PINOS DE COVALEDA NAVEGANDO POR EL MUNDO.- EL BARCO ATYLA

Marea Errota, el barco que nació en un puerto de montaña

Por Lola Gómez Redondo y Rodrigo de la Serna

En 1980 Esteban Vicente Jiménez, junto a un grupo de jóvenes en su mayoría sorianos, gestionaban el antiguo refugio del Puerto de Piqueras con el fin de recaudar fondos para construir una goleta, con ese barco soñaban después dar la vuelta al mundo haciendo la ruta de Juan Sebastián Elcano. Fue allí, en el Puerto de Piqueras, donde se fabricó de forma simbólica un ‘motón’, una especie de polea que sirve para cambiar la dirección de un cabo en los barcos.

Ese fue el comienzo de la construcción del Marea Errota, una goleta clásica que se encuentra actualmente en el Puerto de Laredo.

Esteban Vicente vivía prácticamente encerrado en su habitación trabajando en el diseño del proyecto al que llamó ‘Taurus’, un diseño basado en la goleta francesa de nombre L’Etoile. Él, además, se encargó de dirigir la construcción, trabajo llevado a cabo por numerosos voluntarios siguiendo las clásicas y artesanales técnicas de los carpinteros de ribera de Lekeitio (Bizkaia). Allí se terminó de construir la embarcación tres años después.

La botadura del Marea Errota (Molino de mareas) fue el 15 de mayo de 1984 y fue toda una fiesta en un pueblo cuyo astillero no echaba a la mar un barco hacía años.

He aquí el trabajo de construcción de la Goleta Cantabria Infinita (antigua Marea Errota). El trabajo del soriano Esteban Vicente, (en la foto) queda patente, al ver la embarcación navegando los mares del Cantábrico (donde se encuentra actualmente). Pero para que el navío llegase a este punto, hubo un proceso de diseño, fabricación y construcción. Este proceso se llevó a cabo en Soria, con árboles de la provincia. Es en Soria, donde se fabricaron todas las piezas, para luego ser ensambladas en los astilleros de Lekeito (País Vasco). Muchos años de trabajo, esfuerzo y penurias hicieron falta para que, a día de hoy, podamos disfrutar de su belleza. Toda la documentación gráfica del proceso de construcción, queda recogida en esta renovada edición del antiguo manuscrito, ahora accesible a todos los públicos.

Rodrigo de la Serna

Artículo aparecido en Desde Soria el día 28 de Mayo de 2016

En la ría de Nervión, en el Museo Marítimo de Bilbao, descansa una historia que merece un libro y una película, pero a la que de momento le voy a dedicar solo esta entrada, un poco más larga de lo habitual.

En algún momento de los años 70, el soriano Esteban Vicente Jiménez decidió que necesitaba un barco para conjugar varias de sus aficiones como eran viajar, la escalada, el piragüismo… y el acarreo de todos los materiales que ello conlleva.

Primero pensó comprarlo y después decidió construirlo. Eso es fácil. Lo difícil es que, al final, lo consiguió. Cortó grandes cantidades de madera de pino de los montes de Soria y las fue trasladando a Lekeitio (Vizcaya). Allí, con otras maderas y con otras manos, terminó de construirse el barco, que fue botado en 1984. Su peso es de 130 toneladas por el exceso de madera, intencionado, que utilizó el constructor para un barco que podría no haber pasado de 100.

Por votación entre los vecinos del pueblo, fue bautizado como Marea Errota, en honor de un molino situado junto a los astilleros donde se realizaron los trabajos.

En el tramo final de las obras, se firmó un contrato con Petronor para dar la vuelta al mundo en este barco de vela de 24 metros de eslora (31 contando el bauprés) y que había nacido en las montañas sorianas.

Poco antes del comienzo del viaje, falleció el dueño de Petronor y se canceló la aventura con todos los contratos de los tripulantes firmados. Como una solución rápida, el Marea Errota se trasladó un verano a Baleares para dar viajes turísticos.

Terminada la época estival, Esteban Vicente decidió viajar hasta el Caribe, donde siempre hay buena temperatura. Compraron otras mercancías para hacer también algo de negocio allá. En una parada en Tánger, el barco fue víctima de un saqueo que lo dejó totalmente vacío, incluso de víveres y agua.

El Marea Errota reemprendió el camino pasando por Canarias, para intentar conseguir desde allí algo de dinero de las familias y seguir hacia América. En Lanzarote, donde fondearon, empezaron a trabajar bien y cancelaron la experiencia americana.

El barco estuvo en la volcánica isla afortunada casi 20 años, la gran mayoría de ellos muy buenos. Al final, sin embargo, el aumento de la competencia leal y desleal y el descenso del turismo derivaron en que el Marea Errota empezara a ser menos rentable.

Esteban Vicente movió relaciones y consiguió firmar un contrato con el Gobierno de Cantabria, que utilizó el barco para promocionar la Comunidad Autónoma, aportando dinero, pero sin intentar rentabilizarlo. Al cabo de casi ocho años, tras dos legislaturas, terminó el contrato que obligaba, entre otras cosas, a llamar al velero Cantabria Infinita.

Cambio de capitán

Desde que nació en 1989, Rodrigo de la Serna ha pasado los veranos junto a su tío Esteban y junto al Marea Errota. Hoy, 28 de mayo de 2016, he viajado hasta Bilbao para conocer al mismo tiempo al barco y a su actual capitán. Madrileño de raíces sorianas (de hecho, estudió parte de la Educación Secundaria en Soria capital, donde conoció a Alfonso Garzón, director de operaciones del barco), Rodrigo es un hombre de mar.

Ello le empujó a enfocar su carrera académica hacia ese título que posee actualmente de capitán de barco, limitado todavía a barcos de hasta 24 metros de eslora y que naveguen a menos de 150 millas de la costa. Por amistades, cursó estos estudios en la República Checa. Aunque la empresa sigue siendo propiedad de su tío Esteban, el encargado de manejarla es ahora mismo él.

Terminada la aventura con el Gobierno de Cantabria, surgió la oportunidad de hacer una serie de trabajos con la marca de whisky Cutty Sark, unas fiestas que llevaron al barco de nuevo a tierras baleares. Esteban todavía dio la vuelta a la península junto a su sobrino, aunque luego regresó a Potes sin participar de este nuevo contrato.

Rodrigo asumió el mando de la empresa hace cuatro años, cuando tenía 23. Había que rebautizar el barco. Decidieron no recuperar el nombre de Marea Errota, en busca de una denominación más sencilla y global. Después de dar muchas vueltas, encontraron la respuesta en casa: Atila era el nombre de varios perros de Esteban, así que decidieron que el barco se llamara así en homenaje a su promotor. Desafortunadamente, ya había un barco con ese nombre, así que decidieron ponerle una ‘y griega’ y así nació el Atyla y, con él, el Atyla Training Ship.

Rodrigo ha heredado la intención primigenia de su tío de convertir el Atyla en un barco escuela. Según el programa de actividades de este verano, la intención es partir la semana que viene en una primera etapa que terminará cerca de Burdeos, después de tres jornadas de navegación.

Si bien para actividades turísticas en cubierta la capacidad del barco es de aproximadamente un centenar de personas, para estas experiencias de varios días en el mar el límite plazas es de 25. Los participantes, con el inglés como idioma común, aprenden el sistema de funcionamiento de un barco de vela mientras interiorizan otros valores como el trabajo en equipo, la capacidad de liderazgo o la jerarquía.

En su página web es posible consultar estas rutas que hace el Atyla, de momento sin abandonar el continente europeo. El año pasado, por ejemplo, navegaron durante más de cuatro meses por el Viejo Continente. Después de todo ese tiempo, el motor apenas sumaba dos semanas de uso, ya que la inmensa mayoría de las horas de navegación se consiguen gracias a las velas.

El plan previsto es empezar esta vuelta por Europa la semana que viene. Sin embargo, la legislación española, que apenas contempla la realidad de barcos de vela que se utilizan como una escuela, no ha dejado de colocarles trabas. Tanto es así que en breve el Atyla cambiará su bandera española por una mucho más exótica, la de Vanuatu, aconsejado por otros barcos de similares características que ya han seguido ese camino y que ahora se dedican, por ejemplo, a traer ron de América a Europa, el Tres Hombres.

Unos meses en Alemania

En 2015, después de 30 años de uso, dejó de funcionar el motor original. Sucedió en Alemania, cerca de Hamburgo, y allí se quedó Rodrigo, cuyo domicilio es el Atyla. Por esa razón, el barco no llegó a Bilbao hasta el marzo, varios meses después de lo previsto.

Es el segundo invierno que pasa en la ría, aunque este haya sido muy corto. El Atyla tiene un acuerdo con el Museo Marítimo de Bilbao. La entrada a este último da derecho a visitar el barco, que también puede conocerse de manera independiente por apenas dos euros. Allí, el visitante podrá tocar con sus manos palabras que probablemente haya leído en los viejos libros de aventuras marinas: foques, petifoques, cabrestante, botavaras, obenques, escandalosa, bauprés, trinquete, jarcias, cabos, babor, estribor…

Estos días, además, comprobarán los últimos e intensivos trabajos previos a zarpar, que no parecen muy diferentes a los que pudieran hacerse en los siglos anteriores, aquellos que inspiraron la construcción del Marea Errota a un joven soriano nacido en 1953.

Web del barco Atyla

Facebook del barco Atyla

Atyla es una goleta de dos palos construida en madera en 1984. Desde 2014 navega por todo el mundo visitando concentraciones y regatas de barcos clásicos. En 2016 se inició el registro de la Fundación Atyla, una organización sin ánimo de lucro que actualmente opera el barco o organiza viajes de aventura y coaching para gente de diferentes países, edades y clases sociales.

Construcción

La goleta fue diseñada en 1980 por Esteban Vicente Jiménez2​ siguiendo el estilo de las goletas que se construían a principios del siglo XIX2​ y bajo la aprobación el doctor ingeniero naval donostiarra Francisco Lasa Etxarri. Esteban también se encargó de dirigir la construcción del barco, que fue llevada a cabo con la ayuda de un numeroso grupo de amigos y voluntarios. Su intención era circunnavegar la tierra siguiendo la ruta de Magallanes-Elcano y que luego la goleta sirviese de barco escuela.3​

La primera parte de la construcción se llevó a cabo en Vinuesa, donde se tallaron la mayoría de piezas de la embarcación -Baos, cubiertas, mobiliario, tambuchos, casetas, balaustres, aparejos, etc-. Se realizaron en madera de fresno, elondo, roble, y sobre todo de pino albar, muy abundante en la zona. También los mástiles se realizaron con madera de Vinuesa: el pueblo donó dos enormes pinos de 175 años de edad para mostrar su apoyo a semejante proyecto de uno sus vecinos.4​

El resto de piezas del exterior, así como el casco, se realizaron en Iroko. Años más tarde, en 1986, también se remplazarían los mástiles originales por unos de esta madera, cuya durabilidad en exteriores es mucho mayor.5​

Se necesitaron 6 enormes camiones para transportar todas las piezas de madera hasta el municipio vizcaíno de Lequeitio en 1982, en cuyo astillero a orillas del Lea se realizaría el ensamblaje final. Algunas piezas eran tan grandes y pesadas que no podían ser transportadas por tierra y tuvieron que ser llevadas en barco remontando la desembocadura de la ría hasta el astillero de ribera de Eguiguren y Atxurra, construido en 1917 y en ese momento ya casi sin actividad, pero todavía hoy en pie.6​

El proyecto comenzó a tener más y más eco en prensa. La idea de construir a mano un velero de 30 metros de largo para navegar alrededor del mundo era tan impresionante que Esteban recibió la Mención Honorífica de los Premios Rolex a la Iniciativa7​ en 1984.8​

Botadura de la goleta Atyla en 1984 (Entonces con el nombre Itxaso-Petronor)

La botadura de la goleta tuvo lugar el 15 de mayo de 1984 con el nombre de Itsaso-Petronor contaba entonces con el patrocinio de la empresa petrolera homónima. La maquinaria y electrónica del barco fueron instaladas durante las siguientes semanas en la ría de Bilbao en los desaparecidos Astilleros Celaya de Erandio, junto al puente de Rontegi, que fueron famosos por los enormes buques escuela que se allí se construían hasta su cierre a finales de los años 80.

Origen del nombre Marea Errota y otros nombres

La construcción del Atyla en el astillero de Lequeitio empezó en 1982, sólo 2 años después de que fuera derruido justo en la orilla opuesta un antiguo molino de marea que databa de 1555. Los molinos de marea, o de mareas, se usaban desde la edad media en toda la costa atlántica de Europa, utilizando la energía mareomotriz para moler trigo. En euskera, el término ‘molino de marea’ se traduce como ‘marea errotak’. De ahí proviene del nombre original de la goleta Atyla: Marea Errota. El barco se llamó así desde 1984 hasta 2005. Todavía hoy la empresa que Esteban creó para gestionar el barco conserva este mismo nombre.

En otros momentos de su historia el barco portó los nombres Taurus (Durante la construcción), Itsaso-Petronor (mientras duró el acuerdo de patrocinio con la empresa con este nombre) y Cantabria Infinita (Entre 2005 y 2012).

Historia y viajes

Su destino inicial era llevar a cabo la vuelta al mundo siguiendo la ruta de Juan Sebastián Elcano, contando, para ello, con el apoyo de Petronor que, sin embargo, abandonó el proyecto a los pocos meses de la botadura y antes de que se iniciara el viaje.

Pasados dos años, y con el nombre de Marea Errota, el plan era realizar una larga ruta hasta el Caribe, donde la goleta se utilizaría para navegaciones a vela con fines turísticos. Sin embargo, los planes se truncarían de nuevo al principio del viaje, de camino a las Islas Canarias para cruzar el Atlántico, cuando una gran tormenta obligó a la tripulación a refugiarse en la ciudad marroquí de Tánger. Durante la imprevista parada el barco fue saqueado y espoliado ante la impotencia de la tripulación.

Sin provisiones ni equipamiento, la goleta se dirigió a la isla de Lanzarote. Amarrados allí durante varios meses mientras se recuperaban del robo y buscaban un plan que por fin saliera bien, la tripulación empezó a darse cuenta de la cantidad de gente que se interesaba por el barco, y del potencial que tenía el creciente turismo de la zona y decidieron quedarse en el puerto de Playa Blanca, donde estuvieron 19 años realizando pequeñas excursiones de navegación a vela para turistas. El barco llegó a ser uno de los referentes del turismo de la isla.

En 2005 el gobierno de Cantabria contrató la goleta para convertirla en el velero imagen de la región. Fue trasladada a Santander, donde por 6 años, con el nombre Cantabria Infinita, fue utilizada para todo tipo de actividades: Desde la formación de navegantes hasta excursiones turísticas, e incluso para salidas organizadas por la consejería de medioambiente en las que se llevaba a grupos de escolares a conocer la fauna del mar cantábrico.

Una vez terminado el contrato con el gobierno de Cantabria, Rodrigo de la Serna decidió hacerse cargo del barco para mantenerlo navegando. Tras cambiar el bauprés, y el pico y la botavara de la vela trinquete, en junio de 2013 Rodrigo y Esteban trasladan la goleta hasta el Mediterráneo.

La goleta se trasladó al Puerto de Badalona, para realizar labores de mantenimiento de cara a su participación en las regatas de clásicos, organizadas por la STI, para el 2014. Con sede en Ibiza, Atyla sirvió de imagen para un gran evento de la marca Cutty Sark,13​14​ y al final del verano participó en la regata de barcos clásicos del Mediterráneo 2013,15​ organizada por la asociación Sail Training International. En ese momento Rodrigo decidió dedicar el velero a la formación de navegantes de todas las edades.

Barco escuela internacional

Desde 2014, la goleta se utiliza como barco escuela internacional, ya que navega por toda Europa y el idioma a bordo es preferentemente el inglés. Las etapas de navegación se definen en torno a eventos y regatas de barcos clásicos y de sail training. La ruta de 2014 consistía en circunnavegar el continente europeo casi por completo y por partida doble,16​ lo que significa 20 000 km, la mitad de la circunferencia de la tierra.

La ruta comenzó 11 de abril cuando la goleta partió del puerto de Badalona para participar en la regata de barcos clásicos del Mar Negro 2014 organizada por Sail Training International.17​ Durante esta regata la goleta celebró el 30 aniversario de su botadura y el 25 cumpleaños de Rodrigo, el capitán más joven de la regata.18​ Y al finalizar fueron galardonados con el Frienship Trophy19​20​ el premio más importante en este tipo de regatas.

Terminada esta tenía poco más de un mes para atravesar el mediterráneo y llegar hasta Harlingen (Países Bajos) para participar en The Tall Ships Races 2014. Esta concentración de buques escuela los llevó hasta Noruega y Dinamarca. La siguiente cita fue la regata de buques escuela entre Falmouth y Londres.22​ La temporada tiene previsto acabar en octubre, tras la participación de una concentración más de barcos clásicos en Tolón (sur de Francia) llamada “Tolón 1778 – Puerto de la independencia americana”

En 2016 Rodrigo de la Serna inició el registro de una organización sin ánimo de lucro con objeto social, la Fundación Barco Escuela Atyla24​, con el objetivo de que esta organización sea la que opere el velero. En la actualidad la fundación organiza viajes de aventura y coaching a bordo del barco y dedica las donaciones que recibe a un fondo de becas para personas con falta de recursos.

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EL TANNHÄUSER Y LA BANDA DE COVALEDA (UNA SONRISA PARA TIEMPO DE CORONAVIRUS)

EL TANNHÄUSER Y LA BANDA DE COVALEDA (UNA SONRISA PARA TIEMPO DE CORONAVIRUS)

Yo era monaguillo, y cuando llegaba el día de San Lorenzo, había para mí un momento en la misa mayor que aguardaba cada año con una delectación casi morbosa, tanto que tuve serios escrúpulos de conciencia de que incurría en pecado, porque me acometía una excitación rara en el momento de la consagración que me distraía de mis obligaciones de monago, justo cuando don Serapio atacaba con la banda de música el Tannhäuser marcando fortísimos los bajos para que el contrapunto de los clarinetes saliera flotando por las bóvedas de la iglesia y me transportara lejos del altar, mucho más allá del Pico Urbión. Algunas veces tocaba el himno nacional, pero no era lo mismo.

