ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – II

Ecología del bosque – Froilán Sevilla Martínez

El crecimiento

AtlasForestal_CastillayLeon_Bloque1_Página_087_Imagen_0002Los árboles crecen gracias a la acción de unos tejidos especiales llamados meristemas. Este crecimiento puede producirse en sentido longitudinal —alargamiento de ramas y raíces— y transversal —engrosamiento del tronco—. En muchas especies de las regiones no tropicales, ambos tipos de crecimiento pueden observarse gracias a sus efectos en las ramas, cuyos brotes anuales son fácilmente distinguibles, y en el tronco, cuya capa de madera queda perfilada con nitidez en el anillo de crecimiento.

El crecimiento de las plantas depende, fundamentalmente, de la disponibilidad de luz, agua, sustancias nutritivas y temperaturas adecuadas. Cuando estas condiciones dejan de ser óptimas, el crecimiento disminuye. En Castilla y León, las mejores condiciones para el crecimiento de los árboles se localizan en algunos de los valles periféricos de la Meseta del Duero, donde las precipitaciones son abundantes y las temperaturas relativamente suaves.

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Situaciones privilegiadas se dan en las zonas bajas o medias que vierten sus aguas al mar Cantábrico (valles de Mena, Valdeón y Sajambre), y también en El Bierzo y en el valle del Tiétar. Por el contrario, el crecimiento vegetal está severamente limitado en las zonas muy elevadas, con altas precipitaciones y temperaturas muy bajas, y en las zonas interiores, con precipitaciones escasas y fuertes contrastes de temperatura —elevada continentalidad—, que producen escasos periodos aptos para el crecimiento, debido al frío o a la sequía.

El crecimiento de los árboles en un sitio determinado no sólo depende de la edad y de la dotación genética sino también de las condiciones ambientales en que unos y otros se desarrollen.

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El crecimiento de los árboles en un sitio determinado no sólo depende de la edad y de la dotación genética sino también de las condiciones ambientales en que unos y otros se desarrollen. Las secciones de la imagen corresponden a dos árboles de la misma edad (28 años) y en el mismo sitio, pero con grandes diferencias en su desarrollo por la diferente condición de dominante y dominado

Las secciones de la imagen corresponden a dos árboles de la misma edad (28 años) y en el mismo sitio, pero con grandes diferencias en su desarrollo por la diferente condición de dominante y dominado.

El crecimiento se mide calculando la cantidad de biomasa producida por unidad de superficie; un estimador empleado con frecuencia es el cubicaje de madera producido anualmente por hectárea. En Castilla y León, oscila entre menos de 1 m3/ha, en los bosques más secos, y más de 15 m3/ha en aquellas plantaciones de chopo y pino radiata ubicadas en las zonas más favorables.

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Fases de desarrollo

Las fases de desarrollo son las sucesivas etapas por las que pasa una generación en la vegetación, desde su origen hasta la muerte de los últimos individuos. El inicio de una generación se produce tras la eliminación, por causas naturales o antrópicas, de la vegetación anterior.

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A continuación se produce un primer cierre del dosel en el que intervienen especies herbáceas, de matorral, arbustivas y arbóreas. Pronto, los árboles superan en crecimiento a las otras plantas y crean un nuevo dosel sobre las mismas, ensombreciéndolas. Lentamente, la importancia de este primer sotobosque decae hasta un mínimo, en el que se constata una desaparición de herbáceas y matorrales propios de medios despejados —heliófilas o pioneras— sin que se hayan instalado aún las estirpes adecuadas a las condiciones umbrías del bosque —tolerantes o nemorales—. Progresivamente, se desarrollan estas especies en el sotobosque, mientras los árboles del dosel superior siguen creciendo en altura hasta que ésta culmina; es entonces cuando se dice que han coronado.

