ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – XII

Nombres de árboles

Dejando a un lado ahora las denominaciones de tipo genérico, nos encontramos en la toponimia con una amplísima nómina de nombres específicos de una u otra especie. Olmos, avellanos, alisos, hayas o encinas, entre otros, son voces que están constantemente presentes en el modo de nombrar una finca, un pago o una población.

De un lado, tenemos los nombres individuales del tipo de (El) Fresno o Fresno (de la Vega) y, de otro, los abundanciales del tipo de Fresneda, Fresnosa, Fresnedosa o similares. En este último caso la explicación semántica es evidente: se trata de una zona poblada exclusiva o mayoritariamente por una especie concreta por lo que al nombre simple —fresno en el ejemplo— se le añade alguno de los sufijos locativo-abundanciales con los que cuenta la lengua y que generalmente llevan a interpretar el derivado como «lugar poblado de…». Sin embargo, los de primer tipo —El Fresno— necesitan una explicación más detallada. No es fácil entender el mecanismo por el que el nombre de un árbol, en singular, acaba dando lugar, por ejemplo, al topónimo con el que se identifica una población, máxime si suponemos que en su origen no tendría por qué ser precisamente el único árbol existente en el entorno. Esto es lo que, por seguir con el mismo ejemplo, parecen sugerir nombres compuestos del tipo de Fresno del Río (Palencia), de la Vega (León) o de la Ribera (Zamora)—, con unos determinantes que invitan a pensar que no se trata precisamente de un único árbol aislado en una zona desarbolada. En estos casos, además de extremar la precaución para evitar explicaciones poco coherentes, probablemente haya que interpretar estos topónimos en singular como referencia a un árbol específico que, por razones culturales, religiosas o de cualquier otro tipo, se convirtió en una especie de árbol totémico que, por ejemplo, pudo presidir, como aún sucede hoy, el lugar de reunión del concejo.

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Las encinas compusieron probablemente manchas boscosas muy significativas y poseedoras de suelos con gran fertilidad. Dada su importancia, ésta se manifiesta en una cierta complejidad léxica a la hora de nombrarla. El mapa modificado del Atlas Lingüístico de Castilla y León (ALCyL) que cartografía las respuestas para la denominación dada a un «lugar plantado de encinas», muestra que de un lado a otro de la región predomina encina, pero también se cruzan y entrecruzan denominaciones como carrasca, chaparra o chaparro, sardón, matizo, matorro o matocho. Además se debe incluir el término genérico monte, sin necesidad de especificaciones. Sin embargo, las zonas ganadas al arbolado por la ampliación del terrazgo para los cultivos han hecho que las manifestaciones actuales de encina, recogidas en el mapa, representen una mínima fracción del antiguo encinar.

Encinas y robles componen probablemente las manchas boscosas más importantes y características de la región.

Nada de extraño tiene pues que, dada su importancia, ésta se manifieste también en una cierta complejidad léxica a la hora de nombrarlos, lo que no siempre redunda en una terminología clara. De un lado a otro de la región se cruzan y entrecruzan denominaciones como roble y encina, pero también quejigo, carrasca, chaparra o chaparro, sardón, matizo, matorro, matocho, carbizo, carbajo —o carbayo o carballo, según las zonas—, rebollo rebocho en algunos lados—, rebollato, melojo, marojo, coscojo, etc.

Si a esta variedad léxica añadimos toda la saga de sufijos derivacionales de los que hace gala la toponimia (-al, –edo, –osa, –illo, –ino…) obtenemos una larguísima relación de nombres de poblaciones derivados, por ejemplo, de roble Robles, Robliza, Robleda, Robledino, Robledillo— entre los que el más frecuente es el abundancial Robledo con más de una docena de ejemplos, la gran mayoría en León.

