ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – XXXII

Panorama de la realidad forestal de la primera mitad del siglo XX
José L. Bengoa Martínez

El problema del pastoreo

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Rebaño de churras que regresa de pastar en la ladera norte de la Sierra de Atapuerca (Burgos). La presión constante de este rebaño sobre el encinar está impidiendo el renuevo mediante semilla, y potencia el recorte de los pies por ramoneo, generando «colchones» defensivos muy densos de encina y la característica silueta de «sombrilla».

Ximenez de Embún y Ceballos, autores del Plan General de Repoblaciones de 1938, entendían que el principal freno a la recuperación natural del bosque y la principal oposición a las repoblaciones vendría de la presión del ganado sobre los montes. En cualquier caso, eran plenamente conscientes de que la realidad social del medio rural constituía un factor de primer orden, sin cuya consideración no podían llegar a resultados viables, y tachaban de ingenuas las propuestas simplistas de repoblaciones masivas sin una valoración del componente social, cuando era manifiesto el fracaso de diversos intentos de regulación del pastoreo en los montes y, de hecho, las repoblaciones realizadas hasta el momento habitualmente no prosperaban por la presión del ganado.

En aquel momento, la cabaña ganadera en España era muy elevada —3,6 millones de vacas, 20 millones de ovejas y 1,7 millones de cabras—, y aprovechaba al máximo los terrenos forestales, tanto desarbolados como arbolados. El principal problema reside en la elevada densidad de ganado lanar, que ascendía a 39 cabezas por km2 —52 en la región castellana— o, si lo referimos a la superficie pastada, cercana a los 23 millones de ha —excluidas rastrojeras y barbechos—, lo que resulta casi una cabeza por hectárea. Esta cifra da por sí sola idea de la presión del ganado sobre los montes.

Conscientes de las dificultades de cualquier cambio en los usos y costumbres agropecuarios, se abogaba por una adecuada regulación del pastoreo no sólo en los montes de UP sino también en los particulares, por una conversión de parte de la cabaña lanar a vacuno, menos dañino para los montes, y por un acotamiento al pastoreo de las zonas repobladas durante 20 años. Las mejoras pascícolas únicamente podrían permitirse en los pastizales más productivos —en los cultivos forrajeros, en las praderas artificiales y en los prados—, pero eran impensables en el resto de pastizales debido a que su baja renta no daba margen para realizar ninguna inversión en su mejora. 

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Agostadero de Oncala (Soria), uno de los puertos trashumantes más famosos de España. El paisaje actual ha sido modelado por la acción combinada del fuego sobre la masa forestal previa y el pastoreo sucesivo de miles de merinas a lo largo de siglos.

El papel de la iniciativa privada

En aquella época existía un interesante debate acerca del papel que debían cumplir los propietarios particulares y los municipios en el cuidado de las masas forestales y en las repoblaciones. Dejando aparte las producciones que se alcanzaban en la costa cantábrica, y que hacían pensar que la actividad forestal podría llegar a ser rentable, era mayoritaria la opinión de que no se podía dejar a la iniciativa privada la restauración del medio, ya que ésta supone un coste importante al propietario mientras que los beneficios que generan afectan al conjunto de la sociedad.

Por estas razones el Plan General de Repoblaciones planteaba subvencionar las repoblaciones en terrenos de gestión privada, y proponían fórmulas para la agrupación de la propiedad y para la constitución de seguros de incendios en forma de mutualidades. Para la financiación se planteaban distintas formas, según se tratara de montes mayoritariamente arbolados —que debían asumir los costes de gestión con cargo a sus aprovechamientos, con ciertos beneficios fiscales o, acaso, subvenciones, dada la conservación obligatoria de estos montes—, y montes que debían ser objeto de repoblación con subvenciones.

Visión de la dinámica de la vegetación

En este Plan se consideraba que buena parte de los pinares naturales, especialmente los mediterráneos, ejercían un papel serial: dejados a su evolución natural, a largo plazo se verían sustituidos por otras especies de frondosas. Esta interpretación recogía las corrientes dominantes en ese momento acerca de la dinámica de la vegetación.

