Covaleda en el libro “SORIA ROMÁNICA”

SORIA ROMÁNICA

La repoblación

La repoblación de las comarcas sorianas tuvo un marcado carácter concejil y popular. Los propios monarcas incentivaron la ocupación de estos territorios inseguros otorgando a los nuevos pobladores una serie de libertades que facilitasen su asentamiento definitivo, sin temor a las razzias musulmanas. Estas compensaciones y exenciones fiscales quedaron recogidos en los fueros y cartas puebla. De esta manera, en la Extremadura se va a generar un régimen de vida totalmente diferente al que existía en los territorios al norte del Duero en los que la población seguía sometida al régimen feudal. Se restauran las antiguas ciudades y se fundan otras nuevas, construidas como recintos amurallados cuyos habitantes se acogen a un mismo fuero mediante el cual el rey les garantiza la propiedad de la tierra y una serie de derechos y privilegios que no pueden ser enajenados.

Tuvieron fuero propio, entre otras villas, Andaluz, Yanguas y Soria. En este sistema el Concejo es el órgano que gobierna a la población por delegación del rey, pero realmente es la parroquia quien articula estas agrupaciones urbanas. La repoblación se realiza con gentes llegadas desde distintos puntos geográficos y se agrupan en las ciudades formando barrios en torno a las iglesias. De esta manera, el templo se erige en elemento unificador y organizativo.

Para el control de extensas comarcas se impuso un sistema consistente en el predominio de una población llamada “Villa” sobre un entorno de pequeñas aldeas que reciben el nombre de “Tierra”, constituyendo todo ello la “Comunidad de Villa y Tierra”.

En cuanto a la procedencia de los repobladores que llegan a las tierras sorianas, la toponimia nos desvela la llegada de ultramontanos y extramadanos que duplican el nombre de sus pueblos de origen. Un importante aporte de población camerana se registra en las comarcas del norte. Nombres como Almarza, Gallinero, La Laguna, Lumbrerillas, Matute, Ausejo, Ventosa, Nieva, San Andrés y Santa Cecilia se dan también en localidades ultramontanas. Otro grupo de enclaves se formó con gentes llegadas de las extremaduras segovianas, que dejaron prueba de su procedencia en lugares como Aylloncillo, Arévalo de la Sierra, Buitrago, Cuéllar de la Sierra, Pedraza, Segoviela y Sepúlveda. En otros casos los topónimos simplemente aluden a sus habitantes: navarros (Narros y Valdenarros), castellanos (Castellanos del Campo y Castellanos de la Sierra) y aragoneses (nombre con el que se conocía un antiguo despoblado).

Las collaciones formadas en algunas villas importantes y los nombres de sus parroquias definen también la procedencia de sus repobladores y el estado en que se encontraban las tierras de donde partieron. Así por ejemplo, serranos de Yanguas y Magaña repoblaron Ágreda. De la avanzadilla cristiana de Calatañazor partieron gentes para poblar Almazán, Balluncar y la ciudad de Soria donde fundaron una colación (Santa María de Calatañazor). A esta misma capital concurrieron gentes de otros lugares consolidados de la misma provincia como Cabrejas del Pinar (San Miguel de Cabrejas), los Murieles (San Juan de Muriel) y Covaleda (Ntra. Sra. de Covaleda). También llegaron ultramontanos (San Martín de Canales, Santa María de Cinco Villas, Ntra.

Sra. de El Mirón, San Juan de Rabanera y San Miguel de Montenegro) y tal vez pamploneses llegados de las comarcas norteñas que dominaban (San Juan de Naharros y San Martín de la Cuesta).

No hay que olvidar en este análisis el componente muslim que pervivió en estas tierras y que constituye uno de los principales factores a tener en cuenta en el análisis del proceso repoblador. La alta ocupación musulmana  que se registró en el territorio soriano a lo largo de la Reconquista ha quedado plasmada en su toponimia actual. Nombres como Almazán, Almarza, Andaluz, Calatañazor, Medinaceli o Mezquetillas son sólo algunos ejemplos que ilustran esta pervivencia. Los enclaves agarenos se concentraban especialmente al este del arco externo del Duero, en el Campo de Gómara, en la cuenca del Bordecorex-Escalote y en el entorno de Medinaceli. Tras la conquista de esas tierras quedaron algunas comunidades de mudéjares conviviendo con los cristianos como ocurrió en la propia Soria, en Medinaceli, en San Esteban de Gormaz, en Deza, en Serón, etc. Hubo lugares en los que incluso predominó la población musulmana sobre la cristiana y otros en los que convivieron pacíficamente las tres religiones como ocurrió en Ágreda donde se establecieron tres barrios diferentes separados entre sí.