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Después sobreviene la decadencia de estos árboles, ya maduros: su copa comienza a desintegrarse, lo que permite la liberación de un espacio que es aprovechado para crecer por los árboles más tolerantes situados bajo los primeros. En ocasiones, antes de que los árboles pertenecientes a la generación inicial hayan entrado en clara decadencia, el dosel superior es alcanzado por árboles más jóvenes. Finalmente se consuma el dominio de la vegetación correspondiente a generaciones posteriores, con la muerte de los últimos árboles que componían la primera generación.

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Los periodos comprendidos entre estos momentos clave constituyen las fases de desarrollo, que se denominan de la siguiente forma:

  1. Ocupación: se ocupa el espacio vegetativo.
  2. Superación: los árboles superan en altura al resto de la vegetación.
  3. Expulsión: se eliminan las especies propias de medios despejados.
  4. Recuperación: se instala vegetación adaptada a las condiciones del sotobosque.
  5. Culminación: los árboles del dosel superior culminan su crecimiento en altura.
  6. Relevo: una nueva generación releva a los árboles del dosel superior.

Por supuesto, el bosque es un sistema en el que los diversos componentes están relacionados, por lo que cada fase de la vegetación ejerce una influencia determinante en el resto de los seres vivos, como los animales y los hongos.

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Las fases de desarrollo afectan más al hábitat de los animales y a otros componentes del ecosistema, que otras cuestiones que habitualmente se consideran, como la composición específica o el estadio de la sucesión. Por ejemplo, tanto la fase de ocupación como la de recuperación ofrecen alimento y refugio para los ungulados silvestres, mientras que la de expulsión se caracteriza por la pérdida de esas propiedades.

Las fases de desarrollo son la idealización de un proceso que ocurre tanto en bosques espontáneos como en repoblaciones.

Las fases son mucho más nítidas e identificables en las repoblaciones forestales que en los bosques espontáneos, debido a que, normalmente, son coetáneas y los árboles tienen una distribución más homogénea en el espacio; además, los bosques espontáneos tienen habitualmente una compleja historia en la que han intervenido renovaciones parciales, que distorsionan el carácter de las fases.

Un mosaico de ecosistemas – Juan Andrés Oria de Rueda Salgueiro

La Cordillera Ibérica

En la Cordillera Ibérica septentrional se encuentran elevadas montañas con cumbres, muchas de las cuales superan los 2.000 m de altitud, como las sierras de la Demanda, Neila, Urbión, Cebollera y Moncayo con las estribaciones menores de los Montes de Oca, Mencilla, etc. La gran elevación de estos promontorios, mucho más altos que los montes vascos y subcantábricos, permite durante el verano la llegada de masas de aire húmedo a sus umbrías. En estas orientaciones abundan las nieblas espesas en pleno periodo estival, que aportan grandes humedades y permiten el pujante desarrollo de comunidades oceánicas. Esta impronta eurosiberiana se expresa vivamente por la existencia de importantes hayedos en las umbrías, sobre todo en las sierras de la Demanda, Neila y Mencilla, entre los 900 y 1.700 m de altitud. En estos montes, mayoritariamente silíceos, abundan los extensos anabiales o arandaneras de Vaccinium myrtillus, e incluso puntualmente de anabia negra (Vaccinium uliginosum), ericácea propia de la tundra ártica y boreal, indicadora del ámbito húmedo eurosiberiano. También se localizan robledales albares de gran valor, como podemos admirar en los montes burgaleses de Palacios de la Sierra, Huerta de Arriba, Santa Cruz del Valle Urbión, etc., y en el norte de Soria por Arguijo y la Póveda de la Sierra.

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Potencialmente el roble albar (Quercus petraea) ocuparía un área mayor, como lo prueba el hecho de que se observen brinzales del mismo por toda la comarca pinariega, como en Vilviestre de los Nabos, Covaleda, Duruelo, Salduero, Navaleno, etc., ocupando los suelos frescos y profundos de los valles. Mayoritariamente, estos terrenos han sido transformados en prados de siega cerrados con setos, tan similares a los de la Región Eurosiberiana, mientras que el ganado pasta en los extensos pastizales ancestralmente utilizados por los ganados trashumantes.

