ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – III

Efectos del fuego sobre el suelo

El fuego, además de afectar a la vegetación, tiene una serie de efectos sobre el suelo, consecuencia de las elevadas temperaturas, de la combustión de la materia orgánica y del aporte de cenizas. Estos efectos dependen, entre otros factores, de la intensidad y duración del fuego, y del contenido de humedad y materia orgánica del suelo.

El fuego produce un aumento del pH y de las sustancias minerales asimilables por las plantas. Esto provoca, en los terrenos ácidos y pobres, un aumento sustancial, aunque muy transitorio, de la fertilidad, que es aprovechado por las especies herbáceas para crecer, razón por la que los ganaderos de estas zonas suelen quemar los matorrales para producir pasto nuevo. Otro efecto es la pérdida de capacidad de retención de agua, debido a la materia orgánica consumida. Respecto a los seres vivos del suelo, el incendio mata a los de pequeño tamaño establecidos más superficialmente, si bien, posteriormente, la actividad microbiológica sufre un aumento debido, entre otras razones, a la mayor disponibilidad de nutrientes. Por otro lado, el incendio provoca un gran incremento de la radiación solar recibida por el suelo, lo que altera el desarrollo de los ciclos biogeoquímicos del mismo.

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Brigada de vigilancia contra incendios forestales.Valsaín, hacia 1940.

Los efectos más importantes del fuego sobre el suelo están relacionados con la eliminación de la vegetación. La zona quemada se calienta más —color negro—, retiene peor el agua y posee menos capacidad de infiltración. La ausencia de vegetación que retenga el suelo y la menor capacidad de infiltración constituyen los dos elementos que dan lugar a la erosión, un potente agente «desestabilizador» de los bosques en muchas regiones del mundo (Borman y Likens, 1979). La erosión de los terrenos quemados es especialmente grave en pendientes elevadas y laderas largas sometidas a precipitaciones torrenciales. La erosión del suelo tiene importantes efectos hidrológicos y, si es intensa, dificulta enormemente la instalación de la vegetación.

La continua repetición de incendios supone un grado cada vez mayor de degradación que puede deparar auténticos desiertos pedregosos, en que los niveles erosivos resultan alarmantes, sobre todo cuando se producen en cabeceras de cuenca hidrográficas (como en el caso de la imagen, tomada en el nacimiento del río Duerna, en León).

Los incendios forestales en Castilla y León: estadística, causas y motivaciones

¿Por qué los incendios forestales constituyen un problema tan grave en nuestra Comunidad? La respuesta parece evidente si se considera que, durante el periodo 19972006, se produjeron en Castilla y León 31.398 siniestros que arrasaron 94.527 ha de superficie arbolada. De éstos, la mayoría, más del 90%, se debieron a la mano descuidada, accidental o intencionada del hombre. Sólo un 8% de los incendios se debió a causas naturales (rayo), mientras que es 72% se achaca a causas relacionadas con actividades agroganaderas, como quemas de matorral para regenerar el pasto o quemas de residuos agrícolas, bien sea de forma intencionada o por negligencias en el manejo del fuego. Un 18% se atribuye a accidentes, mientras que un 2% corresponde a pirómanos o a quemas relacionadas con la actividad cinegética.

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Observando la distribución provincial de los incendios durante el periodo comprendido entre 1991 y 2000, destaca la provincia de León, con el 32% de los siniestros y el 30% de superficie arbolada quemada. León y Zamora se adjudican aproximadamente el 60% del total de ambas variables. La mayor parte de estos incendios se producen en zonas principalmente rurales, donde el uso del fuego en las tareas agrícolas, para «limpiar» el monte de matorral y regenerar los pastos, ha sido una constante desde hace milenios. El abandono generalizado del campo ha propiciado una densificación general de la cobertura de matorral, que incrementa el riesgo de incendios —intencionados o involuntarios— provocados por la población local, cada vez menor y más envejecida y quizá no demasiado sensibilizada con esta problemática. Estas circunstancias parecen concurrir fundamentalmente en el sector occidental de ambas provincias —Bierzo, Ancares, Cabrera, Sª de la Culebra—, apareciendo también en las zonas ganaderas del norte burgalés —valles de Mena y Espinosa—.

La solución a estos problemas no puede limitarse a una carrera en el incremento del operativo de extinción, sino que ha de sustentarse en una prevención activa y pasiva.

