ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – XXV

La necesidad de pastos.

La formación de pastizales y prados o el frágil equilibrio entre recursos ganaderos y forestales

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Hombres pelando un tronco con ayuda del hacha de dos bocas, empleada para cortar y pelar. Una vez cortado el pino, el desramado y el desbastado de los nudos se hacían con el «peto» del hacha de dos bocas, y después se pelaba o desroñaba la corteza del pino con el corte opuesto del hacha, utilizando la «pala». Pinares de la Sierra del Guadarrama. El Espinar, Segovia.

Una buena superficie de los prados de siega y de los pastizales a diente que orlan nuestros montes o que tapizan nuestras laderas sobre suelos profundos y pendientes moderadas en ámbitos cantábricos o atlánticos, ha sido a costa de los hayedos y de los bosques mixtos de frondosas presididos por los robledales. La presencia de fresnos, arces y robles en las lindes de las fincas, formando junto a las cercas de piedra y las sebes o setos vivos un bocage y un mosaico paisajístico de gran entidad, nos recuerdan los antiguos dominios de los bosques mixtos planocaducifolios en nuestras montañas húmedas y en sus fondos de valle. La organización de los prados y pastizales en los Valles de Sajambre y Valdeón (León) o en el Valle de MENA (Burgos ) pueden servirnos de paradigma al respecto. Asimismo, la tala o desaparición de los hayedos debido a la persistencia en el tiempo de acciones desestabilizadoras— pastoreo, expansión de pastizales, extracción de madera y leñas— ha podido beneficiar la expansión del acebo en algunas zonas frágiles y meridionales de la región, como Prádena, en la provincia de Segovia, o la solana del puerto de Piqueras, en Soria.

También la tala, las rozas, o los incendios sucesivos para la formación de pastizales a diente, ha transformado la estructura original de los bosques marcescentes del género Quercus, ahora sustituidos o mezclados con formaciones secundarias de brezales y escobonales, o por repoblaciones y plantaciones de coníferas, tras décadas de abandono de los antiguos aprovechamientos y del retroceso de la presión ganadera. Dentro de estos procesos de sustitución, parece que algunos de los brezales que rodean a los hayedos en la Sierra de la Demanda, en la Sierra de Cebollera, en los Picos de Urbión o, más al sur, en la Sierra de Ayllón, pueden tener origen antrópico, al colonizar antiguos pastizales.

En la base económica y en la organización del terrazgo de nuestros valles encontramos la actividad ganadera y pastoril; los ganados vacunos de trabajo o de renta, y antaño, también, el caballar y la cría de ganado mular y asnal, junto a los rebaños de ovino y caprino, constituían la cabaña tradicional que aprovechaban escalonada y de forma complementaria los recursos pastables de los valles.

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Los pinares de Valsaín y Navafría, en la Sierra del Guadarrama, son dos buenos modelos de gestión forestal en los que se ha unido con prudencia y sabiduría la tradición en los usos del monte y la incorporación de una adecuada economía de la conservación forestal ligada a la selvicultura moderna. Dos imágenes que muestran una yunta de bueyes en labores de arrastre de madera con la cadena; cuando el terreno era favorable, el carretero cargaba los pinos en el carro, con la única ayuda de los bueyes, para su transporte fuera del monte (Familia Mir-Heras.Valsaín, Segovia, 1944).

Majadas, sextiles, cabañas, chozos, invernales, o las fuentes de aguas frescas cuidadas por los pastores salpican aún los paisajes forestales de nuestras sierras. Ganadería mayor que se alimenta de los prados de siega o de guadaña y de los pastos de verano, y ganadería menor que carea y trisca por las laderas hasta las zonas más quebradas; en el otoño, la recogida y almacenamiento de ramas y hojas de roble o fresno —ramón— para forraje de ovejas y cabras, ayudará al sustento pecuario y a pasar el invierno.

