ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – V

Referencias antiguas

La agricultura y la ganadería son los agentes históricos de deforestación; sus efectos son generales y se extienden a la totalidad del territorio. Pero otras actuaciones dejaron una huella patente y perdurable, aunque a escala local, como las explotaciones mineras. Las extracciones auríferas leonesas destacaron por el empleo de la ruina montium, en Las Médulas, o los enormes surcos excavados en los yacimientos de Las Omañas.

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La Cantiga LXII del manuscrito existente en El Escorial muestra un eremita en un bosque. La formación representada es un pinar de alguna de las especies de pinos que de modo natural habitan en la Península Ibérica.Aunque la escena se refiere a Alemania, bien se puede trasladar a la fundación de San Frutos a orillas del Duratón. En fecha tan antigua como 1076,Alfonso VI dona el lugar a los monjes de Silos y el documento señala cum exiit al pinar et vadit inter illum pinare.

La necesidad del arbolado también fue necesaria en las obras civiles de gran envergadura, entre las que cabe destacar el acueducto de Segovia. Su construcción debió requerir un auténtico bosque de madera para realizar el transporte de los sillares primero, y para la fabricación de grúas y andamios después; ambas actividades debieron ser necesarias para elevar las piedras hasta coronar los 56 metros de altura que alcanza en su mayor cota. Esta función sería cumplida de forma satisfactoria con los pinos con fustes de gran esbeltez del cercano monte de Valsaín.

La condición pinosa del Guadarrama también aparecía en época medieval en otros puntos no lejanos. Alfonso VIII, al confirmar al concejo de Segovia en 1172 el deslinde con Ávila, concedido por Alfonso VII, nos legó en sus topónimos una descripción del paisaje y de la presencia humana (González, 1960) en la que resaltan los topónimos derivados de los pinos:

Arrogium Auellaneda, deinde per summitatem serre Sicut cadunt aque ex una parte ad Abezedas et ex alia ad Sotellum, deinde ad Porquerizam et ad Villar del Ronco, prout uadit per summitatem uallis Pinose et per summun del Quintanar (….) deinde per uallem Nunio Garsie et per el Foyo, deinde per cabezam Pinosam que respicit ad Navalongam.

Igual condición se observa en la confirmación, en 1176, de los montes y sierras que hay entre Madrid y Segovia por el mismo rey: dono et concedo montes, pinares, pasqua, prata, extremos populatos et eremos.

Cuando Alfonso X (Ley 8, título 33, Partida 7) definía la silva como el lugar donde los omes suelen cortar madera para sus casas y leña para quemar, estaba reflejando la visión productiva y social de los bosques por sus beneficios directos. La pérdida alarmante de la riqueza forestal se detectó en momentos posteriores, cuando surge la regulación como resultado de su carencia. La normativa llegó a ser tan prolija que situó la legislación de montes en una de las más abundantes del derecho administrativo (Jordana de Pozas, 1925).

La preocupación legal aparece en el Liber iudiciorum, el código latino que regía desde el tiempo de los visigodos, ratificado por Recesvinto en el año 654 y aprobado en el VIII Concilio de Toledo. La Ley II, título II, del libro VIII, se refiere a la quema del monte ajeno: Si quis qualemcumque silvam incenderir alienam, sive piceas arbores vel caricas, hoc est ficus, aut cuius libet generis arbores igne cremaverit, a iudice correptus C. flagella suscipiat, et pro damno satisficiat.

El enunciado muestra el carácter utilitario del arbolado. En su enunciado emplea como referencia a las higueras —designadas por los nombres con que era conocida, ficus y carica—, valiosas por dar tres o cuatro cosechas de higos. También nombra a los pinos como árboles productores de la pez, sustancia hoy desconocida, pero hasta hace pocas décadas de gran valor económico. La obtención se realizaba en pegueras, y su existencia se revela en lugares como Peguerinos, en Ávila. Pinus arbor picea, dice San Isidoro en sus Etimologías (XVII, VII, 31; Oroz y Marcos, 1983). Cuando Alfonso de Palencia efectuó en 1490 por encargo de Isabel la Católica una recopilación de la evolución de los vocablos latinos al castellano vulgar, señala: Picea se dize arbol que suda pez y tomo nombre por la pez (Hill, 1957).

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Las referencias medievales al bosque aparecen a menudo en manifestaciones artísticas. En el capitel de San Isidoro de León, el tema representado es una piña, aunque ésta es un símbolo del arte cristiano, bien pudo ser modelo la piña de una de las especies de la zona.

La misma ley del Fuero Juzgo (R.A.E., 1815), versión romance escrita varios siglos después, tradujo el texto anterior: Si algun omne enciende monte aieno, ó árbores de qual manera quier, prendalo el iuez, é fagal dar C. azotes, é faga enmienda de lo que quemó. El enunciado equipara el vocablo romance monte con el latino silva. La voz monte tiene el sentido de tierra cubierta de árboles silvestres.

Tal equiparación ha de tener su origen en una mayor frecuencia de la superficie boscosa en los terrenos elevados o con topografía abrupta, mientras que la llanura estaba bajo un cultivo secular o con un arbolado disperso. El término montanera se refiere a la suelta del ganado en el bosque cuando tiene lugar la dispersión del fruto. Quien falla puercos aienos en su monte en tiempo de la lande, dice el Fuero Juzgo refiriéndose al aprovechamiento ilegal de la bellota. La voz «montería» implica la caza de los animales ocultos en el bosque. El topónimo Montejo no alude necesariamente a una elevación pequeña, sino también a la reducción de la cubierta arbórea.

Los fueros municipales o cartas pueblas no dan reglas para la utilización de los montes; como mucho indicaban su presencia, y así se observa en los documentos que delimitan términos y establecen mojones. El Fuero que concede Alfonso VII en 1143 a la villa de Roa dice: praeterea dono eisdem populatoribus omnes montes, et pinares de meo realengo (Muñoz y Romero, 1847). La abundancia de terreno arbolado justifica la ausencia de normas y referencias.

