ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – XIX

El panorama actual

Lo ideal sería que, en cualquier bosque, la técnica silvícola empleada fuera capaz de maximizar las demandas de aprovechamientos, servicios y utilidades al mismo tiempo, pero ello no siempre es posible. Una intervención diseñada para optimizar la producción de madera en cantidad y calidad puede no ser adecuada desde el punto de vista paisajístico o, en el otro extremo, un tratamiento que persiga una mayor complejidad estructural puede ser incompatible con la protección frente a los incendios, o resultar antieconómico.

Los gestores de montes han intentado resolver estos problemas por dos vías fundamentales: la zonificación espacial y la jerarquización de prioridades. En el primer caso, se asignan funciones específicas especializadas, simples o complejas, a diferentes superficies de los montes, como los clásicos cuarteles de protección, producción y recreo, de los proyectos de ordenación. En el segundo, algunas producciones o utilidades se subordinan a otras hasta llegar, en casos extremos, a anularse. Ambas estrategias son complementarias y suelen aplicarse simultáneamente en nuestros montes.

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En función del peso dominante de los objetivos perseguidos, y la forma definida para alcanzarlos, nos encontramos desde selviculturas altamente artificiales, justificadas por su rentabilidad económica, con tratamientos muy intensivos y que dan lugar a estructuras muy regulares, hasta selviculturas en las que la producción de bienes se reemplaza por completo por el mantenimiento de la estabilidad ecológica de los ecosistemas forestales o por la preservación de sus valores patrimoniales o paisajísticos. Entre ambas, se da todo un amplio y heterogéneo espectro de selviculturas multifuncionales que integran las funciones productivas sin renunciar a las funciones protectoras y al mantenimiento de las cualidades estéticas de los bosques.

Actualmente, en Castilla y León se encuentran referencias aplicadas de todas las alternativas descritas. Entre las selviculturas que hemos denominado multifuncionales, la práctica de más tradición y más contrastada es sin duda la aplicada en los pinares naturales, tanto la orientada a producción de madera como resina y piñón. En nuestra región tenemos algunos de los mejores ejemplos de aplicación continuada de modelos de selvicultura en este tipo de bosques, como los de las Sierras de Segovia, Ávila, la Comarca de Pinares entre Burgos y Soria, o los pinares de negral y piñonero de la Tierra de Pinares de Ávila, Segovia y Valladolid. En estos montes se llevan aplicando con éxito desde finales del siglo XIX modelos selvícolas cuyas líneas generales han variado poco conceptualmente, aunque se hayan ido adecuando en su aplicación y diseño, como no podía ser de otra forma, a los conocimientos adquiridos y a la evolución de los procesos y herramientas de trabajo.

En estas comarcas la gestión selvícola ha priorizado la producción de madera, que en algunos montes alcanza las mayores calidades y precios de todo el país, unida a la resina en el caso del pino negral —hasta la crisis de los setenta—, y al piñón comestible de pino piñonero, sin renunciar al aprovechamiento de pastos, setas, caza y, en las últimas décadas, turismo. El paso de los años ha demostrado su compatibilidad. El monte ha servido de motor de las economías rurales, ha sido fuente directa de ingresos y de trabajo y base para el desarrollo de un tejido industrial apoyado en la transformación de los productos forestales. La prosperidad generada por este proceso ha tenido, además, el efecto benéfico de reducir el número e intensidad de los incendios forestales, todavía frecuentes en otras áreas de nuestra región donde la práctica selvícola aún no se ha asentado definitivamente.

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Desde otras ópticas, el balance también ha resultado positivo. Se ha mantenido una alta calidad estética y ecológica, muy apreciada por el creciente número de visitantes que frecuentan los montes, y que ha motivado que buena parte de ellos se hayan integrado en Espacios Naturales Protegidos.

El modelo selvícola básico aplicado ejemplifica, con ligeras variantes, el sistema a seguir en montes altos regulares multifuncionales. Una vez instalada la regeneración, a medida que avanza la edad de los árboles, la densidad se va reduciendo, primero con clareos, que suelen estar acompañados de poda y desbroce de matorral, y posteriormente, hasta la edad de madurez, con una periodicidad regular, mediante claras o cortas de mejora. Cuando los rodales llegan a su desarrollo óptimo, entre 80 y 140 años dependiendo de la especie y calidad de estación, y si todos los tratamientos anteriores se han ejecutado correctamente, los árboles que permanecen en pie serán los mejores fenotipos, los más sanos, con mayor vigor y calidad; entonces el terreno deberá estar en condiciones óptimas para acometer la fase más importante y controvertida de todo el ciclo: la corta de regeneración, cuyo éxito garantiza la sostenibilidad de todo el modelo. En estos montes se aplican con regularidad varios sistemas: corta a hecho en uno o dos tiempos, seguida de siembra de piñón de origen local —comarca de pinares de Soria y Burgos—, o aclareo sucesivo con regeneración natural en sus distintas variantes —pinares de pino silvestre del Sistema Central, pinares de laricio de Soria y Burgos, pinares de piñonero y negral en el interior de la meseta castellana-.