Se llegó así a una repoblación muy extensa del territorio soriano con un elevado número de asentamientos en los que se establecieron pequeñas agrupaciones de vecinos que no tardarían mucho en levantar una modesta iglesia románica que con el paso del tiempo irían reformado. Han subsistido algunas de las más antiguas (San Baudelio de Berlanga y San Miguel de San Esteban de Gormaz), de otras sólo quedan vagas noticias o las ruinas invadidas por la vegetación (San Adrián del Madero y San Miguel de Parapescuez). En algunos lugares se habilitaron viejas mezquitas o torres defensivas construidas con el característico aparejo califal (Mezquetillas y Conquezuela).

Las restantes son construcciones más tardías. Gran parte de esos núcleos han llegado hasta nuestros días pero otros muchos desaparecieron perdurando su recuerdo en forma de ermitas, torres, granjas y despoblados.

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Panorama general del arte románico en Soria

José Manuel Rodríguez Montañés (JMRM)

En las páginas introductorias del capítulo dedicado al “Arte Románico” de la Historia de Soria publicada en 1985 por el Centro de Estudios Sorianos, el profesor Izquierdo Bertiz se lamentaba de la ausencia de un catálogo sistemático de los restos románicos de la provincia, avanzando que “se puede pensar en una cifra que oscilará en torno al centenar y medio”. Aunque los estudios de Gaya Nuño, Taracena, Sáinz Magaña o el inédito de Cabré Aguiló hacían pensar en tales cifras, el sistemático rastreo recientemente realizado para la Enciclopedia del Románico en Castilla y León nos permite hoy hablar de 418 testimonios localizados en 333 núcleos de población. Por ello, y aunque no sea caso único, la primera característica del románico soriano es su anonimato, desconocimiento que hay que achacar a las circunstancias sociales, económicas y hasta las políticas del pasado siglo.

El Campo de Gómara concentra igualmente un nutrido aunque fragmentario número de restos, también caracterizados por su modestia. Son templos reducidos, mayoritariamente construidos en mampostería, que manifiestan una severa economía de medios decorativos: Alparrache, Miranda de Duero, Ledesma de Soria, capilla del cementerio de Serón de Nájima. Las portadas, simples arcos de medio punto doblados, carecen absolutamente de decoración, salvo la línea de dientes de sierra de las chambranas, como en Ribarroya. Restos dispersos quedan en Nomparedes y Almarail y pilas bautismales en Tardajos de Duero o Cubo de la Solana. Únicamente escapan a esta rusticidad Peroniel del Campo y Torralba de Arciel, con los curiosos aparejos de mampostería reforzada por verdugadas de sillar en los ábsides, y la torre de vanos geminados en el primer caso. En otras zonas, como la Sierra, el románico es casi anecdótico porque también el poblamiento es disperso.

Al norte de la ruta que comunica Soria y Burgos sólo encontramos escasos restos como las pilas bautismales ya casi góticas de Duruelo de la Sierra y Cabrejas del Pinar (ésta decorada con un Crucificado), Covaleda, Vinuesa, y la parte baja de la torre y la portada en el cementerio en Muriel Viejo.

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El clima artístico del románico soriano

José Manuel Rodríguez Montañés (JMRM)

Frente al omnipresente dominio monástico ejercido por el clero regular en las tierras navarras o burgalesas, en las de Soria ningún gran cenobio ejerció un poder territorial similar.

