ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – XVII

Ordenación y permanencia del monte

¿Qué es la ordenación de montes?

AtlasForestal_CastillayLeon_Bloque3_Página_001_Imagen_0001Ordenar un monte es organizar en el tiempo y en el espacio los diversos usos posibles de sus recursos forestales, directos o indirectos, de tal manera que cumpla de forma continua y plena el objetivo de satisfacer las necesidades humanas. En definitiva, la ordenación maximiza las utilidades que el monte puede proporcionar a su propietario y a la sociedad, en condiciones de respeto al medio natural y de coherencia con su contexto socioeconómico. Con todo ello se pretende garantizar la persistencia de los ecosistemas forestales, mejorando también su capacidad para lograr dichos objetivos en el futuro.

Las prescripciones de la ordenación se plasman en una planificación formal, basada en principios científicos y técnicos. Constituye de hecho una especie de síntesis práctica de las ciencias y técnicas forestales. Sus repercusiones son de naturaleza ecológica, económica, social, administrativa e incluso jurídica, entre otras.

De acuerdo con Madrigal (1994), la ordenación de montes lleva asociadas tres actividades claramente diferenciadas: Planificación, en la que se integran las fases de reconocimiento, toma de datos, definición de objetivos, evaluación de alternativas y toma de decisiones. En la tradición dasocrática española se ha venido materializando en las figuras denominadas plan general y plan especial.

Gestión, que asegura la ejecución de lo planificado a través de planes anuales.

Balance y control, que permite la comparación entre lo planificado y lo realmente ejecutado a la finalización de cada plan especial, así como, en su caso, la correspondiente redefinición de objetivos. Todo ello se integra en las sucesivas revisiones al proyecto de ordenación inicial, verdaderas auditorías de lo realizado en el período de vigencia del plan especial anterior. En la práctica dasocrática española, el período habitual entre dos revisiones consecutivas ha venido siendo de diez años.

Rameau (1999) considera la ordenación como un ejercicio de definición de objetivos de gestión a diversos plazos, de organización de dicha gestión en el tiempo y en el espacio, de autoevaluación de resultados y, en vista de esta última, de revisión de los objetivos iniciales.

En definitiva toda ordenación entraña

«…un dilatado experimento, periódicamente retroalimentado por la información obtenida acerca del comportamiento de una masa forestal en respuesta a unas orientaciones de gestión mantenidas durante ciertos períodos de tiempo. Esa información permite modificar periódicamente dichas pautas de gestión para adecuarlas a la realidad de la masa y/o hacerlas más efectivas en su conducción hacia formas o estructuras que, por algún motivo, se han considerado deseables. A su vez, dichos objetivos estructurales pueden cambiar también con el tiempo» (Allué-Andrade & Ceballos, 2001).

Este enfoque resulta de gran utilidad metodológica, porque asume la escasez de información básica que debe afrontar a menudo el ingeniero ordenador sobre el funcionamiento de las masas forestales, así como la necesaria adquisición o verificación de tales conocimientos a lo largo de un proceso largo y complejo, a partir de los comportamientos observados en el propio monte; de ahí su carácter experimental. En este sentido, para Gómez-Mendoza (1994), la ordenación es «una de las experiencias técnicas de mantenimiento y mejora productiva de recursos renovables en ciclos largos más originales e interesantes».

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Inventario de tipos de ecosistemas forestales en la ordenación del monte de U.P. número 243 «Ahedo-Pinar» de Neila (Burgos).

 Un ideario moderno en un viejo envoltorio

Los difíciles y meritorios comienzos decimonónicos de la ordenación se desarrollaron en momentos de inequívoca hostilidad hacia los montes, vinculados a sistemas productivos y de propiedad incompatibles con las concepciones liberales de la época sobre la sociedad y la economía. Su progresión y éxito posteriores suelen aceptarse como prueba del triunfo de tesis que hoy calificaríamos de conservacionistas, pero nos inducen con demasiada frecuencia a tratar el tema desde una perspectiva principalmente histórica que transmite a la sociedad una imagen algo apolillada, poco adecuada para una cabal comprensión de las utilidades y potencialidades actuales de esta disciplina, imprescindible en la moderna gestión de los recursos forestales.

