COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – VIII

JOSÉ GARCÍA NIETO

Elegía en Covaleda

En la calle José García Nieto de Covaleda, está la casa de mis padres y mis raíces. Es una calle alta, abierta al monte y a todos los aires del Urbión en el barrio de Las Losas. Alegre, hidalga, sana. Me imagino que por ella tuvo que pasar alguna vez —sin saber que años más tarde llevaría su nombre— aquel niño que llegó en 1916 desde su Asturias natal de la mano de su padre, don José —a quien los amigos enseguida apodaron el Cuco según la vieja tradición popular de dar un alias al recién llegado—, el nuevo secretario del Ayuntamiento.

Vivo, aunque no todo el tiempo que yo quisiera, en la calle José García Nieto y he sentido su muerte como si fuera propia porque algo de él me pertenece.  Desgraciadamente la muerte ya no respeta ni siquiera a los grandes poetas.

Su padre murió temprano (1920) y esto hizo que el alma del hijo quedara anclada a esta tierra soriana evocada en versos hechos carne —Elegía en Covaleda— como lugar de descanso, santuario de sus mejores recuerdos y punto de reencuentro con la vida que va más allá de la mera existencia, como nos enseña Quevedo.

Doña María, la madre, maestra de escuela y de solfa, también dejó su huella de bien hacer en el pueblo con alumnos como Clemente Cámara, el Sacris, (mi recuerdo para el hombre que sufrió con resignación cristiana nuestras malicias de monagos irreverentes en aquellas tardes de rosario e incienso) amigo íntimo de Pepeco, alias del hijo. Con Clemente siempre guardará José una relación viva y estrecha atada por la memoria del padre muerto. Lo mismo que mi amigo don David que habita la casa donde residieron los García Nieto en sus años de destino en Covaleda: vivienda perfumada de recuerdos que respetó, afortunadamente, el incendio que todo lo devoró en 1923 a poco de marchar la viuda y el hijo para Zaragoza a casa de un pariente.  Así parece ser que la encontró a la vuelta, treinta años después de su partida:

Hoy he visto la casa de aquel día
último, la cocina baja, el patio,
la ventana —llovía aquella tarde—,
el sitio de la cama. Y he tocado
una pared. «Aquí había una puerta».
El niño que en mi anda va acertando…

A los años de su infancia vuelve el poeta cuando le asalta el recuerdo —llovía aquella tarde— cuando pisa la casa que le acogió, la tierra de Covaleda que siempre llevó adherida a los zapatos de sus sueños, tierra que le llama con las voces íntimas del padre muerto.

Está fresco el pinar de Covaleda
en la mañana grave;
Urbión cuida celoso de su nieve;
unos caballos pacen;
un niño canta, un niño
canta, un niño que pasa canta…

El niño que pasa y canta no es otro que él mismo, la voz del recuerdo. Y canta con evocación franciscana el momento grabado a fuego en su memoria tratando de condensar en vívidas notas un paisaje interiorizado, un tiempo lejano, logrando que vida y tierra se confundan, se penetren, formen la textura blanda y melódica de una imaginaria voz que pasa cantando:

Esa resina, este pinar, esta ladera verde
del nuevo cementerio,
esta doncella fría; Covaleda
remota, alma naciente, sol de un cuerpo
puro en la tarde pura,
este camino del silencio,
este amor todavía, esta campana
de sangre en la espadaña de mi pecho,
esta savia del llanto bienvenida,
este hombre cuidando su relevo,
son señales de que todo vive,
de que la antorcha sigue ardiendo.

Cierto. No se apagará la llama prendida en la ladera verde del nuevo cementerio mientras el poeta viva, como queda testimonio en la correspondencia cruzada con su amigo Clemente y familia; sólo la muerte, creo yo, ha sido capaz de romper ese hilo sutil que los unía dando sentido a una vida levantada a fuerza de versos y memorias que es, como él mismo dice, señal de que todo sigue vivo.

Casa donde vivió José García Nieto en Covaleda junto con sus padres

Fue, precisamente, la exhumación y traslado en 1958 de los restos de su padre desde el cementerio viejo, sito junto a la iglesia parroquial, al nuevo, en esa ladera recordada, lo que le obligará a regresar a las fuentes de niño, a la tierra que todavía hoy ocupa y estercola el padre, como dijera Miguel Hernández:

Después de muchos años, he venido
hasta el propio rincón donde te haces
tierra sin descansar. Nunca hay descanso
para el cuerpo que cae.
He llegado hasta aquí después de muchos
años de andar…

Este andar al reencuentro con la noble calavera es la experiencia íntima que desatará en su pluma la Elegía en Covaleda (1959). Y al escribir descubre que se siente como un hijo pródigo, el hijo malogrado de la alegoría bíblica que torna a la casa paterna en busca de calor y cobijo:

Soy el desconocido; ya sé. Sabes,
también tú, que soy otro; el extranjero
en esta tierra tuya de guardarte;
el hijo pródigo que vuelve
cansado, y no hay quien calce
sus sandalias, y no hay quien sacrifique
el becerro mejor… No; nadie sale
a mi encuentro. Tu casa no es mi casa.

Se siente perdido y solo. Extraño. Por eso busca en las fuentes del tiempo pasado, en la memoria constante y muda de un pueblo, de un paisaje, de unas gentes, busca que le restituyan a la vida, a la edad joven, alimentando los veneros de sus nostalgias más tempranas, su Castalia personal y viva.

Y aquí es donde me hiere más, a mí, que me siento lejos de mi tierra, pródigo como él; por eso me llega con más fuerza cuando dice palabras que son algo más que simples versos: algo más que materia vegetal y caduca, piedras, carne muerta.             

                                      …A mi memoria
viene un olor remoto de caballos
que deshacen las olas de la hierba
piafantes y sobresaltados.


Y Covaleda en medio, dura y tersa,
nevada y silenciosa como un claro
de luna, o entreoída como el grito
de un boyero lejano…

 Don José García Nieto —Pepeco para los amigos— siempre quiso volver a esta su segunda casa. Pero los compromisos le fueron enredando y retrasando la vuelta, hasta que la enfermedad y la muerte le impidieron pisar la calle a él dedicada, mi calle, ni leer con su voz timbrada el soneto —puras líneas garcilasianas— esculpido en el monolito que la guarda; no pudo venir, pero no significa olvido, porque no se puede olvidar lo que se ama, lo que gustosamente se encarna en uno mismo, se transubstancia:

He venido a poner el tiempo en orden,
en carne viva la memoria, en claro
el corazón, aquí en el sitio mismo
elegido por Dios para tu tránsito.
Todo aparece como entonces. Digo
entonces y no sé lo que alcanzo
con mi palabra…  

El encuentro con su vida pasada es frontal, franco, sin rodeos. Y los hallazgos van haciendo estragos en su conciencia que le devuelven a la paz de antaño hasta lograr un equilibrio perfecto consigo mismo y con la naturaleza que le hizo ser poeta y sentirse desnudo frente a ella:

… a mis horas, a mis cosas,
a mis costumbres vuelvo,
a mis días de amor, a mi nostalgia
de haber tenido el tiempo
medido con el golpe de los frutos
que abrillantan la piel desde su encierro,

que no es otra cosa sino un afanoso buscar las respuestas que el hombre se hace frente a la vida y la muerte, frente a la soledad y la nada:

Vuelvo a mi soledad, y a mis preguntas
renovadas contigo en tu silencio.
Las gracias de la tierra me acompañan
y disipan mi miedo.
Te vas quedando atrás, lejano siempre,
sol de mi gran invierno,
agarrado a las copas de los pinos
a la serenidad de los neveros.      

Este debatirse entre la alegría y la tristeza del poeta cuando vuelve entre los suyos, a Covaleda, es, tal vez, el sino de su poética creyente y atormentada, mucho tiempo ninguneada por no ser hombre de sometimiento fácil, por ir a contracorriente, por luchar por la causa de la pureza y guardar los ideales garcilasianos que tan bien se avienen a los perfiles vírgenes de pastores y arroyos —mi abuelo entre ellos— de este mi pueblo:

El heredero
ha vuelto a su solar. Busca. Pregunta.
Y su heredad era tan sólo un hueco
en la tierra. He llenado nuevamente
de cenicientas monedas el suelo…

Al padre muerto lo cambiaron de tumba por razones del trazado urbano. El corazón del poeta se sobresalta ante el hecho inevitable. Son normas de la nueva usanza: los cementerios deben estar lejos. Mi padre levantó con sus manos de picapedrero los muros del campo santo que yo vi nacer piedra a piedra. También vi cómo removían la tierra del antiguo y salían a flote cajas y cadáveres con una curiosidad de niño. Calaveras, tibias, fémures: restos de nuestros antepasados.

Sólo había una caja de madera
jugosa, sobre el suelo removido,
y con la escarcha matinal cubierta.
Y dentro, padre, estás tú…
Amo mi trago, mi dolor posible,
amo mis hombros donde aún me pesas,
padre mío, un momento en la mañana
con sol de Covaleda…         

Yo recuerdo aquel entierro. Tenía diez años y era monaguillo. Tal vez me tocara llevar el hisopo de latón que lavaría con agua bendita este tránsito segundo de los muertos antiguos. No lloraba la gente: sufría y recordaba. José era uno de tantos. Allí estaba la caja de mi abuela Basilisa, a la que no conocí, llevada en hombros por mi padre y mi abuelo. Era una procesión interminable de muertos bajando por el Campo camino de la ladera del Lomo donde estaba el nuevo:

El camino se ha hecho lentamente,
una larga cadena
de preces, lutos, músicas, silencios,
campanadas, carreras
de muchachos, miradas y memorias
de ancianos, larga cuesta
que cubría la muerte innumerable
saliendo una jornada de la tierra.

Todo aquello quedó en la memoria de los que lo vimos y en estos versos.

Pero la muerte a todos llega. Y José García Nieto es ahora carne de huesa, aunque no esté muerto del todo, porque algo suyo queda entre nosotros. Se queda su voz recordada por sus amigos: «Primer poeta de las letras españolas que en la posguerra cultivó la poesía pura», le declara C. J. Cela. «Maestro de la métrica y hermano mayor» le nombra Francisco Umbral, discípulo suyo en aquellas tardes del Café Gijón. Yo, sencillamente, quiero llamarle «vecino», porque lo fue y lo sigue siendo. Y él me dice:

 Ésta es mi herencia; puedes hacer uso de ella y proclamarla.
 Lo que te doy en buena hora
 que en buena hora lo repartas.

Ya lo estoy haciendo. Gracias en nombre de tus amigos de Covaleda.

MI PEQUEÑO HOMENAJE A J. G. N.
SOLEDAD Y FRÍO

Hablo de tu soledad y de tu frío,
de tu infancia cobijada
en mi tierra:

«Nidal del pino verde» dijiste,
en la misma tierra que aloja
la noble calavera de tu padre.

«Yo mismo soy mi mismo frío,
mi misma soledad me abriga»,
confiesas huérfano de quien te trajo
para ver los neveros.

Quedaste solo rodeado de silencio y pena.
No podías arraigar en esta tierra.
Fuera está nevando,
se oye el relinchar de unos caballos,
es Covaleda.

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COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – VII

Vista pueblo y fuente tio marruecos

«¡COVALEDA: 93 casas ardiendo!»

Con este tremendo titular abrió su edición El Avisador Numantino aquel 8 de septiembre de 1923, ofreciendo una detallada reseña a dos columnas y cuatro páginas del pavoroso incendio que acababa de destruir el pueblo de Covaleda: «Por telegrama recibido en el Gobierno Civil en las primeras horas del pasado jueves, súpose que se había iniciado un terrible incendio…», explicaba el artículo.

Mi abuelo decía —hablando del vino— que a quien le gusta el tránguilis fortis, no lo deja ni en artículo mortis… y esto, además de ser cierto, parece que fue la causa original de tan enorme tragedia: la afición al zumaque de una mala vecina.

El día 6 de septiembre, jueves, amaneció desapacible con un gallego racheado —así llamaban los viejos de mi pueblo al viento del noroeste—, frío y seco, que obligaba a abrigarse aunque luciera un espléndido sol mañanero.

