ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – XXIII

Aprovechamiento pastoral del monte

Introducción

AtlasForestal_CastillayLeon_Bloque3_Página_183_Imagen_0002El pastoreo ha sido y continúa siendo el uso principal de los montes de Castilla y León, como también lo es del conjunto de los de la Península Ibérica. Se trata del mayor elemento modelador de nuestro paisaje forestal, principal agente responsable de la deforestación pero también agente diversificador y creador de nuevos elementos del paisaje, como dehesas y praderas.

La razón hay que buscarla en las necesidades de las comunidades que poblaban nuestro territorio. Debido a las limitaciones del transporte, los pueblos dependían casi exclusivamente de los recursos generados en el propio terreno. El ganado era parte esencial de esos recursos y de su génesis tanto por su aportación alimenticia como por su contribución al sistema productivo agrario. El ganado mayor, es decir, las vacas y, en menor medida y posteriormente, bueyes y mulas, servía de fuerza motriz; pero, sobre todo, el conjunto del ganado aportaba el estiércol, casi única forma de abono al alcance de los campesinos para recuperar la fertilidad que las tierras perdían con el cultivo. Por esta razón, la alimentación para el ganado era el elemento del sistema productivo que limitaba en mayor medida el mantenimiento y desarrollo de la población y de todo el sistema económico.

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El rebaño, que acaba de subir al páramo de Torrelobatón (Valladolid) siguiendo la Cañada Real Merinera, alcanza el pago denominado Las Navas. El nombre ilustra claramente su carácter de zona endorreica, lagunar, como atestigua un drenaje que aún avena la zona, de antigua construcción. Circundando este pago discurre el Cordel de Penacho que localmente es conocido como Carredondo y que se inicia y finaliza en la Cañada Real. Su geometría queda ilustrada en el dicho local No salimos de Carredondo haciendo referencia a una situación sin solución, «sin final».

Sin ganado y sin estiércol, las comunidades habrían tenido que abandonar periódicamente el territorio sobre el que se asentaban para dejar descansar las tierras y permitir la recuperación de la fertilidad, tal y como hacen actualmente muchas comunidades de las regiones tropicales, que aplican sistemas itinerantes de roza, quema, y cultivo, en el interior de las selvas.

En nuestras latitudes, se desarrolló desde el Neolítico un sistema mixto, que permitió el desarrollo estable de comunidades agro-ganaderas. Su progreso estaba limitado por la extensión de su base territorial, en la que debían combinarse tierras de cultivo y tierras para sostén del ganado y para el aprovisionamiento de leñas. Llegados al límite, cuando las necesidades alimenticias forzaban el incremento de las tierras de labor, la cabaña ganadera se resentía por falta de alimento o era incapaz de aportar el estiércol necesario, lo que forzaba la reducción del cultivo y la recuperación del «equilibrio territorial». Lógicamente, nunca existió tal «equilibrio», aunque teóricamente podría incluso calcularse sin demasiada dificultad la superficie necesaria por habitante para el mantenimiento del sistema: grosso modo, podemos pensar que los pueblos del norte de la región tienen alrededor de 500 ha de terreno por localidad, con unas 300 ha de monte, mientras que los pueblos del sur tienen alrededor de 5.000 ha, con unas 2.000 ha de monte, para tamaños medios de unos 200 habitantes en el primer caso y de unos 1.000 en el segundo. Pero otros elementos alteraban continuamente el sistema; entre ellos cabe destacar las variaciones climáticas y el desarrollo de la técnica agraria.

Es seguro que grandes extensiones del territorio de Castilla y León se encontraban al límite de su utilización, incluso antes del periodo romano, por los pueblos celtíberos, cuya base económica ha sido bien descrita, aunque no se haya dado el paso de extrapolar su efecto al paisaje y al territorio ocupado. De lo que no puede quedar duda es que el mantenimiento de poblaciones como Numancia, en cuya defensa se concentraron miles de caballeros, requería la implantación del sistema antes descrito en vastas extensiones, con un efecto sobre la deforestación y el paisaje deficitariamente valorado hasta la fecha.

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El ganado es herbívoro y requiere tejidos vegetales tiernos a la altura de su diente, como en este pinar de negral adehesado en Las Navas del Marqués (Ávila). El escaso valor pastoral de los pinares, casi limitado al aporte de sombra, provoca la falta de regeneración y, con el paso del tiempo, la pérdida del bosque.

Las necesidades del ganado

Pensemos ahora en las necesidades alimenticias del ganado, para intentar evaluar posteriormente la repercusión del pastoreo sobre el paisaje forestal. El ganado es herbívoro y requiere tejidos vegetales tiernos a la altura de su diente. Precisa cubiertas de tallas bajas, inferior a metro y medio, y poco lignificadas. De ahí que los pastizales constituyan la formación vegetal por excelencia para el ganado.

La presencia salpicada de algunos árboles puede incluso resultar beneficiosa por el aporte de sombra al ganado y a la hierba, lo que permite prolongar el periodo de aprovechamiento pastoral.

En un bosque, la mayor parte de la biomasa aprovechable se encuentra en el dosel de copas, inalcanzable para el ganado, y por ello los bosques no le resultan de mucha utilidad. Los matorrales poseen un cierto valor, pero se degrada con el tiempo, conforme se van lignificando o alcanzan tallas excesivas.

El hombre comprendió esto rápidamente y, desde hace más tiempo del que imaginamos, intervino sobre la Naturaleza, con las herramientas a su alcance, para fomentar hábitats adecuados a los herbívoros. Al principio burdamente, para mejorar los resultados de la caza, y posteriormente, a partir de la domesticación de animales, de una forma más consciente y activa, en apoyo a sus rebaños.

El origen del fuego como herramienta de manejo

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El hombre percibió muy tempranamente la presencia frecuente de manadas de herbívoros en los terrenos recién quemados, atraídos por el tierno rebrote vegetal.Al dominar este elemento, el cazador-recolector se hizo con la más poderosa herramienta para el manejo de la vegetación. Por desgracia, aún son muy numerosos los incendios cuyo origen está vinculado al desarrollo de las actividades ganaderas, como la expansión de la superficie de los pastizales a costa de matorrales y bosques (El Membrillar, León).

En nuestros ecosistemas el fuego ha sido un elemento fundamental de la dinámica vegetal —veáse el apartado «El bosque en el tiempo: su dinámica» y siguientes del capítulo «Ecología del bosque»—, tan responsable de la estructura del paisaje como el clima o el suelo, lo que desgraciadamente no ha sido tenido en cuenta en muchas interpretaciones de nuestro paisaje forestal. Por ello, sería erróneo pensar que, aunque nuestro clima permita el desarrollo de bosques cerrados en la casi totalidad del territorio de Castilla y León, nuestra región hubiera sido una especie de «Selva Negra» antes del Neolítico, y que una ardilla hubiese podido atravesarla sin bajarse de los árboles.

La realidad fue sin duda bien distinta. En nuestro paisaje vegetal debieron de alternarse desde hace cientos de miles de años bosques densos, bosques claros, matorrales, pastizales, e incluso paisajes de tipo «sabana», muy similar al de las «artificiales» dehesas. Los análisis prehistóricos, y en particular los estudios del poblamiento de Atapuerca, en Burgos, así nos lo confirman. El hombre debió percibir muy tempranamente la presencia frecuente de manadas de herbívoros en los terrenos recientemente quemados, atraídos por el tierno rebrote vegetal que acompaña al proceso de renovación inducido por el fuego. Al dominar este elemento, el cazador-recolector se hizo con la más poderosa herramienta para el manejo de la vegetación. En qué medida los cazadores lo utilizaron es una gran incógnita, pero de lo que no cabe duda es que los pastores neolíticos la utilizaron desde su asentamiento en Castilla y León. Al reducir los periodos de recurrencia de los incendios, y provocarlos sin control sobre su extinción, los pastores neolíticos debieron inducir de forma súbita extraordinarios cambios en nuestro paisaje vegetal que resultan difíciles de precisar.

