ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – XI

El bosque oculto en la palabra

La lengua, cualquier lengua, no es solamente un instrumento que nos facilite la comunicación con nuestros coetáneos.

Cada lengua atesora, y a veces esconde, imágenes de la memoria histórica del pueblo que la ha utilizado a lo largo del tiempo. Es verdad que en muchos casos esa información no es fácil de conseguir pero, convenientemente analizadas, las palabras transmitidas de boca en boca durante siglos pueden ser también una peculiar máquina del tiempo que nos permita ver cómo eran en el pasado un territorio y las gentes que lo habitaban. Con ese objetivo están escritas las páginas que siguen, en las que se pretende hacer un recorrido —obligadamente apresurado— por el léxico histórico y actual relacionado con los bosques. Bien es verdad que el objetivo no es tanto diseccionar el origen etimológico de las voces citadas como tratar simplemente de entender e interpretar un topónimo. En otras palabras, se busca únicamente utilizar la lengua como testigo histórico que nos revele el aspecto que tenía hace siglos ese territorio que hoy conocemos como Castilla y León.

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Mapa modificado del Atlas Lingüístico de Castilla y León (ALCyL) que cartografía las respuestas obtenidas en el ámbito rural para denominar un lugar poblado de árboles. Los lugares investigados muestran las diferencias y las coincidencias al nombrar una misma realidad. La forma mayoritaria para identificar un lugar cubierto de árboles en Castilla y León no es bosque sino monte, voz que resulta exclusiva en Salamanca y Ávila y casi otro tanto en Zamora. En el caso de [aído], estamos ante una variante popular de haedo, que lo es a su vez de hayedo. La respuesta touza relaciona al monte con toza «tocón, cepa de un árbol», de la cual brotarán nuevos tallos que dan lugar al vocablo mata, cuyo uso como apelativo hoy está en declive pero que, como muestra la toponimia, era voz patrimonial para expresar el concepto que nos ocupa.

 Las fuentes de información

Para lograr este fin, el investigador dispone de varias fuentes informativas entre las que destaca, como es lógico, el análisis de textos históricos en los que se trate directa o indirectamente de estos asuntos. El comentario filológico de textos como los de la documentación medieval acumulada en catedrales y monasterios o el del Libro de la Montería pueden aportar un buen volumen de información. Especialmente este último, si tenemos en cuenta que es una relación de los bosques aptos para la caza existentes a mediados del siglo XIV en el territorio de las coronas castellana y leonesa.

El resultado que a nosotros nos interesa de este inventario es la recopilación de varios miles de topónimos con los que se designan precisamente esos bosques, y que constituyen una riquísima fuente de información de la época.

Por otra parte, en esta labor detectivesca en la que la carga de la prueba se basa en la lengua, contamos con una fuente de información impagable en la toponimia. Los nombres de lugar, por su propia naturaleza, son enormemente resistentes a los cambios. Cuando un topónimo está bien asentado, se aferra al terreno de tal modo que, aunque el motivo que lo originó desaparezca incluso de la memoria de los hablantes, su denominación pervive durante siglos. La toponimia se convierte de este modo en una fuente de información importantísima respecto al pasado de una región o comarca. Y muy particularmente en aquellos aspectos que con más facilidad pueden verse alterados. Mientras que la orografía o la red hidrográfica —dos de los capítulos que con más frecuencia originan nuevos topónimos— no cambian fácilmente, sólo es necesaria la mano del hombre para que terrenos cubiertos por un tipo de cultivo o de arbolado cambien por completo en pocos años. Aún así, la toponimia seguirá denominando durante siglos, por ejemplo, Rebollar a una localidad en cuyo término ni siquiera los más viejos del lugar tienen conciencia de que un día crecieran y abundaran allí los rebollos. Esa persistencia es lo que hace que la toponimia aporte tantos datos de interés al estudio histórico de la flora en un territorio dado.

En el caso de la llamada toponimia mayor, la consulta de los diversos tipos de nomenclátor facilita mucho el trabajo.

No ocurre lo mismo con la toponimia referida a pagos, montes o caminos, de la que no hay más que relaciones parciales y para la que, por sus propias dimensiones, sería imposible pensar en listados exhaustivos. En la bibliografía final se citan algunos trabajos sobre toponimia de zonas concretas de Castilla y León —o áreas cercanas— que puedan resultar útiles a quien trabaje en este campo desde fuera de la filología.

