ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – IX

La persistencia de los pinares durante el Holoceno

Al mejorar las condiciones climáticas en el comienzo del Holoceno vuelve a producirse una expansión importante, aunque efímera, de los abedulares, que anuncia la inmediata recuperación de los pinares, robledales, quejigares, carrascales, etc. Esta expansión de los bosques coincide con una regresión drástica de los arbustos característicos de las estepas glaciares anteriormente mencionadas.

Durante una larga fase de estabilidad climática de unos 4.000 años —óptimo climático— dominaron los pinares en el paisaje. Se registra un progresivo incremento de la diversidad de los bosques y de la cobertura forestal. Los distintos bosques de Quercus Q. petraea, Q. pyrenaica, Q. faginea, Q. ilex subsp. ballota— se intercalaban con los paisajes pinariegos, primero entrando a formar parte del sotobosque, y posteriormente encontrando nichos propios y desplazando a algunos pinares, principalmente en los ambientes supramediterráneos o montanos basales.

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En esta época irrumpieron en los bosques nuevas especies más exigentes en humedad, como arces, olmos, alisos, fresnos, acebos, tejos, etc., localizados en suelos más hidromorfos y profundos.

Hace unos 4.500 años, poco después de alcanzarse un máximo en la cubierta forestal, se inició una regresión de los bosques que, si bien pudo estar relacionada con un ligero deterioro climático, fue debida principalmente a la alteración de los paisajes por el hombre y sus ganados.

Desaparecieron casi totalmente los abedulares y los avellanos, así como buena parte de las frondosas mesófilas.

En este momento se evidencian las primeras hayas en la región, iniciándose hace 3.000 años, justo después de una fase de deforestación debida a causas antrópicas, la expansión de los hayedos. En un corto espacio de tiempo lograron desplazar a robledales albares o pinares en las vertientes más atlánticas, sobre todo en la cara norte de la sierra de la Demanda. En las otras sierras se asientan en las umbrías y cabeceras de los valles, compartiendo el espacio con los pinares de P. sylvestris. Aún en la actualidad, en algunas zonas, las hayas siguen entrando en los pinares albares, expansión relativamente frenada por las labores de «limpieza» del monte, que favorecen al pino debido al alto valor de su madera.

La influencia antrópica se manifiesta en los últimos 1.000 años con la aparición de algunas especies útiles como el olivo, el nogal, el castaño, o la vid, que sólo se cultivan en zonas bajas, y la presencia de polen de plantas ruderales o arvenses. Se producen frecuentes altibajos en la cobertura forestal provocados por los fuegos y un proceso de matorralización creciente con genisteas y ericáceas. En los últimos años vuelven a recuperarse los pinares.

Los hombres y el monte en el medievo

Para los hombres del medievo, el monte tenía un significado ambiguo, a la vez repulsivo y atractivo. Les inspiraba el miedo por ser un mundo cerrado y hostil, aparente mente desamparado e infestado de fieras salvajes. Sin embargo, de forma paradójica, el monte era indispensable para asegurar su supervivencia. No solamente era un espacio protector, donde los castellano-leoneses se refugiaban cuando amenazaban las huestes enemigas, sino que, además, constituía un medio en el cual encontraban la mayoría de los recursos naturales que necesitaban. La madera, la leña, los pastos, los frutos silvestres, la caza las plantas medicinales, son algunos de los numerosos beneficios que podían aprovechar del monte.

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Las fuentes históricas para el estudio de los montes son abundantes para la Baja Edad Media. Pero, como ocurre con otros temas de la historia medieval de Castilla y León, el periodo del alto medievo comprendido entre los siglos V a IX se caracteriza por la escasez de documentos escritos. A pesar de este largo silencio histórico, podemos considerar que las fuentes bajomedievales son válidas para toda la Edad Media. Los cambios principales en el medievo no afectaron en sí a las formas de aprovechamiento de los montes, sino más bien a la organización del espacio castellano-leonés, con la progresiva reconquista cristiana a partir del siglo IX. Para atraer a los colonos cristianos, la realeza concedió a los pobladores amplios derechos sobre los montes. ¿Qué tipo de relaciones se establecieron en aquel entonces entre los hombres y los montes? ¿Supieron explotar los recursos forestales y garantizar a la vez la perennidad de sus montes? ¿O bien usaron plenamente de sus derechos, serrando la rama sobre la cual estaban sentados con prácticas perjudiciales para los montes? Son estas algunas de las preguntas a las que se intentará responder a continuación.