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Las comunidades primitivas no transformaron los bosques para utilizar la ingente cantidad de madera o leña que contenían. El objetivo perseguido era disponer del suelo donde arraigaban para dedicarlo al cultivo y, en mayor extensión, para su aprovechamiento por el ganado, que por su escasa talla resultaba más accesible a la boca de los animales. El proceso fue similar al que hoy se observa en muchas selvas tropicales. En general, los grandes bosques del pasado desaparecieron por la actuación de agricultores y ganaderos necesitados de territorio. La imagen muestra un paraje desarbolado hace siglos por la acción del fuego que contrasta con su nombre, el puerto de Pinos en Babia, y que recuerda a la vegetación primitiva y a su condición arbolada. El espacio fue destinado a pastos de aprovechamiento estival por el ganado trashumante (San Emiliano, León).

En función de las características de los incendios: momento, intensidad, grado de desarrollo de la vegetación pre-existente, o presión ramoneadora posterior, se originarían zonas con muy diferentes características de la vegetación, en composición y estructura, diversificando el paisaje y abocando a la extinción, a escala local, comarcal o regional, a las especies incapaces de soportar los regímenes renovadores instaurados.

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La ilustración describe, para su empleo en un pleito sobre aguas en la Chancillería de Valladolid, la ocupación del espacio y su aprovechamiento en las cercanías de Astorga (León). En torno a los núcleos y en la proximidad de los cursos de agua se ubican las huertas con árboles frutales, junto a extensos prados concejiles logrados mediante regueras. Llama la atención la huerta que riega la reguera que se disputa, en la que figura la insignia de la Orden de Santiago, toda ella delimitada por una alineación de frutales. El secano evidencia un cultivo mayoritario de cereal mientras que el monte tiene una representación reducida en el paisaje, carente de arbolado en lo alto de los cerros, muy disperso o adehesado en el resto y con mayor densidad cuando se protege por una cerca. Destacan los árboles a la vera del camino que une los lugares de Sopeña de Carneros y Carneros, de gran anchura por formar parte de la cañada de La Vizana y transitado por el ganado que bajaba de Laciana y Babia; esta cañada también da servicio a una industria artesanal como son los numerosos molinos hidráulicos. Cada población tiene en sus proximidades los ejidos o espacios abiertos, destinados a la reunión de los ganados, descansadero de los mesteños o a la localización de las eras.

Las comunidades celtíberas no destruyeron sus bosques para aprovechar su madera, sino al objeto de disponer de tierras para el cultivo y todavía en mayor medida para hacerlas aprovechables por el ganado, en un proceso similar al que hoy se vive en muchas selvas tropicales. En general no son los taladores quienes destruyen los bosques, sino agricultores y ganaderos necesitados de territorio.

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Panorámica del territorio salmantino localizado en las laderas septentrionales desde el santuario de la Peña de Francia hasta la ciudad amurallada de Miranda del Castañar. La imagen muestra a los diferentes pueblos —Las Casas del Conde, San Martín del Castañar, Mogarraz, Nava de Francia, Casar, El Cabaco y, sin indicar su nombre, Sequeros y Villanueva del Conde— en un paisaje dominado por las sierras y los ríos que nacen en ellas. El bosque ha desaparecido para dar paso a dehesas con distinta densidad de arbolado, que proporcionan pastos y fruto, e incluye unas pocilgas en la «Deèsa del Cabaco». Destaca el tratamiento en «Monte Vajo» para el aprovechamiento de pastos y leñas en toda la franja forestal que linda con el «termino pribatibo de Zarzosillo». Alternan distintos cultivos y barbechos, también «linares», rasos, «tierras baldías», «hera» y un «prado de la Yglesia».

La articulación del espacio en el sistema agrario tradicional

Con el transcurso del tiempo, la consolidación de la técnica agro-pecuaria y del proceso de poblamiento, entre los siglos X y XIII, se fue configurando en toda la región el Sistema Agrario Tradicional (S.A.T.), que con ligeras variaciones se prolongó hasta 1960.

El S.A.T. hace alusión al sistema de ocupación del espacio y de aprovechamiento del terreno que combina la agricultura y la ganadería, con algunas actividades de industria artesanal. La unidad básica del sistema era la aldea, como agrupación de vecinos y familias que compartían un territorio, de cuyos recursos dependían de forma estrecha.

En síntesis, el territorio ocupado por una aldea se componía de las siguientes unidades territoriales o zonas:

1.– Más o menos centrado se encontraba el pueblo, residencia estable de los vecinos y sus ganados.

2.– A su alrededor, una zona de huertas en terreno altamente productivo proporcionaba productos hortofrutícolas.

Las huertas generalmente estaban cercadas y habitualmente de forma individual. La utilización de la piedra como elemento constructivo fundamental de viviendas y muros o paredes debe hacer reflexionar sobre la disponibilidad real de madera en estas comunidades, porque en otras regiones del globo, incluso en climas similares a los nuestros, se utiliza la madera en mucha mayor medida.

3.– Junto al pueblo y entre las huertas, se encontraba el ejido o punto de reunión de los ganados, en conexión con la red de accesos ganaderos y vías pecuarias.

4.– Rodeando a las anteriores, se ubicaba el terreno de labrantío permanente, ocupado generalmente por cultivos de cereal, en sistema de año y vez. Esto significa que las tierras se sembraban un año y al siguiente se dejaban descansar, en barbecho obligado por la escasa productividad del terreno y la falta de fertilizantes. Es la zona que originariamente se denominaba el «páramo», como aún se llama en el norte de Burgos, y en contra de la acepción del término más generalizada actualmente, de terreno llano, baldío y sin producción. El «páramo» frecuentemente se encontraba cercado de forma perimetral, pero raramente contenía cierres interiores.

5.– En terreno relativamente próximo al pueblo, con frecuencia inmersa en el «páramo», se ubicaba la dehesa boyal, para descanso y aprovechamiento del ganado más valioso en la localidad, el de labor, que tenía preferencia en el acceso a todos los pastos, por su trascendencia para el mantenimiento del sistema productivo.

6.– Y rodeando al «páramo» o labrantío permanente, con frecuencia separado del mismo por una cerca, se situaba el «monte». En el monte, como en el páramo, se reconocían distintos parajes, identificados por una rica toponimia, que desgraciadamente está en trance de desaparición, sin que se haya recopilado de forma exhaustiva en la mayoría de las localidades.

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El aprovechamiento integral de los recursos locales caracterizó el Sistema Agrario Tradicional. En las llanuras de la meseta, el ganado ovino aprovechaba las rastrojeras de las tierras de pan e incluso la cubierta de las bodegas en que se procesaba la uva. Con este uso del territorio, el pino, singular en su entorno y que dió nombre al pueblo, desapareció hace siglos. (Gordaliza del Pino, León).

En el monte, con frecuencia se diferenciaban uno o varios «cotos» o «matas», como zonas arboladas densas, destinadas a la producción preferente de madera y leñas, lo que se reflejaba en la regulación del uso ganadero.

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Actualmente, en nuestras sierras, persiste el hábito de guardar los rebaños de cabras en improvisadas tenadas, muchas veces centenarias. También es frecuente reunir en ellas animales de distintas especies (Las Navas del Marqués, Ávila).

En otras partes del monte podían diferenciarse otras dehesas, como zonas de vocación silvopastoral, con cubierta arbolada clara y normas de aprovechamiento pastoral diferentes de las del resto del monte.

