RECUERDO DE SORIA – 1890 “UN DRAMA EN LA SIERRA”

En relación con el artículo publicado ayer sobre la anulación del resultado unas elecciones realizadas en Covaleda en el año 1890, y cotejando fechas, la “atípica” representación teatral que nos cuenta en este artículo publicado en Recuerdo de Soria, bien podría tratarse de una obra teatral que se representara en Covaleda en aquella época.

De siempre Covaleda ha tenido mucha afición teatral y así queda reflejado en numerosos artículos de prensa que estoy recopilando desde el año 1870 y hasta mediados los años 40, en los mismos se citan nombres de actores y otros datos que creo os pueden resultar de interés o al menos curiosos y que algún día podré terminar de transcribir para compartir con todos vosotros.

De momento aquí os dejo la descripción que Enrique Escribano y Hernández hace de la experiencia que vivió en una de esas representaciones teatrales que, si bien no lo puedo afirmar, cuadrando datos y fechas bien podría ser en Covaleda.

RECUERDO DE SORIA – 1890
UN DRAMA EN LA SIERRA

La locomotora atravesará pronto por en medio de esta desconocida región. El silbato de vapor, iniciando un nuevo modo de ser en estos sencillos habitantes, cambiará la escena, transformará la decoración y hará que desaparezca, sin dejar ni el más pequeño recuerdo de su existencia, todo lo que hoy deleita, entusiasma y encanta a los que estudian las sencillas costumbres de los sorianos; cuadros abigarrados y churriguerescos, pero con contornos y tintas que sorprenden y maravillan.

Hoy que el gusto literario se apasiona por la reproducción de lo natural, hoy que el arte narrativo combinando la verdad con la fantasía ha obtenido un merecido triunfo, cuando se ha franqueado el escollo que existía entre la manera de escribir y la manera de hablar,  cuando el paisaje se lleva integro al libro y las escenas de la vida del campo, de la calleja, de la plazuela, del hogar, se copian de un modo sorprendente, empleando un lenguaje castizo con finuras y matices de estilo, que a nada son comparables y haciendo sentir la realidad de la acción; veo con tristeza, próximos a ocultarse bajo la losa del olvido cuadros de costumbres que inmortalizarían la pluma del afortunado escritor que pudiera reproducirlos.

Santander tiene a Pereda, Andalucía a Salvador Rueda, Galicia a la Pardo Bazán, otras regiones de España a Leopoldo Alas, Picón, Palacio Valdés y al autor de “Los Episodios Nacionales”; Soria; el país olvidado, la provincia desheredada, no tiene un poeta que sepa inspirarse en las sentidas baladas que cantan los habitantes de sus montañas, ni un escritor que reproduzca las extrañas y antiquísimas costumbres que imperan en sus aldeas.

España es la Nación más apegada a lo pasado, el pueblo mejor hallado con sus antiguos hábitos, el menos agitado por los cuidados del porvenir, y entre todas las provincias, en ninguna existe el instinto estacionario como en la de Soria.

El valor, la tendencia al aislamiento, la fría calma, el cariño a sus lares, la confianza en Dios y el amor a la religión, la constancia en los desastres y el sufrimiento en los infortunios, la sobriedad y la templanza, son cualidades que adornan a los habitantes de esta comarca, cualidades que se reflejan en sus tradicionales costumbres.

Covaleda 1913 (9)

Entre todas ellas, la afición, o mejor dicho, el apasionamiento que hay en nuestra sierra por los espectáculos teatrales, merece una especial atención.

En los archivos de casi todos los pueblos situados en los Pinares, se guardan como oro en paño, los trajes para las comedias, los ejemplares de antiquísimos autos sacramentales, armas y hasta cotas de malla, siendo el director de la función, durante el tiempo que está en el ejercicio de su cargo, una autoridad respetada y acatada por cuantos toman parte en el espectáculo.

