LOS ARRIEROS BURGALESES. LA CARRETA SERRANA – VALDIVIELSO ARCE, Jaime L.

Aunque el artículo se refiera a Quintanar de la Sierra, su esencia es totalmente extrapolable a Covaleda.

LOS ARRIEROS BURGALESES. LA CARRETA SERRANA

VALDIVIELSO ARCE, Jaime L.

Publicado en el año 2000 en la Revista de Folklore número 237.

“Quintanar de la Sierra revivió por un día las viejas tradiciones de leñadores y carreteros” -decía la crónica del Diario de Burgos-. Con motivo del V Centenario de la Real Cabaña de Carreteros, el Ayuntamiento organizó ayer -día 22 de noviembre de 1997- una tala y saca de pinos a la antigua usanza. Las ruidosas motosierras dejaron sitio al hacha y al tronzador de sierra y los modernos camiones a la yunta de bueyes, a la carreta. Al final, más de un centenar de personas participaron en estos actos que concluyeron con la degustación de una “caldereta” de ajo carretero, preparada al más puro estilo serrano. Autoridades, vecinos e invitados elogiaron y dieron buena cuenta de este plato típico de la Sierra.

Pudo contemplarse en esta ocasión la demostración de corta y acarreo tradicional de pinos en la que participaron experimentados leñadores y carreteros, muchos de ellos ya jubilados.

CARRETEROS

Braulio de Miguel Ureta e Isidro Altelarrea. Primeras personas en subir con una yunta de bueyes a los Picos de Urbión (22-08-1929)

Consistió esta demostración en la tala o corta de tres pinos con hacha y tronzador de sierra, herramientas indispensables en estas faenas en tiempos pasados, y después estos árboles fueron arrastrados por una pareja de bueyes hasta la carretera para ser cargados a mano en una carreta de madera también tirada por bueyes, como las antiguas.

Para los más mayores sirvió esta jornada para recordar los duros trabajos de su oficio en su juventud y los más jóvenes pudieron comprobar cómo trabajaban en otro tiempo sus antepasados.

Entre los actos programados para conmemorar este Quinto Centenario se celebró una Conferencia pronunciada por el historiador local Pedro Gil sobre los “Orígenes y privilegios de la Real Cabaña de Carreteros”.

Con este motivo y pretexto hemos iniciado este capítulo para escribir sobre estos hombres sacrificados y de recio temple de nuestra tierra que se dedicaron al oficio de carreteros o arrieros, prestando impagables servicios, de extraordinario valor al país. Y queremos también recordar, rindiéndola este sencillo homenaje, a la “carreta serrana” en estos tiempos en que casi se la ha olvidado.

Antes de la circulación de los modernos camiones por nuestras carreteras y antes de la invención de la locomotora y del tren o del ferrocarril, el transporte de todo tipo de géneros, cereales, alimentos, aceite, vino, maderas, herramientas, granos, etc., lo realizaban los “arrieros”, llamados también “carreteros”. Y los dos nombres eran apropiados.

Había arrieros que se dedicaban a trajinar por los caminos, llevando y trayendo toda clase de mercancías con una reata de mulas, machos o asnos. Este transporte era más ligero y rápido. Este era el tipo de “arrieros” que existían en Poza de la Sal, para transportar la sal a diversos puntos de la provincia.

Había también “arrieros” que utilizaban como medio de transporte la “carreta serrana”, tirada por mansos, pero seguros y resistentes bueyes. Estos arrieros eran llamados también “carreteros”.

CARRETERO-ENTRE-BUEYES Otros arrieros utilizaban carros convencionales tirados por reatas de caballerías, mulas o machos.

Prescindiendo del modo de transporte utilizado, el nombre de arrieros viene derivado de la voz con que se comunicaban con sus ganados de tiro, ¡arre!, voz arrieril universal que es entendida y obedecida por los animales que eran los mejores colaboradores de este oficio.

Los modernos medios de transporte, ya bien entrado el siglo XX, trajeron, con su implantación, la muerte de este noble oficio y ocupación de los arrieros, tan cargado de tradición y resonancias literarias populares.