Por último, dentro del monte eran frecuentes zonas de cultivo ocasional o periódico, que iban rotando por el conjunto de la superficie, en función de las necesidades alimenticias de la época. Nombres como «bouzas», «arroturas», «sernas», «searas» o «rozadas» designaban estos enclaves.

Cada aldea constituía la unidad básica de manejo del territorio, con una delimitación muy clara de su demarcación, que se reflejaba sobre el terreno mediante mojones de piedra, periódicamente recorridos y mantenidos. Cada año, las localidades vecinas celebraban, generalmente en ambiente festivo, la jornada de recorrido de sus mojoneras.

Los únicos terrenos de «propiedad particular» eran los cultivados y ciertas propiedades forestales de la Iglesia y la Nobleza, que en realidad, con la Corona, eran los propietarios de todo el territorio, del que los vecinos eran meros usufructuarios.

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Gran parte de los pastos de altura en la montaña cantábrica son adecuados para su aprovechamiento por ganado vacuno, que en la última década está desplazando al ovino trashumante. En la imagen, rebaño mixto de casina asturiana y parda alpina en el puerto de Montrondo (León). En segundo plano, la hierba ha rebrotado en el pastizal quemado el año anterior

Con frecuencia, sobre todo en zonas de montaña, donde la extensión de terrenos forestales no aptos para el cultivo anual era muy amplia y superaba las necesidades estrictas de cada aldea, existían terrenos comuneros, en los que los aprovechamientos forestales podían llevarse a cabo por  los vecinos de las comunidades colindantes. Las zonas de común aprovechamiento solían señalarse mediante mojones de menor entidad, conocidos como «mojones de alcances», que nunca deben confundirse con los mojones principales, identificativos de la propiedad, un concepto algo difuso hasta el siglo XIX.

En ciertas comarcas del norte de la región era habitual la existencia de montes con utilización compartida por un conjunto amplio de localidades. En general se trataba de las zonas más altas de las sierras, que permitían la alimentación estival de amplios rebaños. Es el caso de los montes de Ordunte, compartidos por numerosos pueblos del Valle de Mena, y de numerosos ejemplos en la Montaña de Burgos, propiedad de «los Alfoces», identificados en el siglo XIX con muchos ayuntamientos.

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Un pastor inicia el careo matutino por las cuestas solanas de La Velilla, en el valle de Omaña (León). Uno de los mayores inconvenientes que actualmente presenta el ganado ovino es la dificultad de su manejo, que precisa de una gran dedicación del personal experimentado, con la ayuda insustituible de los perros (careas y mastines).

Al sur del Duero el poblamiento fue más tardío, y aunque se organizó de una manera similar, a partir de los concejos vecinales, surgió una diferencia importante: el establecimiento de un nivel superior a la aldea y el alfoz, constituido por las comunidades de villa y tierra. Se trataba de amplios conjuntos de localidades, agrupados en torno a una cabecera, como las de Soria y su tierra, Cuéllar (Segovia), el Asocio de Ávila o la comunidad de Miranda, en Salamanca. En estos casos, aparte del territorio de cada aldea o villa, se reservó un espacio para el conjunto de los vecinos de la comunidad, origen de los actuales montes mancomunados, entre los que cabría destacar la Comunidad «Pinar Grande», de los ciento doce pueblos de Soria, o «Valle de Hiruelas», del Asocio de Ávila.

Lógicamente el sistema sufrió variaciones con el tiempo, que pueden considerarse ligeras, pues no afectaron a lo esencial, y presentaba diferencias entre comarcas como consecuencia de la diferente aptitud agrológica del terreno: no son lo mismo las Montañas de Espinosa de los Monteros que la Tierra de Campos, ni una vega que lo que habitualmente y en Valladolid o León se conoce como «el páramo».

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El ganado cabrío ha desaparecido de muchos de nuestros montes y ha supuesto un notable beneficio en la regeneración y en la expansión del arbolado; en contrapartida, las superficies cubiertas por matorral también han aumentado de forma explosiva. Este ganado no debe ser menospreciado y se ha de valorar el gran papel que desempeña en el control del matorral y por los productos alimentarios de calidad que proporciona (carne, cecina, queso, yogur, etc.) (Villar de Santiago, León).

Entre las variaciones locales cabe destacar la presencia en Zamora y El Bierzo de los sotos de castaños, como zonas silvopastorales de estructura vegetal próxima a las dehesas, con destino a la producción de castaña. En zonas de montaña era habitual la presencia de prados en terrenos junto a cauces, que en climas menos fríos podrían estar ocupados por huertas. En zonas más cálidas, una parte del labrantío permanente se dedicaba al viñedo, un cultivo que como otros era forzado fuera de su área, por la necesidad o el aprecio.

Muestra de la incomunicación propia del sistema es que, durante la segunda década del siglo XX, todo el Valle de la Cabrera, en el extremo occidental de León, no disponía aún de comunicación con el exterior y, como el viñedo no era adaptable a la comarca, el vino era intercambiado por jamones, pasando una manguera a través de un puente peatonal que no soportaba el peso de los carros.

Esta forma de organización del territorio permitía un aprovechamiento integral de los recursos locales y el mantenimiento, en general precario, de las comunidades humanas. La abundante documentación histórica existente pone de manifiesto los tempranos y frecuentes conflictos en el uso del territorio, lo que constituye la mejor prueba de que se encontraba, desde mucho antes de lo que habitualmente se piensa, al límite de su capacidad.

No podemos olvidar la abundancia de testimonios arqueológicos de castros o poblados abandonados que demuestran una alta densidad en la red de asentamientos, con lo que ello supone para la utilización del territorio y la modificación del paisaje natural.

El papel del ganado en el sistema agrario tradicional

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El ganado fue pieza fundamental en el sistema agrario tradicional, destacando su papel como fuerza motriz, tanto para el laboreo de la tierra como para el transporte de personas y mercancías. Las especies más empleadas eran mulos, caballos, asnos y bueyes. Robredo de Losa, Medina de Pomar (Burgos).

El ganado era una pieza clave de todo el sistema, que cumplía diversas funciones:

Aportaba recursos alimenticios —carne, leche, huevos y miel— que, sin embargo, no constituían la base de la dieta, sino un complemento más o menos fuerte en función de su disponibilidad local. El motivo era sin duda su escasez y su importancia para otras tareas.

Era fuente de otros recursos imprescindibles para el vestido, como la lana y las pieles.

Servía de fuerza motriz, tanto para el transporte, que hasta la generalización del automóvil se realizaba por el arrastre de mulos, asnos y bueyes, como para el laboreo de la tierra.

Pero sobre todo, aportaba el estiércol que necesitaban las tierras labradas para recuperar la fertilidad perdida con las cosechas.

Tal diversidad de funciones exigía aprovechar al máximo las posibilidades de los diferentes tipos de animales, por lo que las cabañas ganaderas estaban muy diversificadas.

En cada localidad había rebaños de vacuno, ovino, cabrío, caballar, de cerda, además de gallinas, palomas, conejos y abejas. El tamaño de los rebaños dependía de la disponibilidad de recursos alimenticios locales, en función de la extensión de la demarcación territorial de la comunidad vecinal y de sus condiciones de fertilidad.

Las ordenanzas locales, establecidas desde el propio origen del sistema de poblamiento, disponían la forma de reparto del cupo entre los vecinos, de manera que cada «casa» u «hogar» tenía un máximo que no podía superar.

Las ordenanzas locales más antiguas de España son las de Brañosera, en la montaña palentina, que datan de principios del siglo IX.

