ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – X

Las «defesas», montes acotados

Las dehesas estaban a su vez claramente identificadas en la documentación medieval y, aunque su modo de aprovechamiento fuera muy diferente, eran también montes cercanos.

Hoy día, el concepto de dehesa entraña un tipo de paisaje forestal caracterizado por su estructura simplificada, sin estrato arbustivo. El vuelo está formado por una cobertura arbórea, más o menos densa, pero con las copas de los árboles siempre disjuntas. Debajo de los árboles el suelo está colonizado por un estrato herbáceo aprovechado como pastizal, o a veces roturado y ocupado por campos de cultivo. Este tipo de monte en forma de parque existe en muchas otras regiones mediterráneas (Grove y Rackham, 2001), pero donde más extensión cubre es en el suroeste peninsular, con más de 2,5 millones de hectáreas, penetrando en Castilla y León y convirtiéndose en un elemento dominante del paisaje salmantino.

En la época medieval, algunas dehesas podían tener el tipo de paisaje que hoy conocemos. En Salamanca, el descubrimiento de podaderas de la Edad del Bronce, así como la importancia de la economía ganadera ya atestiguada en el Neolítico, incitan a pensar que existieron desde tiempos muy remotos bosques claros y adehesados.

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Carta topográfica del término de Ynojosa (Hinojosa de la Sierra, Soria) delimitado por varias líneas de mojones. El lienzo sitúa el norte a la izquierda y muestra el recorrido del río Duero y la red de caminos que une los diferentes lugares (Pedrajas, Oteruelos, Langosto y Vilviestre de los Nabos), incluido un «cordel de merinas». El terreno labrado alterna con formaciones forestales relativamente abiertas o matorral, como el situado bajo el rótulo de «Tomillar y Villar de Godo». Los árboles se diferencian mediante siluetas que muestran copas redondeadas propias de encinas frente a las más cónicas localizadas «del otro cabo del rio» sobre la «Cresta de la Hombría» y que se corresponden en la actualidad con un pinar de Pinus pinaster. El aprovechamiento ganadero se manifiesta con la presencia en el pinar de un borreguil y una majada y los diferentes predios que aparecen cercados (Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. Planos y dibujos, nº 638, siglo XVIII).

La arqueología del paisaje, fundada a la vez sobre la estructura y composición de los bosques, y sobre la morfología y la edad de los árboles, ha permitido reconstruir el paisaje de los páramos calizos segovianos en tiempos históricos. Se ha podido identificar, en la Dehesa de Sigueruelo, la presencia de un paisaje adehesado, compuesto por sabinas de gran tamaño, cuya formación se remonta al medievo (Clément, 2002). Sin embargo, en las ordenanzas de Riaza, villa situada cerca de Sigueruelo, los apartados sobre la Dehesa del Alcalde dan una imagen del paisaje muy diferente. En el siglo XV, aquella dehesa estaba formada por un monte alto de rebollos mezclado con hayas, con un sotobosque muy denso. Por lo tanto, no correspondía a un paisaje de monte adehesado.

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Dehesa viene del latín «defesa», que significa «defensa», «acotado». Las dehesas son terrenos que suelen estar delimitados por un vallado o un muro de piedra, dentro del cual pasta el ganado que tiene permiso para hacerlo. Por la característica de las dehesas extremeñas y salmantinas de encinas dispersas, se ha terminado llamando «dehesa » a la formación forestal con arbolado poco denso. Las dehesas boyales se reservaban a los animales de labor y de tiro: vacas, mulos, caballos o bueyes, de ahí su nombre. Su propiedad podía ser privada o colectiva, dependiente de un concejo.

En realidad, en el medievo el concepto de dehesa es ante todo de índole jurídica. Según Llorente (1985), la palabra defesa aparece por primera vez en 924. Pero es a lo largo del siglo XIII cuando se generalizó el empleo del vocablo dehesa.

Designa un monte puesto en defensa, es decir, con aprovechamientos restringidos. Estaba totalmente prohibido rozar o prender fuego en una dehesa (Fuero de Sahagún; Muñoz, 1847). Aunque fuera bastante raro, algunas dehesas eran reservadas para el abastecimiento de leña. El monasterio de Oña poseía una lignorum defensis donde, según el privilegio otorgado por Alfonso VI en 1105, sus monjes eran los únicos que podían cortar leña (Del Álamo, 1950). Pero, por lo general, la vocación de las dehesas era ante todo la de constituir una reserva de buenos pastos.

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La dehesa de San Andrés (Soria) está perfectamente delimitada por un formidable muro que se conserva prácticamente intacto a pesar del paso del tiempo. Los rebollos, cerezos y mostajos que crecen en su interior van colonizando la superficie de pastizal gracias a la reducción de la presión ganadera y la menor incidencia de las cortas de leña como consecuencia del abandono rural y del cambio que ha sufrido la explotación ganadera tradicional en los últimos 50 años.