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Valladolid debe su importancia a la fábrica del puente sobre el Pisuerga por el Conde Ansúrez, a mediados del siglo XI, iniciando un proceso de transformación creciente paralelo al incremento demográfico de la población. Primero desaparecería el bosque que crecía en las márgenes del río para ser utilizado como feraces huertas; después, el terreno circundante para asiento de tierras de cereal y mantenimiento de ganados. El origen árabe de su nombre nos indica un poblamiento más antiguo, pues deriva de w_li, «gobernador», y vendría a expresar el terreno sometido a la gobernación de la persona a la que se debe el segundo elemento, «Olid» (personaje histórico identificado desde finales del siglo X). De 1152 data el primer privilegio de Alfonso VII, que establece los mojones de la villa, que iría incrementando términos y montes por sucesivas concesiones reales hasta llegar a ser fugaz capital del reino (1601-1606) bajo el reinado de Felipe III. Tras ser capital de la Comunidad Autónoma, su capacidad devoradora de territorio parece no tener límites.

Este silencio también se debe a la necesidad de crear un ámbito jurídico y económico atractivo para captar a los nuevos pobladores. Las primeras noticias tras la Reconquista reflejan un retorno a la silva de muchas tierras de cultivo y es fácil aceptar la necesidad de dar a los montes un uso agronómico, como revela un documento del monasterio de Oña, año 904: constituimos ecclesias, domus, et ortos, uineas et pomares… et de monte fecimus campus (Gibert, 1970).

El incendio consigue la reducción del bosque. La cultura del fuego quedaría arraigada en las comunidades ganaderas para mantener su valor pecuario. No obstante, y ante la alarma de sus daños, no se tardó en imponer severas penas a los incendiarios:

Que no pongan fuego para quemar los montes, e al que lo fallaren faciendo que lo echen dentro; e si no lo pudieren aver, que le tomen lo que ubiere (Alfonso X en las Cortes de Valladolid de 1256, y en las de Jerez de 1268).

Los que biven en las comarcas de los pinares o de los enzinares, que los cortan o los queman para fazer sembradas de nuevo, e que se destruye todo (…) E cualquiera que cortase o desarraigase o quemare pinos en los pinares, o enzinas en los encinares de los conceios (…) para fazer sembradas quel maten por ello (Pedro I en las Cortes de Valladolid de 1351).

La dureza del castigo contrasta con las facilidades anteriores.

La degradación de los bosques produjo una mayor reglamentación en las ordenanzas locales (Corral, 1988).

Durante siglos la intervención real sobre los montes no destaca. La propiedad era municipal o señorial por concesiones hechas por los monarcas para atraer a los pobladores.

Pero el respeto a las atribuciones jurisdiccionales se perdió, bien por la devastación de los bosques o porque se reforzó el poder real. Alfonso XI inició la intervención en 1367, cuando mandó devolver a los pueblos todos los ejidos, montes, términos y heredamientos que se habían ocupado con real licencia o sin ella, prohibiendo que se labrasen y vendieran, y obligando a que quedaran para aprovechamiento común de los vecinos.

Aunque se defendía lo comunal, se favoreció lo ganadero frente a lo agronómico. En todo caso, se actuaba siempre con menoscabo de la riqueza forestal, a la que se consideraba como el capital que habían recibido los pueblos y que poco a poco iban consumiendo. La falta de arbolado se hizo patente:

Sacan madera que es una cosa que se aprovechan los del mio sennorio, e por esto se yerman los montes de la mi tierra (…) la madera que ha a labrar en las mis taracanas e navios non la pueden aver sinon muy cara, ca della se saca por mar e della por rios e della por tierra, e que la llevan a otros sennorios (Pedro I en las Cortes de Valladolid de 1351).

Crear nuevos bosques en terrenos comunales exigía licencia para acotarlos al uso ganadero. Una carta de los Reyes Católicos a la villa de Valladolid, datada en 1495, destaca la pérdida de superficie forestal y la necesidad de recuperarla, por lo que se otorgaba licencia para plantar en su término pinares y encinas (Arribas, 1953).

Esa villa y su tierra y término está muy menguada de montes a cabsa de lo qual continuamente la lenna para quemar es muy cara e la gente pobre no alcança cabdal para la comprar e ansi pasan mucha fatiga por no poder aver lenna en razonable preçio. Y a nos es fecha relaçion que sy se pusiesen y sembrasen montes y pinares en algunos términos comunes de la dicha villa, espeçialmente senbrando un pinar por los términos por donde va el camino a la Puente de Duero, de la una parte y de la otra del camino, y algunos montes de enzinas hazia Villanubla y adonde hera el monte de Toroços, en el término de la dicha villa, que sería grand remedio e reparo para la provision de la dicha villa.

El texto muestra el conocimiento de la vocación diferente de cada terreno, al emplear especies distintas para su recuperación. Pero debían vencerse algunos obstáculos administrativos para salvaguardar los intereses ganaderos.

La ley 218 de las Ordenanzas de la Villa y Tierra de Cuéllar exigía a los Concejos que quisiesen sembrar con piñones que acudieran al Regimiento a solicitar licencia, y que pagasen los gastos de los viajes de dos regidores para examinar si el lugar era idóneo, y comprobaran si existía perjuicio para otras aldeas (Corral, 1978).

