ANDAR POR LAS SIERRAS DE URBIÓN, NEILA Y CEBOLLERA – I

ANDAR POR LAS SIERRAS DE URBIÓN, NEILA Y CEBOLLERA

J. Rodríguez Jimeno
M. Rincón

8492370238_gEn el año 2003 se publicó el libro “Andar por las sierras de Urbión, Neila y Cebollera” escrito por J. Rodríguez Jimeno y M. Rincón. A pesar del tiempo transcurrido desde entonces, podemos considerar que muchas de las cosas que aparecían en el citado libro, a día de hoy siguen siendo válidas. Paso a compartir alguno de los capítulos que aparecían en la citada publicación.

La historia

Sirva para nuestro propósito, este breve apunte histórico. Estrabón ya hacía mención de estas tierras, refiriéndose al Duero: “Durias es uno de los ríos celtíberos que corre frontero a Numancia y Serguntia, por el territorio de los vacceos y vetones”.

Plinio, en el año 77 de nuestra era, en su Historia Natural, sitúa el nacimiento del Duero en el país de los Pelendones, cerca de Numancia y desde allí, afirma, corre por tierras de los arévacos. Añadía que El Urbión era celtíbero y dividía a los pelendones de los verones que estaban al norte.

Florían de Ocampo, historiador del siglo XV asegura que los arévacos poseían una tierra de treinta leguas, de poniente a levante, desde Roa hasta Agreda, en las faldas del Moncayo. En sus límites estaban celebres poblaciones como Numancia, Osma, Clunia, Gormaz y otras. Los pelendones ocupaban la parte más septentrional, es decir, las vertientes de las sierras llamadas de Urbión, hacia San Pedro de Arlanza, Salas, Covarrubias y Silos.

El P. Moret, historiador del siglo XVII, también habla de los pelendones. Debieron ser un pueblo primitivo dedicado al pastoreo, descendiente de los celtíberos y que habitaba parte de la actual provincia de Soria. Posteriormente fueron arrinconados por los arévacos, en la zona montañosa al norte de sus tierras, es decir más o menos, en los actuales picos de Urbión.

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Fray Mateo de Anguiano, en 1704, en su Compendio Historial de la provincia de la Rioja, habla de los duracos, que toman el nombre por estar asentados en las proximidades del nacimiento del Duero. Dice: “nación confinante con la Rioja, situada hacia la sierra de Valvanera, de la otra parte del cerro de San Llorente, y en la canal del Najerilla, Neyla, Canales y otros pueblos.”

Así pues, la sierra de Urbión recibió de antiguo la denominación de montes Duracos y, probablemente, con anterioridad, montes Uracos.

No podemos dejar de mencionar “La Mesta” y “las Cañadas Reales” cuando hablamos de Soria y de Urbión. De entre las más renombradas y que servían para conducir mayor número de ganado, está la Cañada Real Soriana que unía Yanguas al norte de la provincia, con el valle de Alcudía, en la de Ciudad Real. Los cuarteles de invierno se situaban en Jaén y Córdoba. El primer privilegio fue concedido por Alfonso el Sabio, en el año 1273 al llamado “Concejo de la Mesta de los Pastores del Mio Reino”.

De entre todas estas villas, quizás sea Neila la de mayor tradición mesteña. Por sus inmediaciones pasaba la senda soriana, ramal de la Cañada Real que unía Canales de la Sierra con la misma Soria; traspasaba el puerto El Collado y por la media ladera de Urbión, por los términos de Quintanar de la Sierra, Regumiel de la Sierra, Duruelo de la Sierra, Covaleda y Vinuesa, llegaba a Soria.

La tradición trashumante de estas tierras queda reflejada también en el verso de Machado:

“Es hijo de una estirpe de rudos caminantes
pastores que conducen sus hordas de merinos
a Extremadura fértil, rebaños trashumantes
que manchan el polvo y dora el sol de los caminos.”