Es sin duda el auge de la ganadería trashumante a partir del siglo XIII lo que multiplicó la formación de dehesas. Su objetivo era salvaguardar los mejores pastos para el ganado mayor estante, como se resalta en las ordenanzas de Riaza: Otrossi, toda defesa de conçeio de la villa sea deffesada de todo tiempo, de todo ganado, e de toda bestia fueras de cavallo, o de mula, o de asno (Ubieto, 1959). En Fresno de Sayago las recomendaciones del Obispo de Zamora, señor del lugar en el siglo XIII, dejaban claro que el principal fin de la dehesa era prevenir toda invasión de ganado ajeno. Para todo ganado que entrase indebidamente en la dehesa de Fresno de Sayago, la multa era equivalente a la que se exigía por el mismo delito ocurrido en las labranzas, en las viñas o en los huertos (Sánchez, 1987). La restricción de los aprovechamientos en las dehesas implicaba su acotamiento, como estipula el fuero de Palencia: Defesam montis concilium Palencia debet defensare (Abajo, 1987). Este acotamiento debía ser materializado mediante la construcción de una tapia, o por una valla hecha con un entramado de ramas, o con cualquier otra forma de delimitación territorial.

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Las acebedas o acebales También al norte de la provincia de Soria y en la misma zona, encontramos un conjunto de municipios cuyas dehesas boyales son singulares por la densidad de acebos que se han desarrollado al resguardo de sus muros. La naturaleza de esta especie —rebrota bien y sus hojas basales tienen aceradas defensas— y el interés que para la ganadería en zonas de montaña ha tenido el acebo desde la Edad del Hierro —único alimento vegetal para las reses en pleno invierno— han favorecdo estas peculiares formaciones.

Las dehesas que pertenecían a las comunidades de villa y tierra estaban vigiladas por deheseros, elegidos dentro de los hombres buenos de la villa o de los pueblos.

Recorrían la dehesa a su cargo para garantizar el respeto del reglamento contenido en los fueros o en las ordenanzas municipales. En el caso de las dehesas privadas, mucho más extendidas en Salamanca que en el resto de Castilla y León, su vigilancia era responsabilidad de cada propietario.

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Fue tal la importancia que tuvieron las dehesas para la subsistencia de los pueblos con dedicación agraria hasta mediados del siglo pasado, que su explotación estuvo estrictamente regulada, y las penas por incumplimiento de alguna de sus normas fueron muy severas. En la imagen, uno de los libros relativos a la gestión de la dehesa de Garagüeta, en Arévalo de la Sierra (Soria).

Los nemoribus, bosques lejanos

Los montes lejanos eran difícilmente accesibles y, por lo tanto, eran los que estaban menos humanizados. No tenían nada que ver con los «montes campesinos», cercanos a los pueblos y totalmente integrados en la organización del medio rural. Infestados de animales salvajes y aparentemente abandonados de toda protección divina, eran bosques misteriosos sobre los cuales los hombres proyectaban un imaginario lleno de aprensión y de miedo.

La literatura medieval nos ha legado textos en absoluto ambiguos sobre los peligros que corría la gente extraviada por estos montes. En el Cantar de Mío Cid, la súplica del caballero Felez Muñoz cuando fue a socorrer a Doña Elvira y a Doña Sol, las hijas del Cid abandonadas en el Robledal de Corpes por los infantes de Carrión, no deja lugar a dudas sobre el destino funesto que les esperaba.

En este episodio, conocido como la Afrenta de Corpes, Felez Muñoz ruega a sus primas que se despierten pronto, para poder salir del bosque antes del anochecer; de lo contrario, acabarían todos comidos por las fieras.

Sin embargo, los bosques lejanos no estaban despoblados del todo. Vivía en ellos gente al margen de la sociedad y con propósitos muy diferentes. Los ermitaños y algunas pequeñas comunidades de cenobitas que fundaron monasterios —San Miguel de la Escalada en León, San Frutos de Duratón en Segovia o San Pedro de Arlanza en Burgos, por ejemplo—, eligieron el bosque profundo como lugar de vida. Su motivación respondía a dos objetivos solidarios: por una parte, querían sumergirse en lo que para ellos más se aproximaba al desierto bíblico, y así estar más cerca de Dios; por otra, pretendían difundir la fe cristiana por esos parajes bravos y rechazar los límites del mundo salvaje. A pesar de vivir aislados, ermitaños y cenobitas del bosque mantenían contactos con los aldeanos, quienes les visitaban para llevarles una ofrenda, confesar algo importante, o buscar la ayuda de Dios para curar una grave enfermedad.

En las Cantigas de Santa María (siglo XIII), de Alfonso X el Sabio, son frecuentes las narraciones ambientadas en bosques, al hilo de los milagros y hechos atribuidos a la Virgen. Es el caso de monjes y santos, que por motivos diversos encuentran en los entornos arbolados refugio o destino divino.Acompañando a la explicación de estos sucesos, los ilustradores de las Cantigas hicieron gala de una amplia y detallada representación de los elementos presentes en los espacios boscosos. En la imagen izquierda (cantiga número 103), un monje es castigado a habitar trescientos años en un bosque escuchando el canto de un ave, por haber solicitado a Santa María conocer el placer de los que habitan
en el paraíso.A la derecha, San Juan Crisóstomo orando en un bosque típicamente mediterráneo, rodeado de árboles y de varios conejos que le observan desde sus madrigueras (cantiga número 138). En estas escenas (que carecen de indicación sobre el lugar donde transcurren los hechos) aparecen árboles con el suficiente detalle como para percibir la existencia de frondosas y coníferas. Corresponden al códice de las Cantigas de Santa María conocido como «T.I.1», o «Códice de las Historias» (Monasterio de San Lorenzo de El Escorial).