Ni remotamente podía imaginar que el Tannhäuser fuera obra de un romántico alemán llamado Wagner —según me dijo Paco, gran maestro del clarinete que tocaba en la banda— y que formaba parte de una famosa ópera donde se contaba la leyenda de un caballero llamado Tannhäuser castigado por rechazar los favores de la diosa Venus y preferir los amores de Elisabeth, una simple mortal bellísima y sensual, y otros detalles que ahora no recuerdo, porque a los diez años uno tenía otras preocupaciones más importantes en que ocuparse y no, precisamente, de los amores de un minnesinger alemán.

La banda de música de Covaleda era la institución local por mí más admirada. La banda de música, digo, con su director a la cabeza, don Serapio, era la encargada de marcar el grado de solemnidad de las festividades del pueblo: a mayor solemnidad, mejor repertorio musical y bellos pasacalles, de manera que el día más importante del calendario, la fiesta patronal, exigía forzosamente el Tannhäuser en la misa mayor —o el himno nacional, según— al alzar la hostia, en pleno milagro de la transubstanciación, cuando las personas y banderas se humillaban respetuosas ante la solemnidad del momento; para mí, incipiente pecador, el milagro verdadero no era el del altar, sino el de la música: la forma maravillosa de atacar el comienzo con la levedad de una brisa, alargando los trombones las notas para hacerlas engrosar como si de una ola gigante se tratara apoyada en los bajos, que estallaba a los pies del altar y salpicaba como una espuma con los trinos de los clarinetes elevándose por las columnas barrocas del retablo hasta alcanzar las bóvedas de crucería y retornar en cascadas de semicorcheas por los aledaños del coro hasta caer dormidas entre los azulones y violetas de las altas vidrieras reflejadas en el suelo —¡caray, me ha dado el repeluzno romántico!—. Y yo, allá abajo, revestido de monaguillo, esperando la llegada del escalofrío, sintiendo en la nuca el perfume del milagro…

El largo acorde final me devolvía a la realidad pasada la consagración, y el Tannhäuser recién interpretado quedaba en mi recuerdo como un arrebato místico que se repetiría al año siguiente.

Pasados unos días, le pregunté a don Nicolás:
—Don Nicolás, ¿eso que me pasa es pecado?
Torció el gesto y me apuntó con un dedo acusador:
—No, no es pegado, pero mejor harías en estar recogido durante la consagración en lugar de distraerte con la música.
—Es que no lo puedo evitar…
—Pues inténtalo, que no es tan difícil —me dijo, áspero—. Ego te absolvo a peccatis tuis, etcétera. Anda, vete, reza un padrenuestro y no peques más.
Arrodillado frente al altar mayor, tuve la clara conciencia de que el Tannhäuser tocado por la banda de mi pueblo era mucho más grande que una oración, y mucho más hermoso que un pecado ¿venial? Padre nuestro que estás en los cielos…

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COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – XII

Paseo virtual por la TIERRA DE PINARES (Segunda Parte)

La Hermandad de Carreteros Serranos ya existía antes de que los Reyes Católicos favorecieran por Cédula Real la creación de la Cabaña Real y les concedieran algunos privilegios muy importantes. Esta Cabaña abarcaba una comunidad de pueblos que iban desde Quintanar, en la provincia de Burgos, hasta Villaverde del Monte en Soria, siendo Molinos el centro geográfico de la sociedad. Su objetivo era el de ocuparse del transporte público por cuenta de la Corona, de forma que podían moverse por el reino según les exigieran las necesidades de transporte de víveres o intendencia, fundamentalmente madera, lana y sal, llegando a asistir al ejército real en la conquista de Granada, y en la posterior distribución de los nuevos productos que venían de las Américas recién descubiertas.

Se organizaban en grupos de 30 carretas, llevando bueyes de repuesto a razón de tres o cuatro por dueño y carreta. Esto significaba que debían desplazarse un grupo notable de personas y animales, a los que acompañaban las mujeres e hijos en muchos casos.

En el pueblo de Molinos del siglo XVIII se llegaron a contabilizar hasta 872 carretas, con un total de 2.617 bueyes, lo que nos lleva a pensar en el enorme movimiento de personas y dinero que tuvo que haber en este pueblo, calculando los negocios que nacieron, por fuerza, al albur de la carretería como por ejemplo las carpinterías, fraguas, tiendas de comestibles, tabernas, mesones, sastres, posadas, boticas, médicos, escribanos, casas de préstamos y ahorro…, por citar sólo algunas.

La Cabaña Real llegó a sumar unas 6.000 carretas con un total de 18.000 bueyes que recorrían toda España. Uno de los contratos más suculentos que firmaron los de Covaleda fue, por ejemplo, el acarreo en exclusiva de toda la piedra necesaria para construir el Palacio Real de Madrid en 1739. Y antes, el transporte de la piedra y madera para levantar el monasterio de El Escorial en tiempos de Felipe II. ¿Vendrá de aquí —me pregunto— la advocación de San Lorenzo como patrón de Covaleda que coincide con ser el del Escorial, días de fiesta y descanso forzoso, habida cuenta de que ya teníamos a San Quirico y Santa Julita como patronos desde tiempos de Fernán González?, seguramente.

Con el paso del tiempo las normas de la carretería fueron olvidándose; no se respetaron las ordenanzas y apareció la competencia desleal, lo que trajo una inflación galopante para la organización que la llevó a la ruina; y aunque en 1841 se quiso poner remedio fijando nuevas Ordenanzas para la Carretería en Canicosa de la Sierra, la Hermandad ya estaba herida de muerte, especialmente con la llegada de otros medios de transporte más eficaces y rápidos como era el ferrocarril. Y, lógicamente, desapareció.

De este trasiego de gentes que iban y venían con sus carretas y sus bueyes, la vara de fresno —con su aguijón en la punta— al brazo, ha quedado esta coplilla que lo resume muy bien:

¡Ven torillo, ven chaparro!
Ya se marchan las carretas de la sierra,
ha llegado el mes de marzo.
Ya se marchan las carretas.
Ya se van el pueblo abajo
y la vara, compañera en el camino,
siempre al brazo.
¡Ven torillo, ven chaparro!

COSTUMBRES:

Además de la gastronomía típica de la zona de pinares —especialmente el ajo arriero—, las jotas, ruedas, bailes y trajes que todos ustedes conocen, hay algunos elementos de los que pocas veces se habla y también forman parte de lo serrano. Me refiero a las casas pinariegas, las casonas de los carreteros pudientes.

La zona de pinares era bastante uniforme en cuanto a construcción: las casas estaban hechas para soportar el frío y la nieve, como suele ocurrir en nuestra tierra; antes he aludido a los palacios de Vinuesa y Molinos; ahora me refiero a las casas de los que se dedicaban a la carretería y que solían tener tres cosas en común: el zaguán o portalón, la cuadra y la cocina con chimenea de campana.

La riqueza del carretero se mostraba en la magnificencia de su casa, a la que no solían faltar anagramas, inscripciones, etc., en los dinteles de la puerta. Las casas del común solían ser bastante más sencillas, frecuentemente de madera o con paredes de adobe.

La cocina de campana está pensada para caldear el recinto de una forma muy rudimentaria, casi sin aislamientos y con poco aprovechamiento del calor. Era donde se hacía la vida de hogar, se colgaba la matanza y oreaban los chorizos. A veces tenían un horno adosado para aprovechar las ascuas del fuego. Al amor de la lumbre se comía, vivía y los mayores contaban leyendas de lobos y romances de pastores a los pequeños en los largos inviernos creando así una tradición oral ya perdida.

Otra dependencia fundamental en la casa era la cuadra, que ocupaba casi toda la planta baja y se abría a un corral trasero. El hecho de que los animales pernoctaran bajo el mismo techo que las personas, era una forma de calefacción central que caldeaba las alcobas situadas justo en la planta superior. El zaguán estaba abierto por un portalón con arco de medio punto, que era el lugar donde se descargaban las mercancías los días de lluvia o nieve, y en el verano se tomaba la fresca o se jugaba a las cartas.

El solado o pajar es el lugar donde se almacena la hierba seca recogida hacia finales de junio, por San Pedro. Era un buen aislante contra el frío, aunque entrañaba un verdadero peligro en caso de incendio, como ocurrió en Covaleda en 1923, que ardieron 93 casas —algo más del 90% del municipio—por culpa de la tía Perijula, una pobre mujer que fue a buscar la botella de anís escondida entre la paja con una tea encendida, y… ya se pueden imaginar el resto.

La parte externa de la casa suele estar construida con piedra arenisca de sillería en las esquinas y de mampostería en la zona baja. La parte media lleva ladrillos o piedra con argamasa y un entramado de maderas para darle mayor consistencia. Los dinteles de las casonas solariegas, también llamadas “vizcaínas” —pueden verse algunos bellos ejemplares en Canicosa y Quintanar— por el parecido que guardan con las casas del Señorío de Vizcaya, suelen llevar blasones familiares, escudos o cosas parecidas. Los suelos del zaguán suelen estar empedrados, aunque en tiempos más recientes se usó la pacina: arcilla deshecha y compactada que hacía un suelo limpio e impermeable.

Cueva despensa-secadero del Tío Melitón. Foto de N. de Diego

LEYENDAS:

En la tierra de pinares han persistido algunas leyendas orales, aunque muchas se han perdido, desgraciadamente; y todas ellas aluden a hechos violentos, venganzas o encuentros con personajes atrabiliarios, pasando a ser romances de ciego o literatura de cordel como se les llamaba en el siglo XVIII.

Hay una, universalmente famosa, que es la que escribió don Antonio Machado a propósito de una visita que hizo a estos parajes: La tierra de Alvargonzález, que él ubica entre Covaleda y Vinuesa, centrando el parricidio cometido en los aledaños de la Laguna Negra. Dice el poeta que se la contó un carretero cuando iba en la diligencia de Soria a Cidones y que luego completó poniendo los detalles del paisaje que le ofrecía el valle del Duero y, sobre todo, al ver los cantiles de la Laguna. En esa leyenda escribió don Antonio unos versos con los que pretende resumir la mala catadura que para él tenían las gentes de esta tierra. Dice: 

            Mucha sangre de Caín
            lleva la gente labriega…

Hay una leyenda en Covaleda referida a un hombre violento que encontró la muerte «a mano airada», como he titulado una novelita que he escrito sobre la vida y fechorías del Tío Melitón: Un hombre violento hecho de navaja y morral. Esta leyenda se la oí a mi padre y me he permitido ponerla por escrito para que no se pierda; está prologada por Sánchez Dragó que sabe mucho de facinerosos y va por su segunda edición.

Existe, también, el famoso crimen de Duruelo (1910), que enseguida fue puesto en coplas de ciego, en las que se cuenta la muerte y violación de una vaquera de 18 años, hecho que tuvo gran resonancia en la prensa provincial, así como el asesinato de un recaudador de impuestos acaecido en tierras durolenses.

Como resumen de este paseo por tierra de pinares, les voy a leer una carta escrita en 1796 por un tal Bernardo Josef, cura párroco de Covaleda, dirigida al geógrafo Tomás López, en la que le solicitaba un informe de lo que acontecía por mi pueblo; de esta forma ustedes podrán hacerse una idea de cómo era un pueblo serrano a finales del siglo XVIII.

La carta dice así:

                        Covaleda, y 24 de Junio de 1796

Muy Sr mío:

En cumplimiento a la favorecida (carta) de v. m., aunque tarde por mis varias ocupaciones, debo exponer al contesto de la Suya lo que he podido adquirir, y es lo siguiente:

Este Pueblo es un lugar que se compone de doscientos vecinos poco más o menos; de oficio de Carretería y Arrieros, de los que fabrican aros y gamellas[1] finas de toda especie.

Es tierra de Realengo. Su Capital y Vicaría es la Ciudad de Soria, a cuya intendencia también está sujeto, dista de ella siete leguas[2] hacia el Oriente.

Es Curato, tiene una Parroquia y un Cura del Obispado de Osma, de cuya matriz dista nueve leguas hacia el Mediodía; los Patronos son San Quirico, y Sta Julita.

Tiene cuatro ermitas fuera del Pueblo, aunque en poca distancia; Al Oriente, la de la Virgen del Campo, yglesia en la antigüedad de los Monges Benitos de Oña[3] en el Arzobispado de Burgos, de quienes fue este Pueblo y su Territorio, y después lo vendieron con todos los privilegios, acciones y derechos a los vecinos de él; al Norte la de Sn Miguel, al Poniente la de las Angustias; y más allá la de San Mathias.

Dicen si en lo antiguo se intitulaba este pueblo Covalegre. Lo cierto es que de la Gran Bretaña vinieron a poblar este Lugar y los confinantes (por eso se les llama Bretos).

Tiene de Término este Pueblo en todo su alrededor como unas ocho leguas; de Oriente a Poniente, como dos leguas y media, y por mejor decir tres leguas; del Norte al Medio Día casi otro tanto.

Tiene la cercanía del Río Duero de medio cuarto de legua; tiene en este término dos puentes de piedra la una al Poniente (Santo Domingo), y la otra al Oriente (Puente Soria); de distancia la una a la otra de una legua corta; pasa este Río por Salduero, Molinos, cerca de Vinuesa, la Muedra y finalmente por la ciudad de Soria, al Poniente de dicha Ciudad. Tiene este pueblo muy próximos a él tres arroyos que se desgajan por la parte del Norte de la Sierra que llaman Urbión (…)

En la parte superior de esta sierra, que es a distancia de dos leguas de este pueblo hay tres lagunas bastante grandes; la una se llama la Laguna Negra en término de Soria, y dista de este término como un tiro de bala, la otra se llama la Laguna Helada. En término de este lugar, y la más alta, la Laguna de Urbión distante de este término un tiro de bala; distan entre sí estas lagunas como media legua, estando en medio la Laguna Helada a distancia proporcionada; nunca se secan; y para dar vuelta a la Negra se necesita una hora; de la de Urbión dicen los naturales que sale o dimana el Río Duero, sin embargo el Río nacer a la parte Solana de la Sierra y la Laguna estar a la parte de Umbría, debajo del mismo pico de Urbión en lo más eminente de la Sierra bien que hay una llanura grande, teniendo algún desahogo por la parte de Umbría. La Laguna Negra es de mucha magnitud y a su lado hay otro pozo mucho mas pequeño; hasta a donde llega su profundidad se ignora, por cuanto una Carga de Calzadera no le dio termino, como se ha experimentado; las aguas de ellas son buenas y saludables; la de Urbión no la he bebido; pero de las otras dos sí; siendo muy delgadas y dulces.

Esta Sierra (…) es lo más elevado de Castilla la Vieja, y aun de toda la España; (…) no siendo tan fácil de ascender a la de Urbión, pues para subirla desde el Pueblo, que casi está a la falda, se tardan mas de dos horas y media, aunque sean tres horas, y por la parte de allá mira a los Cameros Altos y a las Sierras de Valvanera, y los lugares más próximos se llaman las Viniegras, y habrá de distancia como dos leguas y media al Medio Día de la Umbría de la Sierra.

Todo su término a los cuatro ayres está por la mayor parte poblado de pinos grandes y pequeños; habiendo también entre ellos robles, hayas, acebos, avellanos y espinos.

Aunque es muy antiguo este Pueblo, en su fundación primera solo consta haber sido granja de los Monges Benitos de Oña; ignorase sus fundadores, sus armas; y sólo que de la gran Bretaña vinieron a poblar estos términos muy montuosos y ásperos, a cuyos sitios intitulan los Pelendones. Su terreno produce hierba por cuanto en él no se han inclinado sus moradores a cultivar la Sierra, por invertirsen en el trafico de Carretería, Arriería, gamellería y arería. Y así sus fábricas consisten en labrar tablas de toda especie, aros y gamellas finas, las que conducen a varias partes del Reyno; y de estos se mantienen; y para serrar las tablas tienen en este Pueblo cuatro sierras de agua; la una del Común y las otras tres de particulares.

En este Pueblo sólo hay un Maestro de primeras letras. Su Gobierno depende de la Ciudad de Soria; sin mas Jurisdicción que poder multar o castigar en 3 días de cárcel, y en la cantidad de 30 reales, y en los excesos criminales sólo pueden prender y dar cuenta al Sr Corregidor de la Ciudad de Soria, a quien compete todo Juicio; a demás hay un Procurador Síndico general, dos Regidores y un Alcalde de la Hermandad, que tiene jurisdicción en el término, y no en el Pueblo.

Sus comunes enfermedades suelen ser dolores de costado[4], tabardillo[5] y algunas tercianas[6] o cuartanas[7], pero por lo regular son pocas las que acaecen; y así se conserva la gente con bastante salud, de que resulta haber muchos viejos y viejas; siendo por lo común el número de muertos anual como unos 16 de adultos y párvulos; y de nacidos, como unos 35 sobre poco más o menos, un año con otro.

Y es cuanto en la presente materia puedo enformar a v.m. Si puedo y encuentro alguno que dibuje el Mapa del término, procuraré satisfacer a v. m. porque aunque yo lo pondría, iría muy basto y quisiera me lo dibujara un feligrés que sabe hacerlo y ahora se halla en el trafico de carretería; perdone v. m. la tardanza, y mande lo que fuese de su agrado a éste su más seguro servidor que S.M.B.

                                         Bernardo Josef Hernández.


[1] Gamellas: tiene doble significado; artesas rectangulares que servían para adobar la matanza, hacer el pan y, en último caso, dar de comer a los animales, y los arcos que van a los extremos de los yugos para uncir las yuntas. Ambos son válidos en este caso.

[2] Legua: 5’5 kms. la legua castellana.

