FECHORÍAS A LAS QUE SE ESTABA EXPUESTO CUANDO SE HACIA EL PRIMER VIAJE DE CARRETERO

FECHORÍAS A LAS QUE SE ESTABA EXPUESTO CUANDO SE HACIA EL PRIMER VIAJE DE CARRETERO

Era tradicional la caza del maimón o el gamusino que tenían fama de valer mucho la piel.Para ello se preparaba el terreno comentando en la posada o en la carretera lo que habían valido las pieles de tal y cual viaje. También se hablaba de aquel otro viaje que no se había conseguido pieza. Todo esto se recordaba en presencia del novato para que fuera tomando nota del acontecimiento, pero sin dirigirse a él y con mucho disimulo como la cosa más seria y más normal del mundo

Normalmente la operación solía desarrollarse en el monte de encina y que existe entre Hortigüela y Covarrubias. En un lugar determinado se orillaban las yuntas en la carretera. Se preparaban con un saco, una piel de oveja y algo de ropa para poder disimular al supuesto gamusino y comenzaba el ojeo. Se distanciaban un poco unos de otros y acompañaba a la víctima uno de los que no llevaban el saco. De esta manera y sin dar muchas largas para perder poco tiempo, los del saco en cuanto topaban con una piedra un poco lisa y con peso apropiado a las fuerzas del futuro transportista, la envolvían en la ropa y en la piel para disimular la dureza del animal. La metían en el saco que lo ponían atado y bien atado y anunciaban cómo ya había caído pieza para que todos acudiesen allí. Una vez reunidos en el lugar afortunado, le echan la carga sobre las espaldas al infortunado y desde este sitio tiene que transportarla hasta donde están los carros donde se descubre la putada porque el objetivo ya estaba consumado. Así terminaba el buen rato que habían pasado los culpables y el remordimiento del inocente que estoy seguro no volvería a fiarse ni de quien lo trajo a este mundo.

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Otra broma para la risa y el cachondeo consistía en mandar al novicio con la bota y dinero a una casa no muy lejana de la carretera para que le vendiesen vino. Lo más probable es que tal casa estuviera abandonada o que incluso podía ser hasta una tenada de ovejas. Este engaño podía hacérsele fácilmente al que le tocase el turno aún siendo muy espabilado. No ocurría lo mismo cuando los mandaban ir por vino a una farmacia y algún listillo-novato les dijo a los mandatarios que allí iban mejor ellos, A medio camino entre Villahoz y Peral de Arlanza había un paraje muy tradicional para la compra de vino. Muy cerca de la carretera existía un montículo y en todo lo alto permanecía una torre medio derruida que era el sitio ideal para la broma; ésta se llamaba Torremoronta. Estaba muy próxima a la carretera y tenía una gran pendiente donde se veía muy bien el trepar al comprador en busca de la bota de vino que sus buenos compañeros le habían encargado. Mientras subía a la torre los mandatarios se lo pasaban bomba y cuando el novato fiel llegaba al montículo, allí no había ni con quien hablar, volvía grupas en busca de la caravana que seguía avanzando y a buen seguro que comprendía el engaño poniéndose en guardia para posteriores encargos de esta naturaleza.

En este mismo paraje, se le ocurrió a un padre, que sólo iba acompañado de un hijo mozo, mandarlo a por vino a la ya renombrada torrecita pensando en hacerle una bromita pasajera y sin ánimo de hacerle un desaguisado, pero salió mal la jugarreta. Mientras el padre seguía andando con las dos yuntas hasta llegar a Peral de Arlanza donde estaba previsto el descanso habitual, unos seis kilómetros. El hijo siguió caminando en distinta dirección buscando el vino que no había encontrado donde había sido mandado. Así de fácil, sin comerlo y menos beberlo. al no llegar el hijo al alcance del padre, éste con gran disgusto tuvo que poner el hecho en conocimiento de las autoridades para la busca del muchacho, que no tardó mucho tiempo en aparecer, pero a una distancia aproximada entre ambos de unos 20 Km. Esta faena que costaría la pérdida de una jomada de camino, suponemos que sería una lección muy importante para los dos contendientes, pero en particular para el señor padre que fue el causante.

