ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – XVIII

La selvicultura Los orígenes

AtlasForestal_CastillayLeon_Bloque3_Página_027_Imagen_0003El hombre siempre se ha servido de los bosques para aprovisionarse de una gran variedad de materiales y alimentos imprescindibles para su subsistencia: maderas, leña, caza, pastos, ramón, frutos, pez, corcho, curtientes, etc. A partir del Neolítico, la aparición de la agricultura incorporó una nueva presión sobre los espacios forestales, dando paso a cultivos, praderas y pastizales. Desde entonces, el deterioro de los bosques no ha dejado de progresar hasta mediado el siglo XX, y sólo varía su ritmo, ligado a las vicisitudes de la historia.

Durante todo el Antiguo Régimen y hasta su abolición en el primer tercio del siglo XIX, muchos montes fueron esquilmados por los abusos, guerras, roturaciones y sobrepastoreo. Para hacer frente a estos problemas surgió paulatinamente un heterogéneo cuerpo de normas de distinto rango, apoyadas sobre todo en la disuasión y el castigo y, la mayoría de las veces, carentes de la suficiente base técnica y científica.

En el ámbito europeo, fue a partir del siglo XVII cuando comenzó a temerse seriamente la continuidad del aprovisionamiento de madera y leña, tanto para los usos domésticos como industriales. Paralelamente, comenzó a afianzarse una actitud de mayor reserva ante los abusos en el aprovechamiento de los bosques, de lo que dan testimonio textos famosos como «Silva», del inglés John Evelyn (1664), uno de los primeros alegatos en pro de la conservación forestal y de la dignificación de la selvicultura como ciencia, o la célebre «Ordenanza Forestal Francesa», de Colbert (1669).

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Las cortas y podas abusivas para obtener maderas y leñas llevaron a finales del siglo XIX a un estado lamentable a la mayoría de los montes, tanto públicos como privados. La escasez de ejemplares bien conformados significó para la selvicultura unos inicios difíciles, pero la aplicación de la técnica permitió una progresiva recuperación de los montes, aunque todavía persisten abundantes testimonios carentes de selvicultura, fundamentalmente por falta de rentabilidad. Encinas en la Tierra de Campos zamorana.

En este contexto aparece la selvicultura como «hija de la necesidad» (Lanier, 1994), entendida como un arte capaz de procurar un aprovechamiento metódico y racional de los bosques que no pusiera en peligro su porvenir. La temprana traducción en Alemania de las obras del inspector de la Marina francesa H.L. Duhamel du Monceau, en especial su Traité complet des bois et forêts, sirvió de catalizador para la aparición y desarrollo de la selvicultura tal como hoy la entendemos, de la mano de personalidades como G. L. Hartig (1764-1837) y J. H. Cotta (1763-1844), quienes fundaron y dirigieron algunos de los centros de enseñanza forestal más importantes de la época.

La escuela alemana marcó los inicios de la disciplina en el resto del continente, pero la extremada rigidez de sus métodos, cercanos conceptualmente a los empleados en agricultura, hizo que fueran apareciendo variantes para adaptarla a las distintas condiciones nacionales. Entre ellas, pronto destacó la francesa, que incorporó tratamientos más flexibles aplicables a los bosques de frondosas. De estas dos escuelas, alemana y francesa, se nutriría la selvicultura española.

En nuestro país, en la segunda mitad del siglo XVIII, se tradujeron las obras de Duhamel du Monceau y, a caballo entre los dos siglos, las obras de Hartig y Cotta. En la primera mitad del siglo XIX se acentuaría en los ambientes ilustrados la preocupación por la conservación de los bosques, consolidándose un acercamiento científico a los asuntos forestales. Por entonces se tenían noticias de los nuevos métodos y técnicas de manejo que se estaban desarrollando en Europa, en especial en Alemania, al tiempo que existía por parte de los gobernantes conciencia de la necesidad de su aplicación en España. El proceso culminó con la creación, en 1848, de la Escuela de Ingenieros de Montes, en Villaviciosa de Odón –donde impartió su docencia el «padre« de la Dasonomía española, Agustín Pascual, formado en la academia alemana de Tharandt, dirigida por Cotta–, y con la creación, en 1859, de los Distritos Forestales provinciales al cargo de Ingenieros de Montes. Asegurada la formación de un Cuerpo especializado y dotada la nación de una estructura administrativa forestal estable, comenzó el desarrollo de la selvicultura hispana.

Las herramientas de la selvicultura: los tratamientos

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La incidencia sobre el bosque de agentes naturales como incendios, adversidades meteorológicas, plagas, etc., desencadena procesos de regeneración que garantizan una renovación constante del ecosistema, siempre que no se excedan los umbrales de reversibilidad del proceso.

La selvicultura y, en general, la gestión forestal se apoya sobre un convencimiento: «El hombre es capaz de interactuar con la naturaleza sin destruirla, conservando sus elementos básicos y estructura, al tiempo que satisface sus necesidades materiales y espirituales, de las que la conservación de la naturaleza es una más». (García Abril, 2002).

