ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – XXVI

Imágenes del bosque

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Secuencia de colores que exibe el serbal doméstico durante el otoño.

«Los paisajes que uno conoce, interpretados por el pincel de un artista, son un enriquecimiento de las vivencias propias. Uno recoge esa vibración inspiradora del pintor y trata de superponerla al escenario natural que llevamos dentro. El paisaje se llena así de motivaciones añadidas» (Areilza, 1988). Esta sensación, transmitida por José María de Areilza, se obtiene igualmente a partir de la literatura. La lectura de un texto, literario o no, en el que el protagonismo recae sobre un determinado paisaje, hace que nuestra mirada cambie; se fomenta una suerte de complicidad entre el escritor, ese paisaje y uno mismo. A fin de cuentas, compartir cualquier experiencia estética, y el paisaje lo es, suele acarrear una gratificación mayor que la mera contemplación personal. Evidentemente, estas sensaciones se acrecientan cuando los responsables de esa creación se llaman Beruete, Haes, Machado o Unamuno.

Las representaciones del bosque son muy frecuentes tanto en la palabra escrita como en la pintura. Sin duda la causa de su inclusión en lienzos y pliegos de papel se relaciona con la intensa capacidad de alterar el espíritu que poseen las arboledas. Pero es cierto que el tratamiento del bosque como objeto literario o pictórico ha cambiado mucho con el pasar de los tiempos. Independientemente de las transformaciones estéticas y artísticas que se han producido a lo largo de los siglos, la diferente atención prestada al mundo de las florestas también tiene que ver con aspectos más mundanos, como puede ser su diferente función dependiendo de las circunstancias y contextos productivos. Los relatos de los viajeros son un buen ejemplo al respecto.

En muchas ocasiones la atención prestada a los bosques por parte de los caminantes de hace siglos estaba mediatizada por el temor, como también ocurría con las zonas de montaña. A fin de cuentas, y como resultado de un largo proceso histórico, bosque y montaña eran realidades cada vez más coincidentes en el espacio, dado el intenso proceso de deforestación ocurrido en las llanuras.

Bosques y montañas difícilmente formaban parte de la relación de paisajes estimados por parte de los viajeros de los siglos XV al XVIII. Era mucho más habitual, siguiendo una larga tradición, centrarse en resaltar las bondades productivas de huertas, tierras de labor o de unos siempre estimados frutales. Así, el arbolado entraba en este cajón de loas siempre que llevara aparejada su condición de frutal: desde luego cuando se trataba de castaños, nogales o manzanos; más raramente en caso de ser pinos piñoneros o encinas. Para los viajeros, las montañas, con sus bosques, se asociaban a la dificultad y a la incertidumbre: clima adverso, ritmos de desplazamiento lentos, penosos e incluso peligrosos, riesgo de desprendimientos, presencia de bandidos…

En la literatura previa al XIX la atención al bosque como elemento del paisaje —por tanto, con una mirada que incorpora lo estético— es muy rara. Entre las excepciones contadas podemos mencionar las referencias a las andanzas del protagonista del «Libro del Buen Amor» —siglo XIV— por el ámbito de la Sierra de Guadarrama, que en varias ocasiones recoge topónimos todavía hoy reconocibles y menciones a los pinares de Valsaín, Riofrío y El Espinar, además de los situados en la vertiente meridional. Pero como muchos viajeros, también el Arcipreste de Hita presta su atención a las inclemencias meteorológicas de la Sierra:

Siempre tiene mal tiempo la sierra y la altura:
si nieva o si hiela, nunca da calentura.
Encima de ese puerto soplaba brisa dura,
viento con gran helada, rocío con gran friura.

Diferentes viajeros que visitaron el territorio de lo que hoy es Castilla y León hablan de la presencia, o ausencia, de bosques en las tierras visitadas. Su número es elevado durante la Edad Moderna. Constituyen por ello relatos que ilustran sobre la riqueza en masas forestales de algunas comarcas, o la pobreza de otras; su interés se acrecienta cuando nos informan sobre la composición florística de los bosques transitados. Estos testimonios, por su variedad y riqueza, son fuente de información ineludible para un mejor conocimiento de la situación de los bosques en ese período. El modo en que se expone esta información es muy variable.

A menudo se trata de textos en los que se describen muy someramente las características del paisaje, entendido como «uso del suelo», que se ofrece a su vista en el trayecto comprendido entre una población y otra. El noble bohemio León de Rosmithal de Blatna, durante su estancia por España en los años 1465-1467, describe así el trayecto entre Lerma a Roa:

Para llegar a Roa atravesamos una selva en que no había más árboles que enebros y sabinas, como las que siembran en nuestros jardines; después fue nuestro camino por tierra yerma en que no había más que salvia y romero en leguas.

De excepcional interés son las apreciaciones, concisas pero numerosas, que recopila Hernando Colón, el hijo del descubridor, en su «Descripción y cosmografía de España» (1517). En el entorno del río Duero se incluye la siguiente referencia:

Este dia parti de andaluz para taxueco que ay media legua de tierra doblada e al primer quarto entramos en un pinar questara todo el camyno hasta tajueco e en saliendo de andaluz pasamos un riatuelo que corre a la mano dizquierda (…) este dia parti de veyugas para valdenebro que ay una legua doblada e a media legua pasamos un monte de enzinas questara tres-tiros de ballesta…

Los robledales del pie de la Sierra de Guadarrama se mencionan en este otro texto:

Collado hermoso es aldea de 25 vecinos esta en llano e tiene buenas fuentes e esta al pie de la syerra de segovia e esta cabe un soto de rrobles questa junto conel lugar y es aldea de pedraza. La torre de san pedro es lugar de 35 vecinos esta metido en un hondo entre un rrobledal.