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A partir del esquema anterior aparecen variantes en función de las producciones o utilidades complementarias y de las singularidades de cada monte: por ejemplo, la abundancia de ganado puede obligar a proteger los regenerados con cercados y a concentrar en lo posible la superficie en regeneración; la presencia de fauna cinegética de interés puede aconsejar el mantenimiento de un sotobosque variado; la fragilidad del suelo puede obligar a aplicar métodos de corta más prudentes, o condicionar el operativo de explotación; la escasez de fruto de piñonero, debido a su aprovechamiento comercial, puede hacer necesario el acotado en tramos donde se vea comprometida la regeneración.

Las cortas de entresaca con estructuras de monte irregular, aunque aparecen prescritas para los cuarteles de protección en muchos proyectos de ordenación, no han llegado a aplicarse de manera reglada y continuada. En la práctica, han acabado transformándose en cortas de saneamiento cuyo diseño trata de minimizar el impacto de las operaciones de tala y extracción, que persiguen un mantenimiento de la cubierta arbórea que garantice su función protectora (Montero et al., 2001).

Los pinos, además de ser abundantes en nuestros bosques naturales, son las especies más representadas en las masas instaladas por repoblación, sobre todo en los últimos sesenta años. Estas formaciones comparten estructuras y problemas de gestión comunes, entre los que suele destacarse el retraso en la ejecución de tratamientos selvícolas, pero en conjunto constituyen un complejo y heterogéneo conglomerado de tipos de sistemas forestales que no se prestan a la aplicación de modelos selvícolas unitarios. El diseño de los distintos itinerarios a seguir está condicionado por la composición específica, la calidad de estación y, sobre todo, por los objetivos que se marque la gestión.

En ocasiones, principalmente en las plantaciones ubicadas en las orlas de los pinares naturales, pueden aplicarse tratamientos análogos a los empleados en éstos; para el resto, las alternativas son variadas.

Algunas repoblaciones se instalaron sobre montes bajos de rebollo, encina o quejigo formando los «enresinamientos». El rebrote de estas especies las ha convertido en latizales mixtos.

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En otras, donde hay fuente externa de semilla, se está produciendo un proceso natural de invasión de especies frondosas que aprovechan la mejora de las condiciones del suelo y del ambiente creadas por el pinar. En ambos casos, en ausencia de intervención, la dinámica natural podría llegar a transformar estos montes en masas puras de frondosas, aunque la situación de equilibrio más probable sería la de masa mixta o pinar enriquecido con frondosas, similar a la que abunda en los bosques naturales de nuestra región. La configuración final y la velocidad del proceso dependerían del estado inicial de degradación y de los parámetros ambientales que pudieran limitar la evolución: roca madre, fisiografía, etc. (Torre, 1996). La selvicultura en estos casos tiene la llave para acelerar o truncar el proceso a través, fundamentalmente, de la introducción artificial de especies en el sotobosque —repoblaciones de enriquecimiento o diversificación—, de la eliminación selectiva en los clareos y claras de determinadas especies, y de la dosificación de la espesura en función de la tolerancia de las especies objetivo. La tendencia actual en estas masas, al igual que en los montes mixtos naturales, suele ser consolidar las mezclas, más estables desde el punto de vista ecológico que las masas monoespecíficas y más acordes con las demandas sociales y económicas que se piden en la actualidad a nuestros bosques.

En cuanto a las frondosas, exceptuando las choperas, son escasos los montes altos en los que se corta madera de sierra con regularidad: es el caso de algunos hayedos y robledales de los sistemas montañosos de la periferia de la región; en ellos, la función productora cada vez tiene menor trascendencia, por lo que la práctica silvícola está evolucionando hacia métodos flexibles que potencien sus valores ecológicos y paisajísticos. Incluso, en algunos se están empezando a aplicar modelos basados en la denominada «selvicultura próxima a la naturaleza ». En el resto de los montes, hasta bien entrado este siglo, los aprovechamientos tradicionales fueron las leñas, el carbón y los pastos. El sistema de cortas más frecuente era la matarrasa, apoyada en la capacidad de reproducción vegetativa, lo que daba lugar a estructuras de monte bajo coetáneo sin posibilidad práctica de perpetuarse por semilla. Dependiendo del turno de corta, de la protección frente al ganado y de la recurrencia de los incendios, han llegado hasta nosotros tallares en grados diversos de conservación o deterioro. En las últimas décadas, la despoblación del medio rural y la creciente utilización de combustibles fósiles han supuesto una fuerte disminución de la presión sobre estas masas.

