COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – X

APODOS EN COVALEDA: «Los CADENAS»

Me contaba mi amigo Pío, hijo del tío Pilatos, que lo del apodo de mi abuelo tuvo que darse allá por el año mil novecientos y algo, poco antes de que se casara con Basilisa, que eran tíos suyos.

Por aquel entonces, mi abuelo Pedro era un mozarrón bien plantado, alto, guapo y un poco “echao p’alante” como se decía de los bragados, que no se arredraba ante nada, más bien todo lo contrario, bastaba que hubiera un problema para que se pusiera en primera línea y tratara de resolverlo. Esta actitud autosuficiente le valió más de un disgusto, me consta.

Pues sucedió que un grupo de cómicos llegó a Covaleda para representar una obra de teatro, una obra de enredos que tanto gustaba a la gente, acontecimiento artístico que solía suceder un par de veces al año. Y en los entreactos de estas obras, cuya tramoya acostumbraba ser bastante rudimentaria porque la compañía teatral no daba para más, se recitaban romances y poemas para que el respetable no se aburriera mientras cambiaban los decorados y los actores tomaban un refresco.

El poema que se recitó en aquella ocasión fue el conocido romance: Las valentías de Pedro Cadenas y otros soldados, un pliego de cordel del siglo XVIII, en la línea de los que solían recitar los ciegos por las calles de España donde primaba la pasión, las vísceras y el duelo mortal para lavar el honor ultrajado.

Comienza así el romance:

Atención, noble auditorio,
todo el orbe se suspenda
mientras mi lengua declara
la más reñida pendencia
que sucedió en Barcelona,
del modo que aquí se cuenta.
(…)
Eran entre los marinos
estos cuatro, hombres de prendas,
y por ser de gran valor
quiero que sus nombres se sepan.
El primero y principal
era Diego de Contreras,
soldado diestro y temido
en castillos y fronteras;
el segundo es Cayetano
García, soldado que era
de todos muy respetado,
hombre de valor y prendas;
el tercero Alfonso Téllez,
cuyas hazañas y fuerzas
no me atrevo a enumerar;
el cuarto es Pedro Cadenas,
que es alférez reformado,
sargento vivo en galeras.

Vivía en esta ciudad
una dama hermosa y bella
espejo de la hermosura
con quien trataba Cadenas…

Sigue el romance contando que los marinos llegan al puerto de Barcelona y el tal Alfonso, hombre pendenciero y mal encarado, requiebra de amores a la prometida del señor Cadenas, aunque ella, mujer fiel, lo rechaza con desprecio; Alfonso, despechado, reacciona violentamente y la abofetea al tiempo que cita a Pedro para que, si tiene valor y algo de hombría, acuda al reto que le propone donde le partirá el alma. 

Se queja la bella a su novio:

No serás, Pedro Cadenas,
respetado en Barcelona,
si aquesta infamia no vengas,
y la mano que me ultraja
cortada no me la presentas.

Como en el teatro barroco, el honor ultrajado sólo se limpiaba con sangre, y en esta ocasión, la mujer exige que le sirvan en bandeja la mano que mancilló su cara, igual que Salomé cuando pidió la cabeza del Bautista.

A Pedro le hierve la sangre; no soporta la injuria, el deshonor, y sale como un loco en busca de su comilitón que lo encuentra junto a la puerta del Ángel, cerca de las murallas de la ciudad de Barcelona, y le conmina a batirse allí mismo, sin más esperas, para lavar su honor agraviado.

Dice el poeta inspirado:

Se tiraban muy de veras
con gran ira y gran ahínco
estocadas muy soberbias.
Alfonso, como valiente,
le ha dado a Pedro Cadenas
tres furiosas estocadas
que los pechos le atraviesan.
(…)      …Pedro Cadenas
con la espada y con la daga
con su contrario se cierra,
le ha tirado una estocada
que, sin reparo hiciera,
por el párpado de un ojo
le entró la punta sangrienta
que el cerebro le pasó
la espada más de una tercia.
(…)
Cadenas muy mal herido
sobre una peña se sienta,
los ojos al cielo alza
y a Dios llama muy de veras.
(…)
Con esto llegó la Parca,
corta el hilo que le alienta
expiró y partióse el alma
al tribunal a dar cuenta…

El alférez Cadenas demuestra a lo largo del romance una valentía y un pundonor dignos de encomio, virtudes ambas muy valoradas entre el estamento militar que iban más allá de la propia vida. Un hombre sin honor era un hombre sin valor.

Acabada la representación teatral, la asociación de ideas entre el personaje del romance y mi abuelo fue inmediata, y los amigos de la cuadrilla enseguida le apodaron «Cadenas» en recuerdo de aquel caballero fiero y bravucón.

Desde entonces, nuestra familia se apoda «los Cadenas», pues es bien sabido que en los pueblos raro es el vecino que no tiene un alias por el que se le reconoce socialmente mucho mejor que por el apellido.

A este propósito, me permito citar unos versos de Alfonso Rubio, un vecino de Covaleda, que con harto buen humor compuso una simpática relación de alguno de los apodos más chocantes de mi pueblo:

Hay vasijas a todo confort:
pues tienen un “Botijo”
con su buen “Pitorro”
y un gran “Garrafón”
(…)

En fin, motes bien reconocibles todos ellos.

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