Otro grupo de personas que habitaban el bosque estaba compuesto por los que ejercían su oficio aprovechando los recursos forestales. Algunos núcleos de población, como el de Ataulfo en tierras de Zamora, estaban poblados por colonos ligados a las proto-industrias del fuego.

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Ilustración de las «Cantigas de Santa María», de Alfonso X el Sabio (Manuscrito de la Biblioteca Nacional). En ella se ve un carro, obviamente de madera, que transporta piedras para la construcción de la iglesia de Castrogeriz, en Burgos.Al fondo aparece un grupo de árboles.

En la carta foral de Ataulfo, los pobladores mencionados son todos carboneros, herreros, fragüeros, fundidores u hojadores (Rodríguez, 1990). Pero había muchas otras personas que, por su oficio, pasaban una gran parte del año en el bosque: leñadores, buscadores de miel, cazadores de pieles, canteros… Al vivir temporalmente o todo el año en los montes lejanos, contribuían a convertir este medio en un espacio poco a poco humanizado. Algunos lugares del bosque eran para ellos familiares: su cabaña, ciertas rutas, los puntos de agua o los árboles con una morfología singular, que les servían para orientarse en este mundo sin horizonte.

A pesar de la presencia de estos individuos, el bosque profundo siguió siendo, al menos hasta los siglos XIII-XIV, un espacio donde las fieras salvajes eran las dueñas del lugar. De ahí la presencia puntual en el tiempo de otro grupo en el bosque, los caballeros. En su Libro de la Montería, Alfonso XI consideraba que el buen caballero debía acostumbrarse a sobrepasar su miedo, afrontando las fieras del bosque. En tiempo de paz, ir a cazar venado era la mejor manera de mantener su habilidad en el arte de la guerra: el cauallero deue sienpre usar toda cosa que tanga armas et a caualleria. Et quando non lo podiere usar en guerra, deuelo sienpre usar en las cosas que son semeiante a ella. Et es cierto que de las caças non ay ninguna que mas sea semeiante a la guerra que esta (La caza de venado; Montoya, 1992). Al contrario de la caza practicada por los campesinos, la función alimenticia era aquí secundaria. La caza de los caballeros marcaba sobre todo la diferencia social entre los nobles y los pecheros. Se atacaba sólo a animales grandes, cuya caza les honraba, como osos, jabalíes, ciervos y otras fieras que, según Alfonso XI, abundaban en los bosques de Castilla y León.

Los tiempos del bosque

Es obvio que a lo largo de los mil años del medievo, las relaciones entre los hombres y el monte fueron transformándose.

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En esta escena del claustro de la colegiata de Santa María la Real de Nieva se representa un caballero con un azor junto a un árbol en el que se encuentra posada un ave rapaz de gran tamaño. El claustro de esta colegiata, de principios del siglo XV, es rico en representaciones que, aun remitiendo a menudo a escenas bíblicas, se asocian a actividades de la vida cotidiana. Entre ellas son frecuentes las imágenes, como ésta, que abordan el mundo de la caza en los bosques; se ilustra también, por tanto, sobre la vegetación y la fauna del entorno próximo.

En Castilla y León, el motor del cambio ha sido la reconquista cristiana y el proceso complejo de repoblación.

No es nada fácil encontrar una datación satisfactoria en un espacio que fue colonizado lentamente, por etapas, con varios siglos de diferencia entre el norte y el sur del Duero. Sin embargo, sí se pueden esbozar varios tiempos, es decir, fases sucesivas caracterizadas por diferentes lógicas territoriales, en las cuales el bosque jugaba un papel importante.

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Entre los Códices existentes del Libro de la Montería se encuentra el Manuscrito de la Cartuja de Sevilla, ahora en la Biblioteca del Palacio Real. Está escrito con letra de fines del siglo XIV o principios del XV y presenta varias ilustraciones de gran belleza. La que principia el libro muestra al rey en amena conversación con su gente sobre alguno de los temas que abarca. En la orla figuran las armas de Castilla y León. El texto de la lámina es como sigue: ESTE LIBRO MANDAMOS FACER NOS EL NOBLE REY DON ALFONSO que fabla en todo lo que pertenesce a las maneras de la Monteria. Et departese en tres libros: El primero fabla del guisamiento que deue traer todo montero, quier sea de caballo, quier sea de pie. E en que manera deue pensar et criar sus canes.Tambien de sabuesos como de alanos, et de las fechuras que deu auer para ser mas lindos. Otrosi de las cosas que acaescen de cada dia en el monte. O pueden acaescer. E que es lo que fagan en cada una de ellas. E del Ordenamiento del fuero de la libertad, e de los derechos que deuen auer los monteros. Porque toda caza en que los ombres toman plazer, conviene que sepan la rays della, E el usso della para saberla mejor: Camas plazer abra ombre et menos yerro se fara en ella entendiendola bien que non la entendiendo.