El manejo y la alimentación del ganado

En el Sistema Agrario Tradicional el ganado local era fundamentalmente estante, lo que significa que dependía exclusivamente de los recursos locales, o en todo caso de los montes mancomunados próximos. Su alimentación constituyó una de las razones fundamentales para la articulación del espacio en la forma descrita. El sistema de manejo era colectivo, con todos los animales de la localidad integrados en los mismos rebaños, que se organizaban en función de los requerimientos de cada tipo de animal y no del propietario que tuvieran. El monte constituía la principal fuente de recursos alimenticios y en ellos pasaba el ganado la mayor parte del año.

Las tierras de labor eran aprovechadas tan pronto como la cosecha lo permitía y hasta el laboreo de la próxima estación.

Los barbechos eran aprovechados durante todo el año, sobre todo por cabras y ovejas. El momento de acceso de los rebaños al labrantío era conocido como el «alzamiento o derrota de mieses» y ningún propietario podía impedir que el ganado del común entrara en sus tierras.

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Se desconoce por qué no se generalizó la formación de la dehesa en comarcas con vegetación natural de encina y quejigo, como los páramos calizos o los depósitos cuaternarios de la Meseta. En estas zonas, la formación predominante fue la cubierta arbolada prácticamente plena y con escaso valor pastoral. En la ilustración, el monte de U.P. número 50 «Llano de San Marugán» en el páramo calizo de Portillo (Valladolid), rodeado de eriales deforestados —con un arbolado muy disperso— y cultivos de cereal de secano, que son aprovechados en la rastrojera.

Sólo por el arraigo de estas tradiciones, basada en la necesidad y el interés general, se comprende el mantenimiento en nuestro tiempo de estas limitaciones al derecho de propiedad de la tierra.

El ganado se organizaba en rebaños por tipos de animales y en función de sus requerimientos, y todo el colectivo vecinal participaba en el reparto de las jornadas de pastoreo necesarias. Los animales de cada familia se guardaban en la planta baja de la casa y cada mañana se reunían en el ejido para la salida a los pastos. La existencia de cerramientos o vallados para el manejo del ganado era muy limitada, y más por tipo de uso de la tierra que por propietario.

Así, en muchos pueblos de la Comunidad, el conjunto de tierras de labrantío estaba cerrado y separado del monte, que en general no estaba separado del de otras localidades. La separación individual de parcelas sólo se daba en las huertas próximas al núcleo urbano.

Por este motivo, cada rebaño debía ir siempre acompañado de un pastor y sus perros.

El monte se organizaba espacialmente de forma esmerada, con terrenos específicos para cada necesidad. El ganado más valioso era el de labor, porque era indispensable para el trabajo de las tierras. Por ello, en cada pueblo, en el terreno más fértil y próximo, existía una «dehesa» o «dehesa boyal», destinada de forma prioritaria a su mantenimiento.

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Los árboles desmochados, como este rebollo en la cuenca del río Cea en el páramo de León, proporcionaban ramón para el invierno. La erosión y la escasa cubierta del terreno ponen de manifiesto las negativas consecuencias de la intensa utilización de los recursos.

Las dehesas boyales mantenían generalmente una cubierta clara, con árboles cuya copa prolongaba el periodo de pastoreo y garantizaba una valiosa sombra estival, en las proximidades de las desarboladas tierras de labor. Las especies utilizadas no eran necesariamente las más adecuadas a la estación, sino las más valiosas, de las posibles, desde el punto de vista pecuario. En muchas localidades de nuestra geografía, los centenarios árboles de estas dehesas se mantienen como los más viejos del territorio y hay quien opina, erradamente, que constituyen el mejor indicio de la vegetación natural. En los momentos de abundancia, y como principio de manejo válido en casi todos los casos, los recursos de las dehesas se abrían al conjunto de los animales. Sin embargo, lo que de verdad marcaba el tamaño de los rebaños eran los periodos de escasez, por lo que estas dehesas solían estar cercadas con piedra, de cara a la mejor regulación de los accesos. Las especies más frecuentes en las dehesas varían entre comarcas, pero destacan fresnos, encinas, quejigos, castaños y robles, como especies del mayor valor pastoral, reservadas al «selecto diente» de los animales de tiro.En el siglo XIX, en plena fiebre desamortizadora, el legislador fue sensible a la trascendencia de estos espacios para las comunidades rurales y excluyó estas dehesas del proceso desamortizador.

En general el resto del monte ya no se hallaba cercado, pero la rica toponimia demuestra la existencia de espacios diferenciados que eran manejados para ser asignados a cada grupo animal en función de sus necesidades alimenticias.

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Dehesa de Q. pubescens de Quintanapalla, Burgos.

Se formaban grupos por tipos de animales: ovino y caprino conjunto en muchos casos, vacuno y de cerda; separando sexos, de manera que pudieran manejarse las cubriciones y, dentro de las hembras, segregando de las paridas las cubiertas, que siempre eran más valiosas que el resto.

Leña y pastos eran los recursos más preciados de los montes.

La «madera de industria», destinada a la construcción, era un recurso mucho menos necesario y por lo tanto menos valorado; en general, podía satisfacerse con que hubiera unos cuantos árboles que proporcionaran piezas válidas, y podían ser «chopas», negrillos, robles, sabinas o pinos. Nuestra rica arquitectura rural muestra la adaptación a las especies locales, y pone de manifiesto que las necesidades anuales de estas maderas eran realmente bajas.

Por este motivo, en realidad, la vegetación forestal reflejaba el inestable equilibrio entre las necesidades de espacio para la alimentación del ganado y de los espacios para leña. Los espacios para el cultivo ocasional eran mucho más demandados que los espacios para maderas de industria.

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En otro tiempo las cabañas ganaderas estaban sumamente diversificadas y la combinación de varios tipos de animales permitía un grado de aprovechamiento de los recursos muy superior al actual, y que redundaba en unas mejores condiciones de los espacios pastorales. Con la actual especialización de los rebaños muchos pastizales se han embastecido, degradado y perdido condiciones de producción (Dehesa de Abajo en Alcazarén,Valladolid).

Por estas razones, la mayor parte del espacio forestal estaba desarbolado, formando un mosaico de zonas de pastizal, matorrales en mayor o menor estado de desarrollo y una cubierta irregular de árboles dispersos, a los que, de no tener valor forrajero, poca atención se les prestaba. Las matas leñeras y los escasos «cotos» eran los únicos espacios realmente arbolados. Las matas solían ser montes bajos, con una periodicidad de corta «a matarrasa» variable entre diez y veinte años, lo que impedía superar la «fase juvenil» de los bosques; o montes medios en los que se reservaba una serie de «resalvos» para garantizar la disponibilidad de piezas «de industria».

En una parte de la península ibérica, en el cuadrante sudoccidental, se encontró una fórmula ideal para cubrir las principales necesidades del sistema: las dehesas y montados, en los que una cubierta dispersa de árboles de gran valor forrajero se combinaba con un sotobosque más o menos empradizado, adecuado a la alimentación de los herbívoros. Las especies arbóreas más frecuentes eran la encina y el alcornoque, y en mucha menor medida, el quejigo, el rebollo y el fresno. Los árboles tenían el enorme valor de combinar dos funciones: el suministro mediante podas de la leña necesaria y el valor forrajero de las cosechas de bellota y del ramón. Castilla y León cuenta con más de 400.000 ha de dehesas, repartidas por las provincias de Salamanca, Ávila y Zamora.

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El patrimonio de la región, en lo referente a razas autóctonas de ganado, es el mejor legado de nuestros ancestros ganaderos y ha preservarse con decisión. Este es el fin que persigue la iniciativa de producción de carne, de primera calidad, de buey de la raza sayaguesa (Omaña, León). Esta raza se considera como una de las estirpes más antiguas de Europa y hasta fechas recientes se encontraba en grave peligro de desaparición.Actualmente se emplea para la recreación genética del uro (Bos primigenius), el antecesor salvaje del bovino doméstico europeo.