[3] Oña: Población perteneciente Burgos. La razón de que las iglesias de Covaleda y Duruelo aparezcan como dependientes de este monasterio y no de San Millán, como era lo lógico, se debe a que el rey Alfonso VII (siglo XII) les concedió a aquellos monjes los diezmos y primicias de estos pueblos en atención a que su paje de lanza llamado don Ferrando, natural de estas tierras, tomó el hábito en dicho monasterio. Por esto cambiaron de dependencia monacal aunque quedara muy lejana.

[4] Reúma

[5] Tabardillo: tifus exantemático que producía manchas en la piel. Se transmitía por el piojo verde. Popularmente se llamaba así a la insolación.

[6] Tercianas: fiebres intermitentes que se producían cada tres días. Fiebres de Malta.

[7] Cuartanas: fiebres de origen palúdico que se reproducen cada cuatro días.

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COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – XI

Paseo virtual por la TIERRA DE PINARES (Primera Parte)

(Extracto de la conferencia dada en la Casa de Soria de Barcelona, enero de 2001)

Tierra de Pinares, expresión que para cualquier soriano resulta fácil identificar como ese bello rincón del cuadrante noroccidental de nuestra provincia que aparece en todas las Geografías señalando el nacimiento del Duero, y en los partes meteorológicos suele quedar oculto tras unos gruesos copos de nieve marcando temperaturas imposibles en invierno.

Tierra limítrofe con Burgos y La Rioja que tiene como portada el precioso pueblo de Molinos y, a medida que se remonta el cauce del Duero, nos va regalando la vista con el paisaje siempre verde de Salduero, Covaleda y Duruelo, decorado que se prolonga por tierras burgalesas. Pueblos del alto Duero, fríos, limpios, «pinariegos», como nos apodaba mi abuelo Hilarión cuando íbamos a Almenar, en los Campos de Gómara.

Tierra de Pinares, denominación de origen que guarda cierta unidad de costumbres entre sus concejos por ser tierras inhóspitas en la remota prehistoria debido a la fragosidad del monte, buenas para cazadores y pastores, que se mantuvieron al margen de los avatares de invasiones foráneas, moras o cristianas.

El hecho de que el pinar se extienda sin solución de continuidad por la falda de la Sierra de la Demanda hace que esta hermandad de costumbres se dilate por pueblos vecinos como Regumiel, Canicosa o Quintanar de la Sierra. Con todos ellos hay una cierta confraternidad debido a tener similares tradiciones, oficios parejos, idénticas formas de vida y buenas relaciones de vecindad que se estrechan frecuentemente con lazos familiares, como es mi caso que tengo la mitad de cepa serrana (Canicosa-Duruelo-Covaleda) y el resto de los Campos de Almenar, famosos por sus leyendas y por ser el feudo de la Virgen de La Llana cuyo apellido materno presumo.

Como cimera de estas bellas tierras está el Urbión, «dos aguas buenas» dice su nombre en euskera aludiendo a las dos vertientes que miran a tierras riojanas y sorianas, y que sirvió de frontera del antiguo reino de Navarra en tiempos de Sancho el Mayor tras la muerte del último conde castellano, don García Sánchez en el año 1029, hasta el nombramiento de su hijo Fernando I como nuevo rey de Castilla en 1037, además de las repoblaciones por gentes venidas del norte en tiempos de Alfonso VI que han dejado topónimos tan significativos como Zurraquín (monte blanco), onsar (pastizal), paúl (padul: lugar pantanoso), chabarril, etc.

Parece ser que el primitivo nombre de Urbión era el de Monte Duracoaludiendo a las tribus iberasque vivían en sus contornos, y el río que nacía a sus pies era el Doro, que luego se llamó Duero. Paisaje adornado con lagunas de tipo alpino, siendo la más literaria de todas ellas ésa que he visitado más de una vez: la Laguna Negra, de la que la leyenda, mi abuelo Pedro —que era pastor—y don Antonio Machado decían no tener fondo y estar habitada por unos animales monstruosos capaces de devorar a un carnero en segundos si cayera en ella… Tierras de las que don Nicolás Rabal, historiador soriano de finales del siglo XIX, decía:

En esta tierra de pinares hay muchos sitios donde la Naturaleza se presenta con su belleza rústica en todo su esplendor; hay espesos montes que, explotados con arte y conservados con esmero, constituyen la riqueza de esta región. Viven del recuerdo de su pasado: magnificencia de sus iglesias y grandeza en sus edificios particulares, revelando que en época no muy lejana alcanzaron una prosperidad de la que no gozan hoy, cuando tuvieron la ganadería trashumante y la carretería que explotaban casi exclusivamente. En el siglo XVII con la emigración a las Américas se abandonaron muchos pueblos de España y decayó la industria notándose un abatimiento general en el país. No obstante, en nuestra provincia no se notó tanto la caída porque con la llegada de los Borbones, Felipe V (año 1700), aumentó la demanda de lanas finas como la que se obtenía de los numerosos rebaños de la tierra de pinares, y los franceses venían en persona a buscarla a nuestras lonjas pagando esta materia prima a peso de oro.

Lo que afirma el historiador es absolutamente cierto: precisamente la carretería y el trasiego de ovejas o mestas fueron los dos pilares de la economía de esta zona en tiempos pasados hasta la llegada de Napoleón que lo destruyó todo. Hagamos un breve asomo a la historia para ver qué nos dice sobre la evolución y el desarrollo de estos pueblos.

ASPECTOS HISTÓRICOS:

Un historiador romano llamado Plinio publicó en el año 77 su Historia Natural, y en ella señala que los Montes Duracos (Sierra de Urbión) separaban los pelendones del sur de los berones del norte. También dice que el río Dorio (Duero) nace en ellos, que es uno de los más grandes de Hispania y que pasa por la famosa ciudad de Numancia.

A mí se me ocurre pensar que el nombre de bretos —como se nos denomina en la zona— se debe a la llegada de unos caballeros de la Bretaña francesa a las órdenes de Bertrand Duguesclín, el mercenario que ayudó a Enrique II, el bastardo, para matar a su hermano don Pedro I «el Cruel» recibiendo en recompensa la ciudad de Soria, a pesar de ser tierra de realengo[1]. A estas tropas bretonas dicen que el rey don Enrique —oportunamente llamado «el de las mercedes»— les entregaron tierras en la zona de Covaleda como pago por los servicios prestados, y que a sus descendientes llamaron bretos en recuerdo de aquellos soldados bretones trasmutados en pastores. No deja de ser una mera especulación legendaria aparecida en fechas posteriores al siglo XV.

Sea como fuere, todos coinciden en señalar que estas tribus celtibéricas se dedicaban a la caza y al pastoreo, y que con la llegada de los romanos no les quedó más remedio que romanizarse o replegarse hacia las zonas más agrestes e impenetrables de la sierra, como debían de ser entonces los pinares de Covaleda, Duruelo, etc.

Los romanos, desde luego, pasaron por Vinuesa trazando una calzada que iba hacia Cameros por el puerto de Santa Inés. Pero los árabes se aproximaron tímidamente porque preferían el campo abierto para guerrear antes que pelear entre pinares. Lo más cerca que estuvieron de esta tierra los moros fue por Osma, Calatañazor, Hacinas o Carazo, que es donde se vieron las caras con el conde castellano Fernán González, aunque Cañizosa (Canicosa) fue arrasada por Almanzor al filo del año 1000 provocando una espantada de los pocos pobladores que había por la zona de pinares hacia los montes, huida que ha dejado restos en forma de tumbas antropomórficas como se pueden observar en Cuyacabras (Quintanar), Revenga, Duruelo, Covaleda…

Los topónimos son una buena fuente de información para la historia a pesar de variar con el paso del tiempo. Por ejemplo: Salguero, que quiere decir lugar de sauces,ha derivado en Salduero, que resulta mucho más evocador para sus habitantes. Coballeda aparece ya citada en el siglo X, nombre que ha evolucionado del probable celta: Carballeda[2](lugar de carballos, robles, árboles endémicos del monte primitivo), pasando por “caubaieda” y “coualleda” presentes en textos medievales. De Duraco, nombre originario del monte, proviene Dorio, que ha dado Duero y Duruelo por afinidad.

Las huellas del paso de la historia por estas tierras son evidentes: en Covaleda hay restos de murallas ciclópeas junto al río Duero en el llamado Paso de los Arrieros, una colección de hachas de la época del Bronce (de hace unos 4.000 años) encontradas en la zona del Becedo,y un puente medieval: el de Santo Domingo junto con el esbelto Puente Soria; en Vinuesa existe un puente romano sobre el río Duero junto con restos de la calzada que unía la capital Uxama con la antigua Visontium, ciudad romana que cita Ptolomeo y que Menéndez Pidal señala como lugar repoblado por gentes venidas de la Venusia romana, patria del poeta Horacio[3], Tierra —según dicen las crónicas del rey Alfonso Onceno— a la que solía venir a cazar por ser muy rica en puerco y en osos, es decir, en caza mayor.

De le época visigótica no quedan restos en la zona salvo unas hermosas ventanas en herradura de la antigua iglesia de Duruelo que ocupa hoy la del Santo Cristo (siglo XVII).

El resurgir de los pueblos de pinares se entronca con el nacimiento de Castilla. En las Crónicas del Conde Fernán González —el legendario fundador del Reino castellano y del monasterio de San Pedro de Arlanza, que tenía su casa-palacio en Canales de la Sierra— se dice que huestes de Covaleda ayudaron a luchar contra los moros por tierras del Alfoz de Lara —Salas de los Infantes—, concretamente en la batalla que tuvo lugar el día 16 de junio del año 929, festividad de San Quirico —San Quirce— y Santa Julita, en la que derrotaron a los sarracenos[4]. En agradecimiento por la ayuda prestada, donó el conde castellano bienes para que construyeran una iglesia en Covaleda con la advocación de estos santos nombrándolos patronos perpetuos de la parroquia, como así es hasta hoy.

Esta primera iglesia, seguramente románica de la que sólo quedan unos enterramientos antropomórficos en el atrio y la hermosa pila bautismal (siglo XIV), fue derruida para levantar la actual, más grande, con trazas góticas, el conocido gótico-barroco soriano de los siglos XVI y XVII, del que son buen ejemplo las iglesias de Vinuesa, Abejar y Molinos.

En el atrio se conservan varias tumbas antropomórficas excavadas en la roca siguiendo una costumbre de enterramiento medieval (siglos IX-XII), muy común entre los pueblos de pinares, como ya he dicho, tumbas siempre orientadas hacia oriente, pues se esperaba que viniera Cristo por este lado el día del Juicio Final y la resurrección de los muertos.

Lo curioso del caso es que en pleno monte de Covaleda, en un paraje llamado el Onsar de Pedro García, más popularmente conocido como el Pozo de San Millán, también aparecen este tipo de tumbas, lo que nos sugiere que junto al Duero hubo algún cenobio o poblamiento muy modesto en fechas similares a las citadas del que no queda ni rastro, tal vez porque sus construcciones eran de madera, y que el cenobio se encontrara bajo el dominio del monasterio riojano de San Millán de la Cogolla[5]; tumbas muy parecidas a las que tengo vistas en San Baudilio de Berlanga —del año 1100, aproximadamente— y en Olérdola, Barcelona.

Un hecho fundamental para estas tierras fue que el Rey Alfonso X en 1260 concediera una Carta Puebla a las gentes della Coualleda, para los que vivieren e murieren e descendentes, que pueden usar e romper e tronchar árboles e pacer con sus ganados e beber las aguas e caçar e pescar a término todo e lebremente; es decir: que el rey concedió el privilegio excepcional de la posesión comunal del monte y su aprovechamiento forestal, “libremente”, lo que hoy se conoce como suerte de pinos que cada año administra y reparte el ayuntamiento entre los vecinos, derecho que todavía se conserva y es extensivo a, prácticamente, todos los pueblos de pinares; este derecho fue ratificado por don Juan I de Castilla en el año 1285 —rey que favoreció mucho a Soria—, y vuelto a confirmar por Felipe II en 1562, según consta en una Ejecutoria de la Real Chancillería de Valladolid. Por esto, los aprovechamientos forestales que recibe cada vecino es un privilegio muy antiguo, depreciado hoy por las circunstancias del valor de la madera, pero que en épocas no tan lejanas servía para dar de comer a una familia durante todo un año. El hecho de que la posesión sea comunal, hace que nuestro amor y respeto por el monte sean extremos; protegerlo es una norma sagrada que se nos inculca desde niños y que se transmite de padres a hijos. Tal vez por eso es raro que haya incendios en nuestros pinares, a no ser por causas naturales.

Que era un lugar de atractivo cinegético queda patente en el Libro de la montería del rey Alfonso XI, Libro IV en el que dice textualmente: La garganta de Covalleda es buen monte de oso et de puerco en verano. Et son las vocerías la una desde la Covertera, por encima de la cumbre de la Sierra fasta cañada Bermeja; (…) la otra en Cabañares et otras dos en Matalobos. En resumen: el cronista describe en extenso y con nombres propios los montes que abarcan los concejos de Duruelo, Covaleda y Vinuesa.

Se sabe que un puñado de covaledanos junto con otras gentes de la zona de pinares, tal vez empujados por los inviernos especialmente crudos de la sierra o por los favores del rey Alfonso VI, repoblaron las ciudades de Soria y Ávila en el siglo XI llevando sus yuntas, familias, ganados e, incluso, la Virgen bajo cuya advocación levantaron ermitas con el nombre de Nª Sª de Covaleda: Vinieron gran compaña de buenos omes de Coballeda, de cinco Villas[6] e de Lara; e los de Coballeda e de Lara venían delante…, escribe Carlos Martel en las Chrónicas de Gonzalo de Ayora. Esto del trasiego de gentes y desplazamiento a otros lugares con carretas y enseres dio lugar a que apareciera un oficio que fue muy lucrativo entre los hombres de la tierra de pinares: la carretería, que alcanzará gran desarrollo entre los siglos XVII y XVIII para desaparecer en el XIX tras la invasión napoleónica y las guerras carlistas.

A Vinuesa se le ha llamado «La Corte de los Pinares», primero porque fue lugar de veraneo del rey don Juan I de Castilla, que gustaba de la caza, y segundo por reunir varios palacios entre sus viviendas que luego fueron quemados o arruinados en 1808, como ocurrió con el de los Carrillo (todopoderoso alcalde de la Mesta) o la Casa Concejo. En 1776 adquirió el título de villa y levantó el rollo o picota que todavía conserva, con las exenciones fiscales que suponía el título y el poder administrar justicia. Con el desarrollo de la Mesta, Vinuesa conoció momentos de gran esplendor porque llegó a ser centro de almacenaje y elaboración de la lana; tenía lavaderos y tintorerías propios; fabricaba papel, paños de rayadillo, bayetas y tejidos que se exportaban a toda España.

Se preguntarán: ¿qué es eso de la Mesta? que han oído citar tantas veces. Se lo voy a resumir en dos palabras: el término «mesta» quería decir en realidad «prado comunal». Luego se utilizó para señalar «reunión de pastores» u «oteros», por ser el lugar donde se reunían.

Originariamente, algunos pastores sorianos se agruparon para defender sus intereses frente a la competencia de los labradores en cuestión de pastos y roturación de las tierras; esta actividad se hizo extensiva poco a poco a otras «mestas» o grupos de pastores de diferentes provincias, que organizaron una trashumancia de ganado entre ellos siguiendo las sogas —pasillos de 90 m. de ancho para el tránsito del ganado— y cordeles —45 m. de ancho— que se habían trazado para facilitar el paso, así como atribuirse la propiedad de los «mostrencos», es decir: los animales sin dueño que se encontraban por el camino.

Será Alfonso X el Sabio, en 1273, quien conceda el privilegio de paso al «Concejo de la Mesta de los Pastores del Mío Reino» para que transiten con sus rebaños por las Cañadas Reales sin tener que pagar peajes —excepto en las tierras de realengo— y con derecho a pastos. La Cañada Soriana, que era la de mayor peso económico, unía a Yanguas[7] con el valle de Alcudia en Ciudad Real; de ella, un ramal y varios cordeles pasaban por Vinuesa y Covaleda recogiendo, a su vez, los de Quintanar, Neila y Canales de la Sierra.

La lana que se obtenía de nuestras ovejas merinas era llevada a Portugalete, y desde allí embarcada en dirección a los puertos de Ostende, Malinas, etc. —la llamada Liga Hanseática—, que luego se comercializaba por toda Europa transformada en paños. La riqueza derivada de la Mesta influyó grandemente en estos pueblos serranos, sobre todo porque nuestra lana era la más apreciada por los vecinos europeos[8]. Y para evitar la competencia, tenían prohibido el vender carneros a los extranjeros, a no ser que estuvieran castrados. Las ovejas merinas fueron introducidas desde el norte de África hacia 1250 por unos comerciantes de ganado genoveses que vivían en Sevilla y las adaptaron perfectamente a los montes de Soria.

Todo fue relativamente bien, con sus más y su menos, hasta que en 1808 llegaron los franceses trayendo la ruina a toda la comarca. Porque lo que no saquearon, lo quemaron; además, aprovecharon para exportar gran cantidad de merinas al país vecino y con ello hicieron que cayera en picado la demanda de lana dando un golpe mortal y definitivo a lo que quedaba de la antigua Mesta; muchas gentes tuvieron que emigrar a América dejando como fruto de esta emigración las casonas de indianos que levantaron al regresar a sus pueblos, como podemos admirar en Vinuesa, Canicosa o Molinos o contemplar sus reproducciones en el Pueblo Español de Barcelona: La casa de los Ramos, por ejemplo, y la mal llamada Casa del francés, por ser de Francia su antiguo propietario.

De la relación entre los pueblos de pinares, bien sabida es la legendaria rivalidad que hubo entre Covaleda y Vinuesa, cicatrizada en una fiesta popular llamada La pinochada[9], que sufrí en mis propias carnes cuando un año se me ocurrió asomar la nariz por la plaza de Vinuesa justo el día de la procesión de la Virgen del Pino, el 15 de agosto.