De la Tierra de Campos se hace inevitable destacar la ausencia de leña:

Villafáfila es en tierra de campos es villa de quinientos vecinos esta en llano en tiene unas salinas es de lena pobre…

También nos deja esta excelente descripción de la comarca de Mombeltrán, en la Sierra de Gredos:

Parti de mombeltran para el arroyo el castaño que ay media legua un valle abaxo e de viñas e castañares e pinares por todas partes (…) Parti del arroyo el castaño para arenas que ay legua y media de syerra muy agras e de pinares e viñas e castañares. Arenas es lugar de cuatrocientos vecinos esta en hondo metida entre unas grandes syerras e de muchos pinares e de viñas e olibares (…) y hasta el arenal ay una legua por entre syerras e pinares (…) Arenas y hasta hontanares ay dos leguas e van por derrama castañas y hasta las dellano ay media legua pequeña de viñas e huertos e pinares y hasta guisando ay media legua por entre syierras e pinares y hasta el hornillo ay una legua por entre syerras e pinares e huertos y hasta la parra ay media legua grande de pinares e viñas e cuestas grandes y hasta candeleda ay cuatro leguas e van por los llanos media legua y hasta el hoyo ay dos leguas por entres syerras xarales.

La información de algunos viajeros trasciende lo meramente descriptivo. En ocasiones se ofrecen comentarios que ilustran sobre la actividad económica relacionada con determinados recursos forestales. Es el caso de Alfred Jouvin, pese a que su relato, publicado en 1672, sea considerado por algunos autores como ficticio. En el trayecto de Segovia a Valladolid, por Coca y Mojados, comenta lo siguiente:

Ese pequeño río se une por bajo de este pueblo al que allí se pasa a la salida para entrar en los bosques de pinos, teniendo a mano izquierda el río. Estos pinos son de gran utilidad al país, por la cantidad de piñones que los campesinos de los alrededores sacan de las piñas que los contienen en gran cantidad, que después de haberlos cascado y limpiado, los llevan a las ciudades próximas, donde se sirven de ellos para guisarlos con las viandas o para comerlos crudos, a manera de avellanas de las que tienen casi el mismo sabor pero es mucho más delicado.

Tras pasar el río Cega, prosigue:

Entramos en bosques y arenales hasta Tardiel, y después Becillo, desde donde a poco pasamos un pequeño río por un prado, y costeamos las tapias de un gran parque todo lleno de grandes pinos. Hay a continuación bosques hasta Laguna, pueblo.

La afluencia de viajeros extranjeros se hace muy intensa en el siglo XVIII. El Duque de Saint-Simon, durante los años 1721 y 1722, se entretiene en destacar el mal estado de los bosques castellanos. En el entorno de Lerma se habla de un bosque «vasto, llano, pero claro, desmirriado, casi todo de encinas, como los son todos en las Castillas ». Por su parte, el militar inglés William Dalrymple, en 1774, hablando del trayecto entre Salamanca y Zamora, señala cómo pasada la localidad de Mirales, «no se encuentran más que campos de trigo y viñas hasta el Duero ». El Barón de Bourgoing (1777-1785), siguiendo la tónica habitual en muchos intelectuales de la Ilustración, alude directamente al problema de la falta de arbolado:

Burgos cuenta en sus cercanías con árboles bastantes para el ornato de sus avenidas y paseos, pero en general la comarca, una de las más frías de España, padece gran escasez de leña y carbón, escasez que se nota también en casi toda la parte interior del reino.
En 1753, el Gobierno empezó a ocuparse de este problema. Una disposición del Consejo de Castilla ordenaba que cada habitante de las zonas rurales plantase cinco árboles. Se encargó de la ejecución de esta orden a individuos faltos de capacidad para la realización de semejantes propósitos, y a pesar de las leyes penales que debían garantizar su cumplimiento, la orden no fue obedecida. La malevolencia en unos sitios, en otros el prejuicio, arraigado sobre todo en Castilla la Vieja, de que los árboles atraen a los pájaros que se comen el grano, y en no pocos la torpeza, hicieron que la medida fuese ineficaz.

El tono de la descripción se identifica plenamente con el espíritu ilustrado en el caso del español Antonio Ponz, en su magnífico «Viaje de España» (1787), que constituye un auténtico decálogo para el fomento de la riqueza de la nación. La atención prestada por este autor al arbolado, por permanente, se hace imposible de reflejar en estas páginas. Muchas de sus cartas hablan de la penuria de bosques, de las posibilidades de fomentar el arbolado, sobre todo de frutales y alamedas; pero su agudo espíritu observador también retrata la realidad de los usos de las tierras por donde discurre:

De Navalmanzano a la villa de Cuéllar hay cuatro leguas, y después de caminada una, se pasa por un puente el río llamado Pirón, y desde allí empieza un pinar de una legua de travesía, el cual se extiende bastante por ambos lados. Caminando adelante, se descubren otros pinares, que son frecuentes en estas llanuras, y se ven a mano derecha los lugares de Mozoncillo, Aldea del Rey y Pinar Negrillo. Sigue una pradera; luego, un corto pinar, y después, otra pradera como de una legua hasta el lugar de Sancho-Nuño; tierra toda ella fresca y de agua muy somera, donde se cultivan cáñamos, sin otra agua que la que llueve y la humedad del suelo. Se ven algunos fresnos, y es lástima que no haya muchos millares, como podría, sin perjuicio de lo que se cultiva, y con grandes utilidades. Sobre la mano izquierda se descubren los lugares de Gome-Sarracín, Pinarejo y El Campo. A corta distancia de Sancho-Nuño hasta Cuéllar, que hay dos leguas, lo más del camino es un pinar grande y espeso.