La reglamentación en materia de montes también es abundante bajo la jurisdicción señorial (Duque de Alba, 1928). La protección del espacio forestal se efectuaba mediante medidas punitivas sobre determinadas prácticas prohibidas; con ello se perseguía a los transgresores, pero no se acertaba con la forma de prevenir el daño: Cualquier pastor que, desde primero de mayo hasta el fin del mes de octubre, que trajera yesca e pedernal e fuese hallado con ello, que pague de pena por cada vez, Çien maravedies para el dicho concejo; e cualquiera que en todo el año quemase escobar alguno o pinar o otro monte cualquiera de los de la terra, aya de pena dos mill maravedies de pena para el concejo, demas del daño que hiziese; e si el fuego se ençendiere, que el concejo mas çercano sea obligado a poner diligencia en saber quien puso tal fuego, e por si culpa o fraude se encubriere de se saber quien lo puso, que pague el tal concejo (Ordenanzas de Piedrahita, rec. 1509; Luis López, 1987).

Con el tiempo, el espacio forestal comunal se privatizó.

Una sentencia de 1376 establecía la devolución de las apropiaciones al Concejo de Ciudad Rodrigo, en la que incluía gran parte del «Pinal» de Azaba (Bernal, 1990).

Como también lo habían mandado anteriores monarcas, en 1492 Fernando e Isabel ordenaron devolver a los pueblos las rentas, derechos, términos, prados, montes o dehesas, que cualquier alcalde, regidor, jurado o escribano, entre otros, les hubiera usurpado. Las resoluciones eran burladas con mayor impunidad cuanto más poderosos eran los inculpados. La documentación sobre usurpaciones de terrenos comunales es abundante. La nobleza local, con la fuerza conseguida al transmitir de padres a hijos los cargos concejiles, ocupaba la propiedad comunal limítrofe con sus propiedades, cambiaba los mojones, los consolidaba con el paso del tiempo, y conseguía formar dominios extensos. En los montes comunales surgieron enclavados, una constante en muchos de los actuales Montes de Utilidad Pública, pero que hasta un pasado cercano fueron cultivados por los más desfavorecidos para practicar una agricultura de subsistencia.

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Ecología histórica y toponimia

Aspectos relacionados con la permanencia o la transformación histórica del paisaje se pueden analizar al integrar la historia local y la geografía histórica con la historia natural y el uso e impacto del hombre sobre la vegetación. Un ejemplo de esta síntesis es la toponimia, que en ocasiones es un testigo del pasado; así, el término Valsaín se puede relacionar con sus pinares. Una temprana cita del topónimo la encontramos en el Libro de la Montería, que dice Valsavin es muy real monte de oso. Lécea (1893) encuentra en una Real Cédula de 1452 una declaración detallada del pinar de Valsaín. El flamenco Jean Lhermite, gentilhombre de cámara de Felipe II, sitúa en 1592 el palacio de Balsayn al comienzo del bosque de Segovia tout plain de pins fort haultz espacieulx. En sus comentarios destaca la abundancia de ardillas que se alimentan de las piñas y a las que no se permite su caza. Entre los trofeos ya no aparece el oso. En 1755 un informe refiere «que este pinar ha sido el más castigado, no sólo con cortas desarregladas y talas executadas en ellos, sino con entradas de ganados, yncendios y otros muchos contratiempos» (Martín, 1992). En esta época Ponz (1773) opina que el nombre de Valsaín procede de Vallis Sapinorum; si bien el término lo relaciona con la sabina; árbol que no se debe identificar con el Juniperus thurifera, pues en la zona se le conoce como enebro. Otros autores modernos lo atribuyen al nombre de un supuesto primer poseedor del valle en la repoblación de Segovia.

A favor de su adscripción a un árbol tenemos que sappinus es un término utilizado por los autores latinos para designar a un árbol que no es el abeto (abies) y también se puede relacionar con la madera cortada y desprovisto de corteza. El segoviano Andrés de Laguna (1555) en la traducción de la Materia Medica de Dioscórides incluye el dibujo de un árbol al que caracteriza como sapinus y cuyo aspecto tiene en Pinus sylvestris un referente cercano, no permitiendo tampoco la confusión con el abeto, pues a este le dedica otro dibujo.

La traducción de la «Materia Medicinal» de Dioscórides por el judío converso segoviano Andrés de Laguna (1510/11-1559), incorpora las primeras ilustraciones que tenemos de muchas de nuestras especies forestales, a las que se suele identificar con claridad. La «Materia Medicinal» aparece en 1555 dedicada a Felipe II y contribuyó a la vulgarización de los conocimientos de botánica en su época. A la par que traducía, Laguna comenta, corrige o presenta los aspectos que considera novedosos respecto a la obra clásica. El dibujo que realiza del árbol que denomina sapinus permite su identificación con un pino. Destaca en su ilustración la presencia de piñas colgantes y numerosas, así como las acículas insertas por pares y de pequeño tamaño.

En un glosario de voces romances registradas por un botánico anónimo hispano-musulmán que vivió entre los siglos XI-XII (Asín Palacios, 1943) encontramos el siguiente texto:

«del pino [al-sanawbar] hay otra especie, conocida por qamm Qurays y a veces se le dice qadam Qurays, y el vulgo qaml Qurays. Es el al-sarbin, y también se le dice sabín (…) De esta especie procede la resina seca, que es la colofonia».

La letra «P», desconocida para los árabes, se convirtió con frecuencia en «B». Asin asigna la voz árabe al-sarbin al cedro o ciprés, identificación no acertada por ser especies que no son autóctonas de nuestro país; mientras que el pino ocuparía superficies importantes. El comentario relativo a la resina permite la asimilación del término con alguna de las especies de pino, como ya señaló Alvarez Gómez (1946).

La corta y extracción de la madera del pinar para la construcción del acueducto de Segovia debió tener una gran repercusión sobre la masa forestal. La tala se concentraría en un campo aledaño al río Eresma, relativo al latín vallis, en la cercanía al camino que iba a Segovia. El efecto sobre el paisaje se visualizaría desde la calzada que bajaba del puerto de la Fonfría, siendo motivo para generar el topónimo que ha llegado a nuestros días como Valsaín, con el significado de «valle de los pinos».