Además, la terminología relativa a la ordenación de montes —aunque, como veremos, no así sus principios y objetivos— ha quedado algo desfasada respecto del nuevo vocabulario generalista al uso, en el que abundan anglicismos más o menos malsonantes y a menudo hueros de un significado concreto: reiteradamente utilizados en los medios de comunicación, términos como «implementación » o «sostenibilidad», así como otros de corte más modernamente empresarial, como «decisiones multicriterio », «certificación» o «calidad», han sido ya ampliamente aceptados por el gran público, e incluso, lo que resulta más sorprendente, por aquellos sectores del ámbito forestal menos conscientes de su perspectiva histórica y de la importancia intrínseca del lenguaje como seña de identidad. Hay que reconocer, sin embargo, que en este contexto, la propia palabra «ordenación» parece evocar rigideces y simplificaciones que se ajustan mal a la multiforme realidad del medio natural, como si ordenar consistiera en colocar cada árbol en su sitio «a golpe de corneta». Nada más lejos de la realidad.

Por el contrario, esta terminología, quizá hoy pasada de moda por insuficientemente difundida, esconde elementos de notable modernidad, al menos en los dos sentidos siguientes: en primer lugar, porque la ordenación, como la selvicultura, la silvopascicultura o, en general, cualquiera de las técnicas forestales destinadas al manejo a diversos niveles de comunidades naturales, constituyen ejemplos extremadamente precoces, pioneros, de tecnificaciones de base ecosistémica, todavía hoy bastante escasas entre nosotros, formuladas mucho antes de que la ecología cristalizara como ciencia (Allué, 1990). El interés de esta circunstancia sería meramente histórico si no fuera porque estas disciplinas mantienen íntegro hoy en día ese compromiso con la permanencia del sistema forestal cuyo aprovechamiento se pretende planificar.

Por otra parte, la ordenación de montes ha sido también una de las actividades pioneras en el desarrollo de procesos de planificación estratégica y multicriterio, hoy tan frecuentes en el mundo de la empresa. La propia palabra inglesa management con que se conoce esta disciplina en el mundo anglosajón —aménagement en francés— ha sido adoptada en múltiples campos y es hoy de uso corriente, habiendo sido aplicada sin traducción previa en nuestros ámbitos empresariales en el sentido de administración o dirección de empresas mediante el establecimiento de un conjunto de planes y objetivos. Nuestro término «ordenación» no ha envejecido tan bien, aunque, al igual que en el caso de una empresa, tenga por objeto el establecimiento de las líneas generales de administración o dirección del monte sobre la base de un conjunto de planes estratégicos a largo —plan general—, medio — plan especial— y corto plazo —plan anual—.

En definitiva, detrás de un término aparentemente desfasado, subyace una realidad que, al margen de sus implicaciones para la persistencia de las masas forestales, va más allá de la simple planificación y se integra plenamente en el conjunto de técnicas de administración de empresas.

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Multifuncionalidad y singularidad mediterrráneas

El carácter multifuncional de los montes afecta, por una parte, a la diversidad de los destinatarios de sus utilidades y, por otra, a la propia multiplicidad de dichas utilidades, sobre todo en ambiente mediterráneo. Así, Peyron (1999) afirma que ordenar un monte es, ante todo, un ejercicio de conciliación de los múltiples intereses que sobre él confluyen.

El monte ha tenido como función tradicional la producción de bienes de consumo directos —maderas, leñas, resinas, frutos, caza o pastos— en beneficio casi exclusivo de sus propietarios. En la actualidad, sin embargo, una nueva sociedad menos dependiente de estos recursos directos, más urbana y, por tanto, más alejada de la convivencia diaria del hombre y del monte, reclama de los terrenos forestales otros beneficios indirectos en forma de servicios varios que, como el ocio, la contemplación del paisaje o la conservación de la biodiversidad, son difícilmente cuantificables y tienen como beneficiarios ya no solamente a los propietarios del monte, sino al conjunto de la sociedad.

