VIDA Y GANADERÍA EN LA COVALEDA DEL SIGLO XX (y II) – III

VIDA Y GANADERÍA EN LA COVALEDA DEL SIGLO XX (y II) – III

Los equinos en su conjunto, es decir el ganado caballar, el mular y el asnal, han sido utilizados tradicionalmente en Covaleda sobre todo como animales de trabajo.

Muy al contrario de lo que se aseguraba en un artículo incluido en el programa de fiestas de San Lorenzo 2014, si existió en tiempos una explotación minera de hierro en las cercanías del paraje hoy conocido como Mina del Médico. Se trataba en efecto de una mina registrada en 1854 por el vecino de Covaleda Vicente Peña, familiar de José Peña Cámara, que ejerció de médico en Covaleda, de ahí probablemente el nombre del paraje. Y traigo esto a colación puesto que debido a lo abrupto del lugar, el transporte del mineral desde la mina hasta su destino en la ferrería La Numantina de Vinuesa se debía hacer en parte mediante caballerías.

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Del mismo modo que existía un toro semental para el concejo, sabemos que en abril de 1912 el Ayuntamiento de Covaleda aprobó comprar un caballo semental para cubrir las yeguas y burras de la localidad según lo había acordado antes el vecindario.

Un año antes, en junio de 1911, y en vista del abandono que existía en el pueblo con respecto a la ganadería asnal, y en particular los machos, se acordó imponer una multa de 50 céntimos  por cada asno abandonado que se encontrara por las calles conduciéndolo el acorralador o alguacil al corral, por cuyo servicio cobrarían del dueño 5 céntimos por res.

En 1941 el censo equino presente en Covaleda era de 87 caballares, 32 asnos y tan solo un mulo. Había por entonces vecinos, como Evaristo Martínez, que tenía hasta tres yeguas y las llevaban a cubrir al burro a las paradas particulares de Quintanar de la Sierra o Abejar, con el fin de criar muletos de calidad para llevarlos a la feria de Soria, donde tenían muy buena venta.

Los ingenieros de montes, guardas, empleados municipales y algunos vecinos utilizaban caballerías durante los trabajos del marcado de la corta, el arreglo de las suertes o para coger los pinos secos. A este respecto y en el pleno de Ayuntamiento de 20 de diciembre de 1902 se acordó el abono del refresco a los que habían marcado los pinos de concesión y los jornales de las caballerías que sirvieron para el traslado del ingeniero y ayudante. Asimismo y por los servicios que en el ramo de montes prestó la caballería del alcalde de Covaleda, Timoteo Herrero, en  sesión del 25 de mayo de 1909 se acordó abonarle 5 reales por cada día empleado.

El nacimiento del Río Duero, el Pico de Urbión y las lagunas de la sierra siempre han ejercido una gran atracción a viajeros, periodistas, literatos y excursionistas de todo tipo. Desde finales del siglo XIX y durante las cuatro primeras décadas del XX son muchas las excursiones de las que tenemos conocimiento a tales destinos. Entre ellas la de los hermanos Baroja, quienes pasaron por estas tierras en 1901 o Antonio Machado, que al parecer llegó a pernoctar en la posada de Covaleda en 1910. Los viajeros eran guiados por vecinos del pueblo y en la mayoría de los casos hacían el recorrido a lomos de caballerías de la localidad. El periodista y conferenciante Federico García Sanchís describía las monturas que le proporcionaron en Covaleda durante su viaje de 1935 como “caballejos serranos, nerviosos y peludos para trepar con ellos a la cima de Urbión”.

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Aparte de montura, el tipo de cargas que han llevado las caballerías sobre sus lomos o incluso tirando de carro han sido muy variadas: leña, carbón, aros, gamellas, hierba, víveres, alubias, carne, pescado, estiércol transportado en cajones de madera e incluso personas en carro con burro taxi. Recuerdo por ejemplo un carro galera azul que tenía José Herrero, el Pilatos, para transportar leña o los burros que empleaban los vecinos del Barrio de la Manta, Bernabé y Felipe, para provisionarse de comida y agua antes de que la tuvieran corriente en las casas.

