LA MUERTE DE NACIONAL II – La Libertad. 13/11/1926

Famosa es la muerte del torero Nacional II en la Plaza de toros de Soria, y ¿que relación tiene esto con Covaleda? pues resulta que leyendo la crónica del juicio posterior, uno de los testigos principales fue el médico del pueblo. Aquí os dejo el artículo.

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La Libertad (Madrid. 1919). 13/11/1926, página 5.

LA MUERTE DE NACIONAL II

Ayer tarde informó el fiscal

La comparecencia de nuestro redactor

Soria, 11.—Con la sesión de anoche terminó la prueba testifical. Los puestos de la «cola» se pagaron ayer más caros que en días anteriores.

Desfilaron por la Sala de Justicia numerosos testigos; pero precisamente la rapidez con que desfilaron da idea de la importaucia de sus manifestaciones. Ademas se oyeron muchas manifestaciones de personas que no han comparecido.

De las declaraciones prestadas ayer tuvieron interés dos: la del hermano de la victima, por la mañana, y la de María Fernandez, por la tarde.

La contera de la jornada fue mi declaración, tan esperada como tardía, pues a esta circunstancia se debe que haya tenido necesidad de luchar con muchas dificultades para poder informar a nuestros lectores.

Las informaciones que ha publicado LA LIBERTAD sobre este proceso atrajeron a la causa numerosos curiosos.

Comenzó mi interrogatorio el inteligente letrado D. José García de la Mesa, acusador privado en representación del Montepío de Toreros.

A sus preguntas respondo declarando que las campañas que sostiene LA LIULRTAD están siempre inspiradas en un principio de justicia, y que no tienen otra finalidad que defender los intereses del pueblo.

Añadí que podía afirmarse que en las campañas de nuestro diario no ha habido una sola inexactitud, ni un informo equivocado, ni una ofensa, ni siquiera una molestia para nadie, puesto que todas las informaciones fueron encaminadas a servir los intereses de la justicia, y asi nos hemos referido en diferentes ocasiones al dolor y la cultura de este pueblo soriano, aunque algún malintencionado haya querido sorprender la buena fe de estos honrados vecinos, acusándonos de suponer el absurdo y hasta la infamia de que fuesen capaces de encubrir un delito.

Ha habido, como ocurre siempre en estos procesos, algunos testigos que, por exceso o por defecto, han desfigurado un poco la verdad; pero mis respuestas y aun los sacrificios de toda índole que nos hemos impuesto prueban hasta la saciedad la honradez de nuestros fines.

El ex ministro Sr. Cierva, que ostenta la representación de la acción popular de Soria, al preguntarme, alude a las informaciones que con mi firma han aparecido en LA LIBERTAD, y al contestarle yo que respondía de su veracidad, el letrado me leyó un párrafo de una de ellas, publicada el 26 de Noviembre del pasado año, con el título «¿Hacia un error judicial?», y en cuyo párrafo digo que el juez especial y el fiscal debían meditar mucho, pues según como estaban planteadas las cosas podían incurrir en el error judicial que suponía «castigar al Sr Cabrerizo Botija como autor de un homicido, siendo sólo coautor o acaso, según yo creo, inocente de todo delito».

Yo he contestado que al letrado se le olvidó copiar la palabra único que yo escribía en el párrafo aludido.

Y lo que decía en aquella ocasión, cuando lo escribía, era mi pensamiento como consecuencia de los informes adquiridos.

Hoy el Sr Cierva me preguntó con Insistencia si pensaba lo mismo que entonces, y yo contesté que no podía decirlo, pues sería inmiscuirme en las altas atribuciones del Tribunal.

El defensor del Sr. Cabrerizo se limitó a preguntarme la fecha de una de las informaciones publicadas en LA LIBERTAD.

Terminada la prueba testifical, esta tarde comenzarán los informes.

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La novena sesión

Las conclusiones definitivas.EI Sr. La Cierva modifica las suyas

Soria, 12.—Con mucho más público y con mayor expectación sí cabe que en anteriores días, comenzó hoy la sesión novena de esta interesante causa.

Eran las cuatro y media do la tarde.

A la sesión de hoy asisten muchas señoras. La «cola» a la puerta de la Audiencia es larguísima. Los puestos do la «cola», que han venido pagándose estos días a cuatro y cinco pesetas, han alcanzado hoy cotizaciones de 18 pesetas.

