LOS HERMANOS BAROJA EN COVALEDA – 1ª Parte

PÍO Y RICARDO BAROJA EN COVALEDA: “A ORILLAS DEL DUERO”

Retrato de Pío Baroja

Retrato de Pío Baroja

En un frío mes de noviembre del año 1901, los hermanos Pío y Ricardo Baroja junto con un amigo suizo Schmitz, animados por una anterior excursión que realizaron Max Schultze (Schmitz) y Fernando Ossorio (Pío Baroja) a Peñalara y que Pío relató como folletín en las páginas de La Opinión.

El viaje de Pío y Ricardo Baroja a las fuentes del Duero fue una escapada a la naturaleza, un deseo de purificación por medio del paisaje y un reencuentro con la energía que brota de la fuente de la vida. El escritor nos relata que en Covaleda encuentran la compañía y acicate de dos guardias civiles. La presencia de uno de ellos, Miguel de Lope, pronto se haría notar en el grupo de expedicionarios.

Fue profunda la huella que dejó estos parajes en los dos hermanos. Ricardo Baroja realizó numerosos apuntes y bosquejos en el transcurso de este viaje. Estos apuntes rápidos fueron la base para posteriores aguafuertes y cuadros que retrataron su visión personal, tanto del paisaje soriano, como de sus habitantes. Pío Baroja plasmó las vivencias de esta excursión en una serie de artículos que tituló A orillas del Duero, que fueron apareciendo en el periódico El Imparcial entre los años 1901-1902. Aunque estos paisajes, con su montaña y con sus árboles que estoicamente resisten los rigores de este frío clima, significaron mucho más que unos simples artículos periodísticos. A partir de ese momento, esta dura tierra soriana aparecerá una y otra vez en sus escritos, como El mayorazgo de Labraz (1903). En 1904 escribió su novela más estudiada: La busca, primera parte de su trilogía La lucha por la vida. Los recuerdos y la experiencia vivida en Covaleda volverán a aparecer en sus escritos como El escuadrón del “Brigante” (1913), La Nave de los locos (1924), incluso en su libro de poemas Canciones del suburbio (1944). La fuerza de estos parajes y la de sus habitantes le acompañarán siempre, como la voz campanuda de Miguel de Lope exclamando con sorna: -No hay que pararse. Al que se pare le voy a dar cuatro palos.

itinerario

Estas publicaciones posteriores las analizaremos con más detalle más tarde en otra publicación. En esta ocasión, y debido a lo extenso de la publicación, os mostraremos en varios días, únicamente los artículos publicados en El Imparcial, relativos a la zona de pinares, obviando los que cuenta su llegada a Soria, ya que nada tienen que ver con Covaleda.

NOTA IMPORTANTE: Todas las ilustraciones que aparecen ilustrando los tres artículos pertenecen a Ricardo Baroja, y las realizó en este viaje. 

el imparcial

El Imparcial (Madrid. 1867). 9/12/1901, página 4.

 A ORILLAS DEL DUERO

Las fuentes del Río

 – Ustedes no llegan allá.

– Se van ustedes a helar.

– Debe haber más de una vara de nieve en el Urbión – dicen los aldeanos reunidos en la cocina de la posada cuando nos oyen hablar de nuestro proyectado viaje al monte. Nosotros sonreímos, como hombres que han subido al Jungfrau, y trazamos nuestro itinerario en una hoja del plano geológico, que causa, por sus colorines, la admiración más profunda entre la concurrencia.

A la mañana siguiente, antes de clarear, jinetes en malas caballerías, salimos de Soria, por la carretera de Burgos. El día se presentó tarde, triste. Hacía una niebla espesa; apenas se divisaba el camino, extendido entre dos filas de arbolillos sin hojas. En la yerba, adornada con flores de escarcha, veíanse manchones de nieve; a lo lejos, formas confusas de árboles y de casas; por el camino siluetas vagas y gallardas de hombres y de mujeres que en la niebla se perdían.

Llegamos a Toledillo, el primer pueblo de la carretera. No se veía más que el atrio de una iglesia. Desmontamos para entrar en calor, y curioseando vimos junto a una de las paredes laterales de la iglesia una puerta con una lápida encima que ostentaba símbolos de muerte: la calavera, las tibias y una cruz, y sobre la losa, un cráneo empotrado en la pared entre tres ladrillos.

Miramos por un resquicio de la puerta; se veía un cementerio, cruces carcomidas sobre zarzas y malezas. Montamos y echamos a andar. El suelo sonaba como piedra bajo los cascos de las caballerías.

Se pasó una aldea -tres ó cuatro casas a los lados del camino,- a la media hora se pasó otra.

Empezó a clarear la niebla, se veía ya más a lo lejos, robledales amarillos de color de cobre, prados por donde andaban los pastores, con amplias capas, corriendo tras las ovejas con los sendos garrotes enarbolados. Cruzaban el aire bandadas de cuervos, aparecía el sol en el horizonte gris como un disco pálido, como una luna amarillenta y enferma.