No se sabe muy bien por qué motivo no se generalizó este tipo de formación en otras comarcas con vegetación natural de encina y quejigo, como los páramos calizos o los depósitos cuaternarios de la Meseta, pero la realidad es que en dichas zonas, la formación predominante fue la mata, con cubierta arbolada prácticamente plena y sin valor pastoral. El ganado aprovechaba directamente la mayor parte de los recursos, alimentándose de los brotes tiernos a la altura de su diente. La montanera o cosecha de frutos forestales de algunas especies, sobre todo de bellotas, pero también de hayas —hobes— y castañas, tenía un altísimo valor. Otros recursos eran aportados por el hombre, como el ramón, es decir, ramas y brotes cortados de las copas de los árboles, mediante la operación del desmoche, que todavía puede observarse en algunos de nuestros pueblos, sobre todo en fresnos y chopos.

Los campesinos también recogían muchas matas de pequeña y media talla, con independencia de las especies, para destinarlas a cama del ganado y fabricación de estiércol.

Casi cualquier clase de material era válido: escobas, brezos, jaras, e incluso el barrujo y la pinocha que cubría el suelo de los escasos espacios arbolados; con él, se escapaba la fertilidad de los espacios forestales. La operación del «rozo» suponía la eliminación de las partes aéreas de toda la vegetación del monte.

La falta de recursos alimenticios para el ganado durante el invierno era sin duda el factor que limitaba el tamaño de los rebaños que, además, debían tener fuertes oscilaciones interanuales, al ritmo de la marcada variabilidad de las precipitaciones en nuestro clima mediterráneo. La disponibilidad de estiércol y de animales de tiro, función directa del tamaño de los rebaños, determinaría en gran medida la extensión a medio plazo de las tierras cultivadas en el término. De ahí que probablemente la presión pastoral fuera notablemente elevada, con sus correspondientes implicaciones en la evolución del paisaje vegetal.

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Los caballos losinos, procedentes del Valle de Losa en el norte de Burgos, ya eran ensalzados en la época romana por su rusticidad y su buena aptitud para la monta.Actualmente, la raza se recupera con la colaboración de la Junta de Castilla y León. (Montemayor de Pancorbo, Burgos).

El continuo crecimiento de la población humana supuso una presión creciente sobre los recursos del medio que las mejoras de la técnica agropecuaria fueron mitigando, pero que no logró resolverse hasta la segunda mitad del siglo XX, con la superación del Sistema Agrario Tradicional.

El paisaje forestal heredado a la luz del uso pastoral

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A lo largo de milenios, el hombre ha ido ejerciendo una influencia decisiva en la configuración de los paisajes, pero no solo disminuyendo las superficies arboladas, sino también modificando su estructura y composición específica. Las principales actividades humanas, ya plenamente asentadas en el Medioevo y hasta hace pocas décadas, fueron corta de madera para construir, de leña para quemar y de ramón para alimentar a los ganados, así como quemas para crear y mantener los pastos o para permitir el cultivo. Estas acciones han ejercido una influencia selectiva sobre las especies que constituían los bosques del pasado, llevando casi siempre a la desaparición de algunas y también a veces al favorecimiento de otras. La imagen refleja una posible secuencia de transformación a lo largo de varios siglos, desde un bosque mixto con presencia de acebos a una dehesa de acebos con aprovechamiento ganadero, como las que orlan los piedemontes orientales de los sistemas central e ibérico.

Estas necesidades explican el paisaje forestal heredado y que frecuentemente ha sido mal interpretado.

Por un lado, en ocasiones los historiadores han pensado que las dehesas eran los espacios pastorales por excelencia, y que el resto del monte estaría cubierto de vegetación «natural», lógicamente arbórea, lo que, como hemos visto, dista mucho de la realidad. De hecho, etimológicamente dehesa procede de «deffessa», es decir, «defensa», nombre que se aplicaba a aquellos espacios en que se aplicaba un régimen jurídico diferente del que imperaba en el resto del territorio, de modo que quedaran «defendidos». Por otro lado, algunos analistas no conscientes de las demandas y el intenso uso del territorio, han interpretado el paisaje en exclusividad a partir de las especies de frondosas que se han mantenido por su mayor valor pastoral y para el suministro de leña, olvidando el papel que lógicamente debería jugar el conjunto de las especies disponibles en el territorio.

En la fase de regenerado, los árboles son similares a otros vegetales y son ramoneados en función de su palatabilidad y de la disponibilidad de otras especies más apetitosas. Una fuerte presión pastoral, como la que sin duda se mantenía en la mayor parte del territorio, supondría la imposibilidad de regeneración de numerosas especies y, además de alterar la composición final de los escasos rodales que quedaran arbolados, llegaría a imposibilitar su implantación.

Las pinturas de paisajes del pasado y, sobre todo, las fotografías de la primera mitad del siglo XX, además de las descripciones de forestales y viajeros, muestran el lamentable estado que alcanzaron nuestros montes como consecuencia del sobrepastoreo. Sotobosques prácticamente inexistentes, regenerados paupérrimos, cubiertas arbóreas degradadas y suelos erosionados fueron la desgraciada herencia de un sistema al límite de su sostenibilidad.

Los episodios de regeneración de los bosques, en lugar de ocurrir de una manera continuada o más o menos gradual, en función del régimen natural de perturbaciones, tenían lugar con las periódicas reducciones de cargas ganaderas ligadas a las hambrunas y a la disminución de las cabañas ganaderas que conllevaban las crisis económicas y los períodos de sequía.

Cada tipo de animal tiene unas características alimenticias diferentes, con distinto grado de aprovechamiento de las diversas especies vegetales y de los brotes en función de su lignificación. En consecuencia, su rusticidad y su adaptabilidad es diferente.

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Aspecto que presentan los pies de acebo en la dehesa de Garagüeta (Arévalo de la Sierra, Soria) debido la presión ganadera continuada. El recorte de la franja basal —donde alcanza el diente de yeguas y terneras— favorece un intenso y tupido rebrote basal de aceradas hojas que, con el tiempo, conforman los «colchones» inferiores que rodean cada mata y que avanzan hacia la periferia.

En el sistema tradicional no se perseguía un óptimo aprovechamiento de los recursos locales con los animales más adaptados y la reducción del tipo de producciones, sino satisfacer el máximo de necesidades, combinando medios y recursos, para disminuir riesgos.

Así, las cabañas ganaderas estaban sumamente diversificadas y la combinación de tipos de animales permitía un grado de aprovechamiento de los recursos muy superior al actual, lo que en gran medida redundaba en unas mejores condiciones de muchos espacios pastorales. Por esta razón, si bien las cubiertas arboladas se han recuperado en el último medio siglo, muchos pastizales se han embastecido, degradado y perdido condiciones de producción.

La adaptación a las condiciones del medio conllevó la formación de numerosas razas locales, que son sin duda el mejor patrimonio legado por nuestros ancestros ganaderos: la vaca morucha, la sayaguesa o la negra avileña, el caballo losino, el asno zamorano-leonés, la oveja churra y la merina, o el cerdo ibérico son sólo algunas de las valiosas razas autóctonas de Castilla y León.

Las infraestructuras de manejo ganadero

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El aprovechamiento ganadero se organizaba en torno a los núcleos rurales y sólo en los lugares más distantes se construían chozos y tenadas. Estas construcciones auxiliares salpican actualmente nuestra geografía forestal y constituyen un valioso patrimonio cultural pendiente de su recuperación (Santiago Collado, Ávila).