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En Castilla y León existen algunos de los mejores ejemplos de aplicación continuada de modelos de selviculturas multifuncionales, como los pinares de silvestre de la Comarca de Pinares entre Burgos y Soria o los del Sistema Central en Ávila y Segovia; los pinares de negral y piñonero de la Tierra de Pinares en Ávila, Segovia y Valladolid, y los hayedos y robledales en las Merindades de Burgos. En la mayoría de estos montes, se aplicaron con éxito, desde finales del siglo XIX, modelos selvícolas cuyas líneas generales han variado poco conceptualmente, aunque adecuándose en su aplicación y diseño a los conocimientos adquiridos, a las demandas de la sociedad y a la evolución de los procesos y herramientas de trabajo. Calle mojonera entre Duruelo y Covaleda, Soria.

Una parte de las intervenciones actuales se centra en la ejecución de resalveos de conversión a monte alto en los que, mediante clareos y claras sucesivas, se pretende transformar la estructura de monte bajo en un fustal sobre cepas a partir del cual se pueda instalar una nueva generación procedente de semilla. El bajo precio de las leñas y la mala calidad de la madera de las encinas y robles mediterráneos, unidos a su gran facilidad de rebrote y al elevado coste de las intervenciones selvícolas, suponen un freno al proceso anterior. Como alternativa, algunos montes bajos se están intentando transformar en dehesas para aprovechamiento silvopascícola, mediante la aplicación de claras que se complementan frecuentemente con pastoreo, laboreo, desenraizado, siembra de pratenses, etc.

En las provincias occidentales, en especial en Salamanca, se ha mantenido durante siglos una tradición de uso agrosilvopastoral ligada a las dehesas de encina, en las que se aprovechan simultáneamente leñas, pastos, ramón, bellota en montanera y, ocasionalmente, cultivos agrícolas. Los principales problemas de estos peculiares sistemas forestales están ligados a su regeneración. Los tratamientos, además de gestionar el manejo de los pastos y la ejecución de los tratamientos selvícolas clásicos, como podas y desbroces, se centran en conseguir la instalación y protección de nuevos brinzales, para que progresen al estrato dominante. En estos bosques son difícilmente aplicables los esquemas clásicos de la ordenación y de la selvicultura anteriormente citados. La tendencia es evolucionar hacia métodos de monte alto irregular con cortas por entresaca por huroneo con criterio físico de cortabilidad (González Molina, 2001), de forma que se aproveche la potencialidad de cada uno de los árboles individuales de la masa.

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San Ildefonso (Segovia), M.U.P. nº 2 «El Pinar de Valsaín». Paraje «Boca del Asno», junto al río Eresma.

En el extremo de la máxima artificialización disponemos también de buenos ejemplos, entre los que destaca la populicultura. En el ámbito nacional, nuestra comunidad es la máxima productora de madera de chopo: en 45.000 ha se cortan en torno a 350.000 m3 con corteza, que suponen más del 90% de las cortas de frondosas y casi el 25% de la producción total de madera de la región. El elevado crecimiento de la especie, que permite rotaciones cortas en torno a los 14-18 años, y el buen precio de la madera en el mercado, hace que en estos momentos sea la única producción forestal capaz de competir con los cultivos agrícolas.

Igualmente artificial es la truficultura. El cultivo de la trufa asociada como micorriza a especies forestales puede resultar una interesante alternativa a la agricultura de secano en tierras calizas marginales. En Soria se encuentra la mayor plantación de encina trufera del mundo, en producción desde hace unos años. El proceso comienza en laboratorio con la micorrización de la planta huésped, normalmente encina, con el micelio de la trufa negra (Tuber melanosporum).

La plantación se establece con un marco amplio que permita la mecanización de los trabajos. En la fase de instalación y en la posterior de producción son fundamentales los riegos. Además de éstos, los principales cuidados culturales son los laboreos regulares, podas y, en ciertos casos, enmiendas que mantengan la textura y el pH de la tierra. La recolección suele hacerse con animales.

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Gran parte de los montes se han integrado en la Red de Espacios Naturales o en la Red Natura 2000, como el monte de U.P. número 136 «La Garganta» en Arenas de San Pedro y Candelada (Ávila). Está ubicado en un territorio en el que coexisten distintas figuras de protección: Parque Regional, Z.E.P.A. y L.I.C «Sierra de Gredos», además de la Reserva Nacional de Caza. Poblado principalmente por Pinus pinaster, Pinus sylvestris y Quercus pyrenaica, se trata de un área de gran interés ornitológico —buitre negro, águila real, halcón abejero, halcón peregrino, pechiazul, acentor alpino, etc.— y con ecosistemas muy diversos debido al gradiente altitudinal. Las actuaciones selvícolas son cuidadosamente planificadas y ejecutadas con el principal objetivo de su defensa frente a los incendios forestales y, a su vez, potencian el mantenimiento de los diferentes hábitats como garantía de la biodiversidad.