El pastoreo o pastoría, en sus diferentes modalidades, y la formación de pastos, pastizales y prados, herbazales, majadales, extremos, puertos y brañas, explica en gran medida la distribución y la configuración en mosaico de nuestros paisajes vegetales. Las huellas dejadas en laderas deforestadas y convertidas en pastizales y praderío, o inscritas en las superficies supraforestales, se traducen en la creación de un paisaje humanizado y en un modelo de organización de los recursos ganaderos y forestales en equilibrio frágil, en el que influirán decisivamente la apertura de comunicaciones, las explotaciones mineras, el éxodo rural y, de forma profunda y definitiva, la construcción de embalses de cabecera.AtlasForestal_CastillayLeon_Bloque3_Página_267_Imagen_0002

Merece una mención singular el alcance de la trashumancia. La epopeya de la trashumancia ha dejado hondas señales en nuestros montes y paisajes culturales, bien ampliando la superficie de los pastizales, bien creando y abriendo largos itinerarios de paso y de pasto entre «invernaderos y agostaderos» a través de terrazgos agrícolas y arbolados. De esta actividad secular encontramos múltiples testimonios en el Diccionario Madoz, referidos tanto al estado de los montes a mediados del siglo XIX como al aprovechamiento de los pastos. Así, se señala en la zona que «media de la Sierra de Gredos a la de Piedrahita, que será de 4 a 5 leguas, se encuentran varios valles y cañadas destinadas a alimentar, no solamente al ganado del país, sino también al de otras provincias, pudiéndose asegurar que pasan de 40.000 cabezas las que pastan en estos sitios durante el verano. Diferentes cerros y cabezos se ven poblados de retamas, y en algún punto que otro hay monte de roble y pinares; los cuales han sido mal conservados en estos últimos años» (Madoz, 1846, voz Piedrahita).

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El pastoreo, en sus diferentes modalidades, y la formación de pastos, pastizales y prados, herbazales, majadales, extremos, puertos y brañas, explica en gran medida la distribución y la configuración en mosaico de nuestros paisajes vegetales (Coruña del Conde, Burgos).

Unas 280.000 cabezas de ganado lanar trashumante que invernaban en Extremadura, Andalucía, y Castilla la Nueva, pastaban a mediados del siglo XVIII en la Tierra de Soria. La producción de lana fina, muy demandada por la industria textil europea en aquellos momentos, sustentó el trabajo de un buen número de carreteros sorianos y enriqueció, de manera a veces ostentosa, a la nobleza soriana. De las montañas palentinas y de sus altos valles «a los que los naturales conocen con el nombre de puertos, se nos recuerda que antiguamente sacaban considerables productos, cuando la industria pecuaria era en España una riqueza importante. Hoy, aunque también en los meses de junio, julio, agosto y parte de septiembre suelen enveranar los ganados merinos, el valor de los pastos no iguala en una tercera parte al que tenía anteriormente (Madoz, 1846, voz Palencia)». Es más, en algunos valles altos de la Cordillera Cantábrica, nevosos y fríos, como consecuencia de la ampliación constante de los pastos en «puertos» y «colladas» para el ganado del país y el merino, se llegó a tal carencia de arbolado que sus aldeas y habitantes «tenían que importar de otros pueblos las leñas y maderas necesarias».

La consolidación de la minería del carbón y la construcción de la red ferroviaria para la extracción y transporte carbonífero en la vertiente meridional de la Cordillera Cantábrica, tendrían una gran incidencia en la configuración y fisonomía de nuestros montes y, de inmediato, en la ampliación de los prados con la especialización ganadera.

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Chozo de pastores (Brías, Soria).

Hasta la incorporación de muchos montañeses a la minería y a otras industrias, el sustento familiar se completaba como pastores en la trashumancia, con la arriería y el transporte de granos y harinas desde las campiñas hacia la montaña y el litoral cantábrico, y viceversa, de maderas y aperos hacia la llanura; también desde la montaña leonesa bajaban en invierno a tierras zamoranas y al litoral asturiano un buen número de artesanos y maestros de primeras letras que compaginaban la enseñanza con el arte de hacer cucharas y otros utensilios de madera.

«Galocheros» les llamaban en Aliste. Un testimonio elocuente de la complementariedad histórica y geográfica entre la montaña y la llanura.

El aprovechamiento de maderas, leñas o carbón, y de otros recursos.