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También el Sistema Ibérico cuenta con excelentes representaciones de hayedos (Fagus sylvatica), como éste de Montenegro de Cameros (Soria), que en la actualidad presentan una dinámica expansiva.

Extensos escobonales de Genista florida y Cytisus scoparius orlan los bosques caducifolios, mientras los brezales de brezo rubión (Erica australis), brezo blanco (Erica arborea) y biércol (Calluna vulgaris) visten amplias zonas antaño incendiadas repetidamente. Los grandes pinares albares de las estribaciones de los Picos de Urbión, Cebollera y Demanda ocupan la porción meridional de las montañas y se adueñan de las grandes extensiones del norte soriano y oeste burgalés. Constituyen un verdadero mar de pinos, formando una de las masas forestales, continua y natural, más extensa de la Unión Europea, con los afamados montes de Vinuesa, Covaleda, Pinar Grande, Canicosa, Vilviestre del Pinar, Navaleno, etc. En menor medida se localizan importantes acebales, como los sorianos de las estribaciones de Piqueras y Sierra Cebollera, y algunos abedulares de Betula alba, que llegan a descender por las riberas del Duero hasta más abajo de la ciudad de Soria.

En los terrenos silíceos, una amplia orla de robledales xerófilos de roble marojo (Q. pyrenaica) bordea la cordillera Ibérica septentrional entre los 900 y 1.600 m, sobre suelos más fértiles y evolucionados que las secas, drenadas, y ásperas tierras pinosas. No obstante, en las áreas de transición se forman bosques mixtos naturales donde el pino albar constituye el elevado dosel superior y el rebollar cubre el suelo como subpiso. En otros países, estas masas mezcladas con dosel superior de pinos e inferior de robles estoloníferos son muy frecuentes en bosques climácicos bajo clima mediterráneo o similar, como ocurre en las montañas de California, Nuevo Méjico, o Colorado, de Estados Unidos, o en las del oeste de Méjico.

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Robledal en Palacios de la Sierra (Burgos).

Mención especial merecen las acebedas que en el norte de Soria poseen algunas de las mejores masas de Europa.

Sobresalen las de Caragüeta o Gargüeta (Arévalo de la Sierra), Vizmanos, La Acebosa, el Collado, la Póveda de la Sierra, Oncala, Montenegro de Cameros, etc. Se trata de dehesas boyales de ancestral e intenso uso ganadero, en donde el acebo constituye la especie principal gracias a los usos forrajeros y al desbroce del resto de especies leñosas. También aparecen acebales de interés en las sierras colindantes de la Demanda (Huerta de Arriba, Tolbaños, Pradoluengo, etc.), Mencilla (Pineda de la Sierra), etc. 

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Abedules en Vinuesa (Soria).Todos los pies proceden de rebrotes de cepa tras corta o incendio.

La tierra pinariega de las estribaciones de Urbión

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Las condiciones climáticas de gran parte de las montañas del Ibérico son adecuadas para propiciar el dominio de bosques eurosiberianos del tipo taiga, con el pino silvestre (Pinus sylvestris) como especie dominante (en la imagen, pinar nevado en Regumiel de la Sierra, Burgos).

En el norte de Soria y su comarca limítrofe de Burgos se localiza una de las manchas boscosas de mayor entidad en España, la Tierra Pinariega de Urbión. En ella predominan los terrenos silíceos con areniscas y cuarcitas que dan lugar a suelos muy sueltos y de granulometría gruesa con abundancia de gravas y gravillas. Popularmente a estos suelos se les denomina tierras pinosas ya que, desde antiguo, en estos montes son hegemónicos los pinares albares y negrales. La pobreza del suelo y la continentalidad del clima les permite aventajar a las frondosas siendo raros los robles que con dificultad medran allí. El clima es más lluvioso y frío en las partes altas. En las estribaciones la sequedad ambiental es mayor, pero se mantiene la humedad en los fondos de vaguadas, umbrías y turberas.