Hay muchas versiones de esta leyenda pero, si me permiten, les voy a decir la que contaba mi abuelo:

Parece ser que todo se debe a la aparición milagrosa de una estatua de la Virgen en un paraje del monte cuyos límites estaban en litigio entre ambos pueblos. Cada uno, llevado de un súbito fervor, pensó hacerse con la propiedad del milagro y trasladar la Virgen a su respectiva iglesia, lo cual era imposible a no ser que la dividieran en dos. La cosa tenía visos de acabar en tragedia, por lo que decidieron que fuera la voluntad divina quien zanjara la cuestión y pidieron a la Virgen que indicara cuál era su pueblo elegido, obligándose éste, en justa compensación, a ceder la propiedad del monte al perdedor. La estatua fue colocada en una zona neutral y esperaron acontecimientos hasta el día siguiente en que —¡oh, sorpresa!— la Virgen apareció mirando hacia Vinuesa… ¿Fue un milagro?, ¿hubo trampa?, nunca se sabrá la verdad; lo cierto es que la alegría de los visontinos no tuvo límites, y en unas improvisadas angarillas se llevaron la estatua al pueblo entre clamores y letanías. Los de Covaleda, en cambio, se tuvieron que resignar con tomar la propiedad del monte como estaba pactado.

Pasado un tiempo, un buen día un pastor descubrió con estupor que los mojones recientemente plantados según el acuerdo de la Virgen del Pino habían sido removidos en favor de Vinuesa y esta vez no se trataba de otro milagro, sino de la mano alevosa de unos carreteros avispados que querían saltarse el acuerdo a la torera, por lo que dio la voz de alarma, llegaron covaledanos armados con escopetas y se armó una trifulca que acabó a tiros poniendo en fuga a los visontinos. Pero las bravas mujeres de Vinuesa no se resignaron con la derrota, por lo que, tomando la iniciativa, salieron en tropel para enfrentarse a los de Covaleda sin más armas que unas ramas de pino en las manos; mis paisanos, sorprendidos por el inesperado contraataque mujeril, tocaron retirada y pidieron tregua. Al final se impuso la cordura y dejaron las cosas tal como la Virgen las había previsto, es decir: que Ella se quedaba en Vinuesa, y el monte pasaba a propiedad de Covaleda, lo que a todo el mundo pareció muy puesto en razón y acató religiosamente. Y hubo paz. Eso no quita que yo sufriera, muchos años después, los ramazos de un par de bravas piñorras visontinas que, al saber que era de Covaleda, me proporcionaron con gran entusiasmo y en recuerdo, digo yo, de nuestros antepasados.

Otro pueblo que vivió años de gran riqueza fue Molinos ―ahora de Duero, antes de Salguero― debido a la Cabaña Real de Carreteros. No hay más que pasear por sus calles para ver las casas solariegas y de indianos que luce, así como su iglesia, que es la más importante del contorno, y la Real Posada de la Mesta, edificio singular.


[1] Realengo o regalía, se refiere a los derechos que sobre objetos o tierras tiene el rey, tales como los yermos, las minas, salinas, pueblos y ciudades privativos de la corona.

[2] Existen varias Carballedas en la geografía española ubicadas en las zonas astur-leonesa y gallega, dominio de las tribus celtas.

[3] Menéndez Pidal, Orígenes del español, señala que Vinuesa proviene de la Venusia romana, patria de Horacio (65-08 a. J. C.) autor de las famosas Odas.

[4] Existen las ruinas de una ermita del siglo X en Hontoria de la Cantera, cerca de Covarrubias, dedicada a San Quirce, levantada por Fernán González, seguramente como recuerdo de esta batalla.

[5] Don Gonzalo Núñez y su mujer doña Goto, señores del Alfoz de Lara, familia entroncada con la nobleza castellana de la corte de Alfonso VI (siglo XI), eran dueños y señores de toda la sierra y sus pueblos, entre ellos Covaleda y Duruelo; pueblos que, junto con Hortigüela, fueron donados en octubre de 1095 a San Millán de la Cogolla según consta en los Cartularios de este monasterio. En dicha donación incluyen la iglesia deshabitada de San Millán de Velilla existente entre ambos pueblos, seguramente ubicada en el paraje conocido como Pozo de San Millán. Quedan restos de tumbas antropomórficas de este antiguo eremitorio covaledano que coinciden en el tiempo con la donación al monasterio emilianense.

[6] Las Cinco Villas eran: Montenegro, Viniegra de Abajo, Brieba, Ventrosa y Mansilla, que formaron una mancomunidad.

[7] En el Cap. X del Quijote (1ª Parte) se lee: Del peligro en que se vio con una turba de yangüeses. Aunque el episodio realmente lo relata en el Cap. XV: Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó con don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses. En la edición príncipe Cervantes los llama «gallegos», y sólo se conocen dos poblaciones con el nombre de Yangüas: una la soriana y otra en Segovia, fruto de la repoblación hecha por aquéllos. En la 2ª edición de 1605, alguien debió advertir a Cervantes de su error y suprime lo de «gallegos» para dejarlo en «yangüeses» a secas, como sinónimo de pastores o arrieros. El nombre le debía de sonar por la trashumancia que hacían los sorianos por tierras manchegas que él conocía muy bien.

[8] Cito el Prólogo del Diccionario de habla soriana en el que Emilio Ruiz alude al tipo de lana que se recogía en la Soria del 1571 y dice así: del esquileo de este presente año, tenemos buena lana, blanca, fina, merina, estremeña, sin roña ni cardillo, ni fieltro, ni percamino (sin trozos de piel), ni aniño (aragonesismo: pajas), ni bastarda y quitada la yerba (…) esquilada en día claro, enjuto y no moxado, sol alto, salido, pesada arroba a arroba con pesas selladas…

[9]  Nombre local: Pinochá.

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COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – X

APODOS EN COVALEDA: «Los CADENAS»

Me contaba mi amigo Pío, hijo del tío Pilatos, que lo del apodo de mi abuelo tuvo que darse allá por el año mil novecientos y algo, poco antes de que se casara con Basilisa, que eran tíos suyos.

Por aquel entonces, mi abuelo Pedro era un mozarrón bien plantado, alto, guapo y un poco “echao p’alante” como se decía de los bragados, que no se arredraba ante nada, más bien todo lo contrario, bastaba que hubiera un problema para que se pusiera en primera línea y tratara de resolverlo. Esta actitud autosuficiente le valió más de un disgusto, me consta.

Pues sucedió que un grupo de cómicos llegó a Covaleda para representar una obra de teatro, una obra de enredos que tanto gustaba a la gente, acontecimiento artístico que solía suceder un par de veces al año. Y en los entreactos de estas obras, cuya tramoya acostumbraba ser bastante rudimentaria porque la compañía teatral no daba para más, se recitaban romances y poemas para que el respetable no se aburriera mientras cambiaban los decorados y los actores tomaban un refresco.

El poema que se recitó en aquella ocasión fue el conocido romance: Las valentías de Pedro Cadenas y otros soldados, un pliego de cordel del siglo XVIII, en la línea de los que solían recitar los ciegos por las calles de España donde primaba la pasión, las vísceras y el duelo mortal para lavar el honor ultrajado.

Comienza así el romance:

Atención, noble auditorio,
todo el orbe se suspenda
mientras mi lengua declara
la más reñida pendencia
que sucedió en Barcelona,
del modo que aquí se cuenta.
(…)
Eran entre los marinos
estos cuatro, hombres de prendas,
y por ser de gran valor
quiero que sus nombres se sepan.
El primero y principal
era Diego de Contreras,
soldado diestro y temido
en castillos y fronteras;
el segundo es Cayetano
García, soldado que era
de todos muy respetado,
hombre de valor y prendas;
el tercero Alfonso Téllez,
cuyas hazañas y fuerzas
no me atrevo a enumerar;
el cuarto es Pedro Cadenas,
que es alférez reformado,
sargento vivo en galeras.

Vivía en esta ciudad
una dama hermosa y bella
espejo de la hermosura
con quien trataba Cadenas…

Sigue el romance contando que los marinos llegan al puerto de Barcelona y el tal Alfonso, hombre pendenciero y mal encarado, requiebra de amores a la prometida del señor Cadenas, aunque ella, mujer fiel, lo rechaza con desprecio; Alfonso, despechado, reacciona violentamente y la abofetea al tiempo que cita a Pedro para que, si tiene valor y algo de hombría, acuda al reto que le propone donde le partirá el alma. 

Se queja la bella a su novio:

No serás, Pedro Cadenas,
respetado en Barcelona,
si aquesta infamia no vengas,
y la mano que me ultraja
cortada no me la presentas.

Como en el teatro barroco, el honor ultrajado sólo se limpiaba con sangre, y en esta ocasión, la mujer exige que le sirvan en bandeja la mano que mancilló su cara, igual que Salomé cuando pidió la cabeza del Bautista.

A Pedro le hierve la sangre; no soporta la injuria, el deshonor, y sale como un loco en busca de su comilitón que lo encuentra junto a la puerta del Ángel, cerca de las murallas de la ciudad de Barcelona, y le conmina a batirse allí mismo, sin más esperas, para lavar su honor agraviado.

Dice el poeta inspirado:

Se tiraban muy de veras
con gran ira y gran ahínco
estocadas muy soberbias.
Alfonso, como valiente,
le ha dado a Pedro Cadenas
tres furiosas estocadas
que los pechos le atraviesan.
(…)      …Pedro Cadenas
con la espada y con la daga
con su contrario se cierra,
le ha tirado una estocada
que, sin reparo hiciera,
por el párpado de un ojo
le entró la punta sangrienta
que el cerebro le pasó
la espada más de una tercia.
(…)
Cadenas muy mal herido
sobre una peña se sienta,
los ojos al cielo alza
y a Dios llama muy de veras.
(…)
Con esto llegó la Parca,
corta el hilo que le alienta
expiró y partióse el alma
al tribunal a dar cuenta…

El alférez Cadenas demuestra a lo largo del romance una valentía y un pundonor dignos de encomio, virtudes ambas muy valoradas entre el estamento militar que iban más allá de la propia vida. Un hombre sin honor era un hombre sin valor.

Acabada la representación teatral, la asociación de ideas entre el personaje del romance y mi abuelo fue inmediata, y los amigos de la cuadrilla enseguida le apodaron «Cadenas» en recuerdo de aquel caballero fiero y bravucón.

Desde entonces, nuestra familia se apoda «los Cadenas», pues es bien sabido que en los pueblos raro es el vecino que no tiene un alias por el que se le reconoce socialmente mucho mejor que por el apellido.

A este propósito, me permito citar unos versos de Alfonso Rubio, un vecino de Covaleda, que con harto buen humor compuso una simpática relación de alguno de los apodos más chocantes de mi pueblo:

Hay vasijas a todo confort:
pues tienen un “Botijo”
con su buen “Pitorro”
y un gran “Garrafón”
(…)

En fin, motes bien reconocibles todos ellos.

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COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – IX

El APELLIDO SANZ

El origen de los apellidos es bastante incierto salvo documentadas excepciones que rara vez se remontan más allá del siglo X.

Veremos que en el caso de los SANZ (Sants, Sans, Sanç, Sanch y todas las variantes imaginables) han dejado trazos de su historia en legajos medievales que nos llevan a imaginar un origen madrugador.

Desde el punto vista filológico es fácil deducir que Sanz (o Sants, etc.) proviene del nombre latino SANCTUM que por evolución ha dado todas las variantes citadas y alguna más. Y digo que ha dejado huellas notables porque, a raíz de una petición de mano hecha a principios del siglo XVII, se descubre la historia de este apellido que nos remonta nada menos que al siglo X, una frontera casi insalvable para la onomástica.

Lo cierto es que un tal don Martín Sanz de Latrás, nacido en Huesca el 26 de marzo de 1582, hijo de un tal don Pedro Sanz de Latrás y de doña Isabel Cabero de Lanuza, solicitó la mano de la joven Leonor d’Agullana, notable hidalga gerundense llena de prendas físicas y morales, se entiende, y de doblones. Este caballero, cuya casa solariega provenía de Aragón —lugar donde abundaron los moriscos y conversos—, provoca sospechas y es objeto de una exhaustiva investigación sobre sus ascendientes y confirmación de que es cristiano viejo —título muy valorado entre la nobleza del siglo XVI—, lo que suscita una búsqueda histórica sobre su apellido (SANZ) para justificar frente a los Agullana su limpieza de sangre y su origen noble.

Los Sanz, linaje oriundo de las montañas de Jaca (Huesca) en el antiguo reino de Aragón, del castillo y tierras de Latrás (en la ribera del Gállego), eran famosos por diversos hechos históricos que se remontan al legendario caballero Íñigo Sanz que concediera privilegios a la villa de Pina de Ebro en el año 966, pasando por Fortún Sanç, testamentero del rey Ramiro I (1059), y de Pedro Sanz, conde de Atarés, hijo del infante don García, que si no hubiese sido por la oposición de algunos nobles hubiera llegado a ser rey de la corona de Aragón en lugar de Ramiro el Monje, cuando murió sin descendencia Alfonso el Batallador (1134). Este don Pedro Sanz, conde de Atarés, fue el primero en adoptar el apellido compuesto: Sanz-de-Latrás cuando Guillermo de Moncada, vizconde del Bearn (Francia), le concedió el señorío de Latrás en el año 1190.

Los Sanz participaron activamente en los conflictos político-guerreros de la corona aragonesa en los siglos siguientes; por ejemplo, encontramos a un tal Martín Sanz de Latrás en la campaña de Cerdeña junto a Jaime II, año de 1322. El suegro de Leonor d’Agullana, don Pedro Sanz de Latrás, había luchado en Flandes, Italia y en Malta junto a las huestes de Felipe II y contra los aragoneses sublevados del duque de Villahermosa. Su padre, don Juan Sanz de Latrás, murió en Canfranc peleando contra los franceses, y el hermano de éste, don Francisco, sanjuanista, perdió la vida en la batalla de Lepanto. Sirvan estos nombres como botones de muestra de tan hidalga familia.

También hay una oveja negra en esta familia: don Lupercio Sanz de Latrás, que fue bandolero. Después de haber saqueado a la gente de las montañas de Jaca al frente de una partida, huyó de la justicia ocultándose en Sicilia, haciéndose allí capitán de un tercio de infantería. Volvió a Aragón, y de vez en cuando bajaba a la ribera para robar y matar moriscos —su especialidad—, o para luchar contra las tropas del rey Felipe II al lado de los sublevados del duque de Villahermosa. Años después hizo un misterioso viaje a Inglaterra para pedir licencia de corso, pero su nave fue capturada en Santander y ejecutado en Segovia por orden del rey.

Hubo varias ramas de esta familia que se repartieron por Castilla (Valladolid sobre todo cuando fue corte de Felipe III), afectando a Soria por ser frontera con Aragón y extendiendo algún brote por el condado catalán, que ha sido objeto de investigación por Martín de Riquer, tomando como referencia a este Martín Sanz de Latrás, un antepasado suyo. Sabemos que fue caballero de Santiago, que recibió el hábito en la iglesia de Nª Sª del Portillo de Zaragoza el 15 de agosto de 1596 cuando tenía trece años y cuatro meses, siendo su padre, don Pedro Sanz y don Diego de la Cueva, hijo del duque de Alburquerque, virrey de Cataluña, quienes le calzaron las espuelas. Ésta es su acta de profesión como caballero de Santiago y prueba de nobleza:

Yo, don Martín Sanz de Latrás, me otorgo y doy a Dios y a Sancta María y al bienaventurado señor Santiago, y prometo obediencia al rey don Felipe, nuestro señor, como administrador perpetuo de la Cavallería de Santiago por autoridad apostólica, y a sus sucesores, maestres o administradores que por tiempo fueren canónicamente entrantes, y hago boto y prometo de bivir en castidad conjugal, sin propio, según la rregla, previlegios y establecimientos de la dicha orden, hasta la muerte.

Con esto, recibió una renta perpetua llamada del pan y del agua, que como caballero de Santiago le correspondía, de 30 libras anuales.

Alguien le acusó, a raíz de las bodas con Leonor, de que los Sanz de Latrás tenían “cuarto”, es decir: una cuarta parte de conversos, porque una abuela o bisabuela del joven era descendiente de los Cavallería, importante familia de conversos aragoneses, cristianos nuevos desde el siglo XIII. El obispo de Girona, Francisco Arévalo de Zuazo, a instancias de los Agullana, pidió información al doctor don Juan Moriz de Salazar, inquisidor de Zaragoza, buen conocedor del tema de los cristianos nuevos por haber sido el juez de Antonio Pérez.

Desde Cariñena el doctor Moriz contestó al obispo de Girona:

En lo que de repente puedo deçir que nunca he oydo poner mançilla en la limpieza de padre ni hijo, y que entiendo que, si la tuvieran, no se les diera el ávito, porque en este Reyno son muy notorias las personas prinçipales que tienen mancha. Poco ha que un cavallero noble, que se preçia mucho de limpio, ha emparentado con ellos, y si tuviera duda creo no lo hiçiera (3‑V‑1603).

Poco después, el mismo inquisidor, don Juan Moriz, envió a Jaume d’Agullana una carta del doctor Tomás Cortés, párroco de Huesca, que duda de las acusaciones vertidas sobre los Sanz de Latrás y sus relaciones con los Cavallería:

Su naturaleça es de haçia tierra de Jacca, en la montaña, pero no entiendo ni é entendido que tenga quarto de Cavallería por el tiempo que les conosco. (16‑V‑1603).

Entonces, Jaume d’Agullana, tío de Leonor, redacta un cuestionario que es enviado a Puyvezino para que responda sobre la limpieza de sangre y el origen del apellido Sanz, documento fundamental para conocer sobre esta casa:

Memorial de preguntas:

1. Don Martín Sanz de Latrás, es hijo segundo del señor de Latrás, cavallero que fue del hábito de Sant Yago, natural y vezino de la ciudad de Huesca, en Aragón?