La sustitución de los ecosistemas forestales por matorrales

Nuestras montañas han sido durante largo tiempo una gran reserva de maderas para usos múltiples, pero sobre todo para la construcción, carpintería y ebanistería. Y así quedan de AtlasForestal_CastillayLeon_Bloque3_Página_284_Imagen_0001nuevo los testimonios históricos de algunas áreas como el valle alto del Porma con montes poblados de urces, hayas, roble, abedules y otras maderas de construcción; «los principales de estos, son: Las Biescas, La Solana, Remellagüellos, y La Brañuela; a la subida del puerto de Tronisco hay otros dos montes llamados Entrefaedos y Robledo, cubiertos de haya y roble el primero, y de roble sólo el segundo; estos dos montes son los que producen mejores maderas de construcción (Madoz, 1846, voz Cofiñal)». Y se nos recuerda la existencia de un hermoso pinar de silvestre titulado de «Villaoscura» en

Puebla de Lillo, joya aún de nuestros paisajes forestales y bosques autóctonos.

Es bien sabido que en el alto Cea, Valdeburón, Sajambre, Valdeón, y otros valles de nuestras montañas, la atención al ganado durante el largo período invernal se combinaba con la fabricación de aperos de labranza —armaduras para carros, ruedas, cambas y estevas de arado, yugos, carrales para el vino, etc. —y otros utensilios de madera —almadreñas, palas, horcas, bieldos, rastros, aijadas, etc.— que posteriormente bajarían en largas carreterías a vender y cambiar a Tierra de Campos por trigo y vino, materias en las que eran claramente deficitarios. Los bosques concejiles administrados por los vecinos suministraron las maderas necesarias para estos trabajos artesanales que llegaban puntualmente a los mercados y ferias, por San Juan y San Pedro, al inicio del verano y de la cosecha de granos.

En el extremo oriental de la región, los «dilatados pinares » de las sierras del Sistema

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El pinar de Lillo (León) constituye la masa más extensa de pinar autóctono de la Cordillera Cantábrica. La defensa frente a incendios que suponen las alineaciones rocosas, la pobreza de los suelos de la umbría cuarcítica y la propia historia del enclave han permitido su persistencia en un medio en el que, junto a los bosques de frondosas, dominan los pastizales y los matorrales que proceden de la destrucción de otros bosques tan ricos como éste.

Ibérico, a caballo entre las provincias de Burgos y Soria, ofrecieron desde antiguo madera de construcción y tablazón; allí el corte y aserrado de maderas y la «elaboración de artesas, artesones, morteros de madera y gamellas» fueron la base de una reconocida carretería, la Real Hermandad de Carreteros, que llegó con sus carretadas de madera tiradas por bueyes hasta mercados y astilleros lejanos.

Todo un muestrario de tradiciones artesanales, en gran parte desaparecidas por una modernización arrasadora, nos permite reconstruir la relación estrecha e inmemorial entre árboles o arbustos y útiles para el trabajo y la vida cotidiana. He aquí algunos ejemplos: madera de haya para yugos o sillas; madera de encina para ruedas de carro; maderas de roble para las duelas de las barricas o para traviesas; castaños para muebles, tonelería y cestería; maderas de aliso o «humeros» para zuecos «cholas», almadreñas o galochas; madera de pino (Pinus pinaster) para muebles, retablos o, sobre todo, trillos «Cantalejo»; maderas de negrillo para la fabricación de carros y aperos; trenzados de varas de avellano para la construcción o para la cestería; madera de alcornoque para carros y corcho para colmenas y taponería; salce para rabeles o cachas; cornicabra para mangos o castañuelas; «fusera», dura y lustrosa, para husos; durillo para cucharas; tilos para hormas y ruecas; madera de almez para horcas, cayados y palas para hornos; madera de boj para útiles de cocina; maderas de álamo para tercias y vigas; en fin, maderas especiales para rodeznos de molinos, batanes o ferrerías, para banzos y aceñas, o para puentes y pontones.

Sin olvidar, además, que «lumbreiros» de brezo y teas de pino iluminaron casas, cuadras y pueblos hasta fechas recientes.

