ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – XXX

La selvicultura: una novedad en términos históricos

Tomo+II.+Futuro+de+los+bosques+y+Mapa+Forestal+_Página_049_Imagen_0002Los bosques pueden proporcionar empleo a partir de tres fuentes: la inversión de la administración, sobre cuya necesidad mínima ya se ha argumentado; la puesta en valor de los espacios forestales, que en estos momentos empieza a ser posible en muchos de ellos en los que nunca lo fue; y la industria que transforme los productos que se obtengan.

Sin embargo, conseguir esto no es fácil. El hecho de que se pueda vivir de las actividades forestales supone una novedad histórica en términos temporales en la mayoría de las comarcas de nuestro país. En muchas de nuestras áreas de montaña, el uso casi exclusivo del territorio ha sido la ganadería, complementada por una agricultura de subsistencia, por lo que el árbol no ha tenido significación económica.

Se ignora la posibilidad de que se pueda vivir del bosque. Sin embargo, en la mitad este de Castilla y León tenemos ejemplos notables de evolución forestal en el último medio siglo ligadas a la ordenación de pinares, tanto de montaña —Urbión—, como de llanura —Coca—; estos ejemplos, y el análisis de las circunstancias que los han hecho posible, sirven de fuente de información aplicable a la transformación forestal de otras comarcas.

Incluso en las comarcas de mayor cultura forestal, una parte notable de la población sigue considerando el aprovechamiento del bosque desde una perspectiva pre-selvícola. El huroneo sigue siendo la manera natural de entender las cortas.

De forma general, seguimos siendo agricultores y ganaderos desde el Neolítico; no hemos llegado a ser selvicultores salvo en algunos pocos lugares, y en éstos, de una forma primaria.

Esto constituye un serio inconveniente, pues la cultura agroganadera, especialmente en zonas con veranos secos, lleva implícita la utilización con alta frecuencia del fuego para manejar el territorio; estas frecuencias son el gran enemigo del bosque. Los incendios forestales se llaman así porque afectan a territorios forestales, pero la mayoría se deberían llamar agroganaderos por su causa.

Por otro lado, si la sociedad urbana presta poca atención a lo rural, apenas lo presta a lo forestal. La sociedad urbana sólo está preocupada por lo rural desde el punto de vista de su utilidad para proporcionarle recursos que considera cada vez más importantes —ocio, agua, sumidero de carbono, etc.—, o como reserva de unos valores abandonados en el proceso de urbanización y que son recordados con la nostalgia de lo perdido —aspecto «emotivo-folclórico»—. Así, se han sacralizado los «usos tradicionales», asignándoles un componente automático de sabiduría. Todo lo que chocara contra la imagen bucólica, simplemente era descartado como falso. Sólo así se puede entender que, durante más de un cuarto de siglo, se haya ocultado la base del problema de los incendios en España, a pesar de las evidencias estadísticas de su base agroganadera.

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La matanza del cerdo, lejos de ser base de una economía de subsistencia, hoy es una fiesta popular que reivindica «lo tradicional», un icono del mundo rural.

El futuro de la mitad de nuestro territorio depende de un uso que no está en la cultura rural de nuestro país, salvo excepciones esporádicas. Este territorio, sobre el que la población urbana mantiene una mezcla de desinterés y de prevención, va a sufrir durante muchos años la amenaza de los incendios, aunque paradójicamente su establecimiento efectivo sea la solución a los mismos.

El futuro cercano nos enfrenta a un enorme reto cultural, en consonancia con la magnitud del cambio de utilización del territorio que supone conseguir una cultura forestal de integración de las actividades forestales con las agroganaderas, históricamente implantadas, en el marco de la filosofía del desarrollo sostenible, con la perspectiva de que ningún sector económico lo es de forma tan clara como el derivado de las actividades forestales.

Condicionantes

Tomo+II.+Futuro+de+los+bosques+y+Mapa+Forestal+_Página_050_Imagen_0002Que nuestros bosques ocupen un lugar destacado en la sociedad depende de que superemos un gran número de circunstancias, por no llamarlas obstáculos, que van a condicionar su desarrollo.

