ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – VII

La repoblación forestal

El más conocido exponente de la ambición dasonómica fue el Plan General para la Repoblación Forestal de España, llevado a cabo durante el gobierno del general Franco. En este periodo un sector de la administración forestal alcanzó un gran desarrollo, pues el Patrimonio Forestal del Estado fue dotado con un elevado presupuesto que, por ejemplo, supuso en 1954 el 1,6 % de los Presupuestos Generales del Estado. Gracias a sus recursos económicos acometió una política de adquisición de terrenos y, fundamentalmente, de repoblación forestal. Parte de lo vendido en el siglo anterior se volvió a adquirir. De las 316.691 ha propiedad del Estado en 1940 se pasó a 1.150.618 ha en 1984. El Plan se debió a Joaquín Ximénez de Embún y Luis Ceballos. Su redacción en 1939 supuso el fundamento teórico de una de las preocupaciones esenciales de los ingenieros de montes; pero su materialización no respondió al planteamiento de los autores.

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Completo manual práctico de repoblaciones de Joaquín Ximénez de Embún, editado en la segunda mitad del siglo pasado.

Fue escogido por el gobierno surgido de la guerra civil como instrumento para acceder hasta el último rincón de la España rural y contribuir a paliar la penosa situación de la población campesina. En 1940 la actividad agraria incluía al 50,8 % de la población activa; como señaló Elorrieta (1934), es indudable que [la repoblación forestal] constituye la solución más apropiada en el caso de un paro obrero, porque, no necesita, en general, para la mayor parte de sus trabajos el aprendizaje ni la especialización, porque pueden emprenderse casi todos aquellos en cualquier momento y porque las consignaciones y créditos concedidos para ellos se consumen, en su casi totalidad en jornales. Merece recordarse que en las Juntas provinciales de paro creadas al inicio del nuevo régimen participaba el ingeniero jefe del distrito forestal (Gómez Mendoza & Mata Olmo, 1992).

El fundamento técnico del Plan asumió que la degradación forestal imperante se podía invertir mediante la repoblación con pinos. Estas coníferas detienen la regresión y reanudan la dinámica en sentido ascendente, pues son especies pioneras presentes de forma natural por todo el país, de temperamento rústico, fáciles de cultivo a raíz desnuda y de soportar su plantación con éxito.

Su elección como sujetos de los trabajos de repoblación permitió recuperar para el monte alto lo que se había perdido por siglos de disfrute de los montes en el medio mediterráneo (Gil & Prada, 1993). Ceballos y Ximénez de Embún fueron retirados de la ejecución del Plan. El empleo de los pinos como especies básicas para la restauración de terrenos degradados se generalizó; pero sólo era uno de los puntos de actuación, pues los autores señalaron como primer cometido recuperar los bosques de frondosas en los lugares donde existieran suelos dispuestos a admitirlas y, como segundo, que se favoreciera la entrada de las frondosas en los pinares existentes. Tampoco se cumplió la directriz que enfatizaba procurar una intensa colaboración del interés particular, mediante la experimentación, enseñanza y divulgación de los conocimientos forestales.

La repoblación con pinos y la ejecución de terrazas con maquinaria pesada sustentaron las grandes críticas a la actividad forestal. A mediados de la década de 1970 se habían reforestado en las provincias castellano-leonesas cerca de 337.000 ha, de las cuales 145.000 con Pinus sylvestris y 106.000 con Pinus pinaster (Ortuño y Ceballos, 1977). El acierto con la elección de los pinos y lo prolongado del periodo franquista contribuyó a que la acción repobladora se acabara vulgarizando. Al unir la política de los grandes embalses con la reforestación de sus cuencas, la superficie prevista para repoblar se incrementó y la ejecución anual se convirtió en una carrera para superar la cifra del año anterior. La falta de jornaleros justificó el incremento de la potencia de los tractores, mecanización que fue bien recibida y promovida por los sectores próximos a la ingeniería civil dentro del colectivo.

Las nuevas repoblaciones tuvieron un patente efecto visual.