Aquellos hombres, curtidos por el sol, recios y valientes, hechos a andar mil caminos, conocedores de todas las trochas, rutas y veredas, avezados a dormir al raso, vigilando sus carretas, sus recuas y cargas, hechos a frecuentar ventas, posadas y mesones, serán siempre merecedores de todos los elogios y del reconocimiento de su trabajo que fue el mejor favor y servicio a su tierra en aras de la prosperidad y del progreso.

Si intentamos indagar sobre el origen de este antiguo oficio, debemos afirmar que es antiquísimo, con una historia de varios siglos.

En concreto, los arrieros-carreteros serranos al finalizar la Edad Media constituyen con el incondicional apoyo de los Reyes una Real Cabaña de Carreteros, cuya institución duró hasta 1837, de la cual, como hemos dicho al principio se celebró el V Centenario en 1997.

Lo mismo que el Real y Honrado Concejo de la Mesta, esta institución fue vital para la economía del país y lo mismo que la anteriormente citada contaron con la protección y el apoyo de la Corona por los servicios que prestaban a la nación fundamentalmente por hacer de intermediarios o mediadores en el intercambio económico entre unas regiones y otras.

Todavía hemos podido conocer los más mayores a estos “arrieros” que con sus recuas y reatas de mulas o con los lentos bueyes recorrían los caminos con sus carros bien aparejados llevando y trayendo las más dispares mercancías. Desde la “Montaña” de Burgos, desde tierras sorianas o desde las parameras de Segovia acudían a la “Ribera del Duero para comprar el «clarete», tan afamado, que llevaban a su tierra usando como depósitos los tradicionales odres o pellejos, hechos con piel de cabra, similares a los que se utilizaban en las ventas manchegas por donde pasaba Don Quijote.

A las tierras de la Ribera o a las Ferias de Burgos acudían los “madereros” de las zonas pinariegas de Quintanar de la Sierra, de Hontoria del Pinar, de Covaleda o Vinuesa llevando en sus “carretas serranas” tiradas por lentos y parsimoniosos bueyes, la carga de vigas, tablones, tablas y tabloncillos de acreditada calidad, quizás por proceder de pinos madereros “sin sangrar”, esto es sin sacarles la resina. Por esta razón estas maderas, tan útiles y necesarias para la construcción de puertas, ventanas, muebles y suelos entarimados, han demostrado esa excelente calidad por su resistencia al paso del tiempo y al ataque de la carcoma, de las termitas y otros xilófagos.

De Poza de la Sal salían sus «arrieros» llevando la sal de sus famosas salinas hacia todos los puntos de destino, trayendo de retorno aquellos productos más necesarios como pescados, conservas y salazones para venderlo en el interior.

La tradición arrieril ha durado muchos siglos y por eso tuvo una larga tradición en la vida española a través de caminos de herradura, carreteras, trochas y veredas, por ventas, posadas y mesones.

Se sabe con certeza que más de 5.000 carretas recorrían los caminos y llegaban con su cargamento hasta los puntos más lejanos del territorio. Como un hormiguero laborioso se ponían en movimiento al finalizar el invierno para no cesar en su trajinar hasta que las primeras nieves avisaban de la llegada del invierno.

Ellos llevaban como cargamento, el vino y el cereal, los granos y la madera, el pescado y las conservas, el bacalao y el aceite, la sal y las especias, desde los puertos hacia el interior y desde los puntos de producción hacia los de consumo, desde el litoral a la meseta y a la sierra y a todo lugar y rincón.

Para organizar a esas 5.000 carretas y a los animales de tiro y arrastre, se necesitaba un nutrido y numeroso contingente de personas bien adiestradas y disciplinadas, teniendo en cuenta que no se disponía de los modernos medios de comunicación.

El Mayoral era la cabeza de la estructura organizativa y normalmente era el dueño, quien organizaba y respondía de la marcha, realizaba los contratos y pagos, etc. Solucionaba los problemas que iban surgiendo, negociaba con las autoridades, disponía los horarios y decidía los lugares en que era conveniente desyuntar, descansar desunciendo las yuntas de los bueyes.

Las carretas iban en grupos de 25 a 30, o las que decidiera el Mayoral, pues él era el que tenía autoridad sobre la cuadrilla o tren.

carretero-abuelo-salao-1946 La organización era como un engranaje perfecto en el que cada uno tenía su cometido concreto y su misión en el trabajo común. El “operador”, con su correspondiente ayudante era el encargado de reparar todas las averías que sufrieran las carretas o carros, roturas, desperfectos y daños en el uso normal o en accidentes imprevistos.

