El Mayorazgo de Labraz, de Pío Baroja

El Mayorazgo de Labraz, de Pío Baroja

Entre Labraza (Álava) y Soria

La novela El Mayorazgo de Labraz, de Pío Baroja, llegó a mis manos por casualidad. Rebuscaba, en el estudio donde hacemos la revista ABANCO/COSAS DE SORIA, alguna publicación donde ilustrarme para un trabajo sobre hongos. Antonio Ruiz Vega convive con tal cantidad de libros, que no resulta extraño encontrarse cualquier título. En una estantería, curiosamente bien ordenada, entre otros que nada tenían que ver con este, apareció el modesto volumen, de la colección Austral, el número 377.

Naturalmente había leído algo sobre el Mayorazgo, pero integrado el comentario en volúmenes sobre la Generación Literaria del 98.

Esa misma noche lo leí, entero, por primera vez. Conforme avanzaba en la lectura, me iba introduciendo más en el ambiente. Reconozco que, para mí, no es la mejor obra de Baroja. Tal vez conserve mejor recuerdo, por pertenecer a mis primeras lecturas, de La Busca, Mala Hierba o El Árbol de la Ciencia, pero sí resultó el que despertó más vivamente mi interés.

Después de tantos años viviendo en Soria, reconocía en El Mayorazgo a Castilla. No importaba que el autor avisara, desde el principio, de que la obra estaba ambientada en una villa de Cantabria; era Castilla. De hecho, se menciona, directamente, la parte norte de la provincia de Soria, como veremos.

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Retrato de Pío Baroja

Busqué en la Espasa y no hallé referencia alguna al Mayorazgo; tampoco en la Larousse. Labraz no existía, pero sí Labraza: “Municipio de 246 habitantes formado por la villa de su nombre y 26 casas diseminadas. Está en terreno quebrado en los confines de Navarra –pertenece a Álava en la actualidad -. Cereales, vino, aceitunas y hortalizas. A 14 kilómetros de Logroño y 20 de Laguardia. Molinos de aceite. Dependió de Labraza la actual villa de Barribousto. Quedan aún en la villa las casas llamadas del gobernador y del obispo”. Resultaba demasiado fácil pensar que fuera ese el lugar donde Baroja situara la acción, por la concomitancia fonética. Pero siempre es interesante visitar ese parte, tan cercana, tanto en historia como en kilómetros, a Soria. Le pedí a Antonio que me acompañara; conoce muy bien toda la zona, es un enamorado del País Vasco, y fuimos.

Labraza –Alava- se halla a tiro de piedra de Laguardia –Euskalerría-, Viana –Navarra- y algo más alejada, poco, de Logroño –La Rioja-; por lo tanto, muy próxima también a Castilla –Soria -, si tenemos en cuenta, además, hasta donde llegaba Castilla hasta fechas históricas bien recientes.

Cuando, escarpada, pudimos ver, todavía con restos de amurallamiento, la villa de Labraza, supe que era allí, efectivamente, donde Baroja ubicó parte de su narración. La puerta de entrada, las murallas, las hornacinas con santos… Un cartel anunciaba que la villa fue declarada en su día conjunto histórico-artístico. La recorrí, por primera vez, con verdadero entusiasmo. Reconocía algunos lugares, otros no. Nos encontramos con una gente tan amable, que resultaba imposible reconocer en ellos a los tipos descritos por Baroja. Le comentaba a Antonio que no debíamos preguntar nada sobre el autor noventaiochista, a la vista de cómo había tratado a los habitantes de ese lugar, y Antonio, con el humor que le caracteriza, me decía: “ya verás, igual nos encontramos una calle dedicada a Baroja”.

Fredesvinda Quintana nos facilitó lo único que podía sobre Labraza, una edición del Fuero, un folleto al uso, y un poemario escrito por su marido. Nos enseñó la iglesia de San Miguel, y ahí nos llevamos la primera sorpresa: un pendón de Castilla, y el escudo de nuestra comunidad. Mandó a unas chavalas para que nos acompañaran a la “fuente del Moro”, de estructura gótica, que quizá deba su nombre, según el folleto sobre la villa, a que “su caño de piedra posee una cabeza con aspecto moruno”. En la pared, un pasadizo cegado podría atravesar la muralla, y tal vez fuera utilizado para introducirse en el interior en caso de asedio.