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Esta lámina muestra al Rey a caballo con el resto de cazadores que forman la armada. Se sitúan en la llanura en un paisaje de montes, en espera de la llegada de la caza tras la actuación de las vocerías. Ojeadores y perros tratarán de sacar a la caza del abrigo del bosque para que vayan al lugar donde esperan los cazadores. Destaca la forma en que el dibujante remarca el paso del monte al llano, al situar al primero sobre plataformas; y un bosque que aparece muy fragmentado y asociado al terreno abrupto.Aparecen dos tipos de árboles, uno con copa redondeada propia de un roble o encina y formando masas y un segundo tipo de árbol solitario y copa cónica que recuerda al pino.También incorpora a un rebaño con el pastor que porta una gaita. Entre los animales, osos encamados en el seno del bosque y una cabra en terreno abierto. El texto alude a una zona al sur de Gredos, reconocible por sus topónimos o los nombres de pueblos como «Gavilanes» o «Piedelabas». Al describir la vegetación indica los tipos de árboles existentes: encinas, robles y pinos.También cultivos como «centenera», plantas que muestran una vegetación degradada como «escarabajosa» o «gamonosa» y destacan ciertos usos como «vaqueriza», «robledo ferreros» o los «hornillos» que en este caso serían para la fabricación de pez y una más de las causas de desaparición de los pinares. El texto de la lámina dice: La Garganta de sancta marya que es entre la hoz de escarabajosa et el monte de la vaqueriza et el pie de sancho belasco et Robledo ferreros, et dos fornyllos, et muño coxo, es todo un monte, et es bueno de osso, et de puerco en la otoñada et en el ynvyerno: et son las bozeryas, la una por cima de la cabeza de sancta marya fasta el collado de la samoza, e dende a berrueco malo: e la otra desde berrueco malo fasta el cerbunal: et dende el cerbunalejo por dos fornyllos et por el rrisco de la graja fasta piedelabas: et es el armada en pie de o tea. La pinosa de las torres et los gavilanes et la centenera et el encinar de belasco chico es todo un monte et es bueno de osso en ynvyerno et en verano: et es la bozerya desde el forno de la figueruela por cima de las gamonosas, et por cima de garganta…

El tiempo de la frontera

La concepción actual que tenemos de la frontera como una línea trazada en un mapa, marcada en el espacio por mojones y puntos de control fronterizos, es en realidad una invención de los diplomáticos y de los cartógrafos del siglo XVIII. En el medievo, las fronteras eran zonas con una cierta amplitud, situadas en los márgenes de los territorios de entidades políticas rivales. Los espacios fronterizos estaban asociados a la presencia de extensos bosques que formaban grandes marcas forestales: tal era la razón de ser de la Preseka en los confines de Silesia, o la Böhmerwald entre Alemania y Bohemia (Dubois y Renard, 1984). En el sur de Europa, aunque cubrían menores extensiones que en las llanuras de Europa central, existían también marcas forestales como la que separaba el Reino de Nápoles y los Estados de la Iglesia en Italia, o la llamada Marche limousine en Francia. En España, a pesar de los numerosos trabajos científicos realizados sobre la frontera en el medievo, se ha estudiado muy poco la relación estrecha entre los bosques y los sistemas fronterizos.

Es una situación bastante singular, ya que en Alemania, Bélgica o Francia, ha sido uno de los temas más clásicos de la geografía histórica (Clément, 1997). En el Occidente medieval, ¿sería España un caso peculiar donde el bosque no habría jugado ningún papel en la delimitación y en la defensa de los territorios?

Esta hipótesis es muy poco verosímil, y menos aún en el espacio castellano-leonés, donde el hecho fronterizo ha tenido tanta trascendencia. Siguiendo la tesis de Sánchez Albornoz (1966), se pensó que la Meseta septentrional había sido convertida intencionadamente por Alfonso I de Asturias en un yermo estratégico que, a partir del siglo VIII, protegía a los cristianos de los musulmanes de al-Andalus. Los avances de la investigación histórica, y sobre todo arqueológica, han conducido a matizar notablemente esta interpretación. Hoy, sabemos que no hubo un proceso de despoblamiento total del Valle del Duero. La escasez de población en los siglos VIII y IX se inserta en una continuidad histórica de ocupación humana muy débil de la Meseta desde el siglo III, con un retroceso demográfico aún más agudo en los siglos VI y VII (García de Cortázar, 1995). Excluyendo, pues, la idea de un yermo estratégico, hay que reconocer, sin embargo, que en el alto medievo las densidades de población en el Valle del Duero fueron muy bajas. ¿Qué función tenía este amplio espacio, débilmente poblado, en la estructuración de la frontera?

La presencia de extensos bosques ubicados entre las montañas cantábricas y las del Sistema Central no da lugar a dudas: las fuentes documentales ligadas a la colonización posterior a la reconquista hacen casi siempre referencia a ellos. A partir del siglo VIII, el Valle del Duero formaba una marca forestal poco humanizada, que se mantuvo hasta el siglo IX al norte y hasta el siglo XI al sur del río.

No se trataba de un bosque-frontera muy organizado como las Haies forestières en Francia, o las Wehrwald en Alemania. Estos tipos de bosques-frontera, más estrechos que las marcas forestales, eran militarmente controlados y ordenados para dificultar el paso de los ejércitos enemigos.