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Bosque de pino pudio (Pinus nigra) rodeando la surgencia de La Fuentona, en Muriel de la Fuente (Soria). Sobre los páramos de roca caliza desnuda, el sabinar.

En concreto, los autores del Plan mantenían sus dudas acerca de si los pinares de piñonero y negral de Tierra de Pinares de Valladolid, Segovia, y Ávila, presentaban su configuración actual antes de la intervención del hombre o si habían sido favorecidos de alguna forma por éste, inclinándose por esta segunda posibilidad, amparados en el deficiente estado de conservación que presentaban esos pinares a principios del siglo XX y en la existencia de cierta proporción de Quercus acompañando a los pinares, que a largo plazo podrían acabar desplazando a los pinos. A los sabinares que caracterizan amplias zonas de la meseta castellana y el Sistema Ibérico se les atribuía el mismo papel que a los pinos mediterráneos dentro de la dinámica de la vegetación —etapas seriales—. Este mismo origen también se lo atribuían a la mayor parte de los pinares de Pinus pinaster y P. pinea de diversas localidades del sur de la provincia de Ávila.

En la actualidad contamos con más información acerca del pasado de la cubierta vegetal de España gracias a ciencias como la arqueología, la palinología, la dendroecología, la paleoclimatología, o la paleobotánica en general; así, se sabe que los pinares naturales de la región jugaron en el pasado un papel más importante en el paisaje vegetal que el que se les atribuía hace 60 años. Sin duda el sustrato arenoso de amplias zonas de Valladolid y Segovia ha sido determinante para que los pinares de piñonero y negral sean comunidades estables en la cuenca del Duero, compitiendo con ventaja frente a la encina. Esta dualidad frondosa-conífera se presenta en toda nuestra región, inclinándose a favor de la frondosa cuando el suelo y el clima lo permiten, o dando cabida a la conífera como comunidad permanente en los demás casos.

Respecto a otros pinares como los de Pinus sylvestris y P. nigra del Sistema Central o del Sistema Ibérico, no se planteaban estas mismas dudas, admitiendo su papel climácico dentro de la dinámica natural de la vegetación.

En su descripción de las masas forestales del Sistema Central, los autores del Plan destacaban el deficiente estado que presentaban algunas especies, que únicamente se encontraban en forma de pequeñas masas o incluso pies aislados dispersos por la sierra, lo que inducía a pensar que se trataba de restos de una vegetación anterior en la que estas especies habrían cubierto mayores superficies. Es el caso del haya, el roble albar —Quercus petraea—, el alcornoque —Quercus suber— y el pino pudio o cascalbo —Pinus nigra— respecto al cual lamentaban su envejecimiento y su escasa regeneración.

Las condiciones naturales de los rodales de haya existentes en el Sistema Central —Riofrío de Riaza, Montejo de la Sierra, y Cantalojas—, y las citas históricas de esta especie —altos valles del Tormes y Alberche y Sierra de Gata—, hicieron pensar a los autores del Plan que diversas zonas del Sistema Central mantuvieron rodales de haya más o menos importantes y eran dominio potencial del haya: Umbrías de Navafría y Peñalara, Valle del Paular, garganta del río Moros, cabeceras del Tormes y del Alberche, Sierra de Béjar, Valle de Batuecas, etc.

Respecto a Pinus nigra, los autores no contaban en aquel momento con información tan interesante sobre los pinares espontáneos como la que han revelado recientemente los restos arqueológicos de asentamientos humanos y las turberas del centro de la cuenca del Duero que muestran su amplia dispersión en la meseta hace pocos miles de años.

La producción de madera

El Plan de Repoblaciones presentaba una estimación de la producción y consumo de madera en España que, a la vista de los datos actuales, parece que infravaloraba la realidad, tanto en las producciones medias por hectárea como, probablemente, las producciones totales:

  • En el Plan de Repoblaciones de 1938 se estimaba que el consumo total en España de madera en rollo con corteza era cercano a los cuatro millones de metros cúbicos, de los cuales 1,5 eran de producción nacional y 2,4 de importación. Así mismo, las estimaciones del crecimiento medio de los montes altos era de tan sólo 0,25 m3/ha por año.
  • En la actualidad la producción anual de madera se acerca en España a los 15 millones de metros cúbicos con corteza (cortas de madera), lo que dividido por una superficie arbolada cercana a 14 millones de hectáreas (2º IFN) resulta 1,0 m3/ha.año. Dichas cortas, en cualquier caso, apenas alcanzan el 50 % del crecimiento de los montes, estimado por el 2º IFN en 30,1 millones de m3/año. Para Castilla y León, las cortas se aproximan a 1,8 millones de m3/año, lo que supone cerca del 25 % del crecimiento estimado en 7,2 millones de m3/año.