Al tiempo que tenemos dificultades de orden físico, como la actual situación de nuestro territorio forestal, existen otras de orden estructural como la distribución y el estado de nuestros pueblos —ínfimos, abandonados por inviables—, el caos en la estructura de la propiedad, la desfavorable situación demográfica, o las difíciles condiciones sociales de los territorios rurales de montaña. Sin embargo, son las dificultades de comprensión de lo que nos propone el futuro —y de lo que deberíamos hacer para que no se quede en los jirones de un sueño—, las más complejas por menos evidentes, y no sólo las que se refieren a una interpretación irracional de la conservación, sino también las que derivan del desconocimiento ante la falta de un análisis reflexivo, amplio e integrado, de los múltiples factores que ejercen su influencia en las actividades forestales y condicionan la concreción de su potencialidad.

En demasiadas ocasiones las decisiones sobre política forestal han derivado tanto de la aplicación frívola de principios a la moda, como de intentos bienintencionados pero irreflexivos de solucionar problemas urgentes o a veces coyunturales.Tomo+II.+Futuro+de+los+bosques+y+Mapa+Forestal+_Página_051_Imagen_0002

Durante varias décadas las actividades forestales han sido estigmatizadas, siempre sospechosas. De aquí nace el poco músculo de las administraciones forestales, su importancia marginal. Realmente no han participado en el debate de la conservación o en el del mundo rural.

Cualquier institución necesita un mínimo tamaño crítico para que en su interior surja una posibilidad de reflexión, y lo forestal apenas sí ha existido hasta ahora fuera de la administración. En el entorno español, tal vez sea la Comunidad de Castilla y León donde, al mantenerse íntegra la estructura administrativa heredada de las transferencias, la situación sea mejor; en otras comunidades la administración forestal no existe de facto.

Los lugares comunes, el desinterés, el desconocimiento, o la falta de reflexión, constituyen posiblemente las dificultades más importantes. Puede que esto surja de la novedad cultural de la selvicultura. Condicionantes culturales, condicionantes mentales.

Los condicionantes estructurales merecen una pequeña aproximación como punto de partida, aunque los culturales o mentales requieren un análisis más detallado.

Los condicionantes estructurales

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Vinuesa (Soria), un próspero pueblo dedicado al sector forestal.

La actual estructura de nuestro territorio forestal constituye en sí una dificultad, debido a la elevada superficie sin posibilidad de aprovechamiento directo a corto y medio plazo y, por lo tanto, con notables dificultades para poner en valor. Tal es el caso de buena parte de la superficie desarbolada, 2 millones de hectáreas, de las que 1 millón no tienen ningún uso. Además hay numerosos montes arbolados poco densos (1,3 millones de hectáreas) y montes jóvenes que todavía están en proceso de capitalización, tanto en términos ecológicos como económicos.

La situación demográfica y las difíciles condiciones sociales de las zonas de montaña son otro condicionante. El último cuarto de siglo ha cambiado por completo la estructura poblacional, de la misma forma que en el resto de la España interior. La población se concentra en las ciudades y zonas agrícolas intensivas. El 59 % de los pueblos de nuestra comunidad tiene menos de 100 habitantes que en su mayoría son jubilados. El 98 % de los pueblos tiene menos de 10.000 habitantes.

La poca población joven que queda en los pueblos de montaña es, además, difícil de motivar tras años de una política de subvenciones agrarias que no ha favorecido la aparición de emprendedores.

Esta situación demográfica se mitiga en parte en función del nivel de actividad forestal alcanzado en algunas comarcas. En aquellas en las que la actividad forestal es una parte importante de la actividad económica, la situación demográfica es mejor, como en la comarca de pinares de Soria-Burgos.Tomo+II.+Futuro+de+los+bosques+y+Mapa+Forestal+_Página_051_Imagen_0005

La estructura de la propiedad derivada del sistema agrario tradicional de las zonas de montaña es inadecuada para la utilización forestal racional o para cualquier otro uso.

En muchos territorios, en especial los del noroeste, el extremo minifundismo se ve agravado por la falta de acreditación de la propiedad sobre unos terrenos que en su mayor parte se han visto invadidos por el matorral, que hace irreconocibles los linderos incluso para los propietarios que en su día los labraron. Esto provoca que las transmisiones de propiedad no tengan eficacia. Además, el límite entre los terrenos privados y el monte, en general público, que siempre fue difuso, hoy lo es más, salvo en los pocos con deslinde administrativo. En muchos pueblos de montaña existe una gran superficie inapropiada actualmente para cultivar el centeno tradicional, cuyos dueños son desconocidos, que está cubierta de matorral, y cuyo único uso es ser recorrida de forma errática por una pequeña cantidad de ganado que no controla el rebrote del matorral, utilizándose el fuego de forma recurrente.