Así pues, la ordenación de montes debe conciliar dos conjuntos de intereses a veces contrapuestos: por una parte, el derecho del legítimo propietario del monte a percibir de él el máximo rendimiento económico en forma de bienes de consumo directos, consagrado en el derecho constitucional al libre disfrute de la propiedad privada; por otra, el derecho del conjunto de la sociedad a disfrutar de los servicios indirectos que ese monte proporciona, que debe modular al anterior y que está también reconocido constitucionalmente en forma de limitaciones a la propiedad privada por razones de interés general.

Pero no es ésta la única conciliación relativa al concepto de multifuncionalidad, como ya hemos indicado. En muchos de los montes castellanos y leoneses se deja sentir una notable influencia mediterránea, apreciable en su flora y en su fisionomía. Resultan, en consecuencia, bastante singulares a escala planetaria, cuestión ésta de la que en general los nativos somos poco conscientes. De ello se derivan vocaciones muy diversas y simultáneas, que se traducen a su vez en múltiples usos potenciales, muchos de ellos superpuestos en el tiempo y en el espacio, y en buena parte interdependientes e incluso antagónicos.

El monte mediterráneo no es sólo bosque, circunstancia que ha marcado notables diferencias de enfoque entre la mayor parte de los países de tradición forestal y el nuestro. El monte mediterráneo es un fascinante mosaico natural, tan sugerente como difícil de gestionar adecuadamente debido a su heterogeneidad, a sus importantes limitaciones ecológicas, propias del clima mediterráneo, a su escasa rentabilidad monetaria y a una larga tradición de usos y abusos.

La ordenación de montes mediterráneos debe afrontar, además, modalidades de aprovechamiento de recursos que no van necesariamente unidas a la renovación individual o colectiva de árboles. Es el caso de producciones tan singulares como la resina, el corcho o el piñón. La organización de este conjunto de aprovechamientos simultáneos en condiciones de persistencia de la masa forestal resulta a priori mucho más compleja que la adecuada para los bosques de latitudes superiores, ya que, en consecuencia, la recogida de una parte sustancial de los productos se independiza de los procesos de regeneración del arbolado, a los que es preciso atender por separado (Montoya, 1987).

Pero no todos los factores limitadores de la gestión de los montes castellano-leoneses derivan en exclusiva de su carácter mediterráneo o submediterráneo. La singularidad específica de la empresa forestal se traduce en condiciones y escalas temporales que no son las habituales: así, aunque en ausencia de perturbaciones notables, las estrategias vegetales y el funcionamiento de los sistemas forestales no varían sensiblemente a escala humana, la ordenación de montes debe, no obstante, adaptarse a la evolución de las necesidades humanas. En un mundo de rápidos y drásticos cambios en el comportamiento, la forma de organización, las necesidades y las demandas de la sociedad, ningún objetivo de adaptación del monte a estos nuevos escenarios socioeconómicos podrá alcanzarse si no es mediante estrategias plasmadas en planificaciones ligeras, flexibles y a su vez fácilmente adaptables a estos cambios.

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Lunaria (Botrychium lunaria), diminuto y raro helecho de praderíos húmedos de montaña. El respeto y fomento de la biodiversidad es uno de los objetivos irrenunciables de la ordenación de montes.

Los balances anuales de cualquier empresa constituyen sólidos criterios para la toma de decisiones en materia de cambios de estrategia comercial o productiva.

En materia de montes las cosas no son tan sencillas, porque las dilatadas escalas de tiempo frecuentes en el mundo forestal complican tanto la evaluación de intervenciones de cualquier tipo como los necesarios ejercicios predictivos inherentes a toda actividad empresarial.

