CARRETAS EN GUERRA – Pedro Sanz Lallana

Ta está a la venta la última novela que cierra la trilogía escrita por Pedro Sanz Lallana: Carretas en guerra.

Pronto será presentada en Covaleda y en Pinares. Se trata de un relato (530 páginas)que refleja los avatares de Covaleda y la comarca de Pinares con la llegada de la 1ª Guerra Carlista (1833-40), y el resultado fatal de la muerte de algunos carreteros en la famosa batalla de Ramales (Cantabria), en 1839.

En realidad es un recorrido por la historia de Covaleda y de la Comarca de Pinares desde 1800 a 1840.

Una apasionante historia la de toda la trilogía que bien merecería ser inmortalizada en una serie de televisión, la cual, no tenemos la menor duda, sería de gran éxito al aunar todos los aspectos necesarios para enganchar al televidente igual que engancha a los lectores.

Muchas Gracias Pedro Sanz por recoger, de una manera tan amena, lo que fue y lo que supuso en la historia de la Comarca de Pinares la Real Cabaña de Carreteros.

Si alguien la quiere adquirir lo puede hacer a través de Amazon donde encontrará los otros dos libros que componen la trilogía. Aquí os dejo los enlaces para su compra.

AQUELLAS VIEJAS CARRETAS: Camino de ida

EL REGRESO DE LAS CARRETAS: Camino de vuelta

CARRETAS en GUERRA: Sucesos de la Primera Guerra Carlista en Tierra de Pinares

Aquí tenéis el prólogo de este tercer libro que amablemente nos ha cedido su autor para su publicación:

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 Esta novela pretende ser un homenaje a tantos esforzados carreteros que dieron su vida en los diversos conflictos que la Historia nos cuenta: la guerra de Granada, los enfrentamientos Comuneros, las desavenencias con Portugal, la guerra de Cataluña, el sitio de Fuenterrabía, la guerra de Independencia, la batalla de Ramales en la Primera guerra Carlista, y otros muchos en los que se vieron involucrados —voluntarios o por fuerza— de los que no se guarda memoria.

«En la guerra, los carreteros eran siempre las primeras víctimas» se ha escrito, y esta novela quiere ser un reconocimiento a su valor y coraje. No obstante, no se trata de un estricto relato histórico de los hechos que se narran, sino un reflejo de lo pudiera haber sido.

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Porque el Cuerpo de Carreteros, esta honrada Hermandad de traficantes en la conducción de alimentos y enseres de servicio público y particular del Reyno es tan necesaria en el Estado, como lo acredita la larga experiencia en los bienes que han resultado a nuestra Real Hacienda, al Comercio, a los vasallos de Nuestra Real Persona, y a su defensa en las guerras interiores y exteriores del siglo presente y de los pasados, que han traído también a los individuos de la Cabaña una ruina y aniquilamiento bien conocido y bien notorio: que los privilegios de que la Cabaña disfruta no debe­rían denominarse así, porque parece que denotan concesiones de gracia y de merced, y no son otra cosa que puras preferencias en pastos y utilidades que los individuos pagan en modo común, porque sin ellas, ni el Cuerpo existiría, ni el servicio público podría verificarse.

 (Real Cédula, 23 de mayo, 1815)

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Prólogo

Me llamo Andrés; soy de profesión carretero y mayoral en la célebre Cabaña Real, oficio que he llevado con orgullo allá donde mis carretas han podido llegar.

Y en estos días del otoño de mi vida, retirado ya del oficio por mor de los años y los achaques, casi de forma inevitable me invade una gavilla de recuerdos allegados a lo largo de los muchos caminos andados que representan —lo digo con toda modestia— un retazo de la pequeña historia de mi pueblo, Covaleda, que por extensión alcanza a todos los pueblos de la Demanda y Sierra de Urbión.

Ya he contado en anteriores relatos[1] mis primeros pasos en este mundo de la carretería; relatos que son, por decirlo en breve, un manojo de experiencias que me llevan a un tiempo no muy lejano en el que pertenecer a la Cabaña Real era una de las pocas cosas dignas de las que se podía presumir. Y al traer a colación estos recuerdos, me siento obligado a referirme a las dos guerras que me ha tocado vivir —mejor diría padecer—, y que no fueron sino un cúmulo de penalidades y privaciones para nosotros, los carreteros, aunque lo mismo se podría decir de mis paisanos y vecinos de los pueblos serranos.

La primera guerra —la llamada Guerra del Francés que duró desde 1808 a 1814— dejó honda huella en nuestras vidas y en nuestras haciendas porque la impiedad de los invasores arrasó todo lo que se les puso por delante, y a duras penas pudimos levantar cabeza y rehacernos de este mal sueño, pero ya se sabe que la felicidad nunca es duradera en la casa del pobre, ya que las tristezas no se hicieron para las bestias, sino para los hombres, como dice don Quijote, porque veinte años más tarde se quebró de nuevo la paz y nos vimos metidos en otro desastre mayor: la Primera Guerra Carlista, que fue especialmente cruda en la zona de Pinares.

