ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – XVI

La Ordenación de Montes desde 1930

Las Instrucciones de Ordenación de 1930 completan y mejoran muy notablemente a las anteriores de 1890. Por una parte, pretenden incorporar los elementos propios de una selvicultura ibérica, así como prescripciones específicas muy detalladas para las masas de monte bajo y medio, estas últimas tomadas de la literatura europea, para los alcornocales, para los pinares en resinación y para los montes de dedicación ganadera preferente, cuyo proceso de ordenación se describe por primera vez. Desarrollan, además, los supuestos de aplicación de la entresaca para masas irregulares. Sin embargo, mantienen como eje central de la ordenación de los montes altos métodos aún demasiado rígidos, con todas sus ventajas e inconvenientes.

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Antiguo mojón dasocrático de divisoria de tramo en el rebollar de Quercus pyrenaica ordenado «Dehesa del Alcalde» en Riaza (Segovia), nº 80 del Catálogo de Montes de Utilidad Pública de esta provincia.

Las Instrucciones de Ordenación de 1930, de nivel técnico muy aceptable, han resultado trascendentales en el desarrollo de la actividad ordenadora en España. De hecho, sobre la base de sus prescripciones se han elaborado los proyectos de ordenación correspondientes a unas tres quintas partes de la superficie ordenada en España hasta 1984, casi todas ellas en el periodo comprendido entre 1950 y 1970, en el que se ordenaron cerca de 1.400.000 ha. Entre 1930 y 1970 se ordenaron en Castilla y León algo más de 200.000 ha, reduciéndose notablemente la tasa de participación regional en el total nacional —14 % frente al 42 % del periodo anterior— aunque, como puede verse, las cifras absolutas se mantuvieron en valores similares a los alcanzados entre 1890 y 1930.

La aplicación masiva de estas instrucciones no fue inmediata. Promulgadas en una época de fuertes convulsiones políticas y sociales que afectaron en muy buena medida a la labor de la Administración Forestal, sus prescripciones apenas pudieron ser tomadas en consideración hasta que el país comenzó a recuperarse de la guerra civil, a comienzos de la década de los cincuenta.

Entre sus principales logros se cuenta la ordenación de la mayor parte de los montes altos productivos españoles, poblados casi siempre por coníferas del género Pinus. Lo mismo puede decirse, a escala regional, de los montes productivos de coníferas castellano-leoneses. Los proyectos de ordenación de muchos montes bajos y medios fueron así mismo culminados en esta época, lo que tuvo en su momento importantes repercusiones de cara a la conservación y mejora de los montes de frondosas. La superficie ordenada en este tipo de masas llegó a ser realmente importante en las regiones de mayor tradición ordenadora. Allué-Andrade (1998) ha cifrado en cerca de 75.000 ha las ordenadas sólo en la región castellano-leonesa entre 1882 y el momento actual. La mayor parte de ellas se ordenaron entre 1950 y 1970. Se trató, sobre todo, de masas de Quer­ cus pyrenaica, Quercus faginea, Quercus ilex, Quercus petraea, Fagus sylvatica y Castanea sativa, generalmente montes bajos o medios. Destacaron a este respecto provincias como León, Soria o Segovia (Allué-Andrade, 1997 y 1998).

Las ordenaciones de masas de frondosas de monte alto fueron más raras, por serlo también este régimen entre los planifolios españoles. Se aplicó sobre todo a los hayedos de Navarra y La Rioja y, más raramente, a robledales de Quercus petraea y Quercus robur del norte peninsular, entre los que se cuentan algunos ejemplos, notablemente tempranos, de las provincias de León y Palencia. Se propugnó para ellas en general el consabido método de “ordenar transformando”, todavía reglamentario salvo excepciones y que, en condiciones de una cierta continuidad de gestión y de una mínima dotación de medios materiales y humanos, permitió avanzar satisfactoriamente en la transformación de buen número de montes poblados tanto por coníferas como por frondosas (García-López, 1994c y 1999; Suárez et al., 1999). Puede encontrarse una funda­ mentada defensa de la conveniencia de su aplicación en la obra de Martínez de Pisón (1948). Otros casos se revelaron más difíciles, por presentarse problemas de regeneración, situaciones de carencia de medios o condicionantes sociales de tal calibre que llegaron a provocar serias dudas sobre la propia viabilidad de la ordenación, puesta en entredicho sobre todo en los montes periódicamente recorridos por incendios catastróficos.