El “pastero”, con su ayudante, era el encargado de buscar pastos y dar el pienso a los bueyes o al ganado que iba en la cuadrilla carretera; así mismo era el encargado de dar el agua y de vigilar durante la noche sobre el ganado; uncía y desuncía las yuntas, cuidaba de los aperos, yugos, coyundas, así como de la intendencia.

Los “gañanes” cubrían los servicios de carga y descarga y estaban en general a todo lo que se les encomendara.

Vida sacrificada, de esfuerzo continuo, lejos de la familia la mayor parte del año, siempre a la intemperie bajo soles, lluvias y vientos, afrontando el riesgo constante de los caminos, llenos de salteadores y bandoleros… era la vida arrieril. Sin embargo tenía miles de seguidores, quizás porque era un trabajo seguro, aunque no muy lucrativo. El beneficio económico era proporcionado al número de carretas, cada una de las cuales, después de sufragados los gastos (carreta, bueyes, salarios, comida y alojamiento de los carreteros, etc.), reportaba un beneficio de 300 reales.

No se ha hecho un estudio concreto sobre el tema, pero sería muy interesante analizar los efectos que un oficio como el de los arrieros tuvo en el trasiego e intercambio de elementos en el campo de la etnografía y del folklore. Estos hombres en su constante ir y venir conocieron otras costumbres, otras canciones, dichos, cuentos, formas de entender la vida, maneras de actuar diferentes que luego muchas veces sin pretenderlo e inconscientemente transplantaban a su tierra o las tierras por donde pasaban, modos y maneras, usos y costumbres, narraciones, cuentos, canciones que habían aprendido, oído o adquirido en los lugares por donde habían pasado. En el trato con las gentes con las que se encontraban por los caminos, mesones, ventas y posadas aprendían dichos, frases, refranes, etc. que después iban sembrando por donde pasaban. Quizás aquí esté el secreto de hallar en el folklore de unos pueblos, regiones o comarcas elementos comunes a otras regiones o países lejanos.

Otro motivo de agradecimiento para con estos hombres anónimos que enriquecieron nuestro país con este otro intercambio de la cultura popular o folklore.

LA CARRETA SERRANA 

La carreta fue el medio, el vehículo de transporte más frecuente empleado por la arriería tanto de corta como de larga distancia.

La carreta estaba formada de una plancha larga, con tres travesaños longitudinales unidos con vigas y cubiertas con un piso de madera. El travesaño central se prolongaba hacia adelante de modo que pudiera ser enganchado al yugo de la pareja de bueyes por medio del sobeo o del barzón. Todo ello sobre un par de ruedas, pesadas, sin radios, no modificadas desde tiempos ancestrales. Posteriormente las modernas carreteras han permitido la construcción de carros más modernos.

Pero la “carreta serrana”, como ya hemos dicho anteriormente, asociada al oficio arrieril fue el vehículo que permitió mover tan grande potencial económico que benefició incalculablemente a esta tierra en tiempos pasados.

Los economistas tendrán datos para poder valorar con detalle y pormenorizadamente la aportación de este sistema de transporte a la economía de la Sierra burgalesa y en general a la provincia de Burgos.

La más importante Asociación de Carreteros -y esto hay que recalcarlo una vez más- fue la de Burgos-Soria, centrada en la zona serrana de pinares de ambas provincias, la ya citada institución conocida como Real Cabaña y Hermandad de Carreteros, de la que se tienen noticias y datos fechados a finales del siglo XV. Como tal hermandad tiene nacimiento oficial ampliamente documentado en 1678.

Hacia 1843 eran aprobadas por la Reina Isabel II las Nuevas Ordenanzas de la Concordia de Carreteros de Burgos y Soria y con ellas fue regulada la carretería hasta que la tradicional carreta fue sustituida por el moderno camión.

Algunos pueblos señalados, como Palacios de la Sierra, contaban con Ordenanzas propias, sobre las que se basaban las relaciones y actividades de todo aquel incesante tráfico que llevaba la madera de la Sierra, de una calidad extraordinaria, hasta los puntos más diversos de la geografía del país.

carretas-sacando-pinos Está perfectamente documentada la afirmación de que robustos y altos pinos de esta comarca serrana sirvieron de mástiles para famosas embarcaciones y también para vigas y machones de construcciones de monasterios, entre los cuales se menciona El Escorial.