En tiempos de los Reyes Católicos, nació en la comarca de Pinares, en las laderas de Urbión e incluyendo parte de las provincias de Burgos y Soria, la conocida como Hermandad de Carreteros Serranos. Su radio de acción abarcaba los pueblos de Duruelo de la Sierra, Covaleda, Molinos de Salduero, (hoy Molinos de Duero y Salduero) y San Leonardo, con sus aldeas Arganza, Navaleno, Casarejos y Vadillo. Más tarde se unieron las villas de Cabrejas del Pinar, Abejar, Herreros y Villaverde del Monte.

Su objetivo era lo que hoy denominaríamos una gran empresa de transporte público, por cuenta de la Corona; de esta forma participaban en todos los acontecimientos importantes de la época, lo mismo acarreando avituallamientos para los ejércitos en la campaña de Granada, que en la distribución de las cargas procedentes del Nuevo Mundo. La composición de cada transporte era de unas 30 carretas en orden de marcha.

La organización de esta Hermandad era peculiar: estaba compuesta por los propietarios de carretas, en número variable de cuatro a seis de promedio, con unos 14 o 15 bueyes. En Molinos de Salduero, en el siglo XVIII, se llegaron a contabilizar 872 carretas y 2.617 bueyes, cifra que impresiona y da una idea de la importancia que alcanzó esta industria. El total de trabajadores era de 1.400 y más de 1.000 dueños de unas 6.000 carretas con unos 18.000 bueyes. Hubo propietarios que llegaron a disponer de hasta 47 carretas.

Una serie de leyes sobre acotamientos limitaron su actuación hasta que desapareció en el siglo XIX. De su pasado queda el recuerdo en las gentes de estos pueblos, en forma de cantares y coplas, como esta recogida por Pedro Gil Abad, historiador entusiasta de Quintanar de la Sierra:

“¡Ven torillo, ven, chaparro!
Ya se marchan las carretas de la sierra,
ha llegado el mes de Marzo.
Ya se marchan los carretas.
Ya se van el pueblo abajo
y la vara, compañera en el camino,
siempre al brazo.”

En historia más reciente merece la pena destacar, en el contexto que nos ocupa, algunas peculiaridades en relación con los extensos bosques de pino en la provincia de Soria.

La mayor parte de los pueblos inmersos en estos bosques disfrutan a partir de 1794 de un privilegio que hoy son las distribuciones comunales de sus bosques. Con ello, estos pueblos disponen en propiedad de un número de hectáreas de bosque que explotan dirigido por los ingenieros de monte de la Junta de Castilla y León. Cada vecino tiene derecho a un número de metros cúbicos al año que depende de la tala (es la llamada suerte de pinos). El ingreso de la venta de esta madera constituyó en otro tiempo unos beneficios muy saludables que representaban casi los ingresos totales para su subsistencia. Hoy en día, la madera está muy devaluada (debido a las fuertes importaciones y a haber dejado RENFE -que en otro tiempo tuvo un aparcadero en Pinar Grande- de utilizar traviesas de madera) y los ingresos se han reducido muy considerablemente. Los Ayuntamientos, conjuntamente con los ingenieros de montes, fijan el número de metros cúbicos a cortar cada año, que siempre está en relación con la masa de bosque de que es propietario cada Ayuntamiento y del tiempo que tarda un bosque en hacerse para hacer rentable su corta. Así, mientras Navaleno cortaba estos años 8.000 metros cúbicos, Covaleda talaba 24.000 metros cúbicos. Últimamente, algún año no se ha cortado nada dado el bajo precio de la subasta.

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Anteriormente al año 1956, la corta se hacía entresacando el pino hecho de la masa del bosque y había que utilizar las carretas y bueyes para el arrastre. Con la aparición de los camiones-grúa, la técnica cambió: se abrieron pistas forestales para entrada de los camiones y se empezó a talar completamente una extensa área, lo que facilitó la explotación. Un tractor levanta un año después los tocones que se quedan en el lugar para que se pudran, y se hecha la simiente de piñones. El área se deja acotada con alambradas (unos 15 ó 20 años) para evitar que los animales se coman la guía de los árboles.