El alguacil del Ayuntamiento se encarga de avisar a las actrices y actores para que concurran a los ensayos, el Alcalde y el Sr. Cura se toman la molestia de presidirlos para que haya el debido orden, y la Corporación municipal, a modo de empresaria, paga el gasto que se hace por el consumo de agua y azucarillos durante la temporada teatral.

Y de aldea en aldea, de casa en casa, se anuncia que en el pueblo de A…. va a haber comedias en el día de su santo patrono o santa patrona, noticia que regocija a cuantos la oyen, pues ni uno solo piensa faltar a tan agradable acto.

Con motivo de una lucha electoral, me llevó mi buena o mi mala estrella a una aldea de “Los Pinares”, en el día en que se celebraba la fiesta de no me acuerdo que santo. Aún no había descansado de las fatigas del viaje, cuando me vi obligado a recibir la visita del Alcalde y dos vecinos, que iban a suplicarme asistiese a las comedias que aquella tarde se representarían en la Casa Concejo.

Según me manifestaron, la prueba, o sea el ensayo general, que tiene lugar el día antes de la fiesta, con asistencia de un numeroso público y vistiendo los actores los trajes que han de ponerse para la función, de tal modo que en nada se diferenciarían las dos representaciones pudiendo considerarse la segunda como una reproducción de la primera, había salido muy bien y el escogido público que asistió estaba complacidisimo anhelando ver otra vez la representación de la Loa, el drama “Sancho Gracia” y un sainete original del médico, que les hacía desternillar de risa.

Di las gracias a los comisionados, pregunté la hora en que daba principio la función, extrañándome dijeran que a las tres de la tarde, y les prometí asistir a la comedia, aun cuando me hallaba bastante molestado por haber hecho una larga caminata.

El local de Concejo, espaciosa habitación situada en la planta baja de la “Casa del Pueblo”, presentaba cuando penetré en ella, un singular aspecto. Las paredes ennegrecidas por el humo de las fogatas que encienden los señores concejales para calentarse durante el invierno, las vigas casi quemadas y una docena de bancos estrechos y bisuntos, formaban un conjunto nada agradable para los que están acostumbrados a admirar tapicería, los dorados y las pinturas de muchos teatros.

Una multitud de espectadores, el doble, casi el triple de los que permitía el local, vociferaban, chillaban y se empujaban para ocupar los mejores sitios.

Los muchachos a horcajadas en las vigas o colgados en los machones que formaban el techo del salón, con las caras ennegrecidas y los vestidos rotos, parecían una horda de chimpacés gesteros, alborotadores, impacientes y en continuo movimiento.

Las mujeres ocupando un lado de la habitación, completamente separadas de los hombres, reñían, se insultaban y se pegaban por creerse con derecho a este o a aquel asiento.

El escenario … Pero este merece descripción aparte.

Cervantes en el prólogo a la edición de sus comedias dice “que el escenario de un teatro en tiempo de Lope de Rueda, estaba formado por cuatro bancos en cuadro y cuatro o seis tablas encima, separados del vestuario por una manta vieja, detrás de la cual se colocaban los músicos para cantar, sin guitarra, algún romance antiguo”.

Las comedias que entonces se representaban no necesitaban aparatos, pues eran unos coloquios o églogas entre dos o tres pastores y alguna pastora, aderezados con un entremés de negro, de rufián, de bobo o de vizcaíno, de modo que la sencillez de la acción correspondía a la desnudez de la escena. Naharro inventó las tramoyas, las nubes, los truenos y los relámpagos, desafíos y batallas que permitieron representar en tiempo del autor de “El Quijote” sus obras “La Destrucción de Numancia” y “La Batalla Naval”.

La innovación no llegó, sin duda, a los pueblos de nuestros pinares, en los que, aún cuando existe predilección por poner en escena espeluznantes tragedias y dramas, nadie se ha cuidado de introducir reformas en el escenario muy parecido al de los tiempos del gran Lope.

