Romance del Tuta – III

                 IV

Rojo pináculo asoma
en calvijar de la sierra.
Escondió el sol su mirada
y ya, primeras estrellas
cúpulas de pinos ornan.
Sombras y silencios velan
el rostro del asesino
por las marañas y sendas.

¡Ay! si las fuentes hablaran,
si hablaran pinos y piedras
cuan miríadas de ojos ciegos
clamar justicia, pudieran,
más… pinos, piedras y fuentes
tienen voces que no suenan
y el nombre del que ha matado
preso en sus gargantas queda,
que mudos son los testigos
que da la naturaleza.

Justicia, tomó el asunto
en sus manos, con sorpresa,
que los tricornios del pueblo
no han labor detectivesca.
Decide su comandante
recoger las escopetas
de cazadores, mirando
si han disparado con ellas,

y así, vecinos del pueblo
a la comandancia llevan
armas que esperan dormidas
hasta que se abra la veda,
con sus cañones sesteando
restos de pólvora vieja;
que si alguna de ellas tiene
olor a pólvora nueva,
lo tomará la justicia
como una posible prueba.

Van peritando el fogueo
de todas las escopetas.
Los dueños de armas de fuego
quedan libres de sospecha
mas…en el registro de armas
hay una que no se entrega.
La pareja de tricornios
va en busca de quien la tenga..

Mientras, la noche es testigo
de ecos que a la noche llegan:
“Anda suelto un asesino
en pueblo de Covaleda”.
Esparce brisa andarina
por vaguadas y por sierras
a oídos de otros vecinos
como un tam-tam en la selva,
que anda suelto un asesino
en pueblo de Covaleda.

                 V

Presto van, fuerzas del orden,
cuan podenco tras su presa
a casa de un mozo joven
a pedirle su escopeta.
Culatas de mosquetones
en las puertas aporrean:
“Abra a la guardia civil”.
¡Ah, de la casa!, -vocean-.

A quien busca la justicia
es pobre y pastor de ovejas,
hombre andarín, primitivo,
inocente en sus maneras.
No es pendenciero, ni juega,
ni se da a la borrachera.
Más vista tienen su vida
los caminos de la sierra,
que los vecinos del pueblo
quien acusan y sospechan.

Sale el mozo de su casa
tímido por la reyerta.
A los uniformes verdes
los mira con extrañeza.
Piden los guardias civiles
que les muestre su escopeta.
“No está en casa”, les responde.
“Llévenos donde la tenga.”

Declara el pastor, nervioso,
que está en el monte, en la teina,
que ha tiempo que no la ha usado
y que ni se acuerda de ella.
“Aún estando en el infierno
hemos de buscar la prueba.
Aquí no valen excusas”.
afirma el cabo primera.
“Pongámonos en camino”.
-La inquietud del mozo, aumenta-.

Salen del pueblo de noche
y a la luz de las linternas;
el pastor y los tricornios
caminos buscan, a tientas,
que el resplandor de la luna
no pasa la selva espesa
y el monte en la noche, tiene
fantasmagóricas sendas.

Al filo de media noche
se adentran en la floresta
profanando su silencio
al pisar las hojas secas
en el angosto camino,
del viento, titiriteras.
Mil ojos miran sus pasos,
mil ojos de sombras yertas,
que en la espesura del bosque
sólo las ánimas velan.

Se hace el camino en silencio
guiados por mano experta
del pastor, que aún en penumbra,
andar el camino acierta.
Dos horas largas pasaron
hasta llegar a la sierra
y entre los mares de sombras
ven del chozo, la silueta.

Quieta, clavada en la cumbre,
del pastor su teina, espera,
refugio en noches de lluvia,
de soledad, compañera.
Visten de cárdenas lajas
cuatro paredes mal hechas
y peinan sus grises sienes
rojas y vetustas tejas.
Tapa el nudo de su vientre
guardián, una puerta vieja

sin oropeles ni llave,
que asilo, jamás se niega
en el monte al caminante.
Dentro de la choza quedan
las cuatro tablas de un catre,
la manta y una cazuela,
ajuar en el maridaje
de los novios de la sierra.

El pastor entra en el chozo.
La guardia civil, espera.
En derredor mira el mozo,
vuelca el camastro y blasfema
a la orden del salterio
cuan dolida y torva hiena.
Rompe el sueño de la noche
la algazara de la escena
y los árboles, dormidos,
con los gritos se despiertan.
En el refugio del Cela
no se encuentra la escopeta.
El pueblo se ha ido a su cama
dejando la alcoba abierta
al rumor de la noticia
de los ecos de la sierra,
noticia de hálitos fríos
que la noche trae envuelta.

El sospechoso, acosado
al negarse la evidencia,
abatido y asustado
queda mudo, mientras piensa.
De su rostro demacrado
gotas de sudor, revientan
por sus poros dilatados
del miedo que dentro lleva.
-“Tengo otro chozo en la umbría”-.
– “Hay que ver si allá se encuentra”.-

Sorprende el orto en camino
cerca de “Peña Andadera”.
Cerca de allí tiene el chozo,
cerca ya, que ya se llega.
-”¡Ahí está!” – .- “Vayamos dentro.”-
No hace falta abrir la puerta
que no la tiene, y tampoco
se encuentra allí la escopeta.

La justicia apresa al Cela,
acusado y en sospecha.
Cárdena anillas visten
como guantes, sus muñecas.
Detenido va el pastor
dando su adiós a las sendas,
y queda triste la umbría
augurando larga ausencia.
Allí pastan recentales
ajenos a la tragedia.

Primeras luces de fuego
se acercan a Covaleda
en tanto los familiares
del pastor, paciente esperan
con dudas y desalientos,
tiesos como centinelas.
Primeras luces de fuego
tocan diana en Covaleda.

Sale el pueblo del letargo
con la brisa mañanera.
Va al trabajo el jornalero,
carreteros y carretas
pactan su quehacer del día.
El pueblo de pandereta
empieza sus pasacalles
con una noticia nueva:
La justicia trae al Cela
con grilletes y cadenas.

Con esposas baja el mozo
de la cárcel a su celda.
Inocente se declara
sin que sus palabras crean.
Es el primer sospechoso
al faltarle la escopeta.
En el pueblo se divide
la opinión de su inocencia.

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