LA VECINDAD ENTIERRA DE SORIA – ENRIQUE DIEZ SANZ – I

LA VECINDAD ENTIERRA DE SORIA – ENRIQUE DIEZ SANZ

Para tener la condición de vecino en cualquiera de los concejos de la Universidad de la Tierra de Soria durante el siglo XVI, era imprescindible poseer casa poblada todos los días del año, durante diez años cuando menos, y en determinadas condiciones: «Sin la desamparar con su acienda e familia», rezaban las ordenanzas de Covaleda. Estas duras exigencias contrastaban con la necesidad que tenían los pequeños lugares de contar con una población equilibrada que evitara el desarraigo y la despoblación e hiciese frente, de forma colectiva, a los sucesivos encabezamientos de impuestos reales, pero sin que el número de vecinos fuese excesivo, porque esa circunstancia habría hecho desaparecer las ventajas individuales de los aprovechamientos comunales, junto a esta contradicción, que dificultaba el equilibrio poblacional, o quizá por ella, fueron surgiendo, ya desde el siglo XV, diferencias y enfrentamientos entre la Ciudad y la Tierra de Soria por cuestiones de vecindad.

Covaleda, procesión de San Lorenzo, 10/8/1913, 11:00.

Ambas circunscripciones, ciudadana y campesina, necesitaban contar con suficiente número de vecinos pecheros para hacer frente a los impuestos reales y locales. Esta circunstancia favorecía los cambios de residencia de algunos vecinos, los cuales, por interés personal materializado en el aprovechamiento de pastos, cambiaban de circunscripción, con el beneplácito de las autoridades receptoras, y porque, en el caso de la ciudad de Soria, legalmente podían hacerlo, dadas las posibilidades que ofrecía la jurisprudencia sobre el tema que, aunque basada en el fuero, todavía era vigente.

Se consideraban vecinos de la Ciudad todas aquellas personas que estuviesen inmersas en los siguientes supuestos:

Las personas con raíz (naturaleza) en Soria, aun siendo moradores en otros lugares.

Aquellos que no teniendo raíz (naturaleza) en Soria fueran moradores en Soria o en su término (Tierra de Soria) desde siempre.

Los que, por la misma razón, siendo de otros lugares, adquirían la condición de vecino cumpliendo la doble exigencia de vivir en Soria, junto con su familia, seis meses seguidos, e inscribirse como parroquianos en la iglesia correspondiente.

Ya en 1422 la ciudad de Soria, representada por el procurador de los hombres buenos pecheros, y la Universidad de la Tierra de Soria, encarnada por el fiel de la Tierra, mantuvieron un «acto de avenencia por amor de paz e buena concordia», en el que concertaron que cualquier vecino, bien de la Ciudad, bien de la Tierra, que abandonara su lugar de residencia para avencidarse en cualquiera de las dos circunscripciones y «no dexare otros bienes suyos algunos rayces de qualquier cuantía que sean, ni bienes muebles que valan diez florines» debería pechar en la comunidad de nueva residencia, pero en el caso de que dejase bienes continuaría pechando, durante diez años y hasta pasar de la condición de morador a la de vecino, en la comunidad que había abandonado.

Del anterior acto de concordia fueron expresamente excluidos Pedro Fernández de Sotomayor, Pedro Zapata y Martín Fernández de la Verguilla «que estos queden para la dicha comunidad, non embargante que se vayan a morar a la dicha Tierra y deslindaren del todo puesto que, fasta agora, por ellos, la dicha ciudad ha fecho grandes costas en pleito […] ‘.

El documento es importante, porque dará lugar a una doble consecuencia durante el siglo XVI por una parte, queda fijado el marco jurídico en el que se van a dirimir, a partir de ese momento, las diferencias que surjan entre ambas comunidades respecto a la vecindad.

[…] Otro sy. Por quanto podrías acaescer sobre lo aqui contenido, que sean justicias dello el procurador e asesor de la comunidad e el asesor o fiel de la Tierra, e que estos sean justicias para lo determinar […] “.