El que trato de describir, se hallaba abierto por ambos lados, quedando una tercera parte de los espectadores dentro de la escena. El fondo lo formaban ocho o nueve tablas pintadas de amarillo, viéndose en el centro una puerta, única en la decoración por la que entraban y salían cuantas personas tomaban parte en el espectáculo. El telón como el anleum o siparium de los romanos, en vez de subir, bajaba, estando formado por un lienzo clavado a un machón de los que llaman ventureros, lienzo pientado de azul ostentando en el centro la figura de un gallo con una pata tres centímetros más larga que la otra, por consideración, quizás, a la perspectiva, destacándose debajo del vigilante gallináceo, por estar hechas las letras con almazarrón, la siguiente cuarteta:

Siendo retor, en el telón
El pueblo me ha transformado.
¡Ay del pobre desgraciado
que aquí no guarde … ¡Chitón!

Ni una mesa, ni una silla, ni siquiera un banco, había en la escena, en la que difícilmente podrían moverse cuatro personas sin peligro de caer encima de los espectadores.

Pero en cambio, ¡con que ingenio se suple cuanto hace falta! ¿Hay que representar un jardín? Pues se esparcen por el suelo seis o siete rosas y dos o tres ramas de pino y ya está hecho. ¿Un ejército? Allá salen dos mozos con las espadas desnudas y, ni el de Jesjes. ¿El mar? ¡Quien repara el pelillos! El actor dice antes de empezar su papel, señalando las tablas del escenario –Señores, estamos en el mar- y todos los espectadores admiran el balanceo de las naves.

Un viejo sentado en el mismo banco que yo ocupaba y que se alababa de haber dirigido en sus buenos tiempos la comedia de Calderón “La Devoción de la Cruz” me manifestó que él había visto representar en aquel escenario una trigedia en la que figuraban por un lado Asia y por el otro África, una caravana, una batalla naval, tres naufragios y cuatro doncellas deshonradas que daban a luz en la escena.

¡Ver era!

Covaleda 1913 (11)

Los habitante de la Sierra tiene fama de listos y de ser gente de buenas maneras debido a esto, sin duda a su continuo comercio en otras provincias, pues recorren con sus carretas durante cierta época la mitad de España.

Ven y aprenden, llevando a su aldea, los preciosos conocimientos que han adquirido, para transformarlos según su conveniencia o sus costumbres.

Más bebedores de leche que de licores, gozan de la robustez de los habitantes de las montañas y las embalsamadas brisas que aspiran, les hacen disfrutar de una salud envidiable.

En el interior de sus casas, cómodas y limpias, no reina ese desaseo doméstico, ese descuido vergonzoso en que parecen vivir muchos de mis conterráneos, y despréndese como un perfume de la vida de familia y franca hospitalidad que por desgracia, desde hace seis u ocho años, tiene a desaparecer.

El majestuoso follaje de los pinares, las enlazadas cordilleras con sus singulares líneas, sus picos angulosos y sus mesetas; el delicioso verde de las praderas contrastando con el verde sombrío del monte; alguna que otra alta montaña proyectando hacia la llanura sus estribaciones que avanzan, como cabos y aristas erizadas por las negras pirámides que forman los pinos, los numerosos riachuelos que naciendo en la alta sierra precipítanse impetuosos sobre rápidas pendientes, cayendo en estrechos desfiladeros entre rocas salvajes, o deslizándose con suavidad por verdes pradera, uniéndose, dividiéndose y perdiéndose de trecho en trecho, y los cambiantes de luz que a cada momento modifican los colores dulcificando los contornos, hacen que el paisaje seduzca, fascine y encante, contribuyendo en mucho el modo de ser de los que tienen la dicha de habitar en estos lugares.

Sentado en el banco presidencial, a la derecha del alcalde, mi imaginación se deleitaba reproduciendo tan hermoso panorama, mientras la orquesta formada por un cornetin y una bandurria, se preparaba para lanzar al viento sus armoniosos acordes.