Durante los años 50 y 60 hubo mucha gente, incluso forastera, empleada en sacar troncas de pino y teas para abastecer los hornos de pez existentes en las cercanías del Puente Soria. El transporte desde el monte se hacía con carretilla y los más afortunados en caballerías. Otra mercancía que se trabajaba eran las cepas de brezo para hacer con ellas pipas de fumador. En Covaleda llegó a haber en 1956 hasta 77 yeguas, 69 caballos y 44 burros para tales menesteres, uno de ellos de nombre Muino  propiedad de mi tío Nicolás Tejedor Durán, el Platillero.

Cada caballería ha tenido su historia, pero voy a mencionar a un caballo tordo de nombre Lucero que vivió por los años 40 y era propiedad de Victoriano de Vicente, el tío Botijo. Tenía este carnicero de criado y matarife a Fernando de Miguel Nájera, el Ministro, quien conocía muy bien al caballo Lucero puesto que pasaron varias andanzas juntos. Entre otras algún viaje de noche hasta Mansilla para comprar machos cabríos u otro a Molinos de Duero a recoger un ternero y un cochino para matar para el pueblo. En esta ocasión el camino estaba nevado y el Ministro bajó montado en el caballo. De vuelta a Covaleda, la caballería iba abriendo huella, le seguía el ternero, luego el cochino y por último el Ministro vigilando el grupo y cerrando filas.

En una ocasión aquel caballo Lucero sufrió un cólico y llamaron al veterinario que había entonces en Covaleda, D. Francisco Valdecantos Tierno, a quien la mujer del tío Botijo, Manuela Hernando, le preguntó preocupada si el animal se iba a curar. El veterinario contestó: “No se preocupe señora Manuela que el caballo meará y cagará”. Y en efecto, el animal una vez tratado se salvó, con la consecuencia a partir de entonces que al viejo veterinario le pusieron de mote “el tío Cagará “. Francisco Valdecantos permaneció de veterinario en Covaleda desde 1942 hasta su jubilación en 1945 cuando contaba con setenta y tres años de edad.

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Antes de que se emplearan terrazos y baldosas para cubrir los suelos de las casas, en Covaleda se utilizaba la pacina, una especie de barro especial a cuya mezcla se le echaba curiosamente estiércol de caballería, lo que en Covaleda se llaman carajones.

La primera vez que vino una parada de sementales del Estado a Covaleda fue en la primavera de 1958. Estuvo compuesta por dos caballos procedentes del 6º Depósito de Santander que quedaron instalados en unos locales del vecino Pedro Herrero Llorente. Al año siguiente vinieron de parada también desde Santander tres caballos y un burro garañón.

De forma ininterrumpida y al menos hasta 1963 siguieron viniendo los sementales procedentes del Depósito de Santander, que se instalaron ya ese año en las nuevas dependencias de la Parada de Sementales de las Losas. Además de Santander y por las instalaciones de la Parada han pasado animales procedentes de los Depósitos del Estado de Burgos y Zaragoza.

En la actualidad la Parada de Sementales viene funcionando como base de inseminación artificial equina a partir de sementales procedentes del Centro Militar de Cría Caballar de Zaragoza.

Mientras que la mecanización de los trabajos forestales y del transporte desplazaron por completó al ganado vacuno, las caballerías mayores tomaron el relevo animal y aún hoy se siguen empleando para el arrastre de madera y el acarreo de leña.

La existencia en el término de Covaleda de lugares con nombres tales como El sestil de los cochinos, las pocilgas, la corte de los cochinos y la porquera, nos viene a indicar que en tiempos el ganado porcino se debía mantener en régimen de pastoreo extensivo bajo la guarda de un pastor de cerda aprovechando así los recursos que el monte proporcionaba.

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Durante el periodo vedado a los ganados de las Praderas Concejiles, los porcinos eran los animales a los que se les aplicaba la sanción más elevada en caso de ser sorprendidos en ellas. Así por ejemplo en 1908 y mientras los ganados mayores tenían señalada una multa de 25 céntimos por cabeza, a cada cerdo se le imponía una peseta, es decir cuatro veces más, lo cual estaba atenuado hasta 25 céntimos en el caso de que estuvieran ensortijados, que es como se decía entonces a llevar una anilla o alambre en la nariz para evitar que hozaran con total libertad.

Aunque en ciertas épocas del año se acorralaban en el monte, los cerdos normalmente eran alojados en casullos o cerraderos junto a las casas e incluso en las cuadras dentro de las viviendas. En abril de 1900 y visto el gran abandono en que se hallaban los cerdos por las calles de la localidad, el Ayuntamiento, presidido por Manuel Martínez, acordó que todo cerdo que se viera por ellas fuera llevado al corral del concejo teniendo que pagar el dueño 25 céntimos para poderlo retirar.