La segunda consecuencia viene determinada por el hecho de que tres personajes queden exceptuados, lo que puede constituir el origen de la figura del «alcabalero singular», una de las grandes claves de las disensiones que mantuvieron la comunidad campesina y la ciudad, respecto a la vecindad, durante el siglo XVI.

LAS CONDICIONES PARA OBTENER LA VECINDAD

Covaleda15

Los concejos de Tierra de Soria eran muy receptivos a la hora de acoger a nuevos moradores, aunque no faltaban las exigencias. El clima, las duras condiciones de trabajo, la posibilidad de aumentar el número de pecheros para hacer frente a los encabezamientos y el temor a la despoblación eran los acicates. Sirva como ejemplo de la mencionada receptividad las facilidades concedidas a los forasteros en el reparto de tierras «concejiles» gratuitas.

Cuando se sorteaban estos baldíos pertenecientes a los realengos, todos los vecinos entraban en «suerte», incluidos los moradores forasteros, pues «[…] aun siendo extraños destos revnos, les dan su suerte tan entera e tan ygual como a los demás vecinos […]».

Pero pasar de la condición de morador a la de vecino no resultaba nada fácil. En principio, tanto los recién casados de la localidad como los forasteros debían ser avalados por algún vecino con «fianzas legas, llanas y abonadas».

Posteriormente, una vez adquirida la vecindad, los nuevos vecinos se obligaban a mantener casa poblada durante diez años y si en ese espacio de tiempo abandonaban el hogar con su familia durante más de dos meses, se les privaba de la vecindad y nunca volvían a ser admitidos como tales vecinos. En estos casos extremos el fiador debía pagar todos los gastos comunales del ex vecino durante diez años.

Medidas tan drásticas eran justificadas por las autoridades de las aldeas con el argumento de que determinados vecinos se mantenían como tales en los meses en que podían aprovecharse de los beneficios concejiles: leña, pasto, madera, etc., y desaparecían del pueblo cuando tenían que realizar trabajos comunitarios.

Algunas ordenanzas son expresivas en ese sentido. Las de Covaleda argumentan que «conbiene mucho a la república que los que an de ser vecinos estén siempre asistiendo en el pueblo para el bien e para el mal» .

Covaleda, al igual que otros concejos de sierra ubicados en los sexmos de Tera y Frentes, soportaba, junto a la dureza de la vida diaria, un clima extremado que prolongaba el invierno hasta más allá del mes de abril, con las consiguientes dificultades para el abastecimiento de grano, sobre todo en los años de malas cosechas, ya que, aunque en estos casos la Universidad de la Tierra les concedía un trato preferente en la distribución del grano, el fantasma de la despoblación se mantenía latente, aunque, para evitar esta última, los concejos tomaban toda clase de medidas:

En Vinuesa se ordenaba que «qualquier vecino del lugar que fuere a morar a otro lugar con su mujer y se desvecinase, nunca podría laborar de nuevo, en qualquier oficio en la aldea».

Por otra parte, el temor a que la juventud de las aldeas se mantuviera célibe e impidiese renovar la estructura demográfica por su base, daba lugar a que los mozos y mozas solteros no fuesen, en ningún caso, considerados como vecinos y, por tanto, estuvieran exentos de los beneficios correspondientes a los aprovechamientos comunales. El objetivo era siempre el mismo: asegurar la renovación demográfica incidiendo sobre la natalidad y, en definitiva, rejuvenecer la población con autóctonos.

Feria-1910-Posando-en-la-feria

En Covaleda existía la costumbre inmemorial «siempre usada y guardada» de prohibir tener casa propia a los mozos, tanto si tenían padres y se habían emancipado de ellos, como si no los tenían. A todos los solteros se les impedía, al igual que en Vinuesa, «gocar por sí, de ninguna de las buenas que gocan los vecinos». Para eliminar el celibato, a la mujer soltera se le arrebataban las herramientas, si acudía al pinar a trabajar; el cántaro, si salía por agua, y se le prohibía «sacar las gallinas de casa». En el caso de varones solteros, las Ordenanzas les prohibían «labrar en el pinar, aunque los pinos fuesen comprados o heredados», y si incumplían la norma, les era arrebatada el hacha y la madera. Cuando eran encontrados con ganado en los pastos comunales del término, les era impuesta una pena en cantidad igual a la que solían aplicar a los forasteros en situaciones similares.

