COVALEDA EN LA LITERATURA: JOSE GARCIA NIETO – III

POEMAS DEDICADOS A COVALEDA Y A LA ZONA DE PINARES

pueblo1913detalle1

ELEGÍA EN COVALEDA.

I

         DESPUÉS de muchos años, he venido
hasta el propio rincón donde te haces
tierra sin descansar. Nunca hay descanso
para el cuerpo que cae.
Avanza, ahonda, se destruye, pasa
ríos oscuros, cauces,
horas de lucha inextinguible, guerras
sin ruido, horribles vecindades;
se mueve, sí, se deshabita, y deja
fundirse, penetrarse…
He llegado hasta aquí después de muchos
años de andar, y puedo ahora mirarte
frente a frente, de hombre
a hombre. ¿Me ves…? No hay nadie
entre los dos; ni el viento
que apenas roza, ni el dolor que casi
se siente porque viene de otro tiempo
o es tiempo mismo ya.

Te miro, padre,
de hombre a hombre, de muerte
a muerte; sí, de carne a carne.
Porque es igual que tú seas la tierra
de hoy o yo esa tierra ya esperándome
– somos como una caña que en el agua
se quiebra al espejarse,
como dos campanadas sucesivas
de la hora de un linaje:
tú, alejando en la noche tu sonido,
yo, detrás y acercándome-,
porque el cuerpo que se alza todavía
va a durar un instante
de pie; tú me lo dices de hombre a hombre,
de muerto a muerto ya, de sangre a sangre…
Está fresco el pinar de Covaleda
en la mañana grave;
Urbión cuida celoso de su nieve;
unos caballos pacen;
un niño canta, un niño
canta, un niño que pasa canta… ¿Nace
la vida? ¿Empieza todo?
(Todo sigue, Dios mío, entre las márgenes
doradas, bajo el agua que madruga,
sobre la luz temprana de los árboles.
Pero aquí está mi muerto, aquí mi árbol
tendido ayer: el hacha es implacable).
Te estoy contando… ¿Oyes…?
Soy el desconocido; ya sé. Sabes,
también tú, que soy otro: el extranjero
en esta tierra, tuya de guardarte;
el hijo pródigo que vuelve
cansado, y no hay quién calce
sus sandalias, y no hay quién sacrifique
el becerro mejor… No; nadie sale
a mi encuentro. Tu casa no es mi casa.
Aún menos que tuviste tienes hoy para darme.
(“Iré a mi padre y le diré…”
“Y el padre, levantándose…”)
Pero ¿qué idioma hablo? Si me escuchas
¿a qué te suena mi lenguaje…?
Hoy que tengo los años que tenías,
los que has tenido para siempre, padre,
me pregunto cómo hice ya el camino
que en ti me parecía interminable.
Un hombre soy, y te lo digo ahora,
como aquel que tú un día completaste.
Y de hombre a hombre -¿oyes?-, frente a frente,
te estoy mirando y en ti estoy mirándome…
Canta un niño a lo lejos, canta un niño
que pasa, canta un niño dulcemente distante.
Voces hay en los pinos que son tuyas,
palabras que dirías descuidándote
para que yo viniera a levantarlas
después de mucho tiempo… Calla. Cállate,
Un hombre hay en ti ya declinado,
un hombre, prolongándote,
que no conoces ya, que no recuerdas
ya, un hombre como tú cuando cerraste
tu corazón ante sus ojos
interrogantes.
Calla tu asombre; cállate tu miedo
por mí, por mí sin ti, por mi sin nadie.