Como es lógico, la referida adaptabilidad deberá afectar no tanto a los objetivos generales de la ordenación, que requieren de cierta continuidad, sino a la forma de poner en práctica las actuaciones necesarias para conseguirlos.

Por todo lo anterior, en la gestión del monte mediterráneo es necesario recurrir en general a métodos de ordenación extremadamente flexibles y versátiles, a menudo diferentes de los tradicionales de corte centroeuropeo. A pesar de que la consciencia de la originalidad forestal mediterránea en los ambientes técnicos de países como Francia, España o Italia se remonta a las últimas décadas del siglo XIX, es preciso reconocer al día de hoy la inexistencia de una completa doctrina general de la gestión de masas mediterráneas y, en consecuencia, el escaso desarrollo de métodos verdaderamente generales, consensuados y eficaces.

Gestión forestal sostenible, ordenación y biodiversidad

El término «desarrollo sostenible» fue acuñado en el conocido Informe Bruntland para las Naciones Unidas (1987) y posteriormente precisado como «el que responde a las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de responder a las necesidades de las generaciones futuras». Se trata, por tanto, de un concepto muy amplio, de carácter inicialmente ético y político, extraordinariamente bien acogido en muy diversos sectores.

En el mundo técnico forestal se ha plasmado en la llamada gestión forestal sostenible, situándose en el epicentro de un amplio debate sobre las relaciones del hombre urbano e industrial con la naturaleza, a caballo entre lo técnico y lo ético.

Pero la sostenibilidad ha sido uno de los principios básicos de la ordenación de montes desde hace al menos unos doscientos años, aunque bajo otras denominaciones como las de rendimiento sostenido, persistencia o permanencia.

Conviene precisar estas dos últimas, quizá excesivamente genéricas: desde el principio, las técnicas de manejo de los sistemas naturales que constituyen la columna vertebral de la actividad de los forestales asumieron una condición integrada y masiva, actuando sobre conjuntos de individuos y no sobre individuos concretos, así como designios productivo-perpetuadores y no meramente conservadores. En consecuencia, se enfatizó más la preservación de las dinámicas de dichos sistemas y su regeneración natural que la conservación física de sus propios individuos. Así, en fecha muy temprana, Lorentz & Parade (1837) establecen «la producción sostenida, la regeneración natural y la mejora progresiva» como bases de la gestión forestal, cuya filosofía esencial responde al lema «imitar a la naturaleza, acelerar su obra».

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Lilium pyrenaicum en el monte de U.P. nº 338 «Dehesa Carrales» (Burgos).

Sin embargo, aun reconociéndose en general que la sostenibilidad es inherente a la ordenación de montes, el debate actual sobre la gestión forestal sostenible ha llevado a considerar que el concepto se ha limitado quizá en exceso a los rendimientos económicos directos, olvidando a menudo los indirectos, entre los que destacan principalmente la conservación y el fomento de la biodiversidad, o relegándolos a un papel secundario. De hecho, muchas definiciones clásicas, como la de Mackay (1944), enfatizan los aspectos económicos: «ordenar un monte es organizarlo conforme a las leyes económicas sin infringir las biológicas », considerando que los aspectos ecológicos actúan como meros limitantes del libre ejercicio de los primeros, pero nunca constituyen objetivos en sí mismos. Se da, sin embargo, la paradoja aparente de que esta forma de proceder ha permitido mantener en buena medida tanto los procesos esenciales de los sistemas aprovechados como los propios niveles de biodiversidad encontrados en ellos, sobre todo en ciclos largos y con modalidades de corta y aprovechamiento no excesivamente drásticas.

En este sentido, Barthod (1999) ha formulado una interesante «teoría de la estela», en virtud de la cual, garantizada la persistencia de una masa arbolada de cobertura más o menos continua y de densidad adecuada, todo lo que es bueno para la producción de bienes económicos directos del monte, como la madera o la caza, favorece al resto de los componentes y atributos del ecosistema —por ejemplo, la biodiversidad—, que avanzan de esta manera arrastrados por el efecto de la estela que deja la progresión de estas utilidades directas. Puesto que disponemos del término de comparación que proporcionan los datos del inventario realizado en el momento de sus respectivas ordenaciones, no parece aventurado decir que el estado actual de nuestras masas forestales sometidas a gestión centenaria corrobora en buena medida esta tesis.

