Los paisajes como relatos – Luis DÍAZ VIANA

Los paisajes como relatos
Luis DÍAZ VIANA
Centro de Ciencias Humanas y Sociales. CSIC

ROQUE ALONSO, Maria-Àngels. 2008. Los nobles vecinos en el territorio de las mujeres. Construcción y transmisión simbólica en las sierras castellanas y riojanas.

Madrid: CSIC.

No es éste un libro o una tesis más que se publica como mero jalón de una carrera académica: se trata de una minuciosa y documentada etnografía sobre las comunidades de las serranías septentrionales ‒castellanas y riojanas‒ del Sistema Ibérico. Y es una obra extensa, que empezó dirigiendo como tesis doctoral Julio Caro Baroja y que ‒finalmente‒ ha visto la luz tras un periodo de observación muy largo, casi 20 años, lo que puede tener ‒sin duda‒ sus inconvenientes, pero también algunas ventajas.

Todo depende de que la obra se concluya a modo de acumulación de etapas superpuestas o ‒por el contrario‒, como ocurre aquí, se aproveche la observación durante esa época para ir actualizando la información, para reconsiderar los problemas estudiados, para encontrar un hilo conductor que ilumine los temas, los espacios y los tiempos.

Covaleda, laguna de Urbión, 1913

La misma forma de hacer el trabajo de campo, “a temporadas” a lo largo de todo ese periodo, hace reflexionar también sobre las luces y sombras del método en sí: acerca de las formas de efectuar el trabajo de campo en general. ¿Qué será mejor, el trabajo intenso y continuado en el campo durante uno o a lo sumo dos años? ¿O esta otra manera, utilizada por muchos “antropólogos en casa”, de ir observando las transformaciones acaecidas sobre el objeto de estudio a través de décadas? Parece claro que uno y otro modo no tienen por qué contradecirse; y que la bondad de los resultados estará relacionada tanto con las características de cada caso como con la habilidad del etnógrafo.

La autora demuestra bien aquí la utilidad de ese segundo tipo de trabajo de campo, cuando recuerda la aseveraciones de otros investigadores, que la precedieron en los años setenta con sus estudios sobre el mismo sistema comunal en el valle de Valdelaguna, pronosticando el fin inminente de aquel modo de vida tradicional ante los cambios económicas y sociales. “¿Quién dijo que a finales del siglo XX ya no volvería a haber trabajo de obra en esos pequeños pueblos que parecían en trance de desaparición?” ‒apostilla Roque Alonso, ahora desde su posición privilegiada de “observadora de larga duración”‒. Y, en efecto, la realidad ‒con la inesperada irrupción del turismo rural y el regreso de algunos de los vecinos que habían emigrado‒ ha desbaratado los peores pronósticos. Pero ello nada más puede desvelarse desde un seguimiento prolongado en el tiempo, como el que este trabajo nos muestra. Es un seguimiento prolongado o de “larga duración” no sólo hacia delante, sino ‒sobre todo‒ hacia atrás. Así, según indicara ya Caro Baroja, comunidades como éstas de la Sierra de la Demanda no pueden ser estudiadas como si no tuvieran historia escrita, sino a través de un largo relato, desbordante de leyendas y mitos, que arranca desde más allá de la globalización romana y llega hasta la de hoy, y que la autora no ha tenido temor ni vértigo en explorar mediante las realidades que observaba en el presente. De este modo, la mayor originalidad y el mayor acierto del texto están ‒precisamente‒ en cómo el efecto de la globalización más reciente se incorpora también a él; en cómo un planteamiento etnológico “clásico” termina siendo innovador.