José García Lueso

José García Lueso, padre del poeta

II

         ¿Me ves buscando apoyo, heredad mía?
Tú y tu recuerdo sois sólo el legado.
Soria es una granada fría y roja
que restalla en mis manos.
Duruelo, Regumiel, Vinuesa… nombres
que casi te acompañan, como astros
brillantes que se van enriqueciendo,
que se van distanciando,
que iluminan un tiempo donde estabas;
si, diré: donde estábamos…
Salduero, Navaleno… A mi memoria
viene un olor remoto de caballos
que deshacen las olas de la hierba
piafantes y sobresaltados.
Y Covaleda en medio, dura y tersa,
nevada y silenciosa como un claro
de luna, o entreoída como el grito
de un boyero lejano;
un puñado de vida que los hombres
ponen en el “Se hizo” promulgado
por Dios el tercer día, ya en la víspera
de la hierba y del árbol;
un corazón de piedra entre los pinos
apasionadamente sosegado:
calle delgada con un agua en medio,
hielo que el frío afila en los tejados,
carretera que lleva hacia los bosques,
plaza, frontón, iglesia y campanario…
Hoy he visto la casa de aquel día
último, la cocina baja, el patio, la ventana -llovía aquella tarde-,
el sitio de la cama. Y he tocado
una pared. Aquí había una puerta.
El niño que en mí anda va acertando…
Pero te busco, sí, te busco ahora.
¿Cómo eras? ¿quién eras? Y tus pasos
¿cómo sonaban…?

Oigo el río. Oigo
su inaccesible cántico.
Y tú, y tu cuerpo de agua, tan oscuro,
tu grito subterráneo,
sin saber cómo suenan, cómo eran
creciéndose, pasando…
He venido a poner el tiempo en orden,
en carne viva la memoria, en claro
el corazón, aquí en el sitio mismo
elegido por Dios para tu tránsito.
Todo aparece como entonces. Digo
entonces y no sé lo que te alcanzo
con mi palabra… ¿Y yo? Sí; yo, el distinto,
el extranjero y el inesperado.
Mejor sin ojos ya porque no veas
en estos ojos míos el cansancio;
mejor en tus provincias, en tu estrecho
distante y aplacado,
que viendo esta colmena de mi pecho
o la rama quebrada de mi brazo.
Oigo las cosas, suenan en la muerte;
se prolonga la música en lo alto;
se prolonga la nieve junto al río;
se prolongan los álamos.
Habla Dios su lenguaje indiferente,
repite sin descanso
las rocas con el musgo verde y niño,
el cielo azul cruzándose de pájaros,
la resbalada y temporal resina,
los trigos vacilantes y dorados.
Oigo las cosas: son la misma muerte.
¿O son ellas la vida? ¿Y tú y yo, vagos
fantasmas que un instante solamente
la vemos, la tocamos…?
Canta un niño a lo lejos,
canta un niño. No escuches. Va cantando
por nadie, para nadie. Canta un niño.
Cómo duele su distraído paso.
Puedo ser yo, pude ser yo. No, padre,
no escuches ritmos, cantos.
Es la arena que cae de una vasija
a otra vasija, grano a grano;
es alguien que nos habla ensordeciéndonos
para hacernos extraños,
para que yo no vuelva a lo imposible,
ojos de sal, labios de sal, extáticos,
para que tú no esperes lo que amaste,
oh, enterrado, enterrado:
tierra en el corazón, tierra en la boca,
tierra oscura en los párpados…
No me conoces, padre. Canta un niño.
Crees que soy yo, quedado
eternamente puro, con el miedo
fácil de ayer, no el miedo de hoy trágico.
De hombre a hombre te busco,
mi desesperanzado,
para contarte de esta rama tuya,
triste en el aire y con tus mismos años.

Covaleda, altar de la iglesia, 1913, fiesta de San Lorenzo.

Covaleda, altar de la iglesia, 1913, fiesta de San Lorenzo.

