MERINO NUEVAMENTE EN CAMPAÑA – III

MERINO NUEVAMENTE EN CAMPAÑA – III

Operaba el jefe castellano a la cabeza de su división de acuerdo con el aragonés, con quien se avistó repetidas veces especialmente en Cantavieja, donde se construyeron algunos cañones de montaña que debían servir para MERINO. Este se hallaba en Mosqueruela en la mañana del 16 de julio, y desde allí partió para Morella con solo su escolta, donde se dispuso entre él, Cabrera y Negri la defensa de aquella plaza amagada por las tropas de Orán, encargándose el Cura de atender a la sierra de Mosqueruela. El ejército liberal pasó por este punto sin hallar oposición en MERINO, quien se replegó por el contrario a unirse con Llangostera y Cabrera que estaban en Portell, en donde combinaron nuevas operaciones que tuvieron efecto en 30 de julio, día en que reunidas las fuerzas de Foreadell, don Basílio y MERINO, atacaron a las divisiones de Borso-di-Carminati y Pardiñas sin prósperos resultados de una y otra parte, repitiéndose los ataques el 2 de agosto, obrando bizarramente ambas caballerías, por lo que experimentaron algunas bajas los dos ejércitos combatientes: peleó contra MERINO el primer regimiento de granaderos de la Guardia Real provincial, con el brigadier Azpiroz a su cabeza, auxiliándole el segundo batallón de Córdoba al mando de su coronel comandante don Félix Miranda.

Emprendianse cada día nuevos ataques, en los que ambas fuerzas peleaban como quien todo lo espera de su éxito; y en verdad que todos ostentaban a porfía el valor y denodado arrojo que caracteriza a los españoles. Las pérdidas que experimentaban no dejaban de ser considerables, viéndose el general Oraá precisado a enviar a la división de Pardinas a que condujese los heridos a Alcañiz y trajera de regreso un convoy de subsistencias, que escaseaban extraordinariamente en el campamento. Las fuerzas de Forcadell y MERINO situadas a la izquierda de este, podían embarazar la marcha de Pardiñas, y para impedirlo, fue destinada la división de San Miguel, que trabando una pequeña acción, les arrojó de sus posiciones aunque pausadamente y no sin tener a cada instante que sostener un ataque. Reñido fue el que MERINO tuvo en las alturas frente a la Pobreta al tratar de apoderarse de un convoy del ejército liberal: alguna parte quedó en poder de las tropas del Cura; pero según confesión de ellos mismos a muy cara costa.

El 15 de agosto comenzó un horroroso fuego sobre la plaza de Morella; y la situación entonces de ambos partidos comenzó a ser crítica. Si empeño había en el ataque no era menor el de la defensa: uno y otro se formalizaron completamente ocupando MERINO el monte llamado la Muela, una de las mas importantes y peligrosas posiciones.

GUERRAS CARLISTAS CARLOS SAEZ DE TEJADA[1]

En la defensa de este punto nada dejó MERINO que desear; si bien la mayor parte de sus operaciones hubieron únicamente de limitarse al escabroso radio de la posición que ocupaba. Seguro estaba de que no le arrojarían de ella a no conseguir la conquista de la plaza, porque el Cura tenia completa confianza en las fuerzas aragonesas y en el valor de su caudillo tortosino.

Después de haberse derramado abundante sangre española ante los muros de Morella se vieron precisadas las tropas de la reina a levantar el sitio y retirarse a Alcañiz; y MERINO y Cabañero fueron encargados de molestar el ejército liberal en su retirada: al llegar este a la referida población, aquellos ocupaban los puntos de Fos, Calanda, Alcorisa y Aguaviva, desde donde se dirigió MERINO a la sierra de Albarracin, y cruzando por Castilla la Nueva, volvió a su antiguo teatro de operaciones, sin que en el tuviesen mas noticia de su llegada que su misma presencia. Toda Castilla se alarmó cuando cundio por ella que MERINO se hallaba en el Burgo de Osma, y hasta el mismo Valladolid temió por su seguridad cuando en el día 8 de septiembre llegó el parte de la aproximación del Cura con cerca de 2.000 hombres: reuniéronse los nacionales de esta capital con los de Rioseco y otros inmediatos pueblos, y marcharon a Palencia al mando del capitán general, dando en breve la vuelta para Valladolid.