Todas las definiciones de la selvicultura reflejan su carácter de arte o ciencia aplicada que, a partir de bases científicas biológicas, controla el desarrollo de los ecosistemas forestales, tanto espontáneos como artificiales, y diseña tratamientos sostenibles y reversibles en el tiempo, con el objetivo de satisfacer las múltiples demandas de la sociedad.

Si se estudia un bosque primario a una escala amplia, en el ámbito de un país o de un continente durante un periodo largo de tiempo, se puede concluir que este bosque se auto-mantiene debido a su capacidad de crecimiento, destrucción y renovación en pequeñas superficies, lo que hace que su fisonomía exterior apenas varíe. La incidencia sobre el bosque de agentes naturales, como son los incendios, las adversidades meteorológicas, las plagas, etc., desencadena procesos de regeneración que garantizan una renovación constante del ecosistema, siempre que no se excedan los umbrales de reversibilidad del proceso.

Si se estudiara alguna porción de ese mismo bosque primario a escala mucho menor y en un lapso temporal más corto, se observaría que existen momentos donde sencillamente no existe bosque. Pues bien, los tratamientos selvícolas son una herramienta con la que se pretende evitar, como primera medida, que suceda esta desaparición; además, nos permite modelar el bosque en búsqueda de producciones específicas —madera, frutos, etc.—, o guiar su dinámica en la dirección que nos interese desde el punto de vista de la conservación, la protección, la calidad paisajística o la recreativa.

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En la primera mitad del siglo XIX se acentuaría en los ambientes ilustrados la preocupación por la conservación de los bosques. Asegurada en España la formación de un cuerpo facultativo especializado y dotada la nación de una estructura administrativa forestal estable, comenzó el desarrollo de la selvicultura hispana. Fustal de pino silvestre del monte «Pinar» de Covaleda (Soria), número 125 de U.P. (foto anterior a 1945).

Definición de tratamientos culturales en las masas forestales Sin intervención humana, un rodal forestal experimenta una evolución regida por las leyes de la ecología y por el azar. En el momento de la instalación, abundan las especies pioneras heliófilas. A medida que los árboles crecen y el dosel se cierra, en el sotobosque desaparecen gradualmente las especies menos tolerantes, siendo sustituidas por otras capaces de vivir bajo cubierta. Al mismo tiempo, en el estrato arbóreo comienza a producirse una diferenciación en clases sociológicas que termina con la muerte progresiva de los individuos menos competitivos y con la consolidación de un mosaico de tipos de masa que aprovecha la gran heterogeneidad de las condiciones ambientales.

En el vocabulario forestal, los distintos estados de desarrollo se denominan «clases naturales de edad». La evolución natural por sí sola no garantiza que los árboles o especies que quedan en pie sean los más interesantes, ni su número el adecuado para cumplir los objetivos que el selvicultor persigue. Los tratamientos selvícolas tratan de adelantarse a la naturaleza y complementar su obra. A partir de un conocimiento detallado de los procesos naturales, las intervenciones selvícolas actúan sobre los diversos componentes del ecosistema forestal: suelo, vegetación, etc., para cumplir los objetivos fijados a «priori», garantizando en todo momento su mantenimiento y regeneración.

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Sin intervención humana, un rodal forestal experimenta una evolución regida por las leyes de la ecología y del azar. La mano del hombre, a través de la selvicultura, trata de adelantarse a la naturaleza y complementar su obra. Tratamiento selvícola en un abedular de Betula spp. consistente en una clara que permitirá el crecimiento de los individuos con mayor porvenir para que, en su madurez, lleguen a formar una masa sana y vigorosa. (Caboalles de Arriba – Villablino- en el Espacio Natural Sierra de Ancares, León).

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La ausencia de cortas de mejora o el retraso en la ejecución de las mismas compromete la puesta en producción de las masas, hasta llegar a anularla. Del mismo modo, la respuesta ante las adversidades meteorológicas es diferente en las masas tratadas y no tratadas, como se aprecia en los daños causados por la nieve en los rodales sin cortas de mejora; al fondo se observa en la masa más joven y con tratamientos selvícolas la ausencia de daños. (Monte de U.P. número 17 «Común y Escobares» de Nava del Rey,Valladolid).

Tratamientos culturales sobre el suelo

En selvicultura, al contrario de lo que sucede en agronomía, suelen ser poco frecuentes los tratamientos sobre el suelo. Su elevado coste hace que, en general, sólo se apliquen en masas muy productivas —choperas, plantaciones de castaño para fruto, etc.— o cuando existe algún factor edáfico limitante que pone en peligro la regeneración o el desarrollo de la masa forestal.

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Clases naturales de edad: REPOBLADO: Estado que abarca desde la germinación de las plantitas hasta que se inicia la tangencia de sus copas. MONTE BRAVO: Estado que se prolonga hasta el inicio de la poda natural de las ramas más bajas del fuste. LATIZAL: Estado que dura hasta que el diámetro de los árboles, medido a la altura de 1,30 m, es de 20 cm. FUSTAL: Estado en el que los árboles superan los 20 cm de diámetro, medido a la altura de 1,30 m.