Los bosques de cada Ayuntamiento están divididos en secciones tramos y rodales. La sección es la de mayor área. Esta división permite hacer un recuento árbol a árbol de los pinares. No se hace por muestreo, como pudiera creerse. Este recuento se hace cada cierto numero de años y dependiendo del presupuesto. Quedan fuera de recuento los árboles de muy poco diámetro.

Los árboles se clasifican en 4 grupos: varas, de unos 10 cms. de diámetro y 8 m. de altura; cabrios, de 10 a 15 cms. de diámetro y unos 12 m. de altura; vigueta, de 25 cms. De diámetro y de 15 a 20 m. de altura; pino tabla, de 30 a 40 cms. de diámetro y entre 20 y 30 m. de altura. Estos últimos son los buenos para obtener los tablones para la industria. Los pinos entre 5 y 10 cms. de diámetro y que no consiguen desarrollarse se llaman latas. Se utilizan para obtener tablas muy delgadas, llamadas asimismo latas. Un bosque tarda en hacerse en estas zonas unos 120 años para poder ser talado.

En el Anexo y puede verse una distribución de todo el monte de Covaleda y secciones, tramos y rodales. Como dato de referencia y de interés, aportaremos que en año 1957 en el rodal 265 de la “Senda Mala” (Covaleda) había 6.000 pinos que cuatro personas tardaron 2 días en contarlos. En el rodal 268, en los “Charcones” (también Covaleda), próximos a la laguna de El Hornillo había 7.686, y 4 personas tardaron 3 días en contarlos.

En el 255, en la laguna Masegosa (Covaleda), lugar muy difícil, 4 personas contaron en 5 días los 13,540 árboles del rodal. El jornal era de 50 pesetas por 8 horas de trabajo.

Para concluir, diremos que una extensa zona de estos bosques -los no asignados a pueblos- pertenecen al Ayuntamiento de Soria. La gente de estos lugares dicen que son pinares de “Tierra Soria”, o “Pinar Grande”. De la tala de estos bosques se benefician 150 pueblos de la provincia que constituyen la Mancomunidad de Soria. Lo curioso es que a esta Mancomunidad pertenecen también algunos pueblos que ya tienen pinar propio, como sucede con Covaleda, que se benefician a su vez de la tala de “Pinar Grande”.

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Urbión en la literatura

Como decíamos al principio, los picos de Urbión han suscitado múltiples evocaciones poéticas y, en general, literarias, No se trata aquí sino de hacer un elemental recuento de las más significativas, que iremos exponiendo bajo un cierto orden cronológico.

Comenzaremos por Gustavo A. Bécquer que residió, en varias ocasiones, en Soria capital, en San Juan del Hospital, hoy San Juan del Duero, y en la provincia, concretamente en el pueblo de Noviercas; todo ello sin olvidar que fue en el vecino Monasterio de Veruela, donde había ido a reponer su quebrantada salud, donde escribió las famosas cartas Desde

mi celda. El paisaje soriano impresionó al poeta, siendo el trasfondo de las leyendas de Los ojos verdes, El rayo de luna y El monte de las ánimas. Se ha dicho, con razón, que Soria representa el fiel reflejo de sus escritos, limpios, sin retórica, naturales, algo secos pero brotando directamente del alma.

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El hombre que ha calado más profundamente en el espíritu de esta tierra es, fuera de toda discusión, Antonio Machado; sería difícil hablar de Soria y el Urbión sin asociarlos, en alguna medida, a la entrañable presencia de este poeta.

Recordemos, muy por encima, como se ve influenciado el artista por el paisaje soriano y por los avatares personales que en él le acontecieron, de tal suerte que de la confluencia de ambas circunstancias brotaron efectos de extrema sensibilidad y belleza, dentro de su extensa obra poética.

Machado consiguió su título de catedrático de francés y llegó a Soria para cubrir una vacante en el Instituto de Segunda Enseñanza, en Mayo de 1907.