La traducción de la «Materia Medicinal» de Dioscórides por el judío converso segoviano Andrés de Laguna (1510/11-1559), incorpora las primeras ilustraciones que tenemos de muchas de nuestras especies forestales, a las que se suele identificar con claridad. La «Materia Medicinal» aparece en 1555 dedicada a Felipe II y contribuyó a la vulgarización de los conocimientos de botánica en su época. A la par que traducía, Laguna comenta, corrige o presenta los aspectos que considera novedosos respecto a la obra clásica. El dibujo que realiza del árbol que denomina sapinus permite su identificación con un pino. Destaca en su ilustración la presencia de piñas colgantes y numerosas, así como las acículas insertas por pares y de pequeño tamaño.

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La montanera es el aprovechamiento que se realiza de las bellotas de las diferentes especies del género Quercus. La maduración tiene lugar durante el comienzo del otoño, momento en que se llevaban los animales al monte para su engorde antes de la matanza. En los calendarios agrícolas medievales, como el de San Isidoro de León, la montanera simboliza al mes de octubre. El porquero agita las ramas cargadas de frutos para alimentar a los cerdos. Las bellotas constituían un producto estratégico y los árboles que las proporcionan eran protegidos, como atestigua el Fuero Juzgo. Por su cantidad y calidad destacan las de los encinares, cuya bellota era utilizada con frecuencia para el consumo humano.

Decadencia de los montes en la Edad Moderna

Desde finales del siglo XV aumentaron los títulos de las ordenanzas locales, así como las pragmáticas y provisiones reales, relativas a la conveniencia de conservar los montes y fomentar plantíos. Una aproximación a los conocimientos sobre el arbolado la proporciona Gabriel Alonso de Herrera, quien entre 1500 y 1512 recorrió España adquiriendo la experiencia que le permitió publicar, en 1513, su Agricultura General. La obra alcanzó gran difusión, pues sus reediciones se prolongaron hasta el siglo XIX. El tratado, de seis libros, dedica el tercero a los árboles, entre los que incluye a muchas de las especies silvestres.

De las encinas dice:

La mayor parte se nascen por sí (…). Puédense poner de dos maneras, ó de barbado ó de su fruto, que de ramo muy pocas veces acierta. Los barbados se han de poner cuando hobieren dos ó tres años, y el hoyo no sea muy hondo, y sea ancho, y hanse de poner por Hebrero y Enero; y para esto sean de los barbados que nascieran algo lejos de las encinas, que son mejores, y sáquenlos con las mas raices que ser pudiere (…).

Otros las siembran en tierra bien arada, como quien siembra trigo, y las tornan á arar encima (..). No le suelen venir enfermedades, salvo si les llueve cuando esta la fruta en capullo, que entonces crian una enfermedad que llaman melosilla, que daña toda la bellota, y la derrueca (…). Acorren mucho á los años estériles de pan, y guárdanse bien en lugares enjutos; y desque secas las muelen, y hacen pan dellas en muchas partes, y son buenas sobre mesa: son mas dulces asadas en ceniza callente que de otra manera.

Herrera incorporó aciertos personales con errores propios del momento. De los pinos observaba:

Son de dos maneras, unos esteriles, que aunque llevan piñas no llevan dentro piñones; otros que llevan fruto (…).

Los esteriles que no llevan simiente en las piñas, dizque nascen sembrando las piñas cuando estan como maduras antes que abran. Los otros se ponen de piñones, que no nascen ni pueden nascer de otra manera».

Esta confusión sería mantenida por Andrés Laguna en la traducción (1555) de la Materia Medicinal de Dioscórides.

Para Laguna, el pino es el árbol productor de piñones, en tanto que la picea abarca al resto de las especies del género, no poseedoras de unas semillas tan patentes como las del piñonero:

Diffieren entre si el Pino y la Picea, como lo legitimo y lo bastardo: porque ciertamente la Picea no parece ser otra cosa, sino un Pino bastardo.

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Este dibujo, datado en 1667, está realizado con motivo del pleito entre el concejo de Arévalo y el de Orbita, por el aprovechamiento de pinares. Sitúa el norte en la parte inferior del plano y el poniente a la derecha. En el centro traza el camino que va de Arévalo a Tiñosillos, e identifica por sus nombres pueblos, caminos, ríos, molinos, arcas de agua, sotos y huertas.A ambos lados del camino, entre los ríos Adaja (a la izquierda) y Arevalillo (a la derecha), se encuentra el Pinar de Arévalo, identificado por el nombre y acompañado de árboles esquemáticos. El dibujante utiliza la expresión «lo mismo» para indicar la extensión del pinar que es atravesado por la «raya de montejuelo» y la «raya de fuentes por el pinar» (nombres que se refieren a los actuales despoblados de Montejuelo de Garcilobo y Aldehuela de Fuentes). Entre las aldeas abandonadas están además Bodoncillo, Gómez Román, Palazuelos de la Dehesa y Villarejo. La última ya no figuraba en el censo parroquial de 1587, ni en el censo civil de 1594. El pinar de Pinus pinaster se mantiene en la actualidad con dichos límites (Real Chancillería de Valladolid, Planos y Dibujos, nº 252).

Al crear en 1545 la Junta de Obras y Bosques, Felipe II pareció mostrar predisposición a la conservación del arbolado, aunque esta institución sólo intervenía en los Reales Sitios, a los que acudía con asiduidad para la práctica de la caza. El monarca reiteró pragmáticas anteriores, como las dadas por su padre y abuela sobre la conservación de los montes viejos y de los nuevos recién creados. En 1558, Valladolid, y en 1560, en Toledo, repitió la disposición sobre la práctica de los pastores de incendiar los montes para aumentar y mejorar los pastos, y prohibió la entrada del ganado en los montes quemados. La falta se hizo más patente por la intensificación de las labores agrícolas y el notable aumento de la superficie cultivada, tal como señaló en 1552 Florián de Ocampo: Comenzaron a faltar los en montes, que todo se rompía en Castilla para sembrar. Tal pre ocupación fue asumida por el propio monarca:

Que la tierra en la mayor parte de estos reynos esta yerma y rasa sin arboles ninguno: que la leña y madera ha venido a faltar de manera que ya en muchas partes no se puede vivir (Felipe II, en una provisión dirigida al Corregidor de Plasencia en 1567).