En cuanto a la singularidad de esos enfoques, novedosos a veces por “clásicos”, que la obra presenta querría destacar una referencia a Caro Baroja que hace la autora ‒al principio del libro‒ acerca de la formación helenística que él había apreciado en los más importantes antropólogos del XIX; y que, de algún modo, siempre reivindicó para sí. En ello coincidía con Julian Pitt-Rivers, otro de los autores a los que cita Roque Alonso muy a menudo, ambos convertidos ‒no por casualidad‒ en “faros” o guías de su indagación. Sin duda, tener de sombras tutelares nada menos que a Caro Baroja y Julian Pitt-Rivers, amigos entrañables entre sí, auspiciaba ya la realización de una obra interesante. Pero el mérito de que finalmente así haya sido es fundamentalmente de la autora del libro. Es más, con los mismos “santos patronos” de guía y modelo, un trabajo tan ambiciosos y difícil, como el que Mª Àngels Roque se propuso, podía perfectamente haber descarrilado o perecido bajo el peso de los viejos y ya casi rancios debates sobre el “matriarcado” y la “uxorilocalidad”.

En este libro ‒y por eso también es singular‒ hay mucho de visión histórica y clasicista revisitadas, aunque ambas cosas parezcan no estar de moda. Pitt-Rivers ya señaló en este sentido algo que, además, y siempre según él, nos conecta con los ancestros antropológicos, los padres británicos de la antropología: que estudiar el Mediterráneo es adentrarse en el mundo clásico y bíblico hasta donde queramos llegar.

Se trata, pues, de una obra original y personal, que ha sorteado con fortuna los riesgos que su particular proceso de composición podría comportar. En ella, hay mucho de tradición etnográfica española. Ello quiere decir etnografía costumbrista e incluso folklore y, en la línea de Caro, especial atención a las fuentes grecolatinas, pasando por Frazer.

Resulta bastante impensable que un antropólogo/a anglosajón o “a la anglosajona” hubiera hecho una tesis así en la época en que empezó a gestarse, e incluso ahora.

Rebosan aquí los mitos, las referencias históricas y arqueológicas, las citas de Estrabón y Herodoto. Sin embargo, el método de trabajo de campo continuado ‒aunque a temporadas‒ sobre un territorio y la siempre muy oportuna combinación de fuentes antropológicas e históricas confieren consistencia y profundidad al texto, además de un sello, de un tono o estilo particular, que diferencia a la autora respecto a sus mentores y maestros ya citados. Algunos temas clasicos y medulares de la antropología aparecen al fondo de esta larga y densa indagación, dotando de sentido a todo lo demás ‒incluidas las disquisiciones más eruditas y aparentemente vagas‒.

Esto es lo que ocurre con el asunto ‒antropológicamente fundamental‒ de la relación, solución y pacto entre naturaleza/cultura, tal y como es abordado desde el imaginario de los pobladores de estas tierras.

Ello, se podría decir, constituye uno de los pilares principales de la estructura del libro. Sin los relatos que hablan desde ese imaginario, quienes aún viven en zonas como éstas no hubieran podido, quizá, resistir allí. Así, las personas que ‒a lo largo y ancho del mundo‒ se han quedado a vivir en pueblos como los del valle de Valdelaguna, contra todo pronóstico y contra el supuesto progreso, desafiando las políticas que decretan el fin de la vida rural, el cierre del campo y el apiñamiento en las ciudades, se nutren y pertrechan con esas historias. Se trata de gentes que han preferido seguir siendo como eran y vivir en el sitio al que pertenecían: continuar contándose los antiguos mitos y leyendas que hablan de ellos mismos; resistir y también cambiar, a veces con gran imaginación y capacidad de adaptación a las nuevas circunstancias ‒como la autora describe‒. Esto se debe a han decidido no marcharse, no olvidar. Y creo que este libro está dedicado a todos los hombres y mujeres como ellos.

A hombres y mujeres que, al narrar sus historias, hablan tanto del pasado mítico del que provienen como de un posible futuro ‒a veces temible‒ que en cualquier momento puede llegar. Y, así, cuentan a quien quiera oírles la razón mágica por la que otros pueblos que existían allí, al lado de donde ahora viven ellos, quedaron despoblados: porque una salamandra envenenó la fuente de la que bebían mientras celebraban juntos, los de uno y otro pueblo, unas bodas. Y no parecen dispuestos a permitir que cualquier salamandra ‒del tipo que sea, y aunque venga disfrazada de falso progreso‒ envenene las aguas y les obligue, quizá ya definitivamente, a abandonar su valle, su mundo, sus relatos, su identidad.

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