Merino salió el 9 de agosto de Pineda de la Sierra, y el 10 entró en Huerta del Rey; aquí disminuyó su gente, según su acostumbrada táctica, diseminándola entre los pueblos de Ontoria del Pinar, San Leonardo y Santo Domingo de Silos, llevándose consigo todos los sastres de Covarrubias, para que hiciesen vestuarios con los paños que había acopiado en la sierra. Unos 1.700 infantes y 200 caballos procedentes del ejército del Norte, llegaron a mediados de setiembre al Burgo de Osma, para operar contra Merino en combinación de las demás fuerzas destinadas al propio fin, decididamente resueltos a no descansar hasta exterminar completamente las fuerzas del Cura sin que ni un resto quedase en toda Castilla.

En la parte de Canicosa, cerca de Quintanar, sufrió entonces una sorpresa por un aviso confidencial que dio un tambor pasado a las tropas de la reina, y hubiera aquel momento sido el último de la existencia de las tropas del Cura, a no haber contribuido en su favor la gran lluvia y niebla de aquel día del mes de noviembre, y el continuo movimiento en que tuvo a sus fuerzas a pesar del rigor y crudeza del temporal; pero no evitó esto sin embargo el que fuesen alcanzadas por los liberales, y se viesen dispersadas completamente con pérdida de varios muertos y heridos. Unióse luego Merino a los fugitivos y atravesando la carretera que va desde. Burgos a Vitoria por el punto titulado la Brújula, tomó la dirección de los pueblos de Rioseco y Peñahorada, pernoctando en Santa Cruz del Tozo, donde le hallaron los batallones 2º y 3º del regimiento infantería de la Reina, encontrando además a la caballería del Cura formada en actitud hostil ó de esperar el combate en la vega donde se halla situado el pueblo: en vista de esto, el gefe de la columna expedicionaria, la formó en dos. La una compuesta del 2º batallón con toda la caballería marchaba al frente del carlista, y la otra compuesta del tercer batallón tomó la sierra de la derecha por su cima marchando a igual ahora que la primera y flanqueando al contrario que se replegó al fuego de las guerrillas y emprendio su retirada con dirección al Ebro, siendo perseguido hasta bien entrada la noche sin fruto alguno. Entonces conoció el liberal que la actitud hostil que había presentado la caballería tenia el objeto de proteger la retirada de los infantes emprendida con antelación, por lo que fue imposible darla alcance a pesar de la actividad con que procedieron al siguiente día, consiguiendo tan solo al llegar al Ebro; encontrar las oficinas de dos batallones abandonadas con todos sus documentos. Merino pasó el Ebro por S. Martín de Lines, cerca de su nacimiento, acompañándole cuatro batallones aragoneses y cuatrocientos caballos; siguiéndole un tal Carrión que escoltaba doscientos cincuenta infantes y cuarenta soldados de caballería prisioneros.

