Romance del Tuta – IV

                 VI

Allá, postrado en su lecho,
al Tuta la muerta llega,
prisas no tiene la muerte
y lenta va a por su presa.
Tardes noches y mañanas,
familiares lo rodean
y el rostro del asesino
entre familiares queda.
Sabe el Tuta quien ha sido
y a la tumba se la lleva.

               VII

Siguen de calor los días
y el tiempo borra la huella,
y se acaban comentarios,
y se olvida la tragedia.
El herido sigue vivo.
El sospechoso en la trena.
Va cada cual consumiendo
su monótona existencia.

Son días largos de estío
en los que el monte sestea;
dormitan los arrabales,
duermen el río y la sierra,
mece la brisa cansina,
del árbol, las hojas secas,
rasga el canto del cuclillo
el silencio en la floresta
y zumban tábanos negros,
del ganado, en sus orejas,

pasean las mariposas
alas de carmín y seda
y se engalanan los campos
de variopintas maneras,
ora una flor amarilla,
ora ocres de sementera,
azules llevan los cielos
y verdes en las praderas,

y esos colores alegres
que con las pupilas juegan
cambiando de indumentaria
en los giros de cabeza,
que dan regocijo y calma
a aquellos que los contemplan,
esos colores joviales
nada saben de tristezas,
que son testigos del campo
ajenos a las tragedias.

Mañana de una mañana
a una hora tempranera,
después de que se hayan ido
meses, desde la tragedia,
-casi olvidado el suceso-,
a los pies de Covaleda
el tan-tan de una campana
la calma del aire, sesga.

El chirriar de una ventana.
Una ama de casa, observa.
Oye. Llama a la vecina,
su puerta repiquetea.
Saludan ambas al día.
La campana, suena y suena.
Llega el sonido al arriero,
lo oye el tendero en la tienda,
y el pastor en la majada,
y el campesino en su hacienda,

va el aire de la mañana
preñado de notas negras
arropado por el luto
del humo en las chimeneas.
Pregunta el rapaz al padre
qué toque es el que allí suena.
“Toque de muerte, hijo mío,
traen aires de campanera.”

De boca en boca, en el pueblo
preguntan quién va a la tierra,
no a destapar las raíces
que sujetan la arboleda,
no a plantar los verdes trigos,
ni a oradar las sementeras,
no a mover enormes lajas
ni a tamizar en la arena.
Sí, a cavar un nicho oscuro
y enterrar un cuerpo en ella.

El tañer de la campana
al Tuta a la tumba lleva.
El entierro. La congoja.
La repulsión y la pena.
Las lágrimas. Los responsos
del cura, su cantinela.
Y el amen, puerta de luto,
crespones y negras telas.

En algún lugar del pueblo
alguien se vistió de fiesta.
El pastor a quien justicia
buscó morada entre rejas,
al cabo de algunos meses
presto abandonó su celda.
Juzgadores y fiscales
cesan por falta de pruebas.
Años pasan desde entonces,
lustros que el viento se lleva.

El tiempo mata el recuerdo,
nadie ya aquello recuerda.
En un mudo cementerio
bajo unas palas de tierra
yace un hombre, asesinado.
¿Quién disparó la escopeta?.
Anda suelto un asesino
en pueblo de Covaleda.

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