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El pino albar (Pinus sylvestris) habitualmente rehúye los suelos calizos, aunque en la mitad oriental de la región hay magníficos ejemplos de pinares albares sobre calizas, como los del Pico del Grado en Segovia, La Sierra de Pela en Soria o diferentes localidades burgalesas como San Zadornil, Valle de Losa, Sierra de Tesla o Quintanar de la Sierra (en la imagen).

En los lugares desabrigados e inaccesibles, sobre conglomerados de areniscas y en las graveras inundables, los pinos no admiten competencia.

Los pinares negrales de Pinus pinaster son mucho más secos que los albares, y se distribuyen por las solanas y laderones secos y convexos desde los 1.000 a 1.600 m de altitud. Se cubren de subpiso de estepas negrales (Cistus laurifolius) y dilatados tapices de gayuba (Arctostaphylos uva-ursi), Erica cinerea, Halimium ocymoides, Tuberaria vulgaris, etc. Los pastos son vivaces de Agrostis castellana con especies de terófitos como Tuberaria gutatta, Aira caryophyllea, etc. Por doquier medra el biércol de escobas (Calluna vulgaris) y, de forma dispersa, se ven algunos brinzales de Quercus faginea, Q. ilex y Q. pyrenaica.

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Pino albar (Pinus sylvestris) y negral (Pinus pinaster) en Navaleno (Soria).

Los dilatados pinares albares ocupan ampliamente el territorio entre los 1.100 y los 1.900 m de altitud. En los niveles inferiores los montes de pino albar (Pinus sylvestris) ocupan las localizaciones más frescas y de umbría con el suelo tapizado con lastones (Brachypodium pinnatum) y otras gramíneas como Festuca ampla, así como diversas especies de ericáceas (Erica vagans, Erica arbórea y Erica australis), escasas leguminosas (Genista hispanica), y ejemplares dispersos de Salix salviifolia, Populus tremula y Populus nigra en los fondos. Entre las herbáceas proliferan Betonica officinalis, Agrostis capillaris, Brunella grandiflora, Plantago media, etc., así como los helechales, dominados por Pteridium aquilinum, pero con presencia de otras especies como Dryopteris filix-mas, Polystichum setiferum, etc.

En los trampales sensiblemente llanos de Pinar Grande, a unos 1.200 m de altitud, el pinar albar forma parte de las turberas arboladas. Aquí el drenaje se dificulta notablemente y bajo los pinos se extienden los esfagnos (Sphagnum inundatum), musgos que forman espesos tapices y que resultan el principal sustrato en la formación de la turba. Las escasas leñosas son Calluna vulgaris, Erica tetralix, Vaccinium myrtillus y Genista anglica. De forma dispersa se localizan los interesantísimos rodales de Myrica gale.

Más numerosas son las especies herbáceas propias de turberas como Carex nigra, Viola palustris, etc.

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El pino negro (Pinus uncinata) encuentra en las inmediaciones del pico del Castillo de Vinuesa (Soria) su única representación natural en nuestra Comunidad, en unos roquedos venteados que han permitido la supervivencia de la especie, eliminada en cambio del resto de su área de distribución original.

En los pinares altos, entre 1.500 y 1.900 m de altitud, el pinar albar ocupa todas las exposiciones, aunque en las umbrías altas y lluviosas de las localidades septentrionales, como Vinuesa, Covaleda, o Neila, el haya prolifera con vigor, regenerándose profusamente bajo el pinar y expulsando al pino a las solanas, laderas desabrigadas y riscos. Allí el pinar se asocia con jabino y piorno serrano, mientras que el pastizal se compone básicamente de Deschampsia flexuosa iberica. Digna de cita es la población relicta de pino negro (Pinus uncinata) que se encuentra en las inmediaciones del Pico del Castillo perteneciente a los montes de Vinuesa, en Soria. Vetustos ejemplares han perdurado en estos terrenos venteados y pedregosos, encontrándose actualmente en recuperación y extendiendo sus repoblados naturales por las vecinas tierras de la comunidad autónoma de La Rioja.