Ya se percibía la gente que cruzaba el camino; hombres de capa parda, de anguarina con capucha, que pasaban braceando siguiendo a las caballerías cargadas de leña ; mujeres envueltas en mantones oscuros, con franjas de carmín tostado, y pañuelos ceñidos a las sienes, que andaban balanceando la campana de su refajo.

La diligencia 380 x 360 mm. Litografía.Colección familia Caro Baroja, Vera de Bidasoa.Fue expuesta en la exposición de grabado, xilografía y litografía del Círculo de Bellas Artes en 1928. Es una de las dos únicas litografías de Ricardo Baroja que se conocen. Fue hecha cuando era profesor de la Escuela de Artes Gráficas y «El tema probablemente es un recuerdo de sus andanzas por tierras sorianas cercanas a Urbión, que parece identificarse con el monte nevado que se ve al fondo» (Pío Caro Baroja).

La diligencia 380 x 360 mm. Litografía. Colección familia Caro Baroja, Vera de Bidasoa. Fue expuesta en la exposición de grabado, xilografía y litografía del Círculo de Bellas Artes en 1928. Es una de las dos únicas litografías de Ricardo Baroja que se conocen. Fue hecha cuando era profesor de la Escuela de Artes Gráficas y «El tema probablemente es un recuerdo de sus andanzas por tierras sorianas cercanas a Urbión, que parece identificarse con el monte nevado que se ve al fondo» (Pío Caro Baroja).

El sol seguía en su lucha con la niebla, tan pronto vencedor como vencido. Íbamos por la carretera, entre campos de brezos y monte bajo, que alternaban con las heredades recién removidas.

Empezó a desfilar por el camino una interminable fila de carros de bueyes, cargados de madera aserrada y ramaje de roble; por delante de cada yunta, con la aijada al hombro, iban mujeres negruzcas con la cabeza cubierta por el refajo.

El sol parecía ya quedar vencido cuando llegamos a Abejar; pero de repente apareció el cielo azul, muy azul, y la luz se derramó a raudales por todas partes.

Dejamos las caballerías en una posada, comimos y después de comer nos echamos los morrales a la espalda, y a pie nos internamos en un pinar, en dirección de Molinos de Duero. El día estaba espléndido; al traspasar unas lomas, veíamos ya enfrente las montañas del Urbión, que brillaban con la pureza blanca de la nieve.

Camino de Soria140 x 280 mm. Aguafuerte y aguatinta Biblioteca Nacional, Madrid, núm. inv. 14443.Una segunda prueba de estado se conserva en la misma institución con el núm. de inv. 14444.Se puede situar con gran precisión el origen y proceso de los aguafuertes titulados Camino de Soria. Corresponden al viaje de 1901 sus apuntes iniciales y la localización geográfica en este caso es muy concreta gracias a la silueta del Pico Frentes. A la altura de Toledillo y después los viajeros se cruzaron con aldeanos que viajaban hacia Soria con sus carros cargados de leña.

Camino de Soria
140 x 280 mm. Aguafuerte y aguatinta Biblioteca Nacional, Madrid, núm. inv. 14443.
Una segunda prueba de estado se conserva en la misma institución con el núm. de inv. 14444.
Se puede situar con gran precisión el origen y proceso de los aguafuertes titulados Camino de Soria. Corresponden al viaje de 1901 sus apuntes iniciales y la localización geográfica en este caso es muy concreta gracias a la silueta del Pico Frentes. A la altura de Toledillo y después los viajeros se cruzaron con aldeanos que viajaban hacia Soria con sus carros cargados de leña.

A las tres ó cuatro horas llegamos a Molinos, y por una honda calzada entramos en la plaza del pueblo. A un lado y a otro asomaban casas arruinadas con viejos escudos nobiliarios. En el atrio de la iglesia el cura leía un periódico; delante da la puerta de su casa una vieja negruzca arrollaba el lino hilado en la devanadera.

Pasamos de este pueblo al de Salduero, y al entrar en los pinares espesos de la garganta da Covaleda, otra vez la niebla volvió a tenderse y a cubrirlo todo con un velo ceniciento.

En Covaleda fuimos al cuartel de la Guardia civil; llevábamos para el cabo, el jefe del puesto, una carta de recomendación. Cuando entramos en su casa, nos dijo que tenía dos hijos enfermos; el médico se hallaba allí recetando, con la boina calada y el tapabocas arrollado al cuello. El cabo leyó la carta, y nos dijo:

– Mañana irá una pareja por los pinares hacia el Urbión; si quieren pueden marchar con ella.

– ¿ Vendremos a buscarla?

– No. Irán por ustedes.