Aparte de las cerdas criaderas del pueblo, los medios para adquirir los cochinos para la matanza eran comprarlos en el mercado de los jueves de Soria o bien a los guarreros que iban de pueblo en pueblo con sus piaras de cochinos negros y que llegaban también hasta Covaleda.

La matanza domiciliaria era el medio que tenían las familias, y no todas, para provisionarse de grasa y proteínas durante una buena parte del año.

Decir sobre los embutidos, que he encontrado una referencia en la prensa de 1933 en la que ya se hablaba de la bondad del chorizo de Covaleda, en palabras de un periodista viajero que pasó por el pueblo en una excursión colectiva al nacimiento del Duero, el Pico y las Lagunas de Urbión.

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De la crianza y alimentación del ganado porcino en Covaleda, como de tantas otras tareas, se encargaban las mujeres, para lo cual iban al monte incluso antes del amanecer a recoger gamones, hojas de roble, ortigas, lampazos etc. A este  respecto Faustino Herrero, el Petate, le enseñó a Máximo Medrano San Miguel un dicho o coplilla que se refería a dichas mujeres y que dice así:

Ya vienen las gamoneras
ya vienen las del gamón
unas por la Corbetera
otras por el Losarón.

Cuando llegaban los meses fríos se hacía la esperada matanza, tradición en la que tomaba parte toda la familia y se ayudaban unos vecinos a otros. Algunos antiguos matarifes de cerdos en Covaleda lo fueron Luis Santorum, el tío Peluso; el tío Curilla; el tío Churreta; el tío Serapio y más adelante Fernando de Miguel Nájera, el Ministro, y Román Llorente Herrero.

Fue muy posiblemente en 1915 cuando en Covaleda se empezó a practicar la inspección veterinaria de las carnes de cerdos y jabalíes para detectar triquina. El veterinario encargado de hacer aquellos análisis micrográficos era D. Amando Bengoechea, quien en noviembre de 1926 encontró triquina en un cerdo de matanza sacrificado en nuestra localidad, evitando así las fatales consecuencias en las personas caso de haber comido de aquel animal.

Para hacernos una idea de la importancia de la matanza, decir que por ejemplo en 1940 se hicieron en Covaleda unos 158 sacrificios domiciliarios del cerdo y en la temporada 1957-1958 se llegaron a sacrificar 280 cochinos.

En los años 50 y procedentes del pueblo de Regumiel venían unos cochineros vendiendo marzalillos con un carro tirado por un caballo. Pero también hubo varios vecinos de Covaleda que se dedicaban a criar cerdos.  Por ejemplo Mariano Abad Benito, el tío Majolaseda, quien tenía una cuadra con cerdos para vender. Asimismo José Blázquez Rioja, Pedro González Llorente, Francisco Rubio Cámara y el Nino de Doña. Sofía se asociaron para criar cochinos en una instalación cercana all Prado Concejo. Juan José Torrecilla, el Caco, y su mujer María, criaban, engordaban y vendían cochinos para matanza, incluso en las instalaciones de la gasolinera. Teodoro Gómez Romero, el Chalequito, tuvo asimismo una granja a la entrada del pueblo y Justo Altelarrea Llorente, el Quinín, otra en Peñapico.  Finalmente Isidoro Tejedor, el Isi puso una cochinera a comienzos de los años 70, cerca del Barrio de San Matías, donde estuvo empleado Eugenio Nájera, el Peine.

Hoy en día tengo entendido que en Covaleda no se cría ya ningún cochino para matanza domiciliaria, sin embargo se ha recuperado con carácter festivo la matanza del cerdo incluida en la feria del chorizo y que tiene como matarife mayor a Fernando de Miguel Nájera, el Ministro.

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El ganado cabrío junto con el bovino han sido tradicionalmente las dos especies domésticas de mayor trascendencia para la vida de los habitantes de Covaleda.

Durante las dos primeras décadas del siglo XX, el censo estimado de ganado cabrío estaría en torno a las 700-800 cabezas. Sin embargo en décadas posteriores el censo se elevó considerablemente hasta llegar por ejemplo en 1941 a las 2000 cabezas reproductoras, 539 de recrío y 500 reses para el abasto.