Es importante destacar la aparición, durante  este periodo, del segundo gran tratado español de ordenación, escrito por Mackay (1944; 1949). En esta obra se desarrolla buena parte del contenido de las Instrucciones de Ordenación de 1930, incorporando por primera vez una completa referencia de los llamados métodos modernos y de otros poco o nada utilizados hasta entonces en España, lo que permitiría, ya en las Instrucciones de Ordenación de 1970, una homologación de los procedimientos emplea­ dos por la administración forestal española con los métodos europeos más comunes.

En 1970 se promulgan unas nuevas Instrucciones de Ordenación. Con ellas se actualizaron los puntos de referencia de la doctrina dasocrática española, permitiendo una homologación de los métodos españoles, como ya hemos indicado. Se mencionan en ellas, por primera vez, métodos de ordenación más flexibles y adaptables al enorme abanico de situaciones posibles en los montes españoles. Se actualiza además el repertorio disponible de técnicas de inventario, incluyendo los métodos de muestreo y los nuevos procedimientos de elaboración de cartografía, de aparición reciente en aquel momento.

Se pierde, no obstante, algún detalle respecto de las instrucciones anteriores en cuanto a la ordenación de montes bajos y medios. Tampoco se trata en ellas de la ordenación de montes con producción ganadera preferente, lo que constituye una importante laguna, sólo explicable si tenemos en cuenta que se trata de unas instrucciones específicas para montes arbolados.

El nivel de aplicación de estas instrucciones ha sido en general bajo en cuanto a su utilización para la redacción estricta de proyectos de ordenación; de hecho, se ordenó con ellas cerca de un quinto del total de la superficie ordenada española, pero su repercusión puede considerarse muy notable, por haber permitido la adopción de los métodos descritos en ellas en numerosísimas revisiones. Por lo que se refiere a la superficie efectivamente ordenada sobre la base de estas normas, quizá no ha sido mayor por coincidir el momento de su puesta en marcha con una etapa de crisis en la administración forestal, provocada por profundos cambios políticos y administrativos. El traspaso a los gobiernos regionales de la mayor parte de las competencias forestales, a comienzos de la década de los ochenta, forzó una subsiguiente reorganización administrativa que, en algunos casos, todavía no ha sido posible dar por terminada.

De hecho, nuestra estadística nacional acerca de la superficie ordenada en los montes públicos termina en 1984, aunque la superficie total ordenada desde esa fecha probablemente no se haya incrementado en gran medida: muy difícilmente superará hoy en día los 2.500.000 ha.

Otra posible causa de este estancamiento se encuentra en que la mayor parte de los montes altos productivos, susceptibles de una ordenación clásica, ha sido ya ordenada.

Sin embargo, a escala regional, la superficie ordenada sobre la base de estas instrucciones ha sido notable, unas 96.000 ha, sobre todo a lo largo de la década de 1990. A mediados de la misma se publica el último tratado español completo sobre la materia hasta la fecha (Madrigal, 1994).

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La situación a este respecto en la Comunidad de Castilla y León evolucionó de manera similar a la nacional hasta comienzos de la década de los noventa del pasado siglo.

A partir de ese momento se detecta, como hemos podido ver, una notable reactivación ordenadora, que se tradujo tanto en la nueva ordenación de montes no estudiados hasta la fecha como en la revisión y puesta al día de las ordenaciones desfasadas, muy numerosas. Este proceso, consecuencia de un creciente interés en la gestión sostenible de los montes tanto por parte de la administración como de la propia sociedad, culminó en la aprobación de las instrucciones regionales para la ordenación de montes arbolados, primeras de rango autonómico promulgadas en España, en 1999.