Aunque el escenario era ciertamente propicio para que a la llegada del poeta se iniciase el maridaje espiritual que, posteriormente, tan ricos frutos daría, su primera visión fue de aspereza, frialdad, sencillez e incluso rudeza; y es que la tierra soriana se prestaba largamente para ello. En sus palabras dirá, “…nada hay en ella que asombre o brille y truene; todo es allí sencillo, modesto y llano”. Machado, que venía de Madrid, acostumbrado a las tertulias literarias en las que participaban las más reconocidas figuras de una generación briosa que comienza a hervir, se encuentra, de repente, incrustado en la vida provinciana, monótona y hasta algo triste, de la pequeña capital. En un cierto momento, llegó a arrepentirse de haber cambiado su enriquecimiento literario por la seguridad de su no muy bien remunerado puesto de profesor en el Instituto.

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El poeta afirmaba: “Mis aficiones son pasear y leer.”. Estas frases son un buen punto de partida si queremos entender la influencia que el paisaje castellano soriano va a ejercer en el pensamiento de Machado. Se está gestando un largo camino de enamoramiento, en el que diversas circunstancias van a contribuir. Nosotros nos limitaremos aquí a espigar algunas de ellas, entremezcladas con retazos de sus poemas; así, el autor nos ayudará con toda seguridad en nuestro propósito, que no es otro que redescubrir y captar el encanto, la sugestión y el oculto espíritu que se esconde en las parameras sorianas y, particularmente, entre los riscos de Urbión. Indudablemente, de la mano de Machado, que percibió tal cúmulo de sensaciones en estos parajes, serán más fáciles de identificar los atractivos espirituales de estas serranías.

En el prólogo a Campos de Castilla leemos:

“Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mi sagrada -allí me casé; allí perdí a mi esposa, a quien adoraba-, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano.”

La fecha en que esto fue escrito, 1912, es clave para Machado. Lleva va cinco años residiendo en Soria y su libro de poemas Campos de Castilla se acaba de publicar. Ha conocido y ha aprendido a amar la sequedad de la tierra soriana. Pero no con tono sensiblero y efectista, sino desde unas estrofas sinceras e íntimas.

En esta misma línea, A Sánchez Barbudo, en su obra Antonio Machado, los temas, el sentimiento y la expresión, comenta lo siguiente “Diríase que el campo castellano proporcioné a Machado lo oportunidad de llevar a cabo en sus poemas algo que hacia tiempo anhelaba: apartarse de la contemplación de si mismo de su subjetividad. Sus miradas, desde fines de 1907, se dirigieron sobre todo a los campos y hombres de Castilla. Que el campo y aun la ciudad de Soria le impresionaron hondamente, y más a medida que se iban adentrando en su alma, es algo evidente para todo lector de “Campos de Castilla”. El paisaje soriano de Machado es, en todo caso, algo que el vio, sin duda, con emoción. Es un paisaje vivido y sentido y no solo contemplado estéticamente”.

Otro de los factores, en relación con lo anterior, es lo que podríamos llamar “el espíritu del 98”. Su modo de ver Castilla y España, era algo propio de su generación.

La descripción del paisaje, real, verdaderamente observado, como medio de expresión de un estado del alma o en relación con la misma, no es exclusivamente de Machado, pero brota de su poesía, quizás antes que en los compañeros de su generación.

Sus versos causan impresión en la crítica del momento por su sencillez y austeridad.

Son algo nuevo en la poesía española. Ortega dice: “son lo más fuerte que se ha compuesto muchos años hace sobre los campos de Castilla”. Representan la esencia de la visión del 98 sobre las yermas tierras de la meseta y, más aún, la visión sobre el hombre que las habita.

Machado es, evidentemente, más crítico que los dos compañeros que rivalizan con él en el amor a la tierra castellana: Unamuno y Azorin. Produce estrofas acerbamente duras y en algunos casos, hasta dolorosas, contra la mediocridad, la sordidez y la miseria que se prodigan entre sus moradores. Para él hay una disociación entre el hombre y el paisaje, de forma que, mientras le desagradan algunos aspectos del ser castellano, descubre cada día motivos y esencias que residen en el segundo, por el que llegará a sentir verdadera pasión.