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La ermita o Entrando en la iglesia 310 x 478 mm. Cobre; aguafuerte y aguatinta. Calcografía Nacional. Madrid, núm. inv. 5388. Primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1908. Escena costumbrista con aldeanos acudiendo a la iglesia, lo que le permite recrear una serie de tipos y trajes característicos de Castilla.

Aún no habíamos preguntado nada sobre El Mayorazgo, pero, en un momento, como al despiste, Antonio inquirió sobre ello. “Algo he oído, contestó Fredesvinda, pero de eso sabe más mi marido”. El marido no estaba. Luego ya, en Bargota, pueblo muy cercano, sí lo preguntamos más abiertamente, pero la respuesta fue la misma. Era ese el lugar, pero no sabían nada más. Antes de marcharnos de Labraza tuvimos ocasión de probar su estupenda miel y mejor vino, obsequiados por Carlos Sáenz de Pipaón.
La respuesta al pendón y escudo de Castilla llegó de las páginas del “Fuero” regalado por Fredesvinda: “Hasta 1461 Labraza permaneció en el reino de Navarra, pero a partir de dicho año se produjo su incorporación a la Corona de Castilla y finalmente en 1501 su entrada en las hermandades Alavesas. Una rama de la importante familia de los Mendoza llegó a encargarse de la seguridad de la zona…Su situación limítrofe con el reino de Navarra por estos años convirtió a Labraza en un punto especialmente interesante desde donde controlar los movimientos de tropas y la circulación de mercancías entre Castilla y Navarra”. Apuntemos que los Mendoza fueron señores de varias villas sorianas, entre las que destacan Almazán y Morón.

Pero resumamos el argumento. El autor llega a Labraz. Allí, después de llevar a cabo la primera descripción de la villa, conoce a un pintor inglés, afincado en ella, con el que bebe, habla de pintura, y del que recibe un manuscrito. Se trata de una novela ambientada en Labraz con un hidalgo como protagonista principal, el Mayorazgo, un imponente ciego de edad madura, con el que Baroja se cruza cuando sale de misa.
A través de la familia del Mayorazgo –dos hermanas, un cuñado algo crápula y su sobrina- Baroja nos va introduciendo en la vida de ellos, y otros personajes secundarios: la dueña de la posada, las dos hijas, el inglés, el capitán de puertas, un arriero, etc. Todo ello ambientado a finales de siglo pasado, en un entorno, tanto humano como físico, muy propio de los autores de la Generación del 98, en los cuales subyace, a lo largo de toda su obra, una relación de amor-odio con Castilla. Amor por lo que fue y supuso en la Historia, y odio por haber dilapidado fortunas en busca, precisamente, de un lugar en la Historia. Amor a su pujanza y dominación y odio por sus “harapos”, despectivos con todo lo nuevo, lo desconocido.

Al inicio de la historia aparecen dos personajes, los cuales, a caballo, regresan no se sabe de donde. Pero ya comienza aquí la descripción de Labraza y su entorno: una sierra, a buen seguro la de Cantabria, que caracteriza a toda la comarca de la Rioja Alavesa, entre cuyas elevaciones destaca la conocida como “el león dormido”: “A espaldas de los viajeros, al salir la Luna, se presentaba blanco, como de plata bruñida, un monte ceñudo, por encima de quebradas lomas y de ingentes peñascos”.
Estos dos personajes son la hermana del Mayorazgo y el marido. Se deduce que ambos huyeron, dejando a la hija al cuidado del ciego y una hermana que vive con él. El cuñado de Juan el Mayorazgo, Ramiro, fue criado en la casa, como un hijo más, al cual le dieron el apellido de Labraz. No se explica bien la huida, pero debieron intervenir factores económicos. Con su mujer, muy enferma, a lomos de caballería, llegan hasta la posada, tanto para descansar como para esperar que el Mayorazgo vaya a recibirles, les acepte de nuevo.

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Rincón de pueblo serrano 298 x 395 mm. Aguafuerte. Biblioteca Nacional, Madrid, núm. inv. 14459. Es uno de los ejemplos más claros de la seguridad técnica de Ricardo Baroja grabador, quien de forma estilizada transmite con toda su fuerza y elementos un característico rincón de pueblo serrano con el peculiar trazado de las casas pinariegas y sus tipos.