El manejo del ganado requiere disponer de ciertas infraestructuras. Las principales son para el resguardo de pastores y animales. Como el aprovechamiento se organizaba en torno al pueblo, sólo en lugares muy distantes se construyeron chozos y tenadas, que actualmente salpican nuestra geografía forestal y que constituyen un patrimonio muy valioso, hoy abandonado y pendiente de recuperación.

El sistema de cercados era mínimo, fundamentalmente para separar las zonas con uso del suelo claramente diferenciado, pues el manejo ganadero no se apoyaba en ellos, sino en la figura del pastor. En algunas comarcas se establecía el punto de reunión de cada uno de los rebaños, donde en ocasiones pernoctaba, sin llegar a delimitar su zona de pastoreo. Estos puntos de reunión eran los «seles», que aún se conservan en la toponimia del norte de Burgos, Cantabria y País Vasco.

Como ya se ha mencionado, los mojones de alcances y términos ayudaban a los pastores a respetar las demarcaciones territoriales.

Los abrevaderos resultaban muy costosos y son relativamente infrecuentes, aunque en el último siglo se han multiplicado, por tratarse de una infraestructura básica. El ganado abrevaba en los pueblos, donde generalmente sí disponían de él, y en los manantiales y charcas naturales.

Parte de la infraestructura pecuaria eran sin duda los elementos para proteger al ganado de los ataques de la fauna, de los que nuestra región es particularmente rica.

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Los abrevaderos que se ubicaban en los montes eran muy costosos y por ello poco frecuentes. El ganado bebía en el abrevadero del pueblo, donde generalmente se disponía de uno, en los manantiales y en las charcas naturales que encontraba de paso en su recorrido (Montemayor del Río, Salamanca).

Destacan los cortines leoneses para proteger las colmenas del ataque de los osos y, sobre todo, las loberas, distribuidas por todo el norte de la región, desde Lubián (Zamora) a Berberana (Burgos), y entre las que cabe destacar las de Oseja de Sajambre (León) y Perex de Losa (Burgos). Se trata de curiosas estructuras con muros de piedra y un pozo-trampa final que permitían atrapar a los lobos y reducir así los daños al ganado doméstico.

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Los mojones de alcances y términos, al igual que los de las vías pecuarias, ayudaban a los pastores a respetar las demarcaciones territoriales en su tránsito con los rebaños (Hija de Dios, Ávila).

Pero la infraestructura pecuaria más potente y valiosa de nuestra región son las vías pecuarias, un vasto entramado de caminos para el tránsito ganadero que cubre la totalidad de nuestro territorio.

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La construcción de paredes divisorias de piedra, a veces de gran longitud, pone de manifiesto el alto valor pastoral de ciertos montes. Se observa la escasa presencia de arbolado y sus portes recomidos (Sierra del Guadarrama).

El futuro de las vías pecuarias en Castilla y León

A nadie se le oculta que, en un pasado más o menos lejano, la generalidad de las vías pecuarias tuvo una gran importancia social, económica y cultural, por cuanto la red formada por ellas servía no sólo como camino de paso que cruzaba territorios, sino también como entramado viario por el que llegaban y salían productos, ganados, personas y, con éstas, ideas, experiencias y costumbres.

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La amplitud de la red de vías pecuarias en el territorio de Castilla y León, con 34.000 kilómetros de longitud, la multiplicidad de situaciones que concurren en ella y el valor económico, ecológico, social y cultural que representa, justifican suficientemente el esfuerzo que, desde todos los estamentos de la sociedad, debe hacerse para que el respeto y la gestión de estos terrenos sean adecuados para contribuir a su conservación. Cañada Real Montañesa a su paso por Castronuño (Valladolid).

Esta actividad generada alrededor de las vías pecuarias, que tuvo el máximo auge coincidiendo con su uso continuado por rebaños trashumantes durante la Edad Media y la Edad Moderna, favorecida además por leyes y ordenanzas, decayó claramente a partir de principios del siglo XIX, época en la que comenzaron a ser utilizadas, casi con exclusividad, por las cabañas ganaderas locales en sus desplazamientos, diarios o periódicos, a los pastizales y a los mercados comarcales.

La paulatina desaparición de la trashumancia trajo aparejada la pérdida de influencia y poder de las asociaciones ganaderas que, acompañada del menor uso de las vías pecuarias, se tradujo en una disminución de la fuerza con la que se defendía la integridad de los terrenos que en su día formaron la red de vías pecuarias, tanto por los propios ganaderos como por las administraciones que tuvieron atribuida su tutela.

Al tiempo que se incrementaban los kilómetros de carretera y de vía férrea que servirían para transportar ganados y productos en camión o ferrocarril, disminuyó la presión del ganado defendiendo la continuidad y la amplitud de las vías pecuarias, con lo que las intrusiones se multiplicaron y consolidaron, dando lugar a que, en la actualidad, existan situaciones irreversibles que impiden una reposición de las características tradicionales.

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Las vías pecuarias no dieron la espalda a nuestros pueblos y ciudades, cruzándolos por las principales calles y puentes. Sin embargo, en la actualidad el tránsito ganadero se ha desplazado fuera de los núcleos urbanos y, cuando así sucede, tiene un carácter meramente testimonial y anecdótico, como el ganado de la ilustración que abandona la ciudad de Salamanca.

Este hecho no se ha reconocido nunca oficialmente y así la legislación vigente sigue contemplando una idílica y poco deteriorada red de vías pecuarias a conservar en su totalidad.

Sin embargo, es preciso conocer la realidad actual y afrontar las actuaciones a realizar en cada vía pecuaria particularizadas en función de su destino, teniendo en cuenta, inicialmente, la necesidad de su existencia para facilitar el tránsito ganadero y, después, el valor que encierra por sus características propias de situación, vegetación actual o potencial, paso de fauna, valores históricos y culturales, etc.

Esto, que no debe significar la liquidación del patrimonio pecuario, supone desviarse de la utópica idea de la existencia de la primitiva red de vías pecuarias actualmente, para centrarse en aquella más realista de conocer lo que queda de esa red o lo qué aún es recuperable, y darle un destino acorde con nuestros días.

Este destino, que deberá ser particularizado para cada tramo del itinerario, es el que va a contribuir a dar fuerza a la conservación pretendida al constituir el mejor argumento de defensa. Es inviable continuar escondiendo detrás de lo preceptuado en la letra de una ley la imposibilidad de administrar estos terrenos de dominio público, dando por supuesto que esta reglamentación es suficiente por sí sola para llevar consigo su cumplimiento.

La amplitud de la red de vías pecuarias en el territorio de Castilla y León, con 34.000 kilómetros de longitud, la multiplicidad de situaciones que concurren en ella, y el valor no sólo económico sino también ecológico, social y cultural que representa, justifica suficientemente el esfuerzo que desde todos los estamentos de la sociedad debe hacerse para que el respeto y gestión de estos terrenos sean los adecuados para contribuir a su conservación.

En este sentido, se hace necesaria la publicación de una Ley de Vías Pecuarias de la Comunidad de Castilla y León, o al menos un Reglamento propio que desarrolle la normativa estatal, que recoja la realidad de este territorio y dote de una protección especifica a los terrenos de vías pecuarias, regulando las actuaciones posibles y las prohibidas.

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En todo caso, los poderes públicos deben ser conscientes del gran valor del patrimonio pecuario de la Comunidad y destinar a su administración los medios suficientes, tanto humanos como materiales y económicos, para que la gestión resulte eficaz y evite la progresión de su deterioro.

