GUERRAS CARLISTAS EN LA ZONA DE PINARES: PARTES DE GUERRA AÑO 1834 – II

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12 de Mayo de 1834

PARTES RECIBIDOS EN LA SECRETARÍA DE ESTADO Y DEL DESPACHO DE LA GUERRA

 Partes del coronel Obregón y del comandante general de Soria detallando la acción de que se dio noticia en la Gaceta de ayer contra el cura Merino.

Columna móvil de Castilla la Nueva.- Excmo. Sr.: Por mi parte anterior dirigido a V.E. desde Aranda de Duero le manifesté el movimiento hecho desde Peñaranda de Duero por el subteniente del regimiento infantería de la Princesa, 4º linea, D. Vicente Vargas, comandante de aquel destacamento, el que se dirigió a este pueblo con el de igual clase D. Severino Cobian, 34 infantes del propio regimiento y 8 caballos del regimiento del Rey 1º de línea, con el objeto de atacar una facción de 40 infantes y unos pocos caballos que le habían avisado existía en estas inmediaciones, habiendo llegado al amanecer del día 10; y no encontrando en este pueblo la susodicha facción, dio un descanso a la tropa que había marchado toda la noche y salió con dirección a Ontoria del Pinar; pero apenas estarían fuera del pueblo 19 pasos, cuando repentinamente se vio atacado por su retaguardia por la facción capitáneada por el mismo Merino, reunida a las de otros cabecillas, cuyo total ascendía, poco más o menos a 100 infantes y 80 caballos.

El clamor de los habitantes de este pueblo al creer sacrificado tan corto número de soldados y el ruido de la gavilla que a galope le seguía ya de cerca, hizo que el citado subteniente Vargas volviese la cabeza y advirtiese la crítica situación en que se hallaba; y en este caso, sin perder su serenidad él ni su tropa, se dirigieron a tomar posición en una pequeña altura a la izquierda del camino de Ontoria del Pinar; pero viéndose atacado muy de cerda a la falda de dicha altura, hizo alto, y haciendo frente al enemigo, le hizo una descarga a quema ropa, que lo obligó a retroceder; y aprovechando Vargas tan feliz momento, acabó de tomar posición  se preparó para hacer la mayor resistencia, como en efecto se verificó, pues habiendo el enemigo adelantado su infantería y amenazándole la caballería, por ser accesible a esta la posición, les hizo un fuego graneado tan sostenido, y maniobraron de tal modo sus 8 caballos, que a pesar de la obstinación del enemigo, se vio este precisado a desistir de su empeño, dejando en el campo 4 muertos y llevándose bastantes heridos, contándose entre los primeros al famoso Gerrani de Castrillo, capitán de ellos y uno de la mayor confianza de Merino en todas épocas.

En este caso no vaciló Vargas un momento en mejorar su posición, y se corrió sobre su derecha y ocupó un castillo arruinado, decidido a permanecer allí hasta ser reforzado por algún destacamento de los más inmediatos, o socorrido por mi, a quien desde los primeros momentos de su crítica situación, tuvo la feliz ocurrencia de dar aviso verbal, valiéndose para esto de preguntar a sus soldados que cual de ellos se atrevía a marchar solo a Peñaranda que distaba siete leguas, para que desde allí saliese inmediatamente otro para Aranda de Duero donde yo me hallaba, a tan arriesgada comisión se brindó el soldado de la 3ª compañía del primer batallón del citado regimiento de la Princesa, Mariano Montaner, el cual despojándose de sus armas y vestuario en mangas de camisa y con un pañuelo a la cabeza, armado de una pistola de un faccioso que él mismo había muerto, salió inmediatamente a las cinco de la tarde y habiendo llegado a Peñaranda a eso de las tres de la mañana por caminos intransitados y en un estado deplorable de fatiga, fue relevado por el cabo 2º de la 5ª compañía del primer batallón del mismo regimiento Antonio Fernández, el que al momento pidio una caballería al alcalde maor de dicha villa de Peñaranda, y llegó a eso de las siete de la mañana a Aranda de Duero, y me informó de lo más esencial de todo lo susodicho.