La siguiente acción transcurre ya en la posada de la Goya, a donde acude, magnánimo, el Mayorazgo, a recibirles, aceptarles y perdonar a la hermana pródiga y muy enferma. La cual, a mediados de la narración, fallece de muerte natural, evitando el ser asesinada en la propia cama, por parte del marido y la hermana de ella, que “padecen” en la historia una atracción tan fatal como irresistible, y que lleva a, pasado un tiempo prudencial de luto, robar las joyas de la virgen custodiada en la capilla de la Casa principal del Mayorazgo, y huir con ellas.

Muere también, de unas malas fiebres, Rosarito, la hija de la fallecida y del huído con la tía, y, en esa enfermedad que la lleva a la tumba, es atendida por una de las hijas de la posadera, Marina de nombre, algo díscola, pero que se sacrifica cuidando a la niña.
El final es la marcha del Mayorazgo y Marina de Labraz, en busca del Levante, del Mediterráneo, atravesando en su caminar parte de la provincia de Soria. Pero antes, el Mayorazgo, en una escena magnífica, toma una antorcha encendida, sale a la muralla y prende fuego a toda la cosecha almacenada en las eras de la villa. “A medianoche se despertó Quintín –el criado- sobresaltado, y oyó ruido de pisadas en la escalera; se asomó a la puerta de su alcoba y vio al Mayorazgo que llevaba una antorcha encendida en la mano.

– ¿Adónde va usted, señor?.

El Mayorazgo, sin oirle, salió de la casa, cruzó la plaza de la iglesia y se acercó a la muralla. Abajo estaban los montes de gavillas y las parvas en las eras. El Mayorazgo agitó su antorcha por encima de la cabeza y la echó en el aire con violencia. Al poco rato se levantó de allí abajo una terrible llamarada.

  • Ha incendiado usted toda la cosecha de Labraz –dijo Quintín
  • ¡Mejor, que se hunda todo! ¡Que arda el pueblo entero!
  • Huyamos de aquí –gritó el criado.
  • Huye tú si quieres. Yo, no. Una ráfaga de viento avivó el incendio.
  • ¡Que brame el huracán! –gritó el Mayorazgo con voz de trueno-; ¡que el rayo lo incendie y lo aniquile todo! ¡Los campos, y los bosques, y las casas! ¿Qué todo quede ahogado y exterminado en este pueblo maldito!”

¿Por qué este tremendo odio contra un pueblo? Pertenece esto a la simbología. Nada de reseñable, a buen seguro, tendría en aquella época Labraza para ubicar allí la historia. Escogió Labraza, como podría haberlo hecho con cualquier otro lugar. De hecho, como veremos, existen en la novela elementos ambientales de varios sitios.

Baroja era un andariego empedernido, y, gracias a ello, conocía bien toda España. En el número 10, abril 1995, de ABANCO/COSAS DE SORIA, recoge Antonio Ruiz Vega la visita a las fuentes del Duero, en La obra de Pello Yarza, donde Baroja, en compañía de su hermano Ricardo y un suizo, Paul Schmitz, -¿el inglés del Mayorazgo?- recorre parte de la comarca soriana de Pinares, casi la misma por la que luego discurrirán Juan y Marina, en su marcha de Labraz.

Este espíritu de aventura hizo, como digo, conocer bien el paisaje español y sus gentes. Por eso tomó bastantes referencias físicas de Labraza, junto con otras de Soria. En cuanto al carácter de la gente, puede referirse a cualquier lugar. Desde luego, nada existe en la actualidad, en las gentes de Labraza, que justifique el retrato que Baroja pintó de ellas.

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Soria, por ejemplo, no sale mejor parada, ni en la novela objeto de este trabajo, ni en otras. En el comentado “Viaje a las fuentes del Duero”, de Ruiz Vega, describe así el recibimiento que les hicieron en Vinuesa: “El posadero preparó la mesa a la que debíamos sentarnos, y echó sal deliberadamente sobre el mantel, en lo que yo creo que había un conjuro. Notamos todos el adusto recibimiento y cuando el hombre parecía más tranquilo, le dije yo: -“Sí, claro es, se desconfía de las gentes de paso. Es natural. En una aldea de la sierra de Guadarrama pensaron de nosotros que andábamos por allí para sacar las mantecas de los chicos”. El posadero nos miró y nos dijo: -“Y todo podría ser”. Relata también las pedradas que recibieron de unas lavanderas de La Muedra y la dirección falsa que les dio el pastor.

