LAS CHARLAS DE GARCÍA SANCHIZ (1935)

La Época (Madrid. 1849). 16/1/1935, n.º 29.665, página 2.

 LAS CHARLAS DE GARCÍA SANCHIZ

Lo que será la primera charla sobre el Duero

 El gran charlista Federico García Sanchiz ha hecho público, como contestación a todas aquellas personas que le han consultado epistolarmente a raíz de su artículo «Pregón de las charlas del Duero», que en ellas se recorre el rio por etapas que marcan la geografía y la historia, y que no consisten, por tanto, en alegorías más o menos sintéticas y brillantes.

La primera charla, que será el 1 de febrero, alcanza desde el nacimiento del Duero hasta Burgo de Osma. Paso a paso, siguiendo la orilla, visitanse, arrancando del Pico de Urbión y de sus pinares, Duruelo, Covaleda, Molinos, Vinuesa. La Muedra, Numancia, Soria, Almazán, Berlanga, Calatañazor y el Burgo episcopal.

Aun cuando las tres charlas componen un ciclo, cada  una tiene una perfecta independencia respecto de las otras, como ocurre en las comarcas que las inspiran.

Atendiendo otras indicaciones, manifiesta también Federico García Sanchiz que es en la tercera charla donde habrá de referirse a los «Saltos del Duero», y que en la primera, según se desprende de su escenario, se incluyen la antigua carretería soriana, ya legendaria y de tanto colorido, y todo lo relativo al «Honrado Concejo de la Mesta», a los célebres rebaños de merinas, a la trashumancia, que data de los orígenes de España, y para cuyo estudio existen magníficos documentos en el Archivo de la Asociación General de Ganaderos», archivo que los extranjeros visitan con frecuencia, y que hidalgamente puso a disposición del charlista el ilustre secretario de la Asociación, marqués de la Frontera.

PARAJES56

La Época (Madrid. 1849). 2/2/1935, n.º 29.680, página 3.

 EN EL TEATRO DE LA COMEDIA

Primera charla del Duero de Federico García Sanchiz

Dividiremos esta información en dos partes: el extracto de la charla y el comentario de nuestro compañero Luis Araujo-Costa.

He aqui, en resumen y por puntos separados, lo que dijo Sanchiz:

Soria pura.—Una luz y «essa agua cabdal»

Es a modo de una Inicial miniada el prólogo de la charla. Nos encontramos en San Esteban de Gormaz, una noche de verano. En una torre, el reloj de la campanada solitaria, que en el silencio y las sombras, es un sobresalto. En el sueño total del pueblo, excepcionalmente una ventana está iluminada. Junto a ella, sentado a una mesa, bajo la bombilla de pueblerina palidez, un caminante, un forastero lee y de cuando en cuando suspende su lectura para recrearse en una espiritual vaguedad. El libro era el «Poema del Cid» y hallábase abierto por el pasaje de la afrenta a las hijas del Campeador, que desde el robledo de Corpes fueron llevadas por su primo Alvar Fañez a San Esteban de Gormaz. Suena, llenando la noche, el río. Más que nunca con su rumor justifica el que Gonzalo de Berceo lo llamase «essa agua cabdal». Lo denomina asi en la «Vida de Santo Domingo de Silos», cuando un cortejo soberbio atraviésalo para recoger las reliquias de San Vicente. El recuerdo del desfile, descrito por el Insigne charlista con su peculiar opulencia, atrae otras magnificencias reflejadas en el Duero. Y el desvelado del pueblo dormido, ambiciona y decide trasladarse al nacimiento de la corriente venerable, acompañarla y seguirla hasta su fin en el mar.

Junto a su romántico entusiasmo, surgen voces y ecos contradictorios, preséntanse en su memoria páginas de crítica dura, sarcástlca, inclusive de autores despectivos. «El Duero se lleva la tierra y en los páramos no hay sino una población miserable.» No importa. Mejor. El ilusionado peregrino lanza a la cara de quienes pretendían desanimarle, unas magistrales palabras de Gladstone, a más de su emoción, y se afirma en su voto de peregrinación nacional.