Los «eriales a pastos», terrenos que habían soportado durante siglos el fuego y la uña del ganado, y cuyo horizonte orgánico era casi inexistente dada la escasa cobertura vegetal, recibieron una nueva intervención considerada muy agresiva por ciertas sensibilidades. Las montañas españolas, hasta entonces solar de la cabra, de la oveja y de sus pastores, fueron acotadas. Al poco tiempo se empezaron a ver laderas y más laderas con una regular delineación de sus cotas de nivel a escala natural. La ejecución mecanizada de las terrazas permitió mantener el ritmo repoblador y cumplir con el objetivo protector que se había establecido, pues a los pocos años el suelo se cubría por las copas de los pinos y el rayado quedaba oculto, dejando como único responsable del impacto ambiental a los árboles situados en hileras delatoras. El ICONA, organismo que integró a los técnicos repobladores adscritos al Patrimonio Forestal del Estado junto a los forestales que gestionaban los montes públicos en los Distritos Forestales, fue un organismo dirigido por los primeros y continuó siendo repoblador y, hasta el trasvase de competencias a las Comunidades Autónomas, la entidad con mayor capacidad de generar empleo en las comunidades con predominio de jornaleros.

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La repoblación forestal ha supuesto un cambio destacado en los paisajes de nuestras montañas, transformación que ha ido paralela a la pérdida de otras actividades y características del mundo rural, hoy prácticamente desconocidas. La repoblación de Cistierna se inició hacia 1949 sobre unos terrenos destinados durante siglos a su aprovechamiento ganadero. Se trata de una peña caliza en la que subsistían algunas encinas en la parte más alta y un pequeño hayedo en la umbría posterior, no apreciable en la foto. En las zonas de mejor suelo se usaron arados de bueyes, pero la mayor parte está repoblada con técnica de hoyos manuales, en zonas de elevada pendiente. En algunas zonas había tan poco suelo que la gente cogía cubos de tierra de las partes bajas para rellenar los hoyos que abrían con azada y pico, para que los pinos tuvieran un puñado de tierra en que agarrar. Hoy la masa presenta grupos de pinos creciendo en cornisas entre farallones de roca, lo que le da aspecto de naturalidad. Las zonas más densas están comenzando a ser aclaradas, aunque con mucho retraso, entre otras razones por la dificultad de la saca. Las pocas encinas que quedaban antes de la repoblación, y que se aprecian arriba a la derecha, se han desarrollado bajo la protección del pinar y han alcanzado notables dimensiones. La presencia de las encinas facilita una extensa colonización del pinar, que regenera abundantemente, junto con quejigos, en la solana. En la zona de umbría, al abrigo de la repoblación de pinos, el hayedo se expande (de 7 a 21 ha en este periodo). El nombre del monte es Redimora y La Peña, y tiene cerca de 300 ha arboladas, de las que el pinar ocupa unas 250, la mitad de Pinus sylvestris y el resto de Pinus nigra, apareciendo en muchas zonas entremezclados.

El ritmo llegó a superar las cien mil hectáreas anuales, y las cada vez más abundantes repoblaciones con pinos fueron asimiladas a la dictadura franquista. La denominada fitosociología sigmatista, que tiene su origen en la escuela de Zurich-Montpellier creada por Braun-Blanquet, decidió ignorar los pinares ibéricos como componentes de la vegetación de gran parte de la Península, ligando su presencia a repoblaciones antiguas. Atribuir los pinares históricos a la acción del hombre tuvo su antecedente en Hellmuth Hopfner (1950), autor alemán que opinó se debían a repoblaciones realizadas en tiempos medievales o a comienzos de la Edad Moderna. Esta idea la seguiría Bennasar (1967). Aunque en las fuentes documentales de la época se aludía tanto a repoblaciones de pinos como de encinas y otros árboles, sólo fueron proscritos los primeros, cuyo éxito se atribuyó a una teórica menor apetencia por el ganado y, también, a su reconocida mayor rusticidad.

Pero el establecimiento de pinares sólo ha sido posible cuando se les defiende del ganado. Además, se realizó con las semillas extraídas de piñas recogidas en localidades próximas como muestra la documentación medieval en Tudela de Duero (Pino, 1990).

Rivas-Martínez (1963) dogmatizó que los pinares eran el resultado de «repoblaciones antiguas» y separó a los existentes en «naturales» y «artificiales», descartando un papel fitosociológico para los situados fuera de los límites que determinó como naturales (Martínez & Costa, 2001). A partir de este momento se creó una corriente de opinión que se mantuvo arrogantemente como ecuménica. Todos los pinares, salvo los de alta montaña, fueron considerados procedentes de repoblaciones antiguas, sin necesidad de tener que evidenciar la certeza de tal aseveración. Lo que debía ser considerado como un ejemplo de actuación medioambiental de los primitivos concejos castellanos, en la búsqueda del beneficio comunal frente al abuso de los grandes propietarios ganaderos, fue considerado por extensión como una degradación del patrimonio natural.