La atmósfera era casi insoportable por haberse caldeado y enrarecido a causa de los muchos espectadores que había en el local, el humo de las teas que iluminaban el teatro y los innumerables fumadores entregados a este vicio, y aun cuando era el cuatro de Marzo se sudaba allí la gota gorda, no faltando impacientes que ruidosamente pidieran se bajase el trapo.

Se había anunciado la función para las tres de la tarde y eran las cinco cuando dio principio. ¡Dos horas de espera! Algo vale que amenizadas con los solos del cornetín y los acompañados de bandurria, pasaron veloces para la mayor parte del público.

¡La loa! Hace cuatrocientos años era el prólogo alegórico y jocoso de los espectáculos teatrales; las que se representan en nuestros Pinares han perdido su primitivo carácter y tienen mucho de los antiguos “Autos Sacramentales”. El diablo se opone a que en el pueblo de P… o de L… se celebre la fiesta de su santo patrono o patrona; un ángel le combate: el hombre, a quien procura sujetar el pecado, vence a su enemigo, y cuando el Rey del Averno ve su causa perdida, huye ante la cruz de una espada o al oir las alabanzas a la Madre de Dios, que cantan diez o doce doncellas entre bastidores.

Para los que no han visto esta clase de espectáculos, no dejan de ser curiosos, aun que no sea más que por la novedad. Por esto me indignó el que en lo más culminante del acto, o sea cuando el diablo, al presentarle la cruz, pierde la forma humana que había tomado y aparece ante el público con su horrible figura, su rabo., sus cuernos y sus largas uñas, se armase un escándalo en el sitio que ocupaban las mujeres.

Maldito seas.- Pillo, tunante.- Así te lleven los demonios.- Arrastrao.- Condenao a muerte – dale, dale, Tomasa.- Sr. Alcalde, Sr. Alcalde…

Esto era lo que gritando se decía y lo que puso en conmoción a todos los espectadores. Hasta el demonio bajó del escenario para ver que era aquello. Una ola humana impedía a la primera autoridad enterarse de la causa de tanto escándalo, que iba en aumento, cuando el alguacil, separando a los curiosos nos presentó a un joven serrano, desagarrado, aporreado, magullado y hecho un San Lázaro. Era un intruso que, metiéndose por debajo de los bancos logró llegar al departamento de las mujeres y estas, enteradas a tiempo de su audaz empresa, se habían arrojado sobre él insultándole y pellizcándole en castigo de tanta felonía. El público aplaudió a las heroínas que con tanto ardor habían defendido su decoro, y el joven fue conducido a la cárcel llevando en su cuerpo el mayor castigo de la falta, pues durante el tiempo que estuvo en el departamento de las damas había recogido millares de pulgas.

Continuó el espectáculo y, después de quemársele la cola al diablo, se alzó el telón entre ruidosos aplausos.

Fui a dar la enhorabuena a los actores, notando, al regresar a mi asiento, que había disminuido mucho el público, formando animados grupos los espectadores que aún permanecían en el local. El Alcalde y los concejales también habían desaparecido. Saqué un cigarro, lo encendí y empecé a reflexionar como se valdrían los actores de aquel reducido teatro para poner en escena la composición trágica de D. José Zorrilla, titulada “Sancho Gracia”.

El parque del palacio que forma la decoración del acto primero, la ante-cámara de D. Sancho que aparece en el segundo, siendo sustituida, en la cuarta escena, por el laboratorio judío; y por el comedor ochavado con sus indispensables puertas y ventanas, del acto tercero, era imposible ni aun de figurarse en un escenario tan reducido, abierto por los lados y con una sola puerta.

Y e aquí el defecto de estos actores pinariegos.

Dicen muy bien el verso, accionan con propiedad, sienten las situaciones culminantes, interpretan regularmente su papel, pero la pasión por lo trágico, la atracción que sobre ellos ejerce el horror sublime de las grandes catástrofes oscurece dichas especiales condiciones y como quieren poner en escena terribles tragedias en las que es indispensable el aparato escénico en un tablado de tres metros; como no pueden vestir el traje de época y lo sustituyen por el que inventa su capricho; como no tienen nada de lo mucho que es necesario para poder representar dichas obras, resulta ridículo y hasta bufo, lo que podía ser agradable y meritorio, si se limitasen a interpretar esas comedias que en medio de una tranquila emoción estética excitan a la hilaridad.