Al amanecer, después de una noche de insomnio, sobre duros sacos de paja, nos levantamos al oír a los guardias que hablan en la cocina. Nos prestan a cada uno un garrote para tantear la nieve, y con algo de comer que nos han preparado en la posada, echamos a andar detrás de los guardias, con los cuales hacemos conocimiento en seguida. Uno de ellos, Lope de Miguel, posee grandes bigotes amenazadores, ojos alegres, la expresión simpática; el otro tiene aspecto de un labrador castellano.

A primera vista, Lope de Miguel resulta imponente; pero pronto se comprende que, a pesar de su rostro terrible, es una buena persona, que ha trocado el carácter adusto y amenazador del guardia civil por la serenidad y la filosofía del hombre del campo.

La subida por los pinares es fatigosa; comienzan a aparecer manchones de nieve en los montes. La nieve está endurecida por el frío de la noche, en la cual descendió en la aldea la temperatura a 10 grados bajo cero. Nos detenemos a descansar un momento, y Lope nos grita con voz campanuda:

– No hay que pararse. Al que se pare le voy a dar cuatro palos.

y después añade riéndose:

– ¡Arriba, chiquitos!

Seguimos subiendo, hala, hala; dejamos atrás el pinar, y empieza a verse la sábana de nieve rota por los matorros y los brezos. Los guardias se inclinan hacia el suelo, y nos señalan huellas recientes de lobos que han pasado en grupo.

Vamos, sedientos, sudorosos, a pesar del Aire que corta como un cuchillo; las fuentes están heladas, y apagamos la sed con trozos de nieve.

– Al que vuelva a comer nieve -grita Lope- le doy cuatro palos. Se bebe vino, nada más que vino.

y añade riéndose y haciendo molinetes con su garrote: ¡Arriba, chiquitos! No falta más que media hora.

Pasamos el primer alto y aparece otro: el Muchachón lleno de nieve. Nos vamos hundiendo ya hasta media pierna. En la cumbre del Muchachón vemos un chozo cubierto de césped; a poca distancia hay un pino que tiene en lo alto varios tableros entre sus ramas gruesas. En los tableros dejan los guardianes de incendios y los pastores el hato y la comida, para que no se la devoren los lobos.

Desde el chozo se divisa una extensión enorme: Guadarrama como una muralla azul enfrente, los montes de Albarracín, la sierra de Carazo desnuda.

Una niebla alargada sigue el trayecto del Duero; en ella, como una isla en el agua, brota el cerro de Gormaz.

Hacia el Urbión la nieve reverbera blanca ofende la vista. Empezamos a subir; en el silencio solemne que reina, sólo se oye el crujido acompasado de la nieve bajo nuestros pies. El cansancio es grande, en los momentos de descanso baten las sienes con violencia y se respira con dificultad.

Llegamos al pico del Urbión; al Norte se ven las estribaciones de los Pirineos, el Moncayo como una pirámide blanca; a la izquierda los montes de Oca, las sierras de Burgos; mirando hacia Castilla la Nueva se divisan los montes de Toledo.

La luz es tan intensa, que las nubes blanquecinas parecen negruzcas; hacia Levante tienen los tonos cobrizas de un cielo tempestuoso.

En el fondo de un barranco nos muestran la laguna Helada, que no se distingue, cubierta como está por la nieve; desde el alto, como en el interior del cráter de un volcán, se ve la laguna Negra; parece una mancha redonda de tinta en medio de la sábana blanca. Esta laguna misteriosa, que casi nunca se hiela, tiene, según los aldeanos, flujo y reflujo como el mar, y brama y ruge y forma las tempestades.

Se dice que de estas lagunas y de la del Urbión toma nacimiento el Duero; sin embargo, ninguna de ellas tiene salida; el río debe nacer de sus filtraciones y de los muchos regatos que corren por la hondonada y se reúnen formando arroyos que marchan hacia Duruelo y Covaleda.

Los hermanos Baroja en el Pico de Urbión Aguada en colores. Colección familia Caro Baroja, Vera de Bidasoa.Parece ser la única imagen que se ha conservado de la ascensión al Pico de Urbión, meta fundamental del viaje soriano. Tal como contó Pío Baroja en su crónica, les acompañó, a modo de guía, una pareja de la guardia civil.

Los hermanos Baroja en el Pico de Urbión Aguada en colores. Colección familia Caro Baroja, Vera de Bidasoa.
Parece ser la única imagen que se ha conservado de la ascensión al Pico de Urbión, meta fundamental del viaje soriano. Tal como contó Pío Baroja en su crónica, les acompañó, a modo de guía, una pareja de la guardia civil.

Saludamos a lo lejos dos poblados perdidos en el monte Quintanarejo y Santa Inés, el uno de nueve vecinos, el otro de trece, y volvemos otra vez hacia la cumbre del monte por la falda del Sur.

Tan cansados vamos y tan hambrientos, qué yo propongo descansar allí, al abrigo de unas peñas.

¿Estás loco, chiquito? -dice Lope.- Subiremos este alto en un momento, y en seguida estamos en el pinar.

 Pío BAROJA, Covaleda-Noviembre.

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