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La presencia de pinares fue general en el valle del Tiétar. En los primeros tiempos de la reconquista, uno de los Arciprestazgos del obispado de Ávila se denominaba «de Pinares», figurando con este nombre en la consignación de rentas del cardenal Gil Torres en 1250. El río «Tiétar» (Teytar en una bula de 1217) se cita con el nombre Teide en el Ajbar Machmûa (una obra sobre los árabes españoles escrita a mediados del siglo X). La cita alude al lugar donde se juntaron Muza y Tarik antes de ir a guerrear a la comarca de Salamanca. El término teide procede del bereber teida, que designa a los pinos en esta lengua. El sustrato étnico guanche fue de origen bereber, como lo fue el de los conquistadores que entraron en la península en el año 711. Una de las características más destacadas de los tramos arenosos del río Tiétar es la masa de pinares a la que alude el hidrónimo, pinares que también son mencionados por una abundante documentación medieval. Gracias a la historia se concluye que los pinares no responden a una introducción, si bien la gestión del último siglo y medio, así como el valor de su resina, favoreció su expansión a partir de los matorrales de degradación. Las edades se han regularizado y se ha incrementando la densidad de la masa forestal, que está sometida a un aprovechamiento ordenado. La pérdida de valor de las leñas como combustible y la continuidad de las masas constituye uno de los principales problemas para su conservación, pues favorece sensiblemente el riesgo de incendio forestal.

Fue obligado demostrar la espontaneidad de los pinares.

Aunque aparece polen de pino en gran número de los yacimientos palinológicos estudiados, sin más argumento que el fitosociológico, el polen de pino no era aceptado como local y se le atribuía un origen regional, allí donde estuvieran presentes pinares de montaña, aunque fuera a más de un centenar de kilómetros. Ante estas opiniones elevadas a la categoría de axiomas, era obligada una actitud crítica. Los argumentos de Hopfner fueron rebatidos por Carlé (1976), pero las formaciones de pino negral (Pinus pinaster) o albar (P. pinea), propias de los arenales de la Meseta Castellana, fueron negadas por gran número de botánicos. Rivas-Martínez mantuvo durante varias décadas sus postulados iniciales, y en 1987 señaló el empleo de Pinus pinaster en repoblaciones como ¡inadecuado o regresivo! desde el punto de vista biológico e, incluso, manifestaba como dudosa la viabilidad de la especie en gran número de localidades, aunque constituyeran la vegetación predominante en las comarcas conocidas como «Tierras de Pinares», ya caracterizadas como tales en documentos medievales (Gil, 1991 y 1999). Las opiniones de la «escuela de Rivas-Martínez» dominaron la botánica española del último tercio del siglo XX y fueron asumidas por gran parte de la sociedad, siendo enarboladas por el movimiento ecologista, al cual ha estado vinculada en España la historia ambiental (González de Molina & Martínez Alier, 2001).

El aprovechamiento forestal del espacio agrario se criticaba en función de que la especie se considerase o no como autóctona, pero se toleraba el uso agronómico y se idealizaba el uso pecuario. Utilizando argumentos pretendidamente científicos, se llegó a afirmar que los campesinos no han estado preocupados por la valoración crematística de los recursos naturales y que poseyeron una visión conservacionista del ecosistema forestal más a largo plazo (Sabio, 2002). Ello, pese a la constante pérdida de espacio forestal público, pese a la aparición de enclavados para su cultivo o su apertura para favorecer el pastizal y conseguir las espesuras defectivas con que llegaron a la mitad del siglo XIX.

Los pinares de repoblación han sido y son, con frecuencia, mal valorados (Jiménez Blanco, 2002), y aunque se pueda discutir el método o el sistema empleado en las repoblaciones, no parece procedente generalizar el ataque a la especie objeto de la plantación. La caracterización dada a los pinos ha permitido generar una visión simplista y maniquea, observada en descalificaciones del tipo pinos polvorientos, cada uno idéntico al otro, con nada debajo de su cubierta, salvo su pinocha y la basura humana (Grove & Rackham, 2001: 69). Los pinares, cuya presencia está documentada por la palinología y por la historia, deben ser reconocidos por su valor utilitario, cultural y natural. 