Conviene destacar también, a estos efectos, que el inventario, el tratamiento de datos y la cuantificación de los recursos indirectos —servicios— del monte, como el ocio, el paisaje o la regulación hidrológica, son notablemente más difíciles que los de los recursos directos — bienes—, como la madera, la resina o el corcho, por lo que los documentos técnicos de ordenación han cargado las tintas sobre prolijas tablas numéricas expresivas de variables directas fácilmente cuantificables. De esta forma, en realidad, se han cuantificado de manera indirecta o críptica determinados servicios indirectos del monte, a través de indicadores directos: por ejemplo, el nivel de existencias de madera en metros cúbicos por hectárea constituye en alguna medida un indicador de acumulación de biomasa en el ecosistema y, por consiguiente, en un cierto sentido, de evolución o madurez, con todo lo que ello implica. Cuando entre los objetivos de una ordenación se encuentra el incremento, siquiera temporal, de las existencias, algo frecuente en las ordenaciones a turnos largos, cobra de nuevo pleno sentido la teoría de la estela que hemos comentado en el párrafo anterior.

A pesar de lo expuesto, no cabe duda de que una parte significativa de la doctrina dasocrática europea de la primera mitad del siglo XX se decantó en su momento por los montes arbolados productivos de propiedad pública, propiciando en ellos estructuras forestales notablemente simplificadas, en masa regular o semirregular, como asimismo sucedió en España, pensando más en la estructura y dotación administrativa disponibles que en el propietario y en el propio monte. Esta filosofía llevó a la adopción de fórmulas ordenadoras de la máxima simplicidad, que se adaptasen a la triste realidad de unos servicios forestales por lo general infradotados de personal técnico y medios materiales, siempre como solución menos mala frente a alternativas de gestión no planificada y, por tanto, arbitrarias.

Esto ha sido quizá la causa de que algunos sectores de la sociedad, e incluso del mundo forestal, hayan visto en la ordenación de montes una actividad simplificadora del ecosistema forestal y favorecedora de su artificialidad. Este es el sentido de afirmaciones como la de Ceballos & Vicioso (1933), que aseguraban haber visitado montes ordenados cuya marcha, contraria a la progresión natural de la vegetación acompañante, vaticinaba poco menos que «la ordenada desaparición del monte».

Pero este tipo de valoraciones no resulta siempre sencillo. En concreto, el concepto de biodiversidad, aparentemente tan familiar e intuitivo, plantea el difícil problema de su medición (Le Tacon & al., 2000), así como la insoslayable cuestión asociada del establecimiento de criterios fiables para la valoración del éxito de posibles estrategias para su conservación o mejora (Lindenmayer & al., 2000). En efecto, los métodos de ordenación demasiado rígidos pueden resultar problemáticos, y no sólo desde el punto de vista de la sostenibilidad, entendida en sentido amplio. Sin embargo, a menudo, el verdadero problema de estos métodos no reside en el hecho de la ordenación en sí, sino en las modalidades drásticas o inadecuadas de corta que le sirvan de base, puesto que en definitiva la ordenación se limita a organizar la selvicultura en el tiempo y en el espacio. La experiencia acumulada a lo largo de más de un siglo nos permite afirmar que los casos de montes gestionados que hayan empeorado en estos términos resultan extremadamente raros, por lo que opiniones como la comentada, formuladas sin una suficiente perspectiva, resultan quizá algo radicales y generalistas: incluso en el caso de las presuntas contrapartidas de esas estructuras simplificadas que hemos mencionado, Le Tacon & al. (2001) han subrayado los efectos favorables para la biodiversidad de la alternancia entre medios abiertos y cerrados, poniendo así de manifiesto que su empobrecimiento no es la consecuencia forzosa de un determinado tipo de gestión forestal.