Marchó inmediatamente Merino a presentarse a D. Carlos, que se hallaba en Balmaseda, y allí y en Durango organizó y uniformó su gente uniéndose con ella al ejército del Norte al mando del general Maroto; en cuya compañía salió en principios de octubre con dirección a Navarra hallándose a mediados del propio mes en la Solana; y sin practicar operaciones de grande importancia en todo este tiempo, volvió Merino a repasar el Ebro en el día 25. El 29 fue alcanzado por el brigadier Hoyos en el monte de Bilviestre del Pinar: el Cura mandó entonces dispersar su gente y esta operación favorecida por una densa niebla, impidio una total derrota, reduciéndose en su defecto la pérdida de los carlistas a dos cureñas de cañón de montaña, una carga de balas, algunas granadas, 72 lanzas y porción de papeles interesantes; aprehendio luego varios prisioneros y siguió la persecución con actividad y empeño, logrando rescatar a algunos paisanos de tierra de Cameros que llevaban en rehenes. El 2 de noviembre pernoctó Merino en Palenzuela con toda su fuerza, y al siguiente atravesó el camino real que desde Burgos se dirige a Valladolid, llegando a las cuatro de la tarde a la villa de Castrojeriz, donde pidio veinte mil reales de los que solo le dieron la mitad: permaneció aquí toda la noche, y salió al amanecer del 4 para Melgar de Fernamental, en cuyo punto entró a las nueve de la mañana y estuvo hasta las seis de la tarde, hora en que se puso en movimiento para Osorno, pueblo correspondiente a la provincia de Palencia, llevándose 8.000 reales, 30 carros, todos los mozos, y al alcalde constitucional. Encontróse el 5 en Villega, sacó todos los mozos, las caballerías mayores que había, unas cuantas yuntas de bueyes, dirigiéndose el 6 a Herrera de río Pisuerga, desde donde comenzó a practicar algunos pequeños movimientos, pernoctando el 10 en San Juan de Ortega notablemente disminuidas sus fuerzas y algún tanto estropeadas.

Internóse nuevamente Merino en los Pinares de Soria recorriendo los pueblos de Cobaleda, Duruelo y otros limítrofes, yendo de continuo a su alcance las divisiones del brigadier Hoyos y del coronel Rodríguez sin lograr el darle un golpe decisivo, porque jamás se avistaban sino a largas distancias. Confiado estaba el Cura de que no podían derrotarle; pero no le bastaba esto solamente y conociendo que ya no podría progresar en Castilla a donde cada vez acudían mas Tropas liberales, trató de evacuarla pasando a las provincias; y a este fin atravesó la carretera de Vitoria en la noche del 19 y a las nueve de la mañana del 20 pasó por Robledo Sobre Sierra con unos 400 hombres de todas armas; siguió el 21 a Lavirga con el objeto de salir de Castilla por las Cabañas de Virtus, San Pedro de Romeral y el Puerto de Lia, mas ya estaban sus contrarios situados hacia la parte de Encinillas y tenían tomado el puente de Cidad de Ebro y otros varios, hallándose otra columna sobre Espinosa de los Monteros para impedir llevase Merino a efecto su plan, como así lo participaba el brigadier Castañeda al conde de Luchana con fecha del 23 diciendo que “Merino con los restos de su llamada división, se dirigió en la noche del 22 hacia la línea que tenia establecida con el fin de penetrar en las provincias Vascongadas: que persuadido de este intento tenia convenientemente establecidas de antemano las tropas, cubriendo una extensa línea en la que no había otra barrera que los pechos de los soldados.» Juzgando desde luego que el Cura escogería para su paso el terreno que media entre Encinillas y Villalain, huyendo del grueso de las fuerzas establecidas en Montija y Espinosa de los Monteros, mandó que cinco compañías del provincial de Logroño a las ordenes de don José Cueto, con treinta hombres del provincial de Betanzos y cuatro mitades de caballería del 1º de ligeros ocupasen la línea desde Villarcayo a Encinillas, a donde se dirigió Castañeda con el alcalde constitucional del referido Villarcayo y 12 nacionales del mismo.

A las dos de la madrugada del 22, se aproximó MERINO a los puestos avanzados de las compañías de Logroño establecidas en Encinillas, llegando tan inmediato que sufrió una descarga a quemarropa que le obligó a retroceder. Al rayar el día; dispuso Castañeda la formación de diferentes columnas que recorriesen el terreno, dando por resultado hacer prisionera a una parte de la infantería del CURA en los bosques y barrancos inmediatos, contándose entre los aprehendidos un jefe, seis oficiales, un capellán y sobre 110 hombres de tropa, los cuales fueron conducidos a Villarcayo. En tanto que esto sucedía, MERINO se contaba ya libre a la otra parte del Ebro, burlando en medio de la noche la exquisita vigilancia y extraordinarias precauciones de las fuerzas de la reina. Pasó el Ebro no muy lejos de Encinillas y atravesando los ríos Trueba y Nela consiguió arribar sano y salvo al valle de Sosa y penetrar en Orduña, no sin haber dejado antes algunos hombres ahogados a causa de la impetuosidad de la corriente porque era el tiempo de las lluvias.