En algunos ámbitos forestales la acción humana se pone de manifiesto con particular significado ecológico, económico y social. El aprovechamiento del castaño — madera y fruto— ha generado paisajes forestales o «sotos» de indudable entidad fisionómica y cultural que observamos con notable elocuencia en el Bierzo, en algunos valles sanabreses

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Los gabarreros se dedicaban al transporte de leñas muertas para su venta, ayudados por caballos serranos, yeguas y borriquillos. Una caballería transportaba entre 300 y 350 kg, llegando excepcionalmente a los 400 kg. Pinar de Valsaín (Segovia), 1947).

y alistanos, en las sierras de Francia y de Béjar, o en el valle del Tiétar. Junto a la riqueza maderable, cabe rememorar las celebraciones populares del magosto y una rica tradición en la elaboración de alimentos a partir de la castaña. Asimismo, las extensas masas de pinares que ocupan las tierras arenosas de las campiñas meridionales nos muestran una impronta claramente humana. Al aprovechamiento de la madera, leña o la característica miera o resina del pino resinero, se suma la recogida de su tamuja o pinaza para cama del ganado y abono orgánico o combustible, lo mismo que las grandes piñas o «piñotes».

Por su parte, la morfología y disposición de los pinares de pino piñonero a partir de prácticas forestales propias favorecen la producción de piñón, cuyas formas de cosecha y elaboración impregnan el quehacer popular y la cultura gastronómica o repostera de estas comarcas. Y alrededor de la explotación de las pequeñas manchas de alcornoque, más bien raras en la región, se han creado paisajes de cierta diversidad cultural, sobresaliendo lógicamente la extracción del corcho, muy apreciado al ser un aislante natural muy eficaz y emplearse para distintos fines: colmenas, tapones, recipientes, etc.

Los valles medios y campiñas, sus pueblos y ciudades, dependían básicamente de las maderas, leñas y carbones de los montes próximos o lejanos, convertidos en proveedores de materias primas para la construcción y carpintería o de combustibles. De las sierras situadas al sureste de La Bañeza y de sus montes de encina o sardón que tanto abundaban en el país se señala a mediados del siglo XIX: suministran bastante carbón y leña, pues son estos los combustibles que generalmente se usan, destinándose para las fraguas el brezo o carbón de raíz de urz. Los montes de los páramos calcáreos —Montes de Torozos y Cerrato—, próximos a Palencia y a Valladolid, aportaron durante siglos ramaje, hornija y carbón a los hogares rurales y urbanos del entorno; y el abadengo cisterciense de La Santa Espina tenía su principal fuente de ingresos en la comercialización del carbón vegetal. Sin reiterar en más ejemplos, se deduce que, en mayor o menor grado, y a pesar de existir formas concejiles de «ordenación» de los aprovechamientos, el proceso llevó a la reducción de una buena parte de la cubierta arbórea a monte bajo, a carrascales y bardales, de los que se surtían principalmente para el fuego, según expresan los testimonios de diferentes comarcas. En resumen, un proceso fitodinámico secular en el que dominó la sustitución de los ecosistemas forestales por matorrales esclerófilos, adaptados a condiciones edáficas empeoradas y degradadas.

La instalación de ferrerías, a orillas de un río de montaña con potencial hidráulico, y la presencia cercana de mineral de hierro, supuso un consumo elevado de leñas, que llevó a un deterioro de los bosques y del monte alto, difícil de evaluar, y a frecuentes conflictos con los habitantes de las áreas próximas. Recordemos que para la obtención de un kilo de hierro eran necesarios aproximadamente tres de vena y cinco de carbón vegetal, y cada uno de éstos resultaba del carboneo de cinco kilos de leña. El alza en la demanda de hierro a partir del siglo XVIII trajo consigo un incremento de la actividad y del consumo de combustible, hechos de los que nos quedan testimonios expresivos en las ferrerías de El Bierzo o en el Valle de Valdelaguna, en la Sierra de La Demanda.

Las dehesas boyales y el mantenimiento de los bosques protectores o de abrigo. Modelos de patrimonio ecocultural y público

Existen buenos ejemplos de protección y conservación secular de enclaves forestales

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Fresneda a orillas del río Adaja, próxima a la ciudad de Ávila.Antigua dehesa boyal para las yuntas de labor de ganado vacuno y actualmente parque público.

destinados al cobijo y alimentación de los animales, en particular de aquellos ganados de carga o de tiro, vacuno, caballar o mular, que eran imprescindibles en la vida de los pueblos. Tres rasgos básicos pueden subrayarse en estos espacios forestales: su titularidad pública, concejil o comunal, su acotamiento como abrigo del ganado y como reserva fundamentalmente de pastos, y su proximidad a los entornos habitados de la que se deriva un contacto y relación familiar con el entorno forestal. Si además, nada infrecuente, existe en la dehesa boyal algún lugar sagrado como una ermita o santuario e, incluso, un pequeño ferial y mercado ganadero, la familiaridad rebasa el entorno más próximo y se amplía al espacio comarcal, sobre todo en fechas bien conocidas y celebradas como las romerías. Son, por tanto, símbolos de identidad local o comarcal. La hermosa ermita de Hontanares, en medio de un claro en un bosque de robles, es un lugar privilegiado y de encuentro para los habitantes de Riaza y su comarca.