Finalmente, un tercer apartado lo constituye el recurso al léxico actual, a sus diferencias geográficas, a su uso dialectal…, datos que pueden ayudarnos también a desvelar el pasado a través del estudio etimológico. Quizá la fuente más completa para saber cómo está representado el léxico referente al bosque y al arbolado en el habla popular de una región tan amplia y lingüísticamente dispar como la nuestra sea el Atlas Lingüístico de Castilla y León ALCyL—. Dada la forma de trabajar para la confección de un atlas lingüístico, podemos ver reflejadas sobre el plano de una región tanto las diferencias como las coincidencias a la hora de nombrar una misma realidad a lo largo y ancho del área encuestada. Por lo que al ALCyL respecta, la encuesta incluía un puñado de preguntas referentes al bosque, al arbolado y al léxico relacionado con ellos. No todas obtuvieron respuestas suficientes como para cartografiar los resultados, pero incluso esto, la falta de respuesta, puede ser significativa desde el punto de vista lingüístico. Más adelante veremos algunos ejemplos procedentes del ALCyL. 

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El término «dehesa» (del latín defesa) se ha utilizado desde antiguo en toda la región para terrenos reservados para su aprovechamiento ganadero, en los que habitualmente se mantenía el arbolado como elemnto esncial para este uso. Dehesa de San Pedro. Cevico Navero (Palencia).

Los nombres genéricos del bosque: el léxico

En todo caso, las respuestas de un atlas lingüístico siempre aportan materiales de interés. Por ejemplo, si le preguntáramos a una persona de nuestros días que se mueva en ambientes urbanos cómo denominaría a un lugar poblado de árboles, seguramente nos lo definiría únicamente como bosque. El mapa nº 415 cartografía justamente las respuestas a esta cuestión y los resultados —no olvidemos que las preguntas se han hecho en el ámbito rural— son bien distintos. Aunque también se usa bosque, la forma mayoritaria para identificar un lugar boscoso en Castilla y León no es bosque sino monte, voz ésta que llega a resultar exclusiva en Salamanca y Ávila y casi otro tanto en Zamora, además de figurar bien representada en el resto de las provincias. Junto a estas dos respuestas —bosque y monte—, que se reparten la inmensa mayoría de los puntos encuestados, figuran algunas otras que, pese a ser minoritarias, son también muy significativas.

Es el caso de algunas voces de introducción más o menos reciente en el habla popular como puedan ser arboleda o plantío, en puntos dispersos de las provincias más orientales —Burgos, Palencia, Segovia y Soria—. En otros casos, se trata de la adaptación semántica de voces que originariamente nada tienen que ver con este significado, como montaña —un punto en Soria— o sierra —dos en Segovia— que, sin embargo, hacen una curiosa identificación entre un tipo de terreno y su aprovechamiento.

Pero resulta mucho más interesante constatar la existencia viva de voces ya poco usuales en la lengua general: así, por ejemplo, un bardera localizado en el extremo oriental de Soria que será un derivado de barda, éste quizá con el significado de «zarza», y que indicará entonces «monte bajo»; de forma similar, pero ahora en el extremo occidental zamorano, nos encontramos con un par de respuestas, touza, que relacionan el bosque con toza «tocón, cepa de un árbol». En el caso de [aído], en el que la transcripción fonética quizá resulte engañosa, estamos ante una variante popular de haedo, variante a su vez de hayedo.

Además de los cambios formales, la identificación de un hayedo, con el nombre genérico bosque sólo es posible en una zona —la referencia está tomada de un punto en Soria— en la que lo usual sea que las zonas de arbolado estén compuestas mayoritariamente por hayas. Por último, hay que destacar la conservación de dos de las voces que tradicionalmente sirvieron para denominar lo que hoy conocemos como bosque. Es el caso tanto de mata como de soto, vocablos cuyo uso como apelativo hoy está en declive pero que, como demuestra la toponimia —donde ambos abundan tanto como escasean los bosques—, históricamente eran las voces patrimoniales para expresar el concepto que ahora nos ocupa. Curiosamente sólo en dos puntos del ALCyL, ambos en León y en los dos casos alternando con el genérico monte, se registra mata. A ellos puede añadirse otro punto en Burgos y, de nuevo, uno más en León, en los que se obtiene la respuesta matorral. De modo parecido, el genérico soto con el significado de «bosque», y no necesariamente con el sentido específico de «arbolado en las márgenes de un río», lo encontramos únicamente en tres puntos del Sur de Palencia y uno más en la zona colindante de Valladolid. 