El objetivo de las repoblaciones

La mayor parte de las repoblaciones del Plan estaban destinadas a la protección hidrológica-forestal. No obstante, una parte de las mismas se consideraba necesaria para incrementar la producción de madera con objeto de reducir las importaciones, que superaban en aquellos momentos a la producción nacional.

Tomo+II.+Futuro+de+los+bosques+y+Mapa+Forestal+_Página_055_Imagen_0001Este Plan concedía una importancia secundaria a la producción de madera, ya que justificaba la necesidad de las repoblaciones fundamentalmente en la protección de los suelos y en la reconstrucción de la cubierta vegetal, así como en el conjunto de bienes y servicios que proporcionaban los bosques, que no sólo debían apoyarse en la madera, sino también en otros productos del bosque mediterráneo que en aquel momento tenían importancia, como la resina, el piñón, y el corcho. Hoy en día, la importancia del aprovechamiento de la resina se ha reducido a la mínima expresión, mientras que la del piñón y el corcho sigue plenamente vigente y han aparecido nuevas demandas como las relacionadas con el uso social del monte: turismo rural y deportes de montaña. Asimismo, la conservación de los espacios y las especies naturales ha cobrado un gran protagonismo en la gestión del medio natural, no sólo en Espacios Protegidos, lo que ha reforzado el carácter multifuncional de nuestros montes.

Los autores del Plan no se sentían cómodos con la división maniquea de repoblaciones protectoras y productoras, dado el carácter multifuncional de todas ellas, máxime cuando no quisieron apoyar sus propuestas en las especies de crecimiento rápido que se empezaban a poner de moda en las plantaciones realizadas por propietarios particulares de la zona cantábrica —eucalipto, pino radiata y chopo—, sino en las especies autóctonas de crecimiento más lento y turnos más largos.

El mapa forestal
José Bengoa Martínez de Mandojana

Antecedentes y perspectivas
Introducción

Tomo+II.+Futuro+de+los+bosques+y+Mapa+Forestal+_Página_081_Imagen_0001Desde los primeros momentos de la creación de la administración forestal española en la segunda mitad del siglo XIX, se manifestó la necesidad de disponer de una cartografía forestal que diera una visión global de su situación y estado de conservación. Esta demanda cartográfica ha dado lugar, a lo largo de la historia, a diversos proyectos de realización de un mapa forestal de España.

El primero de ellos, puesto en marcha hace más de cien años, quedó lamentablemente inconcluso. En cambio, proyectos posteriores llevados a cabo en la década de los sesenta y en la de los noventa del siglo XX consiguieron llegar a buen fin, dando lugar a sendos mapas forestales de España. Esta labor cartográfica tiene su continuidad en la última edición del Mapa Forestal 1997-2006 (MFE50), que ha servido como base para el tercer Inventario Forestal Nacional (IFN3), conectando de esta forma dos instrumentos básicos para la planificación forestal. A lo largo de este año 2007, se iniciará el cuarto ciclo del Inventario Forestal Nacional y el correspondiente Mapa Forestal de España (MFE25).

A pesar de la larga trayectoria con que cuenta esta labor de cartografía e inventario de los recursos forestales, todavía queda mucho por hacer para que sus resultados respondan de forma satisfactoria a las necesidades de la gestión forestal: el nuevo mapa forestal (MFE25) no deberá desatender los terrenos desarbolados, como ocurrió con el MFE50 y para ello deberá contar con una adecuada sistematización en la clasificación de la vegetación. Además, esta cartografía deberá ser coherente con el Sistema de Ocupación de Usos del Suelo de España (SIOSE) que tiene como objetivo la coordinación entre las distintas administraciones y departamentos (ministerios o consejerías) en la información sobre los usos del suelo.