El conjunto de las selviculturas intensivas se completa con las plantaciones de frondosas nobles para producción de madera de calidad —cerezos, arces, fresnos o nogales— y con las controvertidas, aunque todavía escasas, repoblaciones de coníferas exóticas de crecimiento rápido: Pseudotsuga menziesii y Pinus insignis, concentradas en las provincias de León y Burgos. Su objetivo prioritario es la producción de madera de sierra de calidad. La elevada rentabilidad que se espera de ellas, basada en rotaciones cortas y elevados precios de los productos finales, permite una alta inversión en operaciones selvícolas, entre las que se incluirían desbroces, clareos, podas altas e incluso en casos concretos, riegos y fertilizaciones. Así mismo cabe citar las plantaciones productivas de pino piñonero injertado, como una alternativa económicamente rentable al cultivo de tierras agrarias marginales. Estas tres líneas selvícolas se han visto favorecidas por la puesta en marcha del Programa de Forestación de Tierras Agrarias.

Completan el panorama un grupo de estrategias silvícolas a la carta en las que los aspectos económicos quedan en un segundo nivel o desaparecen por completo. Sus objetivos se centran en la conservación de especies animales, vegetales o de hábitats valiosos. En la mayoría de las ocasiones suele tratarse de procedimientos que modifican o complementan los tratamientos ordinarios: por ejemplo dejar un número de árboles muertos en el monte, limitar o anular los drenajes, establecer periodos y métodos de trabajo que garanticen la tranquilidad de la fauna. En otros pueden llegar a convertirse en modelos de gestión complejos en cuyo diseño suele hacerse necesaria la participación de equipos multidisciplinares. En este grupo podría encuadrarse, por ejemplo, la propuesta de selvicultura en zonas oseras (Torre, 1996), en la que los tratamientos se orientan a conseguir las características estructurales adecuadas para el aumento y la mayor regularidad de alimento para el oso y, de manera subordinada, la producción de madera de calidad, caza y recreo; o la prevista para áreas de urogallo (Pollo, 2001), en la que se potencia la diversidad de estructuras dentro del bosque y la presencia de zonas con sotobosque para refugio y alimentación.

Valor económico de los recursos forestales

La evaluación económica de los recursos forestales varía notablemente dependiendo de los criterios de valoración o del momento del proceso productivo en que se valora el recurso. Por ejemplo, el precio del metro cúbico de madera es inferior cuando está en el árbol, antes de cortarlo, que cuando llega a la planta industrial, debido a que los costes de aprovechamiento son elevados. Posteriormente, el valor añadido de este producto se va incrementando de forma progresiva hasta llegar al consumidor final. A continuación se da una estimación del valor económico de los recursos forestales evaluados en el monte, sin costes de aprovechamiento y sin valor añadido. Esta estimación debe considerarse como una primera aproximación ya que una valoración económica del sector debería contemplar el producto en el almacén o en la planta industrial (como se hace con las demás producciones agrarias) y no en el monte. Además sería conveniente evaluar las primeras fases del proceso productivo, así como los beneficios indirectos para la población rural, con objeto de conocer la trascendencia real que tiene el sector forestal sobre la economía.

El valor medio de las producciones primarias de los bosques de Castilla y León, según los datos de la Consejería de Medio Ambiente, se sitúa en 64 millones de euros. El principal aprovechamiento es la madera, cuya producción y valor medio en el período 2001-2005 fue de 1,4 millones de m3, 42,0 mill. €. Para el mismo período, la leña supuso 0,7 millones de estéreos, 3,4 mill. €. Las setas, las castañas, el piñón, el corcho y la resina tienen producciones más variables. En el período 2001-2005 la producción y el valor medio de estos aprovechamientos en orden de importancia económica decreciente fue el siguiente: el piñón con cáscara de pino piñonero (800 t, 2,3 mill. €), la castaña (2.600 t, 2,0 mill. €), las setas (600 t, 1,9 mill. €), el corcho (525 t, 1,0 mill. €) y la resina (1.975 t, 0,13 mill. €) que se mantiene precariamente en algunos montes, particularmente de Segovia.

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Algunos de estos recursos tienen un potencial muy superior al nivel de aprovechamiento que dan las estadísticas. Tal es el caso de las setas, cuya producción potencial estimada es de 6.600 t (Martínez de Azagra et al., 1998). Por la dificultad asociada para evaluar este recurso, los valores deben considerarse únicamente como orientativos. Otro recurso que tiene un potencial de incremento notable es la madera ya que el crecimiento de las masas forestales en Castilla y León es de 7,2 millones de m3 (Tercer Inventario Forestal Nacional). El valor de los pastos es de difícil cuantificación, estimando en 196.000 U.G.M. la carga ganadera en los montes gestionados por la Consejería de Medio Ambiente y una valoración de 2,9 mill. €.