Aunque dominan arrolladoramente los pinares silicícolas, son de gran interés fitogeográfico los pinares albares calcícolas que se extienden por la raya limítrofe entre las localidades de Quintanar de la Sierra y Neila. Gracias a lo escabroso del terreno, se han conservado buenos rodales de pinos vetustos y monumentales enriscados en los laderones y roquedos calizos. En el reborde meridional  destacamos los pinares albares sobre calizas de Santa María de las Hoyas, así como los pinares pudios del entorno amplio del cañón calcáreo de Río Lobos. El pino pudio (Pinus nigra salzmannii) forma allí la más extensa masa natural de nuestra región, medrando vigorosamente sobre los mismos farallones. Desde hace unos 40 años, gracias a las medidas de protección y al abandono rural, se está recuperando.

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Pinar albar en Talveila (Soria).

El Moncayo, montaña silícea, aunque aislada y alejada del resto de las montañas ibéricas, mantiene una sorprendente variedad de pisos de vegetación. Al ascender desde el reseco valle del Ebro, en su base, hasta unos 750 m, se hallan los restos del bosque termófilo de Celtis australis con coscoja y Lavatera maritima, arbusto litoral de climas cálidos. Los encinares con romero cubren el piedemonte hasta unos 1.000 m. Al continuar la subida por la ladera moncáunica, sorprenden las lluvias y las húmedas nieblas estivales, que permiten perdurar los bosques atlánticos, representados por los hayedos con acebedas y saúco rojo, así como algunos rodales de roble albar y álamo temblón. Estos bosques caducifolios ocupan la umbría entre los 1.000 y 1.600 m. Por encima se desarrollan los matorrales alpinizados y los pastos cacuminales. En la segunda mitad del siglo XX se repoblaron importantes superficies de brezales con Pinus sylvestris y Pinus uncinata, especies que habrían quedado extinguidas en la Edad Media por el reiterado uso del fuego por los ganaderos.

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Pinar de pudio (Pinus nigra) en el Cañón del Río Lobos.

Los habitantes del bosque – Antonio J. Lucio Calero

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Problemas del bosque:

Domingo Villalba Indurria

Froilán Sevilla Martínez

Juan Alberto Pajares Alonso

Julio Javier Diez Casero

Jose Miguel Sierra Vigil

Un esbozo general: el concepto de «problema»

Determinar qué constituye un «problema» en el ámbito forestal no es tan evidente como frecuentemente se piensa.

No todos lAtlasForestal_CastillayLeon_Bloque1_Página_173_Imagen_0001os cambios que implican la eliminación de la vegetación existente suponen un problema, sino sólo aquellos que suponen superar ciertos umbrales que conducen a la degradación de los bosques, a veces con difícil recuperación. Como se ha expuesto, la renovación es totalmente necesaria para cualquier sistema vivo y sólo cuando los eventos renovadores se prodigan excesivamente llegan a constituir un problema. En general, la sociedad está mentalizada sobre la necesidad de conservar los bosques, pero su percepción sobre estos es a menudo simplista y no se corresponde con la realidad ecológica. Así, algunas actuaciones convenientes que se realizan en los bosques o afectan a los mismos, aparecen ante la sociedad como problemas de los bosques; en cambio, los grandes problemas ecológicos que vienen afectando y afectan a nuestras masas forestales —a su estado, su evolución y su extensión— no son percibidos como tales por la sociedad. De esta forma, una corta, aunque se encuentre perfectamente planificada y organizada según los principios ecológicos, es mucho más impactante que la contemplación de vacas o ciervos, aunque su población sea tan grande que impida la regeneración del bosque. En este último caso, el proceso de desaparición de la masa arbolada sucede de forma tan paulatina y poco espectacular que la sociedad difícilmente lo identificará como un problema. Por supuesto, esto no quiere decir que las cortas sean «buenas», o los ciervos «malos» —ni tampoco lo contrario—, sino que los problemas no provienen tanto del tipo de suceso como de sus características: intensidad, frecuencia y extensión, entre otras.