Galeria militar contemporánea, 1

Entró MERINO en Navarra y dirigióse al punto donde se hallaba don Carlos, quien destinó sus fuerzas castellanas a aumentar el ejército del Norte, y el CURA fue a añadir el catálogo de los generales que había de cuartel. No por esto decayó MERINO de la confianza que con él tenia don Carlos; formaba parte de su corte y le recibía a todas horas y hasta repetidas veces dejaba el CURA de darle el tratamiento de majestad de que poquísimos eran dispensados. Una prueba del ascendiente que tenia con don Carlos, es la siguiente anécdota sucedida a principios de 1839 estando en Estella. – Entró a visitarle MERINO, y al verle don Carlos le saludó con estas palabras.

  • Buenos, días Señor Arzobispo de
  • No, para mi no, contestó el CURA; eso para y yo su sacristan.
  • Pues que no me quieres, por rey, le replicó.-
  • Eso para el pequeño; para el pequeño es, mejor; refiriéndose al hoy conde de Montemolin.

En el intervalo que medio desde que MERINO quedara de cuartel hasta su entrada en Francia, nada le ocurrió de notable, permaneciendo ajeno a casi todas las grandes cuestiones que entonces se ventilaban en aquellas provincias del Norte, foco de ambiciones y maquiavélicas intrigas. No era poco el permanecer neutral en medio de la empeñada contienda de los partidos moderado y apostólico, perteneciendo nuestro caudillo al primero de estos, porque no abundaba en muchas de las ideas del contrario; pues a pesar de la dureza de su corazón, tenia en él sentimientos de justicia y era tolerante para con los que como él no pensaban, llegando hasta el caso de dispensarles toda su confianza, cual lo probó en Amurrio, donde otorgando su testamento se le entregó a su amigo el cura de Echarriamanáz, persona de ideas liberales, quien le indicó que podía dejar el depósito que le encomendaba en mejores manos y que tuviese sus mismas opiniones; pero MERINO le contestó que importaban estas poco para el trato social, porque solo se debía tener en cuenta el honor y la probidad de los hombres, cualidades que forman los gratos vínculos de nuestra existencia.

No eran pocas las veces que don Carlos solía pedirle parecer en delicados asuntos, oyendo con suma satisfacción sus consejos; pero eran muchos de ellos desatendidos a pesar de su conveniencia y de ofrecer ejecutarlos, porque otro le decía lo contrario y la probaremos en el curso de esta publicación que el hermano de Fernando VII no tenia voluntad propia.

Verificóse en esto el convenio de Vergan[1], y MERINO que formaba parte de la comitiva de don Carlos, no se adhirió al tratado, y entró con aquel en Francia en setiembre de 1839. Cuando llegó a Bayona, serian como las nueve de la noche. Esta era oscura y lluviosa; mas no impidió esta particularidad el que un numeroso gentío se agolpase en la plazuela de la subprefectura a conocer al infatigable Cura-general que tantos franceses había sacrificado en las aras de la independencia de su ultrajada patria.

No podía decirse, en verdad, que dejase de ser el único objeto que excitara la curiosidad del francés, amigo siempre de inquirir novedades: se tomaron las señas de su fisonomía, de su traje, y al día siguiente salió ya perfectamente retratado en los periódicos hasta con sus espuelas, que se quitó y tiró cuando se lo dijeron; porque para él era un suplicio el saber que su nombre figuraba en los papeles públicos, pues por su voluntad ni aun en la Gaceta existiera.

