ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN – I

ATLAS FORESTAL DE CASTILLA Y LEÓN

En el año 2007, la Junta de Castilla y León publicó en tres volúmenes, un extenso y completo Atlas Forestal de la comunidad autónoma abarcando temas como el pasado, presente y futuro de nuestros bosques. La obra se puede descargar en pdf y completa de manera gratuita de la biblioteca digital de Castilla y León, siendo muy recomendable su lectura.

A pesar de abarcar toda la geografía castellano leonesa, en muchas partes de la misma se habla de nuestros montes de la zona de Soria-Burgos, y son las parte que voy a tratar de compartir con todos vosotros.

Como he indicado anteriormente la obra está compuesta por más de 1000 página con gran profusión de grabados, dibujos y fotografías por lo que la he dividido en varios capítulos, los cuales iré publicando consecutivamente para facilitar su lectura a lo largo de los próximos días.

Al final de toda la publicación, compartiré con todos vosotros los enlaces donde podréis encontrar la obra completa por si es de vuestro interés

Estas son las referencias a Covaleda y a la zona de pinares Soria-Burgos encontradas en esta fenomenal publicación de la Junta de Castilla y León.

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  1. EL BOSQUE ACTUAL – Francisco Javier Ezquerra Boticario (coordinador)

1.1. El medio físico – Valentín Cabero Diéguez

Las áreas montañosas y serranas: el complicado relieve de los bordes regionales

Algo más de 35.000 km2 de la superficie regional son calificados, por razones topográficas —pendientes próximas o superiores al 20%, desniveles cercanos o mayores a los 600 m dentro del ámbito municipal, altitudes por encima de los 1.000 m—, como áreas de montaña o con características análogas. Son circunstancias que convierten un porcentaje elevado del espacio regional en terrenos abruptos y fragosos, difíciles, por tanto, para ser labrados y trabajados, lo que no impidió en el pasado su ocupación por una agricultura de subsistencia, «usando de extraordinario esfuerzo y cultura» según palabras de los campesinos recogidas en el siglo XVIII en el Catastro de Ensenada.

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Mapa litológico de Castilla y León. Fuente: Atlas del Territorio de Castilla y León (Junta de Castilla y León, 1995)

Salvo en el sector occidental, un anillo montañoso de relieves más o menos enérgicos, cuyas líneas de cumbres se elevan normalmente por encima de los 1.300-1.500 m y rebasan incluso los 2.000 m, envuelve la región. A los rasgos comunes que se derivan de la alternancia de sierras y valles o de la desigual exposición —solanas y umbrías o abesedos—, el reborde orográfico y las áreas de montaña nos muestran características geomorfológicas y bioclimáticas extremadamente ricas y complejas, que se reflejan en una toponimia bien expresiva: Valcárcel, Aravalle, Valdivielso…

Los contrastes son particularmente visibles en las vertientes septentrionales y meridionales del Sistema Central, suaves hacia el Norte y desplomándose bruscamente hacia el mediodía, donde las piezas hundidas del relieve y la red fluvial encajada favorecen unas condiciones termófilas y a la vez precipitaciones abundantes de marcado carácter orográfico. Los paisajes del valle del Tiétar o del Alagón lo expresan con elocuencia en sus ropajes al tiempo subatlánticos y mediterráneos. En la otra cara, los huecos y concavidades excavadas en las rocas graníticas por el modelado glaciar o las cumbres nevadas de las sierras de Gredos, de Guadarrama o de Béjar, mirando hacia septentrión, conforman un contrapunto morfológico tapizado por abundantes bosques y pastizales de indudable valor ambiental.

Configuran áreas serranas no menos significativas, aunque por su lejanía sean quizá más ignoradas, los relieves escarpados y los paisajes naturales del Sistema Ibérico que abrazan la región por su parte oriental. La erosión glaciar o la disección fluvial han impreso también huellas vigorosas en los Picos de Urbión, en las nacientes del Duero, o en las cabeceras de los afluentes que, desde la Sierra de la Demanda o la Sierra del Moncayo, se dirigen al río Ebro. A los espacios serranos desolados y fríos se contraponen aquí ámbitos ocupados por bosques de entidad ecológica y económica sobresaliente como los pinares.