No obstante, son terrenos que tienen suelos de calidad y que podrían ser aprovechados para plantar especies muy diversas o ser la base de un nuevo modelo de ganadería extensiva, si se saneara su propiedad y se dotara a las fincas de las dimensiones que los hicieran útiles en el futuro.

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Gran parte de la Sierra de Francia (Salamanca) ofrece un paisaje cerrado, con pequeñas parcelas a media ladera y en los fondos de valle, así como terrazas de cultivos, muchas de ellas abandonadas.

Es necesaria una reordenación integral de muchas entidades locales que supere la situación de indefinición legal de la propiedad y dote a estos territorios de parcelas suficientemente grandes, lo cual supone fórmulas de propiedad compartida, para que puedan ser gestionadas. La concentración agrario-forestal como herramienta de ordenación del territorio es una necesidad perentoria en cientos de miles de hectáreas, cuyos primeros pasos ya se están dando en colaboración con la Consejería de Agricultura y Ganadería. Una vez que los proyectos piloto en marcha estén avanzados y las modificaciones metodológicas ensayadas, hará falta realizar esta labor a gran escala si queremos que muchas comarcas vuelvan a ser viables.

El sistema de poblamiento que resultaba acorde con el sistema de explotación en la primera mitad del siglo XX, tampoco facilita las cosas en las montañas.

La mayoría de los pequeños pueblos de montaña no son viables y, salvo en verano, permanecen casi deshabitados en espera de su abandono. Realmente no reúnen condiciones para las demandas de calidad de vida que actualmente tiene la gente joven.

Tomo+II.+Futuro+de+los+bosques+y+Mapa+Forestal+_Página_052_Imagen_0001A pesar de que este proceso es inevitable, se han invertido y se siguen gastando fuertes sumas en la dotación de unos servicios que sólo son utilizados temporalmente, hipotecando el equipamiento de los núcleos con posibilidades.La inversión planificada en actividades y núcleos viables es uno de los condicionantes del desarrollo rural. Parece preciso una reflexión sobre el futuro de estos pueblos aunque estamos ante un asunto de un gran componente emocional que hace muy difícil incluso su planteamiento.

La poca atención de la sociedad urbana, donde se concentra el aliento vital de nuestra sociedad, hace que estas cuestiones no se hayan abordado con profundidad en ninguna región española. Cualquier persona considera que las autovías son infraestructuras básicas que debemos conseguir cuanto antes. Sin embargo, que la estructura de la propiedad rural sea la mejor imagen disponible del caos, o que inmensos territorios no puedan ser soporte de futuro para su población, no preocupa a la mayoría de los ciudadanos si exceptuamos las citadas aproximaciones emotivas.

La ordenación del territorio es una tarea inmensa y urgente. Empero, el sistema de poblamiento no es en sí una dificultad insalvable para gestionar los bosques; por contra, dentro de una nueva definición de una política rural necesaria, las actividades forestales y de conservación de la naturaleza pueden ayudar, por su ámbito comarcal, a redefinir nuestro espacio rural.

Los condicionantes culturales

A veces los condicionantes culturales derivan de formas remanentes de épocas pasadas, y en otras ocasiones son ideas contemporáneas. Los incendios forestales, la manera en que la sociedad los ha percibido y las formas que han adoptado las soluciones para su erradicación, son tal vez el compendio de la distancia cultural de nuestra sociedad al novedoso mundo de lo forestal, incluyendo ejemplos notables de ambas.

Hay otros condicionantes relativos a la falta de comprensión de la necesidad de gestión a un nivel suficientemente intenso en técnicos e inversiones: la necesidad de crear un empleo que sea la semilla de una renovación, no sólo económica sino moral, que no consista en crear subsidiados perpetuos, o la necesidad de superar los efectos de los malos ejemplos de la PAC a la hora de compensar a los propietarios de los montes por la contribución de sus efectos no económicos al bienestar general.

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Plantación popular en Agés (Burgos).

Es necesario entender el equilibrio de intereses entre los propietarios y la sociedad en general sobre los efectos de los bosques, especialmente de los que por la calidad de sus efectos han sido declarados de utilidad pública, y como consecuencia, el nivel de participación de la administración autonómica en la gestión de estos bosques.