R/. Don Martín Sanz de Latrás es cavallero del hábito de San Diago, hijo de Pedro Sanz de Latrás, assimismo del hábito de San Diago, y dona Isabel Cavero, señora de Jabierregay, en las riberas del río Aragón.

2. Dizen que hes cavallero del hábito de Sant Yago y que hes noble y muy principal y de la casa más calificada en Huesca…

R/. En las montañas de Jacca las familias más principales son quatro: los Abarcas, que descienden de los reies antiguos de Aragón; los Pomares, los Urrías de Arbea y los Sanz de Latras, que es ésta. Su proprio appellido es Sanz, y por el lugar de Latrás. Casó su padre Pedro Sanz Latrás en Güesca con dicha señora dona Isabel Cabero, y assí mudó de domicilio.

3. Y que hes limpio de todos lados y que no le pega raça ninguna de judío ni sospecha dello.

R/. Y aunque en Güesca ay muchas familias nobles ésta es entre las más estimadas por ser limpia.

4. Y que hes muy virtuoso, sin vicio alguno.

R/. El cavallero desde los 26 de março pasado corre veynte y un años.

5. Y que hes gran christiano.

R/. Hombre de bien, buen caballero y estimado y singular christiano como abaxo se dirá.

6. Y que fue page del Rey.

R/. Fue nombrado por paje del Rey, nuestro señor, con don Joan de Heredia, hijo de don Gregorio de Heredia, gobernador de Aragón, aunque no fue a servir porque su padre quiso que estudiasse.

7. Y que hes de muy buena y apasible condición, y que hes muy discreto y que saldrá cavallero de empresa.

R/. Ha querido ir en Italia y en corte del Rey, nuestro señor, sino que su madre no le ha querido dar licencia, porque tiene cuerpo y disposición para qualquier empressa de caballero, y muy bien hablado, cortés y galán.

8. Y que tiene quinyentos ducados de renta en dos lugares de la Montanya, los quales puede vender y enagenar a su libre alvidrío.

R/. Los dos lugares tiene en Sobrarbre, que valdrán asta 400 ducados. Tiene una casanía en Ribagorça, de la Val de Lierb y Torbón, que aún no he sabido lo que vale. Los lugares están vinculados del un ermano al otro muriendo ambos sin hijos.

9. Hase dicho una cosa que conviene averiguar, y hes que su madre o agüela o bisagüela o tataragüela fue Fulana de la Cavallería, que hes linaje muy conoscido en Aragón y tenido por judío y no limpio, ya esto se ha de responder clara y distinctamente, sin circunloquio y con certidumbre, nombrando las casas de donde salieron su madre, su agüela, su bisagüela y su tataragüela.

R/. No ay ni sombra desto. Abaxo se pondrán las geneologías y descendencias aparte.

10. Y se ha de saber si los de la casa de Latrás les tienen por descendientes de los Cavallería, aunque no lo fuessen, por lo que importa en esta materia la opinión y estimación de la gente.

R/. No ay sombra ni imaginación desto, porque es la familia más notoria en limpieza de toda la tierra y por tal tenida, sin que persona de todo el reyno ponga pensamiento en ella, y assí, puede decirse desta familia que nec opere nec verbo nec cogitatione, etc.

11.Y aunque paresce superfluo se encarga mucho el secreto y la respuesta con toda brevedad y puntualidad posible.

R/. Se guardará como secreto de confessión o fianza y por lo que io sé desta familia, según lo que abaxo diré y retiré, lo podré despachar en la brevedad que en el parte parescerá.

12. Y finalmente el parescer de quien ha de responder al memorial disiendo si este cavallero conviene para la sobrina de quien scrivió este memorial, tomando nombre y armas de la dama y transfiriéndose a vivir donde vive y tiene su azienda y casa la dama. Las respuestas vengan en contraposición en la margen a cada una de las preguntas.

R/. Este caballero es muy requestado por su calidad y buena condición y partes, porque sabe muy bien tañer, cantar, dançar, sgrimir, ponerse muy bien a caballo, es dispuesto, cara de hombre, apúntale la barba y tiene muy buen talle. Entre los sos hermanos ay vinclo que qualquier dellos que se casase con judía o mujer de raça pierda la hasienda y venga al otro, y si los dos, a las germanas, etc. En remate de todo lo referido digo que en las partes del cavallero assí en ser hombre de bien como en ser estimado caballero y buen christiano no ay más que desear. En ser hombre de bien tiene grasia, pues todos le quieren, le respetan por su buena condición; habla poco y a punto y nunca en perjuicio de nayde. Hase todos los placeres que puede y a ninguno enoja. Como caballero se pone muy bien sobre un caballo; tanie, canta, dança y juega a la pellota gruessa sólo, sin que en todos sus anyos haia tomado naypes ni dados para jugar, que es de las virtudes que oy se pueden estimar. Buen christiano, porque él madruga y lo primero, rodillas en el suelo, dise su rosario. Sale con licencia de su madre de la posada, vase a oír misa, y da vuelta por el lugar con otros caballeros, y a su hora vuelve a su casa. Y tiene su librería de libros de historias y occupa sus ratos en ellos. Haze todos los placeres que puede y a ninguno enoja, y assí es muy estimado. Es limpio sin sospecha de raça y por tal tenido por todo el mundo.

Su padre fue Pedro Sanz de Latrás, hijo de Joan Sanz de Latrás y de María de Mur, de la casa de Palaruelo, que es de las más principales de Ribagorça, familia notoria en limpieza.

El padre de Joan de Latrás fue Sancho Sanz de Latrás, y la madre, Lionor Orsabat y Latrás, limpia y sin raça. El padre de Sancho Latrás fue Juan Sanz de Latrás, y Sperança de Mur, de la misma casa de Palaruello. Este Juan Sanz de Latrás fue hijo de Pere Sanz, señor de Latrás, y, según se dice, de una Bardaxina, que también es familia noble en Ribagorça.

De la familia de los Sanz de Latrás no ay cosa más, no sea porque, como está dicho, ellos se llaman Sanz, que fueron señores de Atarés, que seyscientos anios y aun setecientos atrás se desían Condes de Atarés y después por el lugar de Latrás se han nombrado también Sanz de Latrás, y están aparentados con los Mures, Bardaxines y Abarcas, que son de las más antiguas familias y de centenares de anios atrás con los Gurreas.

De la rama castellana que muy tempranamente pasó de Aragón a Soria, provienen todos los Sanz de la provincia y alrededores.

ESCUDO DE LOS SANZ

Los Sanz llegaron a ser el blasón más ilustre de la corona aragonesa, por eso podían poner en su escudo los cuatro palos de gules en campo de oro, es decir: las armas reales ―vulgarmente las cuatro barras―. No obstante, tenían una pequeña diferencia respecto a las del rey que nos explica el propio Juan Sanz de Latrás, conde de Atarés:

Las armas desta cassa son quatro bandas de oro en campo rojo, endidas por medio, que ansí las dio el rey don Jayme por diferenciarlas a las del Rey, y encima una çelada frontera con el rat penat sobre dicha celada, con las alas abiertas; aora, por el título (de conde), dexo la celada y meto corona, y sobre ella el rat penat. El duque de Íxar la mete de la misma manera. El tener el scudo leones o ninfas, eso es a voluntad. Las bandas se an de partir con una linia negra por medio de alto abajo. (15‑IX‑1631).

ASPECTOS FILOLÓGICOS

DEL APELLIDO SANZ

En los aledaños del siglo XI el nombre de SANCHO era tan popular que dio lugar a que los tres reyes más poderosos de la época —el de Castilla, Navarra y Aragón— se llamaran así.

Sancho proviene del nombre latino Sanctus y Menéndez Pidal lo explica por la evolución del grupo CT que dio lugar a la CH, de forma que Sanctu(m) > Sancho.

Rafael Lapesa puntualiza que dicha evolución se produjo muy tempranamente debido al sustrato celta que había en el norte de España originando una doble evolución:

a) En Castilla, Aragón y Navarra el grupo CT > CH (noctem > noche)

b) En Galicia: el grupo CT > IT (noctem > noite)

La Z final que se observa en multitud de apellidos hispanos tiene un origen prerromano: seguramente céltico debido a que sus patronímicos solían terminar en -Z, -AZ, -EZ, -OZ, o ligur (abundan los topónimos acabados en -Z en la zona alpina). Lo cierto es que los hispano-romanos siguieron utilizando esta forma céltica de apellidar y los visigodos (siglo VI) nombraban sus propiedades con el genitivo latino de su nombre romanizado dando, por ejemplo, Rodericus > Roderici > Rodriguez.

En la escritura visigótica apareció la moda de poner una especie de sombrero a la Z final haciendo algo parecido a: cz; este adorno era perfectamente consistente a finales del siglo X (Glosas Silenses, 1068) de forma que se llegó a confundir esta grafía con la “ç” traída por los monjes franceses, lo que, unido a las evoluciones fonéticas de cada comarca, dio lugar a que aparecieran multitud de variantes gráficas del Sánchez castellano.

En un documento del monasterio de Oña (993) ya se nombra a un tal Sanzo Garcianiz in Kastella. Existen textos similares en los que aparecen nombres/apellidos como Sansiz o Sangis (Oña, 1063). También se citan a duen Sanzo de Tablatiello et mio sobrino duen Sango (Silos, 1067) hablando de unas herencias.

Apellidos y nombres como Sánchez, Sanz, Sanzius (San Juan de la Peña, 1062), Sangger (Oña, 1102), Sancez, Sanziz, Sançec (Sahagún, 1048) no son más que variantes del patronímico común SANCHO.

En la zona de Huesca la pérdida de la -e final que se produjo en el siglo XI (perfectamente observable en el Cantar de Mío Cid) lleva a que aparezca destacado el apellido SANZ. Por citar un ejemplo, en un texto de S. Juan de la Peña, 1062, se habla de Fortun Sanz dueño de Uncastillo y Arosta, es decir: se trata de uno de los muchos señores feudales del alto Aragón con parecido apellido.

En otro texto inmediatamente posterior aparece un tal Pedro Sanz filio de Sanc Xemenon, duenno de uinea que est in illas paduls (lagunas) de Fornellos… (S. Juan de la Peña, 1170).

El apellido Sanz se extenderá por todo el bajo Aragón, Navarra, La Rioja y norte de Castilla llegando tempranamente a tierras sorianas con las repoblaciones de Alfonso VI, haciendo de él un apellido típicamente castellano.

En Cataluña el apellido se acomodó a la influencia francesa dando Sans, Sants o Sanç que resulta ser la misma forma fonética, pero con grafía distinta. El testimonio más antiguo que he hallado sobre este nombre-apellido es el de un mártir cordobés del siglo IX nombrado San Sanz, lo que, curiosamente, no deja de ser una redundancia. Existe otro santo: San Pedro Sanz, que nació en Tarragona el 22 de septiembre de 1680 en el seno de una familia piadosa que entregó el retoño a los padres dominicos. El 24 de septiembre de 1704 se ordenó como sacerdote y marchó de misionero a Filipinas. En 1715 pasó a China donde trabajó en condiciones extremadamente difíciles, llegando a ser obispo de una naciente iglesia en Guangdong. Tras un breve período de paz, tuvo que vivir oculto en los hogares de los cristianos porque se desató una persecución religiosa en toda la comarca. Fue hecho prisionero y condenado a muerte. La espada del verdugo consumó su martirio siendo beatificado por el Papa León XIII el 14 de mayo de 1893, y canonizado con todos los Mártires de China por el Papa Juan Pablo II el 1 de octubre del año 2000.

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COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – VIII

JOSÉ GARCÍA NIETO

Elegía en Covaleda

En la calle José García Nieto de Covaleda, está la casa de mis padres y mis raíces. Es una calle alta, abierta al monte y a todos los aires del Urbión en el barrio de Las Losas. Alegre, hidalga, sana. Me imagino que por ella tuvo que pasar alguna vez —sin saber que años más tarde llevaría su nombre— aquel niño que llegó en 1916 desde su Asturias natal de la mano de su padre, don José —a quien los amigos enseguida apodaron el Cuco según la vieja tradición popular de dar un alias al recién llegado—, el nuevo secretario del Ayuntamiento.

Vivo, aunque no todo el tiempo que yo quisiera, en la calle José García Nieto y he sentido su muerte como si fuera propia porque algo de él me pertenece.  Desgraciadamente la muerte ya no respeta ni siquiera a los grandes poetas.

Su padre murió temprano (1920) y esto hizo que el alma del hijo quedara anclada a esta tierra soriana evocada en versos hechos carne —Elegía en Covaleda— como lugar de descanso, santuario de sus mejores recuerdos y punto de reencuentro con la vida que va más allá de la mera existencia, como nos enseña Quevedo.

Doña María, la madre, maestra de escuela y de solfa, también dejó su huella de bien hacer en el pueblo con alumnos como Clemente Cámara, el Sacris, (mi recuerdo para el hombre que sufrió con resignación cristiana nuestras malicias de monagos irreverentes en aquellas tardes de rosario e incienso) amigo íntimo de Pepeco, alias del hijo. Con Clemente siempre guardará José una relación viva y estrecha atada por la memoria del padre muerto. Lo mismo que mi amigo don David que habita la casa donde residieron los García Nieto en sus años de destino en Covaleda: vivienda perfumada de recuerdos que respetó, afortunadamente, el incendio que todo lo devoró en 1923 a poco de marchar la viuda y el hijo para Zaragoza a casa de un pariente.  Así parece ser que la encontró a la vuelta, treinta años después de su partida:

Hoy he visto la casa de aquel día
último, la cocina baja, el patio,
la ventana —llovía aquella tarde—,
el sitio de la cama. Y he tocado
una pared. «Aquí había una puerta».
El niño que en mi anda va acertando…

A los años de su infancia vuelve el poeta cuando le asalta el recuerdo —llovía aquella tarde— cuando pisa la casa que le acogió, la tierra de Covaleda que siempre llevó adherida a los zapatos de sus sueños, tierra que le llama con las voces íntimas del padre muerto.

Está fresco el pinar de Covaleda
en la mañana grave;
Urbión cuida celoso de su nieve;
unos caballos pacen;
un niño canta, un niño
canta, un niño que pasa canta…

El niño que pasa y canta no es otro que él mismo, la voz del recuerdo. Y canta con evocación franciscana el momento grabado a fuego en su memoria tratando de condensar en vívidas notas un paisaje interiorizado, un tiempo lejano, logrando que vida y tierra se confundan, se penetren, formen la textura blanda y melódica de una imaginaria voz que pasa cantando:

Esa resina, este pinar, esta ladera verde
del nuevo cementerio,
esta doncella fría; Covaleda
remota, alma naciente, sol de un cuerpo
puro en la tarde pura,
este camino del silencio,
este amor todavía, esta campana
de sangre en la espadaña de mi pecho,
esta savia del llanto bienvenida,
este hombre cuidando su relevo,
son señales de que todo vive,
de que la antorcha sigue ardiendo.

Cierto. No se apagará la llama prendida en la ladera verde del nuevo cementerio mientras el poeta viva, como queda testimonio en la correspondencia cruzada con su amigo Clemente y familia; sólo la muerte, creo yo, ha sido capaz de romper ese hilo sutil que los unía dando sentido a una vida levantada a fuerza de versos y memorias que es, como él mismo dice, señal de que todo sigue vivo.

Casa donde vivió José García Nieto en Covaleda junto con sus padres

Fue, precisamente, la exhumación y traslado en 1958 de los restos de su padre desde el cementerio viejo, sito junto a la iglesia parroquial, al nuevo, en esa ladera recordada, lo que le obligará a regresar a las fuentes de niño, a la tierra que todavía hoy ocupa y estercola el padre, como dijera Miguel Hernández:

Después de muchos años, he venido
hasta el propio rincón donde te haces
tierra sin descansar. Nunca hay descanso
para el cuerpo que cae.
He llegado hasta aquí después de muchos
años de andar…

Este andar al reencuentro con la noble calavera es la experiencia íntima que desatará en su pluma la Elegía en Covaleda (1959). Y al escribir descubre que se siente como un hijo pródigo, el hijo malogrado de la alegoría bíblica que torna a la casa paterna en busca de calor y cobijo:

Soy el desconocido; ya sé. Sabes,
también tú, que soy otro; el extranjero
en esta tierra tuya de guardarte;
el hijo pródigo que vuelve
cansado, y no hay quien calce
sus sandalias, y no hay quien sacrifique
el becerro mejor… No; nadie sale
a mi encuentro. Tu casa no es mi casa.

Se siente perdido y solo. Extraño. Por eso busca en las fuentes del tiempo pasado, en la memoria constante y muda de un pueblo, de un paisaje, de unas gentes, busca que le restituyan a la vida, a la edad joven, alimentando los veneros de sus nostalgias más tempranas, su Castalia personal y viva.

Y aquí es donde me hiere más, a mí, que me siento lejos de mi tierra, pródigo como él; por eso me llega con más fuerza cuando dice palabras que son algo más que simples versos: algo más que materia vegetal y caduca, piedras, carne muerta.             

                                      …A mi memoria
viene un olor remoto de caballos
que deshacen las olas de la hierba
piafantes y sobresaltados.