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Determinación de destinos y tipos de gestión en la ordenación del monte de U. P. número 243 «Ahedo-Pinar» de Neila (Burgos).

Una ordenación de montes para el siglo XXI

En un contexto mundial de crecientes exigencias de sostenibilidad para los sistemas de gestión forestal, coherente con una preocupación generalizada por la rápida desaparición de los recursos de los países en vías de desarrollo, debe asumirse y reivindicarse de una vez por todas la integración de los aprovechamientos forestales de los países desarrollados en nuestro entramado socioeconómico, en lo que constituye un evidente y necesario ejercicio de solidaridad planetaria. En consecuencia, no parece ético reservar egoístamente nuestros montes, que somos capaces de gestionar de manera sostenible, poco menos que para la contemplación, mientras obtenemos hipócritamente las materias primas que necesitamos de países cuya situación sociopolítica, de mantenerse la permisividad actual en el comercio de productos forestales, garantiza la desaparición a medio plazo de esos recursos naturales.

Por otra parte, parece constatado hoy en día el fracaso de las políticas conservacionistas exclusivamente basadas en la creación de «burbujas», presuntamente aisladas del mundo que les rodea y cuya mera declaración bastaría, según sus valedores, para garantizar su protección integral.

Por todo lo anterior, es preciso huir de aquellas posturas radicales, no exentas de un cierto romanticismo de corte urbano, que derivan en zonificaciones simplistas a ultranza, creando «montes fábrica de madera» y «montes santuario » (Lanly, 1999). Hay que aceptar de una vez por todas el reto de armonizar la conservación de los valores y procesos esenciales de nuestros montes, tradicionalmente ignorados en los foros de toma de decisiones, con su aprovechamiento.

En consecuencia, la ordenación habrá de integrarse en las planificaciones económicas y territoriales de niveles superiores, actuando como motor del desarrollo de las comunidades humanas que viven en esos territorios. Dichas comunidades deberán percibir la utilidad del monte y la rentabilidad no sólo de las actividades relacionadas con la obtención de las producciones forestales mediatas, sino también de aquellas otras enfocadas a la prestación de servicios varios a la sociedad urbana, compatibles con el máximo respeto a los valores ecológicos.

Uno de los grandes retos de la ordenación del siglo XXI será precisamente el de consolidar su carácter conciliador, integrando actividades, intereses y utilidades no excluyentes.

Para ello, la nueva ordenación estará obligada a trascender su dimensión exclusivamente técnica, mejorando su capacidad de comunicación, de divulgación y de integración de los sectores implicados en la marcha del ecosistema forestal.

La ordenación de montes deberá consolidar su carácter dinámico, dotándose de mecanismos ágiles de adaptación a las cambiantes necesidades de una sociedad ella misma en cambio, pues su objetivo esencial es y seguirá siendo el aprovechamiento del ecosistema forestal para la satisfacción de las necesidades humanas, con garantía de su integridad.

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Durante siglos la recogida de leñas impidió la persistencia de madera muerta en el monte. En la actualidad, el reducido interés del hombre por estos residuos permite la conservación de árboles secos abandonados deliberadamente en el monte, siguiendo las pautas que apuntan a una imitación de la naturaleza.

Deberá asimismo estar presente en los principales debates técnicos, políticos, éticos, económicos o científicos del momento, con especial atención a los centrados en la sostenibilidad. Sus aportaciones a este debate concreto, muy numerosas y quizá únicas por la larga experiencia en el manejo de ecosistemas forestales que fundamenta sus principios, habrán de formularse sin dogmatismos, pero sobre todo sin complejos.