Realmente nos encontramos en una etapa de definición en la que, desde la inexistencia de una cultura forestal, cada paso que se da en la construcción de ese nuevo modelo que necesitamos se ve asediado por la aplicación mecánica de referentes externos que, sin un profundo análisis crítico, amenazan con anular su potencialidad de respuesta para ayudar a resolver los problemas del mundo rural.

 Los incendios forestales

Tomo+II.+Futuro+de+los+bosques+y+Mapa+Forestal+_Página_056_Imagen_0002Los incendios forestales reúnen en torno a ellos todas las dificultades, todo el distanciamiento de la sociedad urbana, y toda la falta de entendimiento de la sociedad agraria tradicional sobre el futuro del mundo rural de montaña.

Por una parte, sus causas han permanecido ocultas durante décadas en España. A pesar de que cualquier habitante rural sabe lo que pasa, los líderes de opinión urbanos han creado su realidad virtual y los medios de comunicación la han trasmitido.

Como consecuencia, para solucionar el problema de los incendios no se ha podido trabajar sobre sus causas, que estaban a la vista de cualquiera y sin embargo ocultas, como cubiertas con el traje invisible del cuento «El traje nuevo del Emperador» de Andersen. Sólo se ha trabajado sobre sus efectos y de una manera apresurada y poco reflexiva, adoptando estrategias y operativos de extinción que, paradójicamente, bloquean el camino de la solución. Al absorber una parte fundamental de los presupuestos, actúan como una losa sobre el desarrollo forestal que es clave para su solución.

Las causas de los incendios forestales

Los incendios forestales de origen humano son un hecho intemporal, universal, y cotidiano.

El hombre es agricultor y ganadero desde hace al menos 8.000 años. El dominio de estas técnicas supuso la base de un enorme salto demográfico y cultural: la revolución neolítica. Su gran herramienta de consecución de tierras para labrar y pastos fue el fuego, cuyo empleo dominaba hace medio millón de años.

Por análisis palinológicos, sabemos que en la cordillera Cantábrica se utilizó el fuego de forma masiva desde el periodo subatlántico para crear los pastizales que han constituido el pilar económico fundamental de la zona desde entonces. Actualmente se sigue usando con el mismo fin, y el paisaje está dominado por formaciones que dependen estrechamente del mantenimiento de altas frecuencias de fuego como los brezales rojos.

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La taiga se regenera tras un incendio natural en la región de Yukon (Canadá). Entre los troncos muertos de Picea, Populus coloniza rápidamente el suelo con un denso rebrote.

No sólo se ha utilizado el fuego en la Península Ibérica. El mismo uso de esta herramienta ha sido general en muchas culturas sin apenas conexión. Los habitantes de la Europa atlántica, con un clima especialmente favorable a la obtención de pastos, lo han utilizado mientras mantenían ganaderías extensivas, una vez que habían eliminado sus bosques. Irlanda, Escocia, Dinamarca, Holanda, o la Bretaña francesa, mantienen las menores tasas de cobertura boscosa del continente. Hasta el siglo pasado las Landas francesas eran enormes brezales mantenidos por fuego, igual que la Baja Sajonia alemana hasta principios de este siglo.

El fuego es, además, el gran instrumento de los procesos colonizadores actuales como lo fue en Europa en su momento. Las selvas de Brasil o de Centroamérica — 42.286 incendios en Centroamérica con una superficie quemada de 1,1 millones de hectáreas durante 1998—, invadidas por oleadas de colonos, están siendo quemadas para ganar tierras de cultivo, y sobre todo de pasto para el ganado que, como punta de lanza, precede a la agricultura. Muy poco que ver con la corta de madera. En Asia se están dando los mismos procesos de transformación de las selvas.

Los nativos australianos o los maoríes neozelandeses son expertos en el uso del fuego. En Africa los malgaches queman un tercio de Madagascar anualmente y los masais, pueblo ganadero seminómada, mantienen sus pastos de la sabana con fuego.

Incluso los países desarrollados como Canadá o Estados Unidos sufren también el problema, aunque muchos de estos incendios tienen un origen natural. En la última década se han producido 79.742 incendios anuales en Estados Unidos, que han quemado 1,7 millones de hectáreas de media cada año, mientras que en Canadá 7.991 incendios anuales afectan a 2,5 millones de hectáreas. En los países mediterráneos la situación es similar a España. Italia muestra unas cifras relativas de número de incendios y superficie quemada similares a las nuestras; Portugal presenta un cuadro netamente peor y, tanto el Sur de Francia como Grecia, muestran una menor dimensión en algunos parámetros, aunque no en otros. Francia tiene unos 10.000 incendios por año, localizados principalmente en la zona mediterránea, aunque su superficie unitaria quemada es menor que en Italia o España.