Poco le importaba a la tía Perijula que amaneciera raso o con lluvia, habida cuenta de su nulo interés por la meteorología: porque su problema matutino era el levantarse con la boca reseca y el hígado tirándole hacia a esa botella de anís que guardaba bajo la cama, junto al orinal, para dar un primer tiento nada más abrir los ojos y calentar el estómago —«más abriga el jarro que el zamarro», solía decir a quienes dudaban de su remedio—, costumbre que adquirió de moza, mantuvo de casada y observaba a rajatabla en plena vejez; tenía un rimero de botellas en un rincón de la cuadra, junto al gallinero, digno de verse por su variedad y cantidad. Su hija Felipa le llamaba borracha, colodra, pendón: la ponía verde de insultos, y al menor descuido le escondía la botella tratando de evitar que se ajumara ya de buena mañana; pero la mujer parecía tener un sexto sentido para dar con ella rápidamente y celebrar el hallazgo con un trago largo, largo, que la dejaba sin resuello.

Felisa Tejedor, la tía Perijula, era viuda y solía utilizar unas finas teas para alumbrarse. Su marido había instalado sendos gavilanes a cada lado del fuego bajo que le servían para alumbrar la cocina con teas encendidas durante los quehaceres domésticos. En el único dormitorio de la vivienda, o caso de tener que subir al pajar, disponía de un herrumbroso farol con lamparilla de aceite y torcida de algodón que utilizaba para dar luz sin correr el riesgo de provocar un incendio cuando se andaba entre telarañas, maderas viejas y hierba seca. Ya se habían dado varios conatos de incendio en el pueblo, precisamente por descuidos con la lumbre, siendo la propia Perijula quien hizo arder su pajar y el del vecino por andar hurgando entre la paja a la luz de una vela, dando gracias a Dios de que no pasara a mayores por la pronta reacción de los hombres, la falta de viento en aquella noche y que las casas estuvieran un tanto aisladas del resto.

incendio covaleda-04

Los acontecimientos que cuenta El Avisador Numantino tuvieron lugar a primeras horas del 6 de septiembre de 1923, justo al amanecer; cuando el sol quiso dejarse ver por lo alto de la sierra, Covaleda ya era un verdadero infierno. Se conoce que Felisa Tejedor, la tía Perijula, aquella mañana se levantó con una resaca más que regular y su instinto le llevó inexorablemente a tentar bajo la cama en busca del remedio en forma de botella, garrafón, o lo que diablos fuera, maldiciendo entre dientes porque después de indagar con ahínco durante un buen rato tan sólo tropezó con su desportillado orinal, sin bebida alguna que llevarse al gaznate. Empezó a maldecir a su hija con lindezas como “seca te veas” o “centella te aplane” y otras jaculatorias del común covaledano. Se echó por encima una manta tabardera para evitar el frío que se colaba por entre las rendijas de la tarima y fue decidida a buscar una tea que le ayudara a mirar en el pajar y dar con la maldita botella que, seguramente, la tonta de su hija le había ocultado.

Tomó una de las que tenía preparadas en un hatillo junto a la diablesa del fogón —Forjas “La Numantina” * La Muedra (Soria)—, arrimó un mixto y la tea empezó a arder con voracidad. Aunque estaba amaneciendo, la claridad no era suficiente como para poder encontrar una botella en aquel maldito pajar, oscuro como boca de lobo, sin claraboyas ni ventanas que aliviaran sus tinieblas. Dio un vistazo y no observó nada fuera de su sitio; dejó la tea en el saliente de una piedra sillar, ennegrecida ya por haber sostenido otras muchas en similares circunstancias, y se puso a buscar aventando la hierba. El polvillo del heno le hizo toser. Tosía con espasmos de alcoholizada, gargarismos y ahogos que le nublaron la vista impidiéndole ver que la tea, colocada deprisa y corriendo sobre la piedra, caía entre la hierba reseca y prendía con una celeridad próxima a la pólvora. Quiso apagarlo con la manta que llevaba sobre los hombros, pero sólo consiguió extender el fuego por el pajar que en segundos ardía por los cuatro costados.

Salió de aquel infierno medio asfixiada, dando gritos y pidiendo socorro. Su hija Felipa se despertó al oír las voces, y ni tiempo tuvo de ponerse una maldita falda que cubriera sus enaguas desvencijadas, porque la humareda y el chisporroteo de las llamas le amenazaban con abrasarla como si se tratara de un antiguo Auto de Fe.

Las dos mujeres se echaron a la calle temblando de frío y pavor. El viento soplaba recio, a ráfagas intermitentes que levantaban torbellinos de polvo y pajas; lloraban abrazadas, escandalosamente, con hipidos de plañideras; pronto la techumbre de la casa se vino abajo provocando una marea de astillas encendidas que salían disparadas en todas direcciones llevadas por el viento. A las voces de las mujeres acudieron los primeros vecinos que no podían dar crédito a lo que veían sus ojos: unas tremendas lenguas de fuego que lamían las viviendas de los costados, multiplicando el pánico y el horror de la gente que salía despavorida de sus casas. Unos alertaron a otros y todos se lanzaron a la calle arrastrando enseres y cosas de valor, sin tiempo para atender a los animales que berreaban desesperados dentro de las cuadras al verse atrapados en un círculo infernal.

Trataron de organizarse para paliar la desgracia, pero el fuego era mucho más veloz y poderoso que sus buenas intenciones y empezó a desparramarse incontenible por los barrios circundantes —«tablas hubo que volaron encendidas a más de 75 metros de distancia», decía el periódico—. La impotencia y el desaliento eran tan fuertes que podían verse dibujados en los rostros de los hombres y en sus gestos de desesperación. Las mujeres arroparon a los chiquillos con sus tocas y se los llevaron lejos, por los prados de Riagüela.

—¡¡Traed cubos de la fuente!!, ¡¡que saquen las mangueras!! —las órdenes se repetían confusas, contradictorias, ineficaces.

Covaleda era un pueblo de pocas fuentes. Una de ellas quedaba frente a la iglesia —hay una garbosa muchacha en una foto de aquella época llenando su cántaro—, de chorro mediano que alimentaba un pilón donde abrevaban los animales; aquel caudal era a todas luces insuficiente para luchar contra la voracidad del fuego que el viento seguía expandiendo dirección sur. De pronto, alguien gritó:

—¡El cuartel está ardiendo!

Una riada de hombres fue hacia allí. El cuartel, aquel cuartelillo rudimentario de triste memoria que regentara el sargento don Sisebuto Trapiello y fuera calabozo temporal del tío Melitón, ahora no era más que un enorme brasero: menos mal que la munición y la pólvora habían sido sacadas a tiempo y arrojadas a una cuba con agua…; el estanco del Lorenzo también desapareció en segundos volatilizando el depósito de manufacturas finas que guardaba en la trastienda, picadura selecta que no hubieran sido capaces de gastar todos los hombres del pueblo en un mes a cuarterón por barba…, y así todo.

—Me dice el gobernador que los bomberos de Soria están de camino con toda su moderna maquinaria, bombas y mangueras —explicó el alcalde subido en un poyo de la plaza a todo aquel que le quiso escuchar.

—¿Vienen de Soria? —le preguntó incrédulo alguno de los presentes—. ¿Y qué harán cuando lleguen, asar chuletas en el rescoldo?

Doroteo Rioja, el alcalde, no quiso insistir en el tema porque la desesperación era muy grande y las soluciones, aunque fueran lógicas, parecían absurdas. Se calló y se puso a baldear agua como uno más.

Las campanas hacía rato que tocaban a rebato. Sus voces de bronce se extendieron por los montes acuciando a carreteros y pastores a que levantaran la vista y observaran —no era necesario andar por los altos de la Machorra, el Muchachón o los Guadarrines para verlo— la densa columna de humo que cubría el cielo de Covaleda y temieran lo peor, como así era.

Acudieron todos, hombres, mujeres y niños a acarrear agua, pero la cadena humana no daba abasto con cubos y calderos traídos desde el arroyo de Los Castillos o de Mañanca para apagar aquellas llamas que seguían voraces atacando las casas del Barrio Corral.

Al tiempo que las campanas seguían llamando al vecindario —llegaron hombres de Duruelo, Salduero, Molinos, Vinuesa, La Muedra que subieron a toda prisa con sus caballerías…—, al cura párroco se le ocurrió que no quedaba más remedio que recurrir al Altísimo y provocar un milagro. Él era hombre de fe y se sentía muy capaz de hacerlo. Se revistió con los ornamentos sagrados, abrió el sagrario, tomó la hostia grande que guardaba para las exposiciones del Santísimo y la colocó en el viril de la custodia rica, la que solía poner en el monumento del Jueves Santo o usar en la procesión del Corpus. Arropado con la capa pluvial y de estola morada, tuvo el santo coraje de plantarse entre las llamas y el viento y conminarlos a que se detuvieran en nombre de Dios. Copio textualmente del Avisador Numantino: «Y la misericordia divina atendió las fervorosas súplicas del párroco calmándose el viento en ese instante, con lo que el fuego no expandió sus dominios destructores más allá de lo que ya había hecho…»

Todo el mundo estuvo de acuerdo que aquello fue un verdadero milagro, aunque tardío, porque llegó después de que se hubieran perdido más de los dos tercios del pueblo.

En esto, que llegan los bomberos de Soria con sus autobombas y camiones; desgraciadamente ya sólo quedaban los rescoldos postmilagreros como apuntara el vecino. También vino el señor gobernador, don Rafael Mesa, acompañado por los gerifaltes capitalinos, todos ellos llevados de la mejor voluntad, que con su verbo cálido trataron de aliviar la desgracia que se comía al pueblo: «me siento soldado a vosotros por el fuego», dijo el señor Mesa acuñando una preciosa metáfora que fue muy celebrada por los representantes de los medios; enseguida ordenó que se habilitaran las escuelas y la iglesia para acoger a los cientos de covaledanos que se habían quedado sin techo, arrancados de sus casas con lo puesto y arrojados a la más absoluta de las miserias —mis abuelos, padre y tíos entre ellos—. Tan sólo se salvaron las casas del barrio de la iglesia, —algunos vieron en ello la mano de la divina Providencia, pues en circunstancias normales también hubieran ardido—, grandes casonas de carretero que se mantuvieron en pie hasta que Covaleda empezó a expandirse con barrios nuevos que arrasaron lo que perdonara el fuego. En honor a la verdad, he de decir que aún se conserva una casa de aquellos días tristes, y que los curiosos pueden admirar justo detrás del ayuntamiento.

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—¿Y qué fue de la tía Perijula?

Ya dice el refrán que quien mucho empina busca su ruina. Y eso fue, justamente, lo que le pasó.

Habíamos dejado a las dos mujeres —madre e hija— abrazadas y llorando al pie de las ruinas de su casa. Enseguida se corrió la voz de que había sido ella la causante del desastre por andar buscando una botella en el pajar sin la más mínima precaución con las teas. Al principió lo negó todo con energía diciendo que ella no, que no tenía culpa de nada y que todo se debía a un rayo que había caído del cielo…

—¡Mal rayo te parta a ti, bruja borracha! —se oyó a una vecina gritar.

Fue cuando empezaron los insultos y los empujones. Alguien le dio un guantazo en plena cara y le hizo tambalear hasta rodar por el suelo; la chiquillería enseguida se arremolinó en torno al bulto de la mujer y comenzó el acoso. A patadas e insultos la llevaron hacia las afueras, como a una apestosa, una asesina; y aparecieron las piedras como en el castigo bíblico…

—Hay que despeñarla por el Maguillo para que se mate.

—Se merece la horca.

—A pedradas, hay que apedrearla.

Mi padre, que estaba en primera fila, fue testigo activo del linchamiento, según me contó. Aquello no fue ninguna broma, aunque tampoco me aclaró si la tía Perijula vivió para contarlo…

Covaleda renació de sus cenizas. Se trazaron nuevas calles perpendiculares, se levantaron hermosas casas de piedra con sus balconadas de forja, con sus letreros cincelados en la piedra angular y sus buenas aceras…

Pasaron los años y todo fue cicatrizando. Hoy de aquello sólo queda un mal recuerdo y un bonito pueblo.

