ABC 05/12/1944

ABC 05/12/1944

BELLEZA Y RIQUEZA DE LOS PINARES

A la llegada de los primeros fríos, que en el otoño dan un anticipo de la invernada, los pinares adquieren su prestigio, su señorío, su grandiosidad, y su sombra protectora, y benéfica ampara á los pueblos españoles que viven en las inmediaciones de estos bosques bellos, ricos y poderosos, bien sea en las abruptas soledades serranas, en las arenosas inmensidades de la meseta o a la orilla del mar, sin puertos ni ensenadas bullangueras.

Hay pinos en Galicia y a lo largo de la cornisa cantábrica, reflejados en la mansedumbre de las rías o prendidas sus cabelleras en las nubes bajeras. Por Cataluña y Levante se enorgullecen de su vecindad con los olivos, las palmeras y los naranjos. En las tierras andaluzas, bien sea en los repechos morunos de Sierra Nevada o en los caminos y vericuetos de Abdalagis, lucen y relucen en la algazara solar. Mas donde el pinar adquiere su importancia y gallardía, su soberanía y su puesto de honor, es a lo largo y a lo ancho de Castilla, desde Guadarrama hasta los Picos dé Urbión, en que el Duero nace, y es aquí, a través de llanuras pálidas y montes grises, el único verdor perenne y juvenil, siempre luminoso y radiante, aunque los chopos, tiren sus gallardetes de hojas por San Rafael, el Patrón de los caminantes, y sean ya lanzas firmes a las puertas del invierno.

ANOCHECER EN PINARES AÑO 97

Tienen los pinares en Castilla su razón de ser y de existir, mas también sus leyendas y misterios, que sólo les es dado comprender y descifrar a quienes, como el Caballero de Olmedo, de Lope de Vega, fueran sorprendidos por truhanes en un pimpollar al volver de la feria de Medina del Campo, a los bravos súbditos de Fonseca cuando, al salir del castillo de Coca, alguien les dijo que el alcalde Ronquillo había prendido fuego a la pinada de Arévalo, y al propio fray Luis de Granada que a la sombra, sin duda, de algún pino mientras reposaba breves instantes en su caminata, al ir a predicar a Salamanca o a Segovia, escribió, henchido de gratitud, hacia una piña: ”Sabrosos piñones, donde con tan maravilloso artificio está el fruto en sus casitas abovedadas tan bien aposentado y guardado, que toda la furia de los vientos no basta para derribarlo.”

Hay pinos albares y negrales: unos y otros dan piñas, ramera, cándalos, serojas, roñas, piñones, tizos, cisco, resina. No se cansan de ser pródigos. A los palos del piñonero, se desprenden de las piñas; a los hachazos del resinero, sudan, más que lloran, gota a gota la miera; los pobres viejos siempre encuentran en el pinar, sin otro trabajo que agacharse, leña para sus hogares, y fuera aquí, en estos pinares de Valladolid, de Ávila y Segovia, donde nuestros soberbios y portentosos imagineros, los Berruguete, los Hernández, los Juni, los Mena hallaron la materia prima para sus retablos, sus Cristos, sus Vírgenes y sus Santos, que hoy veneramos en las penumbras cárdenas y moradas de nuestras iglesias y Catedrales. Porque el pino joven mientras desaparecen varias generaciones, que no necesita gran sol, ni mucha agua para vivir; con vida propia en los arenales, donde no crece ni la hierba; amigo tan sólo del tomillo, del cantueso, de la retama, del níscalo y del boleto, es el árbol más humano, el mas sabio y el más hidalgo y al hombre le acompaña, al menos en Castilla, desde la cuna al féretro.

El pinar tiene sus pájaros, no de todos conocidos: la abubilla, la oropéndola, el dormidero, el grajo, la urraca, y hasta el águila se digna visitar tales parajes, en descenso majestuoso. La avutarda y la cigüeña apenas penetran en aquella masa desorientadora; ni aunque haya laguna o lavajo en un claro de la pinada; pero la liebre, perseguida por cazadores a caballo y galgos veloces, es allí donde tiene su salvación, y burla al hombre y a la bestia entre los troncos, mientras, acaso, grita tal ventura algún grajo en la punta de una rama.

También hay clases entre los pinos. Dicen que la mayor nobleza es la de las familias de los de Valsaín, los conquenses y los Sorianos, buenos mozos que trepan por repechos, lomas, repechos y cresterías, sin miedo a la altura, ni a los precipicios. Mas los pinares disciplinados y solemnes, impresionantes y atrayentes son quizá los de tierra de Cuéllar y Coca, allí donde hay castillos, palacios y ermitas muy cerca, del pinar y los que desde la Moraña Abulense dan un rodeo por Ataquines y salían hacia los páramos de Valdestillas. Sin duda, antaño fue el castillo de la Mota el centro de estos inmensos bosques castellanos, llanos y populares, algunos de los cuales presenciaron el entierro de doña Isabel de Madrigal y la locura amorosa de su hija doña Juana, encendidos como teas en ambas encrucijadas históricas.

Antaño, los pinares de Castilla fueron mucho más extensos y numerosos; como que sus avanzadas llegaban hasta las inmediaciones del solar de Mío Cid y a las mismas puertas de Madrid; pero por ellos pasaron como ciclones devastadores, invasiones extranjeras, guerras civiles, revoluciones, y el pino, ya es sabido, hace buenas migas con el soldado, al que da resguardo y calor.

¡Qué bien le va a Castilla, tan sobria y macilenta, limpia de curvas y verticales, este árbol serio y poderoso, columna y cúpula por donde cruzan las jaurías de los vendavales, sin que apenas, los pinos se inmuten! Sólo el pinar teme a los discípulos de Prometeo, inventor del fuego, según la fábula,

Últimamente, en nuestra guerra de Liberación, el pinar castellano, que monta, y, al parecer, cabalga sobre el espinazo de la reata guadarrameña, ardió en cercenes durante los ardores caniculares del mes de julio; mas, entonces, el fuego le purificó: levantó hasta el cielo, como si las llamas salieran del mismo centro de la tierra, banderas rojas y amarillas en torno al León que vigila la entrada a Castilla la Vieja.

JULIO ESCOLAR

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