Al abrirse el debate, el presidente pregunta si las partes modifican o sostienen sus conclusiones.

El fiscal dice que eleva a definitivas sus conclusiones provisionales, con la sola novedad de que se deduzca testimonio para que se averigüe por el Juzgado quién hirió a Cabrerizo.

Las acusaciones, representadas por los señores Argente y Mesa, también elevan a definitivas sus conclusiones, y solicitan para el procesado la pena de dieciocho años de reclusión.

El Sr. Cierva, que ejerce la acusación popular, modifica sus conclusiones, y como consecuencia del relato de los hechos, presenta las siguientes conclusiones:

Primera. Está dedicada al relato de los hechos.

Segunda. Los hechos relatados no constituyen delito, ya que, en el caso peor para el procesado, las lesiones de Nacional hubieran tardado en curar de treinta a sesenta días, teniendo en cuenta que había que hacer la trepanación del enfermo; y, como alternativa, sienta las siguientes conclusiones:

a) Si se entendiera, contra nuestra opinión, que constituye delito, sería el de lesiones graves, previsto en el número 4 del articulo 431 del Código penal.

b) Si se entiende, mucho más que en el caso anterior, contra nuestra opinión y eficacia de la prueba practicada, que la muerte de Nacional fué consecuencia do las heridas de la región frontal y que no pudo evitarse esta fatal consecuencia, los hechos constitiuirán un delito de homicidio, previsto y penado en el artículo 419 del Código penal.

Tercera. No habiendo delito, no cabe apreciar responsabilidad ni alternativa, y aun que el supuesto delito, que pugna con nuestro convencimiento, existiera, seria responsable como autor Antonio Cabrerizo Botija.

Cuarta. En los casos previstos en las alternativas concurren en los hechos imputables al procesado la circunstancia eximente cuarta del articulo 8º del Código penal, y en todo caso, las cuarta, tercera y séptima del articulo 9º del mismo Código, muy calificadas, teniendo en cuenta los hechos relatados, y singularmente hallarse herido con carácter de gravedad el procesado cuando los ejecutó, debiéndose siempre apreciar que lo hizo para defenderse de nuevas agresiones.

Quinta. Debe ser absuelto el procesarlo porque no ha Cometido delito alguno. En la alternativa a), si el hecho constituyese un delito de lesiones, se debe absolver al procesado por existir la eximente de legítima defensa, y si se estimase que fuera incompleta, debe imponérsele la pena de dos meses de arresto mayor; y en la alternativa b), caso de que constituyese un delito de homicidio, se debe absolver por la concurrencia de la circunstancia eximente referida. Si se estimase que no concurre completa, se debe condenar a seis meses y un día de arresto mayor, todo con el abono legal del tiempo de prisión preventiva sufrida.

El defensor eleva a definitivas sus conclusiones provisionales solicitando la absolución de su patrocinador; pero estableciendo como alternativa la de que, en el caso de que los hechos fueran constitutivos de delito, y no de falta, hay que apreciar la legítima defensa. No dice qué clase de delito.

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El fiscal y La Cierva

Cuando termina la lectura de las conclusiones definitivas, el fiscal, D. Lorenzo Gallardo, pido la palabra, y, una vez concedida, dice:

Con la modificación hecha por la acusación popular, que se ejerce en nombre del pueblo de Soria, se afirma como conclusión primordial que el hecho no es constitutivo de delito, y únicamente como hipótesis, que además rechaza e imputa absurda, estima la existencia de un delito. La acusación popular existe mientras se solicita el castigo de un delito o falta, y en cuanto no pide sanción o solicita la absolución, esa acción popular desaparece, ya que para ejercitar el derecho de defensa existe éste en la persona del defensor. Es cierto que cuando el ministerio fiscal retira una acusación y otra parte la mantiene el fiscal informa, porque la ley ampara a todos los ciudadanos, y en ese caso el procesado es amparado por la representación legítima de la ley. Pido por ello que termine aquí la intervención de esa acción popular.

La acusación es para acusar, no para defender, pues esta actuación corresponde por ministerio de la ley al letrado defensor.

Debe, por tanto, darse por terminada la acción popular.

El sr. Cierva, ~Yo no me explico en qué puede estorbar esta representación al ministerio fiscal.

Yo no conozco ningún precepto de la ley que me impida actuar, y además pido pena en una de las conclusiones, que, como alternativa, establezco.