En esta provincia está también la localidad de La Robla, en la que pervive el resultado del neutro plural latino robura que ha de ser interpretado como «los robles». Una forma idéntica es nombre de un monte en Palencia. Si el apelativo sardón se localiza sobre todo en puntos de Zamora y de León, los topónimos correspondientes, Sardonedo, Sardón, y es posible que también Ardón, se localizan en León, Valladolid y Salamanca. Los derivados de carrasco, sin embargo, se concentran mucho más en el Sur de la región: Carrascal —más Carrascalejo, Carrascalino— es topónimo frecuente en Salamanca y Segovia y Carrascosa lo es en Soria, mientras que el único derivado de quejigo en la toponimia mayor de la región se localiza en Salamanca —Quejigal—. Cualquiera de ellos es muchísimo más frecuente en la toponimia menor y, a título de ejemplo, los derivados de carrasca que se localizan preferentemente en el Sur en la toponimia mayor, pueden completarse con varios Carrascal, Carrascosa o Carrasqueda como nombres de montes en la provincia de Burgos.

A partir de una raíz prerromana del tipo de *carb-, tenemos diversos resultados como carba, carbizo o, el más extendido carbajo en castellano y, como corresponde a otras soluciones romances, carballo en gallego y carbayo en leonés, aunque a veces unas y otras se confundan, castellanizando las formas no castellanas. La toponimia mayor nos indica una especial preferencia por esta raíz en el occidente de la región pues los Carbajal, Carbajales, Carballeda o Carbajosa se concentran todos en el área leonesa —León, Zamora y Salamanca—.

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Fresno de hoja estrecha.

Aunque no siempre resulta tan evidente, es posible que algunos de los frecuentes Cabrera, Cabreros, Cabrejas, voces que cabría explicar desde los resultados del latín capra, nada tengan que ver con estos animales ni con quien los cuida, sino con zonas de monte bajo en los que abundan carbas o carbizos y que de modo regular dan forma a topónimos menores como La Carba, Carbeda o Carbedo.

Una distribución geográfica bien distinta a la de los representantes de carba es la que encontramos para rebollo y sus derivados —Rebollar, Rebolledo, Rebollosa…— que, en su mayoría, se concentran en el área oriental de Castilla —Burgos, Soria y Segovia— aunque algunos aparezcan también más al occidente. Referido con frecuencia a los brotes de roble, tenemos los derivados del latín pullus que en la toponimia suelen figurar con el locativo abundancial Polledo, pero que también puede hacerlo en su forma simple, como ocurriría en Redipollos —León—, seguramente un compuesto del tipo de «río o reguero de pollos», entendido éste como roble joven. Otras denominaciones locales para el roble joven, que pueden estar presentes en la toponimia menor, son matacán y rebollato en Ávila o garrapito en Zamora. Aunque no figure en la toponimia mayor, la voz melojo también da nombre a pagos y montes como Marojal —Soria, Burgos— o, incluyendo ligeras variantes formales, Marujar —León— o Manojar —Burgos—.

Curiosamente, la denominación específica encina o sus derivados —Encinares, Encinedo— son marcadamente más escasos en la toponimia mayor que los citados antes.

Es muy posible que esta aparente escasa presencia de la encina en la toponimia se compense con los abundantísimos Mata, Matilla y similares que, por lo general, hacen mención de zonas cubiertas de encina y monte bajo.

Por lo que toca al pino, otro de los árboles con gran presencia en la región, las encuestas del ALCyL (p. 927) no ofrecen variación apreciable —pino es el término general en toda la región— salvo en la diferenciación que se establece en el Sur, en Ávila especialmente, entre pino albar, para denominar al de tipo piñonero, y pino negral para el resinero. En la toponimia mayor, sin llegar a ser especialmente frecuente, aparece aquí y allá tanto la forma simple —Pino, Pinos— como los derivados usuales en fitotoponimia: Pinar se denominan varias localidades de Valladolid y Segovia. En esta última provincia figura también el diminutivo Pinarejos y el compuesto, en la línea de lo dicho arriba, Pinarnegrillo. Otro derivado, Pineda, aparece en Burgos; Pinedas en Salamanca; el diminutivo Pinedillo de nuevo en Burgos. Denominaciones localizadas en la toponimia menor son Pinoso, Pinarón, Pinarillo, Pinada, etc. Es probable que tengan este árbol también como última referencia otros topónimos como Pinillos —Burgos, Segovia—, además de los que remiten al nombre del fruto, la piña, como ocurre en Piñero o Piñuel, ambos en Zamora. Más difícil es establecer una relación etimológica clara entre un derivado frecuente en la toponimia como Pinilla —en ocasiones, por disimilación entre la vocal inicial y la tónica, también Penilla— y el nombre del árbol.

