ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – IV

En este segundo volumen nos habla de la historia de nuestros montes, y aunque no trata específicamente de los de Covaleda sino de todos los de Castilla y León, su lectura nos servirá para conocer mucho mejor el origen del porqué están así ordenados nuestros pinares y cual fue la evolución de los mismos en la historia. Sin duda alguna muy interesante su lectura.

Claves del pasado

Carlos Manuel Valdés (coordinador)

La ciencia de montes

Luis Gil Sánchez

Introducción

Los montes actuales son, tras infinidad de eventos, el legado recibido de las generaciones pasadas. Antes de la presencia del ser humano, los sistemas forestales eran consecuencia exclusiva de la historia geológica. Tras la aparición del hombre se inició un proceso de perturbaciones cuya recurrencia terminó por convertirlas en las determinantes del paisaje actual. Por ello, resulta difícil comprender el porqué de la distribución, estructura, composición y extensión de nuestros bosques sin reflexionar sobre las causas de su evolución histórica.

Las especies vegetales y animales responden a un proceso evolutivo de millones de años, donde las relaciones entre el medio físico y los seres vivos, y las de estos entre sí, han propiciado una trama continua de adaptaciones, migraciones, competencias y conflictos que han dado como resultado una gran diversidad de especies. Los registros de polen, carbones y otros restos fósiles aportan información acerca de esa vegetación pretérita. Los cambios detectados, unidos a los datos obtenidos por otras disciplinas, permiten extraer conclusiones acerca de las variaciones en el clima, tan unidas a las de la vegetación o de la fauna.

La utilización agropecuaria del primitivo espacio forestal fue la causa de su transformación. La aparición de los primeros rastros de plantas cultivadas en los registros paleopolínicos coincidió con el derrumbe de los bosques y con la expansión de los matorrales de degradación, sin que mediara cambio climático alguno. La historia de nuestra cultura es la historia de la destrucción de las formaciones arboladas. El uso de los recursos maderables hizo posible el progreso de las naciones, pues como se decía en otras épocas, «de la silla del labriego hasta el trono del rey todo es de madera».

AtlasForestal_CastillayLeon_Bloque2_Página_006_Imagen_0001

El aprovechamiento de los productos del bosque permitió el desarrollo de los reinos medievales, pues la madera fue el producto básico para la obtención de energía, para la construcción civil y naval o para su empleo en cualquier tipo de manufactura. Esta imagen, procedente del manuscrito de las Cantigas de Santa María (Biblioteca Nacional), nos muestra una escena que transcurre en Castrojeriz (Burgos), donde un carro sobre un fondo boscoso transporta maderas para la construcción de la iglesia.

En épocas recientes, la falta de arbolado motivó el nacimiento de inquietudes por el fomento y mejora de nuestros montes. La cuestión tomó nuevas orientaciones gracias a la Ilustración, que ligada a los miembros y a la actividad de las Sociedades Económicas de Amigos del País, surgió como un elemento novedoso. Los precursores de la modernidad discutieron ampliamente las ideas y los medios relacionados con la restauración de la riqueza pública, siendo la decadencia de los montes uno de los aspectos más ampliamente tratados. Entre las reformas que se deben a los ilustrados ha de incluirse la fundación de la Escuela de ingenieros de montes en Villaviciosa de Odón (Madrid) en 1848. Su creación supuso la instrumentación de las preocupaciones técnicas, administrativas y legislativas para la conservación y gestión de los montes españoles. Esta necesidad ya había sido señalada siglos atrás, como así testimonia el artículo 55 de las Ordenanzas de la soriana Villa de Almazán, recopiladas en 1548: Por que es cossa muy justa que los montes se conserben y guarden que no se destruyan y quando de ellos se hubiere de aprovechar sea con toda templanza.

La nueva ciencia realiza el inventario de los recursos aprovechados de forma directa, como la madera, objeto principal de las inquietudes de los primeros forestales, leñas, resinas, corcho, frutos, ya fueren bellotas o piñas, y pastos. Conocidas las existencias de estos recursos, se pretende su sostenibilidad al fijar una renta que no comprometa la persistencia de la masa arbórea, lo que es posible por ser los vegetales modelos en materia de autonomía y capacidad de restaurar el medio, pues admiten un aprovechamiento ordenado que motiva su consideración como «recursos naturales renovables».