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Composición de imágenes NOAA-AVHRR (Advanced Very High Resolution Radiometer) extraída de la publicación «El paisatge ambiental mediterrani» del Institut Cartogràfic de Catalunya (1997). Se trata de una imagen de pequeña escala, acorde con el tamaño del pixel de este sensor, que es de 1 km de lado. Este sensor tiene dos canales dentro del espectro visible (Ch1: 0,58 a 0,68 micrómetros) y del infrarrojo cercano (Ch2: 0,725 a 1,00 micrómetros). La imagen representa el índice NDVI (Normalised Difference Vegetation Index) que se obtiene a partir de la respuesta en los citados canales: NDVI = (Ch2-Ch1)/(Ch2+Ch1). Este índice muestra la actividad y vigor de la vegetación.

En el futuro, estos instrumentos de planificación podrán conectar con herramientas de gestión del territorio. Ello supone un cambio de planteamiento: el carácter cíclico de estos instrumentos —con un barrido completo del territorio cada 5 o 10 años— será sustituido por la incorporación de los cambios que se vayan produciendo en el territorio y que tengan consecuencia normativas o de gestión (cambio de uso por reforestación, incendio, infraestructuras, roturación, abandono de cultivo, urbanización, etc.).

En los siguientes apartados se presenta un recorrido por los principales trabajos de cartografía forestal de España, desde mediados del siglo XIX hasta la actualidad y se plantean las claves de su previsible evolución en el futuro. Así mismo se incluye una adaptación a escala 1:400.000 del Mapa Forestal de España (MFE200) realizado entre 1986 y 1997.

La cartografía forestal en nuestra región: una historia reciente
Los primeros trabajos de cartografía forestal en el siglo XIX

A lo largo del siglo XIX, y especialmente a partir de 1852, se realizaron diferentes trabajos cartográficos destinados a representar las masas forestales de España. Los primeros que se hicieron eran croquis o planos dasográficos en los que se indicaban las especies arbóreas principales que poblaban los montes. Algunos de ellos tienen su origen en las comisiones de ingenieros creadas en 1852 y años posteriores para el reconocimiento de los montes, cuyo objetivo era el estudio de su situación y límites, la descripción de sus especies, su valor y tipo de aprovechamiento. Estos trabajos solían incorporar mapas realizados con distintas técnicas, y contribuyeron a la modernización de la cartografía temática. Dentro de ésta y otras iniciativas similares se llevaron a cabo, dentro de Castilla y León, trabajos de reconocimiento en casi todas las provincias.

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La cartografía de la vegetación y de los usos del suelo en general se apoya actualmente en fotografías aéreas o en imágenes de satélite. La figura muestra una imagen tomada desde el satélite Landsat 7, con el sensor Enhanced Tematic Mapper Plus (ETM+). Este sensor dispone de siete bandas de lectura del espectro electromagnético correspondientes a distinas longitudes de onda que van desde el visible hasta el infrarrojo y el térmico (0,45 a 12,5 micrómetros). Imagen en falso color obtenida con una combinación de bandas que destaca de color rojo las cubiertas con vegetación más activa, como los regadíos (rojo vivo) y los bosques (rojo-granate oscuro) (RGB=453). Imágenes de julio a septiembre de 2000.

Fue en 1860 cuando la cartografía forestal recibió un importante impulso de manos de la Junta General de Estadística recién creada —reorganizada a partir de la Comisión de Estadística, con la promulgación de la Ley de Medición del Territorio en 1859—, con el objetivo de aprovechar los trabajos realizados durante la elaboración de la Clasificación general de los montes públicos de 1859. En 1865, momento en que se suspende la actividad de la Junta General de Estadística, ya estaban elaborados los bosquejos dasográficos de numerosas provincias, entre las que se encontraban Ávila, Burgos, León, Palencia, Soria y Valladolid (Casals, 1997).

La fotografía aérea constituye la principal fuente de información para la cartografía forestal. En la imagen de la izquierda fotografía aérea del vuelo «americano» (1956); a su derecha ortofotografía reciente (2002). En los últimos años ha mejorado notablemente la calidad y resolución de las fotografías aéreas, permitiendo delimitar con precisión los principales elementos del paisaje. Cepeda la Mora (Avila).