Cuando en 1592 se recopilaron las leyes del Reino, el Título VII del Libro séptimo, denominado De los términos públicos y dehesas y montes y pastos de las villas y lugares, sólo recogía disposiciones aisladas, de escaso o nulo efecto, incapaces de generar un sistema de gestión eficaz.

Con su enunciado, el Estado moderno trató de impedir el abuso ya patente, pero no alcanzó a regularizar el uso, lo que no era posible sin menoscabo de los intereses de los ganaderos. Ruiz Amado (1872) comentaría cómo las sucesivas disposiciones reales no lograron el resultado apetecido. Su promulgación tenía que justificarse con frases como: para reparar los perjuicios ya ocasionados con la inobservancia de las anteriores (Pragmática de Felipe V de 22 de enero de 1708).

Se sentía la necesidad social de conservar los montes, pero se desconocía cómo evitar la pérdida del arbolado sin renunciar a su explotación. La intervención real protegía el monte común, tipo de propiedad ligada a los bosques desde el periodo visigodo y necesaria para el suministro de productos como maderas y leñas, empleadas en la cocina y para calentarse durante el frío invierno.

En el común los más pobres y necesitados criaban al vilipendiado y modesto hato de cabras, que solía ser el soporte más importante de su economía. Para Olazábal (1860), «el aprovechamiento común» asume un ataque incesante y vigoroso contra la propiedad forestal; es toda una fórmula de devastación, consentida, legitimada y aun acariciada ciegamente por la ley. El dicho lo que es del común no es de nengún, acepta que había una menor preocupación para conservarlos y una ausencia de trabas para su utilización por los poderosos. Grandes propietarios como la nobleza o la Corona disfrutaban del ámbito comunal y reservaban sus propiedades para funciones de ocio, como la caza, el recreo…

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Siglos de pastoreo y extracción de leñas, ramas, etc. han presentado momentos de sobreexplotación. Dificultada la capacidad de recuperación del bosque por un clima adverso, las plantas degradan su tamaño y los perfiles edáficos reducen su espesor. Los suelos se compactan y el ganado impide la regeneración. Los bosques degeneran en bosquetes, éstos en bosquecillos claros y, finalmente, proliferan los terrenos degradados, ocupados por matorrales muy diversos, serpenteados por una multitud de caminos trazados por el paso milenario de la uña del ganado. Espacios boscosos se transformaron en áridos páramos, donde afloran las piedras por falta de suelo que se fue perdiendo a favor de la pendiente.Ahora, tras el abandono del pastoreo, inician su recuperación con la presencia de los rústicos enebros. Sepúlveda (Segovia).

La Ilustración

Con la Ilustración, movimiento iniciado en Gran Bretaña y que al llegar a Francia produjo su cuerpo ideológico, el enciclopedismo, se recuperó en España el interés por la ciencia. Por lo que respecta a los montes, se limitó al estudio y difusión de siembras y plantíos, es decir, a las nociones de selvicultura planteadas por el Inspector de la Marina francesa Duhamel de Monceau (1700-1781), cuyas obras fueron traducidas por el farmacéutico Gómez Ortega por encargo del Consejo de Castilla. La nueva dinastía rompió el aislamiento de los Austrias, impuesto por Felipe II como salvaguarda de una Iglesia sin cismas.

Los Borbones facilitaron, aunque a su conveniencia, la aparición de un nutrido grupo de ilustrados. Feijóo, protegido de Fernando VI, abrió el periodo del sentido común y de la crítica. Le seguirían Campomanes, Olavide, Ensenada, Jovellanos y un buen número de adversarios del pensamiento tradicional. La modesta Ilustración española generó esperanzas no alcanzadas; frente a sus esfuerzos se impuso la incapacidad de sus gobernantes y el temor que inspiró la Revolución Francesa, a la que siguió el imperialismo napoleónico y, tras el fin de su invasión, el desastroso reinado de Fernando VII, a cuya muerte el país quedó encaminado a la guerra civil.

Entre las directrices de la ciencia moderna, la historia natural busca comprender sus leyes. Por medio de la experimentación se llega a un materialismo vitalista y al interés por las aplicaciones útiles y tecnológicas del conocimiento natural, incluyendo lo agrario. Una de sus consecuencias fue el nacimiento, en el reino de Sajonia, a partir de las aportaciones de las ciencias naturales y de las matemáticas, de la Ciencia de Montes. Su sistematización se debió a las obras de Hartig (1764-1837) y Cotta (1763-1844), fundador este último de la Academia de Tharandt en 1786, a la que acudiría Agustín Pascual medio siglo después.

Se salía al extranjero y se creaban pensiones de estudio.

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El farmacéutico Casimiro Gómez Ortega recibió en 1771 el encargo del Consejo de Castilla de traducir al castellano las obras del Inspector de la Marina francesa Duhamel de Monceau (1700-1781): Physica de los árboles (1772),Tratado de las siembras y plantíos de los árboles y su cultivo (1773) y los dos volúmenes del Tratado del cuidado y aprovechamiento de los montes y bosques (1773-1774). Representó otro de los esfuerzos de los ilustrados, liderados por Pedro Rodríguez de Campomanes, para relanzar la política forestal intentando motivar e instruir a las autoridades locales, con objeto de superar la falta de interés de la población rural por los bosques. Esta operación trataba de copiar la obra realizada en Francia, y que había permitido el desarrollo de la legislación forestal del país vecino. Sin embargo, la originalidad de su trabajo se redujo a una traducción esmerada por buscar las correspondencias castellanas de las voces relativas a las plantas y todo lo concerniente a ellas.