AtlasForestal_CastillayLeon_Bloque2_Página_006_Imagen_0003

La fundación de la Escuela de Ingenieros de Montes fue el final de una trama iniciada por las sociedades económicas de «Amigos del País». El lema de la establecida en la Corte, «socorre enseñando», será llevado a la práctica para restaurar la riqueza pública forestal. El prestigio que alcanzaron sus enseñanzas hizo que fuera señalada como una referencia en la organización de la escuela forestal británica.

La técnica forestal define actuaciones dirigidas a la mejora del recurso en las masas existentes o a su incremento superficial mediante las de nueva formación. Para ello, elige las especies y procedencias más adecuadas a los objetivos de la repoblación. Sobre unas pobres condiciones de partida se implantan vegetales rústicos y heliófilos, que permiten una estratificación horizontal y la mejora de la situación inicial. Bajo la protección de la sombra generada y de los restos incorporados al suelo se podrán introducir, entonces, otras especies más exigentes e incrementar la biodiversidad.

En el contexto que proporciona el Atlas Forestal de Castilla y León, se pretende recordar cómo llega y se desenvuelve la Ciencia de Montes, vertebrada por los profesionales que surgieron en torno a Agustín Pascual (1818-1884), el primer dasónomo español y organizador de la Administración forestal del Estado, maestro de las sucesivas generaciones de profesionales dedicados a la gestión y tutela de los montes españoles, hoy bajo la administración de las Comunidades Autónomas. El tema ha sido tratado ampliamente por forestales (Castel, 1877; Torner, 1926; García Escudero, 1948; Bauer, 1980; Muñoz Goyanes, 1983), pero también por otros profesionales (Brown, 1886; Gómez Mendoza, 1992; Casals, 1996, González Escrig, 2002) que han recreado los orígenes y el marco científico en el que se formaron.

La reducción de los bosques

El punto de inflexión de la regresión histórica no tuvo lugar hasta que los principios dasocráticos fueron llevados a la práctica (Manuel & Gil, 2000). Hasta entonces dominó la pérdida del bosque, cuyas causas son recogidas con precisión para una de las provincias de Castilla y León por el diccionario de Madoz: El arbolado de los montes va desapareciendo enteramente a impulsos del hacha destructora, del dañino diente de la cabra y de los incendios que los pastores atizan para acabar con los arbustos.

La Península Ibérica fue asiento de culturas que impusieron el pastoreo, en particular la trashumancia, riqueza ambulante adecuada a periodos bélicos que aprovecha dos recursos complementarios; si bien los pastizales, en gran parte, han sido creación humana. Para Sánchez Albornoz (1956), desde el 722 toda la península fue alguna vez frontera entre moros y cristianos y sufrió talas e incendios que la privaron de los bosques que antes la cubrían.

El bosque se transformaba en campos abiertos, donde no fuera posible el avance oculto. «Emboscado» es un término que expresa terror al bosque por ser adecuado para inferir daño al contrario. La idea aparece en las primeras fuentes escritas, como son los textos de Apiano (Sancho Royo, 1980), donde se relata la guerra de Numancia (Iberia, 89): la ciudad es descrita rodeada por dos ríos, precipicios y bosques muy densos (Iberia, 76), situación diferente a la resultante tras el feroz asedio. Igualmente ocurrió con los páramos leoneses, término que hoy hace referencia a un paraje raso, muy diferente al existente en los comienzos de nuestra era, pues un poema fúnebre en honor a un legado de la VII legión alababa la caza de los «caballos de bosque» —equi silvicolentes— que habitaban en el páramo —in parami aequore—. Otra inscripción del siglo II d.C. alude a la ofrenda de los cuernos de un venado cazado en el páramo.

La movilidad del ganado justificó el desarrollo de la economía pastoril en tierras fronterizas, pero tras el final de la Reconquista perduró a costa de la agricultura, reduciendo los bosques a una mínima expresión respecto de su estado primitivo. En 1255, apenas transcurridos cien años de la repoblación de Ciudad Rodrigo, los procuradores del concejo se quejaban a Alfonso X de los daños realizados por los forasteros que acampaban con sus ganados en los terrenos acotados (Barrios et al., 1988), como registra otro documento: un pinar, un enzinar e un rovredo (…) los tallan, los queman e los destruen.