El largo muro de la Cordillera Cantábrica ofrece, desde la montaña occidental leonesa hasta las montañas de Burgos, una diversidad de relieves y de paisajes poco común, que

encuentra en los Picos de Europa su símbolo más reconocido; no en vano en el corazón de sus gargantas, «foces» y lagos se delimitó el primer Parque Nacional del país, en 1918. Las herencias del modelado glaciar y cárstico se ven enriquecidas y complicadas por la acción eficaz de las aguas sobre las calizas y sobre otras rocas antiguas en cuyas entrañas se guardan riquezas minerales cuya explotación ha transformado radicalmente el paisaje, sobre todo en las cuencas carboníferas. El contacto de los relieves inversos de Las Loras y de las montañas de Burgos con los materiales terciarios introduce matices ecológicos de especial significado geográfico, reflejándose bien en el tapiz vegetal, más mesoxerófilo a medida que nos alejamos de los valles húmedos de la cordillera.

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Las diferentes aptitudes del terreno en función de la configuración de su relieve han motivado desde hace cientos de años el estudio de sus formas. En el caso de este mapa de Pancorbo, en Burgos, “Plano de la montaña de Santa Engracia”, realizado en 1795 (Servicio Geográfico del Ejército, Real Chancillería de Valladolid).

 

Tal variedad se manifiesta con igual sentido en las Montañas Galaico-Leonesas que delimitan la región por el noroeste: cumbres y sierras de elevada altitud (Sierra de Ancares, Sierra de Gistredo, Montes Aquilanos y Sierra del Teleno, Peña Trevinca y Sierra de la Cabrera) alternan sus perfiles rudos o sus crestas nevadas con valles fragosos como los labrados por el río Bibey o el río Cabrera.

Las bellas formas esculpidas por el retoque glaciar sobre las rocas graníticas, las cuarcitas o las pizarras tienen en el Lago de Sanabria y en el entorno de su Parque Natural un modelo de valía científica y didáctica incomparable. Por su parte, los relieves apalachenses de la Sierra de La Culebra y sus formas de contacto con las penillanuras y llanuras nos descubren ejemplos de paisajes de transición adornados con quejigos y rebollos y con algunos sotos de castaños. Asimismo, es necesario subrayar el microcosmos natural que forman la Hoya del Bierzo y la trama fluvial del Sil dentro de estos bordes montañosos.

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No resultaron ajenas al glaciarismo las altas cumbres del sistema Ibérico soriano y burgalés; buena prueba de ello es la Laguna Negra de Urbión (Soria), en cuyo fondo, según Machado, yacen Alvargonzález y sus hijos: esa «laguna insondable» de «agua transparente y muda» rodeada de «un enorme muro de piedra».

Principales especies forestales

Juan Andrés Oria de Rueda Salgueiro

Coníferas

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Mapa de cuencas hidrográficas. Fuente: Plan Forestal de Castilla y León (2002).

Las masas de coníferas cubren grandes extensiones de los espacios forestales de la Comunidad de Castilla y León.

Predominan en ellas de forma dominante los pinos de varias especies (albar, negral, piñonero y pudio), así como distintos enebros y, en último lugar, los relictos tejos.

Extensas comarcas de las provincias de Segovia, Burgos, Soria y Ávila, vienen siendo denominadas, histórica y tradicionalmente, «Tierra de Pinares». La considerable extensión que abarcan tiene su razón de ser en un conjunto variado y singular de factores. Se trata de montes formados por especies arbóreas autóctonas que de forma natural cubren amplias superficies. Como ha demostrado la paleobotánica mediante el análisis de pólenes y restos de madera y piñas, en tiempos prehistóricos los pinos formaban bosques de extensión considerable, tanto en zonas de llanura seca (Valladolid, Segovia y Ávila) como en las altas montañas (Soria, Burgos, León, Zamora y Salamanca), en una proporción mucho mayor que la actual. De hecho, se han extinguido de ciertas comarcas de Castilla y de León donde hace unos 5.000 años eran dominantes, e incluso hay zonas donde los pinos fueron devastados por el hombre hace apenas unos siglos. Las coníferas de diversas especies forman parte de la vegetación potencial de muchas zonas de Castilla y León, conformando algunos de sus más valiosos espacios forestales: pinares de Urbión; Tierra de Pinares segoviana y abulense; pinares de Valladolid; enebrales de Burgos, Segovia, Soria, Palencia, Zamora, etc.; tejedas de Palencia, León y Zamora, etc.

Su madera, leña y frutos han sido aprovechados desde tiempos muy antiguos.