***

Me permito citar a los que perdieron alguna casa o inmueble según publicó El Avisador Numantino:

Pedro Sanz —mi abuelo—, Braulio de Miguel, Ángel Pablo, Manuel Herrero, Macario Pascual, Plácido Herrero, José Blanco, Felipe Herrero, Manuel Blanco, Antonio Gómez, Victoriano de Vicente, Bonifacio de Miguel, Bernabé Herrero, Julián Tejedor, Martina Rioja, Marcos Calvo, Pedro Herrero, Pedro García, Eleuterio Barrio, Simeona de la Iglesia, Bruno de Miguel, Manuel Hernando, Lorenzo Santorum, Santiago Llorente, Petra Palacios,  Demetrio Hernández, Casildo Jiménez, Eugenio Llorente, Feliciano García, Florentino Benito, Eusebio de Miguel, Juan Hernández, Braulio de Miguel, Felipe Santorum, Remigio Rioja, Leandro Cámara, Francisco San Miguel, Hipólita Jiménez, Juan M. Rioja, Lorenzo Romero, Laureano de Miguel, Fermín Ibáñez, Rafael Herrero, Ambrosio Rubio, Domitilo Rioja, Elías Poza, Tiburcio Rioja, Benita Jiménez, Felipe Herrero, Modesto García, Gregorio Herrero Escribano, Gregorio Herrero Murquitio, Sebastián García, Fortunato Santorum, Juan Mediavilla, Emeterio García, Juana Pascual, Dionisio de Miguel, Jerónimo de Vicente, Ignacio Santorum, Gregorio Santorum, Dionisia Pascual, María de la Iglesia, Vicente Santorum, Félix Herrero, Domingo Rioja, Gregoria Rioja, Doroteo Rioja, Víctor Cámara, Felisa Cámara, Felisa Tejedor, Nicolasa Pascual, Deogracias Tejedor, Pedro Tejedor, Pío Herrero, Águeda Llorente, María Rioja,  Gregorio Escribano, Víctor García, Saturio Herrero, Antonio Gómez, Gumersindo Herrero, Julián Rubio, Mateo Llorente y Manuel Cámara.

Tal vez falte algún vecino, pero todos fueron víctimas.

incendio covaleda-01

NOTA, Sobre este terrible suceso existen varias publicaciones en esta página recogiendo todo lo aparecido en prensa sobre el mismo.

INCENDIO DE COVALEDA 1923 EN PRENSA – I

INCENDIO DE COVALEDA 1923 EN PRENSA – II

INCENDIO DE COVALEDA 1923 EN PRENSA – III

INCENDIO DE COVALEDA 1923 EN PRENSA – IV

INCENDIO DE COVALEDA 1923 EN PRENSA – V

INCENDIO DE COVALEDA 1923 EN PRENSA – VI

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COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – VI

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Don JOSÉ, alias «PARRITA»
 (En recuerdo de un mendigo que hubo por Covaleda en los años 70, amigo mío)

Le hizo una seña con el pulgar para que le rellenara el vaso. Víctor, el Vicma, torció el gesto y le recordó:

—Que con éste van tres, Parrita.

—Y a ti qué te importa —le contestó airado—. Tú sirve y calla —el Vicma disimuló como que no le había oído y enseguida volvimos a la conversación—. Pues como te iba diciendo, el saber leer es lo más grande de esta vida. Ni el dinero, ni las mujeres, ni el vino… —mientras iba contando observé sus dedos cuarteados de mugre—; eso de poder abrir un libro y enterarte de lo que pone, eso… no tiene precio. Y…

Volvió el Vicma con una frasca de vino tinto y le llenó el vaso hasta los bordes. Se fijó en que no me servía y me preguntó:

—¿Es que tú no bebes?

—No, gracias, paso.

Me miró con un poco de compasión:

—Que aquí no estamos jugando a las cartas, coño… ¡Bebe, que te invito!, —mientras me palmeaba la espalda—. Y que con los libros no tienes tiempo de aburrirte. Aunque sea la guía de teléfonos. Porque lo peor que puede ocurrirte en la vida es no saber qué hacer con el tiempo; te reconcomes por dentro dándole vueltas a la cabeza: te lo digo yo que de eso sé un rato. —Se aplicó el vaso a los labios con toda la delicadeza de sus manos torpes y uñas negras—. Aggg, qué bueno sabe este vinillo, ¿verdad? Calienta el estómago. —Se limpió los labios con el puño de la chaqueta—. Después de los libros no hay nada como el vino, chaval —volvió a palmearme la espalda—. Ya ves qué ironía: las dos cosas que más aprecio en este mundo y me fueron, precisamente, prohibidas durante diez años… —me miró achinando los ojos—: los que anduve en la trena—y arqueó la frente áspera de arrugas como señalando sorpresa—. ¿Tú sabes lo que es un campo de concentración? No. ¡Qué coño vas a saber si eres un crío!

Y dejó caer pesadamente la mano sobre la mesa.

—Parrita —le dije medio en broma para corregir su error—, que tengo veintiún tacos.

—¿Y eso qué es? Nada. Un chaval. ¿Y estudios?, ¿qué estudios tienes?

—Acabo de sacar las oposiciones.

—¿De qué?

—De Magisterio.

—¡Contra! Ahora resulta que eres maestro como yo. ¡Chócala! —y me ofreció su mano temblona, renegrida y aceitosa que yo estreché con un poco de aprensión.

Todas las mañanas lo encontraba sentado en el banco de piedra que hay en la plaza junto al bar, a esperar que el sol y el vino le caldearan lo suficiente como para salir del letargo nocturno y empezar su ronda diaria de pordiosero. Hacía años que andaba limosneando de puerta en puerta sostenido por los vecinos y perseguido por los perros. Era don José, alias Parrita. Tenía la piel de color humo, la calva cetrina, la mirada triste y la ropa concienzudamente arruinada.

El chalet, 1913, año de su construcción.

—Todavía conservo el título de maestro que me dio el Ministerio de Instrucción Pública firmado por el excelentísimo señor don Manuel Azaña —me dijo—. ¿Lo quieres ver? Te lo voy a enseñar. Lo llevo siempre conmigo en un canutillo de metal desde que salí de la trena. Gracias a que me lo guardó una mujer… Espera.

—Deja, Parrita, no te molestes.

—Pero si no es molestia, ¡ya ves! Espera. —Se puso a hurgar en el fondo de unas alforjas viejas que escondían los restos de su biografía, el baúl de sus miserias—. ¿Tú sabes quién fue don Manuel Azaña? —me preguntó mientras removía un amasijo de cachivaches.

—Sí, claro —le respondí—: fue el presidente de la república…

—Ex-ce-len-tí-si-mo señor presidente, joven —me corrigió recalcando las palabras—. Excelentísimo…, no lo olvides. Pues ahí está su firma. ¿Y sabes por qué lo mataron?

—¿Lo mataron? —le pregunté sorprendido de su mala información—. Yo creía que se había ido al exilio…

El Parrita me interrumpió antes de que concluyera la frase.

—¡Exactamente! Pues eso, como si lo hubieran matado. Nos mataron a muchos, chaval, en aquel año del treinta y seis —concluyó tajante—. Mírame —y se ahuecó los faldones de la chaqueta para mostrarme un cuerpo enclenque cubierto de suciedad— a ver si esto es vida. Nos mataron, de verdad.

Me fijé en su cara. Parecía estar cincelada a golpe de desencantos; olivácea, con trazas de haber sido arrastrada por todos los caminos de la indigencia y el abandono. Pero mantenía un porte erguido, el gesto didáctico y amplio como el de los maestros antiguos.

—¡Contra! No lo encuentro. No sé dónde se habrá metido ese maldito título.

Rebuscaba con insistencia por los rincones de las alforjas. Y empezó a sacar alguna de las ruinas que almacenaba, sedimentos de una vida hecha de miseria y desamparo: cabos de vela, un vaso de plástico rojo, un Lazarillo deslomado e iluminado con lamparones de aceite, periódicos viejos que le servían de manta…

—Déjalo, Parrita, que te creo.

Cesó en la búsqueda y tiró con rabia las alforjas al suelo que sonaron como un cadáver al desplomarse; luego se volvió hacia mí:

—¿Ya tienes plaza?

—Sí, en Soria capital, en un colegio público.

—¿Colegio público los llaman ahora? ¡Ya ves! Nosotros decíamos escuela —me corrigió con ironía—. Y os dirán profesores ¿no?

—Sí, bueno, «profe».

—¡«Profe»! —Se rió con desgana—. ¿A quién se le pudo ocurrir semejante disparate?

—Supongo que al ministro de turno.

—Y supones bien, porque todos ellos no son más que un atajo de asnos. ¡Aaas-noos! —reafirmó la voz con sendos golpes de nudillos en la mesa. Luego se quedó mirando al vacío, tomó el vaso y le dio un par de sorbos ruidosos—. Yo fui maestro en Deza —añadió—. ¿Conoces el pueblo? Entonces era un villorrio destartalado y en cuesta. Monte áspero, seco, pero con una pequeña vega que daba de todo. Y una fuente abundante en la parte de arriba. Tomé posesión en septiembre del treinta y cuatro. ¡Madre mía lo que ha llovido! Y estuve allí hasta que…, hasta que la…

Covaleda, procesión de San Lorenzo, 10/8/1913, 11:00.

El Parrita se quedó suspenso, cortado, recordando algo que le hacía perderse en el tiempo, como si de pronto le hubieran abandonado las ideas, las palabras. Le ayudé a salir de aquel atolladero:

—Hasta que llegó la guerra, ¿no?

—Eso es, la guerra… —reaccionó como si regresara de muy lejos—: no te puedes imaginar la ilusión que tenía cuando llegué a aquella escuelita, ¡ya ves!, con sus dos edificios y sus letreros en el dintel: Escuela de Niños – Escuela de Niñas, levantados en pura roca sobre unas cuevas que servían de bodega al tío Raimundo, con un patio trasero abierto a las eras, al monte, a la vida. Cuando me dio la llave el alcalde y entré por primera vez en aquellos sesenta metros cuadrados sembrados de mesas, bancos y tinteros, me vino un olor a tarima recién fregada y a niño que no he vuelto a sentir en toda mi vida.

Hizo una pausa. Se le aborrascó la mirada y al fin exclamó:

—¡Mi vida! Cómo lo iba a sentir si nada más llegar al pueblo me la arruinaron los muy cabrones —las palabras le salían lentas, feroces—. Tan sólo dos años me duró la alegría en Deza. Pepita, la maestra de niñas, hizo que fueran intensos, sin tregua, con un amor que me llegó así, sin verlo venir, dividido entre ella y los muchachos, porque lo nuestro fue amor del bueno: incluso llegamos a hacer planes para el futuro… ¡Ya ves! Después de ella, ninguna más, ¿para qué? —se pasó la mano por la cara dando un respingo. Luego se me acercó como si quisiera hacer una confidencia—: Me sabía los nombres de todos los chavales y los reconocía por la voz…

Y las tardes de los jueves íbamos de correría por el monte hasta un castillo que hay en lo alto de un picacho: una vieja torre mora de vigía, y desde allí observábamos la vega, espiábamos el vuelo de los abantos que pasaban a nuestros pies; recogíamos plantas que examinábamos buscando sus nombres latinos en una Enciclopedia… ¡qué te voy a decir!: yo era maestro las veinticuatro horas del día. Pero todo se me fue al carajo por la maldita guerra.

Se hizo entre nosotros un silencio de ésos que dicen que pasa un ángel. Parrita aprovechó para dar otro tiento al vaso que lo dejó prácticamente vacío. «Aggg, esto sí que está bueno, ¿eh?»

—Me acusaron de ser rojo. ¡Ya ves! A mí, por decir que nuestra madre era la república, que nos alimentaba, protegía y daba los medios para hacernos hombres de provecho. Y que esa bandera tricolor que había colgada a la entrada era la nuestra y se le debía un respeto… ¡Ahí tienes mi delito: hablar de respeto!