Se hace necesaria, entonces, una visión de los ecosistemas como sistemas dinámicos, porque lo peligroso no es el cambio, que en realidad es inherente a todo ecosistema, sino aquellos cambios que impiden su continuidad o lo alteran con resultados indeseables. Esto exige una auténtica revolución en nuestra percepción de los bosques y, muy en particular, en el modo que tienen los medios de comunicación y otros actores sociales de abordar estos problemas.

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Según la media de los datos correspondientes al decenio 1990-2000, cada año los incendios forestales arrasan más de 6.000 ha arboladas en Castilla y León, suponiendo sin duda el mayor peligro potencial para la conservación de nuestros bosques. En la imagen, el estremecedor incendio del Valle de Iruelas (Ávila), en 1995.

Los incendios forestales

Incendios forestales y tipos de incendio

Los incendios forestales constituyen un agente modelador del paisaje de gran capacidad. A partir del Paleolítico superior, el hombre comenzó a usar el fuego para aclarar la impenetrable vegetación y facilitar la caza, la ganadería o el cultivo de la tierra (Fernández, 1986). Pero el fuego no supone necesariamente una catástrofe ecológica en todos los ecosistemas. Las zonas afectadas periódicamente por el fuego según regímenes de recurrencia «naturales», conocen el desarrollo de un tipo de vegetación y fauna relativamente bien adaptados (Leroy, 1991). En algunos casos, podemos llegar a decir que el fuego es un factor de equilibrio ecológico, si la recurrencia de los incendios se mantiene en ciertos niveles.

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Los fuegos de copas son los de mayor virulencia, y resultan especialmente difíciles de detener por parte de los medios de extinción, como éste en un encinar leonés (Castrocalbón). En contra de lo que habitualmente se dice, los bosques densos de frondosas suelen ser tan combustibles como los de coníferas del mismo ámbito climático, pues las características del fuego no dependen tanto de la especie como de la estructura forestal, la situación de estrés hídrico de la vegetación o los factores meteorológicos puntuales extremos.

En la actualidad, no obstante, los incendios forestales constituyen el principal problema para la persistencia y mejora de los bosques de Castilla y León. Mientras en algunas zonas de la Comunidad son la amenaza de una catástrofe que puede ser pequeña a escala ecológica, en otras comarcas suponen un problema ecológico de primera magnitud, debido a su excesiva reiteración y al estado de las masas. Es el caso de algunas zonas de comarcas como Alta Sanabria, El Bierzo, La Cabrera o Las Merindades, donde el uso atávico del fuego ha llevado a la desaparición de la mayor parte de la cubierta arbórea, y a una degradación estructural y específica evidente en los retazos de bosque que aún perduran.

Se entiende por incendio forestal el fuego que se extiende sin control sobre combustibles forestales situados en el monte (artº 6 de la Ley 43/2003 de Montes). Es decir, todo terreno en el que vegetan especies forestales arbóreas, arbustivas, de matorral o herbáceas, sea espontáneamente o procedan de siembra o plantación, que cumplan o puedan cumplir funciones ambientales, protectoras, productoras, culturales, paisajísticas o recreativas.

En función de la parte de vegetación quemada, podemos distinguir entre incendios de suelo —son la mayoría; en ellos la propagación del fuego se produce por los matorrales, la vegetación herbácea o el sotobosque—, de copas — son los más virulentos, en que la propagación se produce a través de las copas de los árboles— o subterráneos.

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En algunas comarcas, el uso agropastoral atávico del fuego ha transformado los bosques de antaño en enormes extensiones de matorral de degradación como brezales o jarales, las únicas formaciones capaces de soportar una frecuencia tan elevada de incendios. En la imagen, incendio de brezales que a su vez son resultado de anteriores incendios, en El Bierzo (León).