Por otra parto, la ley no me obliga a acusar, pues mi obligación es la de que se esclarezcan los hechos.

El fiscal. -A esta representación no le estorba la representación popular, como supuso la reforma de la ley italiana de procedimiento al hacer la ley como supletoria la acción popular, y con la cual la acusación puedo subrepticiamente

introducirse en el procedimiento para hacer una, segunda defensa.

Su señoría, en la modificación de conclusiones, pide la absolución, y ello es incompatible con las funciones de acusador.

Esta llamada acción popular es, como anteriormente digo, un arma de que se valen algunas veces las defensas para reforzarla; pero el fiscal debe velar por la pureza de los procedimientos e impedir que se mixtifiquen las funciones peculiares de cada letrado.

El Sr. Cierva. —Notorio es el momento en que entramos en el procedimiento llevando el espíritu de un estado de opinión.

El presidente. —El letrado sólo dirige a sus poderdantes.

El Sr. Cierva. —Exacto; pero que lo son porque esa opinión pública le impulsó a hacerlo.

Luego el Sr. Cierva llama la atención del presidente y dice que él va a ayudar a la Justicia.

Si la Sala rechaza, como espera, la petición fiscal, él demostrará en su tiempo el espíritu de justicia que le guía al intervenir en este proceso.

El presidente consulta a sus compañeros de Sala y dice:

—La Sala acuerda no haber lugar a la petición fiscal.

El fiscal. —Pues yo pido que conste mi respetuosa protesta en acta.

El presidente.—Hágalo constar el secretarlo.

Informe del fiscal

El Sr. Gallardo comienza a desarrollar su Informe.

Saluda, en primer término, al Tribunal, y después se dirige al Colegio de Abogados de Soria, representado por su decano, el letrado defensor, y, por último, saluda a los restantes abogados que intervienen en el debate.

“Hemos de entrar —dice— en el hecho, que es, en esencia jurídica, de una aplastante vulgaridad, pues se trata de un homicidio en riña; pero que por las circunstancias especiales de los protagonistas ha adquirido una gran resonancia. Se trata de un torero que muere, no gallardamente en el coso taurino, frente a la fiera que le ataca; de un hombre culto que por fatalidad de la suerte se ve impulsado a cometer un homicidio, y de un conjunto de circunstancias que han dado lugar a una explosión de literatura que ha caído sobre un pueblo que no ha tenido ninguna participación como colectividad en el

hecho. Ya dentro de la causa, hemos de apartar otros extremos: dos de las acusaciones que aparecieron contra personas que no ocupan el banquillo, acusaciones que pudieran tener el fundamento de que algunos de esos acusados tomaran parte activa en la riña.

Ayer vimos aquí a la acusadora del Sr. Iglesias, que algo víó; pero nosotros vimos que eran sus acusaciones desprovistas de fundamento. Todo lo que decía era intrínsecamente inverosímil. Yo no rechazo su testimonio por aquella advertencia que a los jueces hacía el Rey Sabio para que se guardaran del testimonio de las mujeres que comercian con su cuerpo. Me basta saber que lo que relató no podía tener realidad. Esa mujer, autosugestionada, se considera como una heroína que había estado en la lucha y que se complace en contarla a cuantos se la escuchan. Hay también contra Iglesias la acusación de un picador. Estuviera o no ese picador en la plaza, un individuo que ve un numeroso grupo en el que se dan golpes es inverosímil que recuerde la fisonomía de nadie si la vio desde  lejos y no la conocía con anterioridad.

Creyó el testigo que José Zapatero acusaba a Jose Ropero; pero como no tenía la seguridad de ello, se ha desdicho de lo que manifestó, que, evidentemente, era muy grave. Precisamente, el ministerio fiscal trajo al juicio oral esos testigos para que se depurase hasta la calumnia. He querido, como decía Aparisi Guijarro, que os acercarais a la calumnia para que vieseis en ella el fantasma. También era un rumor calumnioso lo del mal genio de Nacional, que aquí queda, convertido en fantasma, a pesar del gaitero o del hombre de la dulzaina.

Vamos ahora a entrar de lleno en el sumario. Testigos numerosos, pero insinceros; testigos sinceros hay pocos; veraces, menos. Entre todos ellos podremos encontrar la verdad. Esta se encuentra en todas las declaraciones como el trigo entre la cizaña. Vamos a someterla a la criba de la crítica para encontrar lo cierto. Vamos a aceptar lo verosímil en relación con el resto de la prueba. El fiscal no tomará lo que le convenga, sino lo que la lógica le aconseje.