Por último, se debe fomentar la labor de divulgación de los valores de las vías pecuarias, la necesidad de su existencia y la bondad de su conservación, para que el conjunto de la sociedad sea el defensor que garantice la persistencia, en el tiempo y en el espacio, de unos terrenos que tradicionalmente formaron una red de comunicaciones y que, en la actualidad y en el futuro, deben, además, constituir un patrimonio ecológico e histórico de todos.

Las vías pecuarias

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La Cañada Real Soriana Occidental recorriendo la provincia de Segovia.

El ganado local en Castilla y León estaba limitado por la disponibilidad de recursos invernales, que imponía un tamaño máximo a los rebaños de nuestros pueblos. Y de hecho en muchas localidades, en los inviernos más crudos o tras peores cosechas, llegaba a ser necesario sacrificar el ganado de labor, con el drama que ello supondría para los hogares afectados.

Sin embargo, las montañas que rodean Castilla y León y que constituyen el grueso de nuestro patrimonio forestal, generan en verano cuantiosos recursos pascícolas, capaces de sostener una cabaña varias veces superior a la local.

La disponibilidad de dichos recursos estivales, combinada con un exceso de producción invernal en la meseta sur y Extremadura, hicieron posible el establecimiento de un sistema ganadero complementario al descrito, que era el del ganado trashumante.

Los trabajos sobre la trashumancia son muy numerosos, mucho más que las descripciones del pastoreo estante, por lo que quizá se haya sobrevalorado su efecto en el paisaje. Entre ellos cabe destacar el reciente trabajo de Manuel Rodríguez Pascual (2001)

Para posibilitar el movimiento estacional de estos rebaños, se constituyó una red de miles de kilómetros de vías pecuarias, que actualmente debe ser revisada para que el abandono de su uso original no suponga la pérdida de este patrimonio que está considerado como dominio público. Es el momento de establecer usos alternativos.

Aunque la trashumancia ha decaído como consecuencia de la disponibilidad de recursos alimenticios alternativos —piensos—, del incremento del coste del transporte y de otros factores, todavía es posible observarla en muchos pueblos de Castilla y León, y sobre todo en las Sierras de Ávila, más próximas a los puntos de invernada.

Los destinos del ganado trashumante en la cordillera Cantábrica eran los puertos, que salpican todo el norte de la región, desde Porto en la Sanabria zamorana hasta el Campoo cántabro-palentino.

En León, en determinado momento pasaron a conocerse como «puertos pirenaicos», existiendo todavía 143 que continúan siendo gestionados y subastados periódicamente por el Servicio Territorial de Medio Ambiente.

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En el ensalzar la Mesta y la ganadería tradicional, por la imagen bucólica que ofrece y el atractivo paisaje de las dehesas del sur que transita, se olvida que esos mismos ganaderos son responsables del insólito paisaje de los pastizales de nuestras montañas norteñas. Los pastores modelaron el paisaje, quemando y rozando el bosque para crear pasto, pues durante cinco siglos la lana fue la principal fuente de riqueza. Está comprobado que la creación y mantenimiento de un pasto rico, denso y nutritivo de como el de nuestros puertos, es más díficil de conseguir que una buena cubierta arbórea. Escudo de Armas del Honrado Concejo de la Mesta, cuyos privilegios fueron abolidos en 1836.

Este ganado venía a incrementar la presión pastoral del ganado local, multiplicando sus efectos y generando no pocos conflictos con los ganaderos locales, que generalmente perdían ante la fuerza política de la Mesta, la poderosa organización que defendía los intereses de los grandes propietarios ganaderos del país.

Cuando se alaba la Mesta y la ganadería tradicional, por su imagen bucólica y el atractivo paisaje de las dehesas del sur, se olvida que esos mismos ganaderos son responsables del desolado e insólito paisaje desarbolado de nuestras montañas norteñas. Si una cara de la moneda ganadera son las ricas y floridas dehesas extremeñas en marzo, la otra es la intensa deforestación de las sierras de Ávila o de Babia, en León.

La modernización de la ganadería en Castilla y León

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Con la especialización de las producciones ganaderas, las cabañas son más homogéneas y, a lo sumo, contienen dos tipos de raza. Los rebaños de ovejas se han relegado a las zonas más secas del territorio, aprovechando casi exclusivamente terrenos agrícolas abandonados, cañadas, barbechos y rastrojeras (Pollos,Valladolid).

La ganadería actual no responde a los patrones descritos, conforme a los que funcionó durante siglos, y cuya importancia estriba en que son necesarios para una adecuada interpretación del paisaje actual.

A partir de 1950 tuvieron lugar en España cambios sustanciales en el sistema económico y en las técnicas agropecuarias que provocaron la transformación radical del

Sistema Agrario Tradicional.

El origen de los cambios se encuentra en las innovaciones de la técnica agraria en la Inglaterra del siglo XVIII, que sin duda son consecuencia de las modificaciones acaecidas en el campo inglés desde el siglo XVI. La historia inglesa está marcada por el «siglo de los cerramientos», un dilatado y convulso periodo en el que tuvo lugar la expulsión de los campesinos de las tierras propiedad de la nobleza. Rompiendo con la tradición arraigada en toda Europa, la nobleza británica expulsó de sus tierras a la mayor parte de los campesinos, con el objeto de realizar una explotación directa y más rentable de sus propiedades. Y los campesinos se vieron forzados a emigrar a las ciudades, con lo que allí se dispuso de mano de obra barata, lo que hizo posible el posterior despegue de la industrialización. Al disponer libremente de las tierras, la nobleza acometió el cercado de las fincas y la organización de una ganadería más productiva, que comenzó a poner en dificultades al tradicional predominio en los mercados internacionales de las lanas castellanas. Esta nobleza rural, con un sentido más productivista de la agricultura que el resto del continente europeo, planteó las innovaciones fundamentales de la agricultura moderna. La más importante fue el descubrimiento de la rotación de cultivos, que permitió sustituir la práctica periódica del barbecho por una cosecha de leguminosas forrajeras, que además de recuperar la fertilidad que la tierra perdida con las cosechas de cereal, aportaba cuantiosos alimentos para el ganado. Con ello se transformó radicalmente la alimentación animal, que pasó de depender de los recursos del monte a depender de cosechas alternativas. Ello permitió multiplicar los efectivos animales, y con una mayor producción de estiércol una mayor fertilidad general de las cosechas.

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El ganado vacuno y el caballar son los únicos que han incrementado sensiblemente su presencia en los montes. La ganadería extensiva se orienta ya casi exclusivamente a la producción de carne, que tiene el reto de incorporar de forma efectiva el sello de calidad en sus productos (Castrobarto, Junta de Traslaloma, Burgos).

Tras esta revolución, a principios del siglo XIX, surgió la mecanización del campo y desde principios del siglo XX la disponibilidad de abonos minerales. Todo ello supuso la más profunda transformación de la agricultura desde el Neolítico, que permitió, además de un espectacular incremento en la productividad de las cosechas, la especialización de la agricultura y el cultivo de la tierra con plena independencia de la ganadería. Ya no resultarían necesarios los animales ni para el empuje ni para aportar el estiércol, con lo que la crianza de animales se destinó exclusivamente a la producción de alimentos y reposición.

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Atajo de yeguas de raza hispano-bretona en Robredo de Losa, Medina de Pomar (Burgos). Los animales pastan de forma colectiva —como ha sido tradición en el pastoreo extensivo—, si bien en la actualidad cada ganadero cuida de sus cabezas. Cada ejemplar lleva incorporado un microchip para su seguimiento y control. Su aptitud es cárnica y el comercio se orienta hacia el exterior —principalmente Francia—, pues la demanda de carne de equino en España es baja.