Entre las prácticas más habituales podemos citar los gradeos o laboreos someros, que persiguen mejorar la estructura y capacidad de retención de agua, acelerar los procesos de mineralización del humus, o romper el tapiz herbáceo para favorecer la regeneración; los «riegos y drenajes», que intentan compensar las deficiencias o excesos en la disponibilidad de agua por las plantas; las enmiendas, que corrigen el pH y la textura del sustrato mediante el aporte de productos químicos, como los encalados para reducir la acidez; por último, la «fertilización», cuyo objetivo es mejorar los niveles deficitarios de los nutrientes fundamentales.

Tratamientos culturales sobre el vuelo

Las intervenciones selvícolas directas sobre la vegetación se centran por un lado en la eliminación selectiva, bajo criterios técnicos, de los individuos y especies menos interesantes del rodal forestal: «limpias, clareos y claras» y, por otro, a nivel de individuos concretos, en la supresión de parte de sus ramas: podas.

En las «limpias» —siegas, escardas, desbroces, rozas, etc.— se eliminan vegetales extraños a los que constituyen la masa principal, en particular las especies herbáceas y de matorral. Su finalidad primordial suele ser la supresión de competencia de las especies principales, aunque en la mayoría de las ocasiones cumplen otros objetivos complementarios, como el incremento de la producción pascícola o la disminución del peligro de incendios.

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Latizal con ausencia de tratamientos selvícolas procedente de regeneración natural, ocurrida tras un incendio a finales del siglo XIX. «Pinar» de Covaleda (Soria), número 125 de U.P., (foto anterior a 1945).

Los «clareos» se centran en la eliminación de los pies defectuosos o peor conformados del estrato arbóreo en los primeros estadios del crecimiento de la masa, cuando todavía no tienen valor comercial, con el fin de regular tempranamente su composición, densidad y calidad.

Por último, en las «claras» se extraen pies maderables en las etapas intermedias del desarrollo, con el objetivo de concentrar el crecimiento en los individuos o especies más interesantes, de modo que a la edad de madurez llegue una masa sana, vigorosa y de calidad, y en condiciones de densidad adecuadas para afrontar los tratamientos de regeneración. Se engloban dentro del concepto silvícola de «cortas de mejora». Las primeras claras suelen ser poco rentables, lo que dificulta y a veces retrasa peligrosamente su ejecución. Para mejorar su rendimiento, con frecuencia llevan asociada la creación de una pequeña infraestructura de desembosque, conocida habitualmente como red de «calles de saca», con el fin de poder extraer por ella, en esta primera y en las sucesivas intervenciones, los pies que se corten sin dañar al resto del arbolado. Las claras se repiten generalmente de manera periódica a lo largo de la vida de la masa, normalmente con una rotación o recurrencia media de unos 10-15 años, con objeto de que la regulación de la densidad y el control de la competencia entre los árboles se produzca de forma paulatina.

Estos tratamientos finalizan cuando se inician las denominadas «cortas de regeneración o cortas finales».

Los tratamientos del vuelo se completan con las podas, en las que se cortan, con distintos criterios y técnicas, ramas vivas o muertas de los árboles con objeto de aumentar la calidad de la madera, incrementar la producción de fruto, obtener aprovechamiento de leña, disminuir el combustible ante el riesgo de incendios o mejorar su estado sanitario.

La ejecución de tratamientos culturales sobre el vuelo o de los distintos tipos de corta que se describen en el epígrafe siguiente genera una serie de restos que en principio se acumulan sobre el suelo y acaban descomponiéndose por acción de los microorganismos. Los restos gruesos —leñas— pueden tener valor comercial para utilizarlos como biocombustibles o en las industrias de desintegración.

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Tratamientos culturales en un hayedo en estado de latizal consistentes en clara, poda puntual de los pies de mayor diámetro y apilado de los restos gruesos para su recogida como leña por los vecinos. Monte de U.P. número 405 «Peña Mayor» en Valle de Losa, Burgos.

Cuando los «residuos» no tienen salida comercial y su acumulación sobre el suelo ocasiona problemas, como el aumento considerable del riesgo de incendios o plagas, la disminución de la producción pascícola, o la imposibilidad de ejecutar trabajos —laboreos—, se procede a su «eliminación ».

Si es posible la mecanización, el método más habitual es la trituración, de forma que el producto obtenido se incorpora al substrato de una forma mucho más rápida.

Actualmente se asiste a un creciente interés en la utilización de los residuos forestales para producción de energía, en el marco de los compromisos internacionales de reducción del consumo de combustibles fósiles. Su generalización depende, no obstante, de la reducción de los altos costes de procesado y extracción. Por ello, en los últimos años están apareciendo máquinas y aperos específicos, como trituradoras con mecanismos de recogida y almacenamiento de astilla y empaquetadoras, que pretenden resolver los problemas de rentabilidad que limitan en la actualidad el empleo de estos materiales.

El establecimiento de una nueva masa: las cortas de regeneración

La gestión sostenible, en sus aspectos ecológicos y socioeconómicos, se fundamenta en el principio de persistencia, lo que sólo puede conseguirse asegurando la regeneración de la masa forestal tras su aprovechamiento.

Para lograrlo, la selvicultura pone en manos de los gestores un amplio abanico de técnicas que genéricamente se conocen como «cortas de regeneración».

Para quien no esté familiarizado con la práctica selvícola, podría parecer una paradoja la unión de estos dos conceptos en apariencia tan alejados: corta y regeneración.