Covaleda, fuene y pilón, 1913

Hizo otra pausa y apuró las dos gotas que quedaban en el fondo del vaso.

—¿Sabes tú de qué color es la bandera republicana? —me preguntó interesadísimo.

—Parrita, por favor, que no soy un…

—De acuerdo. ¿Y cuál te gusta más? —Se arrepintió al instante de la pregunta—. ¡Bah, déjalo! Me meto donde no me llaman. No me hagas mucho caso. Soy un viejo cascarrabias.

—Yo, la verdad…, eso de las banderas no me…

—Ya te he dicho que lo dejes. —Hizo una breve pausa—. Pues me detuvieron por rojo. Me metieron en un cuarto oscuro donde guardaban sacos de patatas, que decían era la cárcel, y allí estuve una semana detenido sin que me acusaran de nada en concreto. Pepita, mi novia, vino llorando para que me soltaran, que no había hecho ningún mal a nadie, que sólo enseñar a los niños… Pero el cabo del cuartel le dijo muy azorado que su hijo le había informado de que un día yo había dicho… —se rió para sus adentros—: ya ves qué acusación más grave: «Que yo había dicho…»

El niño se llamaba Fernandito: un chico torpón, inocente y tímido, de los que te encontrarás a montones en cuanto empieces a ejercer tu digna profesión; a todos les gustaba la historia de España y yo les contaba cómo habían llegado primero los iberos, luego los celtas y que se juntaron formando los celtiberos, o sea, nosotros… Eso de la historia les encantaba. Y cuando me pedían explicaciones sobre temas de religión yo les decía que no, que eso eran cosas del cura, que le preguntaran a él… Que nosotros éramos laicos. Ése fue, precisamente, uno de los cargos que esgrimió el sargento: que me declaraba laico… ¡Qué pedazo de burro!, si sabría él lo que significaba esa palabra. Un día me paró el cura en la plaza, frente al ayuntamiento, y va y me pregunta:

—¿Cómo es que el señor maestro no pisa la iglesia?

Y yo le respondí con toda la tranquilidad de mis veinte años:

—¡Porque no me da la gana! El meticón de don Rosendo se quedó pálido porque nadie le había llevado nunca la contraria, así que… no volvió a dirigirme la palabra. Porque yo era un maestro, no un clérigo. Desde entonces me la tenía jurada. Y en el treinta y seis me buscó la ruina, el bueno del cura. Ya me lo decía Pepita: «Haz como yo, guarda las apariencias». Pero yo, que no; que nadie me podría apear de mis convicciones… ¡ya ves!

Y no me apearon. Los padres de mis alumnos, con los que tanto había congeniado y bebido en la taberna, no vinieron a defenderme, como es lógico, se jugaban el pescuezo si hablaban con un rojo que, además, se había confesado laico. Los chavales sí, los oía gritar a lo lejos para indicarme que estaban allí, que no me habían abandonado: «Señor maeeestro» gritaban, y yo por la voz los reconocía: éste es el Roque, este otro, el Carlitos…, y me sentía muy aliviado con su compañía y su voz.

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«Cumplo órdenes», fue todo lo que me dijo el sargento de Deza cuando me llevaron a su despacho, un cuartucho destartalado en el que habían plantado una enorme bandera roja y gualda, para darme noticias de mi traslado, «y tengo que llevarle detenido a Soria». ¿De qué se me acusa?, le pregunté. «De rojo», me respondió escuetamente, molesto por mi descaro.

—Julio del treinta y seis: ¡qué días de calor! Como quien dice acabábamos de empezar las vacaciones. Pepita y yo habíamos hecho planes de casarnos, de marcharnos por San Sebastián de luna de miel…, ¡ya ves! Si nos hubiéramos ido antes… Pero todo se fue al cuerno por esos militares traidores, fascistas. Lo primero que hicieron fue echarme del magisterio. Luego, en el juicio que tuve en Soria, sin abogado defensor ni nada, me acusaron de todo lo que les dio la gana. Si alguien dice que yo había matado al Cid, van y se lo creen los muy cretinos: fue una farsa. Y aún el fiscal, un alférez remilgado y medio maricón, me dijo que yo era peor que un asesino porque envenenaba las mentes de los niños con ideas revolucionarias y anticlericales… ¡ya ves! La de sandeces que tuve que oír en aquellos juicios sumarísimos. Pero cuando me dijeron que quedaba expulsado del magisterio me derrumbé y lloré amargamente: no me importaba ir a la cárcel, padecer hambre y fatigas, pero el no poder enseñar…, eso fue peor que una puñalada trapera. Fue mi muerte.

—¿Y no pudiste hacer nada después? —le pregunté tímidamente para mostrarle mi solidaridad, mi interés por su causa.

—¿Hacer? ¿Qué puede hacer un preso si no es pudrirse en la cárcel?

—Ya, claro —le respondí—. ¿Te tuvieron en Soria mucho tiempo?

—No. Sólo al principio de la guerra. Después fui rodando de penal en penal a medida que avanzaba el frente hasta que di con mis huesos en Alicante. Como no tenía delitos graves no me hicieron consejo de guerra, pero tres veces me dieron el paseíllo simulando un fusilamiento en las bardas del cementerio. En la primera me ensucié en los pantalones y los muy cerdos se reían de verme temblar como una hoja. A pique estuve de morir de miedo.

Covaleda, plaza mayor, 7/8/1913

Aunque no todo fue malo en el penal de Alicante, porque allí conocí al gran poeta Miguel Hernández, junio del cuarenta y uno. ¡Qué versos encendidos, qué declamaciones en el patio de la cárcel, qué tardes de poesía militante…! Allí fue donde noté lo que era la verdadera solidaridad. Lástima que se lo llevara la muerte tan temprano, como dejó escrito en uno de sus poemas. Me llamaba su amigo. «Amigo José —me decía—, mira a ver si me puedes hacer este pequeño favor…»

Parrita se quedó hurgando en el recuerdo de sus días alicantinos mientras contemplaba con desolación el vaso vacío.

—Ponle otro —le dije al Vicma, que nos escuchaba desde la puerta.

—¿Otro?

—Sí, y algo de comer: escabeche, aceitunas…, lo que tengas. Y no le cobres. A mí me pones una cerveza.

Parrita seguía ajeno, con el vaso en la mano.

—Sabes aquellos versos que dicen:

La cebolla es escarcha

cerrada y pobre.

Escarcha de tus días

y de mis noches.

Hambre y cebolla

hielo negro y escarcha

grande y redonda…

—Sí, la he leído muchas veces.

Él siguió recitando pausada, hondamente los versos de Miguel hasta llegar a:

Tu risa me hace libre,

   me pone alas…

 Se detuvo de golpe:

—¡Contra!, ya se me ha olvidado: me pone alas… —insistió— ¡Qué calamidad! Conste que me la sabía de memoria…

—No te preocupes, Parrita, que yo la he leído más de veinte veces y todavía no me la he aprendido.

—Me hago viejo, muchacho. ¿No la tendrás por casa?

—Creo que sí.

—Déjamela, por favor. A ver si la recuerdo…

Le miré fijamente y le dije:

—Te voy a regalar el Cancionero completo, Parrita.

—No, no, no; —rechazó vehemente mi oferta, casi en tono ofendido; luego se llevó la mano a la barbilla y añadió— aunque me harías el hombre más rico del mundo. Miguel, qué buen camarada, y su mujer, la pobre, tan pálida, tan triste, viendo cómo se le morían los dos: el esposo y el hijo.

—Fue una verdadera pena.

—Una tragedia:

Adiós, hermanos, camaradas, amigos,

despedidme del sol y de los trigos

dejó escrito en los ladrillos de la celda justo antes de morir, marzo del cuarenta y dos.

El Parrita se quedó arrugado, retraído en sus recuerdos. Y en esto llegó el Vicma con la pitanza.

El sol de mayo, en la plaza de Covaleda, calienta la piel y el corazón de las gentes. El sol de mayo a mi amigo Parrita le caldeaba la memoria de cuando fue hombre, aunque no recordara los versos de Miguel Hernández.

Covaleda, Soria, 9/8/1913 vista desde el campanario de la iglesia

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COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – V

covaleda

El ÚLTIMO LOBO

La foto estaba en blanco y negro, mate, le habían florecido unos rosetones pardos dibujando rosarios sobre el papel que le daban ese aire de recuerdo viejo acentuado por los bordes ajados, las caras de mirada fija al objetivo, y un olor a lata de dulce de membrillo.

Era un grupo de cuatro hombres con cananas a la cintura, escopetas terciadas sobre el pecho, boinas caladas, jerséis de lana basta y cremallera larga, calzados con polainas de gente avezada a subir escarpaduras o luchar contra las mataperras del monte bajo. El gesto era desafiante, y a sus pies se veía una masa informe de animales muertos, grisáceos, inarticulados, como de trapo.

Al dorso de la foto se leía: La última batida. Covaleda, 1955, escrito con la letra inconfundible de mi padre, rica en jeribeques y adornos laterales en las mayúsculas.

Al ver esta foto lejana, se me arraciman los recuerdos y me traen detalles vivos que creía olvidados sobre acontecimientos de mi infancia. Fue la última batida y, a la postre, la definitiva; después, no hubo más, no hizo falta. Con ella se liquidaron años de una lucha sorda contra un animal al que llamaban «enemigo», causa de matanzas legendarias de rebaños, que tenía sus guaridas por los montes de Covaleda: el lobo.

Decir «el lobo» era desatar un atavismo de rencores, de venganzas juradas y ocultas contra la alimaña más feroz y sanguinaria que se conocía, borrosamente identificada con todos los males que el monte ocultaba en siglos de pastoreo. Era una lucha a muerte, desproporcionada y sin sentido, pero real, pacientemente amasada en la conciencia de cada pastor que, seguramente, en su familia contaba con una leyenda de cabras degolladas en una orgía de sangre y miedo tiempo atrás.

En la foto se podían contar hasta cuatro. Cuatro animales yacentes a los pies de los cazadores que sonreían hieráticos, con ese aire de triunfo macabro que da poner la bota sobre la cabeza exangüe del enemigo muerto. También eran cuatro los cazadores.

Mi padre ocupaba el centro. Parecía tener una autoridad tácita sobre el grupo porque era el único que tenía alta la frente y sonreía como satisfecho de sí mismo bajo un bigote recto y elegante. Por eso guardaba la foto y puso detrás con cuidada caligrafía: La última batida

Recuerdo cuando vinieron a mi casa. Eran tres hombres de barba cerrada y pantalón de pana:

—Rufino, han visto las huellas de cinco lobos que bajaban del Urbión, y la otra noche le hicieron una sarracina al Fulgencio…

Mi padre tenía un cierto ascendiente entre los cazadores del pueblo por ser una buena escopeta, tener amigos entre los pastores y haber sufrido en sus cabras las consecuencias del lobo justo el día en que se casaba su hermana Alejandra: esto le daba patente de corso en cuantas batidas se hicieran, recurriendo a su autoridad moral si había que preparar una, como era el caso.

—Cinco lobos, Rufino… Hay que ir a por ellos.

En torno a la mesa se amontonaban años de monte y morral a la espalda, inviernos largos y duros, como los de por aquí. Corrió la petaca y el porrón. Se dibujó un mapa en la mente de cada uno con la precisión de un relojero: al final, cada hombre sabía perfectamente cuál era su puesto en el monte para darles caza, matarlos, erradicarlos de la faz de esta tierra. El lobo era el enemigo y no se le podía dar tregua.

—También dicen que le han devorado una potra al Majolaseda.

Las rondas de vino y cuarterón se iban turnando entre los cuatro justicieros y poco a poco la idea tomaba cuerpo de que ésta sería la última batida, la definitiva.

—Y decís que han visto cinco…

A mi padre se le antojaban que eran muchos. Cinco lobos formaban un frente formidable, una fuerza de la naturaleza sólo comparable a cinco hombres bien armados avanzando de frente.