No le gustan a Machado la pobreza, la incultura y la soberbia de la tradicional Castilla que, a su decir, “envuelta en sus andrajos, desprecia cuanto ignora.” Afirma Ridruejo que el criticismo progresista y el patriotismo crítico llevarán al poeta a convertir a Soria en el ejemplo extremo de la España menoscabada. Por un lado Soria representa para él la casi incruenta lucha por la supervivencia dentro de los rigores del clima y la esterilidad de las tierras y de otra parte, la ve como una hermosa percepción estética que él hace más suya ayudado primeramente del sentimiento del amor y, después, del de la ausencia.

De esta manera se Inicia un camino. De las esencias íntimas del hombre y de la tierra castellanas arranca la búsqueda de Dios, igualmente verdadero y desnudo de ropas oficiales.

EI Dios ansiado por el poeta es el Dios profundo, vital, que llevamos dentro y que es luz de dentro hacia afuera. Machado pasó sus días en un caminar entre sueños, siempre “buscando a Dios entre la niebla”, y quizá resida en esto el secreto, como el mismo reconoció en una de sus poesías: “y en todas partes te encuentro sólo por irte a buscar.”

Así, este rastreo del Dios alegre y esperanzador se traduce en esperanza también reflejada en los hombres y en los paisajes. La realidad de España no le gusta al igual que a sus compañeros de generación y, quizás con más intensidad todavía que ellos, sueña, sueña con los hombres redimidos de la cicatería y la pobreza, sueña con los paisajes, fríos y adustos pero plenos de luz y contenido, y sueña con todo lo que pueda ser, en definitiva, futuro alentador.

“Aún larga patria espera
abrir al corvo arado sus besanas;
para el grano de Dios hay sementera
bajo cardos y abrojos y bardanas”

A partir de las fechas, tristemente coincidentes, de la publicación de Campos de Castilla y la muerte de Leonor algo cambiará en la poesía de Machado. Si hasta entonces, y Campos de Castilla es una buena prueba de ello, sus versos eran frecuentemente tristes y melancólicos, paradójicamente, tras la muerte del ser querido, los matices desgarradores de su poesía se ocultan siempre sutilmente, dejando entrever tan sólo un cendal de tristeza que se hace sentir, casi de continuo, en sus estrofas. Tratará de esconder su dolor, aunque rozando siempre las fronteras de ese sentimiento, en lo que a la sensibilidad y emoción del lector atañe.

Los cinco años de estancia de Machado en Soria, sirven para que el poeta penetre en los atractivos de un paisaje como éste, dotado de tan peculiar estética. Soria va a condensar para él, en lo sucesivo, una buena parte de los sentimientos y de las inquietudes de su vida.

Aquí el amor va a cristalizar tanto en las alamedas otoñales o en las montañas violetas,  como en Leonor, identificada ya para siempre como parte inseparable del entorno soriano.

“En la desesperanza y; en la melancolía
de su recuerdo, Soria, mí corazón se abreva.
Tierra del alma, toda, hacia la tierra mía,
por los floridos valles, mi corazón te lleva”

Efectivamente, en estos intensos años desde el momento en que conoce a Leonor soriana de 16 años hija de los dueños de la pensión donde se aloja, ella y el paisaje de Castilla se unen frutos ambos de las mismas emociones. Producto de ese hermanamiento en la enfermedad que preludia el doloroso final Leonor recibe de su esposo la ofrenda de la publicación de Campos de Castilla que contiene sus mejores versos hasta ese momento

“¿No ves Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
Mira el Moncayo azul y blanco; dame
tu mano y paseemos”.

En la obra se desgranan continuas referencias a Urbión, a El Moncayo y a otras sierras castellanas. La afición de Machado por las montañas y ribazos sorianos, se refleja de manera especial en las primeras estrofas de su poema A orillas del Duero:

“Mediaba el mes de Julio. Era un hermoso día.
Yo, solo, por las quiebras del pedregal subía
buscando los recodos de sombra lentamente.
A trechos me paraba para enjugar mi frente
y dar algún respiro al pecho jadeante.”