Según la media de los datos correspondientes al decenio 1990-2000, cada año los incendios forestales arrasan más de 6.000 ha arboladas en Castilla y León, suponiendo sin duda el mayor peligro potencial para la conservación de nuestros bosques. En la imagen, el estremecedor incendio del Valle de Iruelas (Ávila), en 1995.

Según el tipo de vegetación afectada se diferencia entre incendios de pastos y herbáceas, incendios de matorral —superficies desarboladas— e incendios de superficie arbolada —en masas arboladas con fracción de cabida cubierta superior al 20%—. En el caso de los matorrales y los pastos, los efectos ecológicos de su quema son directamente proporcionales al periodo de recurrencia, generándose siempre un mecanismo de adaptación de las plantas al fuego. En el caso de las superficies arboladas, el grado de afectación puede variar mucho según las especies afectadas y las características del incendio. A su vez, éstas dependen fundamentalmente de la velocidad de propagación, la reserva de humedad en los combustibles y en el suelo, la continuidad vertical y horizontal del combustible, y el tipo de vegetación. De esta forma, podemos encontrar desde paisajes vegetales que aparecen totalmente recuperados en el siguiente periodo fenológico, hasta superficies donde se hace necesario emprender acciones restauradoras.

Los fuegos de copas son los de mayor virulencia, y resultan especialmente difíciles de detener por parte de los medios de extinción, como éste en un encinar leonés (Castrocalbón). En contra de lo que habitualmente se dice, los bosques densos de frondosas suelen ser tan combustibles como los de coníferas del mismo ámbito climático, pues las características del fuego no dependen tanto de la especie como de la estructura forestal, la situación de estrés hídrico de la vegetación o los factores meteorológicos puntuales extremos.

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Brigada de vigilancia contra incendios forestales.Valsaín, hacia 1940.

El fuego como factor ecológico

El fuego, como elemento natural, es un factor más de entre los que definen la estación, y ha contribuido, desde siempre, a la distribución y selección de las especies, a la composición de las formaciones vegetales y a la estabilidad, alternancia y sucesión de sus etapas. En muchos casos es, incluso, necesario para la multiplicación de ciertas especies y la regeneración de sus formaciones (Ruiz del Castillo, 2000), si bien, como ya se ha indicado, el uso excesivo del fuego por parte del hombre ha supuesto la desaparición o la degradación de la mayor parte de nuestra cubierta forestal.

En algunas comarcas, el uso agropastoral atávico del fuego ha transformado los bosques de antaño en enormes extensiones de matorral de degradación como brezales o jarales, las únicas formaciones capaces de soportar una frecuencia tan elevada de incendios. En la imagen, incendio de brezales que a su vez son resultado de anteriores incendios, en El Bierzo (León).

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Los efectos del fuego sobre los montes distan mucho de ser fáciles de comprender. Aparentemente, su efecto es sencillo: elimina la vegetación reduciéndola a cenizas. Sin embargo, las secuelas ecológicas son sumamente variadas en función del tipo de incendio, su intensidad, frecuencia y extensión. También pueden influir otras características del incendio: la época del año, las condiciones meteorológicas, el tipo de vegetación afectada, la forma de la zona quemada, o las condiciones del medio geoclimático.

Todas estas variables, y alguna más, determinan, en combinación con otros posibles eventos renovadores, infinidad de tipos de reacciones en los ecosistemas, algunas aparentemente paradójicas. Por ejemplo, un incendio repetido cada 60 años, puede servir para perpetuar un bosque de Quercus pyrenaica o de Pinus pinaster; sin embargo, este bosque puede desaparecer tanto si no se producen nunca incendios como si estos son excesivamente frecuentes. En este caso, si cesasen los incendios, y el clima lo permitiese, otras especies —por ejemplo, Quercus petraea— sustituirían progresivamente a las primeras; en cambio, si la frecuencia de incendios se elevara por encima de lo admisible para su pervivencia, terminarían por dejar paso a formaciones de matorral, adaptadas a periodos de recurrencia más breves.