—Enormes, por las huellas que han dejado, Rufino —insistieron.

Se hizo una pausa; luego tomó una determinación:

—Será el domingo que viene. Corred la voz. El primer domingo de noviembre. Tenemos que ir antes de que se aventisque el monte, porque si cayera la nieve no podríamos con ellos; se meterían en las loberas y no habría forma de sacarlos. Avisad a los que quieran venir, se necesitan ojeadores. Mi padre les dirá lo que tienen que hacer, es el mejor.

—¿Cuántas postas ponemos en los cartuchos? —preguntaron ellos.

—Tres.

Mi abuelo, su padre, era un viejo pastor que conocía el monte mejor que la cocina de su casa. Era un hombre respetado, pero de carácter enérgico y un tanto altanero. Era un hombre serio y como ojeador, único. Él se encargaría de dar las instrucciones necesarias para que cada cual supiera exactamente dónde ir y qué hacer para facilitar el trabajo a las escopetas que había distribuido mi padre en los perdederos y portillos por donde debían pasar los lobos.

09

Y llegó el domingo. El pueblo entero quedó expectante. Los hombres se habían ido muy de mañana con los morrales repletos de chorizos, pan, torreznos y botas de vino. Cada cual tiraría de su hogaza o se haría una lumbre común para asar el tocino. Los ojeadores ya llevaban tiempo removiendo el monte con voces y cachavas encaminando los lobos hacia su destrucción: las trochas o los arroyos.

Yo recuerdo que andaba por la plaza del pueblo, como todos los chavales, a la espera de tener noticias sobre los que se habían ido al monte antes del amanecer. Tenía vaga conciencia de lo que se avecinaba porque había visto a mi padre ir preparando las noches anteriores, con la parsimonia de un miniaturista, los cartuchos que habrían de ser empleados en la batida. Para ello, bajó del pajar la caja de madera donde guardaba los artilugios que hacía servir en los días previos al ir de caza; era como un cofre con un asa de metal y cerradura de pestillo que estaba dividida en compartimentos para clasificar el material: aquí los perdigones para la pluma; allí los perdigones para el pelo; luego, las balas para los jabalíes y corzos y, por último, las postas loberas. En un saquito aparte guardaba la pólvora de color negro y olor acre que trataba con delicadeza y medía con meticulosidad según le pidiera el tipo de caza, utilizando un cacito de latón que le daba la medida exacta en cada caso.

Una vez me dijo:

—¿Quieres ver lo que pasa con la pólvora?

—Sí —le respondí.

Puso en el suelo un montoncito del polvo negruzco, aparentemente inocuo, y me dijo que así era la pólvora. Yo seguía atento a sus explicaciones hasta que aplicó el mechero y salió de allí un fogonazo que llenó la cocina de humo. Me quedé fascinado, asustado.

—Ni se te ocurra tocarla.

Desde entonces empecé a mirar aquella caja de madera como si fuera la llave de las puertas del Infierno. En otra caja de zapatos guardaba los tacos que servían para prensar la pólvora contra el detonador haciendo un todo uniforme y compacto; después atrapaba por arriba los perdigones con otro taco más fino, como de cartón, quedando el cartucho presto para ser rematado con la maquinilla de redondear los bordes que lo cerraba herméticamente. Era un ritual que le llevaba horas de ir preparando pacientemente uno a uno cada cartucho, y colocarlos en fila india sobre la mesa de mármol a medida que los iba acabando, como si fueran soldaditos de plomo: rojos, verdes, amarillos…, que se me antojaban emisarios de la muerte.

A primeras horas de la tarde bajaron algunos ojeadores, los más jóvenes, que llegaron dando voces:

—¡Han matado a cuatro! ¡Han matado a cuatro!

—¿Hombres? —preguntó mi vecina, la Angelita, fuera de sí.

—No, mujer, lobos.

—Ah, ¡Jesús, qué susto!

Yo corrí a decírselo a mi madre:

—El Lolo ha venido diciendo que han matado a cuatro.

Mi madre movió la cabeza en señal de incredulidad. Luego le aclaré:

—Eso quiere decir que se ha escapado uno…

Mi lógica era matemática puesto que había oído hablar de cinco lobos y echadas las cuentas me daba que uno había salido con vida. Sentí una alegría triste, un algo que me hacía ponerme del lado del fugitivo solidarizándome con su buena fortuna por haber salvado el pellejo, pero ensombrecida por la pena de saberlo solo, perdido en esa infinita soledad que le sobreviene al monte cuando se acerca el invierno.

―¡Pobre lobo! ―exclamé.

Esta imagen del lobo solitario me acompañó toda la tarde y se me hizo más real cuando bajaron los hombres del monte portando sobre varas su sangriento botín: cuatro lobos muertos que dejaron tirados a las puertas del Ayuntamiento.

—¿Son los cuatro machos? —le pregunté a mi padre.

—No, estas dos son hembras…, y no te acerques, que te muerden —me dijo haciendo una broma macabra mientras arrimaba con el pie la boca semiabierta de uno de ellos por la que se perfilaban unos colmillos entrelazados y cortantes como navajas.

El triste conjunto era un montón de carne muerta, de pelo gris y ojos opacos con manchas de sangre seca. Ya había visto lobos muertos otras veces, pero estos compañeros del fugitivo se me antojaban más cercanos a mis sentimientos, y es que la idea del huido no me la podía quitar de la cabeza… Pero el tiempo, que todo lo aplaca, hizo que en unos días se me fuera difuminando la figura del lobo solitario que imaginaba aullando a la luna recortado contra el horizonte del pinar.

Yo tenía la suerte de que mi abuelo fuera pastor y de que contara con noventa y tantas cabras que eran para mí como un mundo cálido y vivo que hizo que se me fuera desatando la curiosidad por el pastoreo. Además, mi abuelo era un sabio: conocía el monte y sus misterios, las cosas de la vida, el devenir del tiempo, las huellas de los animales y los olores que traía el viento. Me gustaba ir con él porque cada día me enseñaba cosas nuevas; me contaba historias de pastores, de maquis, curiosidades de los animales, y me explicaba refranes que solía emplear al hablar… Las tardes de verano eran las mejores para ir al monte: largas y cálidas. Después de la siesta me solía decir:

Chiquito —así me llamaba—, ¿te vienes conmigo? Anda, que te monto en la yegua.

Mi abuelo, además de tener cabras, tenía media docena de yeguas y caballos que dejaba sueltos por el monte formando una manada que solía vivaquear por las faldas del Urbión, y sólo bajaban al pueblo con las primeras nevadas o en la época de las parideras, según, buscando el calor de la cuadra.

08

Cuando me prometía ir montado en la yegua cana, rápidamente aceptaba acompañarle, porque para mí era como ir sentado sobre un trono. Desde su lomo blando el camino se me hacía corto y todo parecía puesto a mis pies: los pinochos, los brezos, algún corzo que nos salía al paso espantado, el arroyo…, y entonces me imaginaba que el monte estaba hecho para mí, como si fuera mi Paraíso Terrenal. A la yegua cana le daba de comer en mi mano. Me ponía gruesos trozos de pan duro y ella los cogía con toda delicadeza para no lastimarme con sus dientazos amarillos que me enseñaba cuando reía. Con la llegada del buen tiempo, el monte se convertía en un hervidero de vida silvestre; entonces, mi abuelo, mi hermano Pepe y yo acudíamos al corral del Guijo con la yegua cana. El corral del Guijo quedaba en un lugar privilegiado a media ladera de una cuerda de rocas cortadas a pico que se desplomaban formando cuevas que, oportunamente apañadas, se convertían en un refugio natural y abrigo en invierno. Cuando llovía, por ejemplo, allí nos refugiábamos todos: animales y personas, hasta que pasaba la tormenta. A mi lado, siempre se venía el perro.

—Quieto, Lunes, que me mojas.

El Lunes no era propiamente un perro pastor, pero con el tiempo llegó a serlo, y muy bueno. Un buen día pasó por allí el Críspulo, un familiar de mi abuelo, y le dijo:

—Pedro, ¿quieres un perro?

Mi abuelo al ver aquello, le contestó:

—¿Y para qué quiero yo esa ruina de chucho?

—¿Éste? —le dijo el otro—: Este perro, aquí donde lo ves, sabe latín. Ya quisieran muchos que usan boina tener la inteligencia que tiene este perro. Bueno, ¿lo quieres, o no?

Mi abuelo sonreía socarrón:

—Si sabe latín…

Y se quedó con él. Los primeros días andaba un poco retraído, se asustaba de todo y era el hazmerreír de los otros pastores cuando lo veían acurrucado bajo las mantas. Pero poco a poco mi abuelo le fue enseñando cómo tratar a las cabras y —como era cierto que sabía latín y matemáticas— pronto aprendió el oficio de pastor pasando de hacer risa a causar admiración, pues a la menor insinuación de mi abuelo levantaba las orejas, enfilaba el morro y, acto seguido, volaba como un rayo a hacer el encargo que se le mandaba: subir, bajar, cantar o bailar… El Lunes era un perro genial.

―Chiquito, ¿cómo le ponemos? —me dijo un día preguntando por un nombre.

—Como hoy es lunes…

—Me parece bien —me atajó.

Y con Lunes se quedó.

Nos teníamos cariño; el perro se venía a mi lado para que le hiciera fiestas y yo le arrascaba detrás de las orejas; cuando paraba, me daba un toquecito con el morro para que siguiera… Un día se me ocurrió decirle a mi abuelo:

—Con lo pequeño que es, como venga un lobo nos quedamos sin perro.

Y mi abuelo se reía pensando que, efectivamente, era poca cosa para enfrentarse a un lobo:

—Pierde cuidado, que por aquí ya no quedan lobos.

Luego le recordé:

—Pero uno se escapó…

—Ya. A saber dónde andará.

Poco a poco, casi sin darnos cuenta, fue pasando el verano. Se llegaba el tardío y pronto tendría que volver a la escuela. Una tarde, cuando ya empezaba a refrescar, le dijo el Saturnino a mi abuelo:

Cadenas —así apodaban a mi abuelo, y así nos llaman a los de la familia ―: Cadenas, ten cuidado porque el Zurdo dice que le ha faltado una cabra al Morgas y no sea que por aquí ande el lobo…; él, por si acaso, ya ha puesto unos cepos.

Pero mi abuelo no le hizo mucho caso pensando que exageraba:

—Aquí ya no hay lobos, Saturnino. Y dile al Zurdo que haga el favor de quitar esos cepos, que son peligrosos.

Yo, que estaba en la conversación, recuerdo que le dije:

—Abuelo, pero uno se escapó…

Mi abuelo me acarició el cogote.

—Sí, ya lo sé, majo; pero no te preocupes, que ése no hará mal a nadie porque a lo mejor está muerto.

«¡Ojalá esté vivo!» pensé yo, y me quedó como una sospecha de que el día menos pensado iba a toparme con él.

Hay un arroyo que baja lamiendo los pies del corral de mi abuelo de aguas claras y heladas. En él mi hermano Pepe y yo jugábamos a hacer pozas que servían de abrevaderos para las cabras, y los días calurosos de agosto aprovechábamos para bañarnos en sus aguas transparentes.

Jugar en el arroyo y triscar por sus alrededores nos llevaba buena parte de los días de pastoreo. Pero aquella tarde —no se me olvidará la escena— al pasar por el camino que corre paralelo al regato notamos que algo se movía tras unos espesos matorrales. Pensamos que sería alguna cabra enredada que no podía salir. Nos acercamos con cautela y, después de hurgar con un palo, vimos con asombro que allí tumbado había un animal grande, de pelo grisáceo…, enseguida me vino a la mente la figura del viejo lobo, el fugitivo. Al levantar una rama, volvió torpemente la cabeza hacia nosotros con el resuello ahogado: un cepo enorme le atenazaba la garganta. El lobo había roto la cadena y lo llevaba colgando como un collar de muerte clavado en el cuello haciendo presa en su vida que se le escapaba lentamente por el fiero bocado del hierro. Su cuello no era ya más que una masa de carne sanguinolenta y terrosa…

—¡Es el lobo! —grité.