En el mes de septiembre de 1910, Machado expresa su deseo de conocer las altas cimas de Urbión y las fuentes del Duero; durante varios días, un grupo de amigos preparan y llevan a cabo la excursión. En el coche correo llegan hasta Cidones, desde allí a pie hasta Vinuesa, donde alquilan caballerías para dirigirse a Covaleda; luego emprenden la subida a la sierra, no sin antes soportar una bravía tormenta que les hace mojarse hasta los huesos.

Por fin llegan a la cima de El Urbión desde donde, extasiados, contemplan una buena parte de Castilla. La inspiración sigue llenando la mente ávida del poeta que, después de descender por la laguna Negra y el valle del Revinuesa, a su regreso a Soria, evocara constantemente las imágenes vividas.

Campos de Castilla sigue su gestación y dentro de él, en la Leyenda de La Tierra de Alvargonzalez encontraremos múltiples referencias a los paisajes recientemente recorridos.

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San Leonardo, Vinuesa, los pinares de Duruelo de la Sierra y finalmente, la venta de Cidones. Es en este lugar donde el autor hace, por boca de su personaje, una curiosa reflexión sobre el trato con los hombres del campo, desprendiéndose lo mucho que ellos saben y nosotros ignoramos y lo poco que a ellos importa conocer cuanto nosotros sabemos.

En el citado poema de La tierra de Alvargonzalez, las sierras sorianas aparecen de esta forma:

“La hermosa tierra de España
adusta, fina y guerrera
Castilla, de largos ríos,
tiene un puñado de sierras
entre Soria y Burgos como
reductos de fortaleza,
con yelmos crestonados,
y Urbión es una cimera”.

Espléndida visión de las sierras de la Umbría, Neila y las Hormazas que, con Urbión a la cabeza son separadoras con Burgos.

Los hijos de Alvargonzalez dudan del camino a recorrer hasta las inmediaciones de El Urbión:

“Cuando a Urbión alarguemos
se puede acortar de vuelta,
tomando por el atajo,
hacia la Laguna Negra
y bajando por el puerto
de Santo Inés a Vinuesa.”

Una vez cometido el parricidio, se dirigen a la laguna:

“No tiene tumba en la tierra.
Entre los puños del valle
del Revinuesa
al padre muerto llevaron
hasta la Laguna Negra.”

Y un amanecer en las montañas:

“Se iba tiñendo de rosa
la espesa y blanca neblina
de los valles y barrancos,
y algunas nubes plomizas
a Urbión, donde el Duero nace,
como un turbante se ponían”.

Igualmente se recoge en esta obra la belleza del paisaje de la Laguna Negra;

“hasta la Laguna Negra,
agua transparente y muda
que enorme muro de piedra,
donde los buitres anidan
y el eco duerme, rodea;
agua clara donde beben
las águilas de la sierra,
donde el jabalí del monte
y el ciervo y el corzo abrevan;
agua pura y silenciosa
que copia cosas eternas;
agua impasible que guarda
en su seno las estrellas.”

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Es en Abril de 1912, cuando Antonio Machado produce uno de sus más bellos poemas, pleno de nostalgia, presintiendo, sin duda, el triste desenlace de Leonor que tendría lugar pocos meses después; el poema es Recuerdos y de él extraemos algunos versos:

“y en sierras agrias sueño – ¡Urbión sobre pinares!
¡Moncayo blanco, al cielo aragonés erguido!
Y pienso; Primavera, como un escalofrío
irá a cruzar el alto solar del romancero,
ya verdearán de chopos las márgenes del río.

¡Adiós, tierra de Soria; adiós el alto llano
cercado de colinas y crestas militares
alcores y roquedos del yermo castellano,
fantasmas de robledos y sombras de encinares!”