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Real Orden por la que se encarga la elaboración de un Avance del mapa forestal de la Península e Islas adyacentes publicada en la Gaceta de Madrid de 30 de mayo de 1860.

Al parecer no se conserva ningún ejemplar de estos mapas, aunque sí los hay de Asturias y Cantabria, que son una muestra del avance de las técnicas cartográficas del momento. Estos bosquejos presentaban una zonificación del territorio sobre la base de las comunidades de la vegetación natural, pudiendo considerarse como antecesores de los primeros mapas de «asociaciones vegetales primitivas » —algo parecido a la vegetación potencial— que elaboraría Flahault a finales del siglo XIX.

La Junta General de Estadística también publicó en 1863 el «Plano de rodales del monte la Garganta de los propios del Espinar» realizado por Villacampa y Romero.

Este trabajo ha sido editado junto a la Memoria de Reconocimiento realizada por José Jordana en 1862 (García y Sáiz, 1997). En el capítulo «2.5. La ordenación de los recursos forestales» se muestra este histórico plano.

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La Comisión del Mapa Forestal (1868-1887)

El 10 de junio de 1868, con la creación de la Comisión del Mapa Forestal de España, se puso en marcha la primera gran empresa de cartografía de las masas forestales de España. Su director, Francisco García Martino, contaba ya con una amplia experiencia en este campo, ya que había participado en los trabajos de Avance del Mapa Forestal dentro de los proyectos cartográficos de la Junta General de Estadística. Su participación en la Comisión del Mapa Forestal se convertiría en un proyecto vital, alimentado por su implicación personal en defensa de los montes frente a la desamortización. El hecho es que tras 19 años de trabajo de la Comisión, cuando la mayor parte del trabajo estaba terminada y quedaba poco para su publicación, su director fue destituido fulminantemente. La Comisión del Mapa Forestal fue disuelta poco después por el gobierno liberal de turno quedando este proyecto cartográfico inconcluso.

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García Martino murió en enero de 1890 sin ver publicado un solo mapa. Cabe pensar que el fracaso de ver interrumpido semejante proyecto cartográfico debió resultar demoledor, máxime cuando fracasaba algo que tradicionalmente le había enfrentado con algunos forestales también de prestigio, con ideas diferentes acerca de la gestión de los montes y entre los que se encontraba Lucas de Olazábal, ingeniero de notable influencia en su época, promotor de la ordenación de montes como instrumento básico para la gestión forestal.

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Perfiles realizados a partir de datos obtenidos con tecnología LIDAR (Light Detection And Ranging) en la ermita de Revenga (Quintanar de la Sierra, Burgos). Para capturar estos datos se realiza un vuelo para el cual se dota a un avión de un sensor láser que escanea el terreno detectando la altura de la vegetación (precisión de 15 cm) y su densidad (cobertura). La combinación de parcelas de campo con los datos LIDAR del dosel arbóreo permite estimar con gran precisión los recursos forestales a nivel comarcal, municipal, monte e incluso rodal o subrodal.

Los objetivos de la Comisión del Mapa Forestal iban más allá de la realización de un mapa de los bosques de España, ya que contemplaba la descripción del estado y calidad del arbolado, una descripción de los pastizales, el estudio de diferentes aspectos meteorológicos y orográficos, así como el estudio de la distribución de la propiedad, cuestión particularmente delicada por su relación con el proceso desamortizador.

La Comisión del Mapa Forestal, nació cuando la Administración Forestal estaba implantándose —los Distritos Forestales se crearon en 1856 y la Ley de Montes se promulgaba en 1863— y necesitaba un mejor conocimiento técnico y cartográfico de los montes. Era una época de pronunciada vocación naturalística por parte de los forestales, impregnada de un cierto romanticismo decimonónico que buscaba en los supuestos equilibrios y armonías de la naturaleza, las leyes para su gestión. Bajo un prisma ciertamente ecológico o cosmológico se entendía la naturaleza como un complejo sistema, de forma que la alteración de una de sus partes, especialmente el arbolado, repercutía en los demás elementos: aguas, clima, y suelo.