LAGUNA + PICO

Al pico de Urbión

Covaleda. Cambio de decorados. Covaleda, desde la que en unos caballejos treparemos a esta cumbre de la serranía ibérica. Antes escuchamos curiosas / pintorescas escenas lugareñas. En marcha, por fin. Al  cabo de tres horas, el  manantial. La crestería de una erosión granítica, y en su arranque, el del río: balbuceo del agua, guijas de una limpieza de cristal, plantas miniaturadas. Completa el idilio, el abandono por el viajero de un cestillo con cerezas en el primer remanso y que equivale a una ofrenda. Es poco menos que imposible la ternura en el formidable escenario pétreo, bajo un cielo heroico, y en la vecindad de las tres célebres lagunas, una de ellas circundada de yerbas venenosas.

Y los bosques que atravesamos al subir, con sus troncos heridos por el rayo, y el misterioso horizonte aragonés. Ni una mariposa, ni una flor. Sólo el viento que acaso quiere acariciar y no sabe.

Y en esto, la inesperada aparición, inesperada, pero oportuna y significativa. Asoma, deteniéndose a lo lejos, un toro negro, fino, castellano.

El animal «tótem de Híspanla», en la cuna del rio del Cid y el Empecinado.

Bécquer, un caldero de migas y Antonio Machado

Cuando aún no habían alcanzado su jerarquía en la irrealidad, en los días de la inquietud y la confusión románticas, anduvo por entre los enigmas sorianos Gustavo Adolfo Bécquer, con su carpeta de dibujo y su ribeteado y desteñido levitin. Relata el insigne charlista una de las leyendas que las ruinas inspiraron al poeta.

Un alto en la ermita de San Saturio, empotrada en la roca. El ermitaño o santero brinda al visitante con unas migas, y a este propósito, sabrosas consideraciones acerca de este plato celtibero por antonomasia, y de añadidura, una receta culinaria pastoril.

A la salida de la que fué cueva penitencial del santo, y de su discípulo, canonizado también, el río ya majestuoso, y con sus álamos, trémulos y sonoros. En las peñas, unas lápidas con versos sentimentales de Antonio Machado, que en ese paraje alquitaró las esencias de su elegiaco idilio. Como el discípulo del anacoreta buscó a éste, el sevillano poeta de hoy siguió al sevillano poeta de ayer. Pero Antonio Machado oficia ya como sacerdote de la «Soria pura».

Ya se van los pastores…

«Essa agua cabdal» es membruda y ruidosa, arrolladora. El Duero cruza con ímpetu los ocho ojos del Puente de Piedra; no tarda á en escapar de su formidable cuna de montañas, y conforme atraviesa los yermos, sin otro movimiento ni sonido que los suyos propios, presiente y desea las fértiles llanuras burgalesas, igual que un cruzado de la Reconquista.

De idéntica manera, y desde antes de Roma, los rebaños fueron a los «extremos», es decir, en busca de los pastos frescos y jugosos, a lo largo de los siglos: iban a la actual Extremadura, y las Andalucías, y la Acudía.

Tras las inmediatas delicadezas, hay en la charla un volumen de ganados en marcha, y envueltos en el polvo y la grave armonía de los zumbos.

El «honrado Concejo de la Mesta» se extrae de sus archivos, y averiguamos mil curiosidades interesantísimas, ya solemnes y recias, ya entretenidas, como las relativas al césped de nuestro paseo madrileño de la Castellana. Delinéase la Silueta del rabadán y la de los zagales, antecedente racial de los guerrilleros. Y se estudia y reivindica la importancia de los «merinos», de que proceden las riquezas lanares de Inglaterra, Australia y la Argentina.

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En medio del estruendo acompasado de esquilos y balidos, y de la polvareda, suavizando la reciedumbre de gañanes vestidos de correal, el viejísimo canto: «Ya se van los pastores a Extremadura, ya se queda la sierra triste y obscura».