Algo similar ocurre, por citar sólo dos autores, en un interesante texto de Pedro Rodríguez de Campomanes, en su «Viaje a las Sierras y Castilla la Vieja» (1779), y en la obra de Joseph Townsend, cuya estancia en España tiene lugar en 1787 y 1788; de éste último es de destacar la inclusión de observaciones que cobran tintes próximos a lo científico. Así, de la comarca de Navas del Marqués, escribe:

Encontramos en los sitios bajos la encina; a medida que subíamos, era reemplazada por el roble ordinario, pero cerca de la cumbre no vimos más que pinos, con el enebro, el acebuche mezereum, el matricaria suavis, el genista y una gran variedad de plantas aromáticas, sobre todo de tomillo. La familia de los cistos abunda en casi todos los grados de altura sobre las montañas graníticas, excepto cuando está, como éstas, cubiertas de una nieve eterna.

Este mismo autor deja entrever a veces sentimientos en los que se funden el sentido pragmático propio de los ilustrados con la sensibilidad que explotaría algo más tarde en los relatos de los escritores románticos. La falta de arbolado contribuye decisivamente a esta mixtura:

De Ávila a Burgos se atraviesa Castilla la Vieja. En una tierra fértil: incluso en el deplorable estado en que ha caído la agricultura española, y aunque vastos espacios permanecen baldíos, hay pocos países del mundo que produzcan tanto trigo, un trigo de tan buena calidad.
Pero no hay tampoco país en el mundo que ofrezca un aspecto más melancólico y triste. Escasos alojamientos; hasta perderse de vista, una llanura rasa y desnuda; ni árboles, ni setos, ni matorrales.
Más allá, el terreno, se levanta en pequeñas colinas, con sus lomos redondos y pelados; de cuando en cuando, en el fondo de los pequeños valles, un hilo de agua se dibuja entre la línea ligera de grandes hierbas y algunos sauces. Se camina durante horas sin que cambie el paisaje: siempre el mismo lejano horizonte, la misma desnudez, la misma monotonía. Veamos todavía este país en la estación más favorable, bajo su aspecto más alegre: los trigos, crecederos, las praderas que se cubren casi por doquier de un tapiz de verdura.

Pero el verano es un desierto abrasador como las arenas de África; el invierno, una estepa helada que asuela el viento del norte.

A partir del siglo XIX, y con la generalización del movimiento romántico, se produce una nueva forma de mirar a la naturaleza y al paisaje que intencionadamente se plasma en los escritos de viajeros y literatos (Ortega Cantero, 1998). El inglés George Borrow, enfrentado al Sistema Central en su camino a Madrid, topa con un barbero que no oculta su fascinación por esa comarca: «Si yo fuera hombre independiente, sin mujer y sin hijos, compraría una burra como la de usted (…) y me iría a recorrer esas montañas hasta descubrir todos sus misterios y haber visto las maravillas que contienen» (Borrow, 1842).

En el caso del escritor Théophile Gautier la exaltación ante la montaña se hace máxima, en radical contraste con las impresiones de caminantes de siglos previos. A su paso por el Guadarrama (1840), camino a Madrid, corresponde este extracto:

Las montañas se elevaban más y más; apenas habíamos franqueado una se presentaba otra más alta, antes oculta a nuestros ojos; no bastaron las mulas y hubo que recurrir a los bueyes, lo cual nos permitió apearnos del coche y concluir de subir la Sierra a pie.
Yo estaba embriagado de aquel aire tan vivo y tan puro; me sentía tan ligero, tan alegre, tan lleno de entusiasmo, que daba gritos y saltos como un cabritillo; experimentaba el deseo de tirarme de cabeza en aquellos encantadores precipicios, tan azules, tan vaporosos, tan aterciopelados; hubiera querido hacerme arrollar por todas las cascadas, meter los pies en todos los manantiales, coger una hoja de cada pino, revolcarme en la nieve chispeante, mezclarme con aquella Naturaleza y fundirme como un átomo en aquella inmensidad.Bajo los rayos del Sol, las altas cimas fulgían y chispeaban deslumbradoras como las basquiñas bordadas de lentejuelas de las bailarinas; otras cumbres hallábanse entocadas de nubes y se confundían con el cielo por gradaciones insensibles, pues nada hay que se parezca tanto a una montaña como una nube. Todo eran ondulaciones, escarpaduras, tonos y formas de que no hay arte que pueda dar idea: ni el pincel ni la pluma.
La atracción reside ahora, para muchos escritores, en el paisaje, en el entorno natural y, por tanto, también en el árbol. En la segunda mitad del XIX son los propios escritores españoles los que atienden al paisaje arbolado. En muchos textos, además, se adquiere como exigencia la necesidad de identificar al árbol con su solar, de no desvincular a los bosques del lugar que los ha visto desarrollarse.

Y como también ocurre en la pintura de paisaje, de tardía entrada en España, se hace empeño por retratar no árboles, sino especies de árboles, con el fin de destacar sus particularidades.

En el ámbito de Castilla y León, la sensibilidad romántica se cruza desde finales del siglo con la mirada «neoilustrada » de los regeneracionistas. Así, como un nuevo Antonio Ponz, Julio Senador (1915) destaca lo insostenible de la parquedad de forestas en Castilla, al tiempo que resalta, en tono de exigencia, las posibilidades que se derivarían de la expansión del arbolado. El escritor Ricardo Macías Picavea, en su libro «La Tierra de Campos» (1897), nos ofrece la siguiente imagen invernal de esa comarca:

La planicie terrosa, monótona y desnuda bajo un cielo indefinido y escueto. Ni árboles, ni verduras de cultivo, ni pájaros siquiera que proyecten sus vuelos en el horizonte. Ningún signo de vida en parte alguna, como si la hubiera asolado el cierzo que barre la llanura con su soplo helado y produce contra sus leves ondulaciones un roce duro y gemebundo, silbando y retorciéndose entre los pelados surcos de la barbechera y los marchitos escobajos del rastrojo. Nada tan frío y pálido como el desmayado fulgor que deja caer sobre la llanada el cielo inmenso, vacío y cárdeno. Por todas partes la desnudez horrible y áspera. No se puede decir si punza más la piel el frío del ambiente o el alma la desnudez de todas las lejanías. Un tinte amarillo sucio con degradaciones grises era la única coloración que manchaba la extensión sin límites.