En condiciones extremas de suelo y clima, los pinos tienen una significación particular en el paisaje vegetal. Se trata de especies muy frugales, capaces de subsistir en secos y sueltos arenales de duna continental, pedregales e incluso sobre las mismas grietas de la roca, como podemos admirar en los pinares altos de Urbión (Soria y Burgos), el pinar pudio de Río Lobos (Soria y Burgos), en los berrocales de Gredos (Ávila), en las risqueras de Oña (Burgos) o en el «peñeu» del Teleno (León). Esta capacidad de resistencia es verdaderamente admirable e ilustra el papel de iniciadores en el proceso de formación de los suelos. El pino albar en Soria lo mismo crece en una roca arenisca paupérrima que en un pantano turboso permanentemente encharcado, lo que le confiere una ventaja muy marcada cuando el clima es duro y adverso. Además, poseen una gran capacidad de adaptación a la continentalidad del clima. La abundancia de resinas y aceites esenciales en sus tallos, yemas, y acículas, los hace muy resistentes a los cambios repentinos de temperatura y a las oscilaciones de vientos fuertes, así como a las heladas tardías de primavera.

Las frondosas sufren muchísimo los hielos de mayo, pues sus brotes se queman y se destruyen sus plántulas, mientras que a los pinos parecen no afectarles semejantes perturbaciones. Las oscilaciones fuertes de temperatura y humedad pueden anular la germinación de las bellotas de encinas y robles y provocar la muerte de sus plántulas, mientras los pimpollos y jóvenes enebros lo resisten perfectamente.

Finalmente, el hecho de que los pinos crezcan con una cierta rapidez desde sus primeros años también les concede una gran ventaja en muchas comarcas de la región donde el clima es extremo.

Otras coníferas se desarrollan en nuestra Comunidad, entre las que destacan el tejo (Taxus baccata) y nuestros dos enebros arbóreos: el de incienso (Juniperus thurifera) y el de la miera (Juniperus oxycedrus). De menor talla, arbustiva o rastrera, y sin formar bosques, son el enebro común, jabino, sabino o esqueno (Juniperus commmunis), el enebro de risco o grojo romero (Juniperus phoenicea) y el enebro corveño (Juniperus sabina).

El pino albar o silvestre (Pinus sylvestris)

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Los viejos ejemplares de pino albar (Pinus sylvestris) alcanzan grandes tallas y siluetas especialmente hermosas, en cuyas copas destaca el color asalmonado de su corteza. En la imagen, gran pino albar en Covaleda (Soria).

El pino albar o de Valsaín también se llama en Ávila pino blanquillo o pino serrano, y en leonés pinu roxu o pinu velandón. Sus masas poseen un valor protector elevado y sirven de refugio o lugar de nidificación a numerosas especies de animales amenazados como el oso pardo, el lobo y el urogallo, rapaces diversas, etc. Sus troncos, a menudo cilíndricos, esbeltos y rectos como velas, alcanzan los 40 m de altura y más de 1 m de diámetro; por contra, en los collados y montañas sometidos a fuertes vientos, toman un curioso porte en bandera. Su característica corteza asalmonada en la porción superior y su copa verde azulada contrasta con los pastos y las cumbres de nuestra tierra. Entre rastreros jabinos y piornos serranos el pinar de altura es agreste y de paisaje grandioso, llegando a vivir a más de 2.000 m de altitud.

Florece en primavera y las inflorescencias masculinas producen enormes cantidades de polen «lluvia de azufre», en la popularmente llamada «cierna», porque es como si cerniese harina fina y polvorienta. Los caminos y las charcas llegan a cubrirse de una capa amarilla, tal es la profusa cantidad de polen. Este dorado manto sirve de alimento a numerosos animales, desde insectos a renacuajos, que lo aprovechan cual suerte de maná forestal. Las piñas miden de 3 a 6 cm de longitud, son de color pardo amarillento, mates, y de escamas poco prominentes. Maduran en el segundo otoño y los pájaros aprovechan sus pequeños piñones a finales de otoño e invierno. Las piñas suelen abrirse en los días luminosos, llamados «veranillos», que siguen a las nevadas invernales y sueltan sus semillas que caen sobre la nieve para gozo de ratones de campo y pequeñas aves. El pino comienza a producir las primeras piñas a los 12 años de edad, y a producir abundante semilla a los 25 años si está aislado, o a los 40 en los pinares densos.

El pino albar es la especie de su género de área mundial más amplia, formando bosques desde Siberia Oriental hasta la Península Ibérica. Sus poblaciones más meridionales se encuentran en España. En nuestro país ocupa las áreas montañosas de la mitad septentrional, especialmente en el Sistema Central e Ibérico, Pirineos y más localmente en la montaña cantábrica, Levante y Sierra Nevada. En Castilla y León ocupa unas 230.000 hectáreas, constituyendo en general la vegetación arbórea de mayor nivel evolutivo que se puede instalar en las zonas de mayor altitud. Las principales extensiones se encuentran en nuestra orla montañosa, entre los 1.000 y 1.800 m en las provincias de Burgos, Soria y Segovia. Hay también algunas masas naturales relictas en la Cordillera Cantábrica, como el pinar de Lillo en León y el de Velilla del Río Carrión, en Palencia.