Sorprendentemente, este hecho, tan ligado al funcionamiento de todas las sociedades rurales en todas las épocas, ha sido ocultado durante décadas por una espesa pantalla de desinformación.

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Imagen de satélite de la superficie terrestre en la que los puntos rojos representan incendios de cierta magnitud. Cortesía NASA, 2007.

Los medios de comunicación han difundido las opiniones de los grupos ecologistas, que no han estado interesados en el fondo del asunto sino en luchas de poder. En consecuencia, las causas más citadas y argumentadas en los últimos veinticinco años, han sido: la especulación de las empresas madereras, la pésima política forestal basada en repoblaciones con pinos, la recalificación de terrenos, el abandono de las prácticas agrarias tradicionales, los domingueros y las colillas de los automovilistas. Opiniones que tienen que ver más con una percepción conspirativa de la sociedad capitalista y de la nostalgia de un pasado rural mitificado que con lo que en realidad sucede. En el mejor de los casos, esta lista de irrealidades se ha lanzado sin una mínima reflexión.

Si los incendios intencionados fueran un efecto de las causas citadas, la aparición de éstas en un determinado lugar debería provocar la del efecto consiguiente. Con más motivo cuando en un cierto lugar confluyen varias o todas. Es decir, si donde no hay incendios se dan las circunstancias que teóricamente los provocan, se debe concluir las que el análisis causal es equivocado.

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Incendio de un castañar en Bembibre (León). El fuego ha sido una herramienta cotidiana entre los castañeros para «limpiar» de hojarasca y «erizos» el terreno.

A la luz de esta conexión, elemental en lógica formal, hubiera bastado comparar las zonas de España en donde los incendios son endémicos con las zonas donde éstos son excepcionales. Paradójicamente, las circunstancias repetidas hasta la saciedad como causales se dan por igual en ambas zonas, incluso se dan en mayor medida en las zonas sin incendios. De ser ciertas las motivaciones que se afirman a diario, en las zonas sin incendios no debería cortarse madera, ya que la especulación puede ir implícita en cualquier actividad comercial y los empresarios no tienen por qué tener un comportamiento diferente según su origen geográfico, más si se considera que el mercado de la madera es uno de los mercados más globales. Las repoblaciones —de existir— deberían ser de frondosas, el campo continuaría con una gran población rural que mantendría los usos tradicionales, al tiempo que deberían ser zonas poco turísticas y sin carreteras en los bosques además de no tener apenas industria de construcción.

Sin embargo, la mayoría de la madera, si exceptuamos Galicia, se corta en zonas sin incendios (Vascongadas, Pirineos, Cordillera Ibérica y Central Oriental). En cada una de las provincias localizadas en áreas sin incendios existen grandes superficies de repoblaciones de pinos y se siguen realizando. Si la política forestal se reduce de forma tan simplista a las repoblaciones, ésta ha sido igual en Navarra o Segovia, por poner un ejemplo, que en Zamora, con las mismas dosis de autoritarismo de postguerra.

Tomo+II.+Futuro+de+los+bosques+y+Mapa+Forestal+_Página_061_Imagen_0003Algunas de las zonas sin incendios —Soria, Guadalajara o Teruel— son las de mayor emigración y abandono de los usos tradicionales. En verano se llenan de visitantes que utilizan las numerosas parrillas instaladas en medio de las masas boscosas. Las zonas arboladas sin incendios tienen por lo general elevadas densidades de caminos forestales, algunos asfaltados, que son recorridos constantemente por coches durante el verano, pues son zonas con gran cantidad de turistas estivales, donde la circulación no se prohíbe nunca. En muchos pueblos de estas comarcas existen desde antiguo colonias de chalets, y la construcción sigue al tiempo que el turismo aumenta.

No sólo es una cuestión de lógica. La estadística de la base de datos EGIF del Ministerio de Medio Ambiente, la más completa de Europa, refleja cada parte de incendio individual de cada Comunidad Autónoma cumplimentado por el agente forestal encargado de la zona donde se produce el incendio, y es meridianamente clara: un 70 % de los incendios forestales tiene origen agroganadero, por su empleo como herramienta para regeneración de pastos y como consecuencia de las labores agrícolas. Este porcentaje es sensiblemente parecido en cualquier comunidad autónoma.