Aún permanecen viejas costumbres vinculadas a la defensa y gestión de las dehesas boyales. Sirva de ejemplo la festividad del Arca, compartida entre Almarza y San Andrés de Soria, donde se transfiere el arca de roble que guarda la documentación relativa a las Ordenanzas de aprovechamiento compartido de la dehesa boyal, que es cerrada mediante dos llaves, una por cada representante municipal. La entrega de la misma se lleva a cabo en el lugar denominado Cantogordo, comenzando el ritual con un saludo entre los alcaldes; a continuación se hace entrega del arca, Almarza a San Andrés los años pares, y viceversa los impares.

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En el hermoso tejedal «U Teixedelu» de Requejo de Sanabria (Zamora), con ejemplares de tejo monumentales acompañados de robles, abedules, acebos, avellanos, etc., el ganado vacuno encuentra desde antiguo un buen refugio durante el verano (año 2000).

Aunque se trata de bosques ahuecados y aclarados, perviven diferentes modelos y especies de protección y salvaguarda en la región. Muchas de ellas nos llegan en buen estado al haberse exceptuado de la venta desamortizadora las «dehesas que, siendo propiedad común, fuesen destinadas a pastos para el ganado de labor de los municipios (1859)». No ocurrió lo mismo con algunos pastos comunes, o «quintos», arrendados a poderosos ganaderos; unas 65.000 hectáreas se desgajaron del patrimonio común y pasaron a manos privadas en la antigua Universidad de la Tierra de Soria. No obstante, quizás sea en la provincia de Soria donde se conserven ejemplos más abundantes y reconocidos de dehesas boyales.

En la dehesa de Crespos, en las proximidades de Almazán, contamos con buenos pies de quejigo de doscientos a trescientos años y con viejos ejemplares de melojo. Singular y magnífica es la dehesa de sabina albar de Carrillo, cerca de Calatañazor, con individuos monumentales que viven en apropiadas condiciones edáficas y que dan sombra a un herbazal pastado tradicionalmente por ganado vacuno. El acebal de Garagüeta forma una espléndida dehesa boyal, compartida por los ayuntamientos de Arévalo de la Sierra y Torreárevalo (Soria), en la que se combina una extensa mancha forestal de acebos y pastos destinados tradicionalmente a ganado vacuno y caballar. Se preservan buenas masas de roble albar en la dehesa de Monasterio de la Sierra, en Burgos; de rebollo y pies longevos de roble albar en la dehesa de Tolbaños de Abajo, en Burgos; o de hayas, robles, y algunos acebos, en la dehesa de Monterrubio de la Demanda, en Burgos. En general, los pueblos de la Sierra de la Demanda salvaguardan con adecuado equilibrio dehesas boyales de elevado valor botánico, faunístico y cultural.

Reputadas son asimismo las dehesas boyales de Siguero y Sigueruelo, en Segovia, con arbolado de roble, sabinas y varios prados de siega y riego con fresno, donde el ganado trashumante encontró cobijo y la cría de ganado caballar, mular, y asnal, tuvo gran significado y trascendencia para las economías locales. Los enebros altos se destinaron para las obras y los bajos se utilizaron como combustible.

El aprovechamiento de la dehesa de acebos en Prádena (Segovia) era de ganado mayor, y el mantenimiento, limpieza, riego de las praderas y preparación de los montones de leña para su reparto se hacía por el común de los vecinos en hacendera o facendera, como se realizaba en otras partes de la región. En el hermoso tejedal «U Teixedelu » de Requejo de Sanabria, en Zamora, con ejemplares de tejo monumentales acompañados de robles, abedules, acebos, avellanos, etc., el ganado vacuno encuentra desde antiguo un buen refugio durante el verano.