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En el pasado, este pino ocupaba amplias superficies en las altas montañas, pero el uso continuado del fuego lo hizo desaparecer de considerables extensiones de la Montaña Cantábrica, Sistema Ibérico y Central.

Durante el invierno, en las más elevadas y frías sierras de Castilla, como en Urbión y Guadarrama, las ventiscas son constantes y los árboles parecen librar una batalla permanente con los hielos cortantes, mientras los gélidos vendavales intentan barrerlos de collados y picachos. En estas ariscas alturas el esbelto y frugal pino albar o de Valsaín (Pinus sylvestris) es el verdadero rey de la montaña y el «líder» indiscutible de las demás especies arbóreas en estos lares. De hecho, forma las grandes comarcas forestales de las estribaciones de los sistemas Ibérico y Central, dando su particular fisonomía a las altas tierras pinariegas carpetanas (Valsaín, Navafría y Peguerinos), y a las soriano-burgalesas (Vinuesa, Covaleda, Pinar Grande, etc.).

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Carreta pinariega en Vilviestre del Pinar (Soria).

En Burgos destacan las masas de Quintanar de la Sierra, Canicosa, Vilviestre del Pinar, Regumiel, Neila, y Valle de Valdelaguna, entre otras. Esta masa forestal continúa por la provincia de Soria en los dilatados montes de las tierras pinariegas de las estribaciones del Urbión por Vinuesa, Covaleda, Duruelo, Navaleno, San Leonardo de Yagüe, etc. Este es uno de los bosques más extensos de Europa; destaca su color verde oscuro a vista de satélite y ocupa terrenos silíceos y sueltos, incluso en bordes de turberas, como las de Pinar Grande, con relictas poblaciones del laurel de trampal (Myrica gale). En el entorno del río Lobos (Burgos y Soria) crece también sobre calizas, como por Santa María de las Hoyas, asociado al pino pudio.

También en la provincia de Burgos se extienden grandes repoblaciones por la Demanda y montes de Oca. En segundo lugar prospera esta especie en el alto Ebro por los extensos bosques de San Zadornil y Valle de Losa que se extienden lo mismo en terrenos silíceos que en calizos, llegando a mezclarse con castañares, abedules, carrascas, bortos o madroños, quejigos, coscoja, etc.

Existen masas naturales relictas de pino albar sobre calizas en ambiente seco y mediterráneo en el sur de la provincia de Soria (Sierra de Pela) y el colindante sureste de Segovia (Grado del Pico) de gran valor fitogeográfico y con buen estado de regeneración.

En la provincia de Segovia son emblemáticos los extensos pinares de la Sierra de Guadarrama, especialmente los muy renombrados de Valsaín, Navafría y El Espinar. Existen, además, curiosas masas en la llana Tierra de Pinares de Segovia por Cuéllar a 820 m de altitud, así como también en la ribera del río Cega. El topónimo se llama «los Valsaínes» debido a la existencia de este pino. Se cree que es una población relicta, recuerdo del periodo inmediatamente posterior a la última glaciación, con clima más húmedo y frío —periodo boreal y atlántico—, en el que este pino se hallaba mucho más extendido en nuestra región. En la provincia de Ávila sobresalen los extensos pinares de Peguerinos y el más pequeño de Hoyocasero pero de gran valor botánico y faunístico.

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Pinar albar con gayuba. San Leonardo de Yagüe (Soria)

En Palencia existe un pinar albar natural situado en Peña Mayor, en Velilla de Carrión. En la provincia de León se encuentra el famoso pinar de Cofiñal o de Lillo, resto de los extensos pinares que cubrieron las montañas cantábricas meridionales, atestiguados por la abundancia de topónimos como Riopinos, Pinos, Pineda, Pinal y Piñeu.

En este siglo se han realizado muy extensas repoblaciones en numerosas zonas, como los páramos leoneses y las comarcas zamoranas de La Sanabria y La Carballeda.

Los pinos albares forman montes dilatados entre los 1.000 y 1.900 m de altitud. En los tramos de la mitad altitudinal inferior, es decir, hasta los 1.500 m, suele mezclarse con un sotobosque de roble marojo (Quercus pyrenaica) y su orla arbustiva acompañante de escoba negra, estepas negrales, etc. Desde los 1.600 a 1.900 m constituye masas monoespecíficas de auténtico pinar serrano con subpiso de matorral consistente en piornos serranos (Cytisus purgans), cambroños (Adenocarpus hispanicus), jabinos rastreros (Juniperus communis alpina), así como brezos (Erica vagans, E. australis, E. arborea y E. Umbellata) y anabias (Vaccinium myrtillus y Vaccinium gaultherioides).