La fecha de partida de este segundo conflicto tuvo lugar en el año 1833, cuando el rey Fernando VII nombró Princesa de Asturias a su hija Isabel —futura Isabel II— impidiendo acceder al trono a su hermano Carlos, al que llamaban despectivamente «el Pretendiente» porque nunca llegó a ser rey de España; y a partir de ese momento se desataron las hostilidades entre los dos bandos: el isabelino que aceptaba a la niña como reina, y los carlistas que apoyaban a don Carlos, porque consideraban que era el legítimo sucesor, ya que según la antigua Ley Sálica las mujeres no podían heredar la corona.

Esta guerra embarrancó al país en un verdadero caos, un desastre para los que andábamos los caminos, porque se perdió el pequeño comercio, quebraron las pocas industrias que había en España y nos fue imposible salir a trajinar debido a la inseguridad que se respiraba por doquier.

Así vivimos siete penosos años que redujeron al mínimo el trajino local; pero nuestra desgracia llegó al límite cuando en los preparativos para la batalla de Ramales (Cantabria), el general Espartero ordenó a los carreteros serranos acarrear toda suerte de pertrechos para su ejército, tal vez como castigo porque Covaleda y los pueblos de la Sierra tenían fama de haber sido afectos a la causa carlista —lo que no era cierto—, y tuvimos que marchar hacia Cantabria —abril de 1839—, lugar que tantas veces habíamos visitado portando suministros, especialmente madera, brea, lana y sal, aunque en esta ocasión la mercancía iba a ser muy otra: bombas, cañones, fusiles y provisiones, elementos con los que Espartero esperaba derrotar definitivamente a su enemigo el general Maroto, jornada que se nos iba a convertir en una trampa mortal, un viaje sin retorno para unos cuantos carreteros que dejaron allí sus vidas. Tras esta amarga experiencia, el de­sánimo se apoderó de las gentes serranas y muchos emigraron a las Américas en busca de fortuna, la carretería casi de­sapareció y después ya nada fue igual.

Afortunadamente, todavía me admiro de que saliera vivo de aquella trampa, tal vez porque mi destino era el de estar aquí para contarlo.

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Venía diciendo que soy natural de Covaleda (Soria), y que mi vida se ha ido fraguando junto al rodar de las carretas; sin exagerar puedo asegurar que he recorrido España de punta a cabo, «de puerto a puerto» como se decía en el oficio, y no ha habido lugar al que mis carretas no hayan podido llegar con mejor o peor suerte, incluso en situaciones tan comprometidas como la de Ramales, de la que salir vivo fue un regalo de la diosa fortuna.

A los catorce años mi padre me pidió que le acompañara para que comprendiera el sentido pleno de la palabra «carretero», es decir, conocer por dentro y experimentar el día a día de unos hombres que luchaban por dignificar un oficio de titanes, gustar los momentos de satisfacción —que los hubo— y aprender a soportar la dureza de los caminos siempre llenos de percances y tropiezos, de manera que me fuera haciendo a la idea de lo que iba a ser mi vida futura, y a fe que la marcó definitivamente, porque este bautismo carretero fue una experiencia excepcional ya que en él hubo días en que las risas se nos trocaron en llanto, y el buen hacer se nos volvió en desespero.

Esta mi primera carretería tuvo lugar en los inicios de la Guerra del Francés, es decir, primavera de 1808, tiempos de una increíble dureza por las circunstancias que nos acompañaron, y es que padecer una guerra, sea la que fuere, es lo peor que le puede suceder a cualquier ser humano.

Para mí, todavía adolescente, todo empezó un 25 de abril, festividad de San Marcos[2], porque era consciente de que mi vida iba a cambiar con esta experiencia; incluso recuerdo que, al iniciar la marcha, mi amigo el Rubio se puso a cantar aquella coplilla que luego fue como un talismán, una señal de partida, porque cuando la escuchaba hacía que se me reavivara el entusiasmo de la primera vez, y me rebrotaran los ánimos. Decía así:

Carretero es mi amor,
con la carreta llega,
y un cantar en la boca
que el camino alegra.
Carretero es mi amor,
por el camino viene,
la vara al hombro
y en la boca mieles.