Creo, pues, que debe verse en el relato de Baroja, no un retrato de las gentes de Labraza, sino de la sociedad en general del momento en que vivió. Juegos de cartas; el vivalavirgen del marido de la posadera, dicharachero y simpático, el cual vive a costa del trabajo de la mujer; el liberal propietario de viñas; la posadera ligera de cascos en su juventud, madre de dos hijas, una más frívola que la otra, la cual le recrimina a su madre su afición desmedida por las novelas románticas, y su fantasía, que la alejaba de las cosas de la tierra; las murmuraciones; la inquina de las gentes por los que poseen más bienes… Todo ello forma parte del acervo cultural, o no-cultural, de aquella época, en cualquier lugar donde quiera ubicarse.

A pesar de haber descubierto tan tarde esta novela de Baroja, es en ella, precisamente, donde se encuentran, desde mi punto de vista, el mayor número de indicadores, de conexiones, con otros autores de la llamada Generación del 98, o, mejor, Generación Literaria del 98. El personaje principal, el Mayorazgo, como algunos personajes de Valle-Inclán (Bradomín, por ejemplo) se reviste de una autoridad magnífica –prende fuego a las cosechas-; obvia leyes, convenciones, al marcharse con Marina, la hija de la posadera, por ejemplo. O el silencio acerca de Dios. El considerar el cristianismo como decadente, resignado. Y esta decadencia la encuentra en un libro que llegó a sus manos, como veremos más adelante, sobre la Colegiata de Berlanga de Duero, para describir el comportamiento de los responsables eclesiásticos de la iglesia. O la anarquía intrínseca, aristocrática, ese valorar sobre todo, anteponer la vida a la razón, muy nietzschiano, como queda recogido al final de la obra, cuando el señor, el noble, el último de la estirpe, huye de un pueblo encorsetado, con una mujer de la escala más inferior de la sociedad que lo habita.

Pero vayamos a las referencias concretas: “La ciudad apareció a lo lejos, con su caserío agrupado en la falda de una colina, destacándose en el cielo su color amarillento, con traza humilde y triste; algunas torres altas y negruzcas se perfilaban enhiestas entre la masa parda de sus tejados torcidos y roñosos. Fui acercándome a Labraz por una carretera empinadísima, llena de pedruscos, que subía primero y rodeaba después el recinto amurallado de la población, los restos de los baluartes que aún se conservaban en pie, las antiguas fortificaciones derruidas que iban subiendo y bajando por los desniveles de las lomas, por los riscos y barrancos que circundaban la ciudad. Pasado el puente se hallaba la puerta, de una sola pieza, de madera ya carcomida, que se deslizaba de arriba abajo entre dos ranuras y que tenía como refuerzo clavos de hierro y enormes cerrojos. El portal concluía en un pasillo estrecho y lleno de aspilleras en las paredes… a la mitad del pasillo había otra puerta de tablas… Era Labraz un pueblo terrible, un pueblo de la Edad Media… Había cuatro o cinco iglesias arruinadas; algunas convertidas en pajares”.

Así, precisamente, se ve Labraza en la actualidad. Un folleto, de lo poco editado sobre esta histórica villa, la describe así: “Primitivamente se llamó San Cristóbal de Labraza. El rey Sancho el Sabio le dio fuero en 1196, perteneció a Navarra hasta 1461, pasando a tomar parte de las Hermandades de Alava en el año 1501. En 1559 ya incorporada a Castilla, Felipe II le concedió el privilegio de pertenecer para siempre a la corona y nunca poder ser enajenada de ella. Fue una de las plazas fuertes que jugó un papel importante en las luchas medievales… La defensa murallada puede datarse, su origen, de comienzos del siglo XIII; se van distribuyendo lienzos de muros y torreones junto a algunos matacanes. En algunas zonas aún quedan pasadizos superpuestos que iban recorriendo la muralla, que tiene una anchura aproximadamente de dos metros… La entrada Sur por la que se accede al interior de la villa bajo un pórtico, conserva en el arco interior los canales por los que corría el rastrillo de cierre. Las casas más antiguas que se conservan corresponden, generalmente, a los siglos XVI y XVII, con portadas de arco de medio punto. Se alza la iglesia de san Miguel, cuyos muros formaron parte de la muralla. Gótica en su origen… La torre, de bella construcción, fue levantada entre los años 1768-1770…”

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Los hermanos Baroja en el Pico de Urbión Aguada en colores. Colección familia Caro Baroja, Vera de Bidasoa. Parece ser la única imagen que se ha conservado de la ascensión al Pico de Urbión, meta fundamental del viaje soriano. Tal como contó Pío Baroja en su crónica, les acompañó, a modo de guía, una pareja de la guardia civil.