En su contra tiene tanto la forma en diminutivo, como el singular y, sobre todo, el femenino. Si se tiene en cuenta que pina es una raíz que también aparece en la toponimia con significados orográficos, resulta aún más arriesgado explicar desde el nombre del árbol esta serie de topónimos repartidos prácticamente por toda la región.

Si antes hablábamos de pollo con el sentido de «roble joven» en la toponimia, ahora hay que hacerlo también de pimpollo referido a cualquier brote de planta, pero que en Castilla indica con frecuencia un pino nuevo. Así se explican los frecuentes Pimpollada o Pimpollar de la toponimia, por ejemplo, de Valladolid.

Por otra parte, cabe incluir en este capítulo algunos de los derivados de una forma prerromana *sappu o la latinizada sappinu referidas a un tipo de abeto, cuyos resultados suelen rastrearse en la toponimia en formas que tienden a confundirse con derivados del zoónimo sapo. De probable origen fitonímico son nombres de montes como El Sapín, en Zamora, o Valsapera, en Burgos. También ha querido verse este étimo en topónimos bien conocidos como Valsaín, donde la referencia justamente a un pinar parece apoyar la hipótesis. Desde una interpretación estrictamente filológica no es aceptable el étimo pues no cabe la pérdida de una /p/ procedente de una antigua geminada /-pp-/.

Entre los árboles de terrenos más húmedos, el fresno aparece relativamente bien representado en la toponimia y distribuido de modo bastante uniforme. El nombre simple Fresno cuenta con ejemplos en la toponimia mayor de las nueve provincias castellano-leonesas, si bien es más frecuente en Zamora, Burgos y León. Estas tres, además de algún otro ejemplo en Segovia, Salamanca y Ávila, concentran también la mayor parte de los derivados del tipo de Fresnedo, Fresneda, Fresnedoso, Fresnedillo, Fresnedelo, Fresnillo, Fresnellino o Fresneña.

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Desde Haedo de las Pueblas (Burgos) —también aparece escrito como Ahedo— parte un camino hacia el norte que cruza un gran haye do, y termina en una zona de pastos de altura y turberas conocida como «Los Haidíos».

Por lo que toca al haya, la distribución léxica que indica el ALCyL es bien clara: «en Ávila, Valladolid, Palencia, Zamora y Salamanca es rarísimo el conocimiento de la voz haya, porque el árbol no existe» (ALCyL, p. 927).

Como variantes, hay que apuntar únicamente la presencia de la voz leonesa faya en esa provincia y, aunque no la registra el ALCyL, señalar también la variante leonesa oriental y cantábrica jaya. En la toponimia mayor de la región únicamente aparecen localidades con esta referencia en Burgos, donde se localizan los tres Haedo y los dos Haedillo existentes en España. El mismo resultado, correspondiente al normativo hayedo, se citó ya arriba como sinónimo de bosque en algún punto de Soria. En la toponimia menor, a los derivados de haya de las provincias de León, Burgos y Soria, hay que añadir varios ejemplos en Palencia —Hayedo, Haedo—. Como variantes formales, hay varios Hayal y Hayedal en Burgos, así como Faedo, Faedillo o Faedillas en León. En el extremo oriental leonés hay también varios Jaído en la toponimia —y en menor medida derivados como Jidiello—, equivalente al haedo [aído] castellano, pero aquí con la característica aspiración de la /f-/ inicial propia de la zona.

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El tejo también aparece con cierta frecuencia en la toponimia por su especial significación, aunque se presenta de forma bastante localizada en Castilla y León.

