Otoño – Alberto de la Madrid

Otoño
Alberto de la Madrid

Y ya que estamos en tierras machadianas, Cidones, punto de arranque de la excursión del poeta que le llevaría a las tierras de Alvargonzález, no estaría de más hacer mención a Leonor, aquella muchachita de quince años (¡quince años!) que fuera esposa de don Antonio y a la que rindió enamorado tributo después de su muerte, ocurrida dos años más tarde, en estas tierras de Soria. No sabría expresar exactamente cuales son los pasos que me llevan a poner en relación asuntos de tan diferente condición, sin embargo intuyo que, como tantas veces, el ser humano, apasionándose, dedicándose de por vida a determinados asuntos, poniendo en relevancia unos, minimizando otros, se comporta con cierta ridícula arbitrariedad que deja con frecuencia “su cuidado entre las azucenas olvidado”. La profunda depresión de Machado ante la muerte de su joven esposa apunta precisamente a ello. Una niña de la que se enamoró cuando ésta tenía trece años habría podido ser suficiente para llenar un buen pedazo de la vida de este poeta.

La cortina de agua que cubría los cristales del coche dio paso a un bello arco  iris. La tormenta se alejaba hacia los altos de Urbión. Quedó una plácida tarde con un ruido de truenos en el horizonte. Una larga fila de chopos, con el amarillo del otoño en sus ramas, señalaba la línea del río.

laguna negra-1

LAGUNA NEGRA Y URBIÓN. Frío por la noche, terminé escribiendo con los pies metidos en el saco. Dormi no obstante desnudo. La luna asomaba por la ventanilla trasera del coche, transcurrió mucho tiempo antes de que me durmiera, era agradable saborear el final del día en el calor del saco mientras fuera estaba la noche y el frío. Sensaciones de vida nómada, la certeza de que me tendré que acostumbrar al frío, cada noche un paisaje diferente, un cielo distinto, el placer de conducir despacio mirando intensamente lo que me rodea.

De camino a la Laguna Negra me sorprende el esplendor otoñal, los servales como llamas apagadas por la niebla, las hayas doradas, el verde ligero del pinar. Las laderas forman un suave tapiz salpicado por el verdor de los pinos entreverado por las difusas manchas de los hayedos. Paseo por el bosque a la busca del rincón encantado, de la delicadeza de unos tonos, del rumor de algún arroyo; algunos saltos de agua corren por los pies del bosque; un enorme tojo se levanta oscuro entre las hayas, fornido, robusto, aislado, masculino, hombre entre la femenina exuberancia de las hayas que van desnudándose poco a poco haciéndose livianas, como muselina entre la masa arbórea de los pinos. El camino se eleva por el oeste atravesando pequeñas cascadas. La laguna en la que yace el cuerpo masacrado de Alvargonzález, negra, como corresponde a la leyenda, ha sido domesticada por las autoridades, rodeada de balaustradas, puesta al servicio del turismo de masa, pero basta caminar un poco para recobrar la sensación de la salvaje belleza que proporciona el conjunto, los grandes farallones, los colores cálidos de la vegetación, la niebla añadiendo su pincelada de misterio a la mañana.

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