La madera del pino albar es de gran calidad. Posee duramen rojizo y albura blanca, muy apreciada en construcción y carpintería. Sus fustes rectos se emplearon para los mástiles de los barcos, así como para postes de teléfonos y electricidad. Resulta espeAtlasForestal_CastillayLeon_Bloque1_Página_045_Imagen_0002cialmente apreciada la madera de Valsaín y Urbión para carpintería y ebanistería fina, así como la de San Zadornil, en Burgos. Se emplea, también, para contrachapado y fabricación de pasta de papel. En general, las maderas de zonas pendientes, altas y frías, poseen crecimientos homogéneos y delgados y resultan más apreciadas que los de tierras más bajas. En la histórica Tierra de Pinares soriana y burgalesa la construcción de carretas adquirió desde la Edad Media un valor estratégico, labró la prosperidad de la comarca y supuso la conservación de una riqueza forestal enorme y un paisaje natural admirable. Hasta hace apenas 40 años se transportaba un gran volumen de madera en carretas de bueyes desde Hontoria del Pinar y otras localidades pinariegas, hasta Palencia, Valladolid y Zamora. En los pueblos de la tierra pinariega de Soria se edificaban tainas o refugios de pared de madera, así como las típicas empalizadas de tabla para el ganado y para almacenes de gran duración.

El tejo (Taxus baccata)

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El follaje verde oscuro del tejo (Taxus baccata) es venenoso para muchos animales, y de lejos da al árbol un característico color negruzco. La cubierta carnosa de los rojizos frutos, llamados arilos, es apetecida por multitud de aves.

A menudo asociado a un halo de misterio, el tejo (teixu o texu, en leonés) es un árbol emblemático de copa oscura, caracterizado por sus hojas aciculares aplanadas y sus ramillos y yemas verdes. Los ejemplares femeninos producen los arilos, recubiertos de una sustancia carnosa de color rosado. Se trata de una especie relicta que abundó notablemente en el Terciario pero que en pocos lugares forma masas apreciables, denominadas tejedas. En la orla montañosa de Castilla y León se localizan la mayor parte de las tejedas de interés de la Península Ibérica, sobre todo en los montes cantábricos y subcantábricos. Las mejores tejedas, formadas por árboles seculares y aún milenarios, se localizan en Zamora (O Teixedelo de Requejo de Sanabria y el Teixadal del alto Tera), León (Laciana, Riaño, Ancares, etc.), Palencia (Valle de Tosan- de y Castillería, entre otros), Burgos (Merindades, Valle del Arlanza, Demanda, etc.), Segovia (Guadarrama y Ayllón), y Ávila (Iruelas, alto Tiétar).

El tejo es uno de nuestros árboles de mayor interés, y el que alcanza mayor longevidad. Aparece salpicado o en pequeños rodales en el seno de los bosques mejor conservados, y puede alcanzar dimensiones enormes, como éste de Rioscuro (León).

La defensa frente a los incendios que representan los canchales o lleras supone también un refugio para el tejo, que en ocasiones encontramos salpicado en estas formaciones, en este caso en Las Batuecas (Salamanca).

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La defensa frente a los incendios que representan los canchales o lleras supone también un refugio para el tejo, que en ocasiones encontramos salpicado en estas formaciones, en este caso en Las Batuecas (Salamanca).

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El tejo es uno de nuestros árboles de mayor interés, y el que alcanza mayor longevidad.Aparece salpicado o en pequeños rodales en el seno de los bosques mejor conservados, y puede alcanzar dimensiones enormes, como éste de Rioscuro (León).

El rebollar de roble marojo (Quercus pyrenaica)

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Llamado en leonés “marfueyo”, el rebollo o roble (del país) puede alcanzar notables dimensiones. Éste hermoso ejemplar, situado a la vera del Camino de Santiago a su paso por Rabanal del Camino (León), ha cobijado bajo su densa sombra a millares de peregrinos

Se trata de un roble de hojas grandes, aterciopeladas y profundamente lobuladas, con un color característico debido a la profusa pilosidad grisácea. A menudo, en invierno, permanece la hoja seca en el árbol, especialmente en los brotes más bajos, lo que se denomina marcescencia.