Es importante crear una adecuada infraestructura de acceso y apoyo a la extinción —pistas, puntos de agua, etc.—, e intervenir sobre el combustible para crear áreas de discontinuidad y dificultar el inicio y propagación de los fuegos —desbroces, podas, clareos, etc.—, pero sobre todo es esencial lograr una concienciación progresiva en los habitantes de nuestro deprimido medio rural que fomente su aprecio por un patrimonio natural que hoy no valoran y del que no obtienen ningún beneficio tangible.

Plagas y enfermedades forestales

Las plagas forestales

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Los árboles, como productores primarios en los ecosistemas terrestres, son la fuente de alimento de una gran variedad de organismos consumidores secundarios, entre los que destacan los insectos y varios grupos de microorganismos —hongos, bacterias, virus, nemátodos—. Entre los insectos, es notable el número y diversidad de especies que viven a expensas de los árboles vivos. Esto es debido a su gran complejidad estructural —forma, tamaño, longevidad—, a la amplitud de microclimas que se presentan en los bosques, y a la gran variedad de nichos alimenticios que ofrecen los árboles —flores, hojas, yemas, brotes, ramillas, floema en tronco y raíces, madera—. Sin embargo, a pesar de esa diversidad, muy pocas especies pueden ser consideradas como plagas forestales, ya que este concepto se refiere únicamente a aquellos insectos que perjudican cualquiera de los valores que, desde un punto de vista exclusivamente humano, se asocia a las masas forestales, sean éstos económicos, ecológicos o sociales. A pesar de su abundancia, muy pocos insectos fitófagos originan serios problemas, ya que sus poblaciones no son lo suficientemente grandes para causar daños apreciables. Precisamente, una característica esencial de las especies que pueden considerarse plagas forestales es su capacidad para alcanzar elevadas poblaciones y producir así serios daños, incluyendo la muerte del arbolado.

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Las poblaciones de los insectos susceptibles de constituirse en plaga pasan de forma natural por diversas oscilaciones en sus efectivos poblacionales. En ocasiones, esa población se dispara por encima de límites que consideramos inadmisibles, y entonces hablamos del «fenómeno plaga». Como ejemplo, explosión demográfica de procesionaria ante el aumento de temperatura.

Por tanto, para evitar o minimizar los daños causados por las plagas, es necesario conocer los factores y procesos que provocan los cambios de su densidad poblacional a lo largo del tiempo, es decir, cuál es su dinámica poblacional.

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Larva de Tortrix viridana devorando el follaje de un quejigo.

Resulta evidente que la población de una plaga crecerá de una generación a otra cuando el número de los que nazcan, más el de los que lleguen de fuera, supere al número de los que mueran o emigren durante dicho tiempo, y su densidad disminuirá cuando suceda lo contrario.

Entre los diversos factores del ambiente que intervienen fundamentalmente en los procesos de reproducción, muerte y movimiento en las poblaciones de plagas, pueden destacarse: la disponibilidad de alimento — defendido por los árboles en mayor o menor grado—, la abundancia y eficacia de los enemigos naturales —depredadores, parasitoides y organismos entomopatógenos—, y factores abióticos como las condiciones climáticas. La influencia de estos factores varía con el tiempo y en el espacio, y la importancia de su efecto depende del propio tamaño de la población de insectos —la mayoría son factores densodependientes—, de forma que según la población de la plaga aumente, su ambiente se volverá más desfavorable —menos alimento más defendido, más enemigos, menos refugios, etc.—, produciéndose un aumento de los fenómenos de mortalidad sobre los de natalidad con la consiguiente disminución de la población. Este proceso de retroalimentación lleva a la población del insecto a un nivel o densidad de equilibrio más o menos estable, sin cambios significativos a lo largo del tiempo.

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Las poblaciones de los insectos susceptibles de constituirse en plaga pasan de forma natural por diversas oscilaciones en sus efectivos poblacionales. En ocasiones, esa población se dispara por encima de límites que consideramos inadmisibles, y entonces hablamos del «fenómeno plaga». Como ejemplo, explosión demográfica de procesionaria ante el aumento de temperatura.