En los bosques naturales, cuando ocasionalmente se produce la caída de algún árbol o grupo de árboles o una gran perturbación —incendio, vendaval, etc.—, se desencadena un proceso que favorece la germinación de las semillas y el desarrollo de nuevas plantitas o de otras que ya existían antes del accidente. Las cortas de regeneración no hacen sino imitar ese proceso básico. Naturalmente, todas las especies forestales no se comportan de la misma manera. En función de su capacidad de medrar en ambientes más o menos umbríos, hablamos de árboles tolerantes a la sombra (haya, abeto), o intolerantes (pino, abedul).

Las modalidades habituales de corta se diferencian esencialmente en la forma en que se administra la luz: desde las «cortas a hecho», en que se produce una apertura brusca sobre una superficie relativamente extensa, hasta las «entresacas», en las que se cortan sólo árboles individuales o pequeños bosquetes, de forma que en ningún momento desaparece el ambiente nemoral, pasando por todos los casos intermedios representados por las distintas modalidades de «aclareo», en las que la apertura del dosel se realiza gradualmente.

La instalación de la nueva masa tras las cortas puede conseguirse con planta originada por brotes de las cepas y raíces de los árboles cortados —capacidad que no todas las especies poseen—, o a partir de semilla. En la terminología forestal, las masas originadas por la primera vía son denominadas «montes bajos o tallares», por ejemplo, los rebollares o encinares que se cortaban a matarrasa para el aprovechamiento de leña y carbón; los segundos se denominan «montes altos o fustales». En estos, a su vez, el repoblado puede lograrse de manera natural, por semillas procedentes del entorno, o de forma artificial, por siembra directa o plantación.

La elección definitiva de cualquiera de las alternativas anteriores debe apoyarse en un adecuado diagnóstico de todos los condicionantes, en especial la composición específica y las condiciones ecológicas del lugar, sin olvidar los aspectos sociales, económicos y de gestión.

En las cortas a hecho se talan todos o la gran mayoría de los pies de un rodal de golpe, de forma que se provoca una transición brusca a condiciones de zona abierta. Pueden ir asociadas a regeneración natural por brotes de cepa o raíz —tallares de castaño, rebollo, encina, etc.—; a regeneración natural a partir de semilla del entorno, lo que sólo puede aplicarse en especies intolerantes a la sombra, como los pinos; o a regeneración artificial por plantación o siembra directa —plantaciones a turnos cortos como las choperas de producción, pinares, etc.—. Las principales ventajas son su sencillez y, en algunos casos, su mayor rentabilidad económica, asociada a los menores costes de las labores de señalamiento, corta y saca, de la madera. La concentración espacial de las áreas cortadas puede favorecer, así mismo, la protección de los regenerados en montes con elevadas cargas ganaderas. Como contrapartida, entre sus inconvenientes destacan sus escasas cualidades estéticas y paisajísticas, y los riesgos de degradación y erosión del suelo cuando se aplica en condiciones no adecuadas.

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CORTAS A HECHO: Se talan todos o la gran mayoría de los árboles a la vez, de forma que las semillas caídas en el suelo de los pies cortados y de los árboles aledaños dan lugar a la regeneración de la masa. Esta regeneración también se podría producir, en algunas especies por brotes de cepa o raíz o mediante repoblación artificial.

El aclareo sucesivo se caracteriza por extraer de forma paulatina el arbolado adulto de una masa, con lo que se propicia la regeneración natural. Durante una serie de años, normalmente no inferior a cinco ni superior a veinte, la masa adulta se aclara con el objetivo múltiple de seleccionar los mejores árboles para la producción de semilla, favorecer un aumento de ésta —ligada a un mejor desarrollo de las copas—, y fomentar una mineralización gradual de la materia orgánica que favorezca el arraigo de las futuras plántulas. El avance de las cortas y su diseño están relacionados con el temperamento de las especies y el ritmo de la instalación de la regeneración.

Las cortas por aclareo sucesivo tienen la ventaja añadida de que la selección fenotípica de los individuos progenitores contribuye a la mejora en la calidad de la nueva masa que se está instalando, al heredar lo mejor de su acervo genético. Además, el mantenimiento de una cobertura de arbolado favorece una adecuada protección del suelo y de las plantitas frente al viento, la radiación solar, y los cambios bruscos de temperatura y humedad, así como un bajo impacto paisajístico. Por contra, el aprovechamiento de los pies cortados y su señalamiento son más delicados y costosos y, si su ejecución no es cuidadosa, puede originar daños en el regenerado.

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CORTAS POR ACLAREO SUCESIVO: Durante un determinado periodo de años se va extrayendo de forma paulatina el arbolado adulto, de modo que se abren huecos en los que poco a poco se va instaurando el regenerado. Al final del ciclo se talan los últimos pies, los mejores desde el punto de vista genético, y se obtiene una masa regenerada de forma natural y de mayor calidad que la precedente.

Los dos métodos anteriores se utilizan y dan lugar a «masas regulares», en las que todos los árboles del rodal son coetáneos o difieren en un corto número de años. Para mantener o crear «masas irregulares», en las que se mezclan por toda la superficie árboles o grupos de árboles de todas las edades, se utilizan los métodos de corta por «entresaca».