El espectacular conjunto de pinturas que decoran el panteón de la Colegiata de San Isidoro de León (siglo XII) incluye, entre otras representaciones figurativas, escenas conectadas con el mundo rural. Es el caso del «calendario agrícola», situado en el intradós del arco de separación de las bóvedas del Pantocrátor y del Apocalipsis.
A cada mes del calendario corresponde una escena que remite a faenas habituales en el mundo rural.
Así, encontramos escenas relacionadas con el cuidado del viñedo (marzo, septiembre), la cosecha del cereal (junio, julio y agosto) o la cría de ganado (octubre, noviembre). En el mes de octubre aparece una escena de montanera, con un porquero suministrando bellota a dos cerdos; el beneficio de esos cuidados se representa en la ilustración de noviembre: la matanza, garantía de un complemento alimenticio esencial en los duros meses del invierno.

Los mil y un recursos del monte

En el mundo mediterráneo, el monte siempre ha sido el lugar por excelencia donde se ha criado el ganado. Por lo tanto, sin distorsionar la realidad, se puede afirmar que a lo largo de la historia, y especialmente en el medievo, el monte mediterráneo habrá producido más leche, lana y carne, que madera y leña.

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Cuando el monte producía leche, o lana y carne En Castilla y León, desde el comienzo de la reconquista en el siglo IX, numerosos privilegios reales fueron concedidos sobre el derecho de pastoreo por los montes.

Los privilegios podían ser otorgados a monasterios, a comunidades concejiles o a ciudades. Así, en 922, el conde García Fernández dio al monasterio de Cardeña el derecho de llevar sus rebaños por los montes de Pineda: per montes de Pineta damus licentiam ut pascat uestro ganato (Zabalza Duque, 1998). Más tarde, en 1200, el rey Alfonso VIII otorgó a la ciudad de Segovia el mismo derecho, pero extendiéndolo a todo su reino: omnes ganatos de Secovia habeant pascua per omnes partes regni mei (Colmenares, 1637).

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En esta escena de las «Cantigas de Santa María», correspondiente a un andamio de madera en la edificación de la iglesia de Castrojeriz (Burgos), encontramos una aplicación más de los bosques para la sociedad medieval: la obtención de madera para la construcción de edificios (Manuscrito de la Biblioteca Nacional).

El disfrute de este derecho era muy variable según los animales domésticos criados. En relación con su tamaño, sus exigencias alimenticias y su significado social, eran conducidos a tipos de monte muy diferentes. Dentro del ganado mayor, los caballos eran los que recibían el mejor trato por el prestigio que conferían a su propietario. Eran llevados a los mejores montes, altos y claros, en los cuales la ausencia de la cobertura arbustiva ofrecía a los caballos – una superficie de pasto lo más extensa posible. Los grandes árboles les protegían del sol en verano, y mantenían buenas reservas de agua en el suelo, facilitando así la regeneración de la hierba. Los bueyes y los asnos apacentaban en los mismos tipos de monte, con ricos pastos. Muchos de estos montes tenían el estatuto de dehesa, es decir, de montes en los cuales el acceso del ganado estaba regulado.

El ganado menor de cabras y ovejas era muchas veces excluido de las dehesas, o bien contaba con serias limitaciones para entrar en ellas. Según el fuero de Soria, sólo se podían introducir 12 cabras en la Dehesa de Valonsadero, salvo del uno de abril hasta San Miguel, en septiembre, largo periodo durante el cual la dehesa se reservaba para el ganado mayor (Sánchez, 1919). Las cabras y las ovejas se adaptaban perfectamente a montes más tupidos y con pastos más pobres. Estos animales no se alimentan solamente de hierba: aprecian particularmente las hojas nuevas, los rebrotes de cepa y la corteza de los árboles. En el caso de la cabra, el ramoneo llega a representar la mayor parte de su ración alimenticia diaria. En cuanto a los cerdos, eran conducidos a montes de encinas y robles que producían muchas bellotas, y también a los montes serranos de hayas cuyo fruto, el hayuco o fabuco, es igualmente muy apreciado por este tipo de ganado. Como recuerda en León el calendario agrícola de la Colegiata de San Isidoro, la montanera se practicaba en otoño, cuando los frutos de los árboles estaban maduros y antes de la matanza, que solía realizarse en noviembre.

