ABC 16-08-1982

ABC 16-08-1982

Crónicas del verano

La Laguna Negra

El viajero evita en todo lo posible hablar de las capitales que atraviesa o de aquellas otras donde encuentra posada y descanso. Las ciudades que son cabecera de provincia tienen ya muchos libros y muchos versos sobre sus espaldas. Algunos tan importantes que infunden muchísimo respeto. ¿Cómo va a intentar el viajero describir Salamanca después de hacerlo Unamuno? ¿Qué va a decir de Soria, por donde planea, presente e invisible, el luminoso espíritu de Antonio Machado? Los poemas de varios escritores de hoy nos reciben a la puerta del parador que lleva el nombre del sevillano que supo cantar a Castilla tal vez mejor que nadie.

Desde el parador se ve correr al Duero, ancho y verdoso, entre las huertas de las orillas. Por otro costado se alcanza la ciudad entera con su viejo núcleo y su moderno desarrollo. El buen conocedor podría ir señalándonos, como sobre un plano, la situación de cada iglesia, de cada caserón con escudo, de cada estatua o de cada jardín. El viajero ha descansado una mañana entera, paseando por las calles de Soria, parándose ante las arquerías de Santo Domingo o alargándose a ver el siempre sorprendente espectáculo del claustro de San Juan del Duero.

Cuando el viajero arranca —con pereza, eso sí— del silencio y la paz de Soria para echarse de nuevo al camino lo hace en dirección a Burgos sólo un breve trecho. En Bidones se desvía para tomar una de esas solitarias y accidentadas carreteras que le rinden el verdadero gusto del paisaje. El largo, interminable embalse de la Cuerda del Pozo endulza su caminó con la infinita amenidad del agua. El horizonte se va cargado de verdor a medida que el sendero sube hasta Vinuesa, un pueblo que huele a madera recién cortada, a humo de leña y a praderas húmedas. Vinuesa tiene una iglesia consagrada a Nuestra Señora del Pino —¿podría ser de otra manera?—, unas casas de sólida piedra y ese aire fino que tienen en verano los lugares donde hace mucho frío en invierno. En Vinuesa el viajero compra un pan delicioso y busca, por un paisaje de altos pinos, la subida a la Laguna Negra.

La mayor parte del sinuoso camino, que se encarama por la sierra de Urbión, está en buen estado. De vez en cuando, en alguna curva, nos sorprende uno de esos conductores que entran por su mano izquierda a toda velocidad, como si estuvieran disputando un premio. Piensan, tal vez, que el que circule en sentido contrario ya hará lo que pueda para salvarse. No se les ocurre, por lo visto, que el de enfrente puede estar escaso de reflejos o venir animado del mismo espíritu de competición. En fin, aparte de este riesgo —inevitable en un país de tanto temperamento y tan poco respeto al prójimo como el nuestro—, la ascensión es una delicia. Mientras vaya entre árboles, al viajero todos los caminos le parecen preciosos. En el último tramo el firme está descompuesto y la marcha Se hace penosa. Pero, tras el último repecho a pie, la visión compensa cualquier sacrificio.

laguna negra - 1

El que bautizó la Laguna Negra con ese nombre debió mirarla por primera vez en invierno, con un cielo oscuro por dosel. El murallón de piedra que cierra la mitad de su orilla oscurecería al agua con su reflejo. Pero esta mañana la laguna es verde bajo el sol, alegre y luminosa. Tal vez el eco dramático de la historia de Alvargonzález rodeó este paraje de una siniestra atmósfera. Los versos de Antonio Machado, en su desnuda sencillez, cuentan —como un romance de ciego de otros tiempos— el terrible asesinato del rico labrador. «… y en la laguna sin fondo./, que guarda bien sus secretos /con una piedra amarrada a los pies, tumba le dieron.» Los criminales hijos acaban suicidándose en la misma laguna, que el poeta vuelve a llamar «insondable». ¿Es tan profunda, de verdad? El viajero, que recuerda trozos enteros del poema, no los relaciona con esta mañana radiante que transforma del todo el escenario. La Laguna Negra se le aparece como un lugar idílico, fondo para una égloga de Gracilaso o de Lope.

De allí hacia arriba no hay más que un camino que se enreda por el Puerto de Santa Inés y va a salir a Montenegro de Cameros. Bajando hasta Vinuesa, el cronista toma hacia Covaleda y Duruelo. Machado escribió: «Desde Salduero el camino / va al hilo de la ribera.» Más allá se separa y se nos cruza perpendicularmente en Duruelo. Hacia Quintanar de la Sierra el pinar nos irá acompañando muchos kilómetros. De vez en cuando piscinas azules junto al bosque con un guirigay de chiquillos. Quintanar es un pueblo serio, de buen empaque, al que se ve con signos de prosperidad. Un ilustre amigo del viajero asegura que aquí se acostumbra a curar los jamones en arcas de trigo, lo que les confiere un dulce y especialísimo gusto y justifica que, así, a primera vista, nos haya parecido un lugar que debe ser mirado con respeto.

Salas de los Infantes se llama así por los siete de la casa de Lara cuya trágica historia cuentan los romances viejos. Hay días como hoy donde al viajero parece perseguirle el fantasma de la poesía. Los episodios de su muerte, vengada por su hermanastro Mudarra, son demasiados para recordarlos aquí. Nos quedamos a las puertas de la villa, en su verdecintufa donde el Ciruelos se vierte en el Arlanza, y dejamos el recuerdo de los siete Infantes para otro capítulo.—

Cayetano LUCA DE TENA

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