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Bolsón de procesionaria

Este tipo de poblaciones de insectos relativamente estables es muy común en los ecosistemas forestales y sus densidades de equilibrio suelen establecerse en niveles bajos en los que no causan daños. Sin embargo, ocasionalmente algunas poblaciones pueden equilibrarse en densidades altas en las que constituyen plaga, gracias a condiciones ambientales que se mantienen muy favorables para los insectos, por lo general debidas a un persistente estado de debilitamiento del arbolado —mala calidad de estación, sequía crónica, densidad excesiva, impactos antrópicos, etc.—. Otras veces sucede que estas poblaciones pueden aumentar bruscamente de forma momentánea debido a una mejora temporal de las condiciones de su ambiente — abundancia ocasional de alimento, impacto sobre los enemigos—, pero sus poblaciones retornan a las anteriores densidades de equilibrio una vez que cesa la perturbación.

Un segundo tipo de comportamiento poblacional de las plagas forestales, particularmente conocido en muchas especies de lepidópteros defoliadores, es el de aquéllas que sufren violentos ciclos de abundancia que se repiten con bastante regularidad. Se trata de poblaciones que viven en lugares particularmente favorables y cuya regulación depende de procesos que tardan un cierto tiempo en completarse, afectando a generaciones posteriores a las originarias —respuestas defensivas inducidas en los árboles, aumento del número de individuos en las poblaciones de enemigos naturales—. En este caso, los procesos de retroalimentación se cierran con algunas generaciones de retraso, originando una regulación suelta, cíclica, con fuertes oscilaciones entre las densidades mínimas y máximas.

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Sistema de galerías polígamo de Ips sexdentatus

Tras un intenso estallido de plaga, la escasez y peor calidad del alimento, así como la elevada población de enemigos naturales generada, conducirán nuevamente a la plaga a niveles endémicos.

Finalmente, la clase más peligrosa de comportamiento de las plagas se presenta cuando el proceso de retroalimentación densodependiente se invierte. Mientras que en los casos anteriores prevalecía el principio de «cuantos más peor» y el ambiente de la población se deterioraba al aumentar ésta, ahora se produce el escenario inverso, en el que el aumento de la población mejora las perspectivas de los individuos. Gracias a fenómenos en los que algunos insectos obtienen una gran ventaja numérica, como la cooperación en ataque para procurarse el alimento o la posibilidad de mejorar su escape defensivo frente a sus enemigos, el aumento poblacional conduce al incremento sostenido de la población, generándose un estallido de plaga de naturaleza eruptiva que se expande a medida que los insectos emigran a las áreas circundantes. Este comportamiento de naturaleza autoperpetuante, característico de algunos escolítidos perforadores de troncos, tiene consecuencias catastróficas y, de no ser frenado, ocasiona la muerte del arbolado en amplias zonas.

Es usual que las especies que pueden presentar esta dinámica permanezcan durante largos periodos sin causar daños, reguladas establemente a baja densidad por los procesos habituales de competición por el alimento y por los enemigos naturales; sin embargo, si gracias a sucesos excepcionales —acción antrópica, perturbaciones ambientales— su población supera una determinada densidad, denominada umbral poblacional, entonces comienza a operar el mecanismo retropositivo descrito y sus poblaciones se disparan a niveles epidémicos hasta constituir las plagas forestales más peligrosas.

Las enfermedades de los árboles forestales

Como sucede con los insectos, existe también un notable número y diversidad de microorganismos que dependen de los árboles para su desarrollo. A pesar de su elevado número, muy pocos causan problemas patológicos a la vegetación forestal. Las enfermedades producidas por virus y micoplasmas poseen poca importancia forestal en comparación con algunas patologías de origen bacteriano, como el chancro del chopo o el fuego bacteriano de las rosáceas, o aquellas otras provocadas por nematodos, como el marchitamiento de los pinos por el nematodo de la madera del pino, o muy especialmente las debidas a los hongos, el grupo más numeroso de agentes patógenos forestales. Pese a las numerosas especies de hongos que existen, muy pocas actúan como parásitos de la vegetación forestal. La mayoría son saprofitos que compiten por la materia en descomposición del árbol en pie o en el suelo, o simbiontes como las micorrizas, que viven asociados a las raíces de los árboles, de los cuales extraen sustancias necesarias para su crecimiento, suministrando, a su vez, un aporte extra de agua y ciertas sales minerales. Estos grupos son fundamentales en el equilibrio y/o control biológico de los organismos parásitos.

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El pequeño gorgojo Pissodes validirostris, cuyas larvas parasitan las piñas de Pinus pinea, es causante cada año de pérdidas económicas en nuestras masas de piñonero en los arenales de Valladolid y Segovia.