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Al momento dispuse mi salida para este punto con 30 hombres del 2º batallón del primer regimiento de granaderos de la guardia Real de infantería, mandados por el alférez del miso cuerpo D. Carlos Quirós; igual número del de infantería de la Princesa, mandados por su capitán D. Buenaventura Aloy y 30 caballos del regimiento del Rey 1º de línea, al mando de su capitán D. Antonio Candado, del teniente D. Ramón Velasco y del porta graduado de teniente D. Alejandro Miranda, los cuales se reunieron instantáneamente, despaché un posta al comandante del Burgo de Osma, mandándole salir con toda su fuerza a socorrer a Vargas, por si podía llegar antes que yo, y por si no venían algunos otros destacamentos inmediatos, y salí con la referida fuerza en esta dirección, habiendo hecho se adelantase a Peñaranda mi ayudante D. Santiago Valderrama, guardia de la Real Persona ilimitado, con el objeto de que desde dicho punto despachase un hombre de toda confianza montado en buena caballería, y que viniendo hasta este punto procurase del modo que fuese posible decir a Vargas se sostuviese a todo trance hasta mi llegada, que calculaba fuese antes de anochecer, y con el de que estuviesen pronto los carros y bagajes necesarios para llevar la infantería, haciendo al mismo tiempo estuviese preparado pan, vino y lo que fuese posible para que la tropa tomase algún alimento.

Todo se verificó como yo deseaba, y con la detención de algunos minutos seguimos la marcha con la posible rapidez, habiendo tenido que dejar los carros a las cuatro leguas por no poder continuar en las tres de sierra que nos faltaban para llegar hasta aquí; lo ejecutamos según tenía pensado al anochecer, habiendo sabido a poca distancia de este punto que los facciosos se habían retirado y que poco después una columna procedente de Soria que no se con que objeto llegó a esta, se incorporó con Vargas y se dirigieron al Burgo de Osma y a las diez de la mañana de ayer llegó otra de bastante fuerza de infantería y caballería, procedente de Salas, la cual siguió en desechura la pista de los facciosos en su persecución, que fue por lo más espeso de los pinares, por cuyo motivo, la larga y penosa marcha de ayer y por esperar a que el coronel D. Saturnino Albuin, que a mi salida de Aranda convino conmigo en venir por distinto camino con parte de su fuerza a caer hoy en este punto para obrar de común acuerdo según las circunstancias, me he detenido hasta que llegue dicho coronel.

Como no he recibido parte del referido subteniente D. Vicente Vargas, me refiero en todo lo que llevo dicho a los informes que me han dado la justicia y otras personas de este pueblo, testigos oculares del hecho, los que añaden que concluida la acción subieron a la altura a tributar a tan valientes oficiales y soldados el justo obsequio debido a su brillantes comportamiento, llevándoles todos los auxilios de que carecían, por estar ya fatigados y atormentados de sed y sin poder bajar al pueblo por si los enemigos habían hecho una retirada falsa, que era lo que parecía más probable. Los elogios que todos los habitantes de este pueblo me hacen de los dos referidos oficiales, que en su corta edad de 18 años cada  uno han llenado los deberes de su obligación con tanta serenidad y honor, me ponen en la obligación de recomendarlos a V.E. con el mayor interés, así como el entusiasmo y bizarría de la tropa de ambas armas que mandaban, y muy particularmente al referido soldado Mariano Montaner, que con tanto peligro llevó el aviso a Peñaranda, siendo también muy digno de consideración el cabo 2º Antonio Fernández, que se brindó a relevarle vista su fatiga, cuyo encargo desempeñó tan particularmente; a todos los creo dignos de que S.M. les mire como acostumbra a sus más valientes y decididos soldados, y más particularmente a los Sres. Oficiales D. Vicente Vargas y D. Severino Cobian, reservándome para cuando reciba el parte del primero de los susodichos oficiales recomendar a los que más se hayan distinguido. Tengo la satisfacción de poder decir a V.E. que por nuestra parte no ha habido más pérdida que la de tres caballos heridos del referido regimiento del Rey que han quedado en este punto, habiendo montado los ginetes en otros tantos de cuatro que se les cogieron a los facciosos.

No puedo dejar de hacer mención del entusiasmo de los señores oficiales y tropa que han venido a mis inmediatas ordenes, que en medio de tan larga y penosa marcha de 10 leguas, hecha sin el menor descanso, y tan poco alimentados, no cesaban de repetir, viva nuestra Reina; adelante, a salvar a nuestros hermanos; añadiendo algunas otras voces muy lisonjeras para mi, si mi buen deseo necesitase este estímulo, no habiendo tenido otro sentimiento que el de no haber hallado a los enemigos para haberlos concluido de todo. También debo hacer mérito del alcalde mayor de Peñaranda y algunos vecinos del mismo pueblo que tan prontos estuvieron a prestarme los susodichos socorros en cuanto se presentó mi ayudante D. Santiago Valderrama, el que desde el momento que me vio en Burgos se me presentó solicitando ser destinado a mis inmediatas ordenes, como lo estuvo en otra época haciendo esta misma clase de guerra; y habiéndonos concedido esta gracia a él y a mi el Sr. Comandante general de la provincia de Burgos, está a mi lado haciendo servicios de la mayor importancia, pues además de sus conocimientos militares, tiene los muy particulares de este país, y le considero digno de mejorar su suerte. Dios &c. S. Leonardo 12 de mayo de 1834.- Excmo. Sr.- Manuel Obregón.- Excmo. Sr. Secretario de Estado y del Despacho de la Guerra.

