BRETOS por Pedro Sanz Lallana

BRETOS

PEDRO SANZ

Como decía Caro Baroja, nada hay que guste más a los pueblos que emparentarse con ancestros mitológicos, con antepasados de renombre histórico o con leyendas que expliquen sus orígenes más o menos inciertos, y esto es lo que sucede en Covaleda (Soria), que tradicionalmente se ha llamado «Bretos» a sus moradores y siempre nos hemos preguntado por qué.
Breto es, sin duda, un nombre que alude a gente venida de fuera, probablemente de la Bretaña francesa, y tiene que haber alguna justificación histórica para que este gentilicio aparezca citado en algunos textos referidos a este pueblo. Y para buscar dicha justificación, vamos a remontarnos al siglo XIV, concretamente al reinado de Alfonso XI, «Onceno» como se lee en los anales y crónicas de la época.

Este rey de Castilla y León, ALFONSO «ONCENO», nació el 13 de agosto de 1311 y tuvo la desgracia de perder a su padre, Fernando IV, a la temprana edad de dos años, siendo protegido por los señores de Lara, don Manrique y don Nuño de los nobles depredadores que buscaban el beneficio del trono y desposeer al infante de su corona. Murieron ambos en el cerco de Granada y fue su abuela, doña María de Molina, quien se encargó de su custodia y de mantener una férrea regencia hasta la mayoría de edad de Alfonso, en 1325.

Fue apodado «el Justiciero» porque desde su juventud se propuso hacer justicia con aquellos señores que avasallaban a los débiles y urdían planes contra la corona; no es de extrañar que el rey mandara cortar algunas cabezas de los nobles levantiscos para afianzar su poder y dar estabilidad al reino. En consecuencia, fue temido por unos y respetado por todos.
Con respecto a Covaleda y su entorno, he de decir que en el Libro de la Montería se citan los lugares donde este rey y sus nobles venían a cazar: La garganta de Covalleda es buen monte de oso et de puerco en verano, dice textualmente, porque era muy aficionado a este ejercicio; la Crónica del rey Alfonso añade: “Para yr matar al oso sienpre ovo gran sabor”.

Y es que el ejercicio cinegético era considerado entre los nobles como el ideal para mantenerse en forma y prepararse para la guerra.
Este buen rey casó con doña Constanza, matrimonio que fue anulado por su infertilidad, y volvió a casarse con doña María de Portugal, matrimonio de conveniencia, mujer a la que nunca amó aunque tuvo dos hijos: don Fernando, que murió joven, y don Pedro, que heredaría el trono con el nombre de Pedro I «el Justo» —apelación ordenada por Isabel la Católica para contrarrestar el que sus enemigos le habían aplicado: «Cruel»—, digno sucesor de su padre, que supo mantener el reino a salvo de sus depredadores hasta ser asesinado por Enrique II, su hermano bastardo, lo que hizo que la nobleza castellana viera en él un taimado usurpador y un alevoso traidor.

El rey Alfonso batalló contra moros ganando numerosas plazas andaluzas, particularmente Gibraltar, y fue en Sevilla donde encontró a la bella Leonor de Guzmán de la que quedó perdidamente enamorado.

Leonor le proporcionó el afecto y acogimiento que no encontraba en su legítima mujer —la pobre optó por marcharse a Portugal al lado de su padre— y una numerosa prole de diez hijos: don Pedro de Aguilar, Sancho Alfonso de Castilla llamado «el Mudo», alférez del rey. Enrique II de Castilla, «el de las Mercedes», fundador de la Casa de Trastámara, el traidor. Fadrique Alfonso de Castilla, maestre de la Orden de Santiago, Fernando Alfonso de Castilla, Tello de Castilla, Juan Alfonso de Castilla, Juana Alfonso de Castilla, Sancho de Castilla, Pedro Alfonso de Castilla, algunos de los cuales murieron a manos de Pedro I por enfrentarse a su autoridad.