Los hongos parásitos, y en general todos los organismos con este modo de vida, pueden infectar a plantas intactas, constituyendo el grupo de parásitos activos o primarios, como el hongo Cryphonectria parasitica, causante del chancro del castaño. Sin embargo, algunos hongos sólo pueden provocar infecciones en los árboles cuando estos están debilitados, siendo parásitos secundarios o de debilidad.

Entre los parásitos primarios se hallan los parásitos obligados, que únicamente pueden vivir parasitando, como Melampsora pinitorqua, la roya de la torcedura de las ramas de pino, y los parásitos facultativos, que poseen una fase parásita durante la cual provocan daños en el árbol, y otra saprófita en la que consumen los tejidos muertos del árbol atacado u otro material en descomposición cercano, como sucede con Ophiostoma novo-ulmi, el hongo de la grafiosis de los olmos.

Al igual que sucede con las plagas, las condiciones ambientales influyen considerablemente en la aparición de las patologías. La disponibilidad de materia muerta en descomposición puede aumentar el inóculo y la posibilidad de infección por ciertos parásitos facultativos; es el caso de Armillaria mellea al no retirar los árboles muertos por el hongo, o los tocones tras la infección. La existencia de organismos antagonistas de los patógenos que puedan competir por el mismo sustrato o sintetizar compuestos antibióticos o, incluso, parasitarlos, también influye en la aparición de las patologías, y por tanto en su control. Así, se ha visto como la micorrización de plántulas de pino con diversos hongos ejerce un efecto protector frente a patógenos de suelo como Fusarium moniliforme. Los factores abióticos, fundamentalmente la humedad y la temperatura, también poseen una gran importancia en el desarrollo de las micosis. Humedades excesivas en el ambiente y temperaturas moderadas son ideales para la aparición y desarrollo de patologías fúngicas. Sin embargo, la aparición de una determinada enfermedad no depende únicamente de la presencia del patógeno y de las condiciones ambientales. La eficacia de las defensas del propio árbol, bien constitutivas o bien inducidas como respuesta al patógeno, influirá también en gran medida en la superación de la enfermedad.

A diferencia de las plagas, el diagnóstico de las enfermedades suele presentar mayores complicaciones, debido al pequeño tamaño del parásito, o a la existencia de un comportamiento endófito que impide visualizarlo. Por ello, el diagnóstico de una enfermedad forestal requiere examinar cuidadosamente los síntomas causados por el patógeno en la planta. Estos síntomas pueden ser muy variados: necróticos —punteaduras, antracnosis, chancros, pudriciones—, hiperplásticos —tumoraciones, escobas de bruja, abolladuras, fasciación—, e hipoplásticos —ausencia de floración, aborto de frutos, clorosis—.

En ocasiones, como en el caso de los oidios o de las royas, es posible visualizar fácilmente los signos o estructuras del agente causante de la enfermedad —micelio, cuerpos de fructificación, esporas, etc.—. Ambos, síntomas y signos, permiten aproximarse al diagnóstico de muchas patologías, aunque su identificación definitiva únicamente puede realizarse en el laboratorio.

La salud de nuestros bosques: principales plagas y enfermedades

Entre las plagas y enfermedades forestales cabe distinguir aquéllas capaces de matar a los árboles, pudiendo amenazar con la desaparición de una especie en amplias zonas, y aquéllas que pueden ocasionar daños más o menos severos, bien de forma frecuente o sólo ocasionalmente. En los primeros casos debe hablarse de problemas fitosanitarios muy graves, cuyo control requiere el estudio continuado de sus poblaciones y precisa de una intervención para la recuperación del arbolado y la limitación de los riesgos.

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Las enfermedades más graves de nuestras choperas son causadas por los hongos Venturia populina y Marssonina brunnea. Ambos requieren una primavera muy húmeda, a lo que debe añadirse, en el caso del segundo, un principio de verano muy frío. Cuando se presentan estas condiciones, las superficies defoliadas alcanzan decenas de miles de ha. Más corrientes, pero menos dañinas, son la roya de los chopos, Melampsora allii-populina, que actúa sobre hojas en choperas con excesiva densidad, y la necrosis del floema Cytospora chrysosperma, en choperas muy decadentes por falta de agua.

Con frecuencia, los agentes nocivos que amenazan con eliminar una especie de nuestros ecosistemas son organismos exóticos, a los que nuestras especies forestales están inadaptadas al no haber evolucionado conjuntamente. Por ello, es muy importante considerar a los agentes nocivos potenciales que aún no están presentes en nuestros montes.