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Comandancia general de la provincia de Soria.- Excmo. Sr.; En vista de lo que dije a V.E. en mi último oficio el 9 por la tarde emprendí mi movimiento pernoctando en Villaciervos, a cuyo tiempo recibí aviso de que los facciosos habían extraido 200 raciones del pueblo de Avejar, mandándolas trasladar a los Pinares; en seguida contramarché sobre aquel punto, cogí los paisanos que las condujeron, hice me acompañasen para enseñarme el sitio adonde las habían dejado, informándome del número de enemigos poco más o menos que podía haber, y me dijeron era una parte de infantería del cura Merino, compuesta de 60 hombres de esta arma, y 20 caballos capitáneados por los cabecillas Ledesma y Navaco que estaban acampados en el monte pinar de Valdehornos.

Emprendí mi marcha sin detención ocultándola todo lo posible para caer sobre ellos sin ser visto; en efecto, a la una del día ya me hallaba sobre el campamento, que hallé abandonado, conociéndose hacia pocos momentos que acababan de salir de él, pues las lumbres estaban todavía encendidas y se encontraron camisas recién quitadas y algunos atillos de cigarros; me propuse seguir su huella desde aquel punto y por ella, que daba mil rodeos, me conduje hasta Navaleno, en el que se me afirmó por la justicia habían pasado por encima del pueblo con dirección a San Leonardo y a poco rato se me dijo por un sargento de confianza haber oído un fuerte tiroteo sobre aquel punto; confiado yo en que fugitivos de mi habían caído sobre algunas de nuestras columnas, y por consiguiente era su total exterminio, a pesar de llevar 9 leguas la valiente tropa de mi columna, emprendí con la mayor celeridad mi marcha, redoblándola todo lo posible, y a mi llegada a él me encontré con 30 soldados de infantería de la Princesa del destacamento de Peñaranda con 8 de caballería del regimiento del Rey, 1ª línea, mandados por los bizarros subtenientes D. Vicente Vargas y D. Severino Cobian, a quienes el rebelde Merino, que había reunido de 150 a 200 infantes y de 60 a 80 caballos, valido del corto número de aquellos, atacó con todas sus fuerzas, siendo tal la bravura de esta benemérita tropa, que rechazó con el mayor denuedo las tres obstinadas cargas que le dieron, hasta que felizmente sabida por el dicho rebelde mi venida, emprendio precipitadamente su fuga.

El resultado de esta brillante jornada ha consistido en 9 muertos, un sin número de heridos, entre ellos varios titulados oficiales que se llevaron, porque las cortas fuerzas de estas valientes tropas no lo pudieron evitar; quedando sin embargo en nuestro poder uno de estos últimos, un caballo, varias armas y pertrechos con algunos papeles subversivos, sin que por nuestra parte haya habido más desgracia que 3 caballos del Rey gravemente heridos; al paso que me cupo gran satisfacción el haber socorrido tan oportunamente a estos valientes, tuve el gran sentimiento que la marcha tan larga y penosa no me permitiese llegar media hora antes, en cuyo caso hubiera quedado toda la facción en mi poder, incluso el cabecilla, pero a mi arribo solo permanecían ya las centinelas de observación que dejó el rebelde para inspeccionar mis pasos. El cansancio de mi tropa, que ya contaba 10 leguas largas de marcha, me imposibilitó el poderlos perseguir como lo hubiera deseado.

De todos modos, Excmo. Sr., ha sido un día de gloria para las armas de S.M. que llena de honor a estos bizarros que no puedo menos de recomendar a V.E. para que se digne hacerlo a la Reina Gobernadora, como así mismo a los valientes de mi columna, cuya oportuna y rápida marcha con el entusiasmo y decisión de que están poseídos, no anhelaban más que el momento de llegar a las manos y concluir de una vez con los enemigos eternos de nuestra adorada y tierna Reina, lo que hubiera sido infalible. Para poder perseguir la facción con ventajas, atendida a que la fuerza de mi columna consistía solo en 50 infantes y 40 caballos, me trasladé en el día de ayer a esta villa para reforzarla con el destacamento de la guardia Real que se halla en ella, mandado por el teniente D. Luis Suero y llevando conmigo los 30 referidos de la Princesa, marcho en este momento, que son las cinco de la mañana, otra vez a San Leonardo a reunirme con los coroneles D. Manuel Obregón y D. Saturnino Albuin para emprender las operaciones en combinación. Dios &c. Burgo de Osma 12 de Mayo de 1834.- Excmo. Sr.- José María Cistue.- Excmo. Señor Secretario de Estado y del Despacho de la Guerra.

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