Más referencias concretas, sin que estas tengan nada que ver con la actual Labraza, que se dan en el prólogo: “El pueblo tenía una plaza grande, la Plaza Mayor, a uno de cuyos lados estaba la Casa de la Ciudad, hermoso palacio plateresco, con seis balcones de gran vuelo, un ático y un escudo redondo sobre el arco de entrada. En medio de la plaza había una fuente con su abrevadero. Las casas de la plaza tenían soportales, cuyo suelo hallábase a dos o tres pies más alto que el centro de la misma; en el fondo de los arcos veíase alguna que otra tiendecilla estrecha: pañerías en las que amontonan telas y mantas; guarnicionería con arreos de montar, y cererías en cuyo escaparte estaban en orden admirable exvotos, velas rizadas, adornos hechos de azúcar y almidón, y dulces, ya fósiles, cubiertos de gragea descolorida…Desde la Plaza Mayor, dos calles subían, empedradas con cantos, hasta otra plaza, limitada, por un lado, por los vetustos paredones de una iglesia; de otro, por las altísimas paredes de un convento, y de otro, por una vieja casa solariega… “

Cualquier pueblo castellano, o de la actual Rioja Alavesa, de Cantabria, o Euskadi, por limitarnos al norte, podría responder a esta descripción. Pero, como parte de la novela está ambientada en Soria, y más concretamente existen referencias directas a Berlanga de Duero y la zona de Pinares, podríamos aventurar que la descricpción de la plaza Mayor puede responder, perfectamente, a Berlanga, como responde la de la Colegiata, haciendo la salvedad de que, aún en aquella época, no existía un convento frente a la colegiata, pero sí muy cerca de ella.

“Al final de la calle que comienza en la Puerta Nueva y termina en la Plaza Mayor, calle de Jesús, y también cuesta del Patriarca, haciendo esquina, encontrábase la posada de Goya… “. Esta descripción sí se acerca a la casa, todavía recordada en Labraza como la posada. Las referencias a los nombres de las calles son falsas, pero no a la ubicación.

En cuanto a la casa del Mayorazgo, está así descrita: “Se entraba a la casa del mayorazgo por ancho zaguán, que terminaba en un patio grande bastante sombrío y triste. Tenía el patio, a los lados, una galería sostenida por unas columnas de piedra berroqueña, lo cual daba aspecto de claustro; el suelo, empedrado con losas y piedrecillas… Las paredes del patio eran de sillares; tenían balcones y ventanas con adornos barrocos… “. Tanto esta descripción como lo que sigue, se ajusta a una casa nobiliaria existente en Berlanga, en la calle Real, actual propiedad de Agustín Escolano Benito. El escudo de la fachada tiene picadas las armas, cosa frecuente a principios del siglo XIX. Aunque, desde luego, existen casas por toda la zona de la Rioja Alavesa que encajarían en esta descripción.

Veamos ahora la referencia concreta a la Colegiata de Berlanga. Escribe Baroja: “En el siglo XV había, según un cronista de la villa, don Juan Manuel Alizaga, más de ocho parroquias en Labraz; pero como eran muchas para el pueblo, no se daba culto más que en la iglesia Vieja, dotada don cuarenta o más beneficiados que por su corto sueldo era, naturalmente, de pocos estudios, y tan sencillos y humildes, al decir del cronista Alizaga, que se pasaban el tiempo jugando y emborrachándose, recuestando hembras y corriendo galdos.