Hasta el nombre generalizado de incendios forestales refleja desconocimiento.

Lo significativo de las zonas sin incendios es que coinciden con aquellas en que el bosque, a través de su principal producto comercial, la madera, es parte importante de la vida social y económica de las poblaciones locales.

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La quema de arroyos y ribazos es una desafortunada «tradición» agrícola. Con el fuego se «limpian los ribazos de maleza para que no críen bichos», dicen.

En estas zonas, el uso del fuego como herramienta agroganadera ha sido importante hasta que los bosques han pasado a ser económicamente relevantes. Soria, a finales del siglo XIX y principios del XX, sufría numerosos incendios.

Existe documentación histórica de abundantes incendios desde al menos el siglo XVI. A partir de la puesta en valor de los montes mediante las Ordenaciones, los incendios fueron disminuyendo para desaparecer de hecho en la década de los años 60. Actualmente, el empleo del fuego en estas zonas ha disminuido notablemente y se realiza con un alto grado de control.

Por el contrario, donde la población no tiene conexión socioeconómica con los bosques —en concreto con la madera, aunque puede ser con otros productos como la bellota en las dehesas—, hay incendios. Donde la gente vive de la madera no hay incendios, nadie quiere perder su medio de vida.

Si el árbol no tiene valor y el fuego se utiliza como herramienta de manejo del matorral por parte de la población rural, tenemos incendios abundantes. En realidad hemos visto que esto sucede en casi todos los lugares del planeta desde África, pasando por la cuenca del Mediterráneo, Australia, Brasil, o Centroamérica. Esta situación es extensible a escala planetaria: sucede aquí y en todas partes.

En síntesis hay dos circunstancias que, cuando se presentan juntas, dan lugar a incendios forestales de origen humano: Uso tradicional del fuego como instrumento agroganadero de manejo de la vegetación, básicamente de matorrales.

Falta de interés económico de los bosques para las poblaciones locales.

Estos dos factores discriminan claramente las zonas donde los incendios forestales de origen humano son frecuentes de donde no lo son, tanto en España como en el resto del globo, en el presente y en el pasado.

Probablemente, el uso del fuego ha sido tan intenso en algunas zonas del noroeste español porque su clima propicia la rápida recuperación del matorral, que ha impregnado todos los usos agrarios. En la provincia de León, por ejemplo, y principalmente en su zona oeste, se emplea el fuego como herramienta ganadera para regenerar pastos; para la agricultura —limpieza de linderos, restos de cosechas—; para la caza —apertura de zonas de tiro, de pasto o simplemente de tránsito—; para la recogida de castañas; a veces, simplemente, para causar perjuicios al vecino, o mantener libres de combustible las zonas cercanas a los pueblos, e incluso para mantener el paisaje: el matorral se considera «suciedad», y el bosque «cuna de lobos».

El intenso uso ganadero del medio natural leonés ha impedido, de forma casi absoluta, el mantenimiento de bosques que merezcan tal sustantivo. La explotación de los bosques sólo se ha dado en el contexto de una economía de subsistencia. Únicamente se han mantenido arbolados algunos terrenos dedicados a la obtención de leña y algún pequeño rodal para proporcionar madera de construcción, que a su vez servía de sesteadero estival del ganado, con preferencia del de labor, denominado en muchos pueblos con el nombre de «cota».

No se puede entender el paisaje español sin el fuego, ni el del noroeste sin altas frecuencias de quema.

Los incendios forestales: una losa sobre el desarrollo rural

Tomo+II.+Futuro+de+los+bosques+y+Mapa+Forestal+_Página_062_Imagen_0002La necesidad de apagar los incendios y, por lo tanto, de asignar cuantiosos recursos a este fin, no debe secuestrar el desarrollo forestal. El problema social en torno a los incendios pesa de forma tan importante en las decisiones de los gobiernos, que la extinción de incendios puede absorber la mayoría de los recursos, impidiendo de forma paradójica el trabajo hacia la solución definitiva.

La instalación de una cultura de aprovechamiento del monte es, a la larga, la manera más efectiva de acabar con ellos. La evolución de la provincia de Soria durante el siglo XX lo atestigua.