AtlasForestal_CastillayLeon_Bloque2_Página_008_Imagen_0001

El poder que tuvo la ganadería sobre el espacio agrario y forestal tuvo su origen en la formación del Concejo de la Mesta. El aprovechamiento pecuario, propio de señores poderosos que se asociaban mezclando sus rebaños, de donde deriva el nombre, causó daños importantes al monte. Su preponderancia se basa en las excelentes cualidades de lana de la oveja merina, monopolio de la corona castellana durante siglos. Como institución jurídica recibió sus primeros privilegios en 1273. Alfonso XI puso a la ganadería bajo su protección y prohibió que se labrasen los ejidos de los pueblos. Desde entonces sus privilegios fueron confirmados, ampliados y defendidos por los sucesivos monarcas. La Mesta poseía su propia jurisdicción y su fuerza hizo necesaria la recopilación de sus leyes y su publicación, para que fueran conocidas y acatadas. Sus amplias facultades hicieron de los Alcaldes Mayores Entregadores personajes temibles y odiosos, hasta que se produjo la abolición de la jurisdicción especial de la Mesta en 1795.Ya como Asociación General de Ganaderos fue suprimida definitivamente en 1838.

La actividad pecuaria dispuso sin límites del espacio forestal gracias al apoyo del Honrado Concejo de la Mesta, hermandad de ganaderos que fue favorecida por las leyes. Su poder permitió a la Corona de Castilla ser la principal suministradora de lana del mercado europeo y ser protectora de la riqueza que permitía equilibrar sus problemas financieros. Pero no debe olvidarse el ganado estante, ya que tras la supresión de la Mesta con el fin del Antiguo Régimen, la ganadería siguió disfrutando del territorio no cultivado. En el primer censo ganadero (Junta General de Estadística, 1868) aparece la cifra de 6.137.514 cabezas lanares registradas en las ocho provincias de Castilla y León, de las que casi un 82 por ciento se correspondía con ovejas estantes. La ausencia de árboles que caracteriza a nuestros páramos o a la mal denominada estepa castellana es señal inequívoca de una degradación por el uso pastoral continuado y conectado a través de una tupida red de vías pecuarias.

Los bosques de suelos profundos y fértiles, los mayoritarios encinares y robledales del pasado, están hoy bajo la forma de campos de cultivo. Algunos son labrados desde hace milenios y gracias a los abonos minerales ya no es necesario el descanso obligado. Muchos secanos ahora están convertidos en ávidos regadíos que hunden a mayor profundidad un acuífero acumulado desde tiempos geológicos.

Antes, mantener la productividad dependía de los abonos procedentes del ganado; el barbecho era obligado o se recuperaba la fertilidad inicial por un codicioso desbroce en los bosques cercanos. Es decir, se extraía la capa superior de hojarasca de manera reiterada hasta degradarlos.

Una vez estériles pasaban a un uso pecuario, hasta quedar arruinados. El proceso deforestador lo describe Agustín Pascual (1859-61): Aun a su pesar, hace quemas para que le dejen rozar, abandona lo rozado luego que lo esquilma, y continúa persiguiendo el bosque; tal cual vez las lluvias arrastran al barranco la tierra de lo rozado y dejan pelada la roca, donde difícilmente arraigará ya el pino.

El campesino, ganadero a la par que agricultor, sólo veía en los árboles la sombra que proyectan y unas ávidas raíces, culpándoles de ser destructores de sembrados y refugio de aves granívoras, ideas éstas combatidas por los ilustrados del XVIII al considerarlas «estorbos de la opinión». Los conocimientos que presidían las intervenciones practicadas en los bosques eran escasos y los montes se aprovechaban casi sin mesura. La excepción se daba en las propiedades de la Iglesia, acumuladas tras siglos de donaciones, y también en las posesiones señoriales destinadas a la caza o en los municipios poseedores de grandes términos y corto vecindario. Hasta hace pocos decenios, antes de la aparición del butano y con un alto poblamiento rural, abundaban los espacios abiertos y las tierras baldías. Aunque hoy se hallan recuperados en parte, como muestran los incrementos de la superficie arbolada recogidos en los inventarios forestales, su recuerdo es posible gracias a un registro fotográfico mal conocido y a la fuerza expresivo de testimonios que señalaban la abundancia de los terrenos yermos, los denominados eriales a pastos, parte importante del «dilatado reino de la cabra y la oveja» (Ximénez de Embún & Ceballos, 1939).