Los soldados reforzaban su papel defensivo talando algunos árboles que se amontonaban en el suelo, y doblando los más flexibles para que, atados entre sí, crecieran curvados. Los pozos de luz, así creados en la masa forestal, favorecían el desarrollo de zarzas y lianas que pronto se convertían en malezas impenetrables.

La marca forestal del Valle del Duero respondía a otro esquema. Como en otras partes del Occidente medieval, era una amplia tierra de nadie, no controlada por un bando ni por el otro. No resultaba de una voluntad política clara apoyar la frontera en ella. Era más bien la consecuencia de una situación fortuita, que correspondía a la vez a un equilibrio de las fuerzas presentes y a la escasez de los hombres que habitaban en estos parajes. Además de ser poco numerosos, los grupos humanos de la frontera vivían dispersos y se desplazaban a menudo practicando formas de nomadismo (Chalmeta, 1976).

Para aventurarse en la marca forestal castellano-leonesa, las huestes cristianas o moras difícilmente podían contar con el apoyo y los víveres de estos hombres.

El manto forestal de la Meseta era el que formaba realmente la frontera. Bien sabemos que las montañas del Norte y del centro de la península nunca fueron infranqueables.

Sus puertos eran conocidos y transitados antes de la llegada de los Romanos. Así, por ejemplo, los vetones, cuyo dominio se extendía más o menos sobre las provincias actuales de Salamanca, Ávila y Cáceres, pasaban periódicamente los puertos montañosos con sus rebaños.

Tampoco el Duero fue una barrera física tal como para impedir el paso de los hombres. El verdadero obstáculo lo constituía el bosque. La extensión y espesura de la cubierta forestal, la dificultad de orientarse en este medio que borra las diferencias topográficas, la presencia de fieras salvajes y la facilidad que tenían los enemigos en preparar emboscadas, son algunas de las razones que convertían en una operación sumamente arriesgada cruzar la marca forestal castellano-leonesa o adentrarse en ella.

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Las Navas del Marqués vistas por Anton Van den Wyngaerde en 1570 (Österreichische Nationalbibliothek). Este pintor flamenco entró al servicio de Felipe II con el objetivo de realizar un inventario de las ciudades más importantes de España. En su dibujo muestra con gran precisión la panorámica de la villa abulense, en la que es irreconocible el actual castillo-palacio de Magalia. La identificación del lugar es posible gracias a la mención en el dibujo de la aldea de «La Pobeda», a unos dos kilómetros al este de las Navas, que figura en el elenco de 1587 del Arciprestazgo de Pinares (Martínez, 1983). Este despoblado se sitúa en el cruce de la carretera que conduce a Peguerinos con un arroyo que mantiene el nombre de Poveda, cuya etimología hace referencia a los pobos, árboles hoy conocidos como chopos. La población se sitúa en la base de la Sierra de Malagón, rodeada de campos de cultivos, cercados en el caso de los situados junto al núcleo de población. La vocación ganadera de este territorio serrano se observa por un arbolado disperso, que falta casi por completo en la sierra que sitúa por encima del arroyo de La Poveda. El aspecto sería similar en el periodo medieval, cuando se establece el dualismo entre tierras de labor y montes, entre agricultura y ganadería como base económica del aprovechamiento del espacio.

El tiempo de la colonización

Entre los siglos IX y XII el avance de los cristianos hacia el Sur cambió progresivamente el destino y la función territorial del bosque. Con la llegada de los colonos cristianos, la antigua marca forestal se convirtió en un espacio pionero.

La repoblación respondía ante todo a un objetivo políticomilitar (Bazzana et al., 1992). Para hacer perenne la conquista de nuevos territorios, era imprescindible asentar en ellos pobladores fieles a la causa cristiana. La colonización fue un proceso largo, complejo, con diferencias temporales de varios siglos entre el Norte y el Sur del Duero.

El proceso empezó al Norte del Duero, entre los siglos IX y X. De forma esquemática, ahí dominaron dos tipos de asentamiento. El primero fue la reocupación de antiguas villae, modalidad de colonización que se lee en la actualidad en los numerosos topónimos construidos con la voz «villa» —Villafría, Villanova, Villafáfila…—. El segundo tipo de asentamiento consistió en la toma de posesión de terrenos inhabitados, mediante el sistema de la presura —apoderamiento de un terreno por el hecho de trabajar en él—. Al Sur del Duero, la colonización comenzó más tarde, concretamente entre los siglos XI y XII.

En la Extremadura castellana, el sistema de la presura fue dominante, pero dirigido desde el inicio, en la mayoría de los casos, por las comunidades concejiles. Muchos topónimos llevan el nombre de los primeros pobladores como Jemenuño, Muñopedro, Sangarcía, pueblos de la provincia de Segovia. Otros indicaban la región de procedencia de los pobladores: Aragoneses, Naharros, Gallegos… En la Extremadura leonesa, repoblada de forma tardía, las creaciones nobiliarias de aldeas y de grandes propiedades fueron el principal modo de colonización. En cuanto al papel de los monasterios, fue más significativo al norte del Duero. Como es obvio, lo expuesto resume las grandes tendencias: todos los tipos de asentamiento se combinaron en la Meseta en diferentes grados.