En esta línea regeneracionista se encuentran también algunos textos de Azorín; por ejemplo, en su artículo «Los árboles y el agua» («Fantasías y devaneos», 1904), el escritor alicantino analiza la tradición del «odio centenario, inconsciente, feroz, contra el árbol y contra el agua».

La mirada literaria hacia Castilla se identifica forzosamente con la producción de los escritores de la Generación del 98. Antonio Machado lo hace con la poesía: olmos, pinos, hayas, encinas, álamos, robles… El repertorio de especies contemplado en los versos de Machado es casi completo, y para cada una de ellas encuentra el poeta andaluz cualidades humanas. Y lo interesante, como señaló Azorín, es que su descripción poética se refiere a lugares concretos, no a paisajes genéricos: «La característica de Machado, la que marca y define su obra, es la objetivización del poeta en el paisaje que describe» (Azorín, «El paisaje en la poesía», en Clásicos y modernos, 1912).

He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria –barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra.
Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.
¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!
(Antonio Machado, 1917: fragmento de «Campos de Soria», de Campos de Castilla).

Miguel de Unamuno es otro de los escritores del cambio de siglo que atiende a los paisajes, y en especial al castellano, contribuyendo poderosamente a la identificación de ese paisaje, el de las llanuras despobladas, con lo más profundo de la historia de España. Atiende igualmente al arbolado, convirtiendo sobre todo a la encina en símbolo de Castilla. La lista de autores se completa, para el período prebélico, y entre muchos otros, con textos de Baroja, Ortega o Gutiérrez Solana.

Hace poco, con motivo de la campaña electoral a que mi historia me empujó, fui algunas veces, soslayando a los hombres, a cruzar campos por entre estas matriarcales encinas castellanas. Matriarcales, velazqueñas y quijotescas. Llevando siempre en el hondón de mi memoria la visión de una tarde en que al ponerse el sol contemplé, plantado al pie de una encina, un toro tan berroqueño como ella, y detrás, de fondo, frisando en el ocaso, el oleaje dorado de un trigal.

¡La encina! ¡Símbolo y emblema secular del alma de esta tierra! «Robusta» la llamó Don Quijote, es decir, robliza, y es, de hecho, hermana del roble, el árbol santo de Guernica, el de las libertades vascas, que extendía su fruto por el mundo todo.

La encina, árbol que parece de roca, de berrueco, dura, prieta, inmoble al viento, de oscuro follaje perenne. Negra —«ilice nera»— la llamó Carducci al cantar a las fuentes del Clitumno, y al maldecir al sauce llorón —«piangente salcio»— al «desmayo», «amor de los tiempos humildes». Estas robustas matriarcales encinas castellanas, de secular medro, que van siendo sustituidas —¡lástima!— por esos pinos quejumbrosos —«¡queixumes dos pinos!»— y resinosos. Estas encinas que esconden recatadamente su flor, la candela, y dejan escabullir, o sea «escascabullir», o salirse del cascabullo o cascabillo, del dedal —la bellota— «su dulce y sazonado fruto», que dijo Don Quijote, para que se ceben cochinos en la montanera. Cochinos que mantendrán a los hombres. Y entre estas «robustas encinas» los «valientes alcornoques», que alguna vez se casan con ellas y dan el curioso y rarísimo «mesto», un mixto o mestizo de unas y de otros.

De las entrañas de la encina, de lo que se llama corazón —corazón de encina—, del íntimo leño rojo de sus ramas gruesas, forjan los charros dulzainas.

Sacan un rollo, lo perforan a lo largo con un asador en brasa y le ponen luego los agujeros para puntearla. Y así resultan melodiosas las rojas entrañas de la encina en que toca el dulzainero aires de la tierra castellana.
(Miguel de Unamuno, 1931: fragmento de Entre encinas castellanas).

La olma de Pedraza

Pero Pedraza tiene dentro de sus murallas algo que vale más que Trajano el enorme. Y ese algo es… un árbol.
Y ese árbol es como el castillo: rudo, inmenso, viejo e inmortal.
¿Quién le plantó allí en el ángulo de la plaza? ¿Quién le dejó crecer hasta que con su ramaje diera él solo sombra al mercado de los lunes? Podéis creer que los hijos de Francisco I; podéis sin inconveniente imaginaros que fuera Trajano mismo. Es tan viejo, que asombra; tan fuerte que pasma. Muchos hombres, abiertos los brazos en rueda de rondelo, no pueden abarcar su tronco. Sus brazos gigantes se abren a colosal altura en tres grandes grupos de ramas, a la manera de la hoja del trébol. Las viejas casas de las cercanías podrían guarecerse en ellas sin tocarlas, como las chozas de los africanos bajo los árboles descomunales de que hablan los viajeros. Y no es un cedro del Líbano, ni una Sequoia de California, ni un eucalipto de Australia: es una olma.
Cerca de ella hay un templo, el templo románico de San Juan, rodeado de un pórtico alto con grandes bolas por adorno. Aquel templo tiene en la fachada una inscripción muy bella: «Esta casa es casa de oración.»
Las raíces de la olma crecieron bajo el templo románico.
Y un día cualquiera, las losas del pavimento se desunieron, las raíces quebraron las lajas, y ellas mismas, hinchadas y libres, serpentearon por la iglesia.
La olma generosa, al sobrevivirse, ha derramado en el espacio lo que arrancó en las entrañas de la tierra, y si destroza el suelo de la iglesia vetustísima, extiende su velario imponente sobre la plaza. Su vejez es simbólica.
Cuando Pedraza no exista, sin duda la olma seguirá tendiendo sus ramas sobre el vasto sepulcro. Hoy reina sobre la villa; y el castillo, con sus viejas leyendas y fulgurantes historias, no vale lo que ella vale. La savia corre entre las fibras como agua en las vetas serranas, y esa savia es, como el agua de la sierra, fresca y franca vida. Más afortunada que los álamos castellanos, rendidos al hachazo vil, la olma de Pedraza crecerá aún más, y, como Castilla, será más bella a medida que vaya siendo más vieja.
Ante la olma os preguntáis: ¿Qué limo tiene esta tierra que hace así germinar tal árbol? ¿Es que el genio castellano se reveló todo entero en él, o fue que quien lo plantó poseía en el corazón el secreto de la eternidad?
Cuando a Pedraza otras ciudades le nieguen su Trajano, recabando para ellas el orgullo de haberle engendrado, Pedraza podrá afirmar, señalando su olma: La tierra que produjo tal árbol bien pudo engendrar tal emperador».
(Eugenio Noel, 1924: España, nervio a nervio). Eugenio Noel es el nombre literario de Eugenio Muñoz Díaz.