En estos casos el mejor tratamiento es la prevención para evitar su introducción, ya que su control y erradicación suele ser muy difícil y pueden llegar a afectar en forma de epidemia, como en el caso de los olmos tras la introducción de la grafiosis agresiva. En la actualidad, muchos de nuestros pinares corren este riesgo con el nematodo de la madera del pino —Bursaphelenchus xylophilus— causante de la mortal enfermedad del marchitamiento de los pinos, e introducido en Portugal a finales de los años 90.

Los organismos propios de nuestros ecosistemas forestales capaces de ocasionar daños en nuestros montes son de menor peligrosidad. En nuestros pinares la plaga más extendida es la procesionaria del pino —Thaumetopoea pytiocampa—, que provoca defoliaciones importantes en grandes superficies y puede extenderse varios miles de decenas de hectáreas tras varios años de inviernos suaves y secos. Pese a ello, y a los problemas causados por sus dardos urticantes, los daños ocasionados no son graves, ya que las larvas se alimentan de las acículas durante el reposo invernal, respetando las yemas que contienen el crecimiento del año siguiente, de manera que los árboles vuelven a brotar en la primavera.

Más graves son las defoliaciones provocadas durante el periodo vegetativo, pues afectan a la producción fotosintética, debilitándolo y propiciando la entrada de insectos perforadores y enfermedades. Entre los defoliadores estivales de pinares más importantes están Lymantria monacha, que provoca graves defoliaciones en pinares de Pinus sylvestris en el centro del verano, especialmente en los pinares de silvestre sorianos, y Diprion pini, un himenóptero que alcanza niveles de plaga en los pinares de silvestre del Sistema Central, con periodos muy irregulares y espaciados.

El elenco de insectos que se alimentan de acículas, provocando daños puntuales, puede completarse con los himenópteros Acantholida nemoralis, A. hyeroglyphica y Neodiprion sertifer; los curculiónidos Brachyderes suturalis y B.

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Entre las enfermedades, merece atención el síndrome de «La seca de los Quercus», un gravísimo problema que apareció ligado a la fuerte sequía de finales de los años 80 y principios de los 90; sus causas son muy complejas y no han sido completamente aclaradas, concurriendo un debilitamiento extremo del arbolado, el manejo de estos ecosistemas, y la infección por el hongo patógeno P. cinnamomi y otros agentes oportunistas como Hypoxylon mediterraneum o Diplodia sp.

Una especie potencialmente peligrosa es la cochinilla del tronco del pino resinero, Matsucoccus feytaudi, que hasta ahora no ha ocasionado graves problemas en Castilla y León, seguramente debido a la alta resistencia de las procedencias de pino resinero, pero que causa una gran mortalidad en muchas zonas de Francia e Italia. En nuestra comunidad son de mayor gravedad los perforadores de los pinos, entre los que destacan el curculiónido Pissodes castaneus y especialmente los escolítidos Ips sexdentatus, Ips acuminatus, Orthotomicus erosus, Tomicus piniperda y T. minor.

El primero coloniza preferentemente el arbolado joven que sufre algún tipo de estrés o debilitamiento, como sucede en épocas de sequías continuadas y en repoblaciones hechas sobre suelos muy pobres, consumiendo el floema del tronco y del cuello de la raíz y causando la muerte. Ips sexdentatus es el perforador de pinos que produce más daños, matando anualmente miles de árboles.

Sus focos suelen aparecer en los pinares afectados por el fuego, donde existen numerosos árboles cuyo floema intacto está listo para ser colonizado, permitiendo que las poblaciones se eleven rápidamente y se alcancen los umbrales de ataque epidémico. Ips acuminatus es frecuente en las masas naturales de pino silvestre del sur y del este de la región, y se ve favorecido por la presencia, durante el verano, de árboles debilitados derribados o cortados, por lo que una correcta gestión selvícola puede prevenir muchos de sus daños. Orthotomicus erosus es una especie menos agresiva, pero puede causar daños cuando se abandonan en el monte abundantes trozas frescas durante el verano. Tomicus piniperda, extendido por toda la región, y T. minor, exclusivo del pino silvestre, alcanzan niveles de plaga cuando sus poblaciones se reproducen sobre árboles cortados o derribados durante la primavera.