Cubre grandes extensiones en los terrenos silíceos de toda la orla montañosa de la región desde los 800 m hasta los 1.800 m de altitud, especialmente páramos detríticos y laderas pedregosas. Puede alcanzar una altura de más de 30 m, aunque a menudo constituye montes bajos muy densos o rebollares gracias a la AtlasForestal_CastillayLeon_Bloque1_Página_070_Imagen_0002capacidad de producción de innumerables brotes de raíz y cepa, que vuelven a rebrotar vigorosamente tras ser castigados por incendios y cortas. Esta especial resistencia a talas, fuego y pastoreo, ha permitido la supervivencia de muchas de sus formaciones hasta nuestros días, aun a costa de sustituir a otras especies menos adaptadas a esa sucesión de mecanismos renovadores, a las que ha desplazado.

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Su abundancia en nuestra Comunidad se ha traducido en una riqueza lexicográfica donde las haya. En leonés se llama carbayu marfueyu o marfueyu (Oeste y Norte de León, La Sanabria, etc.); melfueyu en la Cabrera baja; carbaya en la Cabrera alta, o como bosque en la Maragatería; carbizo en Salamanca, mientras que el bosque es denominado carba; carballu pardu y carbayu machu en Arribes del Duero; carballu y carballal en Babia y Laciana, y fullacu y rebollu cuando es jóven; touza en Zamora y León. En las Arribes del Duero se llama rozá al brote muy pequeño; barda cuando está algo más crecido, y bardión al pie joven de unos 2 m; rebolo en Gallego de Porto, Zamora y Bierzo occidental; y ramaiu cuando son pequeños.

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También recibe los nombres de rebollo y roble matiego o matizo.

Árbol propio de los países del Mediterráneo occidental, es especialmente abundante en la mitad occidental de la Península Ibérica. Es una especie adaptada a climas secos y continentales, necesitando al menos unos 500 mm de lluvia anual. En Castilla y León se distribuye ampliamente por toda la orla montañosa silícea, aunque en el norte de Burgos y León llega a medrar en terrenos calizos lavados.

Esta especie cuenta con más de 300.000 ha, destacando las provincias de León, Burgos, Soria y Salamanca.

En la provincia de Burgos abunda en las sierras orientales por toda la sierra de Oca, Mencilla, Demanda y sus estribaciones, e incluso cerca de Burgos, hacia laAtlasForestal_CastillayLeon_Bloque1_Página_071_Imagen_0003 Cartuja de Miraflores o a Villahoz, así como en las Merindades y las Loras. En Soria abunda notablemente en la zona norte (Razón, Tera, Abejar, Vilviestre de los Nabos, Pantano de la Cuerda del Pozo, Vinuesa, Sierra del Madero, Moncayo…) y centro (Almazán, Mata de Lubia, Tardelcuende, Matamala, etc). Más localmente, medra en la comarca meridional por Medinaceli, Romanillos de Medinaceli, Yelo, sierra de Pela, entre otros.

El roble albar (Quercus petraea)

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En la montaña Cantábrica se conservan aún viejas dehesas del roble albar, cuyos ejemplares, como éstos de Riaño (León) evidencian cientos de años de vida sufrida, con numerosas podas para proporcionar leña a los vecinos y ramón a los ganados. Muchos dicen que fue el Emperador Carlos I quien los mandó plantar.

Árbol majestuoso y robusto, es capaz de alcanzar 45 m de altura y un diámetro de más de 5 m. Forma espesos bosques donde predomina sobre los demás árboles; se considera una especie de tendencia subatlántica. Se caracteriza por sus hojas escasamente lobuladas y casi lampiñas, acuminadas en la base, y largo peciolo, mientras que las gruesas bellotas aparecen casi sentadas sobre los ramillos. En leonés se llama a este árbol carbayu albarín o sarriegu.

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El roble albar tiene menores exigencias hídricas y edáficas que el negral o carballo; vive en regiones donde el verano es más fresco y seco, en terrenos pobres, adaptándose mejor a suelos más secos. La mayor parte de sus masas se encuentran a mayor altitud, en general entre los 600 y 1.600 m, tolerando las solanas y orientaciones meridionales. Es frecuente que se le halle ocupando laderas de rápidas pendientes con abundancia de roca, sobre todo sobre suelos ácidos con sustratos de cuarcitas, areniscas, esquistos, etc. En bastantes lugares la abundancia de rocas es tan manifiesta que los robledales se extienden por verdaderos peñascales y gleras o lleras, en las que a menudo han quedado acantonados por la frecuencia de incendios que les ha expulsado de mejores terrenos. Por otra parte, es uno de los árboles europeos más resistentes a los vientos huracanados, siendo muchas veces la única especie que soporta los vendavales, debido a su profundo y bien anclado sistema radical.