La literatura en la que el paisaje es protagonista, o se aproxima a serlo, persiste en la segunda mitad del siglo XX, y en nuestros días. Sin ser la única del género, la excelente «novela geográfica» que es Tierra mal bautizada (1969), de Jesús Torbado, aunque centrada precisamente en una comarca en la que los árboles brillan por su ausencia, sirve de enlace, con una carga ideológica muy distinta a la que presentaba la mirada urbana y elitista de Unamuno o Azorín, con una serie de autores recientes que atienden al paisaje y al árbol: la obra de Miguel Delibes forzosamente conecta con esta línea. También, innumerables textos de viajes, o intimados con determinadas comarcas de esta tierra:

«Gracias y desgracias de Castilla la Vieja», de Ramón Carnicer; «Relato de Babia», de Luis Mateo Díez; «Guía Espiritual de Castilla», de José Jiménez Lozano; «Viaje a una provincia interior», de Raúl Guerra Garrido; «El río del olvido», de Julio Llamazares; «Viaje por la Sierra de Ayllón», de Jorge Ferrer-Vidal; «Valladolid y sus comarcas », de Amando Represa; «Los caminos del Esla», de Juan Pedro Aparicio y José María Merino (1995), etc.

La anchurosa haya

Cuando pienso en el árbol simbólico por excelencia de la tradición –el árbol-cósmico, el árbol-teofanía, el árbolvida, el árbol-cetro del mundo, el árbol-regeneración, me imagino un árbol como el haya. Su tronco y sus ramajes tienen algo de humano; son lisos, nervudos y vigorosos; se asemejan a piernas, brazos o músculos de un coloso de los bosques. También es impresionante su anchurosa copa, densa y ovalada como un gran techo cósmico. El haya es microcosmos que preserva su suelo con el cielo de sus ramas y fecunda sus raíces con su propia materia. Ya Virgilio había reparado en las espesas hayas de copas umbrosas.

Junto a la encina, el roble y las coníferas, el haya es una especie propia de nuestras tierras altas. Dejamos atrás los cursos de fuego de las riberas y en las primeras estribaciones, por encima de los 800 m, comienza a aparecer el haya fuerte y solemne. Su madera, tan apreciada en carpintería, ha sido la causante de su progresiva tala, y consecuentemente, de su desaparición.

Son raros ya los hayedos. Así que es frecuente encontrarlos agónicos, solitarios, resumiendo como un grito el drama que hoy supone respirar y vivir en el planeta.

Pero este gigante todavía resiste más al norte, en Alemania, en Gran Bretaña, propagando la ansiedad de vivir en libertad. Quizá lo que ahora haga falta es que junto al haya (Fagus sylvatica), se restaure la vida en armonía, que los niños vuelvan a jugar con sus frutos (los hayucos o fabucos), que como el pastor Títiro las flautas ligeras ensayen a su sombra sones de musas boscosas, que el ebrio ruiseñor del poema de John Keats cante siempre en la enramada melodiosa / de los verdes hayedos.

(Antonio Colinas, 1988: La llamada de los árboles)

Voy a nombrar un árbol que está por doquier –cuando está– en el paisaje castellano-leonés entero, pero que no es paisaje. En esta tierra hay un paisaje, naturalmente, pero el hombre de ella no lo ve, y sólo quizás el norte de León, Burgos o Palencia y Zamora el hombre que allí habita tiene ojos y otros sentidos para él. Pero sí podemos decir –y no vanamente– que Grecia es el olivo y que la cultura griega ofrece en sus logros tanto aroma a aceite o aceitunas como al salobre mar, y si decimos igualmente con verdad que los hebreos hablan o se quejan de algún modo en el balido del cordero o el desvalido llanto del cabritillo, y los árabes se expresan en su lacerante sueño de agua y de verdor, podemos señalar al pino como nuestro emblema existencial, aunque también podrían serlo el pájaro solitario en el tejado o el páramo severo o el rastrojo hecho ascua por el sol.

Pero el pino es fuerte, y la última y máxima pretensión del hombre de esta tierra es serlo él también. Como un roble, si es posible; pero, al menos, como el pino: árbol siempre solitario aunque sea bosque, árbol de crecimiento lento y destinado a ser herido o abatido. Pero que cae de golpe y orgulloso.

(José Jiménez Lorenzo, 1992: fragmento de El pino, el hombre, el pájaro).

El sentimiento del bosque, por Luis Mateo Díez

No es raro que el Bosque forme parte de nuestro sueño antes que de nuestro conocimiento, quiero decir que el Bosque está entre las figuraciones misteriosas que sobrevienen sin que haya que invocarlas en el recuerdo, probablemente porque es, más allá de su realidad, uno de esos paisajes del subconsciente que anticipan su presencia, como tantos otros que forman parte de la experiencia de la imaginación.