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Ya en 1852, el alemán Moritz Willkomm, buen conocedor de la vegetación de España y autor junto con Lange de la obra Prodomus florae hispanicae (1861- 1893), publicó un mapa de España con delimitación de diferentes zonas de vegetación sobre una base geológica y orográfica —grandes cadenas montañosas— con indicación de las principales especies presentes en ellas. Esta cartografía serviría, con toda probabilidad, como referencia para la que realizaron posteriormente los forestales españoles. De Alemania no sólo vinieron los avances en las técnicas cartográficas, sino en casi todos los ámbitos de las ciencias y técnicas forestales. Esto se debió a que un número importante de ingenieros de montes iban a ampliar sus estudios a Alemania, de donde traían las técnicas más avanzadas de la ciencia forestal de la época.

En esta época se mezclaban con frecuencia los enfoques científico y estético en el estudio y la descripción de los montes, entre otras razones porque sentían los ilustrados forestales de la segunda mitad del siglo XIX un cierto orgullo de exploradores, no tanto de unos territorios ya tremendamente humanizados, como de una nueva forma de ver y entender los paisajes forestales y geológicos.

Como se ha indicado, también era época de intensa preocupación por la amenaza que suponía la legislación desamortizadora sobre el futuro de las masas arboladas, para lo cual se elaboró la Clasificación general de los montes públicos de 1859. Ésta contenía la selección de los montes exceptuados de la desamortización, realizada en función de las especies principales que poblaban los montes, y constituye el antecedente del actual Catálogo de Montes de Utilidad Pública, que ha contribuido de forma determinante a la conservación de los bosques de España durante los últimos 150 años.

El objetivo de la Comisión era elaborar mapas forestales provinciales a escala 1:200.000 con sus correspondientes memorias, y uno peninsular a 1:500.000, síntesis de los anteriores. Diversos informes indican que en 1876 ya estaban realizados los trabajos de todas las provincias peninsulares, menos Valencia, además de diversos estudios climáticos y orográficos, que incluían la realización de un mapa de relieve de España (1:500.000) con curvas de nivel cada 100 m, así como mapas de diversas isotermas —media anual y medias estacionales—. En 1882 ya estaban elaborados todos los mapas provinciales y algunos de ellos preparados para su grabación, quedando pendiente de elaborar algunas memorias y cálculos de superficies. Casals (1997) recoge con detalle los trabajos realizados por la Comisión, así como los confeccionados anteriormente por la Junta General de Estadística y por las comisiones de reconocimiento forestal del territorio.

Posiblemente a partir de 1884, año en que muere Agustín Pascual, partidario de los trabajos de la Comisión del Mapa Forestal, empieza a gestarse el fin de la Comisión, hecho que se acentúa con el nombramiento de Lucas de Olazábal como presidente de la misma.

Lamentablemente, la disolución de la Comisión en 1887 impidió que se publicaran estos trabajos y, más lamentable aún, hoy en día se desconoce el paradero de los mismos; se cree que pudieron ser destruidos durante el incendio provocado por un bombardeo que afectó a la Escuela de Ingenieros de Montes en 1936, durante la guerra civil. Buena parte de los trabajos realizados por la Comisión fueron exhibidos en la Exposición Universal de Barcelona de 1888, quedando como única constancia de ello el Catálogo de los objetos expuestos por el cuerpo de Ingenieros de Montes, publicado con motivo de la citada Exposición Universal.

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En la Exposición Universal de Barcelona de 1888 se expusieron algunos de los trabajos realizados por la Comisión del Mapa Forestal, como este bosquejo dasográfico relativo a la provincia de Burgos. En el mapa se observa una asignación errónea de masas que son de Pinus pinaster a Pinus halepensis, especie que no es espontánea en la zona. Este error se relaciona con los problemas internos que había en el colectivo, que impedían que los trabajos de la Comisión del Mapa Forestal llegaran a buen fin. Este mapa fue uno de los pocos publicados de lo que debió ser un rico archivo. Fuente: «Catálogo razonado de los objetos expuestos por el Cuerpo de Ingenieros de Montes». Exposición Universal de Barcelona, 1888. Imprenta de Moreno y Rojas. Madrid.