La presencia del ganado ha modificado de forma duradera los montes castellano-leoneses. El desplazamiento repetido de los animales es suficiente para transformar la cobertura forestal. En su recorrido, el ganado no solamente se alimenta, sino que también compromete la regeneración del monte pisoteando el suelo, aplastando los renuevos, derrumbando árboles jóvenes o comiendo su brote apical, lo que les condena a tener un porte chico y deforme. El comportamiento alimenticio de ciertos animales agudiza los efectos negativos sobre los montes. Así, la cabra siempre ha sido considerada la peor enemiga del monte, porque arranca las plantas, desestabilizando el suelo y, por lo tanto, haciéndolo más sensible a la erosión.

Además, al consumir grandes cantidades de ramas y corteza, debilita los árboles, que se vuelven indefensos frente a las plagas y a los insectos xilófagos.

En busca de madera, leña y carbón

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Vista del retablo mayor de la iglesia de Santa María de Mediavilla, en Medina de Rioseco (1573), obra de Esteban Jordán. La construcción de retablos llevaba aparejado un elevado consumo de madera; en algunos documentos, como el referido a este ejemplo, se plasman las necesidades de materiales para su elaboración: «Yten que la madera deste rretablo del ensamblaje y talla a de ser de madera de pino de soria buena y a contento y seca en tal manera que si en algun tiempo por no estar la madera seca se yendiere alguna figura o ubiere algun daño en el rretablo sea obligado a rrepararlo a su costa».

Para los hombres del medievo, los montes constituían un espacio provisor de material de construcción y de fuente de energía. Como nos informa el acuerdo firmado el 14 de febrero de 1258 entre los concejos de Riaza y de Sepúlveda, la madera era un material indispensable para la edificación de la vivienda o de cualquier obra: Si oviere mester madera para eglesia, o para casa quemada, o para puente, o para molino, adugan lo que oviere menester (Ubieto, 1959). Los maderos servían de viga para los techos, mientras que las maderas de menor tamaño eran utilizadas para realizar paredes, haciendo un entramado de palos y llenando luego los huecos con ladrillos de adobe.

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Capitel de la catedral de León en el que se representa un horno de pan. La dependencia de combustible para la preparación de alimentos motivó durante siglos una intensa demanda de leña y carbón vegetal. Las especies utilizadas para este fin debieron ser muy diversas, aunque fue muy importante el empleo de jaras y retamas.

Para los cabrios de las puertas y de las ventanas, solían emplear madera de sabinas, por ser imputrescible y muy resistente a la carcoma, particularmente en Burgos, León, Segovia y Soria, donde se encontraban extensos sabinares.

La madera también se usaba para elaborar una gran parte del mobiliario y de los objetos de la vida cotidiana.

Algunos pueblos estaban especializados en la producción de ciertos aperos. Así, en Cantalejo se elaboraban trillos con madera de pino, que se vendían en todas las ferias de

Castilla y de León.

Sin embargo, lo que periódicamente más movilizaba a la gente en sus tareas domésticas era la recogida de leña, única fuente de energía para cocinar y calentar las casas.

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Representación de un herrero en el capitel 55 del claustro alto, galería sur, del Monasterio de Santo Domingo de Silos. Durante siglos el empleo del fuego en actividades industriales diversas, como las ferrerías, llevó aparejado un elevado consumo de leña y carbón vegetal. Sin duda, la demanda de este combustible contribuyó de manera capital a la transformación de numerosos espacios boscosos ya en época medieval.

Una parte de la leña se transformaba en carbón vegetal. Las carboneras se hacían en pleno monte, con los riesgos evidentes que conllevaba esta actividad en cuanto a incendios forestales. Numerosos topónimos en Castilla y León —carbonero, ceniza, hoya…— recuerdan la importancia de la producción carbonera desde tiempos muy antiguos, para el uso doméstico y sobre todo para las necesidades de las actividades proto-industriales.

Los herreros, los alfareros, los cristaleros, los productores de cal y de yeso, y también los pegueros que transformaban la miera de los pinos en pez, consumían anualmente grandes cantidades de carbón y de leña. Por su peligrosidad, la producción de carbón estaba muy reglamentada.

En el fuero de Sepúlveda se obligaba formalmente a hacerlo lejos de los pueblos, en la sierra (Ubieto, 1959).