Hoy, estos paisajes ecoculturales cobran nuevo valor. La relajación y el abandono final de

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Entre 1950 y 1970 el Patrimonio Forestal del Estado realizó amplias repoblaciones forestales en diversas zonas de la región, como por ejemplo en los páramos detríticos de León y Palencia (en la imagen, cruce de Dos Hermanas, en los páramos de Vegas del Condado). En estas zonas, sensiblemente llanas y tapizadas de brezales, se instaló una masa forestal de pinares sobre decenas de miles de hectáreas en la que se han recuperado la fauna y las frondosas. Estos bosques constituyen la base socioeconómica de la comarca.

los aprovechamientos tradicionales han llevado a un cambio frecuente de usos y de función, aunque la dehesa boyal se mantiene como símbolo de calidad ambiental y de bien público. La transformación más común es la de parque recreativo, como «La Dehesa» en Cerezo de Abajo (Segovia). La mentada dehesa de Garagüeta es hoy un lugar para disfrutar del entorno natural y de los vestigios culturales construidos por pastores y ganaderos, además de cumplir con una función formativa a través de un taller de empleo que consta de dos módulos, uno de auxiliar forestal y otro de guía de turismo rural. Sin embargo, en Guijuelo (Salamanca), la dehesa boyal ha ido cediendo terrenos para distintas edificaciones: silo de productos agrarios, instituto de bachillerato, polideportivo, mercado de ganados, parte del polígono industrial, etc., aunque algunos ganaderos locales arriendan y aprovechan una parte de los pastos meridionales de la misma. Las amputaciones o cesiones llevadas a cabo en forma de urbanizaciones, de infraestructuras y equipamientos, o de depósito de basuras, ha deteriorado o liquidado en algunas partes la función de prados y dehesas comunales, y con ello las virtudes ambientales y culturales que acompañaban a estos paisajes forestales.

No es fácil compartir los valores y paisajes heredados con nuevas alternativas y funciones sin causar daños irreversibles al conjunto forestal y al bien público. Dos reglas o formas de comportamiento deberían estar siempre presentes: la sensibilidad y el respeto ambiental, y los principios que rigen la economía de la conservación en el manejo de los recursos renovables. En el sabinar de Hornuez, en Segovia, antigua majada y descansadero de ganados trashumantes, con ejemplares valiosos de sabinas, con frescas fuentes y buenos pastizales, se sostiene con equilibrio el paisaje tradicional, además de afianzarse como un lugar de encuentro y de recreo en torno al santuario de Nuestra Señora de Hornuez. La histórica dehesa de Valonsadero, que conjuga funciones de ocio al lado de los aprovechamientos ganaderos, se ha convertido en símbolo de innovación y logotipo de la página web de Soria, mostrándonos con ello una redefinición hasta el momento prudente de los espacios públicos y del patrimonio forestal y cultural.

Otras muchas cuestiones deberían abordarse para un entendimiento completo y profundo de los paisajes forestales y del aprovechamiento histórico de sus recursos, entre otras: la desamortización y la dinámica de la propiedad pública y de la privada, el inventario actualizado de los bienes concejiles y dehesas boyales, los mercados y ferias tradicionales de la madera, los lugares y comarcas especializadas antaño en la producción y transformación de la madera —cubas, trillos, carros, aperos, muebles, menaje, maquinaria, zuecos y almadreñas, escobas y escobones, carbones de urz, de encina, de roble, etc.— , los aprovechamientos apícolas, el complemento y la incidencia de la caza en la vida tradicional o sustento doméstico, la persecución y eliminación de las alimañas y animales salvajes, los usos y virtudes medicinales, la ordenación tradicional de los aprovechamientos, las áreas específicas en la cría o recría de animales de tiro o de trabajo, los cambios de uso y paisaje en las vegas y riberas —roturaciones de pastos comunes, sustitución de la vegetación autóctona y ripícola— y, en fin, la trashumancia y su relación con los paisajes forestales, etc. Sin duda, son problemas o temas abiertos y del máximo interés geográfico y ambiental que algunas investigaciones recientes de carácter transdisciplinar sobre biogeografía, geobotánica, paisajes vegetales e historia forestal nos ayudan oportunamente a desentrañar y comprender.

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