Y Covaleda en medio, dura y tersa,
nevada y silenciosa como un claro
de luna, o entreoída como el grito
de un boyero lejano…

 Don José García Nieto —Pepeco para los amigos— siempre quiso volver a esta su segunda casa. Pero los compromisos le fueron enredando y retrasando la vuelta, hasta que la enfermedad y la muerte le impidieron pisar la calle a él dedicada, mi calle, ni leer con su voz timbrada el soneto —puras líneas garcilasianas— esculpido en el monolito que la guarda; no pudo venir, pero no significa olvido, porque no se puede olvidar lo que se ama, lo que gustosamente se encarna en uno mismo, se transubstancia:

He venido a poner el tiempo en orden,
en carne viva la memoria, en claro
el corazón, aquí en el sitio mismo
elegido por Dios para tu tránsito.
Todo aparece como entonces. Digo
entonces y no sé lo que alcanzo
con mi palabra…  

El encuentro con su vida pasada es frontal, franco, sin rodeos. Y los hallazgos van haciendo estragos en su conciencia que le devuelven a la paz de antaño hasta lograr un equilibrio perfecto consigo mismo y con la naturaleza que le hizo ser poeta y sentirse desnudo frente a ella:

… a mis horas, a mis cosas,
a mis costumbres vuelvo,
a mis días de amor, a mi nostalgia
de haber tenido el tiempo
medido con el golpe de los frutos
que abrillantan la piel desde su encierro,

que no es otra cosa sino un afanoso buscar las respuestas que el hombre se hace frente a la vida y la muerte, frente a la soledad y la nada:

Vuelvo a mi soledad, y a mis preguntas
renovadas contigo en tu silencio.
Las gracias de la tierra me acompañan
y disipan mi miedo.
Te vas quedando atrás, lejano siempre,
sol de mi gran invierno,
agarrado a las copas de los pinos
a la serenidad de los neveros.      

Este debatirse entre la alegría y la tristeza del poeta cuando vuelve entre los suyos, a Covaleda, es, tal vez, el sino de su poética creyente y atormentada, mucho tiempo ninguneada por no ser hombre de sometimiento fácil, por ir a contracorriente, por luchar por la causa de la pureza y guardar los ideales garcilasianos que tan bien se avienen a los perfiles vírgenes de pastores y arroyos —mi abuelo entre ellos— de este mi pueblo:

El heredero
ha vuelto a su solar. Busca. Pregunta.
Y su heredad era tan sólo un hueco
en la tierra. He llenado nuevamente
de cenicientas monedas el suelo…

Al padre muerto lo cambiaron de tumba por razones del trazado urbano. El corazón del poeta se sobresalta ante el hecho inevitable. Son normas de la nueva usanza: los cementerios deben estar lejos. Mi padre levantó con sus manos de picapedrero los muros del campo santo que yo vi nacer piedra a piedra. También vi cómo removían la tierra del antiguo y salían a flote cajas y cadáveres con una curiosidad de niño. Calaveras, tibias, fémures: restos de nuestros antepasados.

Sólo había una caja de madera
jugosa, sobre el suelo removido,
y con la escarcha matinal cubierta.
Y dentro, padre, estás tú…
Amo mi trago, mi dolor posible,
amo mis hombros donde aún me pesas,
padre mío, un momento en la mañana
con sol de Covaleda…         

Yo recuerdo aquel entierro. Tenía diez años y era monaguillo. Tal vez me tocara llevar el hisopo de latón que lavaría con agua bendita este tránsito segundo de los muertos antiguos. No lloraba la gente: sufría y recordaba. José era uno de tantos. Allí estaba la caja de mi abuela Basilisa, a la que no conocí, llevada en hombros por mi padre y mi abuelo. Era una procesión interminable de muertos bajando por el Campo camino de la ladera del Lomo donde estaba el nuevo:

El camino se ha hecho lentamente,
una larga cadena
de preces, lutos, músicas, silencios,
campanadas, carreras
de muchachos, miradas y memorias
de ancianos, larga cuesta
que cubría la muerte innumerable
saliendo una jornada de la tierra.

Todo aquello quedó en la memoria de los que lo vimos y en estos versos.

Pero la muerte a todos llega. Y José García Nieto es ahora carne de huesa, aunque no esté muerto del todo, porque algo suyo queda entre nosotros. Se queda su voz recordada por sus amigos: «Primer poeta de las letras españolas que en la posguerra cultivó la poesía pura», le declara C. J. Cela. «Maestro de la métrica y hermano mayor» le nombra Francisco Umbral, discípulo suyo en aquellas tardes del Café Gijón. Yo, sencillamente, quiero llamarle «vecino», porque lo fue y lo sigue siendo. Y él me dice:

 Ésta es mi herencia; puedes hacer uso de ella y proclamarla.
 Lo que te doy en buena hora
 que en buena hora lo repartas.

Ya lo estoy haciendo. Gracias en nombre de tus amigos de Covaleda.

MI PEQUEÑO HOMENAJE A J. G. N.
SOLEDAD Y FRÍO

Hablo de tu soledad y de tu frío,
de tu infancia cobijada
en mi tierra:

«Nidal del pino verde» dijiste,
en la misma tierra que aloja
la noble calavera de tu padre.

«Yo mismo soy mi mismo frío,
mi misma soledad me abriga»,
confiesas huérfano de quien te trajo
para ver los neveros.

Quedaste solo rodeado de silencio y pena.
No podías arraigar en esta tierra.
Fuera está nevando,
se oye el relinchar de unos caballos,
es Covaleda.

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COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – VII

Vista pueblo y fuente tio marruecos

«¡COVALEDA: 93 casas ardiendo!»

Con este tremendo titular abrió su edición El Avisador Numantino aquel 8 de septiembre de 1923, ofreciendo una detallada reseña a dos columnas y cuatro páginas del pavoroso incendio que acababa de destruir el pueblo de Covaleda: «Por telegrama recibido en el Gobierno Civil en las primeras horas del pasado jueves, súpose que se había iniciado un terrible incendio…», explicaba el artículo.

Mi abuelo decía —hablando del vino— que a quien le gusta el tránguilis fortis, no lo deja ni en artículo mortis… y esto, además de ser cierto, parece que fue la causa original de tan enorme tragedia: la afición al zumaque de una mala vecina.

El día 6 de septiembre, jueves, amaneció desapacible con un gallego racheado —así llamaban los viejos de mi pueblo al viento del noroeste—, frío y seco, que obligaba a abrigarse aunque luciera un espléndido sol mañanero.

Poco le importaba a la tía Perijula que amaneciera raso o con lluvia, habida cuenta de su nulo interés por la meteorología: porque su problema matutino era el levantarse con la boca reseca y el hígado tirándole hacia a esa botella de anís que guardaba bajo la cama, junto al orinal, para dar un primer tiento nada más abrir los ojos y calentar el estómago —«más abriga el jarro que el zamarro», solía decir a quienes dudaban de su remedio—, costumbre que adquirió de moza, mantuvo de casada y observaba a rajatabla en plena vejez; tenía un rimero de botellas en un rincón de la cuadra, junto al gallinero, digno de verse por su variedad y cantidad. Su hija Felipa le llamaba borracha, colodra, pendón: la ponía verde de insultos, y al menor descuido le escondía la botella tratando de evitar que se ajumara ya de buena mañana; pero la mujer parecía tener un sexto sentido para dar con ella rápidamente y celebrar el hallazgo con un trago largo, largo, que la dejaba sin resuello.

Felisa Tejedor, la tía Perijula, era viuda y solía utilizar unas finas teas para alumbrarse. Su marido había instalado sendos gavilanes a cada lado del fuego bajo que le servían para alumbrar la cocina con teas encendidas durante los quehaceres domésticos. En el único dormitorio de la vivienda, o caso de tener que subir al pajar, disponía de un herrumbroso farol con lamparilla de aceite y torcida de algodón que utilizaba para dar luz sin correr el riesgo de provocar un incendio cuando se andaba entre telarañas, maderas viejas y hierba seca. Ya se habían dado varios conatos de incendio en el pueblo, precisamente por descuidos con la lumbre, siendo la propia Perijula quien hizo arder su pajar y el del vecino por andar hurgando entre la paja a la luz de una vela, dando gracias a Dios de que no pasara a mayores por la pronta reacción de los hombres, la falta de viento en aquella noche y que las casas estuvieran un tanto aisladas del resto.

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Los acontecimientos que cuenta El Avisador Numantino tuvieron lugar a primeras horas del 6 de septiembre de 1923, justo al amanecer; cuando el sol quiso dejarse ver por lo alto de la sierra, Covaleda ya era un verdadero infierno. Se conoce que Felisa Tejedor, la tía Perijula, aquella mañana se levantó con una resaca más que regular y su instinto le llevó inexorablemente a tentar bajo la cama en busca del remedio en forma de botella, garrafón, o lo que diablos fuera, maldiciendo entre dientes porque después de indagar con ahínco durante un buen rato tan sólo tropezó con su desportillado orinal, sin bebida alguna que llevarse al gaznate. Empezó a maldecir a su hija con lindezas como “seca te veas” o “centella te aplane” y otras jaculatorias del común covaledano. Se echó por encima una manta tabardera para evitar el frío que se colaba por entre las rendijas de la tarima y fue decidida a buscar una tea que le ayudara a mirar en el pajar y dar con la maldita botella que, seguramente, la tonta de su hija le había ocultado.

Tomó una de las que tenía preparadas en un hatillo junto a la diablesa del fogón —Forjas “La Numantina” * La Muedra (Soria)—, arrimó un mixto y la tea empezó a arder con voracidad. Aunque estaba amaneciendo, la claridad no era suficiente como para poder encontrar una botella en aquel maldito pajar, oscuro como boca de lobo, sin claraboyas ni ventanas que aliviaran sus tinieblas. Dio un vistazo y no observó nada fuera de su sitio; dejó la tea en el saliente de una piedra sillar, ennegrecida ya por haber sostenido otras muchas en similares circunstancias, y se puso a buscar aventando la hierba. El polvillo del heno le hizo toser. Tosía con espasmos de alcoholizada, gargarismos y ahogos que le nublaron la vista impidiéndole ver que la tea, colocada deprisa y corriendo sobre la piedra, caía entre la hierba reseca y prendía con una celeridad próxima a la pólvora. Quiso apagarlo con la manta que llevaba sobre los hombros, pero sólo consiguió extender el fuego por el pajar que en segundos ardía por los cuatro costados.

Salió de aquel infierno medio asfixiada, dando gritos y pidiendo socorro. Su hija Felipa se despertó al oír las voces, y ni tiempo tuvo de ponerse una maldita falda que cubriera sus enaguas desvencijadas, porque la humareda y el chisporroteo de las llamas le amenazaban con abrasarla como si se tratara de un antiguo Auto de Fe.

Las dos mujeres se echaron a la calle temblando de frío y pavor. El viento soplaba recio, a ráfagas intermitentes que levantaban torbellinos de polvo y pajas; lloraban abrazadas, escandalosamente, con hipidos de plañideras; pronto la techumbre de la casa se vino abajo provocando una marea de astillas encendidas que salían disparadas en todas direcciones llevadas por el viento. A las voces de las mujeres acudieron los primeros vecinos que no podían dar crédito a lo que veían sus ojos: unas tremendas lenguas de fuego que lamían las viviendas de los costados, multiplicando el pánico y el horror de la gente que salía despavorida de sus casas. Unos alertaron a otros y todos se lanzaron a la calle arrastrando enseres y cosas de valor, sin tiempo para atender a los animales que berreaban desesperados dentro de las cuadras al verse atrapados en un círculo infernal.

Trataron de organizarse para paliar la desgracia, pero el fuego era mucho más veloz y poderoso que sus buenas intenciones y empezó a desparramarse incontenible por los barrios circundantes —«tablas hubo que volaron encendidas a más de 75 metros de distancia», decía el periódico—. La impotencia y el desaliento eran tan fuertes que podían verse dibujados en los rostros de los hombres y en sus gestos de desesperación. Las mujeres arroparon a los chiquillos con sus tocas y se los llevaron lejos, por los prados de Riagüela.

—¡¡Traed cubos de la fuente!!, ¡¡que saquen las mangueras!! —las órdenes se repetían confusas, contradictorias, ineficaces.

Covaleda era un pueblo de pocas fuentes. Una de ellas quedaba frente a la iglesia —hay una garbosa muchacha en una foto de aquella época llenando su cántaro—, de chorro mediano que alimentaba un pilón donde abrevaban los animales; aquel caudal era a todas luces insuficiente para luchar contra la voracidad del fuego que el viento seguía expandiendo dirección sur. De pronto, alguien gritó:

—¡El cuartel está ardiendo!

Una riada de hombres fue hacia allí. El cuartel, aquel cuartelillo rudimentario de triste memoria que regentara el sargento don Sisebuto Trapiello y fuera calabozo temporal del tío Melitón, ahora no era más que un enorme brasero: menos mal que la munición y la pólvora habían sido sacadas a tiempo y arrojadas a una cuba con agua…; el estanco del Lorenzo también desapareció en segundos volatilizando el depósito de manufacturas finas que guardaba en la trastienda, picadura selecta que no hubieran sido capaces de gastar todos los hombres del pueblo en un mes a cuarterón por barba…, y así todo.

—Me dice el gobernador que los bomberos de Soria están de camino con toda su moderna maquinaria, bombas y mangueras —explicó el alcalde subido en un poyo de la plaza a todo aquel que le quiso escuchar.

—¿Vienen de Soria? —le preguntó incrédulo alguno de los presentes—. ¿Y qué harán cuando lleguen, asar chuletas en el rescoldo?

Doroteo Rioja, el alcalde, no quiso insistir en el tema porque la desesperación era muy grande y las soluciones, aunque fueran lógicas, parecían absurdas. Se calló y se puso a baldear agua como uno más.

Las campanas hacía rato que tocaban a rebato. Sus voces de bronce se extendieron por los montes acuciando a carreteros y pastores a que levantaran la vista y observaran —no era necesario andar por los altos de la Machorra, el Muchachón o los Guadarrines para verlo— la densa columna de humo que cubría el cielo de Covaleda y temieran lo peor, como así era.

Acudieron todos, hombres, mujeres y niños a acarrear agua, pero la cadena humana no daba abasto con cubos y calderos traídos desde el arroyo de Los Castillos o de Mañanca para apagar aquellas llamas que seguían voraces atacando las casas del Barrio Corral.

Al tiempo que las campanas seguían llamando al vecindario —llegaron hombres de Duruelo, Salduero, Molinos, Vinuesa, La Muedra que subieron a toda prisa con sus caballerías…—, al cura párroco se le ocurrió que no quedaba más remedio que recurrir al Altísimo y provocar un milagro. Él era hombre de fe y se sentía muy capaz de hacerlo. Se revistió con los ornamentos sagrados, abrió el sagrario, tomó la hostia grande que guardaba para las exposiciones del Santísimo y la colocó en el viril de la custodia rica, la que solía poner en el monumento del Jueves Santo o usar en la procesión del Corpus. Arropado con la capa pluvial y de estola morada, tuvo el santo coraje de plantarse entre las llamas y el viento y conminarlos a que se detuvieran en nombre de Dios. Copio textualmente del Avisador Numantino: «Y la misericordia divina atendió las fervorosas súplicas del párroco calmándose el viento en ese instante, con lo que el fuego no expandió sus dominios destructores más allá de lo que ya había hecho…»

Todo el mundo estuvo de acuerdo que aquello fue un verdadero milagro, aunque tardío, porque llegó después de que se hubieran perdido más de los dos tercios del pueblo.

En esto, que llegan los bomberos de Soria con sus autobombas y camiones; desgraciadamente ya sólo quedaban los rescoldos postmilagreros como apuntara el vecino. También vino el señor gobernador, don Rafael Mesa, acompañado por los gerifaltes capitalinos, todos ellos llevados de la mejor voluntad, que con su verbo cálido trataron de aliviar la desgracia que se comía al pueblo: «me siento soldado a vosotros por el fuego», dijo el señor Mesa acuñando una preciosa metáfora que fue muy celebrada por los representantes de los medios; enseguida ordenó que se habilitaran las escuelas y la iglesia para acoger a los cientos de covaledanos que se habían quedado sin techo, arrancados de sus casas con lo puesto y arrojados a la más absoluta de las miserias —mis abuelos, padre y tíos entre ellos—. Tan sólo se salvaron las casas del barrio de la iglesia, —algunos vieron en ello la mano de la divina Providencia, pues en circunstancias normales también hubieran ardido—, grandes casonas de carretero que se mantuvieron en pie hasta que Covaleda empezó a expandirse con barrios nuevos que arrasaron lo que perdonara el fuego. En honor a la verdad, he de decir que aún se conserva una casa de aquellos días tristes, y que los curiosos pueden admirar justo detrás del ayuntamiento.

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—¿Y qué fue de la tía Perijula?

Ya dice el refrán que quien mucho empina busca su ruina. Y eso fue, justamente, lo que le pasó.

Habíamos dejado a las dos mujeres —madre e hija— abrazadas y llorando al pie de las ruinas de su casa. Enseguida se corrió la voz de que había sido ella la causante del desastre por andar buscando una botella en el pajar sin la más mínima precaución con las teas. Al principió lo negó todo con energía diciendo que ella no, que no tenía culpa de nada y que todo se debía a un rayo que había caído del cielo…

—¡Mal rayo te parta a ti, bruja borracha! —se oyó a una vecina gritar.

Fue cuando empezaron los insultos y los empujones. Alguien le dio un guantazo en plena cara y le hizo tambalear hasta rodar por el suelo; la chiquillería enseguida se arremolinó en torno al bulto de la mujer y comenzó el acoso. A patadas e insultos la llevaron hacia las afueras, como a una apestosa, una asesina; y aparecieron las piedras como en el castigo bíblico…

—Hay que despeñarla por el Maguillo para que se mate.

—Se merece la horca.

—A pedradas, hay que apedrearla.

Mi padre, que estaba en primera fila, fue testigo activo del linchamiento, según me contó. Aquello no fue ninguna broma, aunque tampoco me aclaró si la tía Perijula vivió para contarlo…

Covaleda renació de sus cenizas. Se trazaron nuevas calles perpendiculares, se levantaron hermosas casas de piedra con sus balconadas de forja, con sus letreros cincelados en la piedra angular y sus buenas aceras…

Pasaron los años y todo fue cicatrizando. Hoy de aquello sólo queda un mal recuerdo y un bonito pueblo.