Los paseadores del palacio

Almazán, patria de Diego Láinez, el del Concilio de Trento. El llamado «Royo de las Mondas», con su vuelo de vencejos en torno. La iglesia de San Miguel. En la plaza, una viñeta lírica del siglo XIX y el palacio de los Mendoza, clasicote, con montones de lana en el amplísimo patio, con su escalera monumental. Y, sobre todo, con sus dos galerías, superpuestas, los famosos «paseaderos» Al pie de su acantilado,  un talud, con impresionante espesura de cardos gigantescos, morada de la flor; y la carretera, y el rio henchido y brillante, y el bosque, y las perspectivas, con las montañas azules, cristalinas, casi al fondo.

Aquí se inicia propiamente la ribera del Duero. Por encima del bosque, ininterrumpido, salvo engañosos, equivocados intentos de roturación; en el azul, un reflejo espejeante, que envía el agua, mostrando su cauce.

En Berlanga del Duero, en la plaza, frente a la Colegiata y debajo de las ruinas del palacio y a la vista del castillo, una fuente redonda, de donde se coge la linga con unos largos canutos de metal. Improvísase una escena colorista y risueña, poco menos que una danza, con las mozas que llegan con sus cántaros.

Fantasma de Almanzor

Demasiada paz, si bien melancólica, en el feudo de la epopeya. Y, en efecto, nos topamos con el fantasma de Almanzor, el califa de hecho y por usurpación con zarpazos y caricias. Estaba como un relámpago de acero, pedreria de oro, y le sigue la tempestad de sus invasiones, mejor violaciones. La austeridad del paisaje deslumbra su triunfo.

Sentado en el royo de Calatañazor, a la sombra de un olmo de romance, cercano el castillo de la derrota, el orador señala al caudillo vencido, a quien sus ñeles conducen en una s porihuelas. Se adivina en su desierto a Medinaceli, donde finiquita el coloso En una bolsa recogía el polvo de sus vestiduras, tras las batallas con los cristianos, y sirvió ese polvo para enterrarle.

Burgo de Osma, de los obispos y de los canónigos

Al amparo de los soportales, con unas columnas de leño, en unas tiendecitas, el bacalao. Y en los nichos con imágenes del hospital de San Agustín, las palomas. Cuaresmal abadejo y gustoso zureo, símbolos de la existencia orante y apacible de aquel remanso, y hasta «regazo» episcopal. No siempre se mantuvo en tal sosiego y  mansedumbre. Refiere García Sanchiz algunos episodios inequívocos mientras el sol de la tarde tiñe de rosa la inolvidable torre catedralicia. El no menos Inolvidable barrio de los Canónigos se sumerge en la penumbra. Termina en una «callecita» con puerta y cruz. Los nombres más insignes del Pontificado. El gran cardenal Mendoza, Tavera, Acosta, fundador de la Universidad, el venerable Palafox, García, Loaysa y los Santos…

Entre todos, sin embargo, se detiene el charlista en el obispo Acebes, y cuenta su extraño viaje a Francia, a donde le acompañó Santo Domingo de Guzmán, entonces canónigo de Burgo de Osma. Fueron en misión diplomática amorosa, más lo primero que lo segundo.

cruz del urbion

El príncipe enamorado

En cambio, era más amorosa que diplomática la de aquel principe que una noche llegó al Burgo convertido en mozo de mulas, como un personaje digno de una novela ejemplar cervantina. Nada faltó para que pereciese en la aventura.

Salvóse de milagro y pudo ya continuar, sin su disfraz, hacia Valladolid, en que le aguardaba la mujer por la que se veía en tan apurados trances, y que no era sino Isabel de Trastamara, la futura Reina Católica.

También el Duero corre a Valladolid pintando, casando las Españas, como se desposaron Fernando e Isabel. Mas antes ha de atravesar Burgos, como el Cid y la Reconquista precedieron, naturalmente a la unidad nacional. Y aquí termina la charla. El tema de la segunda se titula: «Retablo con sus bultos».