Respuestas de la vegetación a los incendios forestales

El fuego es un factor ecológico tan antiguo como la vegetación terrestre. En consecuencia, las plantas de zonas sometidas a incendios periódicos han evolucionado hasta desarrollar características útiles para su subsistencia en el medio, siempre que aquellos no se repitan excesivamente.

En este sentido, los principales tipos de comportamiento de la vegetación son los relacionados con la resistencia pasiva y con las estrategias de perpetuación, ya sean resistentes —bancos de regeneración vegetativa o rebrote— o resilientes —bancos de semilla—.

En cuanto a la resistencia pasiva, muchas especies han desarrollado características que les permiten evitar los daños por fuego si los incendios no son muy intensos.

Sirvan para ilustrar este comportamiento la corteza corchosa del alcornoque (Quercus suber), o las gruesas cortezas, y la forma, de la mayor parte de los pinos y de otros muchos Quercus. Algunas características de la vegetación pueden ser favorables para resistir el fuego aunque estén motivadas por causas que, en principio, poco tienen que ver con los incendios, como el gran tamaño, la tendencia a crecer verticalmente, la densa sombra que elimina el sotobosque y la autopoda. Estas últimas sirven para crear una discontinuidad vertical, de forma que no afecten los fuegos de suelo. Otras características favorables son las yemas gruesas, como en muchos pinos; la protección de las yemas apicales por las hojas verdes, como en algunas monocotiledóneas; o el alto contenido en sales, que dificulta la combustión, como por ejemplo Tamarix.

Muchas especies son capaces de rebrotar, tanto de tronco como de cepa o de raíz. El fuego es capaz de matar la parte aérea de la vegetación, total o parcialmente; sin embargo, hay que tener en cuenta que, en un incendio, la temperatura disminuye rápidamente a medida que profundizamos en el suelo, de forma que, normalmente, sólo afecta a la parte superior de las raíces. Cuando la vegetación puede rebrotar de raíz o de cepa, aunque la parte aérea muera el individuo persiste gracias al rebrote. La capacidad de rebrote, en líneas generales, es propia de las frondosas, y muy pocos pinos la poseen. Entre las frondosas hay grandes diferencias, existiendo verdaderos «especialistas» en rebrotar, como las especies del género Quercus, en especial los rebollos. Muchos matorrales poseen también esta capacidad, destacando, por su vigoroso rebrote, el brezo.

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Algunas especies poseen un banco de semillas capaces de preservar su viabilidad tras el incendio y de germinar cuando el fuego ha eliminado la vegetación competidora. Este tipo de comportamiento es típico de los pinos, entre los que destacan, por su especial adaptación, Pinus pinaster y Pinus halepensis (Tapias et al., 2004). Igualmente, muchos matorrales, como las jaras, sustentan sus posibilidades de supervivencia en la regeneración por semilla tras el fuego. Una serie de mecanismos colabora para lograr el éxito a través de dicho comportamiento: Producción temprana de semilla. Por ejemplo, los pinos negrales de la Sierra del Teleno (León), especialmente adaptados a los incendios forestales, comienzan su fructificación a la temprana edad de 5 años.

Gran producción de semillas, posibilitando una mayor disponibilidad.

Persistencia del banco de semillas, manteniendo su viabilidad —capacidad para producir una nueva planta—. En los pinos, sobre todo en el carrasco y en algunas procedencias del negral, las piñas se mantienen en el árbol durante muchos años, liberando los piñones de forma muy lenta, salvo en caso de incendio —piñas serótinas—.

Semillas protegidas del fuego, ya sea por estar rodeadas de órganos o tejidos que las protegen, como es el caso de los pinos al estar los piñones encerrados en las piñas, o bien por hallarse enterradas, como sucede con muchos matorrales —brezos, jaras y leguminosas—, y herbáceas.

Germinación estimulada por las altas temperaturas asociadas al incendio, hecho que sucede tanto en pinos como en matorrales pirófitos, como los brezos.

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