Otras plagas importantes de los pinares son los lepidópteros perforadores de brotes, Rhyacionia buoliana y R. duplana, que reducen el crecimiento en altura y provocan deformaciones en el porte, así como los perforadores de las piñas, Dyorictria mendacella y Pissodes vallidirrostris, que ocasionan serias pérdidas económicas en la cosecha de piñón. El grupo de agentes patógenos que afectan a nuestros pinares es más reducido, y pueden destacarse como enfermedades más frecuentes las causadas por los hongos Armillaria ostoyae, Sphaeropsis sapinea, Cronartium flaccidum y Thyriopsis halepensis.

El pequeño gorgojo Pissodes validirostris, cuyas larvas parasitan las piñas de Pinus pinea, es causante cada año de pérdidas económicas en nuestras masas de piñonero en los arenales de Valladolid y Segovia.

En nuestras choperas, las defoliaciones más graves son producidas por las orugas del lepidóptero Leucoma salicis, una especie de ciclo bivoltino que produce dos defoliaciones anuales —en primavera y en mitad del verano—, llegando a superar, en ocasiones, varias decenas de miles de hectáreas de choperas afectadas. Otro lepidóptero, Cerura iberica, y el crisomélido Melasoma populi, son también defoliadores importantes, aunque sus daños están más localizados. De los perforadores de los chopos, el más extendido es Paranthrene tabaniformis, que prolifera con la falta agua en las choperas durante el periodo vegetativo; en los años húmedos los daños son escasos, pero durante las sequías las superficies afectadas se multiplican.

Con menor relevancia, merecen ser mencionados el perforador Sesia apiformis y el minador de brotes Gypsonoma aceriana. Las enfermedades más graves de nuestras choperas son causadas por los hongos Venturia populina y Marssonina brunnea. Ambos requieren una primavera muy húmeda, a lo que debe añadirse, en el caso del segundo, un principio de verano muy frío. Cuando se presentan estas condiciones, las superficies defoliadas alcanzan decenas de miles de ha. Más corrientes, pero menos dañinas, son la roya de los chopos, Melampsora allii-populina, que actúa sobre hojas en choperas con excesiva densidad, y la necrosis del floema Cytospora chrysosperma, en choperas muy decadentes por falta de agua.

Los principales daños sufridos por los robledales y encinares de la región son debidos a los insectos defoliadores; las especies más importantes son Tortrix viridana, que destruye el brote de primavera y ocasiona serios problemas sobre Quercus pyrenaica cuando actúa en años muy secos, y Lymantria dispar, la lagarta peluda, una de las plagas forestales más difundidas y polífagas, que provoca cíclicamente serias defoliaciones en grandes extensiones que pueden llegar a muchos miles de ha, especialmente en la dehesa salmantina. De menor importancia, pero también notables defoliadores, son los lepidópteros Euproctis chrysorrhoea y Malacosoma neustria.

Entre las enfermedades, merece atención el síndrome de «La seca de los Quercus», un gravísimo problema que apareció ligado a la fuerte sequía de finales de los años 80 y principios de los 90; sus causas son muy complejas y no han sido completamente aclaradas, concurriendo un debilitamiento extremo del arbolado, el manejo de estos ecosistemas, y la infección por el hongo patógeno P. cinnamomi y otros agentes oportunistas como Hypoxylon mediterraneum o Diplodia sp.

Pero la pandemia forestal más grave ha sido la sufrida por los olmos, casi desaparecidos como árboles adultos debido a la propagación de la grafiosis agresiva, una enfermedad causada por el hongo Ophiostoma novo-ulmi y transmitida por los escolítidos del olmo (Scolytus sp.). Los escasos ejemplares notables que sobreviven son joyas biológicas que deben ser objeto de especiales cuidados para evitar su desaparición.

En resumen, entre los agentes que causan daños en nuestras masas forestales, los defoliadores, pese a ser los más aparentes, son los menos relevantes, ya que únicamente suponen un peligro para la supervivencia del arbolado en el caso de reiteradas defoliaciones completas, lo cual no suele suceder debido a la competición por el alimento y a la acción de los enemigos naturales. Los perforadores de troncos son especies muy peligrosas si alcanzan niveles poblacionales que les permiten un ataque agresivo sobre los árboles sanos, lo cual puede producirse debido a perturbaciones —sequías, incendios, vendavales, etc.—, un manejo selvícola inadecuado —debilitamiento por excesiva densidad— o actividades que supongan la presencia en el monte de numerosos árboles cortados durante el periodo de reproducción de estos insectos. Indudablemente, son los olmos y los castaños los árboles que más cuidados requieren ya que la expansión de la grafiosis agresiva, la tinta, y el chancro, amenazan con su desaparición.

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