Relata a continuación la corrida de toros en el dia del suceso.

—Es evidente —dijo— que en el grupo de Cabrerizo había prevención contra Méndez, que en una ocasión había estado mal. AI ver ese grupo que en la realidad correspondía a sus prevenciones, se metió con él. El pasarse un poco de la raya en la censura en los toros no constituye en las gentes nada deleznable ni condenable. Lo que no puede admitirse ni al público de toros es que se arrojen a un hombre que está ante un toro objetos que puedan lastimarle. Cabrerizo confiesa que tiró esas monedas, ¿Es que las dejó caer? No. Si se hubieran caído no lo habría notado, pues luchaba con un toro de cuidado. Lo notó porque se las arrojaban con una violencia imprudente, Ello es

Ilícito, no Solo moralmente, sino porque hay un reglamento que lo prohíbe y que lo sanciona, Ello pudo ser causa hasta de la muerte de Mendez, que, por desviar la atención del toro, pudo ser cogido por éste. Esas monedas dieron en la cara a Méndez. Así nos lo han dicho varios testigos, y asi se lo dijo él al alguacil Pando cuando lo detuvo. Méndez se dirige a los del tendido. Concedo que en forma soez no sólo calificara aquello de cobardía, sino que Insultara al que atentó contra él. ¿De parte de quién esta la razón? Es una reacción contra una ofensa; aquélla, expresiva; pero ésta, Ilegitima. Nacional había ido a los toros con los amigos, y les recomendaba prudencia por su carácter de torero. Nacional ve a Méndez molesto, y lo dice; «Tú, al toro, que queda mucha carne todavia.» Nacional ve la ofensa y se dirige al grupo, indignado porque sólo se detiene al torero. Nacional, rodeado de sus amigos, no dice nada a éstos. Si hubiera ido en actitud agresiva, hubiera pedido auxilio a sus amigos. El iba a pedir apoyo a la autoridad, y por eso se dirige a uno que está entre barreras y pide que llame a un guardia. Alberto Ropero, que ocupa una barrera, le dice: ¡Llámele usted, si quiere!», y Nacional le contesta: «Usted perdone.» Ropero nos dice que con cchulería le dijo esto.

Sólo puede decirlo en una proyección de su persona, ya que visteis cómo depuso ante un Tribunal tan respetable como éste Nacional no iba en actitud provocativa, ya que requirió a un guardia. Después recriminó a los que habían tirado perras a Méndez, y un testigo presencial, D. Rogelio Herrero, nos dice en el sumario que lo hizo correctamente, y Cabrerizo la dice; «Lo que le digo a Méndez se lo digo a usted igual.» Hay un grupo que dice que Cabrerizo fué insultado por Nacional; pero hay otro que no oyó tales insultos, y son amigos del grupo tolal los que lo dicen Contrastad esto con lo que dice el Sr. Herrero, y encontraremos la verdad: «¿Pero es que no vamos a suponer que Nacional, sin cultura, fuera el grosero, y Cabrerizo, médico, el correcto?» Los títulos no dan siempre educación. Aquí lo habéis podido observar en algunos testigos. Cabrerizo usaba enardecido por la irresponsabilidad que da estar entre unos amigos. No digo que Cabrerizo sea un hombre ineducado o inculto. Su cultura, como dice Carlyle, era la corteza de su barbarie. Supongamos que Nacional insultó; ello hubiera sido una reacción contra la injusticia. Inmediatamente después de esos insultos se inició la riña, y la inició D, Juan José Ropero al levantar su bastón. Este es un hecho comprobado.

El mismo Ropero dice- «Mi hermano quiso darle un palo». Lo mismo Juan José Ropero dice: «Yo dije: «Aquí no hay más mamarracho que usted», y levanté el bastón.» En el juicio oral añade que Nacional vino con el palo levantado. El bastón de Ropero fué la señal para que otros bastones se levantaran. Entre tanto bastón levantado, los amigos de Ropero o de Cabrerizo afirman que distinguieron el bastón de Nacional. Yo digo que no dicen verdad. Es cierto que ese bastón se levantó; pero en aquel momento se lo sujetó D. Julián Ropero. En este momento Cabrerizo descargó el botellazo sobre la cabeza de Nacional. Nos lo dicen y lo afirman numerosos testigos. ¿arrojó la botella? Los testigos dicen que se quedó con el cuello de la botella en la mano. Pero concedo que la tirara: da lo mismo. Es lo cierto que la mayoría de los testigos dicen que Cabrerizo estaba ya herido por Nacional.

