COVALEDA Y OTRAS HIERBAS – Pedro Sanz Lallana – I

Como bien sabréis, hace poco que nuestro paisano Pedro Sanz Lallana, ha publicado una recopilación de historias relacionadas con Covaleda que ha titulado “Covaleda y otras hierbas”. Pues bien, este libro lo quiere compartir con todos vosotros por lo que poco a poco iremos publicando estas historias y otras no incluidas en el libro, por expreso deseo del autor de compartirlas de manera gratuita con sus paisanos de Covaleda.

Agradecer a Pedro Sanz su siempre dispuesta colaboración con Historia de Covaleda así como su cariño al pueblo y sus habitantes. MUCHAS GRACIAS.

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Covaleda: señora y dueña
de un mar de pinares,
donde el Duero busca atajos para otros mares,
y el Urbión nevado, silente, sueña.

COVALEDA

Llegar a Covaleda[1] es disponerse a gozar, a disfrutar de los encantos de un monte todavía virgen, de arroyos transparentes, de naturaleza en estado puro.

Si remontas el curso del Duero, pasada la fuente de Santolunio —con su pilón hecho de un tronco que antaño servía como abrevadero de bueyes y caballerías—, verás que «allí las rocas se aborrascan, al par que el valle se estrecha» dice don Antonio Machado cuando te enfrentas a unos impresionantes farallones rocosos que sirven de pórtico amurallado a la ladera en que se recuesta el pueblo. Sin duda esta fue la primera imagen que vio el poeta cuando, a lomos de caballería, se aproximó a Covaleda con la idea de subir a la Laguna Negra buscando el molde para su Tierra de Alvargonzález.

La misma impresión tuvieron Gerardo Diego, o José García Nieto, que vinieron para conocer este rincón privilegiado y cantarlo en encendidos versos. Y es que, si te llegas a Covaleda, es para quedarte.

Al hablar de mis antepasados he de remontarme a la Edad de Bronce, porque aparecieron unas hachas en el paraje de Cueva Medrano que señalan la presencia de unos primitivos cazadores por estos lares. Me imagino que ya entonces era un lugar ideal para la caza: alto, aislado, bien guarnecido por la espesura de los hayedos, robles y pino albar, tal como lo describen algunos cronicones medievales.

Afirma don Ángel Terrel en su libro De Covaleda y para Covaleda que seguramente se asentaron en estas tierras tribus celtas de los Bracos o Bretos, que debieron entrar en contacto con ramificaciones vasconas por los topónimos y costumbres que han quedado: Urbión (dos aguas buenas), Paúl (humedal),  Zurraquín (monte blanco), lo cierto es que de esta época celtibera quedan restos de muros ciclópeos en el Paso de los Arrieros que se completan con los de una calzada romana posterior, posiblemente la que subía de Visontium: Vinuesa, y un puente de la misma hechura sobre el Duero que llamamos de Santo Domingo.

Hay alusiones en las Crónicas de Fernán González a que huestes de Covaleda le ayudaron en su guerra contra moros por las tierras del Alfoz de Lara, concretamente en la batalla victoriosa tenida el 16 de junio del año 929, festividad de San Quirico y Santa Julita que, en agradecimiento por la ayuda prestada, donó bienes para construir una iglesia en el pueblo bajo la advocación de estos santos nombrándolos patronos de la parroquia. Esta primera iglesia, seguramente románica, fue derruida para levantar otra mayor con trazas góticas (gótico soriano) de finales del XVII y retablos barrocos muy efectistas. En el atrio se observan tumbas antropomórficas excavadas en la roca siguiendo una tradición medieval (siglos X-XII) común a los pueblos vecinos —Revenga, Duruelo, Regumiel, Cuyacabras en Quintanar, Vilviestre— de hacer este tipo de enterramientos en torno a las iglesias.

El Rey Alfonso X en 1260 concede en una Carta Puebla a «las gentes della Covalleda, para los que vivieren e murieren e descendentes, que pueden usar e romper e tronchar árboles e pacer con sus ganados e beber las aguas e caçar e pescar a término todo e lebremente», privilegio de posesión comunal del monte, que luego fue ratificado por don Juan I (1285) hasta Felipe II (1562) según consta en la Ejecutoria de la Real Chancillería de Valladolid. Por esto, los aprovechamientos forestales que recibe cada vecino (suerte de pinos) es un privilegio histórico que todavía se conserva.