Las áreas de influencia de San Millán de la Cogolla y Santo Domingo de Silos principalmente se centran en la Tierra de Soria y Tierra de Yanguas para el primero y la ribera de Duero en el segundo caso. La influencia de San Pedro de Arlanza, atestiguada en los primeros momentos de la repoblación en localidades como Berzosa, Rejas de San Esteban, Ledigo y San Esteban de Gormaz, parece diluirse avanzando el siglo XII, al menos en los artístico. El monasterio de Arlanza disfrutaba desde 1063 del diezmo de los derechos reales en San Esteban, amén de numerosas propiedades. Un documento del Cartulario del monasterio burgalés, datado en 1195, recoge una avenencia entre éste y el obispado de Osma sobre derechos y pertenencia de varias iglesias, entre las que se citan las de San Esteban, Quintanas Rubias, Santa María de Golmayo, Osma y San Mamés de    Berzosa. Sabemos que en 1098 Alfonso VI concedió el terreno yermo de Sancta Maria de duas ramas en Almazán al monasterio de San Millán de la Cogolla, en el lugar donde más tarde se instalaría la iglesia de San Félix y Santa María (SERRANO, L., Colección de San Millán, p. 291-2). Tres años antes, el monasterio riojano había recibido del conde Gonzalo Núñez de Lara la “iglesia desierta” de San Millán de Villeta, entre Covaleda y el Duero. Quizás es el monasterio benedictino de Santo Domingo de Silos, por proximidad geográfica y proyección artística, el que de un modo más decisivo influyó en el desarrollo del arte románico soriano desde mediados del siglo XII. Nuevamente la ribera soriana del Duero aparece como el centro receptor de la renovación plástica que se produce en los reinos cristianos hispanos en la segunda mitad de dicha centuria. No serían ajenos a este hecho los estrechos contactos entre el cabildo de canónigos regulares del Burgo de Osma y los monjes de Silos, quizás, como algunos autores han señalado, para contrarrestar el empuje del cada vez más poderoso obispado de Burgos. El monasterio de Silos y el obispado oxomense mantuvieron excelentes relaciones a partir de 1132, cuando el legado pontificio consiguió llegar a un acuerdo sobre los conflictivos límites entre los obispados de Burgos y Osma. No parece extraño que los monjes de Silos, interesados en mantener su independencia respecto al obispado burgalés, y los capitulares oxomenses, hiceran frente común ante a la sede burgalesa. Para Elizabeth Valdez del Álamo, la sala capitular del Burgo de Osma, tan próxima al segundo taller de Silos, sellaba tal vez la alianza. A partir de 1189, cuestiones jurisdiccionales parecen enturbiar las relaciones entre ambas instituciones, argumento que para la investigadora norteamericana ofrecería una sugestiva fecha terminus ante quem para la obra románica oxomense.

Covaleda, altar de la iglesia, 1913, fiesta de San Lorenzo.

Ambiente histórico del románico soriano

Pedro Luis Huerta Huerta (PLHH)

Los diferentes estilos artísticos se enmarcan en unas coordenadas geohistóricas y demográficas que definen su desarrollo evolutivo. El románico español no es una excepción de modo que la peculiar situación política y geográfica que se vive en los reinos peninsulares durante los siglos en que se desarrolla va a imponer una serie de peculiaridades que se hacen más particulares y específicas conforme profundizamos en su estudio regional.

La convivencia, no siempre bélica, con el mundo musulmán limitó, por una parte, la difusión geográfica del románico a las zonas ocupadas y favoreció, por otra, la asimilación de recursos estilísticos comunes a ambas culturas en los territorios fronterizos o reconquistados. El proceso de implantación fue lento pues aunque hubo extensas zonas que fueron reconquistadas a finales del siglo XI y primera mitad del XII, la repoblación efectiva de muchos de esos lugares no se materializó de forma generalizada hasta varias décadas más tarde. En el momento en que los repobladores consiguieron una capacidad organizativa y económica estable fue cuando comenzaron a levantar las nuevas parroquias de acuerdo con el estilo de la época. Así pues en determinadas zonas el románico es un fenómeno tardío que aunque sigue las pautas marcadas por los grandes centros de irradiación cultural, comienza a popularizarse y a ruralizarse como consecuencia de la lejanía respecto a ellos. Es lo que ocurre en muchas comarcas situadas al sur del Duero donde la concentración de iglesias románicas construidas a lo largo de los siglos XII y XIII es muy elevada como consecuencia del gran impulso constructor que tuvo lugar en los nuevos asentamientos. Los constructores de estos templos se mostraron incapaces de ensayar soluciones vanguardistas y optaron por una continuidad con las formas tradicionales. El resultado fue el desarrollo de un románico inercial que retrasó en muchos casos el advenimiento del gótico.

En el caso particular de Soria, una parte importante de su territorio se vio inmerso en esta dinámica de tal modo que el elevado número de testimonios románicos conservados es consecuencia de una intensa actividad constructiva llevada a cabo a lo largo del siglo XII y buena parte del XIII. Las causas de tan fecunda manifestación artística habrá que buscarlas en las circunstancias de tiempo y de lugar que marcaron la historia de estas comarcas.