Éstas se ejecutan mediante cortas suaves periódicas, cada 10-20 años según la especie, en las que al recorrer la masa irregular se apean árboles maduros y, al mismo tiempo, se aclaran áreas de arbolado joven demasiado denso. En algunos de los huecos abiertos, y al amparo de los árboles colindantes, se iniciará la regeneración. Son sistemas que persiguen simultáneamente la mejora y la regeneración del bosque.

Por sus especiales características, con carácter general la entresaca sólo puede aplicarse a especies tolerantes a la sombra.

Entre sus principales ventajas destacan la protección del suelo y del regenerado al no permanecer ambos al descubierto en ningún momento y, en segundo lugar, su mínimo impacto paisajístico, ya que genera masas estratificadas de apariencia muy natural. Sin embargo, la gestión de los bosques sometidos a este tipo de cortas es la más compleja, tanto por la minuciosidad requerida en su aplicación, como por tener que realizar todos los tratamientos en el mismo espacio y al mismo tiempo. A ello se añade que el coste de los señalamientos y de la extracción de los productos es elevado debido a su gran dispersión y a la especial meticulosidad que se debe mantener para evitar los daños en la masa residual.

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CORTAS POR ENTRESACA: Se actúa en todos los puntos de la masa irregular cada cierto número de años, cortándose árboles maduros a la vez que arbolado joven demasiado denso. En los huecos que se han abierto, y con la protección de los pies circundantes, se inicia la regeneración.

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El principio de persistencia constituye la base de la gestión forestal sostenible, lo que sólo puede conseguirse asegurando la regeneración de la masa forestal tras su aprovechamiento.

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La instalación de la nueva masa, tras las cortas de regeneración, puede lograrse con planta procedente de brote de cepa y raíz de los árboles cortados o a partir de semilla. La selvicultura debe conducir a las nuevas plantas hasta la fase adulta, cerrando así el ciclo de la especie. Las masas originadas por la primera vía se conocen como montes bajos o tallares; los segundos se denominan montes altos o fustales. En éstos, a su vez, el repoblado puede lograrse por semillas procedentes del entorno o por siembra directa o plantación.

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En las cortas a hecho se talan todos o la gran mayoría de los pies de un rodal, de forma que se provoca una transición brusca a condiciones de zona abierta, proceso que reproduce el efecto del incendio forestal originado por rayo. En los pinares, la regeneración se puede conseguir de forma natural a partir de semilla del entorno, sólo aplicable a especies intolerantes a la sombra como los pinos, o artificial mediante siembra directa. M.U.P. nº 172 «Pinar Grande» (Soria).

El monte de Valsaín

Ciertos nombres ejercen un poder evocador a quien los escucha.

Desde una perspectiva forestal, Valsaín es uno de ellos. Por razones históricas, en este ámbito segoviano nos encontramos con una manifestación peculiar de un paisaje que, a sus innegables valores naturales —disposición del relieve, flora, fauna, cursos de agua— añade un devenir en el que se entremezclan agentes e intereses diversos a lo largo de un dilatado tiempo. El conocimiento detallado de tales agentes y los impulsos que los empujan a actuar confieren a este escenario natural una profunda carga dramática. Esto es así tanto en lo que se refiere a la armazón fundamental de los procesos aquí desarrollados desde siglos atrás como a las pequeñas historias que se desarrollaron, unas amables, otras con una innegable carga trágica, entre pinos, robles, acebos y otros árboles.

Valsaín, en la actualidad, es un monte de unas 11.000 ha situado en la vertiente septentrional de la Sierra de Guadarrama.

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Franqueados ya los límites de Castilla la Vieja, caracolea el camino en rápido descenso a orilla de barrancos, de cuyo fondo surgen bosques de pinos y abetos tan densos como cañaverales, que mezclando sus copas y entrelazando sus nervudos brazos, forman un piélago de verdor sombrío y un laberinto impenetrable (José María Quadrado, 1853). Cabecera del río Eresma en el M.U.P. nº 2 «El Pinar de Valsaín», en San Ildefonso (Segovia). Al fondo, la Sierra del Guadarrama, con las cumbres (de izquierda a derecha) de «Cabezas de Hierro», «Cerro de Valdemarín» y «Las Guarramillas» o «Bola del Mundo».

Ocupa las cabeceras de tres cursos de agua: el Eresma, el arroyo de la Acebeda, o río Frío, y el río Peces. Su ubicación mayoritaria en una ladera montañosa explica el acusado desnivel altitudinal entre sus cotas extremas, pues abarca desde los aproximadamente 1.100 m en el extremo norte hasta los más de 2.100 m en el ámbito de Siete Picos. El pino silvestre (Pinus sylvestris) aparece de forma predominante a partir de los 1.300 m de altitud; por debajo de esa cota es el robledal (Quercus pyrenaica) la formación principal, aunque en numerosos lugares ha sido sustituido por pastos y matorrales. Según la documentación disponible, a mediados del siglo XVI la distribución altitudinal del pinar y del robledal era muy semejante; y no se constata hasta momentos muy recientes, aproximadamente 1930, una intervención que favoreciera al pino frente al roble —más bien al contrario— que pudiera explicar la baja cota del piso inferior del pinar.