Dichas instrucciones sustituyen a las de 1970, pensadas para la totalidad del territorio nacional. Redactadas en el ejercicio de las competencias regionales en materia forestal, pretenden en consecuencia abordar con suficiente detalle aspectos singulares y peculiaridades geográficas de Castilla y León. Entre sus principales novedades se cuenta

la articulación de procedimientos específicos para la redacción, presentación y aprobación de los documentos de ordenación de cualquier tipo, así como el establecimiento de un orden de prioridades para la actuación dasocrática, asumiendo su obligatoriedad en la gestión de los montes incluidos en los Espacios Naturales Protegidos de la Red de Castilla y León, establecida por la Ley 8/1991, de 10 de mayo. Entre los títulos tradicionales de todo proyecto de ordenación —inventario y planificación— se intercala otro consagrado a la determinación de usos, en el que se adopta la línea de pensamiento del uso múltiple y cuyos contenidos deben resultar del consenso entre propietarios, usuarios y administraciones. Otros aspectos dignos de mención vienen dados por el establecimiento de una detallada casuística de todas las posibles producciones y usos forestales, destinada a facilitar la máxima economía en la ejecución de los trabajos de inventario, así como una nueva definición y tipología de estructuras en masas puras y mixtas, resaltando el importante papel de las especies secundarias. Se plantean además, por primera vez en España, medidas tendentes al mantenimiento de la biodiversidad a la hora de efectuar las cortas de regeneración y otras operaciones selvícolas (Madrigal et al., 1998).

 

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Aprovechamientos forestales en el MUP ordenado nº 198 «Pinar de Navafría» en Segovia, a principios de la década de los 50.

Balances nacional y regional de 140 años de ordenación de montes

La superficie nacional ordenada de montes públicos acumulada entre 1880 y 1984, tomada de las memorias anuales de la Dirección General de Montes, Caza y Pesca Fluvial primero, entre 1954 y 1970, y después de las del Instituto Nacional para la Conservación de la Naturaleza, entre 1971 y 1984, puede verse en la figura adjunta.

Hemos comentado ya algunas de sus etapas: fuerte crecimiento inicial, en parte gracias a la colaboración de la iniciativa privada; estancamiento a partir de 1920 y hasta 1950; acelerado crecimiento entre 1950 y 1970, de la mano de las mayores disponibilidades presupuestarias y organizativas del momento, en el que la administración forestal alcanzó su mayoría de edad; acusada ralentización desde 1984, agravada incluso a partir de ese año, por las razones ya expuestas; finalmente, posible reactivación, que las estadísticas disponibles no permiten cuantificar todavía, desde mediados de la década de los noventa del pasado siglo.

El reparto de la superficie ordenada por provincias es muy variable, en función de las propias características ecológicas y productivas de sus montes. Las mayores tasas de superficie ordenada sobre superficie total a cargo de la administración forestal se da en provincias de antigua y consolidada tradición forestal, como Teruel, Segovia, Soria, Burgos, Lérida, Huesca, Guadalajara, Cuenca, Jaén, Cádiz, Ávila o Valladolid. Una parte importante de ellas se encuentra, como puede verse, en Castilla y León.

El M.U.P. nº 87 de la provincia de Segovia (hayedo de La Pedrosa) resulta paradigmático de nuevas modalidades de ordenación, sin intencionalidad productiva inmediata, que afectan a masas de gran valor ecológico. En su proyecto de ordenación, de 1999, se propugna la reocupación natural de los rasos por Fagus sylvatica, apoyándola con regeneración artificial cuando sea preciso, así como la transformación a monte alto de áreas muy deterioradas de monte bajo o trasmochos como la que aparece en la fotografía de la izquierda. A la derecha, un rodal de similares características, previamente aclarado para su conversión.