A pesar de quedar inéditos, estos trabajos cartográficos fueron una referencia para distintas iniciativas posteriores de cartografía forestal. De hecho, al igual que se hizo para la Exposición Universal de Barcelona, y basándose en el bosquejo dasográfico de Valladolid exhibido en ella, se elaboró un plano-bosquejo dasográfico de esta provincia para mostrarlo en la Exposición Agrícola Castellana de 1898. Para ello se realizó primero un mapa que incluía los planos de rectificación o deslinde de 97 montes públicos de la provincia, y el bosquejo de otros 55 a escala 1:50.000. A partir de éste se elaboró uno a escala 1:200.000 reflejando en él las distintas actuaciones del Distrito Forestal de Valladolid: siembras realizadas desde 1864 hasta 1895, que sumaban 6.769 ha; tratamientos de plagas; casas forestales; deslindes; rectificaciones y amojonamientos de montes; y clasificación de montes públicos.

Este plano-bosquejo recibió el elogio de la organización del certamen —diploma de honor de la exposición— por la calidad de sus trabajos (Romero y Gilsanz, 1898).

Las primeras décadas del siglo XX

Tras el notable desarrollo de las ciencias forestales que caracterizó a la segunda mitad del siglo XIX, llegó una fase menos productiva desde el punto de vista de los avances científicos, pero en la que se consolidaron las técnicas forestales y tuvo lugar la transición hacia nuevos enfoques e inquietudes en el seno de los forestales.

A la necesidad de conocer la naturaleza, entender los procesos biológicos y proteger los bosques de las posibles amenazas, se fue sumando una preocupación más pragmática por aprovechar la riqueza que encierran los montes de forma económica y sostenible y por restaurar los yermos más pobres y degradados.

Este cambio en las preocupaciones de los forestales vino de la mano de la realidad de la gestión de los montes desde la administración, así como la necesidad de compatibilizar la selvicultura con el aprovechamiento ganadero de los pastos. Por su parte, la situación de la propiedad privada y la conveniencia de que los montes particulares fueran rentables a sus propietarios, para que éstos no se inclinaran por su roturación y venta, también fue una de la preocupaciones de los forestales de la época. Esto hizo que a principios del siglo XX se planteara la conveniencia de hacer plantaciones con especies exóticas de crecimiento rápido —eucaliptos, pino radiata y chopos de producción—, propuesta que chocó con una administración forestal bastante conservadora y conservacionista, quedando inicialmente relegada a los montes privados.

El título de esta revista de corta vida —1930 a 1934—, dirigida por Octavio Elorritea, es un buen reflejo de la evolución de las preocupaciones de los forestales del primer tercio del siglo XX.

Durante la segunda república, desde los sectores más progresistas se dio un nuevo impulso de la visión más productivista de los montes y su compenetración con la industria. Esto generó intensos debates entre los forestales que inicialmente rechazaron la idea de supeditar la selvicultura y la repoblación a las demandas de la industria, pero que progresivamente fueron asumiendo la necesidad de hacer que los montes sirvieran para crear empleo y riqueza, entre otras cuestiones para conseguir que los políticos les dedicaran el necesario presupuesto para su gestión.

Tanto la aplicación de las leyes de la economía a la explotación de los bosques como la necesidad de repoblar los terrenos desarbolados tienen sus antecedentes en décadas anteriores, pero no con el protagonismo que cobrarían en la primera mitad del siglo XX.

Durante estas primeras décadas del siglo XX hubo varios intentos de realización de un Mapa Forestal de España. Ceballos (1966), destaca el realizado por S. Olazábal, destruido antes de estar finalizado, en el mencionado incendio de la Escuela de Ingenieros de Montes (1936), así como los de F. Baró y de Ezequiel González Vázquez, aunque estos últimos eran en realidad mapas de regiones ecológicas y no representaban la distribución real de las masas forestales.

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Mapa de distribución del quejigo (Quercus faginea) publicado por Ezequiel González Vázquez (1926) en el libro «Regeneración de los montes de especies de luz». Congreso Internacional de selvicultura en Roma.