La etapa de Soria termina para Antonio Machado. La desaparición de Leonor le hace imposible sobrevivir en esta tierra amada y se traslada de inmediato a Baeza. Los últimos poemas incorporados a Campos de Castilla, reflejan de forma desgarradora el dolor por su pérdida.

“Señor, va me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.”

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

“Soñé que tú me llevabas
por una blanca vereda
en medio del campo verde,
hacía el azul de las sierras,
hacía los montes azules,
una mañana serena”.

Machado abandona rápidamente Soria y se dirige a tierras jienenses, pero la evocación de las cimas de Urbión ya no le abandonarán jamás; en su raíz lleva ya el germen de poeta de Castilla que será inseparable de su figura. A partir de ahora su visión del páramo soriano se dulcifica, se hace más sensual, por obra y gracia del recuerdo constante, entrevelado, de Leonor. Así, dentro del libro Nuevas Canciones, afloran, entre otros, estos retazos de la etapa pasada:

“Por la sierra blanca…
La nieve menuda
y el viento de cara.
Por entre los pinos…
con la blanca nieve
se borra el camino.
Recio viento sopla
de Urbión a Moncayo.
¡Páramos de Soria!
Ya habrá Cigüeñas al sol,
mirando la tarde roja,
entre Moncayo y Urbión.
¡Cuántas treces me borraste
tierra de ceniza,
estos limonares verdes
con sombras de tus encinas!
¡oh campos de Dios,
entre Urbión el de Castilla
y Moncayo el de Aragón!

Y para finalizar, de la misma obra, Nuevas Canciones, su Adiós, campos de Soria:

“Adiós, campos de Soria
donde los rocas sueñan,
cerros del alto llano,
y montes de ceniza y de violeta.
Adiós, ya con vosotros
quedó la flor más dulce de la tierra.
Ya no puedo cántaros,
no os canta ya mi corazón, os reza…”

Poco antes de morir, en una entrevista concedida a un periodista, Machado recuerda a Soria:

“Soria es lugar rico en tradiciones poéticas. Allí nace el Duero que tanto papel juega en nuestra historia. Allí entre San Esteban de Gormaz y Medinaceli se produjo el monumento literario del Poema del Cid. Por si ello fuera poco, guardo el recuerdo de mi breve matrimonio con una mujer a la que adoré con pasión y que la muerte me arrebató. Y viví y sentí el ambiente con toda intensidad. Subí a El Urbión, al nacimiento del Duero. Hice excursiones a Salas, escenario de la trágica leyenda de los Infantes. Y allí nació mi poema de Alvargonzalez.”

Otros poetas han cantado igualmente a esta serranía. Unamuno también se asoma a los campos sorianos para dedicar estos versos al Duero:

“En su foz Oporto suena
con el Urbión altanero;
Soria en su sobremeseta,
con la mar toda sendero.
Árbol de fuertes raíces
aferrado al patrio suelo,
beben tus hojas, los aguas
la eternidad del empeño.”

Y en su obra Paisajes del alma, dedica estas líneas a El Urbión:

“Duruelo, esto es, Duriolu, Duerillo, el Duero niño recién nacido. Una humilde aldea donde el río del Cid, el de los guerrilleros, el del romancero, balbuce vagidos entre peñascos y se le unen dos riachuelos. Encima de Duruelo, de su pobre caserío, asomaba, tras unas cumbres peladas, el pico pelado del Urbión como repujado en el cielo desnudo, pelado de nubes. Levanto allí el río que es cauce su raicilla más larga, su cendal (cordón umbilical en técnica), caucecillo de agua que baja de las cumbres del Urbión. Y al poco trecho empieza a trabajar, en los pinares. más antes quise coger en ensueño, contemplando al Urbión desnudo, no el estado, el estar, de Castilla, sino su esencia, su ser”.