III

         Amo, padre, amo, amo; amando grito
mi soledad terrena;
amo todas las cosas que me hieren,
amo las cosas que me cercan;
amo mis islas donde el cielo ensaya
su invisible tormenta;
amo mi vida amenazada a veces,
amo mi sangre y amo su evidencia;
amo este suelo y tu recuerdo; amo
que estés ahora aquí, imposible y cerca;
amo, amo; ya sé que peco amando
tanta perecedera
sucesión de fragancias, superficies:
piel, pétalo, corteza.
Amo, enterrado mío, lo que toco;
amo lo que recoge en su marea
mi pecho entristecido; estoy amando
el frío de las cosas, la tibieza
de las cosas, el fuego de las cosas,
lo que huye ante mí, lo que me entrega
su fugaz hermosura. Amo, amo;
robo amando; agradezco. Loco, siembra
mi corazón un campo innumerable
de amor donde se va la primavera…
Y ahora que he venido a comprobarte,
a tocarte hecho tierra,
sé lo que hay a mis pies, oh, mi enterrado,
sé dónde está mi residencia.
Pero amo; bebo amando entre ceniza;
sobre la misma muerte, el labio acerca
fuentes, aguas radiantes que descienden
sucesivas y frescas,
dando a los ojos cielos imprevistos,
al corazón, inusitadas fiestas,
voces a la garganta. Amo, amo;
grito de amor, aunque de amor me muera…
Otra vez la palabra ¿estás oyendo?
De hombre a hombre, mi voz ¿a qué te suena?
¿Es esto tuyo? Di ¿me reconoces?
¿Viene de ti esta herencia
de amor, dilapidada sobre el tiempo?
El hijo pródigo regresa,
pero no a la abundancia de la casa;
no hay música ni coros a mi vuelta.
(“Traed la túnica más rica
y vestidmela…”) No; nadie me espera.
Mi mano no ha encontrado los anillos.
Sólo había una caja de madera
jugosa, sobre el suelo removido,
y con la escarcha matinal cubierta.
Y dentro, padre, estás tú, tan pequeño;
naufragio mío, restos en mi arena,
angosto arado que la tierra ensancha,
sombra que sólo en sombra se refleja,
semilla no escondida para el fruto,
inexplicable y prematura siembra,
cimiento donde el aire edificara,
azada que de un golpe se cumpliera,
barro ya inseparable de este barro
que su dulzura vegetal entrega…
Amo mi trago, mi dolor posible;
amos mis hombros donde aún me pesas,
padre mío, un momento en la mañana
con sol de Covaleda…
El camino se ha hecho lentamente;
una larga cadena
de preces, lutos, músicas, silencios,
campanadas, carreras
de muchachos, miradas y memorias
de ancianos; larga cuesta
que cubría la muerte innumerable
saliendo una jornada de la tierra.
(El nuevo cementerio está al amparo
de una verde ladera;
el nuevo cementerio va ascendiendo
levemente. Muy cerca está la sierra
penetrando sus dientes en el pino
caído bajo el hacha; está muy cerca
del campo de olorosa manzanilla,
del reino del almizcle, de la piedra
hasta donde llegábamos andando
aquellas tardes. Padre ¿no te acuerdas…?
El cementerio, desde lejos, mira
en lo alto de la iglesia,
tejido como tú me o enseñaste,
el nido que abandona la cigüeña.)

11-20

IV

          Yo soy lo que recuerdo, padre mío.
No el que vive y respira, no el que pasa
ahora por tu orilla de silencio;
no este cuerpo de hombre, esta palabra
de hombre; no esta herida que contemplo
dolorosa y cerrada..
Yo soy aquel que tiene mi memoria,
aquel que sabes junto a ti, el que hablaba
siempre desde preguntas; soy la torre
inabatible de mi infancia.
Desde lo alto miro abajo, miro
un hombre, el hombre que soy. Qué extraña
la forma de su paso, y esos ojos
cansados ya, y esa frente surcada.
¿Adónde va…? Dios mío, no le dejes
mas libertad. ¿Qué ha hecho? ¿Qué le falta
para acabar? Tú sabes solamente
cuál era la distancia
que había de cubrir. Si remontara
de pronto aquel camino, y le pusieras
en el principio, y le precipitaras
entre las cosas de los hombres
para elegir de nuevo…