Lo más importante para la evolución del bosque castellano-leonés es la desigualdad espacial en el proceso de colonización. La antigua marca forestal no se transformó en un frente pionero continuo y lineal, al contrario de lo que sugieren los mapas que señalan las diferentes etapas del avance de los cristianos. Fue más bien una franja pionera que se ensanchó a medida que los cristianos ganaban terreno. No hubo ninguna linealidad en la instalación de los pobladores.

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«Carta topográfica del término de Bobadilla del Campo, rodeada por líneas de mojones». El coto o término de Bobadilla del Campo aparece rodeado de las localidades, también vallisoletanas, de Medina del Campo,Velascálvaro, Rubí de Bracamonte, Cervillego de la Cruz, Fuente el Sol, Blasconuño de Matacabras (Ávila), Madrigal de las Altas Torres (Ávila), Cantalapiedra (Salamanca), Carpio del Campo (Valladolid), Brahojos de Medina (Valladolid) y El Campillo (Valladolid). Puede apreciarse el contraste entre la masa arbolada del sur, en el límite entre las actuales provincias de Valladolid y Ávila («Monte de Madrigal», «Monte de Bobadilla» y «Monte de Escargamaría») y el resto del espacio representado, carente de vegetación (Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. Planos y dibujos, nº 643; no se indica autor ni fecha, pero debe corresponder al siglo XVIII).

La colonización se realizó por núcleos dispersos, más concentrados cerca de las fortalezas y de las principales rutas, pero muy esparcidos al alejarse de ellas. Además, extensas zonas quedaron apartadas o muy poco afectadas por el proceso de repoblación. El Páramo leonés, las Parameras abulenses, la Sierra de Cabrejas soriana o la Tierra de Ayllón en Segovia, son algunos ejemplos de territorios donde la colonización progresó con mucha lentitud. Ahí, la presión humana sobre el bosque era muy limitada o inexistente. Al contrario, las zonas cercanas a las ciudades fortificadas fueron más pobladas. Los campesinos realizaron importantes roturas de bosque para cultivar la tierra, tal como ocurrió en la Tierra de Campos de León (Martínez, 1993). Pero no fue ésta la dinámica más representativa de la repoblación, al menos en su principio. En la mayoría de las zonas colonizadas, el poblamiento se mantuvo disperso, fragmentado e inestable. Muchos colonos se instalaban temporalmente en un lugar, y luego seguían más al sur con las huestes cristianas. Dejaban detrás de ellos un efímero asentamiento, que se convertía en un despoblado.

Cuando se quedaban de manera más duradera, los colonos no creaban verdaderos campos agrícolas. Se limitaban a cultivar parcelas esparcidas en el bosque. Eran ante todo campesinos-soldados que participaban activamente en las milicias cristianas. Mejor que la difícil puesta en cultivo de parcelas forestales, sacaban una parte importante de su subsistencia de los botines —cosechas, rebaños, presos…— que traían de las correrías lanzadas en al-Andalus (Gautier Dalché, 1959). Sin embargo, la etapa de la colonización fue decisiva para la evolución del bosque en siglos posteriores. Es entonces cuando los soberanos concedieron a través de los fueros, de las cartas pueblas, de las licencias, amplios derechos de aprovechamientos forestales, con el fin de atraer a los colonos. El proceso repoblador desarrolló un espíritu pionero, caracterizado por el sentimiento de que los recursos disponibles eran inagotables, lo que a la larga fue perjudicial para el monte.

El tiempo de los rebaños

Efectivamente, en el siglo XV numerosas ciudades castellano-leonesas tuvieron que afrontar una situación de penuria de leña y madera. En Burgos, en los años 1480 y 1485, los ciudadanos se quejaron por la falta de estos recursos. Y lo mismo ocurría en Valladolid o en otras cuidades (Bennassar, 1967). Por supuesto, esto no significa que en los últimos siglos del medievo los montes hubieran desaparecido del paisaje. Quedaban extensos montes, y algunos de ellos tenían una función muy significativa en la economía rural, como en la Tierra de Pinares segoviana (Clément, 1999). Pero parece que los montes altos cada vez estaban más alejados de los principales núcleos de población. ¿Cómo comprender esta evolución negativa del bosque? ¿Cómo se pudo pasar de una realidad en la cual el bosque era omnipresente, preponderante en el paisaje, y hasta agobiante para los primeros pobladores, a otra realidad asombrosa de escasez de los recursos forestales a finales del medievo?