Se distribuye por gran parte de Europa occidental y central, alcanzando por el norte las regiones meridionales de Escandinavia, mientras que en los países mediterráneos se refugia en las regiones más húmedas. En España habita principalmente en las montañas septentrionales, desde Galicia, Asturias y León, hasta Palencia, Cantabria y norte de Burgos, así como también en los montes vascos y del entorno pirenaico. En Castilla y León, además de en la Cordillera Cantábrica, encontramos en menor medida rodales de roble albar esparcidos por el Sistema Ibérico Norte (Montes de Oca, Demanda, Urbión, Cebollera y Moncayo) y, más raramente, en el Sistema Central (Ayllón, Somosierra, Guadarrama, estribaciones de Gredos).

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En la provincia de León destacan los impresionantes montes de Riaño y Sajambre que enlazan con los no menos valiosos de las provincias de Cantabria y Palencia de las comarcas del alto Carrión y Pisuerga. En Burgos destaca la zona cercana a Cantabria y Vizcaya, especialmente el Monte Ordunte y Espinosa de los Monteros.

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Dehesa de roble albar (Quercus petraea). Palacios de la Sierra, Burgos.

Todavía se observan rodales de roble albar en las sierras de la Demanda y Mencilla por Santa Cruz del Valle, Pradoluengo, Fresneda de la Sierra, Huerta de Arriba, Huerta de Abajo, Barbadillo de Herreros, Monasterio de la Sierra y Palacios de la Sierra. En Soria forma bosques en los valles del norte, en Razón y Tera. En el Sistema Central, el roble albar se refugia en las umbrías de las montañas de las sierras de Ayllón (montes de Riaza, en Segovia), Somosierra y Guadarrama. Localmente, encontramos poblaciones relictas en el sur de la provincia de Salamanca y Valle del Tiétar, en Ávila.

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Todavía tenemos en Castilla y León buenos robledales, o bosques mixtos atlánticos en que el roble albar se enseñorea en todo su esplendor. En la imagen, Quercus petraea de gran desarrollo en Cuevas del Sil (León).

El haya (Fagus sylvatica)

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Haya (Fagus sylvatica). «Flora Forestal Española» (M. Laguna; P. de Avila, y J. Salinas. 1883-1890).

Con su fina corteza cenicienta y su espeso follaje de hojas lampiñas, simples, lustrosas y de nervios numerosos y muy marcados, el haya —faya en leonés, o jaya en algunas localidades de Picos de Europa— es una especie inconfundible que pronto asociamos a bosques húmedos y umbrosos. Especie de dominio eurosiberiano y de montaña húmeda, necesita para crecer una elevada humedad ambiental y tolera mal las sequías prolongadas, gustando de climas atlánticos con abundantes nieblas. Crece sobre todo en las laderas orientadas al norte en lugares donde la precipitación anual sea superior a los 600 mm, comportándose normalmente en España como orófila, es decir, «buscadora» de montañas, desde los 500 hasta los 1.800 m de altitud, donde los aires húmedos la proveen de abundante humedad. Resiste las temperaturas invernales bajas pero tolera muy mal las heladas tardías, lo que supone una desventaja evolutiva frente a otras especies de su dominio, como el roble albar o el pino silvestre. Parece preferir los terrenos calizos donde crece con rapidez, aunque soporta los terrenos ácidos, pero sin desarrollarse tan vigorosamente. El haya es una especie de temperamento delicado —especie de sombra o tolerante—, que necesita un cierto dosel o cubierta en su juventud, con preferencia de árboles heliófilos como pinos, abedules y algunos robles.

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En Castilla y León los bosques de hayas se extienden sobre todo por su porción septentrional, encontrándose los mejores bosques en las umbrías de las montañas entre los 1.000 y 1.800 m en la Cordillera cantábrica (León y Palencia), en las montañas septentrionales de Burgos, y en el Sistema ibérico norte (Demanda, Urbión, Cebollera y Moncayo). También, aunque en menor medida, aparece en el Sistema Central, en los montes de Riaza y Ayllón de Segovia, y de forma muy puntual en el sur de Salamanca.

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Inflorescencias de haya (Fagus sylvatica).

Se han encontrado, asimismo, algunas hayas en el fondo del desfiladero del río Duratón. Si bien durante algunos siglos ha sido castigada por la presión antrópica, actualmente se encuentra, en general, en clara expansión, con un incremento claro a expensas de los robledales y de las repoblaciones de pinos, especialmente las de pino albar (Pinus sylvestris), facilitado por su carácter invasor y por su facilidad para desarrollarse bajo el dosel de otros árboles, inhibiendo el crecimiento de otras especies bajo su densa sombra.