Referencias antiguas

La agricultura y la ganadería son los agentes históricos de deforestación; sus efectos son generales y se extienden a la totalidad del territorio. Pero otras actuaciones dejaron una huella patente y perdurable, aunque a escala local, como las explotaciones mineras. Las extracciones auríferas leonesas destacaron por el empleo de la ruina montium, en Las Médulas, o los enormes surcos excavados en los yacimientos de Las Omañas.

La necesidad del arbolado también fue necesaria en las obras civiles de gran envergadura, entre las que cabe destacar el acueducto de Segovia. Su construcción debió

requerir un auténtico bosque de madera para realizar el transporte de los sillares primero, y para la fabricación de grúas y andamios después; ambas actividades debieron

ser necesarias para elevar las piedras hasta coronar los 56 metros de altura que alcanza en su mayor cota. Esta función sería cumplida de forma satisfactoria con los pinos con fustes de gran esbeltez del cercano monte de Valsaín.

La condición pinosa del Guadarrama también aparecía en época medieval en otros puntos no lejanos. Alfonso VIII, al confirmar al concejo de Segovia en 1172 el deslinde con Ávila, concedido por Alfonso VII, nos legó en sus topónimos una descripción del paisaje y de la presencia humana (González, 1960) en la que resaltan los topónimos derivados de los pinos:

Arrogium Auellaneda, deinde per summitatem serre Sicut cadunt aque ex una parte ad Abezedas et ex alia ad Sotellum, deinde ad Porquerizam et ad Villar del Ronco, prout uadit per summitatem uallis Pinose et per summun del Quintanar (….) deinde per uallem Nunio Garsie et per el Foyo, deinde per cabezam Pinosam que respicit ad Navalongam.

Igual condición se observa en la confirmación, en 1176, de los montes y sierras que hay entre Madrid y Segovia por el mismo rey: dono et concedo montes, pinares, pasqua, prata, extremos populatos et eremos.

AtlasForestal_CastillayLeon_Bloque2_Página_009_Imagen_0001

La columna Trajana, situada en el foro de la ciudad de Roma, describe en sus relieves la campaña que, tras cinco años de guerra, convirtió en el 106 a la Dacia en provincia romana. Los hechos que narran no debieron ser diferentes a los que marcaron las guerras celtibéricas dos siglos y medio antes. El ejército romano utilizaba el bosque como productor de los recursos necesarios para la fortificación de sus posiciones y la construcción de máquinas de guerra.

Cuando Alfonso X (Ley 8, título 33, Partida 7) definía la silva como el lugar donde los omes suelen cortar madera para sus casas y leña para quemar, estaba reflejando la visión productiva y social de los bosques por sus beneficios directos. La pérdida alarmante de la riqueza forestal se detectó en momentos posteriores, cuando surge la regulación como resultado de su carencia. La normativa llegó a ser tan prolija que situó la legislación de montes en una de las más abundantes del derecho administrativo (Jordana de Pozas, 1925).

La preocupación legal aparece en el Liber iudiciorum, el código latino que regía desde el tiempo de los visigodos, ratificado por Recesvinto en el año 654 y aprobado en el VIII Concilio de Toledo. La Ley II, título II, del libro VIII, se refiere a la quema del monte ajeno: Si quis qualemcumque silvam incenderir alienam, sive piceas arbores vel caricas, hoc est ficus, aut cuius libet generis arbores igne cremaverit, a iudice correptus C. flagella suscipiat, et pro damno satisficiat.

El enunciado muestra el carácter utilitario del arbolado.

En su enunciado emplea como referencia a las higueras —designadas por los nombres con que era conocida, ficus y carica—, valiosas por dar tres o cuatro cosechas de higos. También nombra a los pinos como árboles productores de la pez, sustancia hoy desconocida, pero hasta hace pocas décadas de gran valor económico. La obtención se realizaba en pegueras, y su existencia se revela en lugares como Peguerinos, en Ávila. Pinus arbor picea, dice San Isidoro en sus Etimologías (XVII, VII, 31; Oroz y Marcos, 1983). Cuando Alfonso de Palencia efectuó en 1490 por encargo de Isabel la Católica una recopilación de la evolución de los vocablos latinos al castellano vulgar, señala: Picea se dize arbol que suda pez y tomo nombre por la pez (Hill, 1957).