Las nuevas orientaciones deseables para esta disciplina llevan hacia una consideración más amplia y generosa de sus principios básicos de persistencia, rentabilidad y máximo rendimiento, demasiado influidos en origen por la producción de madera y que habrán de reinterpretarse desde una perspectiva global, valorando de forma paritaria todos los componentes conocidos del ecosistema forestal y de su entorno económico. Esta valoración debe ser tan equitativa y completa como permita el conocimiento científico y técnico del momento. En particular, como ha señalado Lanly (1999), el conocimiento incompleto del funcionamiento de los sistemas naturales, tan frecuente, no deberá constituir excusa para aparcar las actuaciones directas tendentes a la racional utilización y mejora de los montes. Se hace precisa una profunda reflexión sobre el concepto de calidad aplicado a la gestión, primando más el valor en sentido amplio de los productos extraídos que su cantidad, en una actitud de plena coherencia con el difícil momento que viven los bosques tropicales y boreales y en lo que supone una completa reconsideración del principio de máxima renta en especie.

La articulación de métodos de ordenación mejor adaptados al funcionamiento del ecosistema forestal, buscando soluciones técnicas para que el monte trabaje en la misma dirección que los objetivos fijados y huyendo de rígidos esquemas teóricos preestablecidos, es otra de las líneas de trabajo cuya progresión deberá continuar. La adopción de niveles de gestión más minuciosos —mejor adaptados a la estructura en mosaico de gran parte de nuestros ecosistemas forestales—, la consideración de los llamados productos secundarios entre los objetivos de la ordenación y una más perfecta imitación de la naturaleza en cuestiones tales como el abandono deliberado de árboles secos, la preservación intencionada de parcelas de bosque sobremaduro, la utilización de modalidades de corta más respetuosas con el paisaje, los márgenes de cursos de agua y el hábitat de especies amenazadas, o la plena integración de las llamadas especies acompañantes en los objetivos de la ordenación, constituirán aspectos esenciales del fecundo sustrato ideológico y técnico de las ordenaciones futuras.

Medidas como las descritas, destinadas a la preservación de la biodiversidad y de los procesos esenciales de los ecosistemas forestales, se han incorporado ya a determinadas regulaciones oficiales en materia de ordenación, como las «Instrucciones Generales para la Ordenación de Montes Arbolados» promulgadas por la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León en 1999, Decreto 104/1999, de 12 de mayo.

Entre los múltiples debates asociados al desarrollo de una ordenación para los montes del futuro se encuentra el centrado en la determinación del nivel de extensión o generalización asumible para esta actividad. La polarización hacia los montes arbolados productivos de propiedad pública, que describíamos en el apartado anterior como característica de la actividad ordenadora pretérita, no es casual: como ya se ha indicado anteriormente, las demandas de la sociedad hacia los bosques han sido de naturaleza casi exclusivamente económica hasta fechas bien recientes. En consecuencia, la administración forestal, inicialmente infradotada, optó en un primer momento por concentrar sus esfuerzos en la ordenación de aquellos montes más productivos, y ello tanto para obedecer al elemental principio de maximizar la rentabilidad de la inversión realizada como porque precisamente esos montes más productivos, por ejemplo los de pino silvestre, parecían también a priori los más susceptibles de ser víctimas de la codicia humana, atraída por su elevado valor económico.

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Instrucciones Generales para la Ordenación de Montes Arbolados promulgadas por la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Castilla y León en 1999. En ellas se articulan métodos de ordenación mejor adaptados al funcionamiento de los ecosistemas forestales, y se incluyen medidas destinadas a la preservación de la biodiversidad y los procesos esenciales.

Naturalmente, otros tipos de monte, tan interesantes y valiosos como los primeros desde el punto de vista de los procesos y valores naturales, y asimismo susceptibles de aprovechamiento, quedaron relegados a una posición subalterna, que en muchos casos —montes bajos de frondosas, formaciones adehesadas, pastizales, etc.— se ha mantenido hasta nuestros días. Pero ello no implica que su ordenación no sea conveniente, posible o necesaria y, de hecho, la articulación de planificaciones adecuadas para ellos constituye otro de los retos ineludibles de las administraciones forestales para el siglo que comienza.