El canónigo Sr. Dalda nos dice que Ropero estaba sujetando el palo a Nacional. Tenemos un elemento negativo de más valor que cualquiera positivo: el de D. Primo Martín, el médico. Cuando vino a declarar este señor tuve una gran preocupación por los vecinos de Covaleda. Un hombre que parece que no ve, que no oye y que no piensa, es un peligro para los vecinos del pueblo de donde es médico; pero bien pronto vi que era un hombre que sí ve, que sí oye y que sí entiende. Es un hombre de conciencia. Está en la corrida con su gran amigo Cabrerizo, y antes de mentir se decide a callar.

Este testigo opta por callar, dada su amistad con Cabrerizo, pues no quiso decir lo contrario a la verdad, considerando que asi cumple su deber. Es posible que no supiese gran cosa; pero desde luego calla para no comprometer.

Nacional y Cabrerizo fueron a la enfermería. Al primero le calificaron la lesión de pronóstico leve, y a Cabrerizo de pronóstico reservado, aunque dijo el médico que hubo un momento en que creían que se moría.

Cabrerizo, evidentemente, no tenía costumbre de recibir esas violencias, ni arrostraba los riesgos varoniles de Nacional.

Así, este hombre fuerte, cayó al suelo como moribundo, y le sacaron de allí entre cuatro hombres; pero por su contextura, por su naturaleza, reaccionó en seguida, se desasió de los qué lo conducían y dijo; «Yo voy a la enfermería por mi pie.»

El juez, en vista del parte facultativo que le dieron, no tuvo otro remedio que hacer lo que hizo.

Cabrerizo quedó al cuidado de su familia, y Nacional pasó a la cárcel.

Vino luego el reconocimiento del enfermo por el doctor Javierre, y luego, a la mañana siguiente, fué encontrado Nacional en estado comatoso.

Entonces se deciden a operar; viene Villa, realiza la operación, y al poco tiempo fallece Nacional.

Cabrerizo, en vista de lo ocurrido a Nacional, es asistido cuidadosamente por los facultativos y sus familiares, y, sin embargo, no se prolonga la curación más de dieciocho días.

Descubrió la autopsia que las causas de la muerte había sido la rotura de la vena en la región media.

¿Voy a calificar el hecho de autos como una riña tumultuaria?

El concepto jurídico de riña es fácil de definir, y la jurisprudencia del Supremo lo aprecia claramente.

Riña consiste en la colisión entre varias personas, cuando no hay preparación. Por eso no hay premeditación.

Yo considero que las dos partes aceptaron la violencia para dirimir la cuestión.

No hay premeditación, ni atenuante, ni eximente.

No hubo abuso de superioridad, ni alevosía.

En una riña, cada uno de los que intervienen es responsable de su participación en ella. Si los otros que acompañaban al procesado no hicieron nada para matar, no pueden pagar culpas que no cometieron. Aunque Ropero iniciase la cuestión, no lo hizo para producir la muerte; como Julián, al sujetar a Nacional, no es el causante de las heridas de Cabrerizo.

Cita varias sentencias del Supremo para confirmar su tesis y deduce de nuevo la conclusión de que en una riña cada uno paga lo que hace.

Si no se hubiera logrado la identificación del autor nos encontraríamos con una riña tumultuaria.

Los artículos 420 y 419 definen lo que es riña tumultuaría en ese sentido, es decir, cuando no se descubre al autor de la muerte; pero en este caso no hay nada de eso.

El fiscal y las acusaciones hemos coincidido en la calificación. La acción popular y la defensa, no.

Dicen los médicos que no creían que la lesión sufrida por Nacional fuese causa de la muerte.

El compañerismo ha motivado esta apreciación.

Del sumarlo se desprende que hubo solo un golpe.

Hace notar que ninguno de los médicos, en ninguno de los siete reconocimientos que se Ie hicieron a Nacional, nadie vio la segunda herida. Ni siquiera cabe pensar en la hipótesis de esa segunda lesión, porque el propio doctor Villa no habla de ella hasta tres meses después.