Agonizaba; a través del follaje el animal me miró con sus ojos moribundos, opacos, en los que se dibujaba el dolor de ser el último lobo de Urbión; el verle no me dio miedo, la verdad, sino una pena infinita que se me escapó en un sollozo:

—¡Pobre lobo! —Y me alejé corriendo.

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COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – IV

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Mi LEYENDA de la LAGUNA NEGRA

A poco de llegar don Antonio Machado a Soria como profesor de francés, tuvo noticia de que por tierra de pinares había unos parajes espectaculares, naturaleza virgen, diametralmente opuestos al paisaje que había visto desde el tren procedente de Madrid, la sobria estepa soriana de la que luego se enamoraría profundamente.

Sus amigos del Círculo Numantino enseguida organizaron una excursión a los montes de Covaleda al objeto de ver in situ la Laguna Negra, esa bella desconocida de la que se contaban un montón de leyendas. Tomaron unas caballerías y por el antiguo camino de la Muedra —hoy pantano— se adentraron, Duero arriba, hasta llegar a mi pueblo. Hicieron noche en la posada, contrataron a algún pastor como guía de monte, y dispusieron que a la mañana siguiente subirían por el Becedo hasta los farallones de la laguna para gozar de un día de solaz: total cuatro horas de camino. Al amor de la lumbre —era el tardío—, seguramente hablaron de la laguna, y el pastor les iría contando las leyendas que corren por el pueblo en torno a ella: que sus aguas son negras porque es insondable, que está poblada por seres monstruosos, que cualquiera que se atreva a violarla es objeto de una condena fulminante y voraz…

¿Qué más necesitaba don Antonio, poeta, para avivar su imaginación? No es extraño, pues, que en sus poemas aparezca luego la Laguna Negra con ese halo mágico que encierra por no tener fondo, y que la convierta en tumba eterna del padre de los malvados hijos en La tierra de Alvargonzález.

Entre las gentes de Covaleda siempre se ha alimentado la leyenda de que la Laguna Negra tiene mucho de misteriosa e impenetrable. Y es bonito que así sea; precisamente éste es uno de sus encantos, aparte de su belleza natural.

Una mañana de verano, de las muchas que acompañé a mi abuelo por las faldas del Urbión en busca de pastos frescos para el rebaño de cabras que apacentaba, nos llegamos a los parajes de la laguna. Mientras las cabras ramoneaban por los altos, nos acercamos a la ribera donde las aguas reposaban calmas y oscuras, casi negras.

—Oye, Chiquito, ¿sabes que esta laguna no tiene fondo? —me dijo mientras señalaba con la cachava el óvalo perfecto que forma la laguna glaciar.

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Con mis ocho años me quedé pasmado imaginando un agujero profundo que llegara a las inmediaciones del centro de la tierra, es decir: a las puertas del Infierno, y observaba con inquietud aquella masa azul-oscura que reflejaba como un gigantesco espejo las nubes del cielo.

—Por eso se llama negra, ¿lo sabías? ¿Y dicen que dentro hay unos bichos tan grandes que son capaces de devorar una cabra en menos de lo que canta un gallo si cae en ella?

—¡Ostras!

Consiguió que me asustara de verdad. Di un salto y me aparté instintivamente del borde de aquellas aguas oscuras, traicioneras, al tiempo que me venía a la cabeza la figura horrorosa del Demonio tal como lo había visto dibujado en el Catecismo Escolar.

—Y cuentan de un pastor —siguió hablando mi abuelo que quería impresionarme de una vez por todas— que arrojó un carnero atado por los cuernos al centro de la laguna, y al cabo de cinco minutos sólo sacó los cuernos mondos y lirondos colgando de la cuerda.

Enseguida hice mis cálculos y deduje que un chaval de mi tamaño sólo duraría unos pocos segundos en las fauces de estos monstruos caso de caer al agua…, así que era lógica mi prevención y que me alejara rápidamente de la orilla.

Y ahí quedó en mi subconsciente le leyenda de la Laguna Negra.

Pasó el tiempo. Mi abuelo murió. Yo hacía años que al pueblo sólo volvía en verano, de vacaciones, y lo primero que hacía al día siguiente de mi llegada era lanzarme monte arriba a empaparme de soledad y naturaleza salvaje. Lógicamente volvía a mis querencias de niño, a ver las aguas de la laguna que para mí seguían siendo vírgenes e intocables. Tenía muy presentes las leyendas que me contara mi abuelo y un cierto respeto por ellas.

Cuando conocí la obra de don Antonio Machado y gocé de sus versos, descubrí que cada vez que leía el poema de La tierra de Alvargonzález reavivaba aquellos sueños que mi abuelo sembró en mi imaginación de niño, ahora ya matizados por los años.

Un día, me armé de valor, pan, chorizo, buen calzado y el perro. Era una mañana preciosa de julio, ideal para caminar; me lancé monte arriba con la intención de llegarme hasta los cantiles de la laguna, paraje que, aunque había visto tantas veces, siempre me sorprendía como si fuera nuevo; digo yo que lo mágico de la laguna debe de ser eso precisamente: que siempre parece distinta aunque siempre sea la misma.

Cuando el sol estaba ya alto, me asomé por los roquedales que envuelven las aguas y me sorprendió ver gente en los alrededores de la laguna que parecía estar anotando y midiendo el relieve del contorno con un teodolito. Pensé: «Estarán tomando medidas para trazar un plano». Y me fui hasta ellos. Lo más sorprendente del caso es que había dos individuos en una lancha neumática lanzando una especie de cuerda con nudos que les servía para ir midiendo la profundidad del fondo. ¡Estaban sondando la laguna!

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Sultán y yo estuvimos contemplando toda la operación discretamente subidos a una roca, y cuando vimos que empezaban a recoger los bártulos nos acercamos hasta donde estaban los que medían la laguna:

—¿Me permiten que les haga una pregunta?

Ellos me miraron con cierta sorpresa.

Dicen los libros sagrados que el pecado original vino, precisamente, por la curiosidad de Eva que no pudo soportar ver una culebra con una manzana en la boca y preguntó lo que no debía.

—Tengo curiosidad por saber la profundidad de la laguna porque hay una leyenda que dice…

—Ah, sí, eso de que no tiene fondo… —El capataz me miró con un poco de compasión—. Pues siento decepcionarte, joven, pero…

Según me miraba el hombre aquel sentí como un aldabonazo en la conciencia que me hizo reflexionar: «Pero, ¿qué estás haciendo, insensato? ¿Quieres llevar sobre ti el baldón de desvelar el misterio? ¿Quieres destruir la leyenda?». Reaccioné a tiempo:

—Vale, perdone, gracias, no, no me diga nada. Prefiero no saberlo. Adiós.

Y nos alejamos de aquellos buenos hombres, porque ellos buscaban hacer un plano topográfico de la laguna, mientras que yo necesitaba salvar el misterio.

—¿Sabes cuánto mide en lo más profundo? —me dijo uno de ellos a voces cuando ya escalaba por las escarpaduras de la ladera norte.

Me volví como fulminado por un rayo:

—¡No, ni me interesa! ¿Sabe usted lo que significa insondable?

Para mí, afortunadamente, la laguna todavía conserva su misterio.

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COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – III

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ORIGEN HISTÓRICO DEL GENTILICIO «BRETOS»

Como decía Caro Baroja, nada hay que guste más a los pueblos que emparentarse con ancestros mitológicos, con antepasados de renombre histórico o con leyendas que expliquen sus orígenes más o menos inciertos, y esto es lo que sucede en Covaleda (Soria), que tradicionalmente se ha llamado «Bretos» a sus moradores y siempre nos hemos preguntado por qué.

Breto es, sin duda, un nombre que alude a gente venida de fuera, probablemente de la Bretaña francesa, y tiene que haber alguna justificación histórica para que este gentilicio aparezca citado en algunos textos referidos a este pueblo. Y para buscar dicha justificación, vamos a remontarnos al siglo XIV, concretamente al reinado de Alfonso XI, «Onceno» como se lee en los anales y crónicas de la época.

Este rey de Castilla y León, ALFONSO «Onceno», nació el 13 de agosto de 1311 y tuvo la desgracia de perder a su padre, Fernando IV, a la temprana edad de dos años, siendo protegido por los señores de Lara, don Manrique y don Nuño de los nobles depredadores que buscaban el beneficio del trono y desposeer al infante de su corona. Murieron ambos en el cerco de Granada y fue su abuela, doña María de Molina, quien se encargó de su custodia y de mantener una férrea regencia hasta la mayoría de edad de Alfonso, en 1325.

Fue apodado «el Justiciero» porque desde su juventud se propuso hacer justicia con aquellos señores que avasallaban a los débiles y urdían planes contra la corona; no es de extrañar que el rey mandara cortar algunas cabezas de los nobles levantiscos para afianzar su poder y dar estabilidad al reino. En consecuencia, fue temido por unos y respetado por todos.
Con respecto a Covaleda y su entorno, he de decir que en el Libro de la Montería se citan los lugares donde este rey y sus nobles venían a cazar: La garganta de Covalleda es buen monte de oso et de puerco en verano, dice textualmente, porque era muy aficionado a este ejercicio; la Crónica del rey Alfonso añade: “Para yr matar al oso sienpre ovo gran sabor”.
Y es que el ejercicio cinegético era considerado entre los nobles como el ideal para mantenerse en forma y prepararse para la guerra.

Este buen rey casó con doña Constanza, matrimonio que fue anulado por su infertilidad, y volvió a casarse con doña María de Portugal, matrimonio de conveniencia, mujer a la que nunca amó aunque tuvo dos hijos: don Fernando, que murió joven, y don Pedro, que heredaría el trono con el nombre de Pedro I «el Justo» —apelación ordenada por Isabel la Católica para contrarrestar el que sus enemigos le habían aplicado: «Cruel»—, digno sucesor de su padre, que supo mantener el reino a salvo de sus depredadores hasta ser asesinado por Enrique II, su hermano bastardo, lo que hizo que la nobleza castellana viera en él un taimado usurpador y un alevoso traidor.

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El rey Alfonso batalló contra moros ganando numerosas plazas andaluzas, particularmente Gibraltar, y fue en Sevilla donde encontró a la bella Leonor de Guzmán de la que quedó perdidamente enamorado.

Leonor le proporcionó el afecto y acogimiento que no encontraba en su legítima mujer —la pobre optó por marcharse a Portugal al lado de su padre— y una numerosa prole de diez hijos: don Pedro de Aguilar, Sancho Alfonso de Castilla llamado «el Mudo», alférez del rey. Enrique II de Castilla, «el de las Mercedes», fundador de la Casa de Trastámara, el traidor. Fadrique Alfonso de Castilla, maestre de la Orden de Santiago, Fernando Alfonso de Castilla, Tello de Castilla, Juan Alfonso de Castilla, Juana Alfonso de Castilla, Sancho de Castilla, Pedro Alfonso de Castilla, algunos de los cuales murieron a manos de Pedro I por enfrentarse a su autoridad.
El hecho de tener una amante como doña Leonor, hizo que Alfonso rompiera todas las reglas de convivencia tradicionales, buscando más el afecto personal que los pactos de conveniencia o las recriminaciones del Papa.

Covaleda en esta época —mediados del siglo XIV— era una aldea codiciada por su riqueza cinegética, por sus montes, sus abundantes pastos y excelente ubicación en la Sierra de Urbión. El temprano comercio de la lana en las ferias de Medina, Villalón, Burgos, Segovia…, hizo que estos pueblos serranos crecieran notablemente, sobre todo cuando los señores de la Mesta promovieron este comercio con Flandes, lo que favoreció el establecimiento de colonias castellanas en la ciudad flamenca de Brujas, siendo Burgos la capital que centralizaba el acarreo de la lana hacia los puertos del Cantábrico mediante el Consulado del Mar. En 1336, el conde Luis de Nevers concedió privilegios a estas colonias de castellanos por el beneficio enorme que le proporcionaba la lana, favoreciendo indirectamente una red comercial en la que intervenían carreteros —la famosa Hermandad de Carreteros Burgos-Soria—, mercaderes, marinos cántabros y vascos, y pastores serranos como elementos fundamentales en este comercio internacional.