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«Carta topográfica de los términos de Villagonzalo-Pedernales y Renuncio separados por dos hileras de mojones» (José Pastrana, 1758).Además de la imagen general que ofrece este óleo del siglo XVIII, con una representación de la trama rural que bien pudiera ser tomada como motivo propio de pintura abstracta, se puede apreciar el detalle del autor en la representación de las divisiones entre las parcelas, así como el predominio de la superficie desarbolada, dedicada a campos agrícolas en su mayoría. Sólo en el entorno de la localidad de Renuncio se representa una pequeña masa forestal, parte de la cual debe ser un soto ribereño, por su proximidad a un arroyo. En las zonas de mayor humedad se sitúan prados («Praderón de Valdesanpedro»); se informa también de algún cambio de uso: «tierra que fue Prado de San Bernardo». Es seguro que entre el medievo y el final de la Edad Moderna el territorio castellano-leonés sufrió un proceso de transformación en el que el bosque fue progresivamente arrinconado de resultas del paralelo avance de pastizales y tierras de labor. La presente ilustración nos sirve para recordar que la agricultura y la ganadería fueron, ya en época medieval, protagonistas destacados de la deforestación; la estabilidad que siguió a la repoblación cristiana en la cuenca del Duero favoreció la explotación no sostenible de muchos recursos, entre ellos los bosques, contribuyendo a su progresiva disminución. Como elementos anecdóticos de este plano deben mencionarse la representación de la ciudad de Burgos, en la parte superior izquierda, mediante un castillo, y la errónea ubicación de las indicaciones «septentrión» y «mediodía», pues deberían estar a la inversa. El plano acompaña a un pleito entre el Conde de Villariezo, señor de Villagonzalo-Pedernales, y el marqués de Villareal de Burriel, señor de Renuncio, sobre el apeo, deslinde y amojonamiento de los términos de ambas villas y su jurisdicción (Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. Planos y dibujos, nº 644).

Es en el siglo XIII cuando se produjo una ruptura fundamental en el relativo equilibrio existente entre el hombre y el bosque. El hecho más significativo de esta ruptura es, sin duda, el auge de la economía ganadera. Es cierto que ya en los siglos XI y XII, al norte del Duero, los principales monasterios, como los de Cardeña, Oña o Sahagún, poseían grandes rebaños estantes (Gerbet, 2000). Sin embargo, en el siglo XIII, la toma de Las Navas de Tolosa en 1212 provocó un cambio radical. Con esta victoria, se alejó definitivamente la lógica fronteriza y pionera hacia el Tajo, y se abrieron los pastos de invierno de la Meseta meridional. La economía de antaño, caracterizada por una agricultura de subsistencia, asociada a la ganadería estante y al pillaje en tierras de al-Andalus, se transformó en otro sistema. Gracias a las nuevas conquistas en el Valle del Tajo, la ganadería trashumante se convirtió en la actividad económica dominante. La unión definitiva de los reinos de León y de Castilla en 1230, y los privilegios considerables otorgados al Honrado Concejo de la Mesta en 1273, crearon una situación muy favorable para su desarrollo. Las miles de cabezas de ganado trashumante que recorrían en verano los agostaderos de Castilla y León, provocaron una fuerte reducción de la cobertura forestal.

Otros factores amplificaron los efectos de esta ruptura. La economía ganadera fue, en gran parte, el origen del desarrollo urbano del siglo XIII y de la recuperación demográfica al final del medievo. Esto implicó, de forma casi matemática, un aumento del consumo de leña y de madera. Los turnos de corta de los montes se hicieron cada vez más breves, y no dejaban un periodo suficiente para su regeneración. Las prácticas abusivas, heredadas del espíritu pionero de la repoblación, aceleraron el retroceso de los montes. Las talas y quemas descontroladas de los montes fueron denunciadas, con razón, por Pedro I en las Cortes de Valladolid de 1351 (Carlé, 1976). Lo que era soportable para el medio forestal cuando la presión humana era liviana, se reveló muy dañino para el monte en los últimos siglos del medievo.

La escasez de los recursos forestales motivó la elaboración de una legislación más severa. Las primeras disposiciones para salvaguardar los montes aparecieron ya en el alto medievo (Groome, 1990). Pero fue sobre todo a partir del siglo XIII cuando las ordenanzas y los fueros castellanoleoneses tipificaron los diferentes delitos forestales. En los fueros de Sepúlveda estaba formalmente prohibido cortar árboles verdes, bajo la amenaza de pagar una multa de dos maravedíes. Las penas eran más elevadas para los que arrancaban corteza sin permiso: la multa era de cinco maravedíes, y en caso de no poder pagarla, se les cortaba la mano derecha. Los que incendiaban los montes eran también severamente castigados. En el fuero de Soria, se preveía la confiscación de sus bienes, o ser echados los responsables al fuego. La legislación real iba en el mismo sentido. En las Siete Partidas, promulgadas en 1273, Alfonso X el Sabio estableció una serie de multas para los que dañaban o cortaban los árboles con mala intención, y prohibió la venta de los montes concejiles para limitar las nuevas roturas. Pedro I impuso penas más drásticas, incluyendo la condena a muerte (Real Academia de la Historia, 1863). Pero fue sólo a finales de la Edad Media cuando los soberanos se dieron cuenta de la necesidad de no limitarse a establecer listas de castigos, sino también de fomentar por otros medios la recuperación de los montes. Tal era el objetivo de la pragmática de los Reyes Católicos de 1496, en la que se incitaba a la realización de repoblaciones. También los Reyes Católicos preconizaban generalizar la poda de las quercíneas en horca y pendón, para de esta manera conciliar la producción de leña con la preservación de los árboles forestales.