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El aprovechamiento tradicional del pinar de Valsaín, considerado desde antiguo como extremadamente valioso en la región central de España, se centró en la obtención de madera de construcción de Pinus sylvestris, de la que se abastecía la Corte, la cercana ciudad de Segovia y los Reales Sitios.

Dejando de lado los conocimientos que pudieran inferirse a partir de la extensa toponimia de sus parajes, o de los datos disponibles gracias a algunas evidencias arqueológicas conocidas, las referencias documentales sobre este monte se empiezan a hacer sumamente ricas desde tiempos medievales. La contribución militar segoviana a las campañas de los monarcas cristianos determinó que la ciudad del Eresma y del Clamores fuera dotada de un extenso patrimonio territorial, del que formaban parte como bien «especial» los pinares y matas de roble de Valsaín, Riofrío y Pirón. Sólo una porción de lo antaño correspondiente a Valsaín y Riofrío forma parte del Valsaín actual.

Se ha escrito mucho sobre la titularidad de estas posesiones. Tras pugnas de diverso tipo que exigieron la intervención de instancias superiores para dirimir al respecto, en el siglo XVI estaba instituido el reparto de esas titularidades entre la Noble Junta de Linajes y la Ciudad de Segovia, en el caso de los robledales y pinares de Valsaín; y entre el Común de la Ciudad y las aldeas de la Tierra de Segovia, en el caso del pinar y robledales de Riofrío, ámbito éste de extensión mucho menor a la del conjunto de Valsaín. Por su parte, la mata de roble de Pirón, en término de Sotosalbos, quedó repartida entre la Ciudad, el Común, y la Tierra.

La trascendencia económica de estos bienes es una de las constantes reflejadas por la documentación. A comienzos del siglo XVI, los ingresos procedentes del arrendamiento de Valsaín representaban un tercio y a menudo más de los ingresos totales del concejo de Segovia. Este predio, además, garantizaba la autosuficiencia de la ciudad y del resto de pueblos de la Comunidad de Segovia tanto en madera como en leña, lo que al tiempo evitaba problemas de funcionamiento a la floreciente industria textil segoviana, que precisaba de un consumo notable de combustible —leña— en el proceso de elaboración de los paños. También la ganadería comarcal se vio favorecida por los pastos de los robledales y pinares. El trasiego de leña dio origen a una suerte de campesinado forestal sin duda peculiar: los gabarreros. Este colectivo se vio involucrado en abundantes pugnas con la guardería real y los gestores del monte, en general por desavenencias sobre lo que se consideraba leña muerta —que podía ser sacada gratuitamente por los gabarreros— y leña verde.

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Bosques de pino silvestre de la Comarca de Pinares en Soria.

Desde época medieval fue frecuente la presencia de sucesivos monarcas y sus séquitos triscando por estos montes para satisfacer sus querencias cinegéticas. Esto explica la construcción de un pabellón de caza que, en el siglo XVI, fue convertido por iniciativa de Felipe II en palacio. Las repercusiones de la presencia de la Corona en Valsaín resultaron de enorme trascendencia en la gestión del monte, e incluso en el futuro de su propiedad: a mediados del siglo XVIII Carlos III decidió adquirir en propiedad el conjunto de Valsaín, Pirón y Riofrío. El objeto de la compra se circunscribió, grosso modo, a las zonas de esos ámbitos que por entonces, 1761, tuvieran todavía arbolado. Eso explica, por una parte, los retazos que quedaron fuera de la transacción ubicados entre el límite del monte y las líneas de cumbres que separan la actual provincia de Segovia de la de Madrid, así como el amplio espacio comprendido entre el límite oriental de Valsaín y la Mata de Pirón, que a mediados del XVIII, y desde hacía ya unos cuantos decenios, se encontraba básicamente deforestado.

Para los integrantes de la Junta de Linajes y para los regidores de la ciudad de Segovia, muchos de ellos destacados propietarios de ganado, la compra del pinar y matas, pese a una extensa literatura en contrario, implicó notables ventajas: el mantenimiento, por cláusula expresa, del derecho de pastoreo en los terrenos vendidos, y la adquisición, con cargo a la cantidad satisfecha por la Corona en la transacción, de ricos pastos de invierno en las comarcas de La Alcudia y El Pizarral (García Sanz, 1986, p. 286).

En la decisión de compra por parte de Carlos III influyó notablemente la fundación, unos lustros antes, de la Fábrica de Cristales de San Ildefonso. El consumo intenso de leña para el mantenimiento de sus hornos exigía garantizar el abasto, lo que no siempre era posible, pues las instituciones propietarias daban a la leña una utilización diferente. Ello, unido a las cada vez más frecuentes disensiones en relación con la gestión global de este espacio y a la constatación de su deterioro creciente, motivó finalmente la compra forzosa en 1761. El argumento de la degradación del arbolado fue la justificación principal de esta decisión, por lo que se pueden plantear dudas sobre la veracidad de este hecho. Pero documentos diversos nos permiten comprobar que el estado del monte no era, en efecto, el mejor de los posibles, existiendo abundantes rasos y claros tanto en el pinar como en el robledal. Lo que sí se debería tener en cuenta es que este deterioro se debió tanto a la intervención de los hasta entonces propietarios como a la propia presencia de la Corona, que desde hacía tiempo contribuía a la degradación del pinar y de las matas de roble: cortas de madera para fines diversos, entre ellos la propia construcción del palacio de La Granja; extracciones intensas de leña de roble para alimentar las cocinas y los braseros del palacio; introducción de ganado, fundamentalmente vacuno; e incluso el fomento de zonas de cultivo en el ámbito del robledal, para garantizar el abasto de productos de huerta al Real Sitio.