El Barón de los Valles y otros de sus amigos, le decían por broma cuando veían agolparse a tantos franceses para verle: Amigo MERINO lo mas acertado seria meter a V. en un coche cerrado, pasar a Paris, Londres y principales poblaciones de Europa; y aunque sea módico precio que se fije para enseñarle, podríamos hacer fortuna para toda nuestra vida; mas solo contestaba el Cura con algunas interjecciones muy españolas, sonriéndose y mudando al punto de conversación.

Sin embargo de que en Bayona se debía creer ya libre de las asechanzas de los enemigos, aun desconfiaba, cual completamente lo evidencia el siguiente hecho. A horas avanzadas de la misma noche que llegó a la citada ciudad, comenzaron a buscarle varios de sus amigos que no habían tenido aun el gusto de verle; no quedó hotel alguno y parador decente que no recorrieran, y en toda la noche pudieron acertar con su paradero, figurándose que ya habría partido de Bayona; mas al verle a la mañana siguiente supieron entonces que pasó las horas de descanso en la mas miserable posada ó parador de la población, donde por cuatro sous se hospedaba en una cuadra a todos los pasajeros. A poco marchó a la ciudad: de Alenzon, capital del departamento de l’Orné, a cuyo punto fue destinado con otros varios compañeros de emigración.

Galeria militar contemporánea, 1

MERINO, se veía por primera vez arrojado de su país, iba a saborear los amargos é infortunados trances de la emigración; mas no era eso solo lo que mas le apesadumbraba, sino el tener que deber el sostén de su vida, tenérselo que agradecer a la caridad de sus implacables enemigos; con los cuales en honor de la verdad se ha dicho se reconcilió, porque vio atenuada su pasada ferocidad guerrera con la filantropía que la moderna y hospitalaria Francia ejercía con todos los pueblos y partidos del mundo. No podía el CURA sin embargo acostumbrarse a vivir fuera de su patria y como prisionero del francés del que era objeto de una vigilancia esmerada y continua, no permitiéndole salir de la ciudad y sus alrededores. Por otra parte, debió lisonjearle extraordinariamente el recibimiento que tuvo de personas respetables de Alenzon, quienes acudieron a tributarle cumplidamente; pero como MERINO se resolvió desde luego vivir en el mas completo retiro, rehusó las primeras invitaciones que le hicieron, por cuyo motivo cesaron las demostraciones de esta naturaleza, sin que por esto perdiese nada en la buena opinión y aprecio de los franceses que le habían mostrado sus simpatías, y que quedaron satisfechos al oír de su boca, que estaba acostumbrado a una vida frugal, y no le sería fácil a su edad, adoptar nuevo método.

Así fue efectivamente. Hasta su último momento ha conservado las costumbres y hábitos que tenia en España, observando una sobriedad y sencillez extremas en el comer y vestir. En todas las estaciones se levantaba ordinariamente antes del día, saliendo a pasearse antes del desayuno a menos que no estuviese el tiempo muy malo. Su primera salida era a la iglesia, teniendo la costumbre de oír la misa de cinco y medía en la parroquia de Santa Maria ó la de seis en San Leonardo. Frecuentaba los sacramentos particularmente en las fiestas principales; y esto unido a una conducta irreprensible le granjeó el afecto de muchas personas que no pronunciaran antes su nombre sin una especie de horrible terror a causa de la idea que de MERINO tenían formada.

A muchos franceses agradaba la sociedad del despatriado, y como este no hablase el francés ni aquellos el español, iban siempre acompañados de intérpretes que inspirasen confianza al CURA, recibiendo este tales visitas sin demostraciones de ningún género haciendo un notable contraste la sencillez y rusticidad de los cumplimientos (si así pueden llamarse) de MERINO, con la refinada política de los cumplimenteros franceses; cosa que ciertamente les agradaba aunque no mas fuese que por la originalidad. A todos estos visitadores les excitaba la curiosidad de saber de boca del mismo CURA alguna anécdota ó episodio de su vida, para lo que le hacían repetidas preguntas; mas siempre trató de eludir esta cuestión de una manera mas o menos indirecta, a causa de su modestia excesiva.