Comentario

García Sanchiz, prodigioso artista de la palabra, no sólo maneja en su verbo calidades de seda y cromatismo luminoso de Oriente: también sabe trabajar en talla directa la piedra dura, templar su espíritu en el agua helada de los riscos pedregosos, tender su melena romántica al viento de las cimas, cantar a la naturaleza con los ásperos sones de guijos y de huracanes entre pinadonas y senderos abruptos, incorporar su corazón y su inteligencia a la poesía de los rebaños que transitan, reflejar con pincel de mieles las luces mortecinas del amanecer, hacerse fuerte en la austeridad castellana, juntar en un aliento español las mesetas con el levante, armonizar la leyenda con la historia y la historia con la verdadera filosofa del providencialismo, blandir la espada cidiana al tiempo que profiere ronco grito milenario nacido quizás en la celtibérica Numancia y con fuerza todavía par a arrastrar multitudes…

Las charlas del Duero de Sanchiz  han de constituir una gesta de nuestra raza. ¿Qué impresión se saca de la primera: Soria, pura, cabeza de Extremadura?

Podríamos imaginar un juego de cubiletes del que no cabe prescindir en todo intento de cultura, ciencia y sabiduría. Metidas unas en otras, de mayor a menor, hay que considerar la geología, la geografía, la paleontología, la antropología, la etnografía, la prehistoria y, por ultimo, la historia y la geografía humanas. Bajo los esplendores verbales de Sanchiz la inteligencia adivina este orden, esta sucesión de conocimientos que no se limitan en las charlas a la mera apariencia y al puro estatismo morfológico puesto de moda por los señores de la peluca y las medias estiradas, antes viven con calor de entrañas y aleteo de entusiasmo, porque Sanchiz sabe que la salvación de los pueblos se  ha de conseguir con el paso de la morfología a la etopeya, y con el trueque sucesivo de la t por la p. Ya nos encontramos en el Poema del Cid y en las Cantigas del Rey Sabio, y en el Honrado Concejo de la Mesta y en las iglesitas románicas de Soria y sus contornos. Nos hallamos en la nueva Edad Media de Berdiaeff y en el siglo XVI español, que puede decirse la continua y fortalece con sus teólogos de Salamanca, su Compañía de Jesús y aquel Fílipo II, sin Segundo, que se convierte en paladín de Cristo y con esfuerzo gigante logra llevar a todos los ámbitos del mundo la cruz, la verdad, la inteligencia, el saber, la civilización, el espíritu que no admite trabas materiales y que no puede por tanto contenerse en las taxonomías y herbarios del siglo XVIII, donde brillan con bordados de casaca los nombres de Tournefort, los Jussieu y el propio Linneo, sí bien este último, con Réaumur y Lavoisier merece muchos distingos y salvedades.

La visión de la Edad Medía nos conduce por pasos seguros al Concejo de la Mesta, a una vida pastoril sin Teócrito, sin Bucólicas, sin Arcadias y sin Dianas enamoradas o simples pastoras, como la Marcela de Cervantes, henchida de Platón a través de León Hebreo. El pastoreo de Sanchiz es, como toda la charla, austeridad española, no acentos griegos y renacientes. La Mesta con sus cañadas y las divisiones de sus rebaños en estantes, trashumantes y transtermitantes, es símbolo de derecho, con mayúscula, de ley en la acepción mas honda de la palabra. Es algo contrapuesto a la teoría de los tres poderes de Montesquieu y al contrato social de Rousseau. Las leyes positivas no pueden obligar en conciencia más que en dos casos: cuando son trasunto de la ley  natural, o cuando llevan al papel una costumbre que aceptan los principios de la moral y del derecho. La Mesta tradujo a la vida una recopilación completa de costumbres. ¿Quiérese institución más atractiva y ejemplar? Para la historia de la civilización tienen más importancia la Mesta y la carretería que las Sociedades Económicas de Amigos del País, y los salones de una marquesa Duletiand o una Julie de Lespinasse.