La misma ley del Fuero Juzgo (R.A.E., 1815), versión romance escrita varios siglos después, tradujo el texto anterior: Si algun omne enciende monte aieno, ó árbores de qual manera quier, prendalo el iuez, é fagal dar C. azotes, é faga enmienda de lo que quemó. El enunciado equipara el vocablo romance monte con el latino silva. La voz monte tiene el sentido de tierra cubierta de árboles silvestres.

Tal equiparación ha de tener su origen en una mayor frecuencia de la superficie boscosa en los terrenos elevados o con topografía abrupta, mientras que la llanura estaba bajo un cultivo secular o con un arbolado disperso. El término montanera se refiere a la suelta del ganado en el bosque cuando tiene lugar la dispersión del fruto. Quien falla puercos aienos en su monte en tiempo de la lande, dice el Fuero Juzgo refiriéndose al aprovechamiento ilegal de la bellota. La voz «montería» implica la caza de los animales ocultos en el bosque. El topónimo Montejo no alude necesariamente a una elevación pequeña, sino también a la reducción de la cubierta arbórea.

Los fueros municipales o cartas pueblas no dan reglas para la utilización de los montes; como mucho indicaban su presencia, y así se observa en los documentos que delimitan términos y establecen mojones. El Fuero que concede Alfonso VII en 1143 a la villa de Roa dice: praeterea dono eisdem populatoribus omnes montes, et pinares de meo realengo (Muñoz y Romero, 1847). La abundancia de terreno arbolado justifica la ausencia de normas y referencias.

Este silencio también se debe a la necesidad de crear un ámbito jurídico y económico atractivo para captar a los nuevos pobladores. Las primeras noticias tras la Reconquista reflejan un retorno a la silva de muchas tierras de cultivo y es fácil aceptar la necesidad de dar a los montes un uso agronómico, como revela un documento del monasterio de Oña, año 904: constituimos ecclesias, domus, et ortos, uineas et pomares… et de monte fecimus campus (Gibert, 1970).

El incendio consigue la reducción del bosque. La cultura del fuego quedaría arraigada en las comunidades ganaderas para mantener su valor pecuario. No obstante, y ante la alarma de sus daños, no se tardó en imponer severas penas a los incendiarios:

Que no pongan fuego para quemar los montes, e al que lo fallaren faciendo que lo echen dentro; e si no lo pudieren aver, que le tomen lo que ubiere (Alfonso X en las Cortes de Valladolid de 1256, y en las de Jerez de 1268).

Los que biven en las comarcas de los pinares o de los enzinares, que los cortan o los queman para fazer sembradas de nuevo, e que se destruye todo (…) E cualquiera que cortase o desarraigase o quemare pinos en los pinares, o enzinas en los encinares de los conceios (…) para fazer sembradas quel maten por ello (Pedro I en las Cortes de Valladolid de 1351).

La dureza del castigo contrasta con las facilidades anteriores.

La degradación de los bosques produjo una mayor reglamentación en las ordenanzas locales (Corral, 1988).

Durante siglos la intervención real sobre los montes no destaca. La propiedad era municipal o señorial por concesiones hechas por los monarcas para atraer a los pobladores.

Pero el respeto a las atribuciones jurisdiccionales se perdió, bien por la devastación de los bosques o porque se reforzó el poder real. Alfonso XI inició la intervención en 1367, cuando mandó devolver a los pueblos todos los ejidos, montes, términos y heredamientos que se habían ocupado con real licencia o sin ella, prohibiendo que se labrasen y vendieran, y obligando a que quedaran para aprovechamiento común de los vecinos.

Aunque se defendía lo comunal, se favoreció lo ganadero frente a lo agronómico. En todo caso, se actuaba siempre con menoscabo de la riqueza forestal, a la que se consideraba como el capital que habían recibido los pueblos y que poco a poco iban consumiendo. La falta de arbolado se hizo patente:

Sacan madera que es una cosa que se aprovechan los del mio sennorio, e por esto se yerman los montes de la mi tierra (…) la madera que ha a labrar en las mis taracanas e navios non la pueden aver sinon muy cara, ca della se saca por mar e della por rios e della por tierra, e que la llevan a otros sennorios (Pedro I en las Cortes de Valladolid de 1351).