Hasta bien pasados los años 50, se pudieron ver todavía las carretas serranas llegar hasta la ciudad de Burgos acudiendo a las grandes ferias como las de San Pedro y San Pablo y la de San Martín, trayendo a vender sus maderas, muy apreciadas desde antiguo.

A partir de aquellos años de la década de los 50, poco a poco fue ganando terreno el camión y cediéndolo la carreta hasta desaparecer. Ya ninguna de ellas volvió a osar lanzarse a la aventura de llevar la madera, al paso de los bueyes lentos y fuertes, hasta los lejanos puntos de destino como antes lo hicieron.

Quizás haya sido poco reconocida la labor de los arrieros y carreteros, su vida de sacrificio, su importante aportación al progreso y prosperidad de la Sierra y del país. Eran hombres más preocupados de hacer sus largas rutas que de granjearse aplausos.

Como pequeño homenaje, queremos dejar en estas páginas el acertadísimo soneto del excelente poeta Federico Salvador Puy:

CARRETA SERRANA 

Cortejo del pinar, rumor lejano
de cencerros y tablas, la carreta
va dejando en el aire su silueta
y un suspiro de ensueño tramontano.

Serrano del pinar, viejo serrano,
corazón caminante, anacoreta
de la nube y el árbol, de la escueta
soledad de los montes y del llano.

Aquella interminable caminata,
la sobria caldereta, la fogata,
la noche en duermevela a cielo raso.

Un pasado que el tiempo ha diluido
rodando por la senda del olvido
en marcha al infinito, paso a paso (1).

Al cumplirse el V Centenario de la Real Cabaña de Carreteros, debiera dejarse, como sencilla ofrenda y recuerdo, este soneto, grabado en la vieja madera de algún pino o en la piedra en algún recodo de los caminos serranos para memoria de aquellas viejas instituciones, de aquellas costumbres de los antepasados.

2-BUEYES-ENGANCHADOS-AL-CARRO--DELANTE-ANTIGUA-CASA-ALEJO Por los caminos del folklore también hallamos motivos para ensalzar a la vieja carreta. Federico Olmeda recoge una canción, música y letra, que hace el número 83 de su libro Folklore de Castilla o Cancionero Popular de Burgos:

AL IR CON LA CARRETA 

Por la calle abajito, güi, güi, güi
va una carreta, ti qui ti qui tí,
va una carreta, ¡lairón, lairón, lairón.

Como lleva tocino, güi, güi, güi
va rechinando, ti qui ti qui ti,
va rechinando, lairón, lairón, lairón…

carreteroY comenta el mismo Olmeda: “¡Qué bien resplandece en la tonada el primer sentimiento innato del pueblo en poetizar las cosas más comunes y prosaicas, que están al alcance de sus sentidos! Y ¡qué bien demuestra la gran potencia imitativa que Dios concedió al hombre para que asimilara primero y después tradujera naturalmente en el lenguaje universal del sonido el idealismo de las cosas que despiertan en su inspiración esa facultad! ¿Quién no ha oído el chillón y prolongado sonido de las carretas propias de los países montañosos güi… güi… güi… güi…? ¿Y quién no ha fijado su atención en el penetrante ritmo ti qui ti…ti…ti…ti…qui ti…ti…ti…qui ti…ti…ti… que algunas veces producen sus ruedas? Pues véase descrito exacta y gráficamente en esa tonada, ciertamente en mucho menos tiempo que yo he empleado en analizarla y describirla” (2).

____________

NOTAS
(1) Artesa, cuadernos de poesía, Burgos, 1970, n.º 8, p. 43.
(2) OLMEDA, Federico: Folklore de Castilla o Cancionero popular de Burgos, Edición facsímil, Burgos, 1975, p. 75.

BIBLIOGRAFIA
DE LA CRUZ, Valentín: Burgos, artesanía y oficios. Caja de Ahorros Municipal de Burgos, 1992.
NIETO, Gratiníano: “Viejas costumbres de la “ribera” del Duero”, Revista Narria, n.° 28, abril-1984, pp. 2-9.

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