***

Me permito citar a los que perdieron alguna casa o inmueble según publicó El Avisador Numantino:

Pedro Sanz —mi abuelo—, Braulio de Miguel, Ángel Pablo, Manuel Herrero, Macario Pascual, Plácido Herrero, José Blanco, Felipe Herrero, Manuel Blanco, Antonio Gómez, Victoriano de Vicente, Bonifacio de Miguel, Bernabé Herrero, Julián Tejedor, Martina Rioja, Marcos Calvo, Pedro Herrero, Pedro García, Eleuterio Barrio, Simeona de la Iglesia, Bruno de Miguel, Manuel Hernando, Lorenzo Santorum, Santiago Llorente, Petra Palacios,  Demetrio Hernández, Casildo Jiménez, Eugenio Llorente, Feliciano García, Florentino Benito, Eusebio de Miguel, Juan Hernández, Braulio de Miguel, Felipe Santorum, Remigio Rioja, Leandro Cámara, Francisco San Miguel, Hipólita Jiménez, Juan M. Rioja, Lorenzo Romero, Laureano de Miguel, Fermín Ibáñez, Rafael Herrero, Ambrosio Rubio, Domitilo Rioja, Elías Poza, Tiburcio Rioja, Benita Jiménez, Felipe Herrero, Modesto García, Gregorio Herrero Escribano, Gregorio Herrero Murquitio, Sebastián García, Fortunato Santorum, Juan Mediavilla, Emeterio García, Juana Pascual, Dionisio de Miguel, Jerónimo de Vicente, Ignacio Santorum, Gregorio Santorum, Dionisia Pascual, María de la Iglesia, Vicente Santorum, Félix Herrero, Domingo Rioja, Gregoria Rioja, Doroteo Rioja, Víctor Cámara, Felisa Cámara, Felisa Tejedor, Nicolasa Pascual, Deogracias Tejedor, Pedro Tejedor, Pío Herrero, Águeda Llorente, María Rioja,  Gregorio Escribano, Víctor García, Saturio Herrero, Antonio Gómez, Gumersindo Herrero, Julián Rubio, Mateo Llorente y Manuel Cámara.

Tal vez falte algún vecino, pero todos fueron víctimas.

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NOTA, Sobre este terrible suceso existen varias publicaciones en esta página recogiendo todo lo aparecido en prensa sobre el mismo.

INCENDIO DE COVALEDA 1923 EN PRENSA – I

INCENDIO DE COVALEDA 1923 EN PRENSA – II

INCENDIO DE COVALEDA 1923 EN PRENSA – III

INCENDIO DE COVALEDA 1923 EN PRENSA – IV

INCENDIO DE COVALEDA 1923 EN PRENSA – V

INCENDIO DE COVALEDA 1923 EN PRENSA – VI

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COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – VI

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Don JOSÉ, alias «PARRITA»
 (En recuerdo de un mendigo que hubo por Covaleda en los años 70, amigo mío)

Le hizo una seña con el pulgar para que le rellenara el vaso. Víctor, el Vicma, torció el gesto y le recordó:

—Que con éste van tres, Parrita.

—Y a ti qué te importa —le contestó airado—. Tú sirve y calla —el Vicma disimuló como que no le había oído y enseguida volvimos a la conversación—. Pues como te iba diciendo, el saber leer es lo más grande de esta vida. Ni el dinero, ni las mujeres, ni el vino… —mientras iba contando observé sus dedos cuarteados de mugre—; eso de poder abrir un libro y enterarte de lo que pone, eso… no tiene precio. Y…

Volvió el Vicma con una frasca de vino tinto y le llenó el vaso hasta los bordes. Se fijó en que no me servía y me preguntó:

—¿Es que tú no bebes?

—No, gracias, paso.

Me miró con un poco de compasión:

—Que aquí no estamos jugando a las cartas, coño… ¡Bebe, que te invito!, —mientras me palmeaba la espalda—. Y que con los libros no tienes tiempo de aburrirte. Aunque sea la guía de teléfonos. Porque lo peor que puede ocurrirte en la vida es no saber qué hacer con el tiempo; te reconcomes por dentro dándole vueltas a la cabeza: te lo digo yo que de eso sé un rato. —Se aplicó el vaso a los labios con toda la delicadeza de sus manos torpes y uñas negras—. Aggg, qué bueno sabe este vinillo, ¿verdad? Calienta el estómago. —Se limpió los labios con el puño de la chaqueta—. Después de los libros no hay nada como el vino, chaval —volvió a palmearme la espalda—. Ya ves qué ironía: las dos cosas que más aprecio en este mundo y me fueron, precisamente, prohibidas durante diez años… —me miró achinando los ojos—: los que anduve en la trena—y arqueó la frente áspera de arrugas como señalando sorpresa—. ¿Tú sabes lo que es un campo de concentración? No. ¡Qué coño vas a saber si eres un crío!

Y dejó caer pesadamente la mano sobre la mesa.

—Parrita —le dije medio en broma para corregir su error—, que tengo veintiún tacos.

—¿Y eso qué es? Nada. Un chaval. ¿Y estudios?, ¿qué estudios tienes?

—Acabo de sacar las oposiciones.

—¿De qué?

—De Magisterio.

—¡Contra! Ahora resulta que eres maestro como yo. ¡Chócala! —y me ofreció su mano temblona, renegrida y aceitosa que yo estreché con un poco de aprensión.

Todas las mañanas lo encontraba sentado en el banco de piedra que hay en la plaza junto al bar, a esperar que el sol y el vino le caldearan lo suficiente como para salir del letargo nocturno y empezar su ronda diaria de pordiosero. Hacía años que andaba limosneando de puerta en puerta sostenido por los vecinos y perseguido por los perros. Era don José, alias Parrita. Tenía la piel de color humo, la calva cetrina, la mirada triste y la ropa concienzudamente arruinada.

El chalet, 1913, año de su construcción.

—Todavía conservo el título de maestro que me dio el Ministerio de Instrucción Pública firmado por el excelentísimo señor don Manuel Azaña —me dijo—. ¿Lo quieres ver? Te lo voy a enseñar. Lo llevo siempre conmigo en un canutillo de metal desde que salí de la trena. Gracias a que me lo guardó una mujer… Espera.

—Deja, Parrita, no te molestes.

—Pero si no es molestia, ¡ya ves! Espera. —Se puso a hurgar en el fondo de unas alforjas viejas que escondían los restos de su biografía, el baúl de sus miserias—. ¿Tú sabes quién fue don Manuel Azaña? —me preguntó mientras removía un amasijo de cachivaches.

—Sí, claro —le respondí—: fue el presidente de la república…

—Ex-ce-len-tí-si-mo señor presidente, joven —me corrigió recalcando las palabras—. Excelentísimo…, no lo olvides. Pues ahí está su firma. ¿Y sabes por qué lo mataron?

—¿Lo mataron? —le pregunté sorprendido de su mala información—. Yo creía que se había ido al exilio…

El Parrita me interrumpió antes de que concluyera la frase.

—¡Exactamente! Pues eso, como si lo hubieran matado. Nos mataron a muchos, chaval, en aquel año del treinta y seis —concluyó tajante—. Mírame —y se ahuecó los faldones de la chaqueta para mostrarme un cuerpo enclenque cubierto de suciedad— a ver si esto es vida. Nos mataron, de verdad.

Me fijé en su cara. Parecía estar cincelada a golpe de desencantos; olivácea, con trazas de haber sido arrastrada por todos los caminos de la indigencia y el abandono. Pero mantenía un porte erguido, el gesto didáctico y amplio como el de los maestros antiguos.

—¡Contra! No lo encuentro. No sé dónde se habrá metido ese maldito título.

Rebuscaba con insistencia por los rincones de las alforjas. Y empezó a sacar alguna de las ruinas que almacenaba, sedimentos de una vida hecha de miseria y desamparo: cabos de vela, un vaso de plástico rojo, un Lazarillo deslomado e iluminado con lamparones de aceite, periódicos viejos que le servían de manta…

—Déjalo, Parrita, que te creo.

Cesó en la búsqueda y tiró con rabia las alforjas al suelo que sonaron como un cadáver al desplomarse; luego se volvió hacia mí:

—¿Ya tienes plaza?

—Sí, en Soria capital, en un colegio público.

—¿Colegio público los llaman ahora? ¡Ya ves! Nosotros decíamos escuela —me corrigió con ironía—. Y os dirán profesores ¿no?

—Sí, bueno, «profe».

—¡«Profe»! —Se rió con desgana—. ¿A quién se le pudo ocurrir semejante disparate?

—Supongo que al ministro de turno.

—Y supones bien, porque todos ellos no son más que un atajo de asnos. ¡Aaas-noos! —reafirmó la voz con sendos golpes de nudillos en la mesa. Luego se quedó mirando al vacío, tomó el vaso y le dio un par de sorbos ruidosos—. Yo fui maestro en Deza —añadió—. ¿Conoces el pueblo? Entonces era un villorrio destartalado y en cuesta. Monte áspero, seco, pero con una pequeña vega que daba de todo. Y una fuente abundante en la parte de arriba. Tomé posesión en septiembre del treinta y cuatro. ¡Madre mía lo que ha llovido! Y estuve allí hasta que…, hasta que la…

Covaleda, procesión de San Lorenzo, 10/8/1913, 11:00.

El Parrita se quedó suspenso, cortado, recordando algo que le hacía perderse en el tiempo, como si de pronto le hubieran abandonado las ideas, las palabras. Le ayudé a salir de aquel atolladero:

—Hasta que llegó la guerra, ¿no?

—Eso es, la guerra… —reaccionó como si regresara de muy lejos—: no te puedes imaginar la ilusión que tenía cuando llegué a aquella escuelita, ¡ya ves!, con sus dos edificios y sus letreros en el dintel: Escuela de Niños – Escuela de Niñas, levantados en pura roca sobre unas cuevas que servían de bodega al tío Raimundo, con un patio trasero abierto a las eras, al monte, a la vida. Cuando me dio la llave el alcalde y entré por primera vez en aquellos sesenta metros cuadrados sembrados de mesas, bancos y tinteros, me vino un olor a tarima recién fregada y a niño que no he vuelto a sentir en toda mi vida.

Hizo una pausa. Se le aborrascó la mirada y al fin exclamó:

—¡Mi vida! Cómo lo iba a sentir si nada más llegar al pueblo me la arruinaron los muy cabrones —las palabras le salían lentas, feroces—. Tan sólo dos años me duró la alegría en Deza. Pepita, la maestra de niñas, hizo que fueran intensos, sin tregua, con un amor que me llegó así, sin verlo venir, dividido entre ella y los muchachos, porque lo nuestro fue amor del bueno: incluso llegamos a hacer planes para el futuro… ¡Ya ves! Después de ella, ninguna más, ¿para qué? —se pasó la mano por la cara dando un respingo. Luego se me acercó como si quisiera hacer una confidencia—: Me sabía los nombres de todos los chavales y los reconocía por la voz…

Y las tardes de los jueves íbamos de correría por el monte hasta un castillo que hay en lo alto de un picacho: una vieja torre mora de vigía, y desde allí observábamos la vega, espiábamos el vuelo de los abantos que pasaban a nuestros pies; recogíamos plantas que examinábamos buscando sus nombres latinos en una Enciclopedia… ¡qué te voy a decir!: yo era maestro las veinticuatro horas del día. Pero todo se me fue al carajo por la maldita guerra.

Se hizo entre nosotros un silencio de ésos que dicen que pasa un ángel. Parrita aprovechó para dar otro tiento al vaso que lo dejó prácticamente vacío. «Aggg, esto sí que está bueno, ¿eh?»

—Me acusaron de ser rojo. ¡Ya ves! A mí, por decir que nuestra madre era la república, que nos alimentaba, protegía y daba los medios para hacernos hombres de provecho. Y que esa bandera tricolor que había colgada a la entrada era la nuestra y se le debía un respeto… ¡Ahí tienes mi delito: hablar de respeto!

Covaleda, fuene y pilón, 1913

Hizo otra pausa y apuró las dos gotas que quedaban en el fondo del vaso.

—¿Sabes tú de qué color es la bandera republicana? —me preguntó interesadísimo.

—Parrita, por favor, que no soy un…

—De acuerdo. ¿Y cuál te gusta más? —Se arrepintió al instante de la pregunta—. ¡Bah, déjalo! Me meto donde no me llaman. No me hagas mucho caso. Soy un viejo cascarrabias.

—Yo, la verdad…, eso de las banderas no me…

—Ya te he dicho que lo dejes. —Hizo una breve pausa—. Pues me detuvieron por rojo. Me metieron en un cuarto oscuro donde guardaban sacos de patatas, que decían era la cárcel, y allí estuve una semana detenido sin que me acusaran de nada en concreto. Pepita, mi novia, vino llorando para que me soltaran, que no había hecho ningún mal a nadie, que sólo enseñar a los niños… Pero el cabo del cuartel le dijo muy azorado que su hijo le había informado de que un día yo había dicho… —se rió para sus adentros—: ya ves qué acusación más grave: «Que yo había dicho…»

El niño se llamaba Fernandito: un chico torpón, inocente y tímido, de los que te encontrarás a montones en cuanto empieces a ejercer tu digna profesión; a todos les gustaba la historia de España y yo les contaba cómo habían llegado primero los iberos, luego los celtas y que se juntaron formando los celtiberos, o sea, nosotros… Eso de la historia les encantaba. Y cuando me pedían explicaciones sobre temas de religión yo les decía que no, que eso eran cosas del cura, que le preguntaran a él… Que nosotros éramos laicos. Ése fue, precisamente, uno de los cargos que esgrimió el sargento: que me declaraba laico… ¡Qué pedazo de burro!, si sabría él lo que significaba esa palabra. Un día me paró el cura en la plaza, frente al ayuntamiento, y va y me pregunta:

—¿Cómo es que el señor maestro no pisa la iglesia?

Y yo le respondí con toda la tranquilidad de mis veinte años:

—¡Porque no me da la gana! El meticón de don Rosendo se quedó pálido porque nadie le había llevado nunca la contraria, así que… no volvió a dirigirme la palabra. Porque yo era un maestro, no un clérigo. Desde entonces me la tenía jurada. Y en el treinta y seis me buscó la ruina, el bueno del cura. Ya me lo decía Pepita: «Haz como yo, guarda las apariencias». Pero yo, que no; que nadie me podría apear de mis convicciones… ¡ya ves!

Y no me apearon. Los padres de mis alumnos, con los que tanto había congeniado y bebido en la taberna, no vinieron a defenderme, como es lógico, se jugaban el pescuezo si hablaban con un rojo que, además, se había confesado laico. Los chavales sí, los oía gritar a lo lejos para indicarme que estaban allí, que no me habían abandonado: «Señor maeeestro» gritaban, y yo por la voz los reconocía: éste es el Roque, este otro, el Carlitos…, y me sentía muy aliviado con su compañía y su voz.

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«Cumplo órdenes», fue todo lo que me dijo el sargento de Deza cuando me llevaron a su despacho, un cuartucho destartalado en el que habían plantado una enorme bandera roja y gualda, para darme noticias de mi traslado, «y tengo que llevarle detenido a Soria». ¿De qué se me acusa?, le pregunté. «De rojo», me respondió escuetamente, molesto por mi descaro.

—Julio del treinta y seis: ¡qué días de calor! Como quien dice acabábamos de empezar las vacaciones. Pepita y yo habíamos hecho planes de casarnos, de marcharnos por San Sebastián de luna de miel…, ¡ya ves! Si nos hubiéramos ido antes… Pero todo se fue al cuerno por esos militares traidores, fascistas. Lo primero que hicieron fue echarme del magisterio. Luego, en el juicio que tuve en Soria, sin abogado defensor ni nada, me acusaron de todo lo que les dio la gana. Si alguien dice que yo había matado al Cid, van y se lo creen los muy cretinos: fue una farsa. Y aún el fiscal, un alférez remilgado y medio maricón, me dijo que yo era peor que un asesino porque envenenaba las mentes de los niños con ideas revolucionarias y anticlericales… ¡ya ves! La de sandeces que tuve que oír en aquellos juicios sumarísimos. Pero cuando me dijeron que quedaba expulsado del magisterio me derrumbé y lloré amargamente: no me importaba ir a la cárcel, padecer hambre y fatigas, pero el no poder enseñar…, eso fue peor que una puñalada trapera. Fue mi muerte.

—¿Y no pudiste hacer nada después? —le pregunté tímidamente para mostrarle mi solidaridad, mi interés por su causa.

—¿Hacer? ¿Qué puede hacer un preso si no es pudrirse en la cárcel?

—Ya, claro —le respondí—. ¿Te tuvieron en Soria mucho tiempo?

—No. Sólo al principio de la guerra. Después fui rodando de penal en penal a medida que avanzaba el frente hasta que di con mis huesos en Alicante. Como no tenía delitos graves no me hicieron consejo de guerra, pero tres veces me dieron el paseíllo simulando un fusilamiento en las bardas del cementerio. En la primera me ensucié en los pantalones y los muy cerdos se reían de verme temblar como una hoja. A pique estuve de morir de miedo.

Covaleda, plaza mayor, 7/8/1913

Aunque no todo fue malo en el penal de Alicante, porque allí conocí al gran poeta Miguel Hernández, junio del cuarenta y uno. ¡Qué versos encendidos, qué declamaciones en el patio de la cárcel, qué tardes de poesía militante…! Allí fue donde noté lo que era la verdadera solidaridad. Lástima que se lo llevara la muerte tan temprano, como dejó escrito en uno de sus poemas. Me llamaba su amigo. «Amigo José —me decía—, mira a ver si me puedes hacer este pequeño favor…»

Parrita se quedó hurgando en el recuerdo de sus días alicantinos mientras contemplaba con desolación el vaso vacío.

—Ponle otro —le dije al Vicma, que nos escuchaba desde la puerta.

—¿Otro?

—Sí, y algo de comer: escabeche, aceitunas…, lo que tengas. Y no le cobres. A mí me pones una cerveza.

Parrita seguía ajeno, con el vaso en la mano.