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Durante los últimos cien años se ha producido una lenta recuperación del espacio forestal. Gracias a las repoblaciones iniciadas a partir de los años 40 del pasado siglo el proceso se aceleró por la protección que representó la nueva masa. Hoy, en pinares como el de Boca de Huérgano (León), especies más exigentes, como hayas, arces, serbales, cerezos, fresnos, acebos, robles, etc., se han ido instalando, según su tolerancia, a la sombra de los pinos o en los huecos abiertos por derribos naturales. En algunas zonas se extiende por el suelo una densa cobertura de arándanos, esenciales para la alimentación de especies como el oso y el urogallo, que también están presentes en el pinar.

«Saber es hacer»

Las tesis de Cotta, el ingeniero creador del espíritu dasonómico, inspiraron y convencieron a la mayoría de los forestales europeos por su sencillez y profundidad. El origen germánico de la Ciencia de Montes ha sido aludido de forma peyorativa; sin embargo, entre sus principios, destaca su aplicación universal: el fin y la localidad determinan la elección del método.

El desarrollo del conocimiento y de la técnica forestal estuvieron unidos a la acentuación en el colectivo de la contienda entre las corrientes existentes en su seno, como los ingenieros naturalistas o los ingenieros civiles; también la existente entre la selvicultura y la economía en el seno de la ordenación. Entre selvicultores y ordenadores, entre ópticas productivistas y criterios conservacionistas, se sitúan unos profesionales apasionados con su trabajo.

En general se simplifica su pugna como el resultado del conflicto entre científicos y técnicos, dualidad implícita en el lema: saber es hacer. Ciencia pura y ciencia aplicada

como base de la actuación forestal. Unidas, el resultado es el éxito, como lo muestra la amplia labor realizada. A pesar de la voluntad de integración de los dos conceptos, la  preponderancia del técnico es una controversia que, pese a iniciarse a finales del XIX, se ha mantenido y permanece viva en nuestros días.

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La creación de choperas es una de las actuaciones más extendidas en las márgenes de los ríos. El cultivo de árboles tiene una finalidad productiva, similar a la de cualquier cultivo agrario, pero del que se diferencia principalmente por los plazos que median entre el establecimiento y la cosecha. Las especies productivas como los chopos, ligados a la existencia de una capa freática, poseen una gran importancia económica y han permitido que el propietario privado se convirtiera en selvicultor, generando una formación forestal muy homogénea y carente de diversidad.Todos los pies pertenecen a un mismo clon en aras de maximizar el beneficio económico perseguido en los cultivos (Villabáñez,Valladolid). Como contraste, el otoño proporciona una gran belleza y cromatismo a estas formaciones.

La ciencia forestal es una compleja síntesis de disciplinas basadas en las ciencias naturales y en la ingeniería civil, pero presididas por una visión económica y normativa que pretende la gestión del espacio forestal, productor de bienes y servicios. Desde una visión utilitaria en sus inicios, aunque protectora, se impuso el uso múltiple tras incorporar su potencial recreativo. En la actualidad, se realza el papel protector y su capacidad de producir bienes intangibles como reguladores del ciclo hidrológico, sumideros de anhídrido carbónico u otros de tipo cultural o social ligados a sus valores naturales.

En un largo trayecto histórico, se ha pasado del miedo al bosque al deseo de que haya más bosques. Los animales salvajes, antes calificados como alimañas, son considerados como una curiosidad faunística que se debe proteger. La naturaleza ha pasado a ser un sujeto del derecho que requiere solidez en los fundamentos y objetividad en la argumentación, pues debe definir en función de qué intereses se establece el modelo de gestión.

En los paisajes de Castilla y León aún son significativos los matorrales, soporte del mundo pastoril, poseedor de una cabaña ganadera extensiva, subvencionada con dinero público recaudado mayoritariamente en las áreas urbanas. Por el contrario, los cultivos forestales suelen ser denostados; sin embargo, el valor de la producción de las 44.170 ha de choperas existentes en Castilla y León —la mitad de las españolas— supone el 36,45 % del total de la región, mientras que tal superficie apenas representa el 1,5 % de la considerada forestal arbolada. Predominan los espacios donde el arbolado es productor de bienes intangibles disfrutados de manera directa o indirecta por el conjunto de la sociedad. Poder incrementar la superficie arbolada requiere la existencia de una política que asuma la recuperación y gestión del espacio forestal bajo nuevos conceptos, y que busque el apoyo de los particulares, pues ellos son los propietarios mayoritarios del territorio, pero también de la ciudadanía, que con sus impuestos financia la gestión del medio natural.

Un objetivo es «saber qué hacer» con los pinares de repoblación.