A principios de siglo, a pesar de tener un cierto nivel de desarrollo forestal, el aprovechamiento de la madera se limitaba a las zonas bajas accesibles donde se cortaban pequeñas cantidades de pinos elegidos entre los mejores.

La regeneración inducida por esta manera de cortar es escasa y mediocre si se produce, además de conllevar una selección negativa. La participación de la madera en la economía local era poco importante en relación con el ganado.

La carga de ganado, principalmente cabrío, era muy elevada interfiriendo la ligera regeneración, que al no estar localizada, no podía defenderse. Los incendios provocados por los cabreros eran cotidianos y devastadores: muchos rodales se siguen llamando «quemados», y la práctica totalidad del bosque procede de regeneración posterior al fuego. La economía local no se diferenciaba de otros macizos montañosos: mera economía de subsistencia.Tomo+II.+Futuro+de+los+bosques+y+Mapa+Forestal+_Página_063_Imagen_0003

Actualmente, la comarca de pinares está demográficamente equilibrada, y apenas conoce el paro laboral. La calidad de los bosques no ha hecho sino aumentar en este siglo; no sólo se produce una elevada cantidad de madera y hongos sino que el ganado, tan hostil a los bosques en muchos lugares, aquí está perfectamente integrado; los incendios intencionados ya no se conocen a pesar de lo accesibles y visitados que son sus bosques. El turismo es cada vez más importante. La industria de transformación de la madera se ha desarrollado notablemente y actualmente es el motor económico comarcal. Como consecuencia, el nivel de vida es notablemente alto y los habitantes se identifican con sus bosques como en ningún otro lugar.

El detonante de la transformación fue la Ordenación de los montes promovida por la administración forestal en una situación de precios ascendentes durante la autarquía de posguerra. El reparto vecinal fue un argumento añadido. El aumento notable de valor del bosque repercutía en todos los habitantes.

La ordenación requirió una abundante inversión en trabajos de selvicultura, como herramienta para su aplicación. El papel de la administración forestal no sólo en la planificación sino en su materialización efectiva, que requirió profundos cambios de mentalidad y no pocos conflictos, fue decisivo para permitir su puesta en valor.

Debemos sacar como consecuencia que el desarrollo forestal acaba con los incendios y para lograr un estado de desarrollo como el descrito se necesita superar umbrales de inversión y de gestión, que se derivan en buena medida de que existan unos presupuestos suficientes. Poner en valor los montes requiere una capitalización selvícola y técnica. Sin recursos es imposible lograr la relevancia local de los bosques y sin ésta no se acaba con los incendios.

Tomo+II.+Futuro+de+los+bosques+y+Mapa+Forestal+_Página_063_Imagen_0001Por tanto, de elegir una estrategia de lucha contra los incendios que no emplea una buena parte de sus recursos en trabajos selvícolas, a elegir otra que lo haga, media un abismo, aunque los resultados en cuanto a eficacia en la extinción puedan ser buenos en ambas.

La elección de una estrategia basada en la integración del dispositivo contra incendios con los medios que se dedican al trabajo cotidiano en el monte, realizando labores de prevención —cuadrillas de tratamientos selvícolas, tractores, etc.—, y en la utilización muy controlada de medios específicos, es imprescindible para poder realizar una gestión forestal que merezca tal nombre. Por el contrario, una estrategia que se funde en la utilización preponderante de medios que sólo sirven para incendios, como brigadas helitransportadas, camiones motobomba o medios aéreos, acaba restando la mayor parte del presupuesto a las labores de prevención y, como consecuencia, hace crónico el problema.

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Los efectos de los grandes incendios son catastróficos, con importantes pérdidas ecológicas, económicas y, a veces, humanas.

Es preciso una filosofía de integración que permita el mantenimiento de un operativo de extinción grande con un gasto contenido, minimizando su dependencia de la ocurrencia de los incendios, siempre y cuando se doten de sistemas de organización y formación de todo el operativo. Es una estrategia de pocos profesionales del fuego y muchos de la selvicultura haciendo prevención continua.

Castilla y León ha apostado siempre por este sistema aún en los momentos de mayor confusión. Actualmente este modelo ha permitido dedicar en los últimos años dos de cada tres euros a labores de prevención.

Este sistema facilita un manejo preventivo de la estructura de la vegetación —prevención indirecta— además de preparar la posibilidad de que los montes generen rentas para sus propietarios, que es la mejor garantía de su conservación y el objetivo preventivo a largo plazo.

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