Estas transformaciones se generalizaron en Castilla y León a partir de 1960, en el corto espacio de tiempo de una generación de profesionales del campo: de 1960 a 1990. En este tercio de siglo se ha desarrollado la ganadería intensiva, que a partir de alimentos preparados, genera la mayor parte de los alimentos cárnicos que consumimos, con absoluta independencia de los espacios forestales. La política agraria favoreció en España la implantación de estos modelos intensivos, lo que llegó a colocar los piensos animales en la década de los ochenta en el segundo producto de importación nacional, tras el petróleo. La disponibilidad de piensos para el ganado permitió superar las estrecheces de los periodos de escasez y conllevó el abandono de la trashumancia, pues las producciones locales se complementaban con alimentos preparados sin necesidad de movimientos del ganado.

Con la especialización de las producciones ganaderas, las cabañas se simplificaron y se generalizaron las cabañas homogéneas, con uno o todo lo más dos tipos de animales.

Los cerdos desaparecieron de los montes de la región, con la excepción del porcino ibérico, acantonado en las dehesas salmantinas. Las cabras, que no habían logrado ser erradicadas de los montes pese a las fuertes limitaciones impuestas por la administración forestal en defensa de los regenerados, prácticamente han desaparecido. Los rebaños de ovejas se han reducido a las zonas más secas, aprovechando casi exclusivamente terrenos agrícolas abandonados, barbechos y rastrojeras. El ganado vacuno y el caballar son los únicos que han mostrado un sensible incremento en los montes.

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Las cabras prácticamente han desaparecido en la actualidad de los montes, hecho que no logró la administración forestal imponiendo fuertes limitaciones en defensa de los regenerados. No obstante, sus daños son importantes cuando entran en zonas repobladas, si bien el reducido tamaño de los rebaños impide que éstos sean de carácter generalizado y extensivo, como ocurre en el M.U.P nº 385 «El Pico y El Costal» (Espinosa de los Monteros, Burgos).

Las producciones ganaderas han evolucionado conforme a las directrices de la política agraria, que desde 1985 se dicta desde Bruselas. La incorporación a la Unión Europea, excedentaria en productos lácteos, determinó el abandono de la producción de leche en explotaciones con base de terrenos. La ganadería extensiva o con base de terrenos se orienta ya casi exclusivamente a la producción de carne, una producción que tiene el reto de incorporar de forma efectiva los sellos de calidad. Con la emigración, desaparecieron prácticamente los pastores y se empobreció el manejo. El número de explotaciones se ha reducido drásticamente, pasando de una situación en la que la práctica totalidad de los campesinos eran titulares de explotaciones ganaderas, a una en la que en la mayoría de los pueblos no hay más de dos o tres ganaderos.

Desgraciadamente, con esta reducción se han perdido también las formas de organización colectiva y el respeto por las normas ancestrales que posibilitaron el mantenimiento del sistema hasta nuestros días.

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Ejemplares de raza vacuna «conjunto mestizo», según la clasificación del SIMOCYL (Sistema de Identificación Animal de Castilla y León), que no constituye una raza pura al proceder de cruces de varias razas. Su aprovechamiento principal es la carne. La posibilidad de crear en la comarca la denominación «Carne de Las Merindades» se encuentra en una fase incipiente, debido a la falta de infraestructuras y a un sector escasamente organizado.

Con la disponibilidad de alimentos preparados, la presión pastoral se ha reducido extraordinariamente, lo que es bien palpable en la súbita regeneración de los espacios arbolados y en la explosión de sotobosques y matorrales. Y esta acumulación de combustibles explica en gran medida las proporciones alcanzadas por el problema de los incendios forestales. En un medio radicalmente transformado, la utilización sin control de prácticas tradicionales como las quemas pastorales, genera gravísimas consecuencias.

La superficie pastada se ha reducido sensiblemente, con el lógico abandono de los terrenos de menor valor pascícola, particularmente brezales y jarales. Los forestales son bien conscientes de la fuerte resistencia que en el pasado, entre 1950 y 1985, mostraban todos los colectivos ganaderos hacia la repoblación forestal, en la que veían una definitiva pérdida de su base de terrenos. En cambio, resulta hoy mayoritaria la aceptación que desde 1985 tienen estos trabajos, que suelen plantearse acompañados del desbroce y mejora de las superficies de mayor interés pastoral, como los piornales o escobales.

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La superficie pastada se ha reducido sensiblemente, con el lógico abandono de los terrenos de menor valor pascícola. Los profesionales forestales son muy conscientes de la necesidad de disponer de pastos en aquellos territorios con fuerte presión ganadera. Por este motivo, la transformación de pinares hacia formaciones adehesadas contribuye a la conciliación de intereses. La ilustración muestra una zona de pinar de silvestre desbrozada durante el Plan de Desbroces 1995-1999, procediéndose posteriormente a su adjudicación individual a un ganadero local, que realiza trabajos de mantenimiento y abonado. Monte «Hoz y Rad», número 402 del C.U.P. y perteneciente a la Junta Vecinal de Perex, Medina de Pomar (Burgos).

Una última diferencia es importante. Las necesarias garantías para el consumidor europeo han exigido la perfecta identificación de todos los animales, lo que ha venido a resolver un serio problema en montes con pastoreo en régimen colectivo: el desconocimiento del propietario de los animales que se encuentran en el monte, lo que de hecho hace imposible el control del manejo pastoral.

Cuantificar todos estos cambios no es sencillo, pues la estadística agraria no está concebida para mostrar las diferencias entre explotaciones con y sin base de terrenos, como tampoco existe una estimación de las superficies pastadas, distinguiendo por tipo de cubierta del terreno.

En la actualidad se hace indispensable generalizar el concepto integrado de una explotación ganadera, que es una empresa agraria cuyos activos fundamentales son: el capital humano, constituido por el titular de la explotación y sus colaboradores; la cabaña ganadera, constituida por el conjunto de animales organizados en rebaños; la base de terrenos que aprovecha el ganado, con independencia del régimen de tenencia utilizado: en propiedad, arrendamiento, etc.; las infraestructuras de manejo: cuadras, refugios, mangas, cercados, abrevaderos, etc; y las prácticas de manejo, es decir, la forma en que se gestiona este conjunto de recursos para incorporar valor añadido a las materias primas y obtener una rentabilidad de la actividad empresarial: manejo de los pastos, manejo de los animales, forma de comercialización, financiación, etc.

Sin embargo, esta concepción global dista mucho de haber sido asumida, fundamentalmente en las zonas de propiedad pública predominante.

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El ganado menor es más idóneo para el control del matorral, especialmente después de la realización de desbroces. El éxito de estas actuaciones depende de un adecuado manejo de la cabaña.Valle de Fornillos, Villamanín de la Tercia (León).

En Castilla y León se dan quizá los dos extremos de la organización de explotaciones ganaderas extensivas. En Salamanca, en el territorio de las dehesas, la propiedad privada del terreno ha permitido el arraigo desde hace décadas de esta concepción global de la actividad y el desarrollo de ganaderías ejemplares en su organización.

En cambio, en otras zonas de propiedad pública predominante, los ganaderos no consideran la tierra como base de su explotación y se resisten a invertir en prácticas de mejora.

Pero, en realidad, el mayor problema al que se enfrenta la ganadería extensiva en nuestra región es de índole social, y atañe a la profunda crisis que se vive en la mayor parte de nuestras áreas rurales, más acusada aún en zonas de montaña: en gran número de nuestros pueblos faltan hombres y mujeres jóvenes que apuesten por la ganadería, y en general por la vida en el medio rural, como una alternativa vital satisfactoria y con una orientación de futuro clara. Y este problema tiene una solución mucho más difícil que cualquier otro de los aquí expuestos.

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