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La reconquista del territorio soriano

Como ocurre en otros lugares del norte peninsular, el nacimiento y desarrollo del románico en el territorio de la actual provincia de Soria coincidió con su reconquista y repoblación. Como bien señala Clemente Sáenz Ridruejo, Soria fue durante los siglos X y XI teatro de operaciones de navarros, castellanos y musulmanes. Para los primeros representaba la marca de la Reconquista y más tarde el campo de confrontación con Castilla, para los segundos la Extremadura de Suso, frente al Alfoz burgalés de Lara, y para los últimos la Frontera Media del Califato. En definitiva, tres variantes culturales y factores demográficos que se dejarán sentir más tarde en la definida personalidad del románico soriano.

Esta condición fronteriza del altiplano del Duero favoreció la continua disputa de sus territorios desde la Reconquista hasta las guerras fratricidas del siglo XIV. Fue un campo de sucesivas confrontaciones que ponían en peligro constante la estabilidad de la zona. Desde que en el año 912 los condes castellanos se hicieran fuertes en la zona más occidental de la actual provincia, hasta que en torno a 1122 se consolida definitivamente Medinaceli, hubo poco tiempo para el descanso. Las luchas más encarnizadas tuvieron lugar durante el siglo X, coincidiendo con la época condal. En esos momentos los enfrentamientos son más intensos y las plazas pasan constantemente de unas manos a otras. Hacia el año 920 los comites castellanos instalados en el vecino alfoz de Lara se lanzan a repoblar y fortificar la ribera soriano-arandina del Duero. El área de dominio  castellano quedó así delimitado por el valle del Ucero al este y el Duero al sur, con vértice en Osma. La respuesta del Califato no se hizo esperar y envió sucesivas expediciones de castigo. Por el norte de la actual provincia avanzó la reconquista de los pamploneses que ocuparon Tera, Garray, la Sierra del Almuerzo, llegando probablemente a la Sierra del Madero. El espacio que quedaba entre el arco que traza el Duero y los enclaves de Osma y San Esteban de Gormaz estaba seguramente despoblado, pues en las crónicas árabes se conocía como el desierto de Wuadi Duwair. Por otra parte, el territorio de la actual provincia era escenario también de las cabalgadas de las razzias musulmanas dirigidas contra pamploneses y vascones que tomaban a menudo la ruta soriana dejando a su paso muerte y destrucción.

El progreso del avance cristiano requería una rápida respuesta del bando contrario y en 946 el Califato refuerza la plaza de Medinaceli, fortificándola y convirtiéndola en capital de la Frontera Media. Un lugar estratégico desde el que dominar el camino principal que unía el centro de la península con Zaragoza y Cataluña, y con fácil acceso al lugar de confrontaciones del Duero. Muerto Abderrahman III le sucede Al-Hakam II que resulta ser un extraordinario estratega. Durante su califato se estrechan las distancias entre los contendientes y las posiciones se acercan al máximo. En 963 barre la frontera del Duero y toma las plazas de San Esteban, Osma, Clunia, Simancas y Coca. Poco tiempo después construye la fortaleza de Gormaz que se convertirá en una continua amenaza para los cristianos.

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Las muertes de Fernán González (970) y de Al-Hakam (976) lanzaron al teatro de operaciones a Garci Fernández y a Muhammad ibn Abi-Amir, más conocido como El Victorioso o Almanzor. La suerte de las batallas se decantó ahora del lado musulmán y el conde castellano perdió las plazas que había reconquistado. Las fulgurantes campañas de Almanzor sembraron el pesimismo entre los cristianos que vieron como el amirí asolaba sus ciudades e incendiaba sus cosechas. En 1002 muere el caudillo musulmán cuando regresaba a Medinaceli después de la campaña dirigida contra San Millán de la Cogolla. Al pasar por los campos de Calatañazor cuenta la tradición que fue derrotado y herido, muriendo poco después en Medinaceli, donde fue sepultado. Tras su muerte la intensidad de la guerra decreció y en los años que gobernaron sus hijos las posiciones en la provincia de Soria no cambiaron. San Esteban, Osma y Gormaz permanecían en poder musulmán mientras que las comarcas situadas al norte de esta línea, incluida Calatañazor, eran de dominio castellano. La zona de influencia navarra seguía estando en los territorios del noreste.