Esta idea, seguro que más literaria que psicológica, me permite constatar una de esas emociones primordiales, que son tan propias de la infancia, según la cual el Bosque se sueña y, en consonancia, se teme en un grado muy hondo de intensidad, sostenida le emoción por donde más huella deja, por las sensaciones de pérdida y asombro, de miedo y extravío.

¿Dónde pueden perderse más cabalmente los niños que todavía no se perdieron en la vida, porque todavía no crecieron…?

En el Bosque, no me cabe la menor duda, en ese interior umbrío tan vegetal como enigmático que es la muestra más palpable de la Naturaleza y la confusión, donde el orden se sostiene en el desorden, ya que la belleza del Bosque es siempre intrincada y no hay orientación que determine otra senda en la espesura que aquella de quienes pudieron transitarlo.

El Bosque no prevé en sí mismo caminos para su laberinto, la Naturaleza es poco ordenancista, mantiene su existencia con el rigor de la espontaneidad y la supervivencia, con el del equilibrio y la necesidad.

Las pautas de su conocimiento están en ella misma, la experiencia de observarla y sentirla suele ser tan iluminadora como comprometida y, en cualquier caso, es una experiencia vital, cuando no nos mueven otras intenciones o intereses. Habitualmente los niños de los cuentos populares se pierden en el Bosque, y el Bosque de esos niños tiene mucho más que ver con el del sueño que con el de la realidad, no en vano de un Bosque de ficción se trata.

De un Bosque que, como digo, habitualmente hemos soñado antes de conocerlo, ya que los paisajes y los parajes de la perdición, de la desaparición, suelen soñarse o, al menos, imaginarse.

Pero, en fin, tampoco debemos olvidar que entre el sueño y la imaginación hay una irremediable correspondencia, de la que los narradores solemos hacer un uso inmoderado. De la misma manera que también la hay, no sé si tan irremediable, entre la imaginación y la memoria.

Con frecuencia cito una frase que me gusta mucho en este sentido: «la imaginación no es otra cosa que la memoria macerada», lo que expresaría muy bien cierta idea de que el compromiso que la memoria tiene con la imaginación no es otro que el ser una parte sustancial de su alimento.

Si todo esto que digo es verdad o, al menos, verosímil, que es donde el narrador se juega el crédito, parece claro que los elementos que determinan la fascinación del Bosque son muchos pero, además, son sustanciales, menos ornamentales que los que concitan otros paisajes, más encaminados a una experiencia interior, secreta, misteriosa, una de esas experiencias que cada cual sostiene consigo mismo, en la intimidad de su abismo, como si el Bosque tuviese algo de espejo oscuro, de atracción insondable.

Ante los más bellos paisajes podemos administrar nuestra fascinación, sentirlos, degustarlos, sobrecogernos, comunicar con el pálpito de su singularidad, pero el sentimiento del Bosque arrastra la fascinación con el asombro y nos sustrae, nos gana la partida, nos secuestra.

El Bosque tiene su palpitación interior en ese secreto que jamás se nos entrega, porque el Bosque jamás es nuestro, siempre somos suyos, no hay contrapartida a su misterio, su corazón, por mentar lo más ignoto e innombrable, es el mismo corazón de las tinieblas, esa fascinante contradicción de la belleza y el horror que algunos grandes escritores han sabido llevar a sus últimas consecuencias, entrelazando ámbitos tan subyugantes como el Bosque, la Selva, el Mar. No olvidemos lo que escribía Shakespeare:

«Duerme el Bosque, esparce
incienso y sombra,
y el aire turbio lo asemeja
a un verde refugio
en el fondo del mar…»

Al mencionar estas cosas no conviene olvidar nunca aquellos versos de Rilke donde ya se nos advierte de que «lo hermoso no es otra cosa que el comienzo de lo terrible».

Los caminos del Bosque son siempre los caminos de la antigüedad, a veces, como bien sabemos, los caminos de una antigüedad arqueológica. Hay Bosques que suscitan ese regreso en el tiempo que suspenden los siglos, bosques de un pasado remoto imposible de comparar con cualquier otra huella viva.

Pero me refiero a esa antigüedad no histórica, no determinada por la cronología, a la que impone desde la Naturaleza una referencia metafórica del pasado.

Se dice con frecuencia que todos tenemos un pasado campesino, la herencia de esas culturales es una herencia compartida, ya que el ser humano se ató a la tierra en la supervivencia hasta que de ella pudo despegarse, nunca del todo, ya que es imposible prescindir de lo que nos conforma, pero es cierto que el progreso, hasta donde puede, hace variar y derivar esa atadura, sobre todo la del trabajo, la de lo que viejos humanistas denominaban el sufrimiento de la tierra.

Todos tenemos también, en algún rincón de ese pasado, la oscuridad vegetal del Bosque, el ancestro, la mirada primigenia de lo que fuimos.

La vieja idea del Bosque Sagrado, que ilustra la ficción de una misteriosa transcendencia, se compagina con la no menos antigua y materialista del espacio primordial, del paraje originario y oscuro, del paisaje de la espesura, del lugar recóndito.

Ámbitos, en cualquier caso, de lo imaginario, del mito, de la cosmogonía, de la huella primigenia que alimenta las emociones no menos primordiales que anticipan el Bosque en el sueño, antes de iluminarlo en el conocimiento.

Por eso es tan intenso ese sueño y tan maravilloso ese conocimiento.

No es que el conocimiento venga a constatar el sueño, a cobrarse la realidad desde la irrealidad del mismo, es que el conocimiento atesora la complejidad de aquellas emociones del Bosque soñado.

El real también cuenta con la irrealidad de su figuración, en ocasiones hasta con la surrealidad de esas vegetaciones, de esos árboles, de esos matorrales, que parecen confabulados para que todos podamos reconocer nuestro sueño sin que nadie se apropie de él, y para que, al fin, el corazón del Bosque palpite en el nuestro.