El hecho de tener una amante como doña Leonor, hizo que Alfonso rompiera todas las reglas de convivencia tradicionales, buscando más el afecto personal que los pactos de conveniencia o las recriminaciones del Papa.

Covaleda en esta época —mediados del siglo XIV— era una aldea codiciada por su riqueza cinegética, por sus montes, sus abundantes pastos y excelente ubicación en la Sierra de Urbión.

El temprano comercio de la lana en las ferias de Medina, Villalón, Burgos, Segovia…, hizo que estos pueblos serranos crecieran notablemente, sobre todo cuando los señores de la Mesta promovieron este comercio con Flandes, lo que favoreció el establecimiento de colonias castellanas en la ciudad flamenca de Brujas, siendo Burgos la capital que centralizaba el acarreo de la lana hacia los puertos del Cantábrico mediante el Consulado del Mar. En 1336, el conde Luis de Nevers concedió privilegios a estas colonias de castellanos por el beneficio enorme que le proporcionaba la lana, favoreciendo indirectamente una red comercial en la que intervenían carreteros —la famosa Hermandad de Carreteros Burgos-Soria—, mercaderes, marinos cántabros y vascos, y pastores serranos como elementos fundamentales en este comercio internacional.

Fue una época excepcional en la que la ganadería creció exponencialmente, los pueblos aumentaron de población, siendo el único dato negativo la aparición de la peste negra traída por unos barcos genoveses atestados de ratas y pulgas que se extendió como una plaga por toda Europa diezmando la población, siendo el rey Alfonso XI una de sus víctimas cuando cercaba por segunda vez la plaza de Gibraltar.

Su hijo, PEDRO I, hereda el trono a los 16 años y pronto intenta organizar el reino impartiendo leyes que buscaban someter a los nobles para favorecer a los artesanos y campesinos, lo que le llevó a crearse enemigos poderosos, particularmente sus hermanastros, los hijos de Leonor de Guzmán, a alguno de los cuales mando matar por no acatar las leyes.

Su belicosidad le llevó a tener desafortunados encuentros con el rey Pedro IV de Aragón, aliado de Enrique, que le prometió dar posesiones en Castilla si le apoyaba en sus pretensiones de arrebatar el trono a su hermano. También se enemistó con el rey de Francia porque no cumplió con el compromiso de dotar con 300.000 florines de oro como arras a su sobrina, doña Blanca de Borbón, con la que casó de mala gana en Valladolid, en 1353, motivo por el que Pedro I la abandonó yendo a buscar el cálido regazo de una amante, doña María de Padilla, tal como hiciera su padre.

Por estos años, Francia e Inglaterra andaban enzarzados en la famosa Guerra de los Cien Años, y el rey don Pedro, al verse enemigo del rey francés, pidió ayuda al de Inglaterra que le mandó huestes al mando del Príncipe Negro, excelente estratega que logró una clamorosa victoria en Nájera contra las tropas francesas que apoyaban a Enrique, al mando de las cuales venía un general bretón, Beltrán Duguesclín, famoso mercenario curtido en la lucha contra los ingleses.

El rey había prometido al Príncipe Negro el señorío de Vizcaya en pago por su ayuda contra las pretensiones de Enrique, pero no cumplió la promesa y los ingleses se retiraron.

Tratando de remediar los reveses bélicos que venía sufriendo, logró un pacto con el rey de Navarra en Soria, 1363, que le sirvió para reafirmar sus posesiones norteñas.
Por tierras sorianas solía andar de cacería cuando las circunstancias se lo permitían porque, al igual que su padre, era gran cazador, pues como dice don Pedro de Ayala en su Crónica: «El rey era gran caçador de aves».

Su hermanastro Enrique había pactado ayuda para derrotar a Pedro I con el rey de Aragón y el de Francia, que le envió a Beltrán Duguesclín, futuro Duque de Soria, capitán de ciertas huestes mercenarias, que se vino a Castilla con la promesa de recibir 200.000 florines de oro si abandonaba las tierras francesas porque, seguramente, su rey le temía.