AtlasForestal_CastillayLeon_Bloque2_Página_007_Imagen_0001

Crear nuevos bosques en terrenos comunales exigía licencia para acotarlos al uso ganadero. Una carta de los Reyes Católicos a la villa de Valladolid, datada en 1495, destaca la pérdida de superficie forestal y la necesidad de recuperarla, por lo que se otorgaba licencia para plantar en su término pinares y encinas (Arribas, 1953).

Esa villa y su tierra y término está muy menguada de montes a cabsa de lo qual continuamente la lenna para quemar es muy cara e la gente pobre no alcança cabdal para la comprar e ansi pasan mucha fatiga por no poder aver lenna en razonable preçio. Y a nos es fecha relaçion que sy se pusiesen y sembrasen montes y pinares en algunos términos comunes de la dicha villa, espeçialmente senbrando un pinar por los términos por donde va el camino a la Puente de Duero, de la una parte y de la otra del camino, y algunos montes de enzinas hazia Villanubla y adonde hera el monte de Toroços, en el término de la dicha villa, que sería grand remedio e reparo para la provision de la dicha villa.

El texto muestra el conocimiento de la vocación diferente de cada terreno, al emplear especies distintas para su recuperación. Pero debían vencerse algunos obstáculos administrativos para salvaguardar los intereses ganaderos.

La ley 218 de las Ordenanzas de la Villa y Tierra de Cuéllar exigía a los Concejos que quisiesen sembrar con piñones que acudieran al Regimiento a solicitar licencia, y que pagasen los gastos de los viajes de dos regidores para examinar si el lugar era idóneo, y comprobaran si existía perjuicio para otras aldeas (Corral, 1978).

La reglamentación en materia de montes también es abundante bajo la jurisdicción señorial (Duque de Alba, 1928). La protección del espacio forestal se efectuaba mediante medidas punitivas sobre determinadas prácticas prohibidas; con ello se perseguía a los transgresores, pero no se acertaba con la forma de prevenir el daño: Cualquier pastor que, desde primero de mayo hasta el fin del mes de octubre, que trajera yesca e pedernal e fuese hallado con ello, que pague de pena por cada vez, Çien maravedies para el dicho concejo; e cualquiera que en todo el año quemase escobar alguno o pinar o otro monte cualquiera de los de la terra, aya de pena dos mill maravedies de pena para el concejo, demas del daño que hiziese; e si el fuego se ençendiere, que el concejo mas çercano sea obligado a poner diligencia en saber quien puso tal fuego, e por si culpa o fraude se encubriere de se saber quien lo puso, que pague el tal concejo (Ordenanzas de Piedrahita, rec. 1509; Luis López, 1987).

Con el tiempo, el espacio forestal comunal se privatizó.

Una sentencia de 1376 establecía la devolución de las apropiaciones al Concejo de Ciudad Rodrigo, en la que incluía gran parte del «Pinal» de Azaba (Bernal, 1990).

Como también lo habían mandado anteriores monarcas, en 1492 Fernando e Isabel ordenaron devolver a los pueblos las rentas, derechos, términos, prados, montes o dehesas, que cualquier alcalde, regidor, jurado o escribano, entre otros, les hubiera usurpado. Las resoluciones eran burladas con mayor impunidad cuanto más poderosos eran los inculpados. La documentación sobre usurpaciones de terrenos comunales es abundante. La nobleza local, con la fuerza conseguida al transmitir de padres a hijos los cargos concejiles, ocupaba la propiedad comunal limítrofe con sus propiedades, cambiaba los mojones, los consolidaba con el paso del tiempo, y conseguía formar dominios extensos. En los montes comunales surgieron enclavados, una constante en muchos de los actuales Montes de Utilidad Pública, pero que hasta un pasado cercano fueron cultivados por los más desfavorecidos para practicar una agricultura de subsistencia.

Galería | Esta entrada fue publicada en DOCUMENTOS, FOTOS, LIBROS, Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s