Una vez lograda la conquista del territorio situado al norte del Duero los esfuerzos se concentraron en mantener la línea fronteriza que marcaba el propio río. El avance cristiano se consolida por el oeste de la actual provincia, desde tierras burgalesas aguas arriba por la Ribera del Duero hasta el foco de San Esteban de Gormaz. Comenzó así la reconquista de la Extremadura y con ella la aparición de los primeros edificios románicos de la provincia. La repoblación de San Esteban de Gormaz debió realizarse a mediados del siglo XI o poco antes (en 1054 Rodrigo de Vivar toma la fortaleza), y poco después, hacia 1063, tenían lugar las incursiones de Fernando I por Aguilera, Berlanga, Bordecorex y Gormaz, aunque la repoblación definitiva se llevaría a cabo en tiempos de Alfonso VI. En 1080 se convoca el Concilio de Burgos que sustituye el rito hispánico por el romano y favorece la entrada de la orden benedictina en los territorios castellanos, con lo que ello implica para el posterior desarrollo del románico. En 1085 se conquista Toledo (de gran significación política por haber sido la antigua capital del reino visigodo) y tres años después se celebra el concilio de Husillos (1088) donde se debaten los límites que ha de tener la restablecida diócesis de Osma, que entonces era un territorio perteneciente al conde de Lara. El Fuero de Andaluz (1089) y la restauración de la antigua diócesis de Osma (1101) permite hacernos una idea de como avanzaba la reconquista.

Iglesia Parroquial de San Quirico y Santa Julita (Covaleda)

Retablo Mayor

Durante estos momentos, la consolidación de la población bajo dominio cristiano no permitiría una gran actividad constructiva, que muy al contrario sería más bien lenta. Sólo cuando las aldeas de nueva fundación adquieran una sólida estabilidad organizativa y económica se producirá un verdadero impulso renovador que afectará a la fábrica de sus templos. Las nuevas iglesias empezarían a mostrar soluciones románicas o, tal vez, interpretaciones ruralizadas de las obras que se estaban llevando a cabo en el vecino territorio burgalés. Hay que esperar a las primeras décadas del siglo XII para que los cristianos consoliden el dominio de Soria y los principales núcleos islámicos. En 1109 muere Alfonso VI y la desmoralización del bando castellano facilita la aparición en escena del aragonés Alfonso I el Batallador, casado con Urraca de Castilla. Tras apoderarse en 1118 de Zaragoza, emprende la conquista de Borja, Tarazona y las faldas del Moncayo. Al año siguiente repuebla Ólvega, Soria,

Berlanga y Ribarroya. Por entonces tomaría también todo el Campo de Gómara y en 1122 Medinaceli, culminando así la reconquista de la actual provincia de Soria y alejando el peligro musulmán. Alfonso I consideró suyos los territorios recién ocupados, que no serán devueltos a los castellanos hasta su muerte en 1134.

La repoblación

La repoblación de las comarcas sorianas tuvo un marcado carácter concejil y popular. Los propios monarcas incentivaron la ocupación de estos territorios inseguros otorgando a los nuevos pobladores una serie de libertades que facilitasen su asentamiento definitivo, sin temor a las razzias musulmanas. Estas compensaciones y exenciones fiscales quedaron recogidos en los fueros y cartas puebla. De esta manera, en la Extremadura se va a generar un régimen de vida totalmente diferente al que existía en los territorios al norte del Duero en los que la población seguía sometida al régimen feudal. Se restauran las antiguas ciudades y se fundan otras nuevas, construidas como recintos amurallados cuyos habitantes se acogen a un mismo fuero mediante el cual el rey les garantiza la propiedad de la tierra y una serie de derechos y privilegios que no pueden ser enajenados.

Tuvieron fuero propio, entre otras villas, Andaluz, Yanguas y Soria. En este sistema el Concejo es el órgano que gobierna a la población por delegación del rey, pero realmente es la parroquia quien articula estas agrupaciones urbanas. La repoblación se realiza con gentes llegadas desde distintos puntos geográficos y se agrupan en las ciudades formando barrios en torno a las iglesias. De esta manera, el templo se erige en elemento unificador y organizativo.

Para el control de extensas comarcas se impuso un sistema consistente en el predominio de una población llamada “Villa” sobre un entorno de pequeñas aldeas que reciben el nombre de “Tierra”, constituyendo todo ello la “Comunidad de Villa y Tierra”.