La referencia al tejo no es fácil de dilucidar frente a la teja que cubre los tejados. La evolución ha querido que los resultados de lo que en latín era tilium y tegula respectivamente, hayan confluido hasta casi confundirse, haciendo que sea obligado conocer el terreno al que se aplica el nombre antes de poder opinar. En principio, parece lógico que Tejedo o Tejeda sean topónimos que indican un lugar abundante en tejos y que Tejero o Tejera sea un lugar en el que se fabrican tejas o se extrae tierra apropiada para ese fin. La diferencia formal es, sin embargo, mínima, y no sería extraño que en algún caso haya habido trasvases de una a otra denominación. De hecho, muchos de los Tejero o Tejera de la toponimia presentan unas condiciones en las que sólo encaja la explicación fitonímica; una duda que no cabe, por ejemplo, en un valle poblado de tejos del municipio leonés de Crémenes, que se llama justamente Tejedo. En la toponimia mayor, hay un Tejeda en Salamanca, y un Tejedas y dos Tejedo en León. También un Valdeteja y un Tejerina en León, provincia en la que la presencia de este nombre es relativamente frecuente en la toponimia menor del norte montañoso.

Otro árbol que presenta una cierta dispersión léxica es el alcornoque, cuya expansión antigua hacia el norte de la región viene confirmada por la toponimia. La denominación más extendida en castellano —alcornoque con variantes del tipo de arcornoque o acornoque— es un vocablo llegado al español a partir del dialecto mozárabe y es la forma más general encontrada en el ALCyL (p. 927). En la toponimia, esta palabra aparece sobre todo en el sur de la región: el único caso de Alcornocal localizado en el nomenclátor fuera de Andalucía está en Salamanca. También en esta provincia es fácil localizar ejemplos de El Alcornoque o El Alcornocal en la toponimia menor. Al lado de esta denominación más conocida, la toponimia y la dialectología nos ayudan a localizar otras más. Es el caso de los derivados del latín suber «corcho», que aparecen en todo el occidente de la región como sobrero o sobreiro, a los que hay que añadir el berciano sufreiro o sufrero. Este étimo explica los topónimos del tipo de Sufreiral o Sobredo, ambos con ejemplos localizados en varios puntos del noroeste de León y, en la misma provincia, probablemente pertenecen al mismo grupo otros como Sorbeda o Sorbeira. Es posible que otro topónimo similar, Sobrón, que se localiza más al oriente, en el límite entre Álava y Burgos, tenga igualmente este mismo origen. Como nombres de montes en Burgos figuran igualmente otros como Sobornedo o La Sobrada, que quizá tenga también este origen.

Pese a que se trata de un tipo de árbol que es fácil encontrar en las riberas de los ríos de la Meseta, el aliso resulta desconocido —al menos carece de nombre, lo que no deja de ser una sutil forma de desconocimiento— para buena parte del mundo rural de Castilla y León. En el ALCyL (p. 927), ante la falta de respuestas obtenidas, ni siquiera se ha confeccionado un mapa específico. No se consigna respuesta alguna en Valladolid, Segovia o Salamanca y sólo de forma dispersa aparece en el resto de las provincias, quizá con mayor presencia en Burgos, donde junto al masculino aliso se registra un femenino alisa. Añádase una variante occidental omero / umero / umeiro recogida sólo en el oeste de Zamora y de León y tendremos la distribución actual de las denominaciones del aliso. Tampoco en la toponimia está muy representado y, dentro de la toponimia mayor, encontramos algún Alisar y unos pocos Alisedas, dos de ellos en nuestra región. Junto a estos topónimos —casi transparentes— se ha citado también algún derivado antiguo del nombre latino del aliso, alnus, que, tras una evolución esperable, podría pervivir en el salmantino Oñoro (Fuentes de…), que procedería del genitivo plural alnorum, o en el abulense Año (Fuentes de…) (Llorente, 1991, p. 52). Formalmente también podrían derivar de este étimo —simplemente con cambio de /r/ por /l/ en grupo consonántico— Arnedo o Valdearnedo, ambos localizados en Burgos.