Que era un lugar de atractivo cinegético queda patente en el Libro de la montería del rey D. Alfonso XI, Libro IV: «La garganta de Covalleda es buen monte de oso et de puerco en verano. Et son las vocerías la una desde la Covertera, por encima de la cumbre de la Sierra fasta cañada Bermeja; (…) la otra en Cabañares et otras dos en Matalobos», todos ellos parajes de este entorno.

He de señalar que los covaledanos, movidos por un espíritu emprendedor, se lanzaron a repoblar Ávila en el siglo XI llevando consigo sus yuntas, familias y ganados: «Vinieron gran compaña de buenos omes de Coballeda, de cinco Villas e de Lara; e los de Coballeda e de Lara venían delante…», señala Carlos Martel en las Chrónicas de Gonzalo de Ayora.

La carretería fue una ocupación temprana. Los carreteros gozaban de ciertos privilegios allá por donde pasaban como era el disponer de pasto libre para sus bueyes en las dehesas y cordeles. En el ejercicio diario transportaban lanas y materiales de todo tipo a lo largo y ancho de España, de tal manera que La Cabaña Real de Carreteros necesitó ser regulada y quedó sujeta a Ordenanzas fijadas en Canicosa (1841), justo cuando empezaba el declive de la misma por la llegada de otros medios de transporte más eficaces y rápidos como el ferrocarril.

La Covaleda actual, de calles perpendiculares, casas de piedra y balconadas de forja, es fruto de la remodelación que sufrió el pueblo a consecuencia de un terrible incendio que destruyó la práctica totalidad del municipio el 8 de septiembre de 1923. Se salvó la iglesia y poco más. Aún llegué a conocer algunas casas con chimenea de campana, hogar bajo y olor a leña de roble que han ido desapareciendo con el paso del tiempo.

Pasear por los montes de Covaleda es una experiencia gratificante. Existen varias rutas bellísimas, mal llamadas turísticas, que solamente exigen ganas de andar. A mi juicio hay dos recorridos que son imprescindibles: el primero se trata de subir por el Muchachón a los Llanos, hasta alcanzar el Pico, que es como llamamos al monte Urbión: descubrir el paisaje de las dos vertientes que señala su nombre, llenarse de aire purísimo, otear horizontes de muchos kilómetros a la redonda, bajar por las fuentes del Duero, o las lagunas  Larga y Helada, o dejarse caer por la cara más agreste de la Laguna Negra contemplando desde lo alto la tacita redonda y glaciar de esa laguna que, como dice la leyenda, no tiene fondo…

El otro, a pie llano, consiste en recorrer los parajes que van parejos al cauce del río Duero en la ruta que llaman «de puente a puente», esto es: desde el de Santo Domingo al Puente Soria, pasando por el Pozo San Millán y observar los restos de una antigua necrópolis medieval con sepulturas antropomórficas, los Apretaderos que son las hoces del Duero, el Refugio, lugar de solaz y descanso donde se halla enclavado el camping.

Hay otros parajes que encierran leyendas y consejas mágicas como el de la Piedra Andadera, «de más de 10.000 arrobas», dice el señor Terrel; piedra que se apoya sobre un vértice inestable y cuando se le empuja, se balancea. O las cuevas del Tío Melitón que hablan de las fechorías de este bandolero que atemorizó el monte covaledano allá por el año 1850[2].

Pero si un día quieres disfrutar de algo típico de Covaleda, llégate el 13 de agosto de cualquier año: probarás la caldereta. Te adelanto que es una comida popular que el ayuntamiento ofrece a todos los visitantes en remedo de la hospitalidad tradicional de las gentes de la sierra.

El plato típico por excelencia es el ajo arriero que se hace en el monte sobre unas trébedes, de la que todos nos consideramos expertos cocineros.

[1]  Texto publicado en http://soria-goig.com

[2]  Tienen amplia noticia de este personaje «atrabiliario», como dice Sánchez Dragó en el Prólogo, en mi novela: Muerte a mano airada.

 

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