En el fuero de Soria se completaba esta obligación con la necesidad de hacer una hoya en el suelo durante la primavera y el verano, periodo del año con mayor riesgo de incendio (Sánchez, 1919).

El monte contra el hambre y el dolor

El monte era también, para los hombres de aquel entonces, a la vez un espacio protector y un medio del que obtenían su subsistencia. Es cierto que, después de la reconquista cristiana, los derechos de rozar concedidos a los pobladores no tenían casi limitación. Nos informa de ello un acuerdo firmado en 1190, entre el Obispo de Osma y los aldeanos de San Esteban de Gormaz, documento por el que éstos fueron autorizados a roturar el monte por donde quisieran: arrumpant adelant in montibus (González, 1960). Pero varios factores condujeron a minimizar los efectos reales de las rozas al inicio de la repoblación cristiana.

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Relieves correspondientes a uno de los capiteles de la colegiata de Santa María la Real de Nieva.Algún autor considera que se trata de una de las escenas que forman parte del calendario sobre «los trabajos y los días», concretamente aludiendo al mes de septiembre: un caballero sobre un corcel, coronado con una guirnalda de flores, porta un azor en su puño izquierdo y una gran rama de árbol en el derecho, apoyada sobre su hombro. Delante aparece un segador manejando la guadaña, en lo que sería una escena correspondiente al mes de junio. La combinación simultánea de ambas escenas en este capitel podría servir para simbolizar el esfuerzo del hombre medieval por hacer retroceder el bosque y extender el mundo de lo agropecuario.

En primer lugar, las técnicas rudimentarias utilizadas limitaban su extensión. Los espacios cultivados eran clareos dentro del monte, sin que hubiera una separación muy clara entre lo cultivado y lo montuoso. Los clareos tenían un aspecto bastante caótico, ya que los campesinos dejaban en las rozas los tocones y los grandes árboles que no llegaban a eliminar. En segundo lugar, el sistema de cultivo estaba basado en lo que se llama el terrazgo de monte. Por la ausencia de fertilizantes, los campos se cultivaban varios años, y luego se abandonaban. Los tocones que no se habían arrancado rebrotaban rápidamente y volvían a cerrar la roza abierta en el monte. En los pinares, las semillas pronto colonizaban el espacio abandonado y, con el tiempo, los pimpollos volvían a formar un monte alto. En los montes de encina y de roble, los efectos de la roza eran más duraderos: muchas veces, el monte alto inicial era sustituido por un monte bajo en el que dominaban las matas compuestas por rebrotes de cepa. La dispersión de parcelas temporales de cultivo por el monte duró hasta casi finalizar el medievo, salvo cerca de las ciudades, donde muy pronto existieron campos cultivados permanentes. Es sólo en el siglo XV cuando se estableció definitivamente la división del campo en dos hojas de cultivo. El terrazgo de monte fue entonces cambiado por el sistema de año y vez, lo que implicaba la presencia de un espacio cultivado duradero y bien diferenciado del monte (Huetz de Lemps, 1962; García Fernández, 1965).

Aparte de los cultivos, el monte era también una despensa de carne. Los animales domésticos, salvo el cerdo obviamente, no eran criados por su carne, sino más bien para ser utilizados como medio de transporte, fuerza de tracción, por su leche y su lana. La carne que consumían los campesinos provenía sobre todo de la caza en el monte.

Usaban técnicas simples pero muy eficaces: trampas con lazos, redes, palos untados de pega o piedras puestas en equilibrio y sujetas por una ramita con el propósito de aplastar, o al menos atontar, una presa atraída por un cebo. Con estas trampas atrapaban codornices, perdices, conejos, gazapos, liebres y otros pequeños animales. En los ríos, echaban hierbas tóxicas mezcladas con cal para pescar truchas y salmones. Esta técnica estaba prohibida por el rey: Manda el rey que ninguno non eche yervas ni cal en las aguas, nin otras cosas ningunas, porque mueran los pescados (Sáez, 1956). Sin embargo, como muchas otras prohibiciones, no debió tener mucha efectividad para limitar esta primitiva forma de pescar.