Oh, no; ya basta
con una vez, con esta vez: la mía,
la preferida y malgastada.
Con una vez. Y en el principio eras.
Con una vez. Y qué desamparada
sin ti. Llamo. Levanto la voz. Nadie.
¿O sí? Oh, sí; un niño, lejos, canta.
Ámale, padre mío, como te amo;
escúchale en la tarde. Canta y pasa;
llena el pinar de música; la nieve,
de tibieza encontrada;
llena de nidos sin coger los pinos;
la fuente, de surgida y grácil agua…
Yo soy lo que recuerdo; estoy viviendo
lo que viviste; estoy salvando el arca
de mi naufragio – a los cuarenta días,
a los cuarenta años, lluvia, paras,
tu fuerza cegadora ante los ojos,
y suelto la paloma, la palabra
que busca el pacificador olivo,
que vuela y vuela, y en su vuelo ensancha
el nombre de mi sangre -, estoy salvando
tu muerte que me salva.
Y este niño, ese niño, tuyo, mío,
desconocido y entrañable, avanza.
Le miro. Voy a él. Yo soy quien eras
tú. Yo soy el legado. Soy la estancia.
Y preparo mi tienda. Y me recuento.
Cuánto te habrás contado, padre. Calla.
Calla tu miedo para los dos. Estamos
frente a frente. Yo sé que en mi mirada
te repites mirando, te sucedes,
te inventas la esperanza…
Puedo seguir, puedo seguir. El viene.
Yo tengo un hijo. ¿Es él? ¿Es él quién llama?
¿Desde dónde? ¿Lo sabes, padre mío?
¿No es, ahora mismo, como tú, distancia…?
Viene. Se acerca el mundo. Vibra el día.
¿Es mío? ¿Vuelve…?
Abierta esta  la casa.

Covaleda, procesión de San Lorenzo, 10/8/1913, 11:00.

V

          Ávido espera el nuevo comentario
con el frío y el sol los nuevos días
de la muerte. Yo vuelvo la cabeza;
yo busco mi otra orilla.
Lejos está lo que he creado;
lejos está la vida.
Frenéticos amamos, padre mío,
lo que nos aniquila.
Definitivamente muerto,
por mi cansada desazón transitas;
enterrada del todo, y alejada
del todo está tu madrugada altiva…
Me voy rezando olvido, amando olvido,
pero temblando cuando te me olvidas.
Yo sé que muero un poco cuando el tiempo
abre su feria de esperanza, y gira
su rueda de fortuna, y yo me dejo
llevar a la deriva:
son los caballos de cartón pintado,
la ruleta sin cifras
de la semana, repetida rosa
deshojada de prisa.
No estás entonces, no; desapareces
entonces, y es allí donde vacila
mi corazón rodado, mi gran canto
de sangre: piedra y música unitivas.
Puedo mirar, andar, besar, sentirme
dios de mi fuerza, arcángel de armonía;
puedo creer que todo de mí nace
como un agua cautiva
que rompiera de pronto sus paredes;
puedo gozar la fruta por la herida,
la sal por la caverna, y el azúcar
por la caña partida.
No estás entonces, no; no está la muerte
– flota sin nadie la indecible isla -;
no está el árbol que ya la tierra pudre
– sobre el carbón sólo el diamante brilla -;
no voy con tu bandera a la batalla
– avanza el pecho, huérfano y suicida -;
no hay torre que me lleve a su estatura
por la escala en tiniebla y huidiza
– la piedra, sin memoria del hondero,
estrena el aire, y silba
su desenfreno, y ciega se apresura
a la mortal caída -.
Y me veo tremante, andando solo;
sin ti, solo sin ti. Dios ¿quién afila
este cuchillo que renueva ahora
su delgadez antigua…?
Solo; temblando y solo, ni tu muerte
tengo por compañía.
Pido un puerto en la noche; pido un remo
en la galera; una palabra mínima
en el concierto de los hombres; pido
la antorcha abandonada y encendida
que tu mano dejó por estos bosques
aquel oscuro día.