Menos interés despierta aún el alerce, voz que sólo se documenta en único punto de Soria, de Burgos y de León.

La escasa presencia de esta voz y, sobre todo, el hecho de que los botánicos no constaten su presencia en Castilla y León, hacen más que sospechosa su interpretación literal.

Como ocurre con alguna frecuencia, es muy probable que el término original se haya reutilizado para nombrar alguna de las variedades arbóreas —quizá el pino— que sí existen en la zona. El abedul, por su parte, sólo se documenta en el ALCyL (p. 928) en puntos de León, Burgos y Zamora, además de una sola localidad de Soria. En la toponimia menor es también más frecuente en las provincias noroccidentales donde se localizan nombres como Monte Vidual, Abedular, Vidular o Rebedul.

Otras denominaciones minoritarias: en la zona de Arribes del Duero, donde el enebro cuenta con una cierta presencia, recibe el nombre local de jimbrio o joimbrero, muy cercano al portugués jimbro. Un tipo de arce, el arce menor, tiene en Sayago (Zamora) la denominación peculiar de enguelgue, el mismo nombre dialectal que recibe en la región vecina de Tras Os Montes. Un árbol de escasa presencia en la región como el almez, recibe el nombre de dolonero —alteración de lodonero, derivado del latín lotu— en el occidente de Salamanca.

Muchas localidades castellano-leonesas se sitúan en las vegas de los ríos, donde la toponimia hace referencia a especies propias de estos hábitats (chopos, álamos y fresnos).

Las denominaciones del saúco presentan en Castilla y León (ALCyL, mapa nº 410) una apreciable variedad formal: además de esta voz, figuran también sabuco o sabugo, formas con mantenimiento de /b/ que aparecen tanto a oriente como a occidente; otras con la consonante inicial alterada como jabugo, zabuco; derivados con el sufijo –ero, casi exclusivamente occidentales, como sabugueiro, sabuguero, sauguero o sabuquera, en ocasiones también con el sufijo –al, saucal, y voces formadas sobre otra raíz diferente como taquera o, sobre todo, canillero, en el occidente de Zamora y Salamanca. Cualquiera de estas formas puede aparecer en la toponimia, especialmente en la menor, pero también lo hacen como nombre de localidades, como lo demuestran un Sabugo en León o cuatro Sauquillo en Soria o el compuesto Fuentesaúco en Zamora. El étimo es el mismo, aunque algo más velado, en Sogo (Zamora), Soguillo (León), Brime de Sog (Zamora) o Valdesogo (León) y quizá lo sea también en Gigosos (León), donde tendríamos un sufijo abundancial.

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Un tema interesante desde el punto de vista lexicográfico lo proporciona el nombre del olmo pues no está muy clara la distinción léxica en el uso de los hablantes por la tendencia de álamo a invadir el campo del chopo y del olmo, especies que viven en la proximidad de ríos y arroyos. El mapa modificado del Atlas Lingüístico de Castilla y León (ALCyL) muestra cómo en el área occidental se denomina a este árbol negrillo, mientras que en la centro-oriental se conoce como olmo. En la provincia de Ávila tampoco llega a aparecer olmo, pero aporta quizá la clave para entender el origen de negrillo, pues se documenta en varios puntos una respuesta intermedia: álamo negro o álamo negrillo, expresión desde la que puede explicarse el uso sustantivado del adjetivo negro / negrillo para identificar el árbol.

Pocos apartados habrá que presenten una mayor complejidad léxica que el relativo a las denominaciones de las salicáceas. En la hoja correspondiente a sauce (ALCyL, mapa nº 411) se recogen toda una gama de soluciones distintas para el latín salice: partiendo de esta raíz, tenemos formas con la /l/ conservada —salce— y, más frecuentemente, con vocalización de esta consonante, formas del tipo de sauce. La variedad formal subsiguiente procede del tratamiento romance del resultado de esta vocalización así como de los cambios en el consonantismo.