A comienzos de los años 30 existía en Covaleda una Junta de Ganaderos de la cabrada del pueblo, a cuyo presidente y por parte del Ayuntamiento se le abonó en noviembre de 1931 la cantidad de 90 pesetas por el valor de un macho cabrío semental adquirido para las cabras veceñas. Este animal pasaba a ser propiedad del municipio en unión de otros dos machos cabríos que ya se habían comprado con anterioridad.

Dijimos el año pasado que además de los rebaños de cabras de los ganaderos y pastores de profesión, existía en el pueblo un rebaño conformado por la suma de las una, dos o tres cabras que aportaban cada una de las casas con el fin de tener leche para la familia. A ese rebaño comunal se llamaba vez o veceñada y a las cabras que lo componían veceñas. Conducía la cabrada un pastor veceñero al que se le pagaba en función de las hembras que cada cual aportaba. Por la mañana el veceñero se hacía cargo de las cabras una vez que habían sido ordeñadas, llevando el rebaño por el monte cercano y La Dehesa cuando no estaba vedada. De vuelta por la tarde dejaba las cabras en el pueblo en el mismo lugar que por la mañana se había hecho cargo de ellas.

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En los años 50 y 60 el punto de entrega y recogida de la cabrada estaba situado en un losar de la parte alta de la Cuesta del Cañones, justo donde ahora se encuentra la Posada Dos Aguas. Desde allí las cabras ya se sabían el camino de regreso a casa e incluso volvían solas. Sin embargo en tiempo de verano las veceñas se llevaban a dormir a un corral situado en San Matías, cerca del actual cuartel de la Guardia civil, donde muy de mañana se iba a ordeñar cada cual sus cabras para luego el veceñero pastorearlas por su careo habitual durante el día.

Fueron veceñeros Celestino de Miguel, el Cele y el último de ellos Esteban Herrero Maqueda, el Chichas, que empleaba una trompetilla de alguacil para dar aviso a los vecinos.

Para evitar la incomodidad que producían a las cabras los machos cabríos sin castrar, denominados en Covaleda con el nombre de cojudos, se llevaban en un pequeño rebaño aparte que solo se juntaba con las hembras en época de cubriciones, por Los Santos. Dos de los últimos pastores del hatajo de cojudos lo fueron Rosines Tejedor y Jose María San Quirico, el Moreno.

La forma de vida de los pastores y sus animales venía marcada por el curso de las estaciones y la disposición de pastos para los rebaños. Normalmente a partir del mes de abril o mayo, cuando se vedaba La Dehesa para los ganados menores, el cabrío se subía a pastar a la sierra, lo que en 1912 se decía “cuerdas arriba”. Se trataba de una delimitación que venía marcada desde Cuerda la Loba,  pasando por el Matón de Cubillos, Fradeguillas, Rio Vocalprado, Peña Amarilla, el Portillo de Mancerías, el Quemado del Becedo, Los Hornos, Cueva Somera y acababa en el Pinillón, justo en la mojonera con Duruelo. El ganado cabrío y el lanar permanecían por la cumbre al menos hasta el mes de septiembre, momento en que solían bajar cuerdas abajo. En la sierra compartían pastos caprinos, ovinos, caballerías y vacunos, de los que cuidaba un pastor, como lo fue Raimundo Llorente Cámara, el Muno, quien dormía en el chozo del Portillo de Llanos. Al riesgo de los lobos en la sierra había que añadir la existencia en las faldas del Urbión de unas hierbas que resultan tóxicas para el ganado y que eran causa de mortandad sobre todo para el vacuno y lanar. En una ocasión llegaron a morir veinte vacas de la propiedad de Gregorio Martínez, el tío Juez, quien aprovechó las pieles de los bovinos bajándolas en un caballo.

Para evitar el peligro de aquellos pastos serranos, por parte del Ayuntamiento se procedía a alambrar el paraje conocido como Las Hierbas Malas, tarea que por ejemplo fue asignada en junio de 1959 a los concejales de Ayuntamiento Faustino Pascual y Francisco San Miguel con la ayuda del Distrito Forestal.