En el mejor de los casos esta proporción apenas supera el 80 %, siendo sin embargo relativamente frecuentes entre ellas porcentajes del 60 %. Por el contrario, en las provincias peor pobladas o cuyos montes públicos son menos productivos o se encuentran sometidos a fuertes condicionantes sociales, las proporciones de superficie ordenada sobre total pública descienden muy notablemente.

La evolución de la superficie castellano-leonesa ordenada en montes a cargo de la administración forestal, acumulada entre 1880 y 2000, puede verse en la figura adjunta.

En la misma figura se ha representado la superficie efectivamente gestionada con arreglo a dichos proyectos, obtenida por diferencia entre la superficie ordenada hasta el final de una cierta década y la abandonada a efectos de su gestión ordenada por diversos motivos hasta el mismo momento. En la actualidad puede hablarse de gestión ordenada en un total de 505.252 ha, de las que 43.819 ha corresponden a montes privados. En cuanto a las 461.433 ha directamente gestionadas por la Consejería de Medio Ambiente y con documento de ordenación en vigor, afecta a un total de 726 montes, cuyos planes de gestión se han plasmado en 301 documentos. Desde el año 2000 se han aprobado documentos que afectan a 324.056 ha, de las cuales 128.203 ha son nuevas ordenaciones, siempre según datos del Servicio de Gestión Forestal de la Dirección General del Medio Natural.

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El balance de los 140 años de ciencia y práctica dasocrática transcurridos entre la elaboración del estudio para el monte La Garganta y el momento actual resulta globalmente muy positivo, aunque arroja luces y sombras. Por lo que se refiere al tratamiento diferenciado de las masas forestales castellano-leonesas, puede considerarse plenamente consolidada una doctrina específica para los pinares resineros de Pinus pinaster, aprovechamiento ahora en regresión, y para los pinares de montaña, sobre todo para en los poblados por Pinus sylvestris; también, hasta cierto punto, para los pinares albares de la meseta y de media montaña y, a escala nacional, para los alcornocales y para los hayedos. El conocimiento dasocrático de los montes castellano- leoneses presenta, sin embargo, importantes lagunas. Entre las principales asignaturas pendientes se encuentran las ordenaciones por entresaca en masas de montaña con fuertes limitaciones ambientales, de aplicación muy limitada pero inevitable en ciertos casos; las ordenaciones de conversión a monte alto; la ordenación de montes sometidos a fuertes restricciones derivadas de la  existencia de elementos faunísticos de alto valor; y la ordenación de masas procedentes de repoblación, muy tímidamente abordadas hasta la fecha y con un potencial  importantísimo: más de tres millones de hectáreas a  escala nacional y varios cientos de miles de hectáreas en Castilla y León. Sus peculiaridades y condicionantes generales han sido puestos de relieve por Madrigal (1998) y García-López et al. (1998), entre otros. Por lo que se refiere a los procesos de conversión a monte alto, cuya superficie potencial de aplicación es asimismo muy importante en Castilla y León, es preciso indicar que se trata de transformaciones cuya viabilidad se ha visto fuertemente condicionada por factores sociales, vigentes hasta hace pocos años, y estacionales. Afectarían sobre todo a hayedos, robledales, quejigares y, quizá, encina res. En el caso de las masas de frondosas mediterráneas o submediterráneas, a menudo muy degradadas, estos procesos encerrarán dificultades muy superiores a las que hubieron de abordarse en la conversión de hayedos o robledales húmedos europeos.

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Plano del proyecto de ordenación (original a escala 1:20.000) del segundo grupo de la concesión de 1894 realizado por Carlos Castel en 1897, que afecta a los montes Llanillos Parrilla (Comunidad de Portillo),Arenas (Portillo), Hoyos (Comunidad de Portillo) y Selladores, Nava y Enebrera (Viloria) de la provincia de Valladolid.Tranzones por clases de espesura: I (rasos); II (clarísimo); III y IV (claro);V y VI (espesura defectiva). Se observa la importante extensión de rasos, 763 ha, frente a las 3063 ha de superficie forestal arbolada y la ausencia de la clase VII (espesura normal;Archivo del Servicio Territorial de Medio Ambiente de Valladolid).