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En los mapas y perfiles de vegetación se ha acudido con frecuencia a signos que identifican a las distintas especies.A pesar de los intentos realizados por distintos autores para unificar la simbología en la representación de la vegetación, el elevado número de especies impide llegar a una propuesta de signos válidos de forma universal. En la figura se muestra una propuesta de H. Gaussen (1928) para especies de Europa, recogida por Font Quer en su Diccionario de Botánica (1989). En los mapas actuales, las especies principales suelen representarse bien mediante colores, o bien medianto números o letras, siendo éstas últimas más nemoténicas. Los signos ideográficos, como los de la figura, suelen emplearse para situar ejemplares o rodales aislados de especial significación.

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En 1940 se inició la elaboración de un «Mapa Agronómico Nacional» para su publicación por hojas 1:50.000, integrando para su elaboración la aportación de las ramas de agrónomos, montes y veterinarios. Este mapa quedó inconcluso, aunque algunas hojas publicadas son una buena referencia de la situación de las masas forestales en un época en la que todavía no estaba elaborado el «Mapa Forestal de Ceballos». En esta hoja también se delimitan los montes públicos. Hoja Nº 429, Navas de Oro (Segovia) extraída de Baró, 1951.

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Mapa forestal de la Península Ibérica fechado en 1919 con indicación, en su leyenda, de las especies forestales dominantes en las distintas regiones (Pirenaica, Cantábrica, Central N.O., Central N.E., Central S., Oriental, Sud Oriental, Occidental N., Occidental S., Bética y Granadina) y las diferentes zonas forestales (Lauretum bajo, Lauretum alto, Castanetum, Fagetum, Picetum y Alpinetum). En este mapa se indican, para cada región, las especies forestales propias de cada zona. Extraído de González Vázquez, E. (1926). Regeneración de los montes de especies de luz. Congreso Internacional de selvicultura en Roma. 1926.

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Reconstrucción de las asociaciones vegetales espontáneas elaborada por Lautensach (1964) a partir de información de Font Quer,Amo rim Girão, Braum-Blanquet, Casas Torres, Rivas Goday, Ceballos y otros. Este mapa considera pisos de vegetación para las cadenas montañosas y asociaciones vegetales para el resto del territorio, donde la gradación altitudinal no es tan evidente. Para la zona húmeda de Castilla y León delimita dos pisos (haya y alpino), y para el resto de la Comunidad, tres (haya, silvestre y alpino). El piso del pino silvestre tiene buena representación en el Teleno y la Cabrera (León- Zamora). En lo que se refiere a las asociaciones vegetales el mapa asigna una importante superficie a la asociación del pino negral y el quejigo en Soria, mientras que los pinos piñonero y negral de Valladolid-Segovia no quedan representados en el mapa.

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Emilio Huguet i Serratacó, que firmaba sus trabajos como Emilio H. del Villar (Granollers, 1871 – Rabat, 1951) ha sido el más ilustre e internacional de nuestros edafólogos. Este autor inclasificable e investigador heterodoxo, es responsable de la introducción del término «edafología» al español y podemos decir que con él nace esta ciencia en nuestro país en el primer tercio del siglo XX. Entre sus obras podemos destacar su «Geobotánica» (1929), «Los suelos» (1931), «Los suelos de la Península Luso-Ibérica» (1937), y «Geo-edafología», publicado por la Universidad de Barcelona en 1984, treinta y tres años después de su muerte, tras rescatar el manuscrito original escrito en 1950. El Mapa de Suelos de España, publicado durante su estancia en el Instituto Forestal de Investigaciones y Experiencias (IFIE) fue durante muchos años el referente fundamental de la edafología en España. Entre los forestales debemos destacar a Antonio Nicolás Isasa, que cogió el testigo de sus antecesores dando a luz obras, como «Formación y destrucción del suelo» (1949), de gran interés por su enfoque plenamente forestal. Lamentablemente, la edafología no encontró el desarrollo que debiera entre los forestales y, aún hoy en día, esta disciplina y su necesaria base geológica siguen siendo asignaturas pendientes para el desarrollo de las ciencias forestales. Los tonos rojos de este mapa contrastan con los amarillos, reflejando la clasica división de las dos Españas: caliza y silícea o, en términos de Huguet del Villar, la de los suelos de la serie caliza y de la serie siálica.

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