Desde tiempos medievales, la intervención de la Corona en Valsaín siguió una tendencia creciente, hasta quedar convertido en un auténtico «parque de ocio» de los reyes y sus séquitos. La caza, la pesca y los paseos por el monte eran quehaceres muy estimados, y ello influyó en las medidas de gestión establecidas: control de las cortas de madera —incluso la preocupación por el deterioro del paisaje determinó la prohibición de cortas a hecho en las zonas de pinar situadas a la vista del palacio de Valsaín en el siglo XVI—, del pastoreo, de la extracción de leñas, etc. También la fauna sufrió las consecuencias de estas aficiones: la obsesión por conservar los animales de interés para la caza y la pesca determinó auténticas campañas de exterminio de eventuales especies dañinas: por supuesto lobos —así lo exigía la sensibilidad social respecto a este animal—, pero también zorros, gatos monteses y caseros, culebras, víboras, nutrias, comadrejas, tejones, turones, garduñas, tordillos, cigüeñas negras, milanos, alcotanes, águilas, aguiluchos, quebrantahuesos —especie actualmente inexistente en la zona— y cárabos; hasta el martín pescador se incluye en 1883 en el cuadro de «alimañas» por su efecto negativo sobre la pesca. En el siglo XIX se producen dos hechos importantes: la desamortización de los bienes de la Corona implicó la venta, anulada parcialmente con posterioridad, de algunas de las matas de robles que integraban las posesiones adquiridas un siglo antes por la Corona. Por otra parte, la iniciativa real hizo que la gestión del monte pasara a cargo de los técnicos forestales. Concretamente, fue el ingeniero de montes Agustín Pascual el encargado de introducir unos planteamientos de gestión que pasaban por segregar los intereses de conservación y explotación racional del pinar y el robledal de la preocupación que, hasta entonces, habían manifestado los administradores del Real Sitio de San Ildefonso por evitar que los productos del monte no equilibraran la cuantía de gastos que conllevaba el mantenimiento de esta real posesión. Por otra parte, se rompieron entonces una serie de inercias en la explotación del pinar, como eran el empleo de árboles chamosos o torcidos como árboles diseminatorios, o la mala distribución espacial de las cortas. Poco tiempo después, en 1890, se inició la explotación y gestión del pinar siguiendo un plan dasocrático, que ha sido objeto ya de once revisiones.

En 1982 la titularidad del monte de Valsaín pasó del Patrimonio Nacional, antes Patrimonio de la Corona, al Instituto para la Conservación de la Naturaleza, hoy Dirección General de Conservación de la Naturaleza —Ministerio de Medio Ambiente—.

Puede afirmarse sin temor alguno que la gestión actual de este predio se ajusta a la idea de aprovechamiento múltiple, pues además de mantenerse la explotación de maderas, pastos y leñas, se perciben también sus cualidades ambientales y su función como área de esparcimiento social.

La selvicultura en Castilla y León

La tradición selvícola

En el contexto español, Castilla y León siempre ha tenido un alto protagonismo en el desarrollo y aplicación de las técnicas selvícolas. Las referencias históricas de aprovechamientos forestales en nuestra región son abundantes.

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Durante la fase «preselvícola» y hasta el establecimiento de la Administración Forestal en la segunda mitad del siglo XIX, el método de explotación seguido en la mayoría de los montes altos era la corta de los árboles más gruesos y de mayor calidad, lo que en algunas comarcas se describía como «floreo». En general, no existían tratamientos de mejora, con alguna excepción. La práctica continuada del «floreo» significó un empobrecimiento genético y sanitario de los rodales. Junto con este tipo de cortas, el pastoreo abierto y libre, la nieve, el viento y los frecuentes incendios condicionaban la instalación y el desarrollo de los regenerados. Un ejemplo ilustrativo es este monte de El Bierzo, poblado hasta hace veinticinco años con un número reducido de matas de abedul y roble, como el que se observa a la derecha, y que se encontraba profundamente degradado. En esa fecha sufrió el último incendio y se repobló con Pinus sylvestris; en algunas zonas los pinos plantados no llegaron a prosperar por la fuerte concurrencia de los abedules, que brotaron de cepa, con un crecimiento muy rápido y con gran densidad formando la actual masa mixta de Betula pendula, Quercus petraea, Pinus sylvestris e Ilex aquifolium. La primera actuación selvícola ejecutada fue un tratamiento de mejora -clara no comercial-, realizándose la corta principal sobre el abedular (Noceda, León).