La evaluación de la caza admite distintas perspectivas. Algunas valoraciones económicas se basan en un precio unitario de la carne de las piezas de caza (Estadística Agraria, Tercer Inventario Forestal Nacional) dando lugar a estimaciones relativamente bajas (7,6 mill. €). Realmente, la actividad cinegética conlleva unos ingresos para la administración por la expedición de licencias y por la matriculación de cotos y para los titulares de los terrenos por el ejercicio de la caza (en el caso de las Reservas Regionales, los Cotos Regionales y las Zonas de Caza Controlada esta recaudación se destina a la administración regional). Según un estudio realizado en 2005 para la Consejería de Medio Ambiente esta actividad genera en estos conceptos un total de 78 mill. € de los que más del 90% corresponde a los ingresos de los cotos privados de caza. Otros estudios que consideran ingresos indirectos asociados a esta actividad elevan la valoración económica del recurso a 150 mill. € (Plan Forestal de Castilla y León, 2002).

La estimación del movimiento económico que genera la pesca recreativa es muy difícil por el gran número de pescadores, por su dispersión geográfica y por su escaso asociacionismo. De las licencias y de los permisos se ingresan aproximadamente 3 mill. € y la evaluación precisa de la actividad económica de la pesca y sus beneficios indirectos pondrían de manifiesto su elevado potencial, al igual que en la caza.

A estos aprovechamientos directos debería agregarse todo un elenco de servicios y utilidades que se solicitan de forma creciente: ocio, recreo, paisaje, conservación de suelos y acuíferos, preservación de hábitats, conservación de la biodiversidad, etc.

Los retos para el futuro En la actualidad la selvicultura en todo el mundo desarrollado vive un momento de rápida evolución. Nuestras sociedades modernas, sobre todo la población urbana, han pasado a asignar al bosque un valor de patrimonio, asimilable al histórico o artístico, y han asociado a su gestión connotaciones éticas. Como consecuencia, ya no extraña que los métodos aplicados en selvicultura sean objeto de acaloradas disputas y que la opinión pública se crea con derecho a intervenir cada vez más en la gestión forestal, aunque sea desde posiciones no desprovistas de prejuicios y subjetividad (Schütz, 1997).

Tras la Cumbre de Río, en que se consagraron las ideas de desarrollo sostenible y biodiversidad, a la selvicultura se le exige todo a la vez: que siga prestando sus funciones clásicas de producción, protección y recreo, que se apoye cada vez más en métodos que aseguren la «máxima naturalidad », lo que a veces suele identificarse de una manera simplista con estructuras irregulares y mezcla de especies, y todo ello sin renunciar a la rentabilidad económica. La tarea cada vez es más complicada. Los cambios producidos en las últimas décadas en el mundo rural y el estancamiento de los precios de los principales productos forestales, condicionan la viabilidad económica de muchas de nuestras masas forestales. La selvicultura del futuro deberá buscar soluciones imaginativas que concilien las necesidades ecológicas y económicas como, por otra parte, no ha dejado de hacer desde su aparición.

El bosque protector: la función ecológica

La relación histórica de nuestra civilización con los ecosistemas forestales ha sido básicamente de agresión. Multitud de bosques han sido destruidos para permitir el desarrollo de actividades como la agricultura y la ganadería, sobre las que se ha cimentado el desarrollo de nuestro sistema social y cultural. Únicamente han pervivido retazos de bosques en zonas en las que no era posible el desarrollo de las actividades agropecuarias, o bosques modificados de forma que permitieran una compatibilidad de usos con ellas. Sin embargo, la comprensión del papel esencial de los ecosistemas forestales en los procesos ecológicos de nuestro planeta, y la necesidad de asegurar el suministro de determinadas materias primas aportadas por los bosques, motivó desde hace cientos de años diversas tentativas para evitar su desaparición y regular su aprovechamiento, de forma que se garantizara la persistencia del bosque. Esta doble necesidad de conservar los bosques y de ejercer sobre ellos un aprovechamiento sostenible está hoy día plenamente asumida por el conjunto de nuestra sociedad, aunque a menudo no lleguen a conocerse con detalle ni la importancia de los procesos ecológicos en que intervienen los bosques ni la multiplicidad de recursos renovables que pueden aportar. El conocimiento de ambos factores, así como de la posibilidad clara de compatibilidad entre conservación y aprovechamiento, resulta esencial.

