ARTÍCULOS DE PRENSA DE LAS GUERRAS CARLISTAS EN PINARES – AÑO 1838 – III

EL ECO DEL COMERCIO – Jueves 25 de octubre de 1838

Madrid 25 de octubre. Las noticias que hemos recibido ayer, y que publicarnos en artículo de Zaragoza, nos inducen naturalmente a discurrir sobre el famoso tratado de Eiliot y sus funestas consecuencias para nuestros militares, que se ven asesinados sin poder siquiera oponer el freno de las represalias. ¡Unos noventa sargentos de la división Pardinas han sido bárbaramente asesinados en el Horcajo, y antes lo habían sido los valientes de la caballería del Rey! Tal es el resultado de tratar a unos asesinos sin patria ni ley, como hombres capaces de cumplir un convenio, ni de obedecer a otro sentimiento que el temor del propio castigo.

Cuando se firmó aquel funesto tratado, que funesto le podemos llamar por la sangre generosa y patriota que se ha derramado a su sombra, con seguridad de que los rebeldes conservaban la suya por el cumplimiento que nuestros generales daban al convenio, reconocimos lo mucho que perdería la causa nacional con aquel obsequio que nos hicieron los torys; y secundados por muchos hombres que veían muy claro, y hasta por muchos militares, levantamos la voz contra la estipulación famosa que dio a los bandoleros el carácter de soldados, a su gefe el de potencia implícitamente reconocida, y al que mandaba sus pelotones le proporcionó la distinción que no podía esperar de colocar su firma en un documento solemne y de famosa trascendencia, en la misma línea que la firma del general que mandaba en gefe los ejércitos nacionales.

Muchos calificaron nuestra oposición al convenio de sistemática, nuestro sentimiento por su celebración de sanguinario contra los valientes y leales soldados, y nuestros presagios de ilusiones revolucionarías.

Los resultados que ha producido aquel desde 28 de abril de 1835 hasta el día justifican nuestras razones y nuestra leal previsión. Prescindiremos por ahora de la legalidad del convenio y de lo impolítico que fue su otorgamiento, si bien estas consideraciones importantes darían margen a discurrir largo tiempo y con poco trabajo en abono de nuestra doctrina; y veremos el tratado en sus consecuencias solo por el lado de la guerra.

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Evidentísimo es que ateniéndonos a su letra rigurosamente nuestros jefes han respetado siempre a los contrarios de cualquier graduación y calidad que fuesen, sin que su importancia en las filas rebeldes, y el grave daño que bajo este aspecto pudiera ocasíonar su libertad, haya sido parte para dejar de respetar los facciosos aprehendidos. Así es que Verástegui y otros varios de gran prestigio entre ellos han sido canjeados muy pronto; y todos, grandes y chicos, han debido atenciones muy notables en cuantos puntos han estado bajo el imperio del gobierno legitimo; pero siempre, sin excepción alguna, se han respetado sus personas, han tenido la ración al corriente, tan buena, y muchas veces mejor que el soldado leal, y no han tenido que quejarse sino de la falta de libertad. Aun algunos han podido pasear en los pueblos de depósito, ya bajo palabra, ya bajo fianza ó cualquier otra garantía; y todos han tenido libertad de ser visitados por sus Amigos y por sus favorecedores.

Vuélvase la vista hacia el aflictivo cuadro que presentaban desde el primer día nuestros infelices soldados. Muchos de ellos, y no pocos jefes y oficiales han sido víctimas después de rendidos del furor vengativo de los enemigos: otros además del falaz tratado, tenían capitulaciones especiales para entregar las armas; y con todo han sido bárbara y fríamente asesinados tan pronto como las soltaban de la mano. Y los que mejor han librado, si mejor puede llamarse dejar de morir con violencia para ser asesinado con lentitud y con horribles tormentos, han sido conducidos a lugares insanos, a profundos calabozos, a mortíferas minas, aherrojados de pies a cabeza, desnudos, sin respirar jamás el aire puro, maltratados continua y cruelmente, y condenados a morir de miseria y de hambre, y a comerse hasta los cadáveres de los desgraciados compañeros cuya mayor debilidad les arrebataba mas pronto la penosa existencia.

Hablen por nosotros los desgraciados prisioneros que han trabajado eh las aguazosas minas de plomo de Barambio; hablen los héroes desventurados de Herrera; hablen cuantos han sufrido la cadena entre los rebeldes, que es sufrimiento mucho peor que el de la muerte.

Y hablen por otra parte los muchos rebeldes que todos hemos visto prisioneros en Madrid, en Burgos, en Cádiz y en otros mil puntos, sin que jamás hayan sido maltratados, ni aun de palabra, sin que se les haya dedicado sino rara vez a trabajos regulares, y eso con buena ración, con plus y hasta con vestuario. Testigos son de esta verdad cuantos han tenido ocasíón de ver prisioneros rebeldes en cualquiera punto de España.

Pues a este contraste ha dado lugar la famosa obra de un ingles perteneciente al bando enemigo de la libertad española; y de esta comparación, cuyos términos son exactísimos, puede inferirse si el tratado fue ventajoso a las dos partes, a la nuestra ó a la de los rebeldes.

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Tan monstruosa desigualdad ha debido llamar mucho tiempo hace la atención del gobierno; pero no ha querido verla, ni menos poner los medios para destruirla, por mas que, ya en este periódico, ya en otros de todos los matices políticos, se han pintado vivamente las atrocidades ejercidas contra los soldados, y los nacionales y paisanos leales, poniéndole en paralelo con el buen tratamiento que los rebeldes obtenían entre nosotros.