Establecidos con densidades iniciales elevadas, requieren ser aclarados, pero muchos carecen de selvicultura por falta de un presupuesto que contemple una gestión adecuada, con la consiguiente pérdida de valor de los recursos directos proporcionados por el monte. En ciertas situaciones la extracción es más costosa que el valor de la madera. Los incendios se inician para favorecer el pasto, pero también son resultado de negligencias por el uso del fuego como herramienta agrícola, o tienen cualquier otra intencionalidad; sólo un 4 por ciento es de origen natural.

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Al final, el incendio llega a los pinares. La densidad del arbolado, su continuidad y la importancia superficial de la masa natural junto a la repoblada, los convierte en luctuosos protagonistas del verano. Los pinares deben ser considerados como el punto de partida hacia sistemas forestales de mayor nivel evolutivo, lo que resulta factible cuando el suelo lo permite, hay fuentes de semillas, se acota al ganado y se reduce la densidad del arbolado. En caso contrario el aumento de diversidad se puede conseguir con las medidas selvícolas adecuadas.

La política forestal debe programar una gestión activa de los montes; desde maximizar el incremento de la diversidad cuando el fin protector sea el principal, hasta atender al  aprovechamiento ordenado de sus productos. El aprovechamiento de las masas arbóreas potencia la estructura económica de las comarcas rurales cada vez más despobladas, camino de convertirse en desiertos humanos.

La profesión forestal, en todos sus niveles de formación, está en un momento de reflexión y de valoración de los criterios que definan la gestión del medio natural en el siglo XXI. El reto actual ha de contribuir a que la tradición iniciada por Agustín Pascual hace más de 150 años se mantenga, y a que se reactive la doctrina que le es propia.

Para el forestal la importancia ecológica de la biodiversidad se centra en la existente dentro de las especies que configuran el paisaje vegetal de un territorio. Le interesa la variación intraespecífica, aquélla con valor adaptativo; es decir, la que permite adaptarse a un posible cambio y, así, asegurar su persistencia y la conservación del recurso genético forestal. Gran parte de los ecosistemas terrestres depende de los árboles para el desarrollo de funciones, como el sostenimiento de la estructura del suelo, la fertilidad o la prevención de la erosión y de las inundaciones y, por ende, como sostén de la flora y fauna asociada, base de las demás formas de biodiversidad. Es obligada la gestión sostenible de los bosques, en definitiva, como productores de bienes y servicios medioambientales de carácter global que afectan a todo el planeta.

Los forestales están al servicio de la sociedad que los forma, que necesita de la presencia de profesionales que aúnen la creación y la gestión de los sistemas forestales.

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La redacción y ejecución de proyectos debe compatibilizar la función múltiple del espacio forestal, poseedor de valores naturales, protectores y productores. El uso múltiple de los bosques es una filosofía de los recursos que proporciona una base teórica que integra las diferentes vertientes que incluye la gestión. En ciertos espacios procede el desarrollo de los aprovechamientos con valor monetario, donde la aplicación de las leyes de la dasonomía persigue la eficiencia económica sin afectar negativamente al medio ambiente, a la vida salvaje que albergan o a su función como origen de los recursos hídricos. La obtención sostenible de beneficios facilita el asentamiento de la población rural y, ahora, también ha de contribuir al cumplimiento de los compromisos adquiridos por España a través del protocolo de Kyoto para la fijación del carbono. En otros ámbitos, la gestión está enfocada a la mejora de la calidad ambiental. El espacio forestal, frente al agronómico o pecuario, está unido a una menor intervención humana y a su disfrute por el conjunto de la sociedad. La calidad ambiental se evalúa en la medida en que se aproxima a sus valores naturales. Como la estructura actual de los montes es el resultado de un proceso histórico de utilización intensa, la no intervención mantendría las huellas de tal actividad, pero sin asegurar la preservación de los valores del momento.

En algunos casos es necesario programar una gestión activa de las masas forestales más singulares para conseguir avanzar a estructuras más próximas a las naturales, en las que se borren o suavicen las señas de la intervención humana. Una vez alcanzadas serán las leyes de la naturaleza las que dirijan su evolución. En el contexto económico y científico actual, parafraseando al fundador de la Ciencia de Montes, Agustín Pascual, transformemos en «montes», en espacios naturalizados, los recibidos como espacios intervenidos, como «forestas». La intervención humana, en uno u otro sentido, ha condicionado su evolución en los tiempos históricos. Hemos de tener en cuenta que sólo conociendo las claves del pasado podremos interpretar el presente y diseñar un futuro acorde con nuestras aspiraciones.

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