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Esto, visto por los vecinos ricos y piadosos de la ciudad, formaron el proyecto de reunir los beneficios todos de las iglesias en una Colegiata. Pidieron a León X la elevación de la iglesia a esta categoría, y el Papa accedió, organizándola, como todas, con un abad, un prior, chantre, tesorero, maestrescuela, canónigos, racioneros, mediorracineros y otros beneficiados. Luego la Colegiata decayó, y sus plazas quedaron reducidas a las de un abad, dos canónigos de oficio, ocho de gracia y seis beneficiados.
Conseguida la categoría de Colegiata para la iglesia, los vecinos de Labraz costearon una nueva, y en la pared de la entrada de ésta, en el lado de la Epístola, colgaron un caimán, que fue, durante mucho tiempo, asombro y admiración de todos los comarcanos y motivo de discusiones para los eruditos de Labraz, pues no se sabía de dónde procedía aquel caimán, ni si lo habían traído o había llegado él a Labraz por su propia voluntad”.

Juan Manuel Bedoya, Alizaga para Baroja, en sus Memorias Históricas de Berlanga, editadas en 1845, y reeditadas en 1979 por la Asociación de Amigos de Berlanga, en su página 58, escribe: “Hubo en tiempo mas antiguo en la villa diez parroquias con las que aun se contaba últimamente para la distribución de la parte decimal llamada de cahíces, reducidas luego a la única de Santa María del Mercado, con sesenta o más beneficiados (patrimoniales o familiares muchos de ellos) y todos de corta renta, y lo que era consiguiente de pocos estudios y ninguna representación, y que careciendo de una honesta y asidua ocupación pasarian los días jugando, bebiendo, urdiendo pleitos, requebrando hembras o corriendo galgos…Guiados por estos principios los dichos señores condestable-duque y duquesa pidieron a la santidad de León X la erección de la iglesia parroquial de santa María del Mercado de su villa de Berlanga en colegiata… El sumo pontífice accedió a cuanto las preces contenían; y asi erigió la iglesia con todos los beneficios eclesiásticos perpétuos que había en ella en iglesia colegial con mesa capitular, sello, archivo… con un abad de primera dignidad, y las inferiores de prior, chantre, tesorero y maestrescuela, y canónigos y racioneros… “.

En cuanto al caimán, “asombro de los comarcanos”, se refiere al famoso ardacho de la Colegiata de Berlanga. La tradición ha mantenido que fue llevado allí por fray Tomás de Berlanga, obispo de Panamá y descubridor de las Galapagos, de vuelta de uno de sus viajes de ultramar.
Juan Manuel Bedoya nació en la Serna, partido de Reinosa, en junio de 1770. Vivió en Berlanga su adolescencia y juventud, volvería para ocupar puestos de importancia en la Colegiata, y recorrió media España, siempre con cargos relevantes.

Desde mi punto de vista, se desprende de una lectura atenta del Mayorazgo de Labraz que Pío Baroja estuvo en Berlanga, con independencia de que fuera en esa villa el encuentro con el librito de Bedoya, lo cual también parece probable.

Por donde sí pasó Baroja fue por Pinares, y en varias ocasiones. En “La Soria de Pío Baroja”, de Ruiz Vega, ABANCO/COSAS DE SORIA nº 10, reseña como, en La obra de Pello Yarza aparece la imagen de Soria “… abocetada como un lugar eminentemente gélido, poblado por gentes atrasadas y retrógradas que creen en encantamientos, maleficios y alojamientos… “. Esa imagen la vuelve a transmitir en la parte final del Mayorazgo de Labraz. Cuando atraviesan la Rioja, a la segunda semana de su caminar, aparecen los dos personajes –Marina y el Mayorazgo- ante un vaquero, al que le dicen que desean atravesar el puerto: “… id por do se ve aquel claro; encontraréis un pueblo que se llama Molinos. Ende os dirán por dó debéis ir”. Aparece luego el caserío con viejos escudos nobiliarios, lo cual hace pensar en Molinos de Duero. Baroja se hizo un lío con algunos pueblos, pues resulta impensable que aparezcan en este pueblo y después en la Laguna Negra, o Covaleda, para atravesar, más tarde, el Maestrazgo aragonés. Pero se trata, efectivamente, de Molinos de Duero, ya que en El escuadrón del Brigante hace el autor la misma descripción del caserío que en esta del Mayorazgo.

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Camino de Soria 80 x 120 mm. Aguafuerte y aguatinta. Colección familia Caro Baroja, Vera de Bidasoa.