Con el tratamiento del bosque en las artes plásticas ha tenido lugar una evolución muy similar a la ocurrida en el mundo de la literatura. Evidentemente, desde sus primeras manifestaciones artísticas, uno de los elementos de interés más destacados ha sido el entorno natural. Se trata de artistas muchas veces anónimos (piénsese en las escenas animales y vegetales incorporadas al hábitat de los pueblos prehistóricos), que en determinados contextos dirigen su mirada a la Naturaleza con interés casi científico, alimentando su producción forzosamente de su experiencia y de su mirada directa al entorno. En la Antigüedad, asirios, egipcios, griegos y romanos plasman en soportes muy diversos, con diferentes finalidades y enfoques, ese mundo natural inmediato.

Como elemento que podía tomar parte en un determinado paisaje, el bosque mantuvo casi siempre, y durante mucho tiempo, un lugar de subordinación frente a temas prioritarios, desde luego en España, como eran la pintura histórica, la religiosa o el retrato (Barón, 2002). En innumerables fondos de cuadros cuya atención fundamental se centraba en un personaje o narración histórica, se hace posible identificar sin dificultad paisajes reales — en el Renacimiento italiano, o en la pintura flamenca del XVII—. Leonardo da Vinci y Alberto Durero son personajes que no pueden ser entendidos si no destacamos su obsesión por el mundo natural, aproximándose su interés hacia las plantas a la inquietud del fisiólogo. Hasta en el medievo español encontramos ejemplos de investigación meticulosa por la fauna y la flora, como se puede apreciar en alguna de las ilustraciones de las «Cantigas de Alfonso X el Sabio» incluidas en este Atlas. En esta misma época, la atracción por el mundo vegetal se relaciona con estudios científicos, y especialmente de medicina —herbolarios— : no son desde luego paisajes, pero sí se evidencia, con mayor o menor interés plástico, un conocimiento directo de la Naturaleza. El medievo deja también un amplio rastro de representaciones del mundo vegetal en esculturas y relieves de edificios religiosos.

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El bosque y lo selvático (la caza, la ganadería, los ambientes umbríos refugio de eremitas o salteadores) son temas que frecuentemente aparecen en las ilustraciones de las Cantigas de Santa María (siglo XIII), obra de Alfonso X el Sabio. La imagen corresponde a la Cantiga número 102, presente en el códice conocido como T.I.1 o «Códice de las historias», que se conserva en el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial (Madrid).Aunque no existe acuerdo sobre los escenarios reales que sirvieron de inspiración o de modelo a los autores de estas imágenes, algunos de los sucesos narrados se ubican en el actual territorio de Castilla y León. Se desconoce la localización precisa de esta escena, pero permite apreciar el tratamiento artístico que dan a los pinos y otros árboles en el medievo.

Otra manera de aproximarse a lo natural se encuentra en acuarelas y óleos elaborados con motivo de los peritajes relacionados con pleitos territoriales, ya en la Edad Moderna; se trata de imágenes de gran interés que se sitúan en una posición equidistante entre el mapa, el documento catastral y el paisaje.

Pero hay que esperar al siglo XIX, como resultado de las influencias relacionadas con una nueva estética, la que comporta el Romanticismo, para encontrar en España una sensibilidad que hace cada vez más frecuente la atención de pintores y escritores hacia lo natural. De resultas del mismo, el árbol pasa de ser parte de un fondo, incluso en Velázquez, a protagonista, como se percibe claramente en Carlos de Haes, Aureliano de Beruete, y muchos otros. El Romanticismo es el gozne entre una postura y otra.

Carlos de Haes representa el exponente principal de la entrada de la pintura de paisajes en España. Y este mismo autor habla de la exigencia de atención al arbolado:

Los antiguos paisajistas nos han suministrado también, entre muchos buenos ejemplos, algunos perniciosos por el estilo de los ya indicados. Rara vez distinguieron las diferentes clases de árboles y peñas en sus cuadros. Ocupáronse solo en procurar que el árbol y la piedra lo pareciesen, sin curarse de que pertenecieran a tal o cual especie; lo que buscaba el pintor era el estilo, no la originalidad ni la fisonomía del objeto que imitaba. En sus cuadros todo vegeta y se arregla con mucho arte para la composición y la armonía; pero apenas se distinguen las diversas especies vegetales. En ellos el árbol como el hombre se señala por una belleza general de formas, más bien que por su propio carácter.

Y más adelante:

Los árboles, sobre todo, ofrecen una variedad que promete recursos que nunca se verán agotados.
Comprendieron [los nuevos paisajistas a los que sigue Haes] que descuidar el árbol en el paisaje era matarlo. Los árboles son las verdaderas figuras del paisaje. Cada uno tiene su fisonomía, cada uno su lugar favorito donde desplegar mejor su verdadero carácter (Haes, 1860).

La escultura en madera denota la intensa relación que ha existido, y todavía existe, entre el artista y el árbol. Estas tres imágenes de la provincia de Valladolid corresponden a los
retablos mayores del Convento de la Mejorada de Olmedo (1523) — hoy en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid —, de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción de Villabáñez (1571)  y de la iglesia de Santa María Magdalena de Matapozuelos (1592); los tres conjuntos escultóricos son obra de autores de gran prestigio: Alonso Berruguete, Francisco de la Maza y Leonardo de Carrión, respectivamente. En el siglo XVI, la retablística tiene una gran importancia en los centros religiosos de nuestro país. La elaboración de retablos exigió un consumo muy abundante de diferentes tipos de maderas. Los retablos hablan de bosques del pasado y, afortunadamente, se conservan documentos que permiten precisar el origen de la materia prima utilizada. Así, en el contrato para la ejecución del retablo del Convento de la Mejorada de Olmedo se indica «que todas las imágenes de bulto sean de nogal bueno e seco e añexo e los pilares e talla de madera de tejo e todos los tableros e demas de pino viexo e buena madera curada»; en el de Villabáñez, «que todas las historias que estan en la traza señaladas y escritas y figuran que sean de pino de Soria seco y limpio.Y ten que las columnas que son doce con todas las mas cornijas e frisos e alquitrabes e remates sean de pino de Soria seco y limpio las figuras que se obieren de hacer que se entiendan que se an de hacer de pino de la tierra con que sea seco y limpio»; y en Matapozuelos, «e todo a de ser de madera seca de Ontalvilla o Pinarejo de forma que no hienda todo asi las figuras como las columnas».