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Gran parte de los montes se han integrado en la Red de Espacios Naturales o en la Red Natura 2000, como el monte de U.P. número 136 «La Garganta» en Arenas de San Pedro y Candelada (Ávila). Está ubicado en un territorio en el que coexisten distintas figuras de protección: Parque Regional, Z.E.P.A. y L.I.C «Sierra de Gredos», además de la Reserva Nacional de Caza. Poblado principalmente por Pinus pinaster, Pinus sylvestris y Quercus pyrenaica, se trata de un área de gran interés ornitológico —buitre negro, águila real, halcón abejero, halcón peregrino, pechiazul, acentor alpino, etc.— y con ecosistemas muy diversos debido al gradiente altitudinal. Las actuaciones selvícolas son cuidadosamente planificadas y ejecutadas con el principal objetivo de su defensa frente a los incendios forestales y, a su vez, potencian el mantenimiento de los diferentes hábitats como garantía de la biodiversidad.

La situación socioeconómica actual, tanto en la Comunidad Autónoma como en el resto del planeta, obliga a superar dicotomías entre protección y producción, y a entender que todo bosque cumple de por sí una importantísima función ecológica, y que todo bosque puede ser susceptible de un aprovechamiento ordenado y sostenible de determinados recursos naturales renovables.

El bosque protector: la función ecológica

El ecosistema global en el que nos movemos se caracteriza por un conjunto de ciclos interrelacionados que se desarrollan en él y que hacen posible la vida en nuestro planeta. Los bosques son parte integrante de ese ecosistema, y una parte decisiva, pues contribuyen a la regulación de gran número de los citados ciclos. Independientemente de su composición, de su origen o de lo que cada sociedad espere u obtenga de él, todo bosque ejerce una insustituible función ecológica, que justifica denominarlo «fuente de vida».

Los ciclos globales del carbono y otros elementos

Debido a su respiración y a la actividad fotosintética que desarrollan, las plantas mantienen un intercambio gaseoso constante con la atmósfera, lo que las convierte en protagonistas destacados de los diversos ciclos de elementos químicos que tienen lugar en la misma, como el del carbono.

La mayor parte de esta actividad reguladora recae sobre los bosques, que albergan más de los dos tercios de la superficie foliar total de las plantas terrestres, y contienen el 70% del carbono presente en la materia viva (Perry, 1994). La vegetación terrestre retira anualmente de la atmósfera unos 110 billones de toneladas métricas de carbono mediante la fotosíntesis; cerca de la mitad es devuelta con la respiración, y el resto se almacena en la madera y el suelo. El enorme incremento de CO2 registrado en las últimas décadas, al que se culpa del efecto invernadero y del cambio climático, se debe en gran parte a la destrucción de los bosques (Wilson, 1978). Otros ciclos fundamentales, como el del nitrógeno y el del azufre, están también influidos en gran medida por las masas boscosas. Además, el follaje limpia el aire de sustancias contaminantes, al fijarlas en la superficie foliar.

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El ciclo energético

Los bosques absorben y fijan la energía solar, que es usada para el control de una serie de reacciones que alteran los ciclos biogeoquímicos. La energía no absorbida queda reflejada en una proporción denominada albedo. La temperatura de la atmósfera vendrá determinada por el albedo colectivo de la Tierra, y éste dependerá de la extensión de las masas boscosas, pues absorben mucha más radiación, entre un 75% y un 93% (Perry, 1994), que cualquier otra formación vegetal; de ahí que la desaparición de los bosques afecte al balance calórico global y favorezca el sobrecalentamiento de la atmósfera (Potter & al., 1975), también influido por los cambios en los ciclos esenciales de los elementos.

El ciclo hidrológico y la erosión

Para llevar hasta las hojas la columna de agua y nutrientes absorbida por las raíces, las plantas se valen de la transpiración, a modo de bombeo. Aproximadamente, los dos tercios de la precipitación caída son devueltos a la atmósfera por evapotranspiración, por lo que los bosques también regulan el ciclo del agua. Al contactar con el follaje y los troncos, el agua ve modulada su velocidad y modificada su composición química. Esa disminución de la velocidad, tanto de caída como de escorrentía, es esencial para amortiguar la fuerza de arrastre y minimizar los fenómenos erosivos, otra de las principales funciones de los bosques. Las raíces de los árboles, además, sujetan la tierra, y su actividad química y mecánica, unida al aporte de materiales procedentes de las copas, va mejorando la estructura de los suelos y su capacidad para almacenar agua. De este modo, ante las lluvias, el binomio «bosque-suelo forestal» actúa como una esponja, disminuyendo los caudales punta, alargando el tiempo de escorrentía y retrasando la aparición de sucesos torrenciales que puedan ocasionar arroyadas, desbordamientos e inundaciones. Esta labor de estabilización de suelos evita también los aterramientos de lagos y embalses, así como la eutrofización de las aguas.