En este momento de la narración introduce el autor al personaje de Melitón. Están narrando sus aventuras en la posada de Molinos unos hombres, por cierto jugando al guiñote y comiendo sopas “llenas de pimentón”, a buen seguro de ajo: “Pues eso no es todo –dijo otro- Hay otra cosa peor: que Melitón, el leñador, anda por la montiña”. “¿Otra vez?”, “Eso me han dicho: hace una semana entró en el poblado de Quintanarejo y se llevó lo que había”. “Una vez estuvo a punto de ser cogido en un pueblo cerca de Ágreda –dijo un arriero joven-. Había sacado dinero a todos los ricos del pueblo, y una noche se presentó en la casa rectoral armado de un trabuco”. Tal vez se esté refiriendo al hecho acaecido en Beratón en febrero de 1872, y recogido en un romance publicado en el número 24 de ABANCO/COSAS DE SORIA y en SORIA PUEBLO A PUEBLO, entre otras publicaciones.

Continuan la marcha hasta encontrarse con una choza, y allí reciben la visita del mismísimo Melitón: “No había pasado una hora cuando el Mayorazgo se despertó con sobresalto y oyó ruido de una puerta… Se presentó en la choza un hombre joven, fuerte, de aspecto feroz, con las guedejas largas, la barba enmarañada, los ojos bajos. Vestía un abrigo de tela parda en forma de dalmática, llevaba pieles de carnero atadas a las piernas y abarcas. Un hacha de leñador colgaba de su cinto”. Para dibujar al visitante, Baroja pone en su boca: “Si yo no matara ovejas, ¿de qué veviría? Si el leñador no matara el árbol, ¿quién quemaría leña en el pueblo? Si no matara bestias el cazador, ¿quién comería carne? Los osos y los lobos, las zorras y los pájaros, los hombres y las comadrejas, todos matan y hacen daño; es su regla”. Pretende apoderarse de Marina: “Soy Melitón el leñador, el que ha hecho finar más cristianos que ovejas un lobo”, aclara para amedrentarles, pero el Mayorazgo, con toda su ceguera, le da una soberana paliza que le hizo salir “vacilando de la choza”.

¿Quién fue realmente este Melitón? Por Covaleda cuentan su historia. Una cueva lleva su nombre, dicen que en ella se guarecía y guardaba el ganado robado. No se le achaca crimen alguno, pero sí una larga trayectoria de robos y rapiñas. Víctor Algarabel, en su libro “Covaleda. Entre pinos y rocas”, recoge sus datos, extraídos de los Libros Parroquiales, concretamente del Libro de los índices de los Libros de Bautizados. Su nombre completo era Melitón Llorente Rioja; a ambos lados del nombre, el sacerdote anota “el célebre… y terrorista”. Nació el tres de marzo de 1838; hijo legítimo de Pascual Llorente y Martina de Rioja, nieto paterno de Esteban Llorente y María Blanco; materno de Calixto de Rioja y Adriana Santorum, todos naturales de Covaleda. Se sabe que tuvo un hijo, al menos, y que nació muerto: “En veintidos de enero de mil ochocientos sesenta y dos…sepulté en el Campo Santo de la misma a un niño, que bautizó por necesidad D. José Peña, médico-cirujano de este pueblo, hijo legítimo de Melitón Llorente y Francisca García, de esta vecindad… “. Pedro Sanz Lallana ha publicado una novela basada en el personaje de Melitón Muerte a mano airada.

Siguen por tierras sorianas hasta la Laguna Negra. “No paséis junto a esa laguna Negra”, les avisan. “Podíais finar allá… Porque es una laguna donde hay una mujer que vive en el fondo y que mata al que se le acerca. Todo el que mira a esa agua muere”. Van, no obstante, “atravesaron la laguna, que estaba helada y se acercaron a la otra”. Puesto que no existe otra laguna junto a la Negra, es posible que se refiera a las de Neyla. Finaliza el periplo por nuestras tierras con buen pie, al llegar a un pequeño caserío en vísperas de Navidad, donde son bien recibidos, e invitados a pasarlas con los dueños de la casa.

Un libro, El Mayorazgo de Labraz, que comienza en la villa alavesa de Labraza y termina en el Mediterráneo. Como esos ríos que nacen encajados y discurren en busca de un mar abierto donde mezclarse con otras aguas, otros saberes, otras culturas. Unas vidas cansadas de convencionalismos y estrecheces morales, que nada tiene que ver con tradiciones, que huyen, cueste lo que cueste, porque saben que lo hallable merece el esfuerzo.

© Isabel Goig Soler

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