Un caballero residente en la ciudad de la Val, que llevaba el título de marqués de Lasayette, escribió a MERINO una fina y atenta carta suplicándole se dignara ir a ocupar una habitación de su castillo, que con tal objeto había preparado, ofreciéndole que él estaría tan libre como lo estaba en su casa de Alenzon, teniendo además perros, escopetas y todos los útiles necesarios para la caza lo que sabia era sumamente aficionado: proponíale últimamente, que si tenia reparo en ir a su casa, él le proporcionaría una donde estar solo y servido del número y calidad de criados que quisiese; y que si se decidía a hacerle este honor, él se comprometía a obtener del gobierno francés el competente permiso para esta traslación. MERINO le contestó dándole gracias por su noble y generoso ofrecimiento, y prefirió a tantas comodidades su vida frugal y retirada en Alencon, donde vivía con la módica pensión de 45 francos que el gobierno de Francia le asignara.

Originóse por este tiempo cierta cuestión de delicadeza ó mas bien de resentimientos y enconos de espíritu de partido que, además de ser extensamente discutida en la prensa francesa dio ocasión a la declaración que inmediatamente traducimos literal, y sobre cuyo contenido suplicamos a nuestros lectores suspendan su juicio hasta leer la biografía del general don Rafael Maroto.

El citado documento dice así:

DECLARACION

«Los infrascritos oficiales y empleados carlistas de todas clases sostienen como una cosa pública y fuera de duda, que las destituciones de los jefes y oficiales que fueron expulsados de sus grados, honores, y destinados a los depósitos durante el tiempo que tuvo el mando del ejército vasco-navarro el pérfido Maroto, no las motivó la falta de fidelidad a nuestro augusto soberano don Carlos V, ni cualquiera otra de las causas que caracterizan a un buen oficial, (salvas algunas excepciones) si la necesidad de allanar las dificultades que la opinión inflexible de estos oficiales, y la influencia que ejercían sobre sus soldados que embarazaban la ejecución de los meditados proyectos para el tratado; y además entre los individuos enviados a los depósitos, había varios de reconocido mérito tanto por su valor y fidelidad, como por la época de su declaración en favor de don Carlos V; tales como los coroneles don Pedro Nogueruela, don Pedro Solana, don Manuel Cagno, el graduado don Joaquín Remon, el teniente coronel, ayudante del E.M. general don Eustaquio Llorente, y gran número de otros intachables que podrían ser citados.-.

Hecha el 2 de febrero de 1840, en los depósitos de Alenzon de Caen, de Barbe Zieux, de Angouléme y de Cabers.-

Generales- don GERÓNIMO MERINO, don Francisco Vivanco. Y sigue una dilatada lista de oficiales superiores subalternos, y distintas clases de empleados inclusos algunos capellanes y otros militares del depósito de Clermont-Ferrand.»

Sigamos ahora a MERINO en su cotidiana vida y le veremos que todos los días después de cumplir con el rezo canónico y oída la misa y dado el paseito de por la mañana salía otra vez a pasearse si el tiempo se lo permitía, siendo necesario que este fuese bien malo para impedirle este ejercicio indispensable para su salud; cuando el tiempo le impedía salir al campo, solía visitar algunos de sus compatriotas y como nos hace acordar la santa escritura, Ex abundantia cordis os loquitur; dice la boca, lo que siente el corazón. Siempre hablaba de España condoliéndose de su infortunada suerte: manifestaba esperanzas de volver a pisar su privilegiado suelo; pero acordábase de su edad, de sus padecimientos y de nuestra perenne lucha y su alma se abatía hasta el exceso. Así se fatigó su imaginación. debilitóse su moral con tristes ideas, influyendo terriblemente todo este conjunto en su físico, pues se apoderó de él una triste melancolía que le fue minando poco a poco y preparando el fin de su decrépita existencia.