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Panorámica de los pinares de Peguerinos (Ávila). El nombre de esta población alude a una actividad importante hasta hace un siglo aproximadamente: las pegueras, que eran unos hoyos o construcciones (hornos de destilación) donde se quemaba la leña de pino para obtener pez. En la fotografía inferior se aprecia el resultado de una actividad complementaria, en esos mismos pinares: la extracción de teas de la parte inferior del tronco de los árboles.

Los nombres genéricos del bosque: la toponimia

Contrasta la situación que refleja el Atlas con la que nos deja ver la toponimia, y que necesariamente hay que considerar como un reflejo de la lengua utilizada hace siglos. No hay entre los nombres de población —o son muy escasos— denominaciones originadas sobre la voz bosque. Por su parte, en el caso de los topónimos procedentes de monte o sus derivados, no resulta fácil saber si han de identificarse con el significado primario de «elevación » o con el secundario de «bosque» que la voz ha tomado posteriormente. Por el contrario, pocas dudas caben a la hora de explicar los topónimos formados sobre mata o soto, tan abundantes ambos que han de considerarse como las formas patrimoniales con las que más frecuentemente se identificaron históricamente las áreas de arbolado.

De mata, atendiendo únicamente a los nombres de localidades de la geografía castellana y leonesa, encontramos abundantes ejemplos, tanto de la forma simple —La Mata, Las Matas, Matilla, Mata de…, especialmente en Segovia y en León—, como de formas compuestas: Matabuena, Matamala, Mataluenga, Matallana, Matachana —en todos ellos el sustantivo mata va seguido de un adjetivo que lo determina— Matalobos, Matandrino, Matapozuelos, en los que tendríamos originariamente un mata de lobos, o formas similares, luego reducido a matalobos, con aféresis de la preposición /de/. Añádanse los frecuentes compuestos en los que mata forma parte del determinante, como en Villamoratiel de las Matas o Joarilla de las Matas y, sobre todo, la abigarrada presencia de mata en la toponimia menor de la región, para poder hacernos una idea de la abundancia de matas «bosques» existentes en el pasado y desaparecidos hoy, de los que sólo perdura su recuerdo en una toponimia fosilizada desde hace cientos de años.

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Algo similar ocurre con soto, del latín saltu, y sus derivados: tanto la forma simple Soto como el diminutivo más común Sotillo —además de otros como Sotico o el occidental Sotelo— aparecen con frecuencia en la toponimia regional, si bien en mayor número en la provincia de León. En otros casos, es un compuesto del tipo del burgalés Sotovellanos, donde parece indicarse cuál era el arbolado más frecuente en el soto que da lugar al topónimo; quizá algo similar ocurre en Sotosalbos —Segovia— o Sotalvo —Ávila—, etc. Incluso en algún caso el étimo puede estar tan escondido que resulta irreconocible: Sandoval, junto al Esla, en León, con un celebre monasterio, no es, pese a las apariencias, el nombre de un supuesto santo llamado *Doval sino, como demuestra sobradamente la documentación antigua, la complicada solución a la que llegó la secuencia saltu novale, es decir, el soto convertido en terreno de cultivo —noval— por la ampliación del terrazgo en algún momento de la Edad Media.

En el caso de soto conviene aclarar un aspecto de su significado que no siempre ha estado claro. El propio Diccionario de la Real Academia Española define esta voz como «sitio poblado de árboles en la ribera de un río» y sólo secundariamente da el significado de «sitio poblado de árboles y arbustos» sin tomar en cuenta el lugar en el que se ubique y su cercanía al río. Pues bien, el significado originario de esta palabra es el segundo, por lo que muchos de los topónimos en los que el nombre se fijó ya en la Edad Media pueden partir del significado genérico de «bosque» y no del específico con el que se suele entender hoy. Una buena prueba del sentido y la vigencia que esta voz tiene a lo largo de la Edad Media en castellano nos lo proporciona un texto de carácter enciclopédico de 1494, De Propietatibus Rerum, que describe así el soto, al que se refiere con el término latinizante salto: «Salto es en lugar hondo & silvestre o salvaje donde los arboles salen & creçen en alto segun dize Isidoro en el libro .xiiii. E dize Isidoro en el libro .xvii. Salto es una espessura de arboles muy alta llamada por este nombre porque se levanta & creçe en alto & es diferente de la selva: ca en la selva creçen mas arboles & mas pequeños & mas espessos & mas allegados el uno al otro. E en el salto no hay tantos arboles mas son mayores e mas altos & por esto la selva es un bosque espessos: baxo donde mucha leña se corta & gasta. El salto pues & la selva & los bosques son lugares inhabitables & desiertos donde naçen & creçen muchos arboles que no levan fruta & pocos dellos que frutifican & los mayores & mas altos e grandes generalmente son aquellos que no frutifican eçepto pocos: es a saber los robles, las enzinas & las hayas» (De Propietatibus Rerum).