Si hay unos elementos genuinamente pastoriles en Covaleda, esos son el corral, el chozo y los chiveros, los cuales resultaban imprescindibles al pastor para la cría de sus  ganados. Se trataba de unas construcciones realizadas en el monte cuyo usufructo se transmitía de padres pastores a hijos y entre familiares o amigos. Se aprovechaba el abrigo de rocas, cuevas, cuerdas y paredes naturales.  En el caso de los corrales y para su construcción se empleaban tradicionalmente maderas de pino llamadas latas, latones o latonados, que se entrelazaban entre si como tejas conformando una empalizada. Dicha pared no era vertical sino que se encontraba inclinada con el ángulo agudo hacia el interior del corral, todo ello sabiamente diseñado con una triple función. Echar aguas afuera y evitar así el encharcamiento, como resguardo y sombra para los animales y lo que era más importante, para disuadir a los lobos de su entrada al corral.

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Los chozos eran el refugio para los pastores, tenían las paredes de piedra colocadas normalmente en seco y como cubierta de los mismos se empleaban troncos de pinos huecos vaciados y colocados a modo de tejas para que el agua circulara hacia el exterior.

Los chiveros se utilizaban para guardar los chivos después de mamar mientras las cabras salían a pastar al monte, preservándolos así del ataque de las alimañas.

En tiempos llegó a haber en Covaleda cerca de 150 corrales repartidos por el término, de manera que durante el invierno los pastores cerraban sus cabras en los corrales bajeros ubicados más cerca del pueblo, como eran por ejemplo los situados en El Poyalito, La Muela, La Machorra, La Cuerda de los Morales, El Guijo etc. En ese tiempo los pastores les echaban de comer a las cabras la hierba almacenada y muérdago que conseguían subiéndose hábilmente a los pinos, ejemplo de lo cual lo fue Saturnino Tejedor de la Iglesia, el tío Giba. El muérdago era también alimento empleado para las cabras veceñas que se alojaban en las casas.

Con la llegada del buen tiempo el ganado cabrío se subía a la sierra y se cerraba en los corrales situados en El Hornillo, Tejeros, Las Tres Fuentes, Congosto, El Muchachón etc. Durante tres o cuatro meses los pastores dormían con el rebaño en el chozo. Por la mañana ordeñaban las cabras, las soltaban y se bajaban al pueblo, bien andando o bien en caballería para vender la leche. Luego subían, recogían el ganado y lo encerraban de nuevo en el corral.

  Los productos obtenidos del ganado caprino eran numerosos, en primer lugar los cabritos. La leche de cabra era muy consumida en el pueblo y con la sobrante los pastores de Covaleda elaboraban quesos, de los cuales se decía en la prensa de 1910 por una persona cualificada que eran suculentos y mantecosos, mientras que por el contrario los de otros pueblos de la comarca los describía como duros y correosos. El cuajo empleado para hacer el queso lo obtenían los pastores de los propios cabritos, dejando colgar el cuajar para que se secara.

Desde siempre la carne de caprino, especialmente de machos y capones fue muy consumida en Covaleda, por encima del ovino. Por ejemplo durante la segunda quincena de noviembre de 1938 los carniceros de Covaleda sacrificaron 46 machos cabríos, una parte para consumo directo y otra para hacer cecina, una forma tradicional de conservar la carne de varias especies y que era alimento muy apreciado y consumido en toda la comarca. La cecina no faltaba en las mesas de las cofradías de Jesús y San Sebastián durante la celebración de las fiestas de enero en honor a su patrón.

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El estiércol caprino recogido en los corrales también era muy apreciado para abonar prados, praderas y huertos, aprovechándose incluso el estiércol de los corrales de la sierra que se bajaba al pueblo en carros de bueyes adaptados con tal fin.

Otro producto muy valorado en tiempos eran las pieles caprinas. En los años 40 Victoriano de Vicente, el tío Botijo, al igual que otros vecinos del pueblo, compraba machos cabríos y los guardaba en una teina de Fuenteblanca.  Desde allí Fernando de Miguel, el Ministro, los bajaba uncidos de los cuernos en parejas para que no pegaran ni se desmandaran, luego los sacrificaba, desollaba y la piel así obtenida se vendía a un botero de Burgos para hacer botos de vino.

El cabrío ha sido el ganado que quizás más ha sufrido los ataques de los lobos. Empujados por el hambre en el otoño de 1905 los lobos devoraron en dos ocasiones cuarenta reses cabrías, llegando a tal extremo su atrevimiento que el día 31 de octubre al llamarle la atención el pastor Julián Abad a uno de los lobos, en vez de huir se dirigió hacia él, viéndose obligado el pastor a prepararse para su defensa con una navaja, aunque finalmente no hizo uso de ella porque el lobo no se atrevió a consumar el intento.

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