En todos estos casos existía una excepción: la de los hijos o hijas solteros que vivían con madre viuda, pero siempre que «la sirvieran como hijo o hija sin tener éstos propiedad particular ninguna […]».

La justificación de tan dura actitud contra este sector de la población nos es ofrecida también por las Ordenanzas de Covaleda:

[…] y que los alcaldes hagan en esto toda su diligencia, porque siendo mocos no es justo gocen de las buenas del concexo asta que sean casados, que sería perderse el pueblo y xamas se permitió […].

Tan sucinta declaración refleja la vinculación de la supervivencia de las aldeas a la existencia de matrimonios jóvenes con posibilidades de procreación. Todos los jóvenes eran considerados padres potenciales, hasta tal punto que el ceremonial de las bodas estaba previsto por las mismas Ordenanzas. Se festejaban comunitariamente y en las bodas entre viudos se alargaban los días de solaz y aumentaban las rondas nocturnas de las cuadrillas de jóvenes que, al son de las bodarras, rondaban a los novios con sus canciones.

Ferial-1910-Feria-de-ganado-El-alboroque-a-Rioja

VECINDAD Y ECONOMÍA

Los ricos se avencidaban por interés económico. Pretendían, sobre todo, el aprovechamiento de los pastos comunales de las dehesas boyales y de los montes concejiles destinados, en exclusiva, para el ganado de los vecinos.

Estos ricos ganaderos, en una primera aproximación, intentaban juntar parte de su ganado con el de algún nativo para beneficiarse de los pastos. Sin embargo, la exclusividad de los pastos comunales y concejiles se entendía para el ganado de los vecinos y moradores, y no para los vecinos como personas jurídicas. En Covaleda se ordenaba «[…] que ningún vecino fuera osado llebar ni llebe sin licencia a ningún hombre forazo […] a labrar, ni cargar madera, ni pastar, ni cacar […]».

Mientras que en Vinuesa se prohibía «entrometer ganado, así de fuera parte, como de Tierra de Soria», porque, según las ordenanzas, «por poco provecho que ellos ayan, traen grandes daños a este pueblo […]».

Las Ordenanzas Antiguas de Covaleda limitaban el número de cabezas de ganado menor a 300 por vecino. Desconocemos la causa, pero a mediados del siglo XVI el número fue ampliado hasta 800 cabezas. Por esta circunstancia algunos ricos ganaderos mesteños del municipio rayano de Vinuesa tomaron vecindad en Covaleda.

Este hecho dio origen a un triple enfrentamiento:

  • Divergencias entre dos tipos de ganaderos: el dedicado a la cría de ganado bovino y el poseedor de ganado ovino.
  • Diferencias entre dos instituciones singulares de la vida económica de Castilla: la Hermandad de la Cabaña Real de Carreteros y el Honrado Concejo de la Mesta. Los vecinos de Covaleda, miembros de la Hermandad, aun a pesar de contar con dehesas privilegiadas, se vieron perjudicados por la ampliación de cabezas de ganado menor (ovejas y cabras) por vecino.
  • Conflicto entre concejos colindantes y pertenecientes ambos a la Universidad de la Tierra de Soria.

El municipio de Covaleda entró en pleito contra los nuevos vecinos. Desconocemos la sentencia definitiva, aunque las nuevas Ordenanzas, redactadas a finales del siglo XVI, nos dan una idea de la resolución.

“el que cada becino pudiese tener ochocientas cabecas ha benido el pueblo en gran disminución e probeta, principalmente les viene gran perjuicio a los pobres y a quienes tienen los bueyes porque, con el aumento de los ganados menudos, no les quedan pasto para ellos, y para perjuicio general, porque como no se coxe pan en este pueblo, de pura fuerca se a de probeer de mantenimiento con los bueyes, los cuales faltarán, faltando los pastos”.

Posteriormente, las mismas ordenanzas introducen un capítulo limitando el número de cabezas de ganado menor con derecho a pasto, significando «que de aquí adelante, ningún vecino pueda tener cabras y ovexas más de trescientas y quarenta cabegas e las que más tubiere sea de la bolsa del concexo […]».