En la misma obra encontramos esta deliciosa descripción de una casa pinariega:

“Un hogar serrano, pinariego. Una cocina rematada en chimenea cónico que corona el tejado. Sobre armazón de madera con sus cuadrales, se monta una especie de gran cesto entretejido de barda de pino verde recubierto de barro y encalado y que se abre al cielo por agujero que recibe luz y agua de lluvia y por donde sale el humo que antes cura a los jamones. Allí, bajo la chimenea, el hogar, y junto a él los escaños en que, en mesillas de sube y baja, hacen por la pobre vida y la sueñan los sorianos pinariegos.”

Benito Pérez Galdós, aunque centrándose más en el campesinaje que en el paisaje, en la misma línea que el propio Machado y a diferencia de Azorin, en una novela entre lo real y lo inverosímil, El caballero encantado, desarrolla su acción en campos de Soria y deja alguna mención sobre el mismo Urbión:

“… mira con la fantasía y vente más allá conmigo, hasta los picos excelsos de Urbión, donde verás sin esfuerzo partes muy gloriosas de mis estados. El aire que aquí respiramos, ¿no es el aíre del primer día del mundo? Su diafanidad, pureza y frescura, dan vida nueva a mi espíritu…”

Gerardo Diego, años más tarde, al igual que el maestro Machado, también desempeñó una cátedra en Soria, y de la misma forma quedó prendado de sus esencias.

Procedente de Santander, residió en esta ciudad durante algún tiempo, entendiendo como los poetas que le habían precedido captaron el atractivo particular de esta tierra. Esto lo cuenta en sus versos Bécquer en Soria, de 1930:

“Poetas andaluces
que soñasteis en Soria un sueño dilatado:
tú Bécquer, y tú, Antonio, buen Antonio Machado,
que aquí el amor naciste y estrenaste las cruces
del dolor, de la muerte…
Desde el cántabro mar;
también como vosotros, subí a Soria a soñar”

Así, de Gerardo Diego hemos encontrado igualmente un estupendo soneto, titulado Cumbre de Urbión, que nos parece de lo más hermoso que se haya escrito sobre estos picos. Lo reproducimos aquí:

“Es la cumbre, por fin, la última cumbre.
Mis ojos en torno hacen la ronda
y cantan el perfil, a la redonda,
de media España y su fanal de lumbre.
Leve es la tierra, toda pesadumbre
se desvanece en cenital rotonda.
Y al beso y tacto de infinita honda
duermen sierras y valles su costumbre.
Geología yacente, sin más huellas
que una nostalgia trémula de aquellas
palmas de Dios palpando su relieve.
Pero algo, Urbión, no duerme en tu nevero,
que entre pañales de tu virgen nieve
sin cesar nace y llora el niño Duero.”

De su libro Soria, de 1924, recogemos algunas estrofas del poema Romance del viento:

“Viento que el Urbión desata,
que el Moncayo nos envía,
cuando la mañana asciende,
cuando la tarde declina,
cuando escoltada de estrellas
que su carromato aguijan,
la larga noche fecunda
de tumbo en tumbo camina.”

Dionisio Ridruejo, nacido en la vecina Burgo de Osma, siente hondamente la belleza del paisaje de Soria y le dedica un libro dentro de su colección de Guías de Castilla lo Vieja. Las descripción del anfiteatro que él contempla en la laguna Negra merece la pena ser aquí reproducida.

“El Urbión es majestuoso; sus selvas son de gran densidad y las barrancas van ofreciendo murallones; corseterías de formas increíbles. Hay por allí pinos gigantescos con hayas que añaden al bosque mucho temblor de umbría y no poco misterio. Arriba se abre la corona rocosa, el circo glaciar que contiene las aguas más serenas y transparentes que quepa imaginar, abismando en su seno los grandes árboles y los altos murallones de roca que la rodean cuando la luz es favorable, y cuando no, cerrándose en una paz oscura, misteriosa e impresionante.”

Finalmente, para cerrar esta breve relación literaria de referencias, recordemos los versos del poeta contemporáneo José García Nieto:

“Por tus pinares sólo pasa ahora
el alma, y a tu luz madrugadora
se acoge, y a tocar el sol se atreve.
Dorada, blanca, verde sobre el río
traes músicas de Urbión al pecho mío”.

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