Por su ubicación geográfica, la explotación de madera para la Marina fue poco importante, pero la cercanía de la Corte contribuyó a que algunos de nuestros pinares suministraran a la capital una abundante cantidad de maderas para la edificación, cuya calidad era muy apreciada. Como nos cuenta Jordana: «En Madrid es bien conocida por los traficantes la madera de hilo de la tierra con que se distingue toda la que procede de los montes que visten ambas vertientes de la cordillera de Guadarrama, pero se da siempre la preferencia a la que procede de Valsaín y El Espinar por cuanto la fibra es más fina y compacta» (Jordana, 1862). Las maderas de los pinares sorianos y burgaleses, desde la creación de la Cabaña Real de Carreteros en 1497 y en especial a partir del siglo XVIII, se distribuían con regularidad a otras regiones de España, y servían de materia prima para la fabricación artesanal de gamellas, muebles, herramientas, etc. (Ruiz, 2001).

Durante la fase «preselvícola», al igual que en el resto de Europa, el método de explotación seguido en la mayoría de los montes altos era la corta selectiva de los árboles cuyo aprovechaminto resultaba más rentable. Las talas se localizaban en las partes más accesibles de los bosques y se centraban en los árboles más gruesos y de mayor calidad, lo que en algunas comarcas se describía como «floreo ». La práctica continuada significó un empobrecimiento genético y sanitario de los rodales: «Las cortas por entresaca se hicieron con un criterio económico local, cortándose lo mejor y de más fácil saca, permaneciendo en el monte los árboles huecos o los atacados por la enfermedad, los mal formados, etc. o sea que con un criterio opuesto a toda norma selvícola ha permanecido en pie determinado arbolado cuya eliminación debería ser inmediata, impidiendo y dominando con su presencia el desarrollo del joven repoblado» (Iturralde, 1955). Junto con este tipo de cortas, el pastoreo abierto y libre —en el que no faltaban las cabras—, la nieve, el viento y los frecuentes incendios motivados por causas naturales o por los pastores, condicionaban la instalación y el desarrollo de los regenerados. En general, no existían tratamientos de mejora, con alguna excepción: «La utilidad de las claras fue reconocida también desde muy antiguo como lo hemos podido observar en una real carta de autorización de corta de pinos expedida a favor del concejo de El Espinar en 1719 en la que se dice que entresacando los árboles «se evita que la mucha espesura sofoque y haga morir reviejos los pinos, lo que no sucedería entresacándolos y dejándola de pie a pie» (Jordana, 1862).

A partir del establecimiento de la Administración Forestal, en la segunda mitad del siglo XIX, nuestra región continuó desempeñando un papel destacado. La cercanía a la capital, y a las sucesivas sedes de la Escuela de Ingenieros de Montes, favoreció que eminentes forestales centraran parte de sus estudios en Castilla y León —Agustín Pascual, Máximo Laguna, José Jordana— y contribuyó a que se eligiera El Espinar en 1859 como ubicación para una Escuela de Prácticas Forestales en la que, entre otras materias, se completase la formación de los alumnos en selvicultura, aprovechando las inmejorables condiciones que ofrecían sus magníficos pinares de silvestre. Además, en 1848, se instaló la primera fábrica dedicada a la destilación de la miera, en Hontoria del Pinar, en Burgos, y se aprobaron los primeros proyectos de ordenación de los montes españoles: «El Quintanar», en Ávila, y «Matas» de Valsaín en Segovia, en 1882.

La naciente Administración Forestal, desde sus orígenes, pretendía organizar el aprovechamiento incorporando métodos racionales. Comenzó así una importante labor de ordenación de montes y se generalizó la práctica de tratamientos selvícolas —clareos, podas, desbroces, etc.—, cortas de mejora, y cortas de regeneración. En los montes altos se perseguía el abandono de las cortas por «entresaca» y su sustitución por métodos como el aclareo sucesivo (Pascual, 1847) que originaran estructuras regulares y facilitaran la protección de los regenerados frente al pastoreo.

El tránsito no debió de ser sencillo. Los gestores, además de las dificultades intrínsecas que suponía la incorporación de nuevos métodos de manejo de los bosques, tuvieron que hacer frente a las cortas clandestinas, personificadas en la figura del «matutero», y a los pastores y ganaderos, que se resistían a respetar los acotados de regeneración y que, seguramente, todavía veían en el fuego una herramienta de gestión pastoral. Como ejemplo de esas dificultades de partida, las estadísticas oficiales de finales del siglo XIX reflejan que, en Soria, entre 1861 y 1880, el 17 % de la producción de madera tuvo su origen en aprovechamientos fraudulentos o en incendios; sólo en el año 1868, se quemaron en la provincia 7.247 ha (Pérez, 1995).

El éxito en la aplicación de los nuevos métodos y los beneficios económicos generados, por los trabajos forestales y por la venta de los productos, fueron los mejores argumentos para su expansión. Como ejemplo, en pueblos pinariegos de Soria y Burgos, las rentas directas que percibían los vecinos a mediados del siglo pasado por la venta de la madera en los montes ordenados, las famosas «suertes», llegaban a superar el sueldo anual medio de un obrero cualificado (Kleinpenning, 1962). En la segunda mitad del siglo XX se concluyó la labor, de forma que se puede asegurar que, al comenzar el siglo XXI, en todos los montes importantes de titularidad pública de la región está ya consolidada una gestión sostenible apoyada en las técnicas selvícolas.

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