¡Que “Sancho Gracia”! Cuando después de un entreacto que duró hora y media, bajó el telón y aparecieron la Condesa y Estrella vestidas con refajos encarnados, murmuré una oración como desagravio al gran poeta.

El Conde D. Sancho, que llevaba un traje de trusa hecho con percalina encarnada, y un sombrero hongo con plumas, cada vez que, accionando, levantaba los brazos, tocaba con la mano las vigas del techo que hacían las veces de bambalinas, y al finalizar el primer acto, se poseyó tanto de su papel, que desbarató de un puñetazo el fondo de un escenario, produciéndose la consiguiente contusión.

Covaleda 1913 (20)

  • ¿Cuándo terminará esto, Sr. Alcalde?
  • Ya no falta mucho. En cuanto cenen los comediantes empezará el segundo acto.
  • Debe ser muy tarde.
  • Las once, poco más o menos. ¿Pero no ha cenado usted?
  • Si no he salido de aquí.
  • Los del Ayuntamiento hemos cenado en el entreacto anterior.
  • ¿Y los demás espectadores?
  • También lo habrán hecho, unos aquí y otros en sus casas. Es conveniente ser previsor. Como esto suele durar un poco, se acostumbra a traer la cena, o se tiene preparada fuera, para despacharla en un periquete.
  • ¡Y yo que comí a las once y media esta mañana!
  • No sea tonto; en cuanto termine el segundo acto, váyase a tomar un bocado completamente tranquilo, yo haré que no se empiece la cosa hasta que usted no venga.
  • Seguiré su consejo, pues siento un desfallecimiento…

Nuestra conversación fue interrumpida por las voces que daba un pinariego bastante grueso y completamente calvo, que se limpiaba apresuradamente la cabeza, oliendo después del restregón al pañuelo de que se servía y exclamando con grandes voces, hecho una furia.

  • Alcalde, señor Alcalde, justicia, favor a un vecino honrado.
  • ¿Qué es eso?
  • Que me han llenado la cabeza de … esos indecentes.
  • A ver, a ver. ¿cómo ha sucedido?
  • Estaba en mi asiento, cuando de pronto he notado que caía sobre mi calva un chorrete de … y … pícaros, tunantes, venir aquí a hacer esas cosas.
  • ¿Pero quienes han sido?
  • Esos que están en las viguetas.
  • A ver. Abajo todo el mundo.

Resultó que el aldeano se había equivocado, pues él juzgaba … lo que tan solo era el agua de un botijo que se había roto, cayendo el líquido a chorro, en la calva de aquel buen hombre.

Reímos mucho con la equivocación, y como el público empezaba a impacientarse, el Alcalde mandó un recadito a los actores.

  • Crea usted, me dijo, hay que tener mucho tino. El Barillas que hace de Conde Don Sancho, es un chico mu espavilao pa todo, pero con un genio de los diablos. Hace dos años, porque lo de atrás metían mucho ruido, dijo a la mitad de la comedia que no quería trabajar, y no hubo fuerzas humanas que consiguieran hacerle desistir. Por su cabezonada tuvo mi antecesor que llevarle a la cárcel, vestido como estaba, de Rey D. Pedro en la tragedia “El Zapatero y el Rey”.
  • ¿Y sucederá lo mismo esta noche?
  • Quiá. A mi nadie me la pega. Tengo, por si acaso, tomadas mis medidas.
  • Más vale así.

Lo que sospeché, se estaba cumpliendo. La misma decoración apareció en el acto segundo. Y como no, si era la única. La antesala del Conde, sirvió para subterráneo del judío Samuel.

¿Cómo se las arreglaron?

Muy sencillamente; continuaron las escenas como si tal cosa y todos entraban y salían por la única puerta, a pesar de la atrocidad que resultaba de tanta libertar teatral.