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Los procesos edafogenéticos

Pero la relación entre el bosque y el suelo, que es un ecosistema rico y complejo, va mucho más allá de una simple fijación mecánica. De hecho, la vegetación que existe sobre un terreno es responsable directa y fundamental de la formación misma del suelo, denominada edafogénesis (Porta et al., 1999), resultando esencial tanto en la meteorización de la roca madre como en el aporte de materia orgánica indispensable para la evolución del suelo. Además el bosque modifica la microflora del suelo y la actividad microbiana descomponedora; el microclima forestal condiciona los procesos edáficos, y los sistemas radicales y sus organismos asociados ejercen una mejora continua de las propiedades estructurales, que a su vez determinan la disponibilidad de agua y el tipo de procesos edáficos y sus resultados. Al desaparecer el bosque los suelos se degradan, no sólo por erosión, sino porque se ralentizan los procesos formadores de suelo, se alteran los ciclos biogeoquímicos, disminuye su contenido en materia orgánica, empeora su estructura interna, etc.

La conservación de la biodiversidad

Finalmente, los ecosistemas forestales resultan esenciales para la conservación de la tan preciada biodiversidad.

Multitud de especies animales y vegetales ligan su existencia a la de los bosques: urogallos, osos, ardillas, azores, infinidad de pequeños invertebrados, líquenes, hongos simbiontes o plantas umbrófilas, son sólo algunos de los millares de ejemplos. Determinados organismos necesitan grandes extensiones de bosque, otros sólo algunos grupos de árboles durante fases concretas de su ciclo vital. El caso extremo lo constituyen los «especialistas», cuya vida depende de una especie arbórea concreta o de un tipo determinado de estructura forestal. 

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La desaparición de la cubierta forestal conlleva siempre una degradación de las propiedades edáficas.Además, en ocasiones, los fenómenos erosivos actúan con gran virulencia, arrastrando cada año toneladas de suelo. En la imagen, cárcavas erosivas en Celada de Cea (León), que aparecen serpenteadas por la multitud de caminos compactados por la uña del ganado.

Biodiversidad y estructuras forestales: la Apatura iris

Una de las mariposas europeas de mayor belleza, la llamada Emperador Púrpura por los anglosajones, es considerada frecuentemente una especie propia de bosques primarios no alterados, lo cual no es estrictamente cierto. Si bien se trata de una especie ligada a bosques eurosiberianos de frondosas, en los que además de ejemplares de sauces arbóreos —principalmente Salix caprea— donde las hembras depositan sus huevos, es habitual la presencia de otros árboles de gran porte como los robles, utilizados por los machos, fuertemente territoriales, como plataformas de vigilancia y reposo entre sus majestuosos vuelos.

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La hermosa mariposa Apatura iris, el emperador púrpura, ilustra a la perfección las complejas relaciones entre la biodiversidad y el ecosistema forestal.

Dado que los sauces son árboles de luz y de vida breve, la falta de regeneración de los mismos determina la desaparición de la mariposa en pocas décadas; del mismo modo, la ausencia de grandes árboles dominantes induce a la dispersión de los individuos adultos. Por todo ello, la existencia de esta hermosa especie depende de un delicado equilibrio entre bosque maduro y corros de regeneración.

Distribuida por la mayor parte de Eurasia templada, aunque nunca abundante, en Europa central es una especie en declive en las últimas décadas pese a ser incluida en listas nacionales de especies protegidas, a causa de la degradación de su hábitat.

Por el contrario, en los países escandinavos parece haber aumentado su presencia, hecho atribuido al aumento global de las temperaturas. En la Península Ibérica su distribución se restringe a algunas localidades pirenaicas y cantábricas, con citas antiguas del Sistema Central que no han sido corroboradas en casi un siglo.

El bosque productor: la posibilidad de un aprovechamiento sostenible

Además de este cúmulo de beneficios ambientales esenciales, los bosques son sistemas ricos en multitud de materias primas renovables, que pueden ser aprovechadas de acuerdo con los principios básicos de sustentabilidad.

Madera, leñas, corcho, frutos, resinas, hongos comestibles, plantas medicinales, caza, miel…, son sólo algunos ejemplos de recursos que los bosques ponen a disposición de la sociedad siempre y cuando sepamos aprovecharlos ordenadamente, de modo que leguemos a las generaciones futuras bosques más numerosos y más ricos que los que hemos heredado.