Hechos los preparativos iniciales, emprendimos el camino hacia Vizcaya cumpliendo las etapas previstas por los mayorales: la primera concluía en el Comunero de Revenga, donde se daban cita las carreterías de la zona que iniciaban la marcha para partir juntos; pensé que era un sueño el haber llegado tan lejos aunque hubiéramos recorrido tan solo tres leguas[3]; al día siguiente recalamos en Salas de los Infantes, donde conocí nuevos personajes y un mesón que sería fundamental en mi largo peregrinar; días después alcanzamos Burgos, cuya primera visita a la ciudad me pareció algo inimaginable. Y siguiendo el camino llegamos a Poza de la Sal y Oña, que me resultaron particularmente interesantes por su entorno y circunstancias. Unas jornadas más tarde alcanzamos Artziniega, donde conocí a Edurne, la chica más hermosa que jamás haya visto, de la que me enamoré apasionadamente; y tras un mes de acarreo llegamos a Balmaseda, nuestro destino, ciudad en la que descubrí cosas tan increíbles como la existencia de la aduana, un gran alfolí[4] con su almacén de salazones, casas de placer[5], tabernas de buen porte y unos pontazgueros de muy mal carácter. En resumen: un mundo nuevo para mí.

Este camino de ida[6] nos resultó relativamente tranquilo salvo unos encontronazos ocasionales que tuvimos con soldados franceses, tropiezos que supimos capear con maña y buena fortuna, aunque nos esquilmaron las bolsas con unos portazgos y pontazgos[7] abusivos.

El regreso[8] fue muy distinto y me mostró el lado más amargo de una carretería por culpa de la guerra; de nuevo nos asaltaron los soldados franceses a la altura de Villarcayo y nos llevaron forzados a Medina de Pomar; allí nos robaron bueyes y carretas, nos maltrataron llegando a asesinar a un joven pastero de la cuadrilla del Zenón de Quintanar: el Roscas, suceso que tiñó de amargura nuestro regreso. El Cele —un bravo carretero de Duruelo—, salvó la vida de milagro al tratar de defender a nuestro amigo, siendo malherido por el sablazo de un sargento gabacho; afortunadamente, un cirujano del pueblo de Quintana pudo restañarle la herida evitando que perdiera la vida; en tan penoso lance, mi padre supo contener a los asesinos para que no acabaran con todos nosotros ya que amenazaron con llevarnos a la horca, dejándonos sumidos en la más profunda impotencia al ver pisoteada nuestra dignidad, desvalijadas nuestras carretas y entregados a la más negra desesperación.

La vuelta a casa y el encuentro con los nuestros hizo que olvidáramos los malos momentos y cicatrizaran las heridas.

Pasó el tiempo necesario para que esta guerra llegara a su fin y pudiéramos reiniciar nuevos acarreos, que era la única forma de traer prosperidad a nuestras casas y bienestar a nuestros pueblos. Los días de posguerra fueron muy duros, como es fácil de imaginar, porque los caminos se volvieron peligrosos debido a la hambruna generalizada y a que los portes eran escasos. A pesar de todo, comenzamos a rodar por las viejas veredas y hacer reverdecer la ilusión de los buenos tiempos. Y cuando todo parecía estar recuperado, estalló una nueva guerra civil —la ya citada Primera Guerra Carlista— que coincidió con la muerte del malhadado rey Fernando VII, en 1833.

Con el acoso constante de unos y otros —carlistas y liberales—, y los trastornos que nos ocasionaron los sucesos violentos que tuvieron lugar en nuestros pueblos, llegamos a abril de 1839, fecha para olvidar porque con ella llegó el duelo a la Tierra de Pinares.

Pero permitan que les vaya desgranando la memoria de aquellos días que, como tengo dicho, son parte de nuestra pequeña historia, tal vez desconocida para muchos de mis paisanos.

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[1] Andrés es el protagonista de la trilogía formada por las novelas: Aquellas viejas carretas, El regreso de las carretas y Carretas en guerra.

[2] La festividad de San Marcos solía señalar el día de partida de la primera carretería del año.

[3] Legua: Medida itineraria, variable según los países o regiones, definida por el camino que regularmente se anda en una hora, y que en el antiguo sistema español equivalía a 5.572,7 m. En una jornada carretera se recorrían, habitualmente, entre 5 y 6 leguas.

[4] Depósito de la sal.

[5] Nombre con el que solía definirse a los prostíbulos, como puede verse esculpido en el dintel de un edificio de Pesquera de Ebro (Burgos): «Iesus, Maria/ Esta es casa de placer/ y la gente de alegría/ Abe Maria. Año 1712».

[6]  Este camino de ida queda recogido en la novela: Aquellas viejas carretas.

[7] El portazgo, como el pontazgo o barcaje, era un antiguo impuesto de los reinos de Castilla, Aragón y Navarra que gravaba los derechos de tránsito al cruzar terrenos del rey o del señor, un puente o entrar en la ciudad.

[8] Estos sucesos se narran en la novela: El regreso de las carretas.

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