Feria-1913-Venta-de-ganado

Los concejos

La Universidad de la Tierra tenía su razón de ser en la existencia de las aldeas. La trama de aldeas diseminadas por el territorio constituían el nervio de la institución campesina. Al hablar de instituciones resulta procedente realizar un análisis del funcionamiento de estos concejos de realengo de Tierra de Soria, porque, al contrario de lo que había ocurrido en la ciudad de Soria, en donde el concejo había sido sustituido por el ayuntamiento y los cargos se habían convertido en un monopolio en manos de la nobleza local, las aldeas continuaron manteniendo el concejo como base de la organización y administración municipal.

Estos concejos, cuyo origen se encuentra en el conventus publicas vecinorum, que era el sistema de organización municipal de los visigodos, y que desde el siglo X, con el nombre de consilium, designaba, en la Castilla medieval, al conjunto de hombres libres de un mismo territorio y a la asamblea constituida por ellos, mantuvieron su independencia precisamente por su condición de pequeños núcleos rurales alejados de las luchas sociales y preocupados por el mantenimiento de la igualdad y de la libertad entre sus miembros. La aparición del Fuero de Soria como código escrito, a la vez que vinculaba a las aldeas con la ciudad, daba a las mismas la posibilidad de regular sus relaciones con el municipio, y, lo que es más importante, las convierte en centros de libertad por ser territorios de dependencia directa respecto al soberano. Estas libertades para todos, incluso para los campesinos más humildes, hubieran sido impensables más hacia el Norte o hacia el Oeste.

A partir del siglo XV, se contempla una duplicidad de instituciones: el regimiento o ayuntamiento, localizado en la ciudad de Soria y los concejos, que con carácter autónomo gobiernan en las aldeas.

El concejo o asamblea de todos los vecinos de la aldea, que previamente habían sido convocados «a campana tañida», se reunía en la casa del concejo, en la iglesia de la localidad o en el cementerio de la iglesia y era presidida por el alcalde del estado de los hombres buenos labradores y por el alcalde de hijosdalgos, siendo acompañados por los regidores y otros oficios, en función, esto último, de la importancia de la aldea.

Todos los vecinos tenían el derecho de asistencia y voto en el concejo abierto, pero también el deber de asistir. Tanto es así, que en algunas aldeas se multaba la no asistencia y si ésta se producía en un consejo a «campana repicada de noche», por su carácter de urgencia, se doblaba la multa diurna (En Covaleda la multa diurna era de un real, la nocturna de dos.). Pero no sólo era importante la asistencia, también el comportamiento dentro de la asamblea era objeto de normativas:

«que los vecinos estén atentos y callen», se exigía en Covaleda, y en Vinuesa se prohibía expresamente, una vez asentado el concejo, «el hablar en voces y en porfía con otro», y se multaba con cien maravedís a los que no callaban cuando «no eran tenidos en callar y el alcalde se lo ordenaba».

Lo tratado en concejo abierto era considerado secreto y no debía trascender. El castigo para los transgresores era doble: monetario -en Covaleda 200 maravedís de multa-, y preventivo, impidiendo al culpado asistir más veces al concejo por «ser nocivo para la república y bien del pueblo».

Varias eran las funciones del concejo abierto en el siglo XVI, pero, fundamentalmente, nos referiremos a tres:

  1. Elaboración de las ordenanzas.
  2. Velar porque, una vez elaboradas, aquéllas se cumplan.
  3. Elección de cargos y oficios, aunque, en buena medida, el sistema de elección vaya incluido en algunos capítulos de las ordenanzas.

Vemos, pues, que ordenanzas y concejo abierto constituían una dualidad inseparable y eran, a la vez, la expresión de una forma de vida y fiel reflejo del pensamiento colectivo de las comunidades campesinas.

Ambos aspectos se reflejan en el preámbulo de las ordenanzas de Covaleda: […] considerando que todos los ombres bibientes en este mundo son sujetos a su Rey y señor natural e de su rreal justicia, a las buenas hordenancas, usos y costumbres de los pueblos para ser rexidos e gobernados y que los buenos y umildes e bien mirados sean agradescidos e los malos e rrebeldes y atrebidos sean pugnidos e castigados [..]