Se documentan así soluciones como sace, saz, zaz; sauz, sauzá, saoz; zauz, zauce, zaó / záo, etc. La lista de resultados para salice se completa con derivados como salcino, un único ejemplo y, pese a la terminación aparentemente leonesa, registrado en Burgos; zauzera, en el extremo SO de Salamanca; sargato, en el Sur de Soria, con cambio de /r/ por /l/ y sufijo en –ato de probable valor diminutivo, como en lebrato. De entre los derivados, el más frecuente es salguero / salguera —con la variante más occidental realizada como eiro— usual en buena parte de León y en zonas de Zamora.

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Pleito entre el Real Monasterio de Santa Clara de la villa de Tordesillas y el Concejo de la Seca (Valladolid) sobre posesión y propiedad de un terreno «que sirve de Cañada», denominada Vereda de las Brujas, y plantío de pinos. Pintado al óleo en 1780 por Antonio Navarro (Archivo de la Real Chancillería de Valladolid). La propiedad forestal del convento estaba formada por el monte «Terradillos» (o «de la Abadesa»), situado en la margen izquierda del Duero, junto con la «Ribera de las Monjas» y la «Ribera de Muedra», ambas en la margen derecha del río. El monte «Terradillos» tenía una superficie de 1.121 obradas (unas 522 ha), de las que 912 eran monte propiamente dicho, 17 de ribera y 192 de prados juncales. Se arrendaban mediante subasta los aprovechamientos de bellota, piña, caza y pastos. La tala de la madera de pino estaba prohibida, salvo para su uso en las obras propias del monasterio, utilizando también madera de álamo y olmo procedente de las riberas de «la Muedra y de las Monjas». Existía dentro del monte un horno para fabricar teja y ladrillo, cuyo arrendamiento llevaba parejo la «chista» o leña menuda, matorrales y ocasionalmente el «rozo», ejecutado de forma periódica «para la mejor medra de dicho monte».

Lejos de agotarse aquí las denominaciones del sauce en la región, es preciso completar la lista con voces de otro origen como vimine «mimbre» que aparece en Ávila —mimbrón— o León —mimbrera—. Derivados de palo, figuran palero y palera en varios puntos de León y Zamora. En la misma línea, pero partiendo ahora del latín virga «vara», tenemos un verguera en Segovia y otro en Ávila que mantienen vivo el significado originario de verga en castellano; dado que con frecuencia se utiliza esta planta a la hora de formar setos, no extraña que en algún punto, por ejemplo del Sur de Ávila, se identifique como barda o bardera.

Echando mano de otras referencias, aparece un borrachera en Segovia, un támara en León o varios casos dispersos de desmayo en Palencia, Burgos y Soria.

Una sorprendente variedad léxica que ni siquiera se acaba en los ejemplos tomados del ALCyL. Revisando recopilaciones de toponimia menor, aparecen también constantemente las referencias a este tipo de arbolado —Salgueras, Salcediella, Salgueral, Salgueiredo, La Verguera, La Bembrera, La Mimbre…— pero llama la atención, sin embargo, su relativamente escasa presencia en la toponimia mayor. Entre los ejemplos localizados para Castilla y León, pueden citarse Salce en León y Zamora, Sauces en Ávila y los derivados Salguero (Burgos), Saceda (León), Salceda (Segovia), o Salcedillo (Palencia). El término figura también en compuestos del tipo de Valdesaz (León, Segovia), Fuente el Sauz (Ávila) o Fuentelsaz (Soria). Por su parte, los resultados de vimine aparecen concentrados en la franja occidental: Vime de Sanabria (Zamora), La Mimbre (Salamanca) o Valdevimbre (León).

Otro capítulo interesante desde el punto de vista léxicográfico nos lo proporcionan los nombres del chopo, del álamo y del olmo entre los que, pese a las aparentes diferencias, no parece estar muy clara la distinción léxica en el uso de los hablantes, sobre todo por la tendencia de álamo a invadir el campo de los otros dos.