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En cuanto a la procedencia de los repobladores que llegan a las tierras sorianas, la toponimia nos desvela la llegada de ultramontanos y extramadanos que duplican el nombre de sus pueblos de origen. Un importante aporte de población camerana se registra en las comarcas del norte. Nombres como Almarza, Gallinero, La Laguna, Lumbrerillas, Matute, Ausejo, Ventosa, Nieva, San Andrés y Santa Cecilia se dan también en localidades ultramontanas. Otro grupo de enclaves se formó con gentes llegadas de las extremaduras segovianas, que dejaron prueba de su procedencia en lugares como Aylloncillo, Arévalo de la Sierra, Buitrago, Cuéllar de la Sierra, Pedraza, Segoviela y Sepúlveda. En otros casos los topónimos simplemente aluden a sus habitantes: navarros (Narros y Valdenarros), castellanos (Castellanos del Campo y Castellanos de la Sierra) y aragoneses (nombre con el que se conocía un antiguo despoblado).

Las collaciones formadas en algunas villas importantes y los nombres de sus parroquias definen también la procedencia de sus repobladores y el estado en que se encontraban las tierras de donde partieron. Así por ejemplo, serranos de Yanguas y Magaña repoblaron Ágreda. De la avanzadilla cristiana de Calatañazor partieron gentes para poblar Almazán, Balluncar y la ciudad de Soria donde fundaron una colación (Santa María de Calatañazor). A esta misma capital concurrieron gentes de otros lugares consolidados de la misma provincia como Cabrejas del Pinar (San Miguel de Cabrejas), los Murieles (San Juan de Muriel) y Covaleda (Ntra. Sra. de Covaleda). También llegaron ultramontanos (San Martín de Canales, Santa María de Cinco Villas, Ntra. Sra. de El Mirón, San Juan de Rabanera y San Miguel de Montenegro) y tal vez pamploneses llegados de las comarcas norteñas que dominaban (San Juan de Naharros y San Martín de la Cuesta).

No hay que olvidar en este análisis el componente muslim que pervivió en estas tierras y que constituye uno de los principales factores a tener en cuenta en el análisis del proceso repoblador. La alta ocupación musulmana que se registró en el territorio soriano a lo largo de la Reconquista ha quedado plasmada en su toponimia actual. Nombres como Almazán, Almarza, Andaluz, Calatañazor, Medinaceli o Mezquetillas son sólo algunos ejemplos que ilustran esta pervivencia. Los enclaves agarenos se concentraban especialmente al este del arco externo del Duero, en el Campo de Gómara, en la cuenca del Bordecorex-Escalote y en el entorno de Medinaceli. Tras la conquista de esas tierras quedaron algunas comunidades de mudéjares conviviendo con los cristianos como ocurrió en la propia Soria, en Medinaceli, en San Esteban de Gormaz, en Deza, en Serón, etc. Hubo lugares en los que incluso predominó la población musulmana sobre la cristiana y otros en los que convivieron pacíficamente las tres religiones como ocurrió en Ágreda donde se establecieron tres barrios diferentes separados entre sí.

Se llegó así a una repoblación muy extensa del territorio soriano con un elevado número de asentamientos en los que se establecieron pequeñas agrupaciones de vecinos que no tardarían mucho en levantar una modesta iglesia románica que con el paso del tiempo irían reformado. Han subsistido algunas de las más antiguas (San Baudelio de Berlanga y San Miguel de San Esteban de Gormaz), de otras sólo quedan vagas noticias o las ruinas invadidas por la vegetación (San Adrián del Madero y San Miguel de Parapescuez). En algunos lugares se habilitaron viejas mezquitas o torres defensivas construidas con el característico aparejo califal (Mezquetillas y Conquezuela).

Las restantes son construcciones más tardías. Gran parte de esos núcleos han llegado hasta nuestros días pero otros muchos desaparecieron perdurando su recuerdo en forma de ermitas, torres, granjas y despoblados.

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Una respuesta a Covaleda en el libro “SORIA ROMÁNICA”

  1. Celia dijo:

    Hay una página web muy interesante con la que se puede hacer un recorrido completo del Románico soriano. Ésta es su dirección: http://www.soriaromanica.es/es/contenido/?idsec=27.
    Un saludo y gracias por esta Historia de Covaleda.

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