Colmeiro (1858) citaba al boticario de Fernando VI, José Ortega, comisionado a otros países con objeto de fundar en Madrid una Academia de Ciencias; su sobrino, Gómez Ortega, el traductor de Duhamel, acudió a Bolonia entre 1758 y 1762. Los hermanos Boutelou, descendientes de un francés al que el viajero Twiss (1775) atribuyó el trazado de los jardines de La Granja, permanecerían ocho años en Francia e Inglaterra, donde estudiaron Botánica, Agricultura y Horticultura. La Corona contrataba científicos y técnicos extranjeros como fomento de una industria nueva. A su llegada recorrieron España, y advirtieron en sus obras de la decadencia de los espacios arbolados cuando no de su carencia. Bernardo Ward fue un irlandés que llegó en 1750 con el encargo de redactar un plan de carreteras necesario para el desenvolvimiento económico del país. Como director de la fábrica de Cristales de La Granja, mostró interés por la utilización de las leñas muertas para reducir las cortas y evitar el deterioro patente del Pinar de Valsaín (Martín González, 1992). En 1762, al publicar su Proyecto Económico, destacó la secular incapacidad para atajar el mal estado del arbolado en España: El punto de criar montes merece mucha atención; pero es un asunto tan conocido en España, tan favorecido y recomendado por las leyes y ordenanzas, que no nos queda que decir, sino desear que se tomen medidas eficaces, para que estas leyes tengan todo su efecto, porque de nada sirven leyes, sin la ley de la observancia, y solo harémos una, ó dos reflexiones sobre la materia. La primera es, que sin hablar de la utilidad de los árboles para la construccion de navíos, casas y otros fines, sirven de mucho beneficio en un pais seco y caliente para mantenerlo fresco (…) Mi segunda reflexión mira a los árboles, que sirven de adorno y al mismo tiempo dan utilidad: las calles de árboles son raras en España.

Otro irlandés, Guillermo Bowles, llegó en 1752 comisionado para reparar la mina de Almadén, que había quedado inutilizada por un incendio, establecer un gabinete de historia natural, y montar un laboratorio de química. Al escribir su Introducción a la Historia natural y a la geografia Fisica de España (1775) señaló la ausencia de arbolados, y afirmó que las causas verdaderas de esta miseria son la desidia y la ignorancia. A la Tierra de Campos la encontró pelada y sin árboles, lo que achacaba a que sus naturales aborrecen los árboles, diciendo que solo servirían para multiplicar los páxaros, que les comen el trigo y la uva.

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Este mapa representa el valle del río Eria, entre Manzaneda y Morla, con indicación de los puntos cardinales: el norte en la parte inferior y el poniente a la derecha. Es rico en topónimos y en indicaciones tanto de usos del suelo, como de características distintivas del territorio. Al río Eria lo denomina Grande, para diferenciarlo del Pequeño; también señala arroyos, caminos, fuentes, pedregales (llera), así como roquedos (Peña Franco, al lado del camino que va a Astorga y Tabuyo desde Manzaneda) y las líneas de cumbres. Los diferentes pueblos aparecen rodeados de tierras de labor y se localizan prados, cotos, corrales, huertas y pozos. Sitúa una presa y los colmenares que proporcionaban una excelente miel de brezo. Destacan por su extensión el Monte de Morla y el Monte y Dehesa de Manzaneda, que aparecen representados con árboles, también presentes en otros puntos. En el primero de los montes, el término Matachana hace referencia a un monte bajo de roble (Quercus pyrenaica) cuyo suelo es arenoso y abundante en piedras. El matorral se extiende entre Morla y Manzaneda.Apretadura es un término que expresa un terreno que se encharca durante las lluvias y donde se forma una costra muy dura tras secarse.Al norte (abajo en el dibujo) aparece el balle llamado río Codes, en el que sitúa los Montes Altos del estado de Alba de Aliste. Seguramente, al igual que hoy, sería un matorral de brezo en el que aparecerían dispersos rodales de pinos con singulares adaptaciones a los incendios, pues éstos se originan con gran frecuencia por tormentas con abundantes rayos (Real Chancillería de Valladolid, Planos y Dibujos, nº 653).

A Ward y a Bowles se debe el impulso para crear nuevas instituciones diferentes a la Universidad, como serían las futuras Sociedades Económicas, que tenían su referencia en la de Zurich, establecida en 1745. Esta renovación profesionalizó la ciencia, y creó nuevos empleos. En 1770, Carlos III fundó la Academia para la formación de Ingenieros de la Armada y, en 1777, la Escuela de Minas de Almadén. El favor de Godoy dio lugar a la aparición de la primera Escuela de Veterinaria, el Real Colegio de Medicina, Cirugía y Ciencias Físicas Auxiliares, la Dirección de Trabajos Hidrográficos, o la primera Escuela de Ingenieros de Caminos, Puentes y Calzadas. En 1806, en la Real Escuela de Veterinaria de Madrid, a la edad de veinte años y tras reñida oposición, consiguió la cátedra de fisiología el zamorano Agustín Pascual, padre del fundador de la Ciencia de Montes.

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Entre los pleitos existentes en la Chancilleria de Valladolid se encuentran los relativos a los aprovechamientos de los ríos para el funcionamiento de los molinos hidráulicos. La vista de la imagen cartografía un tramo del río Voltoya entre los términos de Moraleja de Coca y la villa de Nava de la Asunción. El dibujo responde a la denuncia de una cueva y un desaguadero, por lo que aparecen una serie de letras en el cauce aguas arriba de dos molinos y sus azudes en el río Voltoya (Boltoria, en el dibujo), ambos en la proximidad de Moraleja de Coca. Pero el pleito muestra con gran belleza artística el marco paisajístico en el que discurre, como son los pinares sobre arenas situados a ambas márgenes del río. La zona de vega situada a uno y otro lado del camino que va de Moraleja al Molino del Quemado aparece labrada. En la actualidad es el pino albar (Pinus pinea) el que aparece en el término de Nava de Coca (hoy Nava de la Asunción) y Pinar de las Sordas, mientras que el pinar de Moraleja de Coca es principalmente de pino negral (P. pinaster) (Real Chancillería de Valladolid, Planos y Dibujos, nº 647).