Y es muy extraño, señores, que el doctor Villa, que interviene a diario en tantas operaciones, se acordara de ésta al cabo de los tres meses, Como si hubiese en ella alguna circunstancia rara que le permitiera tenerla presente.

Esto es —dice— que falta sinceridad, porque el doctor Villa trata de justificarse de los rumores que entonces circulaban y habla de ese traumatismo

para cubrirse.

En la declaración que hicieron los peritos confesaron que no vieron esa lesión a que se refieren y que nadie les llamó la atención. A toda esto induce el móvil del compañerismo; pero esto no puede traerse a un Tribunal para motivar

una absolución.

Da el fiscal un verdadero y completo curso de medicina legal sobre los traumatismos de cabeza, y dice que los más graves son muchas veces los que ni siquiera dejan huella. Villa nada dijo a sus compañeros cuando operó.

Afirma que habiendo trauma, por insignificante que sea, puede aquél ser causa de muerte, y así lo reconocieron todos los médicos, menos Marco y otro.

Califica de artificioso el dictamen médico-legal. Acaso no hubiera ocurrido así si el procesado no fuera médico.

Es plausible esta actitud, pero no la defiendo, porque va contra la Justicia.

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Descanso. -Final del informe del Sr. Gallardo

Se suspende la sesión durante diez minutos para que descanse el fiscal.

Al reanudarse la sesión, continúa su Informe el Sr. Gallardo.

Dice que fué casi unánime el pronóstico y casi unánime el juicio y el tratamiento médico; pero que aunque no lo hubiera sido, la muerte de Nacional era imputable a Cabrerizo, porque por la intervención médica o por una operación no se puede interrumpir el nexo de causalidad.

Da el fiscal por terminado el examen de la cuestión de hecho.

Considera luego inaceptable la legítima defensa, por ambas partes, pues las dos partes aceptan la violencia para dirimir sus discordias.

Existe legítima defensa cuando la riña es imprevista.

La defensa incompleta tampoco puede apreciarse, porque no hubo agresión ilegitima.

Pasa a ocuparse de las atenuantes séptima y novena, arrebato y obcecación.

La falta de intención existe cuando hay una gran desproporción entre los medios empleados para la agresión y sus consecuencias.

Un señor que da un palo a otro con una varita y le produce la muerte. Otro que le empuja a su rival y al caerse se mata. Esos dos son casos de falta de Intención.

Pero, ¿puede haber falta de intención cuando se da un golpe contra el cráneo con una botella de cerveza, y dando el golpe un médico? Es inconcebible, que en este caso se hable de falta de intención.

Acaso Cabrerizo no tuviese intención de matarlo, pero sí había dolo de ímpetu, porque, aun que no quisiera, puso los medios para realizarlo, ya que no ignoraba Cabrerizo por su profesión que el empleo del arma que tenía en la mano podía tener graves consecuencias.

El arrebato y la obcecación, por un lado, y la agresión ilegítima, las considero incompatibles.

El Nacional no cometió una agresión ilegítima aunque insultase, porque el insulto en aquella ocasión no era ilegítimo, toda vez que el grupo de Cabrerizo agredía a Méndez y faltaba a al precepto legal, a un artículo del reglamento de Espectáculos, en virtud del cual un agente de la autoridad y aun el propio Nacional podían haber detenido a los espectadores que de aquella manera molestaban y agredían a los toreros.

Asi, pues, si Nacional hubiera intentado detener a Cabrerizo y llevarle a la presidencia hubiera usado de un derecho.

Del Nacional, por tanto, no partió la agresión.

El arrebato y la obcecación nacen de un acto ilegítimo.

Nacional no provocó la cuestión.

No las palabras, sino los golpes son los que determinan la riña.

Una teoría del Supremo muy conocida dice que tanto Importa comenzar una riña como que sea Inminente. Por eso no pueden apreciarse atenuantes, eximentes ni agravantes.

Hay que reconocer que la sentencia que vamos a dictar no duele sólo a los criminales, sino a otras personas que merecen nuestro mayor respeto. Soy padre, y comprendo el dolor de éste; pero la Justicia no puede doblegarse ante este efecto, porque la piedad puedo dañar a la sociedad.

Y si el padre de Cabrerizo va a llorar la condena de su hijo, otro padre ha llorado y llora todavía la pérdida del suyo.

La sesión terminó a las ocho y media.

HELIODORO F. EVANGELISTA

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