Como consecuencia de este tránsito, tanto la producción pictórica como literaria a partir de mediados del siglo XIX se ha hecho depositaria de una atención creciente hacia el paisaje y el bosque en particular. El mundo rural, y concretamente el bosque, también fue objeto de atención por parte de la pintura costumbrista o regionalista, en buena medida coetánea con las escuelas paisajistas; incluso algunos artistas simultanearon una y otra orientación temática. A menudo la mirada a lo forestal es muy obvia:

«El baile» o «La carreta de los pinares», de Valeriano Bécquer, hermano de Gustavo Adolfo; «Leñadoras», de Jaime Morera. En otros, como en Marceliano Santa María, pesa más la importancia de lo agropecuario: «El esquileo », «Ya se van los pastores».

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«El baile» o «La carreta de los pinares» (1866), óleo del pintor sevillano Valeriano Bécquer (1834-1870) inspirado en Noviercas, pueblo soriano en el que vivió su hermano Gustavo Adolfo. Museo Nacional del Prado (Madrid).

La presencia del arbolado en la pintura cubre una amplia muestra de ámbitos geográficos, como no podía ser de otra manera dado el auge que cobra la pintura del paisaje en España desde finales del XIX a mediados del XX: entornos ribereños («El Clamores» y «Alrededores de Segovia», de Joaquín Sorolla; «Soto de Fuentes Blancas», de Marceliano Santa María; «Puente de Riaza», de Eduardo Martínez Vázquez), llanuras con arbolado disperso («Paisaje de Castilla», de Benjamín Palencia), ámbitos montañosos («Paisaje del Guadarrama», de Martín Rico Ortega; «Caserío en la Sierra de Gredos. Guisando», de Eduardo Martínez Vázquez), e incluso imágenes de bosques de alta montaña («Bosque», de Eduardo Martínez Vázquez; o el magnífico «Altos de la Fuenfría», de Aureliano de Beruete).

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Carta topográfica de los términos colindantes de Pocilgas y de Sieteiglesias de Tormes (Salamanca) de Francisco Muñoz, óleo sobre lienzo (1787).Algunos pleitos relacionados con disputas por la propiedad de tierras o por la utilización de recursos (agua, bosques) motivaron la realización de planos en los que los peritos detallaban las características del territorio en litigio. El resultado, unas veces en acuarela, otras en óleo, son magníficos registros visuales que combinan información de tipo catastral y cartográfica con un tratamiento próximo a lo paisajístico. Una excelente colección de estos documentos se encuentra en el Archivo de la Real Chancillería de Valladolid.

Cierto es que en Castilla contamos con la trascendencia del «no-bosque», que lleva a algunos, como al protagonista de un breve relato de José Jiménez Lorenzo, «Su señoría, en la tierra llana», a la obsesiva búsqueda de arboledas. Tanto a finales del XIX, como bien entrado el siglo XX, numerosos pintores, castellanos o no —Marceliano Santa María: «Ancha es Castilla»; Ignacio Zuloaga:

«Paisaje castellano»; Aurelio García Lesmes: «Campos», «Rastrojos»; Joaquín Vaquero Turcios: «Mediodía en Castilla »—, y muy en consonancia con la imagen de Castilla forjada por los autores del noventa y ocho, nos ofrecen múltiples representaciones de las llanuras castellanas carentes por completo de vegetación. Incluso José Vela Zanetti simboliza, en lienzos como «Tronco partido» o «Requiem por un árbol», el proceso histórico que ha llevado a esta imagen, no única, de esa Castilla que para muchos se quiso mesiánica. Esta atención al paisaje castellano ha trascendido lo meramente figurativo para dirigirse hacia un lenguaje de lo místico que roza la abstracción, como ocurre, desde una óptica cubista, con el pintor palentino Juan Manuel Díaz Caneja.

Dentro de la pintura más contemporánea, estos paisajes son muy a menudo un mero punto de partida o pretexto para manifestaciones artísticas que rozan lo expresionista y lo abstracto. En Vaquero Turcios, en Díaz Caneja, o en Benjamín Palencia, entre otros, vemos que el paisaje en sus pinturas ya no es documento, y está fuertemente condicionada por lo subjetivo y la carga individualista propia del arte actual.

Como ejemplo de este individualismo artístico, José María Mezquita representa una de las cotas más altas dentro del realismo más puro y vanguardista de este momento.

Ahondando en lo subjetivo, Mezquita potencia el interés por una realidad tratada de una manera muy conceptual y al mismo tiempo sumamente naturalista. El propio artista ha reflexionado a menudo sobre el sentido de su obra (Junta de Castilla y León, 1996):

La naturaleza no es lo que conocemos, no es ese aspecto que queda grabado en la fotografía, en la tarjeta postal o en nuestra mente, en el acopio más abundante de imágenes de que dispone la mente. Si encontramos la manera de observar atentamente la naturaleza, es selvática, más extraña, fantástica, sobrecogedora y desconocida de lo que podríamos sospechar. Su auténtica imagen se sale de la que la mente dispone. Esas imágenes no han sido buscadas deliberadamente, conocidas de antemano, sino que han aparecido como un resultado sorprendente para el propio pintor. Y esas imágenes me han impresionado con su ser y esa vida puramente vegetal. Umbral que no se busca deliberadamente, que un día surge, que se te desvela como a un iniciado, después de veinte años de contacto con la naturaleza (José María Mezquita, 21 de octubre de 1985).

 

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