—Sabes aquellos versos que dicen:

La cebolla es escarcha

cerrada y pobre.

Escarcha de tus días

y de mis noches.

Hambre y cebolla

hielo negro y escarcha

grande y redonda…

—Sí, la he leído muchas veces.

Él siguió recitando pausada, hondamente los versos de Miguel hasta llegar a:

Tu risa me hace libre,

   me pone alas…

 Se detuvo de golpe:

—¡Contra!, ya se me ha olvidado: me pone alas… —insistió— ¡Qué calamidad! Conste que me la sabía de memoria…

—No te preocupes, Parrita, que yo la he leído más de veinte veces y todavía no me la he aprendido.

—Me hago viejo, muchacho. ¿No la tendrás por casa?

—Creo que sí.

—Déjamela, por favor. A ver si la recuerdo…

Le miré fijamente y le dije:

—Te voy a regalar el Cancionero completo, Parrita.

—No, no, no; —rechazó vehemente mi oferta, casi en tono ofendido; luego se llevó la mano a la barbilla y añadió— aunque me harías el hombre más rico del mundo. Miguel, qué buen camarada, y su mujer, la pobre, tan pálida, tan triste, viendo cómo se le morían los dos: el esposo y el hijo.

—Fue una verdadera pena.

—Una tragedia:

Adiós, hermanos, camaradas, amigos,

despedidme del sol y de los trigos

dejó escrito en los ladrillos de la celda justo antes de morir, marzo del cuarenta y dos.

El Parrita se quedó arrugado, retraído en sus recuerdos. Y en esto llegó el Vicma con la pitanza.

El sol de mayo, en la plaza de Covaleda, calienta la piel y el corazón de las gentes. El sol de mayo a mi amigo Parrita le caldeaba la memoria de cuando fue hombre, aunque no recordara los versos de Miguel Hernández.

Covaleda, Soria, 9/8/1913 vista desde el campanario de la iglesia

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COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – V

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El ÚLTIMO LOBO

La foto estaba en blanco y negro, mate, le habían florecido unos rosetones pardos dibujando rosarios sobre el papel que le daban ese aire de recuerdo viejo acentuado por los bordes ajados, las caras de mirada fija al objetivo, y un olor a lata de dulce de membrillo.

Era un grupo de cuatro hombres con cananas a la cintura, escopetas terciadas sobre el pecho, boinas caladas, jerséis de lana basta y cremallera larga, calzados con polainas de gente avezada a subir escarpaduras o luchar contra las mataperras del monte bajo. El gesto era desafiante, y a sus pies se veía una masa informe de animales muertos, grisáceos, inarticulados, como de trapo.

Al dorso de la foto se leía: La última batida. Covaleda, 1955, escrito con la letra inconfundible de mi padre, rica en jeribeques y adornos laterales en las mayúsculas.

Al ver esta foto lejana, se me arraciman los recuerdos y me traen detalles vivos que creía olvidados sobre acontecimientos de mi infancia. Fue la última batida y, a la postre, la definitiva; después, no hubo más, no hizo falta. Con ella se liquidaron años de una lucha sorda contra un animal al que llamaban «enemigo», causa de matanzas legendarias de rebaños, que tenía sus guaridas por los montes de Covaleda: el lobo.

Decir «el lobo» era desatar un atavismo de rencores, de venganzas juradas y ocultas contra la alimaña más feroz y sanguinaria que se conocía, borrosamente identificada con todos los males que el monte ocultaba en siglos de pastoreo. Era una lucha a muerte, desproporcionada y sin sentido, pero real, pacientemente amasada en la conciencia de cada pastor que, seguramente, en su familia contaba con una leyenda de cabras degolladas en una orgía de sangre y miedo tiempo atrás.

En la foto se podían contar hasta cuatro. Cuatro animales yacentes a los pies de los cazadores que sonreían hieráticos, con ese aire de triunfo macabro que da poner la bota sobre la cabeza exangüe del enemigo muerto. También eran cuatro los cazadores.

Mi padre ocupaba el centro. Parecía tener una autoridad tácita sobre el grupo porque era el único que tenía alta la frente y sonreía como satisfecho de sí mismo bajo un bigote recto y elegante. Por eso guardaba la foto y puso detrás con cuidada caligrafía: La última batida

Recuerdo cuando vinieron a mi casa. Eran tres hombres de barba cerrada y pantalón de pana:

—Rufino, han visto las huellas de cinco lobos que bajaban del Urbión, y la otra noche le hicieron una sarracina al Fulgencio…

Mi padre tenía un cierto ascendiente entre los cazadores del pueblo por ser una buena escopeta, tener amigos entre los pastores y haber sufrido en sus cabras las consecuencias del lobo justo el día en que se casaba su hermana Alejandra: esto le daba patente de corso en cuantas batidas se hicieran, recurriendo a su autoridad moral si había que preparar una, como era el caso.

—Cinco lobos, Rufino… Hay que ir a por ellos.

En torno a la mesa se amontonaban años de monte y morral a la espalda, inviernos largos y duros, como los de por aquí. Corrió la petaca y el porrón. Se dibujó un mapa en la mente de cada uno con la precisión de un relojero: al final, cada hombre sabía perfectamente cuál era su puesto en el monte para darles caza, matarlos, erradicarlos de la faz de esta tierra. El lobo era el enemigo y no se le podía dar tregua.

—También dicen que le han devorado una potra al Majolaseda.

Las rondas de vino y cuarterón se iban turnando entre los cuatro justicieros y poco a poco la idea tomaba cuerpo de que ésta sería la última batida, la definitiva.

—Y decís que han visto cinco…

A mi padre se le antojaban que eran muchos. Cinco lobos formaban un frente formidable, una fuerza de la naturaleza sólo comparable a cinco hombres bien armados avanzando de frente.

—Enormes, por las huellas que han dejado, Rufino —insistieron.

Se hizo una pausa; luego tomó una determinación:

—Será el domingo que viene. Corred la voz. El primer domingo de noviembre. Tenemos que ir antes de que se aventisque el monte, porque si cayera la nieve no podríamos con ellos; se meterían en las loberas y no habría forma de sacarlos. Avisad a los que quieran venir, se necesitan ojeadores. Mi padre les dirá lo que tienen que hacer, es el mejor.

—¿Cuántas postas ponemos en los cartuchos? —preguntaron ellos.

—Tres.

Mi abuelo, su padre, era un viejo pastor que conocía el monte mejor que la cocina de su casa. Era un hombre respetado, pero de carácter enérgico y un tanto altanero. Era un hombre serio y como ojeador, único. Él se encargaría de dar las instrucciones necesarias para que cada cual supiera exactamente dónde ir y qué hacer para facilitar el trabajo a las escopetas que había distribuido mi padre en los perdederos y portillos por donde debían pasar los lobos.

09

Y llegó el domingo. El pueblo entero quedó expectante. Los hombres se habían ido muy de mañana con los morrales repletos de chorizos, pan, torreznos y botas de vino. Cada cual tiraría de su hogaza o se haría una lumbre común para asar el tocino. Los ojeadores ya llevaban tiempo removiendo el monte con voces y cachavas encaminando los lobos hacia su destrucción: las trochas o los arroyos.

Yo recuerdo que andaba por la plaza del pueblo, como todos los chavales, a la espera de tener noticias sobre los que se habían ido al monte antes del amanecer. Tenía vaga conciencia de lo que se avecinaba porque había visto a mi padre ir preparando las noches anteriores, con la parsimonia de un miniaturista, los cartuchos que habrían de ser empleados en la batida. Para ello, bajó del pajar la caja de madera donde guardaba los artilugios que hacía servir en los días previos al ir de caza; era como un cofre con un asa de metal y cerradura de pestillo que estaba dividida en compartimentos para clasificar el material: aquí los perdigones para la pluma; allí los perdigones para el pelo; luego, las balas para los jabalíes y corzos y, por último, las postas loberas. En un saquito aparte guardaba la pólvora de color negro y olor acre que trataba con delicadeza y medía con meticulosidad según le pidiera el tipo de caza, utilizando un cacito de latón que le daba la medida exacta en cada caso.

Una vez me dijo:

—¿Quieres ver lo que pasa con la pólvora?

—Sí —le respondí.

Puso en el suelo un montoncito del polvo negruzco, aparentemente inocuo, y me dijo que así era la pólvora. Yo seguía atento a sus explicaciones hasta que aplicó el mechero y salió de allí un fogonazo que llenó la cocina de humo. Me quedé fascinado, asustado.

—Ni se te ocurra tocarla.

Desde entonces empecé a mirar aquella caja de madera como si fuera la llave de las puertas del Infierno. En otra caja de zapatos guardaba los tacos que servían para prensar la pólvora contra el detonador haciendo un todo uniforme y compacto; después atrapaba por arriba los perdigones con otro taco más fino, como de cartón, quedando el cartucho presto para ser rematado con la maquinilla de redondear los bordes que lo cerraba herméticamente. Era un ritual que le llevaba horas de ir preparando pacientemente uno a uno cada cartucho, y colocarlos en fila india sobre la mesa de mármol a medida que los iba acabando, como si fueran soldaditos de plomo: rojos, verdes, amarillos…, que se me antojaban emisarios de la muerte.

A primeras horas de la tarde bajaron algunos ojeadores, los más jóvenes, que llegaron dando voces:

—¡Han matado a cuatro! ¡Han matado a cuatro!

—¿Hombres? —preguntó mi vecina, la Angelita, fuera de sí.

—No, mujer, lobos.

—Ah, ¡Jesús, qué susto!

Yo corrí a decírselo a mi madre:

—El Lolo ha venido diciendo que han matado a cuatro.

Mi madre movió la cabeza en señal de incredulidad. Luego le aclaré:

—Eso quiere decir que se ha escapado uno…

Mi lógica era matemática puesto que había oído hablar de cinco lobos y echadas las cuentas me daba que uno había salido con vida. Sentí una alegría triste, un algo que me hacía ponerme del lado del fugitivo solidarizándome con su buena fortuna por haber salvado el pellejo, pero ensombrecida por la pena de saberlo solo, perdido en esa infinita soledad que le sobreviene al monte cuando se acerca el invierno.

―¡Pobre lobo! ―exclamé.

Esta imagen del lobo solitario me acompañó toda la tarde y se me hizo más real cuando bajaron los hombres del monte portando sobre varas su sangriento botín: cuatro lobos muertos que dejaron tirados a las puertas del Ayuntamiento.

—¿Son los cuatro machos? —le pregunté a mi padre.

—No, estas dos son hembras…, y no te acerques, que te muerden —me dijo haciendo una broma macabra mientras arrimaba con el pie la boca semiabierta de uno de ellos por la que se perfilaban unos colmillos entrelazados y cortantes como navajas.

El triste conjunto era un montón de carne muerta, de pelo gris y ojos opacos con manchas de sangre seca. Ya había visto lobos muertos otras veces, pero estos compañeros del fugitivo se me antojaban más cercanos a mis sentimientos, y es que la idea del huido no me la podía quitar de la cabeza… Pero el tiempo, que todo lo aplaca, hizo que en unos días se me fuera difuminando la figura del lobo solitario que imaginaba aullando a la luna recortado contra el horizonte del pinar.

Yo tenía la suerte de que mi abuelo fuera pastor y de que contara con noventa y tantas cabras que eran para mí como un mundo cálido y vivo que hizo que se me fuera desatando la curiosidad por el pastoreo. Además, mi abuelo era un sabio: conocía el monte y sus misterios, las cosas de la vida, el devenir del tiempo, las huellas de los animales y los olores que traía el viento. Me gustaba ir con él porque cada día me enseñaba cosas nuevas; me contaba historias de pastores, de maquis, curiosidades de los animales, y me explicaba refranes que solía emplear al hablar… Las tardes de verano eran las mejores para ir al monte: largas y cálidas. Después de la siesta me solía decir:

Chiquito —así me llamaba—, ¿te vienes conmigo? Anda, que te monto en la yegua.

Mi abuelo, además de tener cabras, tenía media docena de yeguas y caballos que dejaba sueltos por el monte formando una manada que solía vivaquear por las faldas del Urbión, y sólo bajaban al pueblo con las primeras nevadas o en la época de las parideras, según, buscando el calor de la cuadra.

08

Cuando me prometía ir montado en la yegua cana, rápidamente aceptaba acompañarle, porque para mí era como ir sentado sobre un trono. Desde su lomo blando el camino se me hacía corto y todo parecía puesto a mis pies: los pinochos, los brezos, algún corzo que nos salía al paso espantado, el arroyo…, y entonces me imaginaba que el monte estaba hecho para mí, como si fuera mi Paraíso Terrenal. A la yegua cana le daba de comer en mi mano. Me ponía gruesos trozos de pan duro y ella los cogía con toda delicadeza para no lastimarme con sus dientazos amarillos que me enseñaba cuando reía. Con la llegada del buen tiempo, el monte se convertía en un hervidero de vida silvestre; entonces, mi abuelo, mi hermano Pepe y yo acudíamos al corral del Guijo con la yegua cana. El corral del Guijo quedaba en un lugar privilegiado a media ladera de una cuerda de rocas cortadas a pico que se desplomaban formando cuevas que, oportunamente apañadas, se convertían en un refugio natural y abrigo en invierno. Cuando llovía, por ejemplo, allí nos refugiábamos todos: animales y personas, hasta que pasaba la tormenta. A mi lado, siempre se venía el perro.

—Quieto, Lunes, que me mojas.

El Lunes no era propiamente un perro pastor, pero con el tiempo llegó a serlo, y muy bueno. Un buen día pasó por allí el Críspulo, un familiar de mi abuelo, y le dijo:

—Pedro, ¿quieres un perro?

Mi abuelo al ver aquello, le contestó:

—¿Y para qué quiero yo esa ruina de chucho?

—¿Éste? —le dijo el otro—: Este perro, aquí donde lo ves, sabe latín. Ya quisieran muchos que usan boina tener la inteligencia que tiene este perro. Bueno, ¿lo quieres, o no?

Mi abuelo sonreía socarrón:

—Si sabe latín…

Y se quedó con él. Los primeros días andaba un poco retraído, se asustaba de todo y era el hazmerreír de los otros pastores cuando lo veían acurrucado bajo las mantas. Pero poco a poco mi abuelo le fue enseñando cómo tratar a las cabras y —como era cierto que sabía latín y matemáticas— pronto aprendió el oficio de pastor pasando de hacer risa a causar admiración, pues a la menor insinuación de mi abuelo levantaba las orejas, enfilaba el morro y, acto seguido, volaba como un rayo a hacer el encargo que se le mandaba: subir, bajar, cantar o bailar… El Lunes era un perro genial.

―Chiquito, ¿cómo le ponemos? —me dijo un día preguntando por un nombre.

—Como hoy es lunes…

—Me parece bien —me atajó.

Y con Lunes se quedó.

Nos teníamos cariño; el perro se venía a mi lado para que le hiciera fiestas y yo le arrascaba detrás de las orejas; cuando paraba, me daba un toquecito con el morro para que siguiera… Un día se me ocurrió decirle a mi abuelo:

—Con lo pequeño que es, como venga un lobo nos quedamos sin perro.

Y mi abuelo se reía pensando que, efectivamente, era poca cosa para enfrentarse a un lobo:

—Pierde cuidado, que por aquí ya no quedan lobos.

Luego le recordé:

—Pero uno se escapó…

—Ya. A saber dónde andará.

Poco a poco, casi sin darnos cuenta, fue pasando el verano. Se llegaba el tardío y pronto tendría que volver a la escuela. Una tarde, cuando ya empezaba a refrescar, le dijo el Saturnino a mi abuelo:

Cadenas —así apodaban a mi abuelo, y así nos llaman a los de la familia ―: Cadenas, ten cuidado porque el Zurdo dice que le ha faltado una cabra al Morgas y no sea que por aquí ande el lobo…; él, por si acaso, ya ha puesto unos cepos.

Pero mi abuelo no le hizo mucho caso pensando que exageraba:

—Aquí ya no hay lobos, Saturnino. Y dile al Zurdo que haga el favor de quitar esos cepos, que son peligrosos.

Yo, que estaba en la conversación, recuerdo que le dije:

—Abuelo, pero uno se escapó…

Mi abuelo me acarició el cogote.

—Sí, ya lo sé, majo; pero no te preocupes, que ése no hará mal a nadie porque a lo mejor está muerto.

«¡Ojalá esté vivo!» pensé yo, y me quedó como una sospecha de que el día menos pensado iba a toparme con él.

Hay un arroyo que baja lamiendo los pies del corral de mi abuelo de aguas claras y heladas. En él mi hermano Pepe y yo jugábamos a hacer pozas que servían de abrevaderos para las cabras, y los días calurosos de agosto aprovechábamos para bañarnos en sus aguas transparentes.

Jugar en el arroyo y triscar por sus alrededores nos llevaba buena parte de los días de pastoreo. Pero aquella tarde —no se me olvidará la escena— al pasar por el camino que corre paralelo al regato notamos que algo se movía tras unos espesos matorrales. Pensamos que sería alguna cabra enredada que no podía salir. Nos acercamos con cautela y, después de hurgar con un palo, vimos con asombro que allí tumbado había un animal grande, de pelo grisáceo…, enseguida me vino a la mente la figura del viejo lobo, el fugitivo. Al levantar una rama, volvió torpemente la cabeza hacia nosotros con el resuello ahogado: un cepo enorme le atenazaba la garganta. El lobo había roto la cadena y lo llevaba colgando como un collar de muerte clavado en el cuello haciendo presa en su vida que se le escapaba lentamente por el fiero bocado del hierro. Su cuello no era ya más que una masa de carne sanguinolenta y terrosa…

—¡Es el lobo! —grité.

Agonizaba; a través del follaje el animal me miró con sus ojos moribundos, opacos, en los que se dibujaba el dolor de ser el último lobo de Urbión; el verle no me dio miedo, la verdad, sino una pena infinita que se me escapó en un sollozo:

—¡Pobre lobo! —Y me alejé corriendo.

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