El saber popular, que se transmitía de generación en generación, incluía también la clara identificación de plantas con poderes curativos. Había un sinfín de plantas con las que se elaboraban remedios aprovechando sus raíces, sus hojas, su corteza o su savia. Algunas de estas preparaciones servían para curar las agresiones de los animales. Contra

el veneno de las serpientes se tomaba un brebaje de hojas de fresno, mientras que para las picaduras de insectos, especialmente de las avispas, se ponía directamente sobre la piel un poco de savia de higuera. Contra las enfermedades crónicas, ligadas a las pésimas condiciones de existencia, como las afecciones de las vías respiratorias, empleaban frutos de enebro y raíces de pino cocidos en agua para hacer gargarismos. Ciertas preparaciones eran algo más elaboradas. Por ejemplo, para luchar contra los problemas renales se cocían en vino tinto yemas de encina.

Después de cocerlas, se aplicaba como emplaste sobre la vejiga para retener la orina (Herrera, 1513).

 Los montes cercanos y los bosques lejanos

Las formas de aprovechamiento de los montes dependían de muchos factores. Entre otros, el estatuto jurídico del monte, su significado en la organización del espacio rural y su distancia en relación con el núcleo de población, condicionaban su explotación. Los juristas del medievo tenían perfectamente conciencia de ello. Distinguían tres grandes tipos de montes: los montes cercanos, las dehesas y los bosques lejanos.

Los montibus, montes cercanos

En 1143, en el deslinde hecho entre los pueblos de Cubo y Cubillo, situados al sur de Zamora, en la actual Tierra del Vino, se diferenciaban claramente los montibus de los nemoribus (Rodríguez, 1990). Esta diferencia vuelve a repetirse en muchos documentos de la época, aunque los nemoribus puedan ser designados por otras palabras como silva, nemus, sierra, montaña. Los montibus eran montes que pertenecían al espacio doméstico. Al estar situados cerca de los pueblos, los campesinos podían ir y volver en el día, sin necesidad de pernoctar en el monte. Pertenecían a menudo a los bienes comunales, y su acceso no estaba sometido a ninguna restricción (Martín, 1990). Toda una red de caminos recorría estos montes y les unía a los pueblos próximos.

Los hombres ejercían una fuerte presión sobre los montes cercanos, que soportaban el peso de la mayoría de las servidumbres. Para los rebaños estantes de ovejas y de cabras, eran el lugar habitual de pastoreo. Los animales encontraban en los montes zonas de alimentación variadas, con pasto y muchos arbustos de los cuales apreciaban particularmente los frutos —zarzamora, espino, enebro…—. Los campesinos sacaban también provecho de los frutos silvestres. El fuero de Soria autorizaba la recolección a mano de avellanas, guindas, bellotas —lande— y también de frutos hoy olvidados, como los del tejo, del que sólo la semilla es comestible, y la majuela: non aya montadgo por texo ni por azeuo que traya acuesta, ni por coger mayella ni cereza amano, ni por lande (Sánchez, 1919). En Ledesma se protegía a las encinas o a los robles que solían llevar bellotas buenas para comer (Fuero de Ledesma; Castro y Onís, 1916).

Alonso de Herrera, en su Libro de Agricultura, explicó de qué manera se consumían las bellotas: acorren mucho a los años esteriles de pan, y guardanse bien en lugares enxutos, y despues secas las muelen, y hazen pan dellas en muchas partes, y son buenas sobre mesa; son mas dulces assadas en ceniza caliente que de otra manera (Herrera, 1513). En algunas zonas de montaña las castañas tenían el mismo papel alimenticio que las bellotas. Así ocurría en el Bierzo, donde los castaños fueron introducidos ya en época romana para alimentar a los esclavos que trabajaban en las minas de oro —Las Médulas—.

Las servidumbres de leña se ejercían en los montes cercanos. Se podía traer leña seca todo el año. Pero la corta de leña verde se permitía solamente durante el otoño y el invierno, y en muchos pueblos estaba regulada mediante el sistema de las suertes. La encina y el roble, por su excelente poder calorífico, eran los árboles más explotados para leña.

Pero en las tierras de pinares de Ávila, Burgos, Segovia, Soria o Valladolid, donde carecían de estas quercíneas, aprovechaban la leña de pino, incluyendo las piñas. Debido a la fuerte presión que ejercía la población castellano-leonesa sobre este recurso, se vedaba la comercialización de leña fuera del alfoz de cada concejo, y se prohibía a cualquier forastero cortar leña en un término ajeno, como consta en las ordenanzas de Ávila (Marqués de Foronda, 1917).

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