Como puede verse, este texto de finales del siglo XV, juega con los términos soto, selva y bosque, que no considera sinónimos sino que los presenta con significados ligeramente distintos. Por eso extraña aún más que, pese a lo bien representado que está soto en la toponimia, las otras dos voces —selva y bosque— prácticamente no aparezcan en el nomenclátor de la región. La explicación está seguramente en que estos dos términos, que el autor parece reservar para el bosque bajo, con mezcla de matorral y arbolado, no son palabras de uso general en la tradición léxica de Castilla y León. Para indicar ese tipo de arbolado se prefiere seguramente el citado arriba mata —éste sí bien representado en la toponimia— o, sobre todo, el genérico monte, usándolo sin referencia orográfica alguna.

Claro que dilucidar si un topónimo formado sobre monte tiene uno u otro significado —bien el original latino de «altozano», bien el iberorromance de «bosque»— sólo es posible conociendo los detalles concretos de cada caso: así, por ejemplo, el de una localidad al Sur de León, denominada Riego del Monte, por cuyo casco urbano corre un reguero —de ahí el riego— pero que, tanto el núcleo como el término del pueblo, están asentados sobre una zona absolutamente llana, por lo que el determinante del Monte, es obvio que nada tiene que ver con una elevación del terreno. Eso sí, no muy lejos de los límites de este pueblo aún subsiste una pequeña mancha de encina y matorral que siglos atrás debía de ocupar una extensión mucho mayor. En definitiva, como ocurría con los mata citados arriba, estos monte indican precisamente la existencia de ese tipo de vegetación.

Bien significativo es a este respecto el mapa nº 407 del ALCyL en el que se cartografían las respuestas para la denominación dada a un «lugar plantado de encinas» entre las que abunda, además de otros términos específicos a los que volveremos más adelante, el término genérico monte, sin necesidad de especificaciones. Esta equiparación entre monte y encinar —con ejemplos en todas las provincias, aunque mucho más frecuentes en Zamora, Salamanca, Valladolid y Ávila— indica bien claramente que las zonas de bosque que se conservan en estas áreas tienen como especie más representativa a la encina, lo que ha permitido la identificación entre el término genérico monte y el específico encinar, utilizados casi como sinónimos.

No son éstos los únicos nombres usados como colectivo para un bosque o para zonas de arbolado. La lista podría alargarse más pero, antes de entrar en nombres de especies concretas, hay que hacer mención al menos a algunas voces hoy poco conocidas. Es el caso, por ejemplo, de ponjo(s) y, sobre todo, del derivado ponjal. Esta voz pervive en la actualidad sólo en la toponimia pero aún se usaba como apelativo en el siglo XVIII: en el Catastro de Ensenada, todavía figuran en los censos de algunos pueblos leoneses fincas identificadas como ponjales, es decir, fincas con arbolado pero no frutales sino madereros, lo que en la práctica suele equivaler a terrenos con chopos, olmos o cualquier otro árbol no frutal (Morala, 1990, p. 293-296). En circunstancias similares debe de estar el arabismo moheda, voz que sigue apareciendo en el DRAE «monte alto con jarales y maleza», pero del que no se constata su uso actual como apelativo. Sí lo hace como tal en los documentos medievales de compraventa castellanos en relaciones de tipos de fincas —huertos, linares, mohedas, montes…— y también figura como topónimo para varios bosques en el Libro de la Montería: La Moheda, Las Mohedillas (Ruhstaller, 1995, p. 134). Un caso más: al menos en la toponimia de Zamora y de León figuran en varias ocasiones como nombres de montes, términos como ramajal, ramayal o ramajosa. En todos ellos la referencia última sería rama o ramo, incrementado por un derivado locativo-abundancial, y probablemente harán referencia a zonas de arbolado cuyo principal aprovechamiento es la producción de leña.

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Tras el paso de las llamas, pinares y enebrales ofrecen durante decenas de años un aspecto desolador, en que sólo se yerguen los troncos de color plateado. Es posible que los numerosos topónimos con la raíz prerromana kand-, como Candanedo, tengan este origen. En la imagen, enebral rastrero más de diez años después de su quema, en Portilla de Luna (León).

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