Por otra parte, a menudo se ha identificado la ordenación de montes con la administración forestal, como si de una herramienta oficial de imposición de restricciones a la propiedad pública o privada se tratase, en aras del interés general. Los propietarios forestales particulares, gestores de terrenos con escasa rentabilidad, no han terminado de ver el interés económico o la utilidad general de ordenar su monte, percibiendo la ordenación de montes como una extensión del régimen de tutela administrativa sobre los montes de utilidad pública a los montes privados, destinada a reducir el margen de maniobra de la propiedad. Así pues, las estrategias para interesar a los propietarios particulares en la ordenación de montes no son evidentes, porque dicho interés depende en muy buena medida de que el monte ordenado les reporte suficientes utilidades de todo tipo. Cuando, como sucede en gran parte de los casos, el monte es intrínsecamente poco productivo y el grueso de esta rentabilidad no llega por efecto de la propia ordenación a corto plazo, se hace inevitable que los poderes públicos instrumenten un adecuado sistema de ayudas, incentivos y prioridades para su fomento y mejora.

En definitiva, es necesario que la sociedad asuma que todos los montes merecen ser ordenados adecuadamente, aunque de ellos no sean de esperar beneficios económicos directos, y que su ordenación va a contribuir a la conservación de sus valores ecológicos y de sus procesos esenciales. Esta necesidad se extiende a aquellos casos en los que no se planifique operación selvícola alguna, puesto que las máximas utilidades de un monte compatibles con su persistencia y mejora pueden coincidir, en situaciones muy especiales, precisamente con no intervenir en él —zonas de reserva integral—, pero incluso la no intervención es una decisión estratégica de administración y dirección de la empresa «monte». Más a menudo, en nuestros medios forestales fuertemente antropizados, la intervención selvícola puede ser necesaria aunque no directamente productiva, circunstancia frecuente en muchos espacios naturales protegidos cuyas producciones mediatas han sido abandonadas o fuertemente disminuidas y de la que, por desgracia, no siempre se es consciente.

La integración y coordinación de los proyectos de ordenación con otras planificaciones de carácter territorial —Directrices de Ordenación del Territorio— será otro de los problemas a resolver, sobre todo en relación con el variado abanico existente de documentos relativos a la conservación de ecosistemas y especies —Planes de Ordenación de los Recursos Naturales, Planes Rectores de Uso y Gestión, Normas de Conservación, Planes de Recuperación, etc.—. Es el caso, en particular, de los «Planes de Ordenación de los Recursos Forestales (PORF)», figura recientemente creada por la Ley 43/2003 de 21 de noviembre, de Montes, cuyo artículo 31.1 configura expresamente como una «herramienta en el marco de la ordenación del territorio».

Las planificaciones de amplio espectro integrarán por lo general a los documentos de ordenación forestal, de carácter sectorial y efectos más restringidos. En otros casos, por el contrario, los proyectos de ordenación habrán de asumir como propios los objetivos e iniciativas planteados en estas planificaciones de conservación, huyendo de rígidos esquemas de prelación que escondan estériles debates y pugnas competenciales.

En particular, el reto que plantea el establecimiento de unos niveles aceptables de planificación y conservación para los casi 2,5 millones de hectáreas que integrarán la Red Natura 2000 en nuestra Comunidad, en su mayor parte coincidentes con terrenos forestales, obligará a su ordenación en alguna medida que está por determinar.

Así pues, la ordenación de montes, oportunamente puesta a punto, constituirá una base sólida, realista y operativa para conseguir que los montes encuadrados en estas áreas cumplan a plena satisfacción los múltiples objetivos que la sociedad les exige, compatibilizando conservación, ocio, desarrollo rural y suministro de materias primas a la industria y al mercado alimentario.

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Lagartija de turbera (Lacerta vivipara). La adecuada consideración en los instrumentos de ordenación de determinados medios ecológicos singulares, aunque a menudo de muy reducida extensión como las turberas, permiten la conservación y fomento de especies muy escasas y especializadas.

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