sin título la Medicina, Farmacia y Veterinaria ante el caso de enfermedad rábica en el asnal[xx].

La prensa soriana se hizo eco relatando lo sucedido con aquel intruso, vecino de Quintanilla de la Mata, Burgos, en un artículo titulado Un saludador, que asi lo contaba:

Tal saludador, según noticias que se nos dan tanto en Valdanzo como en Mino de San Esteban, ha estado campando por sus respetos, embaucando a las gentes sencillas e ignorantes, haciéndoles creer en ocultos secretos que el posee para curar y hasta con bendiciones, habiendo tenido que intervenir también algún señor Sacerdote para tratar de evitar la intrusión en la religión católica”.

Finalizaba la crónica del Noticiero de Soria con el deseo de que tanto el Gobernador civil, como la Junta provincial de Sanidad y las autoridades eclesiásticas obraran enérgicamente, a la vez que prevenía el periódico soriano a los colegas burgaleses de El PapaMoscas y El Diario por si en esas tierras se diera algún caso con tal curandero “que así atraía al vulgo y entre el cual tales éxitos lograba[xxi].

Sobre los saludadores sabemos que estos personajes se mantuvieron plenamente vigentes a lo largo de la geografía española, desde Guipuzcoa a Melilla, desde Gerona a La Coruña, incluyendo las islas Baleares y Canarias.

A ojos de hoy, no se llega a entender bien como los saludadores perduraron tanto y más aún cuando se puede suponer que su acción terapéutica, al menos frente a la rabia, seguramente fuera nula. Acaso el secular temor a la enfermedad rábica y otros males, profundamente arraigado en la memoria colectiva de la sociedad, fue lo que vino a propiciar la continuidad de aquellos personajes, a los que las gentes desgraciadas les suponían efectividad curativa, debido al estado de necesidad y a una especie de efecto placebo social.

En definitiva, y sea como fuere, lo cierto es la amplia continuidad histórica que mantuvieron los saludadores, personajes peculiares y que con tanto predicamento vinieron ejerciendo en España sobre las gentes y sus animales durante siglos.

Bibliografía

Constituciones Sinodales del Obispado de Osma hechas y ordenadas por el obispo D. Sebastián Pérez. Impresas en la villa del Burgo por Diego Fernández de Cordova, 1586.

Constituciones Sinodales del Obispado de Osma por el obispo D. Jose Mª García-Escudero y Ubago. Imprenta Moderna, Logroño 1907.

IGLESIA HERNÁNDEZ, Pedro. Curanderos y exorcistas en Soria durante el siglo XX. Centro Soriano de Estudios Tradicionales. Graficas Ochoa. Soria, 2001.

La Veterinaria Soriana, Haciendo Camino 1907-2007. Colegio Oficial de Veterinarios de Soria. Diputación Provincial de Soria, 2008.

PERIS BARRIO, Alejandro: Los Saludadores. Revista de Folklore nº 339, 2009, pags. 75-79.

POZA TEJEDOR, Pedro. Sobre los saludadores; Su ejercicio hasta el siglo XX. XV Congreso Nacional de Historia de la Veterinaria, Toledo, 2009 (www5.colvet.es/aehv/pdf/Saludadores).

POZA TEJEDOR, Pedro: Los saludadores y su ejercicio por tierras de El Burgo. Revista Arevacos, nº 43. Burgo de Osma, 2010. Pags. 2-8.

…—…—…

[i] Goicolea Julián, Fco. Javier: La vida cotidiana de la ciudad de Nájera a fines de la Edad Media: una aproximación. En la España Medieval. 2001, pag. 179.

[ii] Castellanos, José Manuel: El Madrid de los Reyes Católicos. Madrid, 1988 pag. 67.

[iii] Labeaga Mendiola, Juan Cruz: Religiosidad popular en Viana. Pags. 209-210.

[iv] Prieto Prieto, José Andrés: El Concejo de Palomares del Campo en el transito del s. XVI al XVII. Murcia, 2003.

[v] Poza Tejedor, Pedro: Los Saludadores por tierras del Burgo. Revista Arevacos. Burgo de Osma, 2010, pags. 2-8.

[vi] Archivo Histórico Nacional: Expedientes del Consejo de Inquisición.

[vii] López Terrada, María Luz: Las practicas medicas extraacadémicas en la ciudad de Valencia durante los siglos XVI-XVII. Dynamis. Acta. Hisp. Med. Sci. Hist. Illus. 2002. Pags. 118-119.

[viii] Labeaga Mendiola, Juan Cruz: Religiosidad popular en Viana. Pags. 209-210.

[ix] Peñafiel Ramón, Antonio: Cara y cruz de la Medicina murciana del Setecientos, pervivencia del saludador. Revista Murguetana, nº 71. 1987, pags. 77-78.

[x] Rodríguez Molina, Jose: Los “insecticidas” en la etapa pre científica, en Gazeta de Antropologia, nº 18, 2002.

[xi] De Cobarrubias Orozco, Sebastan: Tesoro de la Lengua Castellana o Española, Madrid, 1611.

[xii] Archivo Histórico Provincial de Soria: Protocolos Notariales, caja 614, fol. 156 y 155.

[xiii] Aguirre Sorondo, A.: Los Saludadores, Cuadernos de Etnografia Navarra, nº 56, 1990, pag. 314.

[xiv] Archivo de la Corona Aragón: Consejo de Aragón. Legajos: 0909 nº 14 y 0775 nº 021.

[xv] Archivo Histórico Municipal de Soria: Caja 31, Pleno Municipal de 28 de julio de 1777.

[xvi] Sainz, María Inés: Etnografía Histórica de Mendavia, I: La Ganadería, pag. 346 [12].

[xvii] Boletín Oficial de la Provincia de Soria de 28 de agosto de 1863.

[xviii] Osuna, J.M.: Los Curanderos. Bacelona,1971, pag. 74.

[xix] Noticiero de Soria de 20 de marzo de 1907.

[xx] La Veterinaria Soriana 1907-2007 Haciendo Camino. Colegio Oficial de Veterinarios de Soria. Editado por la Excma. Diputación Provincial de Soria, 2008. Pag.152.

[xxi] Noticiero de Soria de 16 de marzo de 1907.

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