En el ALCyL (mapas nº 412 y 413) se busca la diferencia entre álamo y álamo temblón. Para este último no hay respuesta en la mayoría de los puntos encuestados, pero llama la atención que en muchos casos, tanto en uno como en otro mapa, la respuesta sea chopo o chopo blanco, además de los más esperables álamo o álamo blanco. Hay un único caso de pobo, otra forma patrimonial del latín populu, pero con un resultado diferente al general chopo. En cuanto al olmo (mapa 414), la región se reparte en dos zonas perfectamente diferenciadas: el área occidental denomina a este árbol negrillo mientras que en la centrooriental se conoce como olmo. En la provincia de Ávila, donde tampoco llega a aparecer olmo, tenemos quizá la clave para entender el origen de negrillo, pues se documenta en varios puntos una respuesta intermedia: álamo negro o álamo negrillo, expresión desde la que puede explicarse el uso sustantivado del adjetivo negro / negrillo para identificar el árbol.

Los datos de la toponimia mayor añaden algún detalle de interés. Nos encontramos con unos cuantos ejemplos de Álamo y derivados —Alameda, Alamedilla—, todos ellos en el Sur de la comunidad. Son frecuentes por prácticamente toda la región los topónimos formados sobre olmo Olmo, Olmos, Olmeda, Olmedo, Olmedillo, Olmedilla—.

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AtlasForestal_CastillayLeon_Bloque2_Página_120_Imagen_0002 Panorámica de Tordesillas, según grabado de Anton Van den Wingaerde (1570). Tordesillas, oterium de sellis (otero de las sillas), asentada sobre un escarpe del río, desempeñó un papel de llave (dos hay en su escudo) en la línea fronteriza del Duero junto a Simancas,Toro y Zamora, plazas situadas en los lugares más estratégicos y mejor comunicados, motivo por que fueron fortificadas. El término municipal de Tordesillas, según las descripciones de mediados del siglo XII, era rico en tierras, viñas, prados, pastos, ríos, molinos, montes y dehesas, como lo prueba el Privilegio de Alfonso VIII al Monasterio de San Pedro de la Espina (1176). Así lo recoge siglos después la visión del artista en la vista de la villa desde la margen izquierda del Duero, con un detalle de las formaciones arboladas al sur del río, con indicación de su composición específica (pinos), especie abundante y emblemática del término municipal.

A ellos hay que añadir probablemente tres Huelmos localizados en Salamanca, seguramente con el mismo étimo latino. Choca, en este sentido, la escasa presencia de la variante occidental negrillo en la toponimia mayor. Sólo algún punto disperso como Negrillos (Salamanca) o Laguna de Negrillos (León) lo incluye. Si a ello le unimos los abundantes casos de derivados de olmo en la toponimia de Zamora, Salamanca y Ávila, habrá que suponer que la distribución geográfica que veíamos arriba para negrillo / olmo es de origen moderno y se explica por la expansión de negrillo y el retroceso en esas zonas de olmo. De este modo, puede entenderse el desajuste en la distribución de ambas denominaciones entre los datos de la toponimia y los de la dialectología. Si antes se citaba un único caso de pobo, en la toponimia mayor contamos con un puñado de ejemplos como Pobar, en Soria, o los Poveda de Ávila, Salamanca y, de nuevo, Soria, además de otros pocos situados en las provincias de la meseta meridional. Por último, es necesario constatar la nula presencia de chopo en la toponimia no ya castellana y leonesa, sino también hispánica. Tan sólo dos localidades en el Levante y otra en Jaén incluyen la voz chopo en su denominación.

No se agotan en las citadas las referencias al léxico fitonímico. El espacio disponible obliga a dejar fuera lo relacionado con los árboles frutales, que tanto juego dan en toponimia, o lo relativo a los arbustos. Aun así, la muestra, aunque incompleta, debería ser suficiente para entrever la importancia que tienen el léxico y la toponimia como fuente de información y para que, al menos en esta ocasión, el bosque de las palabras nos haya permitido ver —y conocer algo mejor— los árboles que hay al fondo.

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