Fue una época excepcional en la que la ganadería creció exponencialmente, los pueblos aumentaron de población, siendo el único dato negativo la aparición de la peste negra traída por unos barcos genoveses atestados de ratas y pulgas que se extendió como una plaga por toda Europa diezmando la población, siendo el rey Alfonso XI una de sus víctimas cuando cercaba por segunda vez la plaza de Gibraltar.

Su hijo, PEDRO I, hereda el trono a los 16 años y pronto intenta organizar el reino impartiendo leyes que buscaban someter a los nobles para favorecer a los artesanos y campesinos, lo que le llevó a crearse enemigos poderosos, particularmente sus hermanastros, los hijos de Leonor de Guzmán, a alguno de los cuales mando matar por no acatar las leyes.

Su belicosidad le llevó a tener desafortunados encuentros con el rey Pedro IV de Aragón, aliado de Enrique, que le prometió dar posesiones en Castilla si le apoyaba en sus pretensiones de arrebatar el trono a su hermano. También se enemistó con el rey de Francia porque no cumplió con el compromiso de dotar con 300.000 florines de oro como arras a su sobrina, doña Blanca de Borbón, con la que casó de mala gana en Valladolid, en 1353, motivo por el que Pedro I la abandonó yendo a buscar el cálido regazo de una amante, doña María de Padilla, tal como hiciera su padre.

Por estos años, Francia e Inglaterra andaban enzarzados en la famosa Guerra de los Cien Años, y el rey don Pedro, al verse enemigo del rey francés, pidió ayuda al de Inglaterra que le mandó huestes al mando del Príncipe Negro, excelente estratega que logró una clamorosa victoria en Nájera contra las tropas francesas que apoyaban a Enrique, al mando de las cuales venía un general bretón, Beltrán Duguesclín, famoso mercenario curtido en la lucha contra los ingleses.

El rey había prometido al Príncipe Negro el señorío de Vizcaya en pago por su ayuda contra las pretensiones de Enrique, pero no cumplió la promesa y los ingleses se retiraron.

Tratando de remediar los reveses bélicos que venía sufriendo, logró un pacto con el rey de Navarra en Soria, 1363, que le sirvió para reafirmar sus posesiones norteñas.

Por tierras sorianas solía andar de cacería cuando las circunstancias se lo permitían porque, al igual que su padre, era gran cazador, pues como dice don Pedro de Ayala en su Crónica: «El rey era gran caçador de aves».

Su hermanastro Enrique había pactado ayuda para derrotar a Pedro I con el rey de Aragón y el de Francia, que le envió a Beltrán Duguesclín, futuro Duque de Soria, capitán de ciertas huestes mercenarias, que se vino a Castilla con la promesa de recibir 200.000 florines de oro si abandonaba las tierras francesas porque, seguramente, su rey le temía.

Este BELTRÁN DUGUESCLÍN, general de las tropas de Normandía vino a España al mando de las Compañías Blancas, un ejército variopinto de mercenarios que fueron derrotados en Nájera por el Príncipe Negro, descalabrando al ejército del bastardo que no esperaba un revés tan contundente; para colmo, el Príncipe cogió preso al bretón y se lo llevó de vuelta a Francia con el consiguiente disgusto del rey francés, que pagó un exagerado rescate para que se volviera a Castilla.

Liberado el bretón, vino al lado de Enrique, reorganizó de nuevo sus tropas y trató de tomar Toledo viendo que el rey había dejado la plaza desguarnecida. Cuando Pedro I quiso defenderla con fuerzas escasas y mal organizadas, tuvo que huir buscando refugio en el castillo de Montiel (Ciudad Real), que fue sitiado por las tropas de Enrique para apresarlo y rendirlo.

Viendo que su situación era insostenible, el rey trató de sobornar a Duguesclín para que le facilitara la huida, y así fue acordado entre el bretón y un fiel caballero castellano, Men Rodríguez de Sarabia; pero en lugar de dejarle huir, Duguesclín lo traicionó llevándolo a la tienda de su hermano, que le recibió con una daga en la mano al grito de: «¿Dónde está ese judío hideputa que se nombra rey de Castilla?» A lo que el rey verdadero le respondió: «¡El hideputa seréis vos, que yo soy hijo legítimo del buen rey Alfonso!»

Se hirieron con las dagas y don Pedro, más corpulento, tomó cierta ventaja sobre el traidor, pero Duguesclín sujetó al rey para que Enrique lo acuchillara sin compasión. Esta traición le valió al bretón que Enrique le concediera «la merced» del Ducado de Soria —mayo de 1370, uno de los ducados más antiguos del reino— con sus tierras y beneficios, además de las villas de Almazán, Serón, Deza y Molina.

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Covaleda era tierra de realengo por aquellas fechas, es decir: tierra de los dominios del rey, aunque en siglos anteriores había sido de abadengo por haber pertenecido al monasterio de San Millán de la Cogolla primero y al de San Salvador de Oña, después. Las gentes de Covaleda, no sin gran esfuerzo, habían comprado el territorio «con sus dineros propios», como dice una Carta ejecutoria a favor del concejo en la Chancillería de Valladolid, y sus montes pasaron a ser propiedad del pueblo, que gozaban de privilegio real ya desde 1327. Covaleda, dentro de la Universidad de la Villa y Tierra de Soria, pertenecía al sexmo de Frentes, y jurisdiccionalmente dependía de la capital, por lo que, el nuevo Duque de Soria, M. Beltrán Duguesclín, era su señor natural.

Pero el bretón no disfrutó mucho de la paz soriana, porque en el año 1375 decidió vender su ducado a la corona y marcharse a su tierra, lo que le reportó una bonita suma de 240.000 doblas de oro, volviéndose rico a sus posesiones bretonas gracias al tesoro de aquella Castilla depauperada del rey Enrique «el de las Mercedes».

Respecto a los hombres que le acompañaban, lo que probablemente sucedió es que alguno de sus mesnaderos, como mercenarios que eran, habían recibido tierras sorianas en pago por los servicios prestados, y como Covaleda ofrecía buenos montes de caza, buenos pastos para la ganadería y otras ventajas, los más oportunistas prefirieron quedarse en estas tierras para disfrutar de sus beneficios, y estos bretones afincados en nuestro pueblo seguramente arraigaron con mejor o peor fortuna entre su gentes dando origen a que se nos aplicara el gentilicio «Bretos», haciendo constar que entre los habitantes nativos de Covaleda había unos viejos soldados rubios convertidos en cazadores y ganaderos venidos desde las lejanas tierras de la Bretaña francesa dispuestos a echar aquí sus raíces. Así debió ser, aunque nada conste por escrito, pero lo cierto es que desde entonces se nos llama «Bretos», nombre que llevamos con orgullo.

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COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – II

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¿Por qué nos llaman: «BRETOS»?

Don Miguel Moreno, cronista oficial de Soria, tiene escrito: «Los de Covaleda son gentes altaneras y libres, de corazón abierto como el pinar (…) entre los que abunda el rubio extraño a Soria, porque dicen que vienen de los Bretos, unos que diz que bajaron de Albión...»

Don Nicolás Rabal en su Historia de Soria, dice a propósito de Covaleda: «Sabido es que sus actuales moradores deben su origen a una colonia bretona, y aún hoy día se les conoce bajo la denominación de Bretos. No se nota gran cosa en los hombres su extraño origen, pero no así en las mujeres que, con las del inmediato pueblo de Duruelo, forman un tipo especial y único en la provincia».

Esta descripción responde muy al gusto romántico de aproximar la belleza de las mujeres autóctonas con las nórdicas: baste recordar alguna Rima de Bécquer. Los hombres, no; no le convencieron sus rostros cetrinos y sus ojos castaños que tiran más hacia lo ibero. En realidad, no deja de ser todo ello más que una mera especulación literaria.

Don José García, un periodista soriano de mediados del XIX en su crónica: Una visita a las lagunas de Urbión describe con pluma cargada de adjetivos y florituras la raza de los covaledanos abundando en esta línea romántica.

«Poseídos de indefinible sentimiento, de dulce y grata tristeza, entramos en las cercanías de Covaleda…  Los vallados de madera, dividiendo el terreno en formas geométricas, la multitud de vacas que con sus sonoros cencerrillos llenaban las verdes praderas de animación y alegría, las caprichosas ondulaciones que el terreno hacía… Algunas mujeres, sencillamente vestidas, con airosos zagalejos y graciosos pañizuelos que el diestro lápiz del inolvidable Bécquer —tal vez se refiere a Valeriano, hermano del poeta y seguramente amigo del autor, que era pintor y vivió alguna temporada en Soria— ha sabido dotar con tanta poesía (…), conducían sobre sus espaldas enormes cargas de tabla o de teas que sujetaban a la frente con anchas vendas, mientras sus manos entrelazaban con pasmosa rapidez los innumerables puntos de las azules calcetas…»

 Sorprendente armonía entre belleza y trabajo duro que dice mucho en favor de las bravas mujeres de mi pueblo que cumplen con el conocido refrán:

 Quien casa en Covaleda,
mujer y mula lleva.

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COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – I

Como bien sabréis, hace poco que nuestro paisano Pedro Sanz Lallana, ha publicado una recopilación de historias relacionadas con Covaleda que ha titulado “Covaleda y otras hierbas”. Pues bien, este libro lo quiere compartir con todos vosotros por lo que poco a poco iremos publicando estas historias y otras no incluidas en el libro, por expreso deseo del autor de compartirlas de manera gratuita con sus paisanos de Covaleda.

Agradecer a Pedro Sanz su siempre dispuesta colaboración con Historia de Covaleda así como su cariño al pueblo y sus habitantes. MUCHAS GRACIAS.

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Covaleda: señora y dueña
de un mar de pinares,
donde el Duero busca atajos para otros mares,
y el Urbión nevado, silente, sueña.

COVALEDA

Llegar a Covaleda[1] es disponerse a gozar, a disfrutar de los encantos de un monte todavía virgen, de arroyos transparentes, de naturaleza en estado puro.

Si remontas el curso del Duero, pasada la fuente de Santolunio —con su pilón hecho de un tronco que antaño servía como abrevadero de bueyes y caballerías—, verás que «allí las rocas se aborrascan, al par que el valle se estrecha» dice don Antonio Machado cuando te enfrentas a unos impresionantes farallones rocosos que sirven de pórtico amurallado a la ladera en que se recuesta el pueblo. Sin duda esta fue la primera imagen que vio el poeta cuando, a lomos de caballería, se aproximó a Covaleda con la idea de subir a la Laguna Negra buscando el molde para su Tierra de Alvargonzález.

La misma impresión tuvieron Gerardo Diego, o José García Nieto, que vinieron para conocer este rincón privilegiado y cantarlo en encendidos versos. Y es que, si te llegas a Covaleda, es para quedarte.

Al hablar de mis antepasados he de remontarme a la Edad de Bronce, porque aparecieron unas hachas en el paraje de Cueva Medrano que señalan la presencia de unos primitivos cazadores por estos lares. Me imagino que ya entonces era un lugar ideal para la caza: alto, aislado, bien guarnecido por la espesura de los hayedos, robles y pino albar, tal como lo describen algunos cronicones medievales.

Afirma don Ángel Terrel en su libro De Covaleda y para Covaleda que seguramente se asentaron en estas tierras tribus celtas de los Bracos o Bretos, que debieron entrar en contacto con ramificaciones vasconas por los topónimos y costumbres que han quedado: Urbión (dos aguas buenas), Paúl (humedal),  Zurraquín (monte blanco), lo cierto es que de esta época celtibera quedan restos de muros ciclópeos en el Paso de los Arrieros que se completan con los de una calzada romana posterior, posiblemente la que subía de Visontium: Vinuesa, y un puente de la misma hechura sobre el Duero que llamamos de Santo Domingo.