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Ortofotoplano del aspecto actual de los montes ordenados y catalogados de utilidad pública Llanillos-Parrilla (nº 40),Arenas (nº 47-95-101), Hoyos (nº 49) y Selladores y Nava (nº 66). La parcela Enebrera (27 ha), era un calvero sólo poblado por enebros, razón por la que fue declarada sin interés general en 1897 y pasó a depender del Ministerio de Hacienda. Perdida la utilidad pública, parte acabó en manos privadas para ser roturada, y el resto conservó la propiedad municipal inicial, siendo repobladas 19 ha en 1996 con las ayudas del Programa de Forestación de Tierras Agrarias, recuperando una vocación forestal que nunca debió perder. Como resultado de los trabajos de ordenación y mejora de la cubierta arbórea, los pinares que hoy fijan estos depósitos arenosos en nada hacen recordar a los claros y calveros descritos en los trabajos de Romero y Castel. Los aspectos relevantes para la gestión que han variado a lo largo del siglo pasado derivan de un mayor aprecio por los valores de conservación, paisaje y uso social del monte, así como una merma en el valor de las producciones tradicionales de madera, resina y pastos, frente a la importancia creciente del fruto del pino piñonero. Estas circunstancias, unidas a la dificultad de regeneración de estas masas, hacen que las nuevas revisiones de la ordenación se orienten a métodos por entresaca con las peculiaridades propias de las masas claras, abandonando el método por tramos permanentes.

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«Diseño que manifiesta la situación topográfica de los pueblos de Landrabes, Munilla, Hoz y Pradilla, en el Valle de Arreva; y Sierra Hijiosa de Munilla, con todas sus subdivisiones y denominaciones, mandado levantar por R.Auto de la Sala de Valladolid para su mejor ilustración y decisión de los términos, pasos y servidumbres que a cada pueblo corresponde». Orientación oeste.Archivo de la Real Chancillería de Valladolid. En Burgos, el valle del río Trifón —afluente del Ebro— es una zona de relieves abruptos. Sus pueblos, Hoz de Arreba, Pradilla de Hoz de Arreba y Landraves, se ubican en sus cotas inferiores y se enmarcan entre dos sierras con grandes paredones calizos —Sierra Munilla al sur y Sierra Vallengua al norte—. El pueblo de Munilla se localiza al oeste de Sierra Munilla, al pie del pico Cielma —se identifica en la cartela— y al norte del desfiladero de Las Palancas, a través del cual el Arroyo de la Serna desemboca en el Trifón. La ilustración muestra una distribución de usos en el territorio condicionada por el relieve: los suelos más fértiles del fondo de valle se destinaron a la agricultura, mientras que en los terrenos más escarpados se respetó el dominio forestal. En la actualidad encinas, quejigos, robles albares, rebollos, hayas y pinares de repoblación —silvestre y laricio— pueblan este espacio forestal, avanzando en su expansión sobre los cultivos abandonados. Estos montes, al igual que otros muchos de similares características, no fueron objeto de un proyecto de ordenación por su reducido valor productor; esto no implica que su ordenación no sea conveniente, posible o necesaria y, de hecho, la articulación de planificaciones adecuadas para ellos —como los planes de ordenación de sus recursos forestales a nivel comarcal (PORF)— constituye otro de los retos ineludibles de las administraciones forestales para el siglo que comienza. En definitiva, la sociedad debe asumir que todos los montes merecen ser ordenados, aunque de ellos no se obtengan beneficios económicos directos, y que la ordenación va a contribuir a la conservación de sus valores ecológicos y de sus procesos esenciales.

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