carreteroOtra de las bromas, también en uso, acontecía en los fielatos. Estos estaban situados en todas las entradas de las capitales en su carreteras. El cometido de éstos era cobrar los impuestos establecidos por los artículos alimenticios que entraban en la ciudad, exceptuando aquellos que pudieran llevarse para el consumo de aquel día. Hecha esta aclaración, digamos que también los que hacían su primer viaje a la ciudad, normalmente todos eran jóvenes, estaban sujetos al pago de este impuesto establecido por la broma de los carreteros, pero nunca por el fielato. También aqui se hacían comentarios sobre el asunto antes de llegar al fielato. Se le aconsejaba al mozo para que se subiese al carro, se tapase todo lo posible con mucha ropa y que cuando parasen los carros y subiese el empleado de arbitrios a inspeccionar si allí había algo que pagar, él tenía que estar allí más mudo que un muerto aunque lo zarandeasen de un sitio para otro, lo manoseasen e incluso pellizcasen. Un poco más adelante, tapado ya el novato, el que subía al carro no era el del fielato pero sí un compañero de viaje que le propinaba un pequeño recital de pellizcos, golpes y punzamientos. En cuanto terminaba el cometido, salían andando con las yuntas y el delincuente tapado en el carro. Al poco tiempo paraban de nuevo, le mandaban apearse y lo felicitaban por lo machote que habia sido al aguantar al de arbitrios y haberse librado de pagar una multa que nunca existió.

En el mismo lugar podía acontecer otro tipo de broma. Parados los carros en el fielato y el sujeto-novato bien tapado en el suyo, se ponían de acuerdo con el de arbitrios haciéndole partícipe de la broma. Éste era el que subía al carro, descubría el fraude, le hacia bajar del carro y sin ninguna contemplación le hacía pagar un impuesto. Sus compañeros no paraban de rogar y suplicar al de arbitrios para que le condonase el impuesto a aquel pobre desgraciado. Dada la insistencia de los  compañeros le devolvía el importe. El novato además de sufrir el engaño aún quedaba agradecido de la buena solidaridad de sus compañeros.

Siguiendo con el mismo tema voy a relatar un hecho presencial ocurrido en el fielato de Falencia. Íbamos siete u ocho parejas a la feria de San Antolín y al llegar próximos a este fielato un par de señores que iban en la caravana advirtieron a un buen mozo, que hacía su primer viaje, de la obligación que tenía de pagar el correspondiente “arbitrio del fielato”. Entonces el aludido, bien por lo que hubiese oído, bien le hubiesen informado en casa o bien por propia intuición, se plantó bien plantado de frente a sus interlocutores y les dijo lo siguiente:

– ¿Pero es que creen ustedes que yo he nacido en la Edad Media?

Con esta inesperada contestación dejó “cao” a los dos burladores que en este caso podemos decir que quedaron burlados. No fue este el único caso de salir triunfante el novato, ya que algunos salían de casa tan bien informados que no confiaban ni en ellos mismos.

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En los días que duraba el viaje, entre 12 y 22 por lo general, habia suficiente tiempo para, además de las novatadas, hacer bromas no muy pesadas para alegrar un poco el ambiente. La que vamos a contar ocurrió en Covarrubias en un día de sol. Se paraba entre la carretera y el arco de entrada al pueblo, junto a las escuelas que ya no están allí. Después de haber comido el tradicional  ajo carretero a un buen señor le desapareció la cuchara y al buscarla y no aparecer le dijeron sus compañeros que pudo cogerla un niño de los que allí habían estado y que lo mejor que podía hacer era decírselo al señor maestro, a ver si de esta manera y por su intercesión la recuperaba, mal podía aparecer si la tenían sus mismos compañeros. Allá se presentó nuestro buen amigo ante el profesor contándole su desgracia, diciéndole que no era por el valor que tenia pero sí por el servicio que ésta prestaba.

Vamos a contar aquí una de las ocurrencias a que nos tenía acostumbrados un pícaro que aún come y bebe. Un buen día que iban tres compañeros de viaje por la orilla de la carretera, dos de ellos eran jóvenes y marchan delante y el otro señor, que era mayor, los seguía a unos 15 ó 20 metros. A uno de los primeros se le ocurrió dejar caer un duro de aquellos de plata que los podía ver un ciego, con la única intención de ver sus comportamiento del compañero que venia a la zaga y de reírse un poco. La reacción del buen señor fue la normal, vio un duro, lo cogió y lo guardó sin pensar quién pudo perderlo. Entonces los de delante que iban mirando de reojo vieron cómo se lo guardó y le preguntaron si se había encontrado algo. El contestó que no había encontrado algo ni algas y que no había encontrado nada de nada por lo que tuvieron que contarle el motivo de la bromita. Con todo y ello les costó el que soltara el duro el cual no debiera devolver a cambio del precio de la broma.

TIMOTEO MARCOS CUESTA
Para “EL Pinachón”

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