Este abandono del gobierno en tantos años como cuenta ya el tratado ha sido causa de que se vierta de un modo horrible mucha sangre preciosa y leal; sangre que cae toda sobre los que han mostrado tan poco interés por los mismos que por acudir a su defensa la derramaban con generoso entusiasmo.

Pero de algún tiempo a esta parte los excesos de los rebeldes son, si cabe, mayores y mas horrorosos. Según las noticias él coronel Coba fue fusilado por el tigre Balmaseda después de rendido: pocos días hace que el valiente Rodríguez rescató en los montes de Urbión, en la sierra, 40 prisioneros que halló desnudos, hechos unos cadáveres, sin haber recibido sustento en mucho tiempo, atados de cinco en cinco con una soga de esparto al cuello, y destinados, según dijeron, a ser fusilados al día siguiente de su rescate.

El carnicero Cabrera ha consentido que se acabase de matar fríamente al bravo general Pardiñas, y que se alancease a una porción de bizarros soldados de caballería: en la provincia de Zaragoza ha sacrificado recientemente a muchos nacionales de un pueblo que le hizo resistencia, quemando sus casas.

En Galicia el malvado fraile Saturnino se bañó en la sangre de los vecinos indefensos de dos pueblecitos, solo por antojo brutal y feroz.

En los montes de Toledo están las hordas facciosas cometiendo horrores de que la historia de las revoluciones no presenta ejemplo: la brutalidad de los facinerosos ha llegado ál extremo de hacer a los pueblos pedidos de mugeres al mismo tiempo que de bastimentos.

Tantos y tan abominables excesos, tanta osadía, tanto desprecio a ese ridículo tratado, y aun a todas las consideraciones con que se tratan entre sí en las guerras, hasta los pueblos bárbaros reclaman toda la consideración del gobierno, sí quiere hallar en lo sucesivo quien sostenga la causa de la legitimidad. Los heroicos habitantes de Zaragoza han visto con horror los atentados cometidos en aquel distrito; el gefe militar que manda la ciudad siempre heroica reconoció la justicia con que pedía remedio a tan escandalosos daños; y dictó enérgicas providencias para contener la osadía de los rebeldes y para dar alguna seguridad a los pueblos y a los soldados dignos de mejor suerte.

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Ninguno que no sea enemigo de la causa constitucional y de sus sostenedores puede reprobar el establecimiento y generalización de su sistema, sí no idéntico, semejante al que ha principiado en Zaragoza el general San Miguel. Solo con represalias (está visto por experiencias muy repetidas) puede contenerse la espantosa ferocidad de los facciosos: para fijarlas con tino y con la posible justificación, es necesario un método uniforme, variable tan solo en aquellas cosas que las peculiares circunstancias indiquen. Sí el gobierno tarda todavía en dedicar su atención a este punto importante, las autoridades locales y los pueblos por sí mismos se verán precisados a salvarse por si, como ha sucedido en Zaragoza, y dejado a cada uno el qué obre según su capricho, los inconvenientes del sistema de represalias, que siempre por necesidad ofrece algunos, serán así mucho mayores.

Represalias necesita la conservación de la vida y el buen tratamiento de nuestros Valientes soldados; represalias la vida de tantos beneméritos nacionales y de habitantes inermes, padres de familias numerosas, cuyo delito no es otro que tener una opinión política; represalias la conservación de las fortunas particulares y de pueblos enteros.

Los que atribuyen injusticia y ferocidad a esta doctrina, serán los mismos que achacaban iguales vicios a nuestras exhortaciones sobre el justo rigor contra la facción y sus auxiliadores. El desengaño en cuanto a esto le acaban de ver en la Mancha. Por haberse derramado con tiempo alguna sangre, será muy poca ya la que se vierta en aquel país. Por usarse de rigurosas y precisas represalias en toda la nación, se ahorraran muchas victimas ilustres, mucha desolación y muchas lágrimas. Píense bien el gobierno en esto, y anticípese a la dura é inevitable ley de la necesidad. Los momentos van siendo cada día más críticos, y no vale ya vivir tan descuidados como hemos vivido cinco años. Los ultimos sucesos de crueldad ejecutados en Aragón por el bárbaro Cabrera pueden despertarle de su letargo funesto.

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El Guardia nacional (Barcelona). 28/10/1838, página 2.

Soria 13 de octubre.

Comandancia general de la provincia de Soria.- La columna que salió de esta capital al mando del bizarro teniente coronel D. Froilan Mojón, después de recorrer varios puntos y ocupado al enemigo algunos ganados, granos y otros efectos que como fruto de sus rapiñas conservaban en las asperezas de los pinares, entró ayer a la una del día en Cobaleda, apoderándose de todos los facciosos que allí había, que muertos ó prisioneros han tenido que sucumbir al valor y decisión de nuestras tropas.

Entre los primeros, que han sido hasta ocho, se cuenta el infame cura de Enciso D. Pedro Saavedra, al titulado D. José el Gordo, tres armeros, un cabo desertor del batallón franco de esta provincia y un sargento.

Los prisioneros, que también son ocho, se componen de un comandante, un capitán, un sargento primero, tres facciosos, un tambor y el enfermero. El titulado comandante de armas de Cobaleda y el traidor Medrano habían marchado casualmente antes de entrar nuestra columna, a lo cual deben su salvación por esta vez. Lo que participo a V.S. para su conocimiento y satisfacción. Dios guarde a V.S. muchos años. Soria 13 de octubre de 1838.= Saturnino Albuin.

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