En el norte de León, el haya forma bosques en las cercanías de Pola de Gordón y Valle del río Luna, pero sobre todo en las comarcas nororientales, como en los valles de Sajambre y Valdeón e, igualmente, en las montañas que circundan Riaño. En el entorno de los montes leoneses de Crémenes, con su famosa Nebreda o monte de Juniperus thurifera, o nebru en leonés, llega a mezclarse el haya con esta cupresácea, constituyendo un contraste valiosísimo.

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Flora temprana de los hayedos.

En Palencia, el haya forma bosques en el alto Carrión (Velilla, Camporredondo, Otero de Guardo, entre otros) y alto Pisuerga (Piedrasluengas, los Redondos, Brañosera y Salcedillo). Suele mezclarse con el roble albar y, en ocasiones, como en el pinar de Peña Mayor de Velilla, con el pino albar (Pinus sylvestris), el enebro de incienso (Juniperus thurifera) y el enebro corveño (Juniperus sabina), formando comunidades de interés botánico excepcional. En la provincia de Burgos, en las comarcas norteñas, se encuentran los bosques de hayas de Carrales, Valdeporres, Bosque del río Engaña, Merindad de Sotoscueva, Valle de Mena y el afamado hayal del monte Santiago, en el límite con Vizcaya. En las montañas de transición se cuentan los bosques relictos de la comarca de Valdelucio, páramos de la Lora y bosques de Valdivielso, Valle de Losa y Treviño. En las montañas del Sistema Ibérico, destacan los hayedos de las Sierras de la Demanda (Santa Cruz del Valle, Pradoluengo y Fresneda de la Sierra), Montes de Oca, Mencilla y Urbión. El haya se mezcla con robles albares, robles marojos, pinos albares y álamos temblones, así como acebos, mostajos y cerbellanos (Sorbus aucuparia) mientras mantiene como sotobosque un denso tapiz de anabia (Vaccinium myrtillus). En Soria, el haya se refugia en las montañas más húmedas, en Covaleda, Vinuesa, Montenegro de Cameros, Valle del río Razón y la Póveda de la Sierra, así como en el Moncayo; en estas montañas se mezcla con el pino albar, el acebo, el abedul y con preciosos bosquetes de álamo temblón.

El hayedo, también llamado hayal, hayadal, fayeo, faedo o haedo, es un bosque muy cerrado y umbroso que, en verano, apenas permite el paso de la luz al suelo, lo que provoca que desplace a otras especies de árboles que sean ávidos de luz, mientras que comparte espacio con las de temperamento similar, como tejos y acebos. Las herbáceas propias del hayedo florecen antes de que las hayas broten, por lo que presentan la llamada floración precoz, como las vistosas Anemone nemorosa, Scilla lilio-hyacinthus, Helleborus viridis, Hepatica triloba, Corydalis cava, Euphorbia hyberna, Oxalis acetosella, etc.

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Recogida del hayuco para alimentación humana y ganadera, así como para la obtención de aceite de alumbrado. Códice De Natura Rerum del dominico Tomás de Cantimpré (siglo XIII).

El haya suministra un buen número de recursos de interés a las tierras de montaña, tanto desde el punto de vista ecológico como económico. La madera del haya es homogénea, sin apenas distinción entre albura y duramen; fuerte, pesada y exfoliable, se trabaja fácilmente. El color varía desde el blanco amarillento hasta el rosado o rojizo, con numerosos y característicos rayos medulares de color marrón. Se emplea para fabricar pasta de papel, tableros de fibras y partículas, contrachapados y todo tipo de piezas de ebanistería y carpintería. Es apreciada en trabajos de construcción, pero no en exteriores, salvo pre-tratamiento con barnices protectores. Se curva muy bien mediante vapor, formando la llamada madera vaporizada tan apreciada para sillas. Se utiliza asiduamente en tornería, y sus planchas son solicitadas para la fabricación de instrumentos musicales, siendo buscada para los sommiers de los pianos. Se ha utilizado con frecuencia para las traviesas de ferrocarril, previa impregnación externa, pero no como apeas de mina debido a su capacidad de torsión. Los molineros fabricaban todo tipo de piezas con tablas y ramas de haya. Una de las particularidades prácticas de esta madera es que apenas tiene olor, por lo que es apreciada desde siempre para todo tipo de útiles de cocina, desde maderas para cortar, cucharas, platos, medidas de capacidad e incluso cazuelas y vasos como el conocido kaiku de los pastores vascos y la escudiella de los leoneses, de remoto origen, en donde la leche se calienta al introducir piedras al rojo vivo calentadas al fuego.

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