Las producciones primarias: el aprovechamiento del leño

El producto más «patente» que podemos obtener de los bosques es la materia prima que constituye el tronco y ramas de los árboles, esto es, el leño, que nos puede proporcionar leñas, carbón y madera. Habitualmente reservamos el término «leña» cuando utilizamos el leño para producir energía calórica mediante su combustión directa, y «madera» cuando es objeto de un proceso transformador sencillo o complejo del que resultan diversos productos como vigas, tablones, chapas, o tablillas, tan usados en construcción, ebanistería, mobiliario, artesanía, etc. El carbón vegetal o picón se obtiene tras una combustión controlada y parcial del leño en ausencia de oxígeno; anteriormente constituía la base de la vida en muchos hogares castellanos y leoneses, tanto para alimentar calefacciones y braseros como cocinas, estufas y calderas. La aparición del butano, primero, y luego de las calderas eléctricas y de gasóleo, desplazaron esta fuente primaria de energía, por lo que las extracciones de leñas y el carboneo han descendido drásticamente en los últimos cuarenta años, lo que ha motivado una recuperación importante de nuestras matas de robles y encinas, antes frecuentemente objeto de cortas a matarrasa para atender estas demandas. Las necesidades de la sociedad en consumo de madera, en cambio, no han hecho más que aumentar, lo que unido a la escasez de árboles de grandes diámetros ha motivado el desarrollo de las industrias de triturado y desfibrado de la madera, para la ulterior conformación de tableros de partículas y fibras.

Es claro que el aprovechamiento del leño del árbol comporta forzosamente la muerte de su parte aérea, y en ocasiones de la totalidad del organismo. Sin embargo, esto no es óbice para que este recurso no pueda ser aprovechado de forma sostenible. La muerte de los árboles es connatural al ecosistema forestal, y no ha de ocasionar un problema para el mismo si se hace de forma ordenada y respetuosa con los principios ecológicos básicos, tema en el que se ha centrado desde sus orígenes la Ciencia Forestal y la Ordenación de Montes. Los bosques van creciendo cada año, y es preciso no cortar anualmente más cantidad que esta producción. Además, deben tenerse en cuenta las pautas de regeneración de cada especie arbórea, y llevar un control del estado de la regeneración en cada monte de modo que exista un equilibrio de edades y no se pierda superficie arbolada. Por supuesto, hay que considerar también el estado de los restantes elementos del ecosistema forestal, las necesidades de los animales y las plantas que no son objeto de aprovechamiento o se aprovechan de forma diferente. Se trata de una ecuación que siempre tiene solución en nuestros bosques si anteponemos el principio de su persistencia y continuada mejora, y si entendemos que la extracción de productos de forma racional no constituye un problema. Lo importante no es que mueran algunos árboles, sino que el bosque, como ecosistema, permanezca.

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Las producciones «secundarias»

Pero el bosque nos ofrece multitud de recursos naturales que también se pueden aprovechar de forma sostenible, que no comportan necesariamente la muerte de los árboles y que pueden generar, en ocasiones, una renta superior al aprovechamiento maderero, a pesar de que habitualmente nos refiramos a ellas como producciones secundarias del monte. Algunos de estos recursos nos son proporcionados directamente por los propios árboles, mientras que otros, simplemente, se encuentran en el bosque.

Entre los primeros, los ejemplos más señeros son el corcho del alcornoque (Quercus suber), la resina del pino resinero (Pinus pinaster) y el piñón del pino piñonero (Pinus pinea), todos ellos objeto de numerosos estudios que han proporcionado técnicas que permiten el aprovechamiento sostenible del producto. Otros frutos forestales se aprovechan de forma indirecta, como las bellotas de la encina (Quercus ilex), tan apetecidas por el ganado de cerda y esenciales en la producción de jamones ibéricos de calidad.

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En los ecosistemas forestales también hallamos diversos arbustos o arbolillos productores de frutos carnosos como las endrinas, las moras, los arándanos o anabias, las grosellas, las fresas y frambuesas, las maíllas o manzanas silvestres, etc., que constituyen la base de la alimentación de numerosos animales y también son utilizados para producir licores, confituras o mermeladas. Mención aparte merecen las setas, elemento cada vez más esencial de nuestra gastronomía y dinamizador de la economía de comarcas enteras. Diversos vegetales de aplicación medicinal se encuentran asimismo en nuestros bosques, y en muchos de nuestros montes abundan las estirpes aromáticas, como tomillos y romeros, utilizados en perfumería, gastronomía y cosmética.

Los pastos también pueden utilizarse para la ganadería si se hace de forma equilibrada, y diversas especies ligadas en cierto grado a nuestros bosques son objeto de caza, como el corzo, el jabalí o la becada. Finalmente, la simple presencia de bosques en buen estado de conservación resulta de por sí un aliciente para el turismo, en busca de paisajes atractivos con la intención de satisfacer las necesidades de ocio en contacto con la naturaleza.

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Una respuesta a ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – XIX

  1. marisa dijo:

    Interesantísimo artículo

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