COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – IV

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Mi LEYENDA de la LAGUNA NEGRA

A poco de llegar don Antonio Machado a Soria como profesor de francés, tuvo noticia de que por tierra de pinares había unos parajes espectaculares, naturaleza virgen, diametralmente opuestos al paisaje que había visto desde el tren procedente de Madrid, la sobria estepa soriana de la que luego se enamoraría profundamente.

Sus amigos del Círculo Numantino enseguida organizaron una excursión a los montes de Covaleda al objeto de ver in situ la Laguna Negra, esa bella desconocida de la que se contaban un montón de leyendas. Tomaron unas caballerías y por el antiguo camino de la Muedra —hoy pantano— se adentraron, Duero arriba, hasta llegar a mi pueblo. Hicieron noche en la posada, contrataron a algún pastor como guía de monte, y dispusieron que a la mañana siguiente subirían por el Becedo hasta los farallones de la laguna para gozar de un día de solaz: total cuatro horas de camino. Al amor de la lumbre —era el tardío—, seguramente hablaron de la laguna, y el pastor les iría contando las leyendas que corren por el pueblo en torno a ella: que sus aguas son negras porque es insondable, que está poblada por seres monstruosos, que cualquiera que se atreva a violarla es objeto de una condena fulminante y voraz…

¿Qué más necesitaba don Antonio, poeta, para avivar su imaginación? No es extraño, pues, que en sus poemas aparezca luego la Laguna Negra con ese halo mágico que encierra por no tener fondo, y que la convierta en tumba eterna del padre de los malvados hijos en La tierra de Alvargonzález.

Entre las gentes de Covaleda siempre se ha alimentado la leyenda de que la Laguna Negra tiene mucho de misteriosa e impenetrable. Y es bonito que así sea; precisamente éste es uno de sus encantos, aparte de su belleza natural.

Una mañana de verano, de las muchas que acompañé a mi abuelo por las faldas del Urbión en busca de pastos frescos para el rebaño de cabras que apacentaba, nos llegamos a los parajes de la laguna. Mientras las cabras ramoneaban por los altos, nos acercamos a la ribera donde las aguas reposaban calmas y oscuras, casi negras.

—Oye, Chiquito, ¿sabes que esta laguna no tiene fondo? —me dijo mientras señalaba con la cachava el óvalo perfecto que forma la laguna glaciar.

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Con mis ocho años me quedé pasmado imaginando un agujero profundo que llegara a las inmediaciones del centro de la tierra, es decir: a las puertas del Infierno, y observaba con inquietud aquella masa azul-oscura que reflejaba como un gigantesco espejo las nubes del cielo.

—Por eso se llama negra, ¿lo sabías? ¿Y dicen que dentro hay unos bichos tan grandes que son capaces de devorar una cabra en menos de lo que canta un gallo si cae en ella?

—¡Ostras!

Consiguió que me asustara de verdad. Di un salto y me aparté instintivamente del borde de aquellas aguas oscuras, traicioneras, al tiempo que me venía a la cabeza la figura horrorosa del Demonio tal como lo había visto dibujado en el Catecismo Escolar.

—Y cuentan de un pastor —siguió hablando mi abuelo que quería impresionarme de una vez por todas— que arrojó un carnero atado por los cuernos al centro de la laguna, y al cabo de cinco minutos sólo sacó los cuernos mondos y lirondos colgando de la cuerda.

Enseguida hice mis cálculos y deduje que un chaval de mi tamaño sólo duraría unos pocos segundos en las fauces de estos monstruos caso de caer al agua…, así que era lógica mi prevención y que me alejara rápidamente de la orilla.

Y ahí quedó en mi subconsciente le leyenda de la Laguna Negra.

Pasó el tiempo. Mi abuelo murió. Yo hacía años que al pueblo sólo volvía en verano, de vacaciones, y lo primero que hacía al día siguiente de mi llegada era lanzarme monte arriba a empaparme de soledad y naturaleza salvaje. Lógicamente volvía a mis querencias de niño, a ver las aguas de la laguna que para mí seguían siendo vírgenes e intocables. Tenía muy presentes las leyendas que me contara mi abuelo y un cierto respeto por ellas.

Cuando conocí la obra de don Antonio Machado y gocé de sus versos, descubrí que cada vez que leía el poema de La tierra de Alvargonzález reavivaba aquellos sueños que mi abuelo sembró en mi imaginación de niño, ahora ya matizados por los años.

Un día, me armé de valor, pan, chorizo, buen calzado y el perro. Era una mañana preciosa de julio, ideal para caminar; me lancé monte arriba con la intención de llegarme hasta los cantiles de la laguna, paraje que, aunque había visto tantas veces, siempre me sorprendía como si fuera nuevo; digo yo que lo mágico de la laguna debe de ser eso precisamente: que siempre parece distinta aunque siempre sea la misma.

Cuando el sol estaba ya alto, me asomé por los roquedales que envuelven las aguas y me sorprendió ver gente en los alrededores de la laguna que parecía estar anotando y midiendo el relieve del contorno con un teodolito. Pensé: «Estarán tomando medidas para trazar un plano». Y me fui hasta ellos. Lo más sorprendente del caso es que había dos individuos en una lancha neumática lanzando una especie de cuerda con nudos que les servía para ir midiendo la profundidad del fondo. ¡Estaban sondando la laguna!

laguna negra

Sultán y yo estuvimos contemplando toda la operación discretamente subidos a una roca, y cuando vimos que empezaban a recoger los bártulos nos acercamos hasta donde estaban los que medían la laguna:

—¿Me permiten que les haga una pregunta?

Ellos me miraron con cierta sorpresa.

Dicen los libros sagrados que el pecado original vino, precisamente, por la curiosidad de Eva que no pudo soportar ver una culebra con una manzana en la boca y preguntó lo que no debía.

—Tengo curiosidad por saber la profundidad de la laguna porque hay una leyenda que dice…

—Ah, sí, eso de que no tiene fondo… —El capataz me miró con un poco de compasión—. Pues siento decepcionarte, joven, pero…

Según me miraba el hombre aquel sentí como un aldabonazo en la conciencia que me hizo reflexionar: «Pero, ¿qué estás haciendo, insensato? ¿Quieres llevar sobre ti el baldón de desvelar el misterio? ¿Quieres destruir la leyenda?». Reaccioné a tiempo:

—Vale, perdone, gracias, no, no me diga nada. Prefiero no saberlo. Adiós.

Y nos alejamos de aquellos buenos hombres, porque ellos buscaban hacer un plano topográfico de la laguna, mientras que yo necesitaba salvar el misterio.

—¿Sabes cuánto mide en lo más profundo? —me dijo uno de ellos a voces cuando ya escalaba por las escarpaduras de la ladera norte.

Me volví como fulminado por un rayo:

—¡No, ni me interesa! ¿Sabe usted lo que significa insondable?

Para mí, afortunadamente, la laguna todavía conserva su misterio.

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