franci5

VI

          Padre mío, a mis horas, a mis cosas,
a mi costumbre vuelvo;
a mis días de amor, a mi nostalgia
de haber tenido el tiempo
medido con el golpe de los frutos
que abrillantan la piel desde su encierro;
vuelvo a mi soledad, y a mis preguntas
renovadas contigo en tu silencio.
Las gracias de la tierra me acompañan
y disipan mi miendo.
Te vas quedando atrás, lejano siempre,
sol de mi gran invierno,
agarrado a las copas de los pinos,
a la serenidad de los neveros.
Miro mis manos, ya sin nada tuyo
– carbón extinto, huésped de mis dedos
sólo un instante -; veo ya mis ojos,
buscadores de luz, tercos mineros
de luz, amantes de la luz, mendigos
de luz, y poco a poco de ti huyendo,
de ti que eres la sombra mantenida
y enamoras la noche sin regreso;
veo en mi corazón el gran oficio
de la sangre, perfectamente lento
– y tú ya descansando para siempre,
presa la rueda en su postrer esfuerzo,
ni una gota de agua en el hundido
golpe del canjilón vacío y quieto -;
veo mi boca, sí, toco mis labios
con los dientes: aquí me nace el beso,
desde aquí peregrina la palabra
con la que voy, de puerta en puerta, al sueño
– y tú, vacío enorme de la música,
cueva donde sonó mi nombre entero,
metal sucio de tierra, fiel madera,
caracol que atraganta un torpe cieno,
haz de cuerdas cortadas en el arpa,
pozo de la guitarra y nada dentro -;
veo mis piernas, alas y gacelas,
y ríos que a otros ríos dan, y cuerpos
que estremecen el aire, y peces múltiples
que se deslizan, y caballos veo
– y tú ya sin praderas por delante,
con los caminos sin hacer deshechos:
corzo en la red, espiga en la guadaña,
columna hundida en le hundido templo -.
Padre mío, mi humilde, mi enterrado,
mi lejano, mi huérfano,
no me olvides tú a mi desde la sombra,
pon tus pobres pedazos en mi juego,
conserva tu ceniza en mi piel tibia,
dame tu frío, irrumpe con tu cierzo
en mis fáciles salas de hermosura,
donde guardo la vida, donde tengo
el oro de la carne, donde hundo
mis brazos, olvidado de ti, ciego
de ti, de ti huidizo,
mal vecino de ti, de ti extranjero…
Cantaba un niño ayer, padre; cantaba
un niño ayer, y yo le oía atento.
Cántame tú la muerte, muerto mío;
grítame tú la muerte…

El heredero
ha vuelto a su solar. Busca. Pregunta.
Y su heredad era tan sólo un hueco
en la tierra. He llenado nuevamente
de cenicientas monedas el suelo.
Mi caudal eras tú; tú, mi tesoro.
Yo he traído mis barcos a tu encuentro.
Entre la arena oscura de la playa
vacila el pie un instante… Pero acierto.
Mi memoria ha trazado bien la ruta:
“Aquí había una puerta…”

Aquí está el centro
de la vida y el centro de la muerte.
Yo soy la piedra, y caigo, y me sumerjo,
y salgo y brillo y luego con tu noche
me extingo, me oscurezco.
Después de muchos años he probado
tu muerte, y me he sentido muerto…
Pero este niño que cantaba, esta
resina, este pinar, este nevero
en la mañana, esta ladera verde
del nuevo cementerio,
esta doncella fría: Covaleda
remota, alma naciente, sol de un cuerpo
puro en la tarde pura,
este camino de silencio,
este amor todavía, esta campana
de sangre en la espadaña de mi pecho,
esta savia del llanto bien venida,
este hombre cuidando su relevo,
son las señales de que todo vive,
de que la antorcha sigue ardiendo…
Padre mío, mi estrella terminada,
mi conocido y vegetal renuevo,
mi pozo con el agua hacia los siglos,
mi socavado y mineral ejemplo,
el hijo pródigo – la tela
rota en los hombros y descalzo – ha vuelto
a caminar, a caminar… La casa
no existe, no ha existido nunca. Pero
la tierra es bella, es dura y bella;
en la lóbrega noche, padre, llevo
la antorcha transmitida, la palabra
heredada, y en la heredad me quemo.
El hijo pródigo sabía
lo que iba a ser en su espalda tu peso,
lo que iba a ser tu muerte removida,
lo que iba a ser tu encuentro.
(“Iré a mi padre y le diré…” “Y el padre
levantándose…”) Entre los dos, ni el viento
que apenas roza, ni el dolor que casi
se siente ahora…
El nuevo cementerio…

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