EL TANNHÄUSER Y LA BANDA DE COVALEDA (UNA SONRISA PARA TIEMPO DE CORONAVIRUS)

EL TANNHÄUSER Y LA BANDA DE COVALEDA (UNA SONRISA PARA TIEMPO DE CORONAVIRUS)

Yo era monaguillo, y cuando llegaba el día de San Lorenzo, había para mí un momento en la misa mayor que aguardaba cada año con una delectación casi morbosa, tanto que tuve serios escrúpulos de conciencia de que incurría en pecado, porque me acometía una excitación rara en el momento de la consagración que me distraía de mis obligaciones de monago, justo cuando don Serapio atacaba con la banda de música el Tannhäuser marcando fortísimos los bajos para que el contrapunto de los clarinetes saliera flotando por las bóvedas de la iglesia y me transportara lejos del altar, mucho más allá del Pico Urbión. Algunas veces tocaba el himno nacional, pero no era lo mismo.

Ni remotamente podía imaginar que el Tannhäuser fuera obra de un romántico alemán llamado Wagner —según me dijo Paco, gran maestro del clarinete que tocaba en la banda— y que formaba parte de una famosa ópera donde se contaba la leyenda de un caballero llamado Tannhäuser castigado por rechazar los favores de la diosa Venus y preferir los amores de Elisabeth, una simple mortal bellísima y sensual, y otros detalles que ahora no recuerdo, porque a los diez años uno tenía otras preocupaciones más importantes en que ocuparse y no, precisamente, de los amores de un minnesinger alemán.

La banda de música de Covaleda era la institución local por mí más admirada. La banda de música, digo, con su director a la cabeza, don Serapio, era la encargada de marcar el grado de solemnidad de las festividades del pueblo: a mayor solemnidad, mejor repertorio musical y bellos pasacalles, de manera que el día más importante del calendario, la fiesta patronal, exigía forzosamente el Tannhäuser en la misa mayor —o el himno nacional, según— al alzar la hostia, en pleno milagro de la transubstanciación, cuando las personas y banderas se humillaban respetuosas ante la solemnidad del momento; para mí, incipiente pecador, el milagro verdadero no era el del altar, sino el de la música: la forma maravillosa de atacar el comienzo con la levedad de una brisa, alargando los trombones las notas para hacerlas engrosar como si de una ola gigante se tratara apoyada en los bajos, que estallaba a los pies del altar y salpicaba como una espuma con los trinos de los clarinetes elevándose por las columnas barrocas del retablo hasta alcanzar las bóvedas de crucería y retornar en cascadas de semicorcheas por los aledaños del coro hasta caer dormidas entre los azulones y violetas de las altas vidrieras reflejadas en el suelo —¡caray, me ha dado el repeluzno romántico!—. Y yo, allá abajo, revestido de monaguillo, esperando la llegada del escalofrío, sintiendo en la nuca el perfume del milagro…

El largo acorde final me devolvía a la realidad pasada la consagración, y el Tannhäuser recién interpretado quedaba en mi recuerdo como un arrebato místico que se repetiría al año siguiente.

Pasados unos días, le pregunté a don Nicolás:
—Don Nicolás, ¿eso que me pasa es pecado?
Torció el gesto y me apuntó con un dedo acusador:
—No, no es pegado, pero mejor harías en estar recogido durante la consagración en lugar de distraerte con la música.
—Es que no lo puedo evitar…
—Pues inténtalo, que no es tan difícil —me dijo, áspero—. Ego te absolvo a peccatis tuis, etcétera. Anda, vete, reza un padrenuestro y no peques más.
Arrodillado frente al altar mayor, tuve la clara conciencia de que el Tannhäuser tocado por la banda de mi pueblo era mucho más grande que una oración, y mucho más hermoso que un pecado ¿venial? Padre nuestro que estás en los cielos…

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