ANDAR POR LAS SIERRAS DE URBIÓN, NEILA Y CEBOLLERA – II

Historias y leyendas

Encrucijada de caminos en el pasado, Urbión y su comarca han sido escenarios de múltiples aconteceres, unos históricos rayando en el límite de la ficción, y otros simplemente imaginados por las gentes al correr de generaciones. Entre unos y otros, el caminante de estas veredas encontrará, de seguro, buena distracción en sus ratos de descanso.

Así, citaremos, entre otras, la Leyenda de Alvargonzalez, el Cura de Cidones, el Melitón de Covaleda, Antón Martín y Doña Lambra.

Una de las varias versiones de la leyenda de la laguna de Urbión, es la de Fernando Muñoz de Torroba, publicada el 7 de octubre de 1893, en El Oxomense y que, a continuación, transcribimos por la particular gracia del estilo de redacción con que está narrada:

“En los límites de nuestra provincia (Soria) con la de Burgos y Logroño, dominando sobre todos las comarcas, que las cercan, se alzan, cual inmenso gigante, la sierra o mejor dicho el pico de Urbión. La ascensión a ella es dificilísima, tan difícil como pueda ser la subida a los más famosos picos de Europa; pero en cambio, el espectáculo que desde aquellas escuetas alturas se divisa es grandioso sublime y transporta el alma a las más altas regiones de lo ideal. Aquellas agrestes y desiertas regiones, parecen estos espacios imaginarios que ha colocado Milton, entre el imperio de la vida y de la muerte”.

“Hacia el Norte se columbra una gran extensión toda desierta de cuyas alturas han emigrado aun los arbustos. Esta desnudez nos recuerda a esos paisajes tristes de la parte  Norte de Europa, tan bien descritos por Walter Scott en sus baladas; al sur la región de los pinares, exacto trasunto de la Suecia y la Noruega; aseguran los del país que desde esta prominencia se ven los Pirineos; yo no puedo decir si son o no estos últimos no una línea, que allá o lo lejos, a una distancia inconmensurable, se distingue, pero si puedo decir que desde allí se ven distancias prodigiosas. En presencia de aquel sublime espectáculo contemplando a vuestros píes las nieves perpetuas que existen en Urbión, aun en los días calurosos de estío, es cuando el alma se reconcentra en si misma, y se conoce que es un átomo del átomo, que es en el espacio universal, el globo que habitamos”.

“Y… allí a vuestros pies, silenciosa y tranquila está la laguna de Urbión, que con sus transparentes aguas y colocada en el fondo de un ancho valle semejante a un embudo, y situado al pié del pico, semeja una inmensa agua marina tallada en redondo”.

“Sin embargo a estas aguas tan tranquilas se les atribuyen por estas sencillas gentes infinidad de supersticiones como la de que rugen y se elevan cuan inmenso penacho cuando hay tempestad, etc. Entre las muchas tradiciones que acerca de esta laguna me refirió mi guía, hay una referente a su origen, que me pareció la más interesante, y que os voy a referir en cuatro palabras. En tarde calurosa del mes de agosto, cruzaba por aquellos altos agrestes un jinete en brioso alazán. Por efecto, sin duda, del calor y del cansancio de la subida, ambos sintieron sed, así es que, al ver a muy poca distancia un arroyuelo, el caballo relinchó alegremente y comenzó a galopar hacia él, con impaciencia. Al llegar a él, soltó el brioso caballo su jinete y dejándolo que sumergiera su abrasada boca en sus cristalinas aguas, se dispuso a hacer lo mismo”.

“No habría llegado a sus labios la tan ansiada bebida cuando con gran asombro suyo oyó que el arroyuelo murmuraba: “¡No bebas de mis aguas, desgraciado, pues vas a irritar al poderoso Tched que vive oculto en estas regiones y pagarías con la vida tamaña osadía!”.

“Yo no sé si el viajero atendió o no a estas razones, lo que sí sé (según cuenta la tradición) que, temeroso al ver que su caballo seguía bebiendo, se retira a considerable distancia más que a paso sin cuidarse de recogerlo”.

“No habría andado 200 pasos cuando resonó un espantoso trueno y se abrió la tierra cerca del sitio donde el animal se encontraba; fuertes temblores de tierra conmovieron aquellos alrededores y por la hendidura asomó un horrible monstruo con la frente llena de cuernos; echando chispas por los ojos y espuma por la boca y con las patas de cabra y uñas de águila cubierto todo con asqueroso pelo”.

“Comenzó a rugir y hacer temblar el terreno de rabia y con voz entrecortada exclamó:

¡Matched, no encuentro más que al caballo! y entonces una voz, que parecía salir del fondo de la tierra, contestó: ¡Déjalo, que sabes no podemos oponernos a la voluntad de Dios Entonces dio un rugido horroroso y desapareció”.

“Poco tiempo después se despejó la atmósfera salió el audaz viajero detrás de una piedra desde la cual asustado había presenciado aquella escena imponente, y vio con espanto al dirigir sus azorados ojos al fondo de la hendidura, que el gigante dejaba las aguas que hoy se designan con el nombre de la laguna de Urbión”.