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En la primera bóveda de la nave del mediodía del panteón de San Isidoro de León (siglo XII) aparece un conjunto pictórico que representa el anuncio del nacimiento de Jesucristo a los pastores. Componen este conjunto, además del ángel, 3 pastores, 1 perro, 2 carneros, 2 machos cabríos, 3 vacas, 3 puercos, 3 cabras, 5 ovejas, 5 árboles, 6 arbustos y 7 matas de hierba. En definitiva, una imagen completa del mundo ganadero medieval. Merece resaltarse la escena en la que los puercos cazan al vuelo bellotas de un roble sobre el que, a su vez, triscan dos cabras; también la actitud de las vacas, que aparecen ramoneando un árbol.

A partir del siglo XIII, los conflictos por los aprovechamientos de los montes fueron muy frecuentes, y se hicieron más agudos en las zonas afectadas por el enrarecimiento de los recursos forestales. No podemos detallar en pocas palabras los tipos de conflictos que hubo a propósito de la titularidad o de los aprovechamientos de los montes (Pastor, 1990), pero sí conviene insistir en las innumerables contiendas que enfrentaban a los campesinos con los grandes ganaderos trashumantes. Debe recordarse que las cañadas estaban entonces delimitadas solamente cuando cruzaban campos de cultivos o dehesas.

En el resto del espacio rural, los rebaños trashumantes podían apartarse de la cañada y meterse en los pastos comunes o en las tierras incultas de los pueblos, lo que era una fuente inagotable de discordia (Klein, 1985).

La desproporción entre las miles de cabezas que solían tener los rebaños trashumantes, frente a los pequeños efectivos de los rebaños estantes, aumentaba el resentimiento de los campesinos. La presión ganadera creció tanto que, a veces, hasta las dehesas eran invadidas por los rebaños trashumantes. En las Cortes de Madrigal de 1438 y en las de Salamanca de 1465, se denunció ante el rey este hecho, acusando como responsables a los grandes ganaderos —monasterios, caballeros, notables concejiles—.

Según los denunciantes, éstos corrompían a los deheseros que vigilaban las dehesas. Esta situación provocó alteraciones campesinas muy graves: en el caso salmantino, las contiendas degeneraron en batallas campales, con heridos y muertos (Real Academia de la Historia, 1866).

A la hora de concluir, es importante subrayar el papel fundamental del monte para los hombres del medievo.

En el campo, en las ciudades, en los monasterios, muchas actividades estaban condicionadas por el acceso a los recursos forestales. Pero el monte era mucho más que un simple medio proveedor de recursos. En aquel entonces, era el cuadro de vida de muchos castellano-leoneses, un entorno montuoso que llenaba a la vez lo imaginario y lo cotidiano de la gente. Puede parecer por lo tanto paradójico constatar, en la documentación bajomedieval, las formas descontroladas de aprovechamiento que acabaron a veces con los montes. Estas prácticas abusivas fueron la consecuencia de los amplios derechos concedidos a los pobladores en las tierras reconquistadas. Tales derechos estaban adaptados a una situación demográfica marcada, entre los siglos IX y XII, por densidades de población muy bajas. La ruptura del equilibrio entre los hombres y los recursos forestales se produjo en el siglo XIII, con el auge de la ganadería trashumante y el aumento de la presión demográfica. Esto provocó sin duda una sobreexplotación muy dañina para el monte.

Sin embargo, no todo fue negativo. Los hombres de entonces supieron inventar el concepto de dehesa, para preservar los mejores montes. Gracias a su estatuto particular, bastantes dehesas fueron conservadas a lo largo del tiempo, y constituyen en la actualidad uno de los tipos de bosques más valiosos de Castilla y León. Por otra parte, el enrarecimiento de los recursos forestales cambió la percepción de la gente, y de algunas experiencias dolorosas emergió un espíritu nuevo. El discurso de Pedro I en 1351 atestigua la toma de conciencia, por una parte de la sociedad castellano-leonesa, de la necesidad de no desperdiciar los preciosos recursos de los montes. Pero habría que esperar muchos siglos para que esta nueva preocupación se reflejara en prácticas menos agresivas y susceptibles de fomentar la conservación de los montes.

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«Diseño de las montañas y laguna de Gredos sita en término del lugar de Navalperal de la Ribera de Tormes, jurisdicción y tierra de Piedrahita propia de los estados de la Exma. Señora Duquesa de Alba y lugares que en su sierra están más próximas a dichas montañas, según se demuestra por letras y números al pie de este mapa». Este excelente dibujo, que forma parte de las respuestas enviadas al interrogatorio de Tomás López (finales del siglo XVIII) permite apreciar el paisaje y las actividades relacionadas con este afamado espacio de montaña: desde las cabras monteses triscando por los peñascos, hasta los pastores con su hato de ovejas y sus chozos; en la parte inferior izquierda, en lo que es el sector nororiental de la imagen, junto al río Tormes y las poblaciones de Navarredonda, Barajas, Hoyos del Espino y Hoyos del Collado, se representan formaciones de arbolado que bien pudieran ser, como lo son al presente, pinares. El dibujo, tal y como reflejan las orientaciones situadas en el entorno de la laguna grande de Gredos, está representado con el norte en la parte inferior (Biblioteca Nacional, Mss. 20.263/16, en cuarta).

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