Galeria militar contemporánea, 1

Cinco años pasara en tan horribles angustias haciéndoselo cada día mas penoso el estado de emigración, cuya desgracia no podía soportar, porque se acomodaba mal su alma a las tristes emociones que experimentara siendo su mas constante y halagüeño deseo el de volver a pisar, regar con sus lágrimas, besar su patrio y nativo suelo. Solo el que haya sufrido los infortunios de una emigración, el que pobre y miserablemente pasara sus eternos días, puede comprender únicamente la cruel situación del que ve correr un día, un mes, un año y otro y otros alimentando una ya débil esperanza de volver libre a su patria, hacia cuyo cielo dirige diariamente sus primeras miradas y el nacional recuerdo que le hace brotar lágrimas, y llorar!… Tal era, si, la triste vida de MERINO; era español y su amor a la patria lo tenía demostrado con la sangre de sus venas. No miremos en él al hombre de partido; veamos si al conciudadano pobre, huérfano, apartado de su madre patria, y cubriendo con un velo los pasados errores; consideremos que el que llora por su nación es digno hijo de ella. Si en tan nobles y nacionales sentimientos hubiese la menor duda, pruébalo completamente su melancólica enfermedad que, a medida que las desgracias de nuestra trabajada España crecían cerrándose mas y mas sus puertas a lo emigrado carlistas, (que ni vivían en la opulencia ni les era dulce el pan de la emigración) progresaba paulatinamente, y lo que empezó por una mera melancolía ó pasión de ánimo, acabó por una mortal enfermedad que en cortos días le llevó al sepulcro.

Declaróse completamente el mal en la noche del 5 al 6 de noviembre de 1844, presentándose con tanta violencia y síntomas tan alarmantes, que dieron a conocer al punto lo poco que se podía esperar su restablecimiento. El dolor, la angustia de cuantos le rodeaban llegó a su colmo al verle caer luego en una especie de marasmo del que apenas le pudieron hacer volver, a pesar de los remedios enérgicos que le aplicaron, logrando solo a fuerza de una extraordinaria actividad, de cantaridas y sinapismos, obtener algunos intervalos en que se le vio despejado, aprovechándolos al instante en poner en orden su conciencia y en recibir el Santo Viático, que fue el 10 de dicho mes. Encontrase el 11 bastante mejorado, pero la extrema debilidad en que se hallaba, lejos de disminuir, aumentóse con indecible rapidez, y al siguiente día 12 a cosa de las 10 de la mañana empezó a agravarse de un modo extraordinario. Todos sus amigos, sus compatriotas, cuantos le habían tratado a fondo estaban interesados sinceramente por su vida, todos a porfía le prodigaban sus solícitos cuidados y atenciones, juntamente con sus sobrinos que no se separaron un momento del lado de su tío. En el instante que nos ocupa se bailaba el sacerdote agonizante a un lado del enfermo, al opuesto el médico D. Teodoro Gelos, y repartidos en toda la estancia sus amigos y parientes recibiendo las últimas palabras del moribundo. En esto llegó una carta de D. Carlos para MERINO; mas no quisieron leérsela en tan critica ocasión, temiendo que su lectura le causase emociones que acelerasen los contados momentos de su vida, y todos sus conatos se dirigieron entonces a alargar el periodo de esta; pero le tenia ya fijado la Providencia en sus inescrutables decretos, y D. GERÓNIMO MERINO, después de una hora de tranquila agonía y de recibir la Extrema-Unción, exhaló su postrero suspiro en la primera hora de la tarde del referido día 12, abandonando este mundo en medio de las lágrimas de sus verdaderos amigos de infortunio que le rodeaban, sin el anhelado consuelo de volver a pisar su patria amada!!

[1] En la guerra del Norte y en la biografía del general Maroto hablaremos extensamente sobre este asunto con documentos inéditos y sumamente notables.

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