Cuando el Consejo de Castilla incorporó como fiscal en 1762 a Pedro Rodríguez Campomanes, se inició la lucha contra la situación heredada de los Austrias. La industria se hallaba en un estado social lamentable, pues sus operarios tenían el estigma de villanos. Los ilustrados tendrían que luchar no sólo contra gremios exclusivos poseedores de fueros ventajosos y obstáculo para la difusión de las ideas, sino también contra la gran cantidad de propiedades amortizadas, ajenas al mercado de la tierra, o contra las trabas y los privilegios que impedían una ocupación provechosa de las clases populares. Campomanes desmanteló las concesiones mesteñas desde su puesto en el propio Concejo de la Mesta; el argumento que dio al rey define las intenciones de los ilustrados: es preciso abolir la Mesta pues es una amenaza para la propiedad y para la solvencia de la Real Hacienda. Nuevas leyes derogaron sus privilegios. En 1779 se prohibió a los ganaderos trashumantes aprovechar los pastos de los viñedos y olivares tras la recogida de la cosecha. En 1788 se concedió a los dueños la facultad de cerrar sus propiedades para impedir la entrada del ganado. En 1795 Carlos IV suprimió la jurisdicción especial de la Mesta y estableció su sometimiento a la ordinaria. Más tarde, en 1813, se derogó el sistema de tasación de pastos y el derecho de posesión, clave de toda la legislación favorable a la ganadería trashumante sobre la estante y transterminante y, siempre, frente a los aprovechamientos agrícolas.

Las Sociedades Económicas y el fomento del arbolado

Para desarrollar el país, el despotismo ilustrado abordó la educación del pueblo, llevando a la práctica el lema «socorrer enseñando». Trató de interesar al clero y a la nobleza mediante la fundación de las Sociedades Económicas de Amigos del País. Se crearon cátedras de Agricultura, Química, Derecho, etc., y se promovió la investigación y la experimentación mediante concursos sobre economía práctica y sus aplicaciones. La búsqueda de los medios para restablecer el arbolado ocupó un lugar preeminente.

La de Segovia convocó en 1782 un premio para el autor de la memoria que lograra justificar con el mayor acierto la siguiente cuestión: Qué especies de árboles producirá y convendrá mejor plantar en el término de dos leguas al contorno de la ciudad de Segovia. A esta Sociedad el boticario de la comarca pinariega de Cuéllar remitiría, en 1784, una memoria «sobre las utilidades del pino», que sirve de muestra de la preocupación por la defensa de un arbolado necesario.

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Uno de los grandes estadistas de la Ilustración fue el riojano marqués de la Ensenada, al que se debe la construcción del camino de Burgos a Santander por Reinosa, la apertura del puerto del León en la Sierra de Guadarrama, o la apertura del Canal de Castilla. Su proyecto más ambicioso fue el catastro que lleva su nombre y que permitió conocer la realidad agraria del reino de Castilla y, con frecuencia, del espacio forestal. Los árboles supusieron un problema adicional en la valoración de los frutos de la tierra: en su sentido utilitario, la averiguación de los árboles infructíferos resultaba muy costosa por el poco producto que rendían. Entre la información que proporciona destacan mapas, algunos de gran calidad, como este de El Bodón, villa del partido de Ciudad Rodrigo, que se sitúa rodeada de dehesas y que aparece dividido en hojas de cultivo que permitían racionalizar al máximo los aprovechamientos, las rastrojeras y los barbechos.También contaba con una dehesa boyal de 450 fanegas de encina y roble, cuya madera servía para aperos de labor y consumo de vecinos, y que incluye varios valles para el pasto del vacuno de huelga y labor (Archivo General de Simancas).

Son numerosos los ilustrados que expusieron sus quejas sobre el deterioro de los bosques. En 1818, Antonio Sandalio de Arias, uno de los precursores de lo forestal en España, citaba a sus representantes más destacados: no deberemos estrañar que el erudito Don Manuel Gil en su plan de nueva ordenanza de montes; D. Casimiro Gómez de Ortega en su prólogo al tratado de siembras y plantíos de árboles de Duhamel; D. Joaquín de la Croix y Vidal en su memoria sobre este asunto, premiada y publicada por la Real Sociedad de Valencia; Ponz en el prologo del tomo 11 de su viaje de España; Boules en su introduccion á la geografia física; Ward en su proyecto económico y otros muchos autores respetables, y tan zelosos como sabios, nos hagan una pintura tan poco agradable de nuestros arbolados. Agustín Pascual, en 1852, señaló a los mismos autores como los que presintieron la influencia de la organización económica en la propiedad forestal, e incorporó en esa relación a Jovellanos y al propio Arias.

Jovellanos, en su Informe de la Sociedad Económica de esta Corte al Real y Supremo Consejo de Castilla en el Expediente de la Ley Agraria, presentado en 1795, estableció como premisa la liberalización económica. Estimaba que, al poner en movimiento los mecanismos de la libertad individual, se podrían superar los estorbos opuestos al adelanto de la agricultura: los derivados de la legislación, los derivados de la opinión —debidos a las malas prácticas técnicas—, y los derivados de la naturaleza —falta de infraestructuras—. Acertó con la causa general de la deforestación y mostró a qué había conducido el aprovechamiento común: la política hallando arraigado el sistema funesto de legislación pecuaria, le favoreció tan exorbitantemente que hizo de los baldíos una propiedad exclusiva de los ganados; y la piedad mirándolos como patrimonio de los pobres, se empeñó en conservárselos: sin que ni una ni otra advirtiesen, que haciendo común el aprovechamiento de los baldíos, era mas natural, que los disfrutasen los ricos que los pobres, ni que sería mejor política, y mayor piedad fundar sobre ellos un tesoro de subsistencias para sacar de la miseria gran número de familias pobres, que dejar en su libre aprovechamiento un cebo a la codicia de los ricos ganaderos, y un inútil recurso a los miserables.