Este BELTRÁN DUGUESCLÍN, general de las tropas de Normandía vino a España al mando de las Compañías Blancas, un ejército variopinto de mercenarios que fueron derrotados en Nájera por el Príncipe Negro, descalabrando al ejército del bastardo que no esperaba un revés tan contundente; para colmo, el Príncipe cogió preso al bretón y se lo llevó de vuelta a Francia con el consiguiente disgusto del rey francés, que pagó un exagerado rescate para que se volviera a Castilla.

Liberado el bretón, vino al lado de Enrique, reorganizó de nuevo sus tropas y trató de tomar Toledo viendo que el rey había dejado la plaza desguarnecida. Cuando Pedro I quiso defenderla con fuerzas escasas y mal organizadas, tuvo que huir buscando refugio en el castillo de Montiel (Ciudad Real), que fue sitiado por las tropas de Enrique para apresarlo y rendirlo.

Viendo que su situación era insostenible, el rey trató de sobornar a Duguesclín para que le facilitara la huida, y así fue acordado entre el bretón y un fiel caballero castellano, Men Rodríguez de Sarabia; pero en lugar de dejarle huir, Duguesclín lo traicionó llevándolo a la tienda de su hermano, que le recibió con una daga en la mano al grito de: «¿Dónde está ese judío hideputa que se nombra rey de Castilla?» A lo que el rey verdadero le respondió: «¡El hideputa seréis vos, que yo soy hijo legítimo del buen rey Alfonso!»

Se hirieron con las dagas y don Pedro, más corpulento, tomó cierta ventaja sobre el traidor, pero Duguesclín sujetó al rey para que Enrique lo acuchillara sin compasión. Esta traición le valió al bretón que Enrique le concediera «la merced» del Ducado de Soria —mayo de 1370, uno de los ducados más antiguos del reino— con sus tierras y beneficios, además de las villas de Almazán, Serón, Deza y Molina.

Covaleda era tierra de realengo por aquellas fechas, es decir: tierra de los dominios del rey, aunque en siglos anteriores había sido de abadengo por haber pertenecido al monasterio de San Millán de la Cogolla primero y al de San Salvador de Oña, después. Las gentes de Covaleda, no sin gran esfuerzo, habían comprado el territorio «con sus dineros propios», como dice una Carta ejecutoria a favor del concejo en la Chancillería de Valladolid, y sus montes pasaron a ser propiedad del pueblo, que gozaban de privilegio real ya desde 1327.

Covaleda, dentro de la Universidad de la Villa y Tierra de Soria, pertenecía al sexmo de Frentes, y jurisdiccionalmente dependía de la capital, por lo que, el nuevo Duque de Soria, M. Beltrán Duguesclín, era su señor natural.

Pero el bretón no disfrutó mucho de la paz soriana, porque en el año 1375 decidió vender su ducado a la corona y marcharse a su tierra, lo que le reportó una bonita suma de 240.000 doblas de oro, volviéndose rico a sus posesiones bretonas gracias al tesoro de aquella Castilla depauperada del rey Enrique «el de las Mercedes».

Respecto a los hombres que le acompañaban, lo que probablemente sucedió es que alguno de sus mesnaderos, como mercenarios que eran, habían recibido tierras sorianas en pago por los servicios prestados, y como Covaleda ofrecía buenos montes de caza, buenos pastos para la ganadería y otras ventajas, los más oportunistas prefirieron quedarse en estas tierras para disfrutar de sus beneficios, y estos bretones afincados en nuestro pueblo seguramente arraigaron con mejor o peor fortuna entre su gentes dando origen a que se nos aplicara el gentilicio «Bretos», haciendo constar que entre los habitantes nativos de Covaleda había unos viejos soldados rubios convertidos en cazadores y ganaderos venidos desde las lejanas tierras de la Bretaña francesa dispuestos a echar aquí sus raíces.

Así debió ser, aunque nada conste por escrito, pero lo cierto es que desde entonces se nos llama «Bretos», nombre que llevamos con orgullo.

bretos

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