Aún cuando me atormentaba el hambre, me agradaba oír los magníficos versos del autor del Tenorio, dichos bastante bien, por el que hacía de moro aunque vestía como un cristiano.

Estaba para terminarse la escena X, cuando se oyó de nuevo en el departamento de las mujeres un tumulto espantoso. Hacía bastante tiempo se notaba algún ruido hacía aquél lado, aminorándolo los siseos del público, pero de repente estalló la tempestad con todos sus furores.

La madre de la Condesa, no pudiendo sufrir que una de las que estaban vecinas se riera siempre que hablaba su hija, la increpó en voz baja, pero como continuasen las risitas, alzó la voz y se armó la gorda.

Todos gritaban, nadie se entendía. La Condesa, bajó del escenario para defender a la autora de sus días. El moro, sostenía un altercado con el Alcalde y los concejales que querían continuase representando para distraer al público, a lo que se negaba. El Conde D. Sancho se estaba pegando con uno de los espectadores; y a telón corrido, se representó, dentro del local, la escena más tumultuosa que puede imaginarse.

Calmados algún tanto los ánimos, gracias a los “Oíganse ustedes” “Orden, orden” palabras que repetían entre los grupos, el alcalde, los concejales y algunas personas sensatas, se trató de reconstruir la escena. Pero… ¡que si quieres! Hissen estaba dado a los demonios porque a su hijo, que era uno de los músicos, le habían roto la bandurria. El Conde D. Sancho se había quedado sin trusa en la refriega. Doña Estrella estaba con un síncope. El judío Samuel pretendía romperle la cabeza a Elías (el renegado), porque se había bebido durante la bronca toda la limonada; y la Condesa hecha un basilisco, decía a gritos que no continuaba representando, si no llevaban a la carcel a la sinvergüenza que tenía la culpa de aquél tumulto.

Por fin, las súplicas del Alcalde, las amonestaciones del Sr. Cura y mis ruegos, consiguieron apaciguar los ánimos, volviendo a empezar el acto; pues ya nadie se acordaba de las primeras escenas.

Comprendiendo no podría resistir por más tiempo a la debilidad que me aquejaba, supliqué al Alcalde me permitiese abandonar el local y logrando tan inmenso favor, atravesé por entre los espectadores, pisando a unos y magullando a otros, hasta llegar a la puerta y ….

La llave había desaparecido. El alguacil, por órden del Alcalde, al fin de que no pudieran escaparse los actores, se la guardó, después de cerrar la puerta a piedra y lodo y sin saber como la había perdido.

Al convencerme de que estaba preso, no pude resistir más y me desmayé.

Covaleda 1913 (22)

Cuando abrí los ojos, vi que estaba acostado en una de las camas del mesón. Llamé y entró la posadera, quien me contó lo que ignoraba.

Cuando caí desmayado, me llevaron al escenario para que pudiese respirar con más desahogo. Como la llave no aparecía, me tuvieron allí hasta que, terminada la función a las cinco de la mañana, descerrajaron la puerta abandonando el público el local.

Por orden del Alcalde me habían llevado a la posada, desnudándome y metiéndome en aquel lecho, donde me hallaba sin fuerzas para moverme.

Logré por medio de señas, hacer comprender a mi patrona que necesitaba tomar algún alimento y después de devorar cuanto me presentó, quedé más tranquilo.

  • ¿Le gustaron a usted nuestras comedias? Me preguntó la pobre mujer.
  • Mucho, muchísimo. Solo que tengo una sospecha.
  • ¡Una sospecha!
  • Creo que he sido el verdadero protagonista del drama que anoche representaron.
  • No digo que no, pues le trajeron muy malito. Hoy repiten la función ¿Piensa usted ir?

Dejo a consideración de ustedes, cual sería mi contestación a la indiscreta pregunta de aquella buena señora.

ENRIQUE ESCRIBANO Y HERNÁNDEZ

 

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