La Mesta es la costumbre Jurídica, es la tradición al aire libre y con la paz de Dios en los rebaños. ¿No podría compararse con el tribunal de las Aguas de la Valencia nativa de Sanchiz y con las anteiglesias de Vizcaya?

año 1945

¡La carretería! Sanchiz la dedica muy pintorescas descripciones. No olvida la mecánica y aquellos principios de la ponderación, la masa, la gravedad y el movimiento estudiados a la perfección por el difunto marqués de Camarasa en sus interesantes Causeries brouettiques. De tan enorme importancia es el modo de enganchar las bestias de tiro a los carros, que hay toda una doctrina social con repercusiones fundamentales en la historia universal del comercio y de la esclavitud. Es la teoría formulada hace pocos años por Lefebvre de Noéttes, que viene a modificar el concepto de la historia del mundo, y que ha servido de base al profesor Carcopino para sus investigaciones sobre la antigua Roma. Parece que hasta el siglo X de la era cristiana, no se supo enganchar los animales a los diversos aparatos de ruedas que  han de arrastrar. Se perdía fuerza y tiempo, y en los transportes no había otro camino eficaz que el de los ríos. La descripción que hace de las ruedas el charlista, recuerda por su precisión y conocimiento la del egiptólogo M. Alexandre Moret sobre las ruedas de los carros del Egipto faraónico, las cuales difieren mucho en su sistema del que después adopta el mundo clásico y los tiempos medievales y modernos.

De la Mesta y la carretería pasamos a la ciudad. Allí, con el mismo espíritu del campo nos encontramos los doce linajes de Soria, símbolo de los caballeros de la Tabla Redonda, y también del Libro de las hazañas y de los fueros de albedrío.

Almazán, de nombre árabe, es un punto de unión y de hermandad entre Francia y España, y nada tiene que ver el suceso con lord Wellington, Ciudad Rodrigo y la francesada napoleónica. Duque de Almazán hizo Fernando VII al vizconde de Saint-Priest, que aquí vino el año 23 con los Cien Mil hijos de San Luis del Duque de Angulema.

El relato sobre Burgo de Osma y sus obispos hace lamentar la falta de un buen episcopologo español. Hay el de Segorbe de su prelado domico Aguílar. Es magnífico el de Sigüenza del agustino fray Toribio Minguella que ocupó la sede episcopal de la diócesis. Existen muchos otros de mérito desigual. Debe hacerse uno de toda España tomando por fuente principalísima la España Sagrada, del P. Flórez.

Sanchiz relata después las bodas de Isabel y Fernando, los Católicos Reyes de la España una.

Es el asunto de El mejor mozo de España, de Lope de Vega, de Las flores de Aragón, de Marquina. El charlista lo realza con las magnificencias de una palabra persuasiva y elocuente, como pocas a través de la historia de la elocuencia.

pablo romero tirando un pino 1930

El nervio de la charla lo encontramos en el combate tan del día que están sosteniendo el hondo espíritu cristiano de la Edad Media y del siglo XVI español con la pequeñez espiritual, con el materialismo del siglo XVIII francés. Lucha del águila con las flores de lis. ¿Por qué no de la morfología con la etopeya, del impulso natural de Soria, que eleva las almas y los paisajes al cielo, con el artificíalismo de las taxonomías? Sanchiz comprende, admite y admira al abate Haüy en su cristalografía mineralógica, y asimismo a Buffon, Reaumur y Lavoissler. ¿Cómo  ha de renegar en absoluto del siglo XVIII, si en él vivieron el P. Flórez, Vlllanueva, Jovellanos y el jesuíta expulso Juan Francisco Masdéu? Pero, hombre de su tiempo, y agitado por las inquietudes de ahora, pone órdenes y Jerarquías al mundo de las ideas y al mundo de las realidades y, ante todo, sabe oír a Dios en el ritmo de la naturaleza española donde se prolonga, se delimita y se expresa la corriente enorme del espíritu…

LUIS ARAUJO COSTA

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