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En 1768 Carlos III encargó al Consejo de Castilla que emitiese un expediente tendente a promulgar una ley agraria. El Informe vio la luz en 1795, cuando la Sociedad Económica Matritense se lo encomienda a Jovellanos. En él se establece como premisa la liberalización económica.Aunque sus propuestas conseguirán remediar parte de las graves dificultades impuestas para el desarrollo agrícola, la acción individual no tendrá igual efecto sobre los montes de la España mediterránea. Hasta la introducción de las especies exóticas, como el eucalipto o el pino radiata, el establecimiento y aprovechamiento del monte alto no será un objetivo del propietario forestal particular.

La agricultura se liberó del corsé impuesto por los ganaderos, pero no se halló la forma de recuperar los bosques.

Lo impedía la falta de conocimientos específicos y un afán liberalizador. Jovellanos atacaba la propiedad comunal por su apropiación por los poderosos, y consideraba que los montes debían ser de propiedad particular.

Estimaba que los productos forestales eran atractivos al interés individual, y equiparaba tierras de labor, prados, huertas, viñas, olivares, con selvas o montes. Asturiano de origen, no pareció captar la diferente vocación del territorio, donde la productividad natural de la España atlántica se debía a la carencia de las sequías pertinaces de la España mediterránea, como tampoco captó que la utilización inadecuada generaba tierras estériles incapaces de soportar el cultivo. No dedujo la importancia del tamaño de las fincas forestales para poder acotar una parte a su regeneración, sin menoscabo de la renta derivada del pastoreo; ni la seguridad que representaba la Administración en el largo plazo de espera hasta la obtención de los productos maderables propios del monte alto; como tampoco pensó en la posibilidad de dedicar recursos a la recuperación de montes arruinados. Al no ver las diferencias entre los métodos y plazos de lo forestal y de lo agronómico, achacó el problema a la legislación; así, pidió que se derogasen de una vez las ordenanzas generales de montes y plantíos, las municipales de muchas provincias y pueblos, y en una palabra, quanto se ha mandado hasta ahora, respecto de los montes.

Las Cortes de Cádiz impondrían las ideas de Jovellanos en 1812. Tuvo lugar entonces la derogación de la legislación forestal y la supresión del personal destinado a la conservación y fomento de los montes. Sería una ocasión más para que unos pocos se apoderaran de los montes públicos y los transformasen sin preocuparse de si eran aptos o no para la agricultura. Los propietarios tuvieron libertad absoluta para talar los montes conservados por las severas ordenanzas de 1748. En 1813 desaparecieron los señoríos territoriales y se repartieron los baldíos realengos.

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El mapa (1620 x 1960 mms) realizado en 1763 responde a un pleito sobre el apeo, deslinde y posesión del lugar de Vega de Porras. El litigio se centra en la terraza que se levanta unos veinte metros sobre la vega del Duero en las proximidades de la confluencia con el río Cega. La propiedad se sitúa entre Boecillo y Viana de Cega, pueblos que están unidos por un camino que cruza el último río por un vado. El sur aparece en la parte superior del plano y el oeste a la derecha. La terraza es denominada zerro alto de la vega y zeja del monte. En la vega del Duero, en la confluencia con el Cega, hay una Casa de la Vega y en la base del cerro unos labajos o charcas y un pozo. El territorio aparece profusamente arbolado y diferencia dos clases que se corresponde con las formaciones actuales. Lo alto del cerro es un encinar sobre margas, y el resto son pinares situados sobre arenas, ahora con una extensión más reducida en la proximidad del pueblo y en la vega. Al sur de la terraza se encuentra el Pinar de Buezillo, y pegado al Cega se señala el «Término de Escuclillas», que se inicia en el carcabón que baja del cerro al Cega y que hoy se corresponde con el M.U.P. 25 «Escudilla», propiedad del Ayuntamiento de Boecillo. En el cruce de caminos que recorren la vega aparecen los nombres de varios pagos entre los que se encuentra un Pinar de la Capellanía del cura de Buezillo y la Hermita de la Soledad; al otro lado del río, está representada una casa y azeña o molino hidraúlico. También representa una reja en las laderas del cerro en la cercanía del camino que va del puente de piedra a Boecillo y que se corresponde con las bodegas excavadas en la terraza (Real Chancillería de Valladolid, Planos y Dibujos, nº 641).

En el mismo año se decretó la enajenación de los bienes poseídos por el Estado y las corporaciones religiosas.

Fernando VII, a su regreso de Francia, impidió la aplicación de estas medidas y dio paso a reposiciones o derogaciones según accedieran al poder absolutistas o liberales. Los partidos políticos, independientemente de su signo, vieron en la venta del patrimonio público, que incluía los montes, el medio de favorecer a sus correligionarios y sanear el Tesoro.

La experiencia posterior mostraría que, libre de trabas, el interés individual defendido por Jovellanos no se ocupó ni del cultivo agronómico de los montes ni de la cría de maderas. Es un hecho casi general que, tras cualquier proceso desamortizador o de reparto de bienes comunales, el interés individual comience por descuajar el monte.

Como «verdadero monumento del individualismo» calificaría Lucas Olazábal (1860) el Informe de Jovellanos. Su aplicación a lo forestal tendría funestas consecuencias para los bosques; su acción se mantendría durante bastante tiempo hasta su rectificación a un término más justo.

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