Las ordenanzas regían la vida local y, por ello, debían adecuarse a las circunstancias del momento. En el siglo xv1 se redactan nuevas ordenanzas en muchos pueblos de Castilla, que venían a sustituir a otras más antiguas, bien por «estar mal tratadas y no poderse leer» debido a su antigüedad o por considerar algunas de ellas «superfluas e ynpertinentes e dignas denmendar», y, por esta última circunstancia, estaban a punto de «de ser quebradas y rreprobadas por la mudanca de los hombres e bariedad de los tienpos». Por el contrario, la supervivencia de las ordenanzas antiguas suponía un desfase respecto a las nuevas realidades cotidianas. Ese era el caso de las Ordenanzas de Aldeaelseñor, aprobadas en concejo abierto en 1462, que todavía estaban vigentes en 1546.

Los concejos de la Tierra de Soria eran conscientes de su tradicional relación de dependencia con respecto a la ciudad de Soria y, bien por imperativo legal, por convencimiento o como un mero trámite, este hecho quedaba reflejado en los preámbulos de las ordenanzas.

[…] dichas ordenanzas serán por bien deste dicho lugar protestando de non errar [..] ni facer contra el fuero de la ciudad de Soria, nuestra cabeca, ni ir contra él [..].

Covaleda 1920

Los trámites para el cambio de ordenanzas y la redacción de otras nuevas eran complejos. En el momento que el concejo de la aldea lo consideraba oportuno, se solicitaba del Consejo Real el permiso para la nueva redacción, permiso que venía concedido en forma de Real Provisión. Las ordenanzas locales solían redactarse por unos comisarios elegidos en concejo abierto. Una vez redactadas, se volvía a reunir el concejo abierto en la forma acostumbrada y las ordenanzas eran aprobadas, con la excepción de algunos capítulos que, según el voto particular de algún vecino, podían ser objeto de reforma.

El siguiente paso era la aprobación de las nuevas ordenanzas por Soria, ciudad cabecera de la Tierra, cuyo ayuntamiento era requerido mediante una real provisión. Este trámite era importante, porque las ordenanzas locales no podían entrar en contradicción ni con el fuero de Soria, en aquellos capítulos que todavía eran aplicables jurídicamente, ni con las leyes reales, porque ambas tenían rango superior.

Posteriormente, el corregidor de Soria o su lugarteniente, como detentadores del poder judicial, acudían al pueblo objeto de reforma de las ordenanzas y reunían de nuevo concejo abierto, avisando a los vecinos «de casa en casa para que ninguno pudiera pretender ignorancia, y dejase de acudir». Allí volvían a leerse tanto la real provisión como las nuevas ordenanzas y el corregidor concedía un lapsus de tiempo para que los vecinos deliberasen.

Después de una votación secreta, en la que «cada vecino podía dar sus votos y paresceres», se realizaban las posibles variaciones acordadas por mayoría. El acto finalizaba con la súplica al «Rey y a los muy altos señores de su Consejo, para que confirmasen las ordenanzas», por ser como eran «útiles, nescesarias y provechosas para el bien común».

Todavía quedaba un trámite importante antes de que las ordenanzas volviesen al Consejo Real para su definitiva aprobación; la Corona y sus asesores jurídicos sabían que algunos capítulos podían entrar en contradicción con los privilegios de las aldeas limítrofes y conocían las rivalidades interlocales, tan propias de los países mediterráneos.

Para evitar esta circunstancia, solían proveer que algunos vecinos de los pueblos colindantes asistiesen a su aprobación definitiva.

La redacción y aprobación de las ordenanzas constituían un complejo entramado jurídico-representativo en el que, por una parte, estaba presente la vasta influencia, la «larga mano» de la monarquía autoritaria, y, por otra, la autonomía y las posibilidades de autogobierno de las pequeñas aldeas. Este último aspecto se observa en el nombramiento y ejercicio de los oficios locales que, en realidad, significaban la aplicación práctica de algunos capítulos de las ordenanzas.

Galería | Esta entrada fue publicada en DOCUMENTOS, FOTOS, LIBROS, Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s