Covaleda, laguna de Urbión, 1913

Perteneciente a una historia que nos puede parecer muy remota, pero que no está demasiado lejana en el tiempo, pues estamos hablando de los comienzos del siglo XIX, hemos entresacado de un libro local del pueblo de Montenegro de Cameros, unos párrafos que se nos antojan curiosos, por ser demostrativos de las peculiares condiciones de vida en estos lugares y por aquellas fechas. La obra lleva por título Descripción de la Villa de Montenegro, su autor es el cura Dr. Don Manuel Vicente García y está impreso en 1818.

Describe como los tornos de hilados eran una de las principales fuentes de riqueza del pueblo, aprovechando el abundante ganado lanar que se alimentaba en las dehesas. Los hombres cuidaban del ganado, mientras las mujeres se dedicaban a la industria de los hilados, fabricando paños y bayetas, que llegaron a rivalizar con los producidos en las fábricas textiles de Santo Domingo de la Calzada y Ezcaray. Y de ésta descripción de los telares, nada mejor que extraer integro el párrafo siguiente:

“Hay empleados en estas maniobras más de trescientos tornos, de suerte que desde la edad de seis a siete años empiezan las niñas a tomar gusto a este ejercicio; y sus madres para fomentarlo se valen de la industria de señalar a cada hija una cierta tarea que dura todo el día y concluida ésta, las ceden para sus dijes y adornos el producto de su trabajo durante algunas horas de la trasnochada; resultando, aquí, que sin especial molestia se acostumbran a estar atareadas desde que amanece hasta las doce de la noche, contribuyendo mucho esta continua ocupación a que desde la edad tierna miren con horror la ociosidad, y no se distraigan a otros vicios; método ciertamente industrioso para hacer amable el trabajo”.

Evidencia de las duras condiciones de vida, particularmente de las mujeres, a la usanza de aquellos tiempos. Indiscutiblemente saludable el método de combatir la ociosidad, aunque extremadamente severo.

Claro está que las niñas que sobrevivían a estas condiciones se convertían, de mayores, en unas hembras resistentes a toda prueba física. Así lo testimonia un relato extraído del mismo libro que, igualmente, testifica las extremadas condiciones meteorológicas que predominaban por los inviernos de estas sierras, hace aproximadamente trescientos años:

“Sucedió pues que, volviendo de visitar el Santuario de Nuestra Señora de Valvanera, Don Francisco Alonso, Beneficiado de Vinuesa, Juan de Aragón, su mujer; Catalina Escribano, y Miguel García Carrasco, en el mes de Noviembre de 1685, tomando desde Brieva el camino de la cumbre que va al puerto de Santa Inés, y de allí al dicho lugar de Vinuesa, les sobrevino tan recio temporal de nieve y cellisca, que los sepultó en un gran ventisquero, al ribazo de aquella cima, donde murieron los tres al tercer día; pero la mujer sobrevivió a este raro acaecimiento, permaneciendo sepultado siete días en la nieve, sin otro alimento que el que ésta pudo prestarle; y habiendo acudido gentes de Vinuesa y de este pueblo, en busca de ellos, la sacaron, según se refiere en dichos libros, tan alegre y de tan buen color, dando cuenta y razón de cómo, cuándo y a que hora fallecieron sus compañeros.”

Covaleda, camino de Urbión, 1913

Covaleda, camino de Urbión, 1913

Ya en tiempos más recientes, entre tantas y tantas, una de las leyendas que corren por Covaleda es la del Tío Melitón, hombre desarraigado y ladrón de ganado, que vivía con su mujer en unas cuevas que se encuentran remontando las laderas del sur de Covaleda hacia la sierra de Resomo y Cerro de Guadarrines, justamente cerca del Portillo de la Remendá y en la cueva de Majámayo. Era este Tío Melitón hombre de mala catadura, bravucón y matón, que asesinó a otro vecino llamado Lerín. Nos la contó Raimundo Llorente, vigía de la atalaya del Muchachón, de ésta manera:

– Para mí, al Tío Lerín no lo mató el Tío Melitón, sino alguien que tenía con aquél viejas rivalidades y fue fácil inculpar a quien tenía tras de sí un historial de varios asesinatos.

Nos hizo gracia esta aseveración a tantos años de distancia.

cruz de lerin

La Cruz de Lerin

Otra versión que corre por Covaleda, es que el Tío Lerín había matado al padre de Melitón en el río de Bocalprado y el Tío Melitón mató posteriormente a Lerín por venganza. Al padre del Tío Melitón no lo encontraron.

– En una ocasión (continuó Raimundo Llorente), un individuo del pueblo de Covaleda, se adentró por el bosque y fue a dar a la cueva donde vivía el malhechor. Allí se encontró con sorpresa que tanto el Melitón como su mujer habían degollado una res y la estaban quitando la piel.

– ¿Qué hacéis?- Inquirió el recién llegado.

– Lo mismo que vamos a hacer contigo fue la respuesta.

Unos afirman que el vecino de Covaleda pudo escapar, pero llegó al pueblo tan asustado y jadeante que sufrió un infarto. Otra versión más dramática asegura que acabaron con su vida en aquel mismo lugar, despeñándolo después.

En cualquiera de los casos, el triste lugar ha quedado marcado con una cruz al borde del camino.

entre pinos y rocas - victor algarabel-56

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