Hay alusiones en las Crónicas de Fernán González a que huestes de Covaleda le ayudaron en su guerra contra moros por las tierras del Alfoz de Lara, concretamente en la batalla victoriosa tenida el 16 de junio del año 929, festividad de San Quirico y Santa Julita que, en agradecimiento por la ayuda prestada, donó bienes para construir una iglesia en el pueblo bajo la advocación de estos santos nombrándolos patronos de la parroquia. Esta primera iglesia, seguramente románica, fue derruida para levantar otra mayor con trazas góticas (gótico soriano) de finales del XVII y retablos barrocos muy efectistas. En el atrio se observan tumbas antropomórficas excavadas en la roca siguiendo una tradición medieval (siglos X-XII) común a los pueblos vecinos —Revenga, Duruelo, Regumiel, Cuyacabras en Quintanar, Vilviestre— de hacer este tipo de enterramientos en torno a las iglesias.

El Rey Alfonso X en 1260 concede en una Carta Puebla a «las gentes della Covalleda, para los que vivieren e murieren e descendentes, que pueden usar e romper e tronchar árboles e pacer con sus ganados e beber las aguas e caçar e pescar a término todo e lebremente», privilegio de posesión comunal del monte, que luego fue ratificado por don Juan I (1285) hasta Felipe II (1562) según consta en la Ejecutoria de la Real Chancillería de Valladolid. Por esto, los aprovechamientos forestales que recibe cada vecino (suerte de pinos) es un privilegio histórico que todavía se conserva.

Que era un lugar de atractivo cinegético queda patente en el Libro de la montería del rey D. Alfonso XI, Libro IV: «La garganta de Covalleda es buen monte de oso et de puerco en verano. Et son las vocerías la una desde la Covertera, por encima de la cumbre de la Sierra fasta cañada Bermeja; (…) la otra en Cabañares et otras dos en Matalobos», todos ellos parajes de este entorno.

He de señalar que los covaledanos, movidos por un espíritu emprendedor, se lanzaron a repoblar Ávila en el siglo XI llevando consigo sus yuntas, familias y ganados: «Vinieron gran compaña de buenos omes de Coballeda, de cinco Villas e de Lara; e los de Coballeda e de Lara venían delante…», señala Carlos Martel en las Chrónicas de Gonzalo de Ayora.

La carretería fue una ocupación temprana. Los carreteros gozaban de ciertos privilegios allá por donde pasaban como era el disponer de pasto libre para sus bueyes en las dehesas y cordeles. En el ejercicio diario transportaban lanas y materiales de todo tipo a lo largo y ancho de España, de tal manera que La Cabaña Real de Carreteros necesitó ser regulada y quedó sujeta a Ordenanzas fijadas en Canicosa (1841), justo cuando empezaba el declive de la misma por la llegada de otros medios de transporte más eficaces y rápidos como el ferrocarril.

La Covaleda actual, de calles perpendiculares, casas de piedra y balconadas de forja, es fruto de la remodelación que sufrió el pueblo a consecuencia de un terrible incendio que destruyó la práctica totalidad del municipio el 8 de septiembre de 1923. Se salvó la iglesia y poco más. Aún llegué a conocer algunas casas con chimenea de campana, hogar bajo y olor a leña de roble que han ido desapareciendo con el paso del tiempo.

Pasear por los montes de Covaleda es una experiencia gratificante. Existen varias rutas bellísimas, mal llamadas turísticas, que solamente exigen ganas de andar. A mi juicio hay dos recorridos que son imprescindibles: el primero se trata de subir por el Muchachón a los Llanos, hasta alcanzar el Pico, que es como llamamos al monte Urbión: descubrir el paisaje de las dos vertientes que señala su nombre, llenarse de aire purísimo, otear horizontes de muchos kilómetros a la redonda, bajar por las fuentes del Duero, o las lagunas  Larga y Helada, o dejarse caer por la cara más agreste de la Laguna Negra contemplando desde lo alto la tacita redonda y glaciar de esa laguna que, como dice la leyenda, no tiene fondo…

El otro, a pie llano, consiste en recorrer los parajes que van parejos al cauce del río Duero en la ruta que llaman «de puente a puente», esto es: desde el de Santo Domingo al Puente Soria, pasando por el Pozo San Millán y observar los restos de una antigua necrópolis medieval con sepulturas antropomórficas, los Apretaderos que son las hoces del Duero, el Refugio, lugar de solaz y descanso donde se halla enclavado el camping.

Hay otros parajes que encierran leyendas y consejas mágicas como el de la Piedra Andadera, «de más de 10.000 arrobas», dice el señor Terrel; piedra que se apoya sobre un vértice inestable y cuando se le empuja, se balancea. O las cuevas del Tío Melitón que hablan de las fechorías de este bandolero que atemorizó el monte covaledano allá por el año 1850[2].

Pero si un día quieres disfrutar de algo típico de Covaleda, llégate el 13 de agosto de cualquier año: probarás la caldereta. Te adelanto que es una comida popular que el ayuntamiento ofrece a todos los visitantes en remedo de la hospitalidad tradicional de las gentes de la sierra.

El plato típico por excelencia es el ajo arriero que se hace en el monte sobre unas trébedes, de la que todos nos consideramos expertos cocineros.

[1]  Texto publicado en http://soria-goig.com

[2]  Tienen amplia noticia de este personaje «atrabiliario», como dice Sánchez Dragó en el Prólogo, en mi novela: Muerte a mano airada.

 

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45 Años de Pelota Profesional en Covaleda – III

Una vez conocidos los partidos jugados y los resultados, vamos a pasar a compartir las curiosidades que nos deparan estos:

JUGADORES QUE MÁS HAN PARTICIPADO: (en color rojo los años que ganaron sus partidos y en azul los años de los que no disponemos del resultado del partido).

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De estos datos se desprende que el pelotari que más veces ha jugado en el torneo de las Fiestas de San Lorenzo en Covaleda ha sido TITIN III con 18 participaciones, seguido de lejos por RETEGUI II y OLAIZOLA II con 11 y BELOKI con 10.

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Si nos atendemos únicamente a las victorias que han conseguido en el pabellón de Covaleda, hay un claro triunfador que es BERGARA II, ya que a pesar de que nos falta el resultado de uno de los encuentros, en sus 7 participaciones no ha conocido la derrota, si bien es cierto que TITIN III ha triunfado en 11 de sus 18 participaciones y BELOKI lo ha hecho en 8 de sus 10 participaciones. Mucho más irregular ha estado RETEGUI II ya que únicamente salió ganador en 6 de sus 10 participaciones (faltando el resultado de uno de los encuentros).

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ALUSTIZA es uno de los pocos pelotaris que conoce sus visitas al pabellón de Covaleda únicamente por victorias, a pesar de habernos visitado en 5 ocasiones.

 

 

 

La otra cara de la moneda la tienen ARIÑO IV, ELKORO y LASKURAIN, los cuales en ninguna de sus tres visitas disfrutaron del éxito en Covaleda así como BENGOETXEA VI que en sus 8 visitas al pabellón únicamente ha conocido la victoria en 2 de ellas.

RESUMEN DE VICTORIAS Y DERROTAS
(El * significa que nos falta el resultado de algún partido disputado)

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RESULTADO FINAL DE LOS PARTIDOS

Que en Covaleda se han podido disfrutar grandes partidos de pelota, nadie lo discute, lo que si está entre los comentarios de los aficionados, en muchas ocasiones, es si el partido había sido realmente disputado o el resultado se había acordado con anterioridad con la finalidad de dar espectáculo. Desde aquí no vamos a entrar en polémicas, solo vamos a poner los resultados que más veces se han repetido en estos 45 años de pelota profesional en las Fiestas de San Lorenzo de Covaleda y que cada uno saque sus propias conclusiones.

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Con esta tercera parte doy por terminado el artículo si bien en cuanto pueda comprobar los datos que faltan lo actualizaré, siempre con las esperanza de que os haya gustado y que los datos, además de curiosos, hayan sido de vuestro interés.

Si alguien lo quiere complementar con más datos o fotografías de los pelotaris en Covaleda lo puede hacer tranquilamente enviando la información a historiadecovaleda@gmail.com y gustosamente los añadiré.

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45 Años de Pelota Profesional en Covaleda – II

AÑO 2000
TIRAPU / BELOKI 22-16 UNANUE / ERRASTI
TITIN III / BERNA 22-14 EUGUI / ELKORO

2000-08-112000-08-11-22000-08-122000-08-12-22000-08-132000-08-13-2

AÑO 2001
RETEGUI II / BARRIOLA 22-21 UNANUE / ARMENDARIZ
TITIN III / BERNA 22-17 EUGUI / LASA III

2001-08-102001-08-112001-08-13

AÑO 2002
BARRIOLA / OLAIZOLA II 22-21 BELOKI / UNANUE

2002-08-092002-08-112002-08-13

AÑO 2003
OLAIZOLA I / PATXI RUIZ 16-22 KOKA / BELOKI

AÑO 2004
TITIN III / GALARZA VI 19-22 MARTINEZ DE IRUJO / PASCUAL
OLAIZOLA I / BELOKI 18-22 OLAIZOLA II / ZEARRA

2004-08-102004-08-112004-08-122004-08-13

AÑO 2005
TITIN III / GOÑI III 22-19 XALA / PASCUAL
OLAIZOLA II / OTXANDORENA 22-17 BENGOETXEA VI / BELOKI

2005-08-10

AÑO 2006
MARTINEZ DE IRUJO / LASA 16-22 TITIN III / GOÑI III
OLAIZOLA II / PEÑAGARIKANO 22-19 BENGOETXEA VI / BEGINO

2006-08-122006-08-12-022006-08-132006-08-142006-08-14DV

AÑO 2007
TITIN III / GOÑI III 20-22 GONZALEZ / LASA
OLAIZOLA II / BEGINO 18-22 BENGOETXEA VI / BELOKI

2007-08-09DV2007-08-102007-08-10DV2007-08-112007-08-12DV

AÑO 2008
TITIN III / LASA 22-20 MARTINEZ DE IRUJO / LASKURAIN
OLIOZOLA II / MENDIZABAL II 22-21 BENGOETXEA VI / BELOKI

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AÑO 2009
MARTINEZ DE IRUJO / GOÑI III 17-22 TITIN III / PASCUAL
BERASALUCE VIII / BEGINO 22-19 OLAIZOLA II / PATXI RUIZ

2009-02-202009-08-08DV2009-08-102009-08-122009-08-12-32009-08-12DV2009-08-12DV32009-08-132009-08-13DV

AÑO 2010
TITIN III / ZUBIETA 18-22 XALA / BARRIOLA
BERASALUCE VIII / BEGINO 22-18 BENGOETXEA VI / APRAIZ

2010-08-07DV2010-08-102010-08-11DV2010-08-12DV

AÑO 2011
TITIN III / ZUBIETA 22-21 MARTINEZ DE IRUJO / LASKURAIN
OLAIZOLA II / BEROIZ 22-16 BENGOETXEA VI / BEGINO

2011-08-11DV2011-08-12DV

AÑO 2012
TITIN III / LASKURAIN 12-22 MARTINEZ DE IRUJO / PASCUAL

2012-08-03-DV2012-08-112012-08-13DV

AÑO 2013
MARTINEZ DE IRUJO / MERINO II 22-16 TITIN III / ZABALETA

2013-08-132013-08-13DV

AÑO 2014
TITIN III / MERINO II 22-18 ERKUDIA / BARRIOLA

2014-08-102014-08-12

AÑO 2015
MARTINEZ DE IRUJO / MERINO II 22-21 OLAIZOLA II / UNTORIA

2015-08-13

AÑO 2016
IKER IBARRIA / ZABALETA 22-21 OLAIZOLA / ALBISU

2016-08-112016-08-11DV2016-08-13

AÑO 2017
BENGOETXEA VI / ALBISU 15-22 ALTUNA III / REZUSTA

AÑO 2018
ALTUNA III / ZABALETA 22-16 BENGOETXEA VI / IMAZ

2018-08-03DV2018-08-13DV

AÑO 2019
OLAIZOLA / ALBISU 22-20 ALTUNA / IMAZ

2019-08-12DV2019-08-13DV

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